Capítulo 4: Torpe
- Corro. Corro más de lo que he corrido en mi vida. Y esa sombra me persigue, implacable, me persigue sin parar. Y comienzo a gritar, grito sin cesar. Me estoy poniendo histérica. Por mucho que intente correr, mis pies ya se han detenido. No avanzan. ¿Qué demonios me ocurre? Y luego todo cesa. De golpe. Abro los ojos, y veo… veo que la sombra me mira con otros oj…de otra forma, curiosa, ya no hay hostilidad, no me hace nada ya. Es muy extraño- le contaba angustiada a mi amiga Val.
Valerie Stevens escuchaba atenta, intentado descifrar la incógnita que mis ojos lanzaban al aire. La angustia de mi voz se palpa en el ambiente, pero no es una angustia de terror, si no de confusión. El sueño que acababa de tener y ahora estaba narrando, no había sido exactamente tal y como yo lo contaba. No daba miedo, sólo había confusión.
No había una sombra, el rostro portador de aquellos ojos grises estaba muy bien definido.
Suspiré, derrotada. Ya estaba más que harta de tener esos sueños. Ya habían pasado semanas desde aquel… horrible...¡no! extraño….¡no!...hermoso encuentro que tuve en los vestuarios del estadio de quidditch con el dueño de mis pensamientos… y últimamente de mis sueños también. Y yo no hacía más que preguntarme cuándo demonios se me iba a pasar semejante encaprichamiento.
Hacía ya semanas que mi vida parecía haber dado un giro drástico. Yo era Rose Weasley. La Weasley empollona era como casi todo el colegio parecía conocerme. Nunca fui impopular, todo lo contrario, era bastante conocida. Mi mal genio hacía que nadie se me tomara a risa, y con los años había desarrollado un carisma en mis relaciones con los demás que me asombraba hasta a mi misma. Ya no era la temblorosa Rose Weasley que cada vez que hablaba con un chico se ponía colorada. Ahora tenía amigos y amigas, amigas de verdad, además de mi familia. La gente me adoraba, y todos mis enemigos sabían a la perfección que jamás podrían vencerme en una diatriba verbal. Ahí yo, era la reina. Pero desde que hacía ya semanas, James hizo pública la lista de los componentes del equipo de Quidditch y yo estaba entre ellos, era otro mundo. Ahora podía entender la natural y constante altivez de los miembros de los equipos de Quidditch de las diferentes casas: si juegas en el equipo de tu casa, eres dios para tus compañeros. Pero lejos de gustarme ese nuevo trato "nobiliario" que todo el mundo me propiciaba, me repugnaba la hipocresía con la que la gente se comportaba.
Esto no era algo que pasara con los Slytherin, por supuesto. Ellos seguían mirándome con desprecio por ser una: "traidora a la sangre", y el dueño de los ojos grises que me hacían suspirar, no era una excepción. De hecho, y desde nuestro último encuentro, siempre que nuestros ojos se encontraban, parecía descubrir más y más odio hacia mi persona. Era frustrante. Mirarle a los ojos y ver que te miraba con curiosidad, y al segundo siguiente, como si fuera un espejismo, allí estaba esa implacable mirada asesina. Y eso me estaba matando. No podía seguir guardándome esa amargura.
-Rose. Rose. Rose. ¡Rose!.
- Mi amiga Val y su paciencia infinita.- pensé sarcástica.
Pensando en mis cosas como estaba, me costó un buen rato darme cuenta de que seguía estando con ella.
-¿Sí?
- ¿Me estabas escuchando? No, ya veo que no…. -dijo mi amiga mientras ponía los ojos en blanco.
- Ssisisi… claro que te escuchaba Val.
Mi amiga puso una mueca de enfado al tiempo que se cruzaba de brazos.
- Mejor repito lo que te decía… -me dijo desesperada.
- Si, pero ¡no grites tanto! Gris duerme todavía -dije señalando a nuestra otra mejor amiga, que dormía placidamente.
Afortunadamente, tenía a Val en mi vida. Ella y Gris eran mis mejores amigas.
Val era la chica más especial que había conocido jamás: alta, de tez morena, pelo negro, largo, liso y brillante, brillantes y grandes ojos castaños y una figura envidiable era su carta de presentación.
Pero su personalidad todavía era mucho, muchísimo mejor. Simpática, amable, comprometida, cariñosa, divertida, alocada pero a la vez responsable, y lo mejor de todo: la mejor amiga que podías tener. Yo era plenamente consciente de la gran suerte que tuve al decidir sentarme en el tren a lado de esa simpática niña morena el 1 de septiembre de mi primer año en Hogwarts.
- EEEEEEOOOOOOOOO! Rosalie Jane Weasley, como no bajes a la tierra de una maldita vez, te voy a lanzar un…
- ¡Ya, Val, estoy aquí, perdona! - le dije divertida.
- ¿Sabes? No creas que me puedes engañar a mí. ¡Es evidente!
- ¿El qué es evidente?- pregunté, todavía en las nubes
- ¡Es evidente que todo esto es por un chico!
Como toda respuesta, enrojecí, lo que me delató más que si lo hubiera negado verbalmente.
Valerie hizo un exagerado gesto de victoria, pero yo me apresuré a cortarla.
- No, no no no! Val, no te emociones- le dije algo molesta. - No se trata de eso.- ¡Un chico, por favor! ¿acaso no me conoces?- le dije algo más tranquila.
- Oh! Ya salió Rose-corazón de hierro. Me da igual lo que digas. Sé que es eso, y si no me quieres contar de quién se trata, peor para ti! Porque lo averiguaré por mí misma, y entonces… ¡no te dejaré en paz hasta que no te junte con él! Muajajajaaja!- terminó forzando una risilla vengativa.
Puse los ojos en blanco, y lo di como caso perdido.
- Anda, venga, despertemos a Gris, y vamos a clase de pociones, se nos hace tarde.
Media hora más tarde y tras un rápido desayuno, nos encontrábamos en las oscuras y frías mazmorras.
Ese día la clase era especialmente difícil, estábamos elaborando una poción bastante complicada de preparar, que solía salir en el examen de Éxtasis de pociones. Exámenes que no tendríamos hasta el año que viene pues estábamos todavía en sexto, pero ya habíamos comenzado a prepararnos para tan terribles pruebas finales.
Sabía que tenía que concentrarme al máximo para la correcta elaboración de la poción, pero mi cabeza no estaba para pociones en esos momentos, mi cabeza estaba ocupada al completo por el sueño de esta mañana, como en las últimas semanas, siempre pensando en él, siempre concentrada en ese par de ojos grises que me quitaban la respiración.
Y así estaba yo, pensando en sus famosos ojos grises, cuando mi mano chocó contra algo cálido. Tan concentrada como estaba, no me había dado cuenta de que Scorpius Malfoy se hallaba a mi lado, recogiendo material para su poción. Y nuestras manos había chocado.
En cuanto mi piel rozó su piel, una sensación indescriptible se apoderó de mí. Una especie de potentísima corriente eléctrica recorrió la parte de mi mano que él había rozado, paralizándome, impidiéndome pensar. Sensación que aumentó alarmantemente cuando levanté la mirada y me encontré con aquellos ojos, que me dejaron bloqueada, como si el tiempo hubiera parado. Esos dos segundos que contemplé sus ojos fueron eternos, eternos y hermosos, pero por desgracia, un fuerte golpe me distrajo, sacándome del paraíso para volver a la tierra.
-Plaaaaaaaaaaas! El suelo se llenó de cristales. Torpe de mí, el impacto que me había causado el darme cuenta de que era Scorpius quien se encontraba a mi lado, hizo que todos los frascos que sostenía en mi mano calleran estrepitosamente al suelo, poniéndolo todo perdido cerebros de rana, y una sustancia viscosa no identificable.
El colérico grito de rabia del anciano profesor Slughorn, me advirtió de que toda la clase nos miraba con la boca abierta de par en par, con la confusión brillando en sus rostros.
-¡ Señorita Weasley ¡! ¿qué ha hecho? ¿Tiene usted idea de cómo va el precio de la columpia equinnocea en el mercado estos días?
- Nnnn … no noo… profesor Slughorn, lo lamento mucho.
La expresión de Slughorn se suavizó al momento al oír mis disculpas. Después de todo, siempre había sido una de sus alumnas predilectas.
- Eres una inútil, maldita mestiza.- me insultó Malfoy.
Desafortunadamente para mí, la furia de Slughorn regresó con más fuerza al escuchar a Malfoy, por lo que siguió chillando, hasta que terminó haciendo algo terrible e inaudito para mí.
- ¡Castigados! Los dos! El viernes, a las cinco en punto, ¡en mi despacho! Allí les informaré del castigo correspondiente. Ahh! Y… ¡30 puntos menos para cada casa!- informó airado.
Qué traumático, casi no lo podía creer, era mi primer castigo desde que había pisado el colegio…
- Estúpida Weasley, por tu torpeza, ¡mira lo que has conseguido!- me dijo Malfoy entre dientes. Tuve el impulso de darle un tortazo, pero decidí controlarme, no quería otro castigo más.
Pero en ese momento, poco me importaban los gritos de Slughorn, el castigo, las miradas burlonas y suspicaces de mis compañeros, los insultos de Malfoy…la conexión visual se había roto, y eso era lo peor que me había pasado en todo el día.
El resto del día fue extraño: yo seguía estando en mi nube, y podía ver cómo Valerie no dejaba de mirarme con un brillo de suspicacia en sus ojos. Pareció esperar a que el día concluyera, porque justo antes de acostarnos, aprovechando que era temprano y estábamos solas, me acorraló en un rincón.
-¡Qué calladito te lo tenías! - me dijo con júbilo y regocijo.
- ¿Calladito? ¿el qué? - le pregunté mientras sentía cómo el rubor incendiaba mis orejas.
-¡Malfoy! ¡es Malfoy!- me dijo riendo. - Bueno, tienes buen gusto Rosie, eso está claro- me dijo mordiéndose el labio. - Ese rubito esta como para…
- ¡No te gustará a ti más bien! - dije molesta y algo celosa.
- Venga Rosie, Malfoy esta bueno, pero no es el único. James está mejor. O Albus…
Hice una mueca de repugnacia, pensando en mis primos.
- ¡No pararé hasta que me lo cuentes con tus propios labios!- me dijo apuntándome con un dedo. - Bueno, no importa, eso ocurrirá muy pronto…- sentenció con autosuficiencia.
- ¡Pues lo llevas claro!
- ¿Ah si?- me preguntó con una enorme sonrisa. - Te recuerdo, que el viernes tienes un castigo con el señor rubito-despampanante.- me recordó triunfal.
Oh, no! El castigo…
Aquellos ojos grises me estaban volviendo torpe…
