Antes de ayer soñaba
con nubes y luceros
suspendidos en el cielo del mañana
Ahora, no sé si todavía sueño
o si es que ya despierto
al porvenir que llega
envuelto en furtivas miradas,
en sonrisas y silencios.
Era lunes y no tenía nada mejor qué hacer que revisar el Times y otros ejemplares más especializados, con la esperanza de descubrir alguna pista que la llevara más cerca de "La Selva", que era como algunas publicaciones poco serias se referían al despacho del famosísimo William A. Ardley quien, para más señas, ostentaba por herencia el título de "Sir".
Lo del título Portia no lo había averiguado en ningún diario; sino gracias a Felicity: una amiga de la infancia que era becaria de Cambridge y con la que solía conversar vía telefónica los fines de semana. Felicity estaba loca por los títulos nobiliarios y se conocía al revés y al derecho las líneas dinásticas de las monarquías europeas y toda la información del "Who's who", así que sólo le bastó mencionar el nombre del tipo que los últimos días le provocaba dolores de cabeza para que Felicity se lanzara a una conferencia transoceánica de más de cuarenta minutos, detallándole todo cuanto sabía del clan Ardley y su misterioso líder.
Multimillonario, jefe de un clan, presidente de un consorcio financiero, Caballero de Su Majestad... la lista de Portia crecía a pasos agigantados, al igual que su animosidad y ese dolor de cabeza que no cedía, por mucho que ingiriera analgésicos hasta prácticamente agotar la cuota diaria permitida ¡Comenzaba a odiar a ese tipo!
Portia suspiró, vencida más que nada por el desaliento. En aquel momento habría deseado en verdad ser Aladino y tener una lámpara maravillosa, con un genio dentro, que con sólo frotarla le permitiera averiguar lo que necesitaba sobre ese tonto millonario. Aunque si de ser sincera se trataba sabía que, de tener en verdad esa lámpara en sus manos, lo más probable era que la utilizara para estrellarla en la cabeza de ese odioso hombre misterio.
¡Rayos!
─¿No le parece un insulto ignorar a la naturaleza mientras dedica su atención a esa basura? ─la pregunta no fue lo que sobresaltó a Portia, sino el hecho de que su ejemplar del Times, tras ser sorpresivamente arrancado de sus manos, había salido volando directo hacia un cubo de desechos, situado unos cuantos pies a la derecha del sitio dónde se encontraba sentada.
─¡Oiga! ─protestó Portia con enfado, sin embargo, su tono cambió a uno de fastidio en cuanto contempló al tipo que le había arruinado el día... y el diario─. ¡Oh! ¡Es usted!
─¿Y a quien más esperaba? ¿Al genio de la lámpara?
Portia elevó la mirada al cielo, pero para su desesperación no consiguió mirar más allá de un sonriente y apuesto rostro, tan fresco y relajado como una lechuga al amanecer.
Bueno, tampoco era que Portia hubiera contemplado alguna vez cómo lucía una lechuga al amanecer, pero la gente siempre decía que no había cosa más fresca. Quizás, se dijo Portia, tal vez debía elegir algo más inspirador ¿Una berenjena? No, el morado no hacía juego con los ojos azules; además, a ella le gustaban las berenjenas ¿Un rábano? ¿Una calabaza? ¿Una patata? ¿Un manojo de menta? ¿Una col...? ¡Una col maloliente quedaba perfecta!
Una vez seleccionado a satisfacción el vegetal con el cual podía identificar al extraño de chaqueta deportiva Nike (que para el ejercicio de aquella tarde había sido teñida de azul marino), conteniendo un bufido de impotencia, Portia intentó ponerse en pie; pero sus intenciones y también su esqueleto quedaron paralizados al percatarse de que el extraño arruina periódicos se encontraba sentado a su lado, observándola con expresión fascinada.
¿A qué hora se había sentado junto a ella la col maloliente?
Portia contuvo un gruñido, presintiendo que se avecinaba un momento difícil. Tal vez, se dijo, debía haber ido directamente a casa en vez de pasar por el Hollenbeck.
Y tal vez la lámpara maravillosa sí estaba en un cajón de su armario.
─¿Y bien? ─dijo el extraño, y fue obvio que intentaba contener la risa.
─Y bien ¿Qué? ─replicó Portia a su vez, dándose una patada mental por dirigirle la palabra a esa molestia de ojos azules y por lo menos un metro noventa de estatura.
─¿Encontró ya a su millonario? ─interrogó el desconocido, que para ese momento ya no era tan desconocido─. No me mire así ─pidió el hombre─. Es sólo que, a juzgar por las anotaciones y los subrayados que ha hecho en todas las revistas y diarios que ha traído la semana anterior y este par de días, usted parece interesada en un sólo tema: un tal dueño del mundo que se llama William A. Ardley.
Portia se puso de pie súbitamente, sin apartar su mirada alerta del hombre e intentando que sus ojos, abiertos a su máxima capacidad, no delataran el pánico que repentinamente se había apoderado de ella ante las palabras que acababa de escuchar.
¡No! ¡No a ella! ¡No uno de esos psicópatas acosadores!
Antes de que fuera demasiado tarde y sin detenerse a reflexionar, Portia echó a correr tan rápido como sus cortas piernas se lo permitían.
─¡Oiga! ¡Espere! ─la llamó el desconocido; sin embargo, ella no se detuvo y continuó corriendo hasta que un calambre la tomó por sorpresa, haciéndola caer al suelo.
─¡Aauch! ─se quejó, sintiendo cómo el dolor la traspasaba, expandiéndose a lo largo de su pierna izquierda. El pasto estaba fresco y mullido bajo su espalda, pero aún así la caída le había dolido.
─Tranquila ─dijo la voz de la col apestosa y, enseguida, ella sintió unas manos tibias masajear con delicadeza la parte anterior de su pierna─. Respire profundo y no intente moverse con brusquedad o será peor.
─¡Déjeme!
─Quédese quieta o le dolerá más ─ordenó su perseguidor y ella comprendió que él tenía razón, porque cuando intentó moverse un nuevo calambre la acometió.
─Pequeña tonta ─dijo el extraño, con tono exasperado─. ¿Me puede decir porqué diablos estaba huyendo?
Portia no pudo responder de inmediato, porque el dolor la había dejado sin respiración, con los labios apretados y los ojos cerrados; pero tan pronto consiguió recuperar el aliento, se limitó a gritar tan fuerte como pudo:
─¡Auxilio!
─Un poco dramática tu amiga, Bert ─dijo entonces una voz de mujer─. ¿Serías tan amable de presentarnos, querido?
Era demasiado para una tarde. Al escuchar aquella voz Portia, y sus orejas con ella, enrojecieron a velocidad récord cuando comprendió que estaba haciendo el ridículo ¿No estaba el parque lleno de gente a esa hora? De ser así (y así era), entonces su miedo no tenía lugar y resultaba una tontería. Desanimada, se hizo la promesa mental de suspender por un mes entero su cita puntual con los programas sobre asesinos seriales que la TV transmitía a diario a las once de la noche.
─¡No soy dramática! ─replicó airada, al tiempo que con ayuda de una mano masculina, la de la col para mayores señas, se incorporaba para quedar de frente a una mujer que parecía sacada de la portada de la revista "Hello!", vestido de seis mil dólares y sombrero enorme incluidos.
─Si tú lo dices, querida ─dijo la nueva desconocida, haciendo un mohín. Portia se preguntó si habría algún seminario donde enseñaran a insultar con la mirada porque, de ser así, estaba segura de que esa tipa había asistido a él y aprobado sobresaliente.
─Bueno, tal vez un poco ─tuvo que admitir Portia─; pero lo que sí es seguro es que no soy amiga de su querido Bert ¿Está claro?
─Ya lo ves, querida Sarah ─dijo el desconocido, con tono ligeramente fastidiado─. La señorita Dramas y yo no somos amigos; tan sólo estaba ayudándola a superar un calambre.
La recién llegada permaneció en silencio: un silencio frío, despectivo y resentido. Era evidente que Portia no le simpatizaba; o quizás lo que no le simpatizaba era el hecho de que había encontrado al tal Bert prodigándole atenciones a Portia.
Un hecho meramente circunstancial y carente de significado en lo que a Portia se refería, pero que indudablemente había perturbado sobremanera a la tal Sarah.
─Así es, señora ─declaró Portia encogiéndose de hombros─. Este señor y yo no somos amigos, así que no veo razón alguna para que usted y yo debamos presentarnos.
Después de una declaración así a Portia sólo le restaba escapar; por lo que, inmediatamente, concentró su atención en el extraño enfundado en chaqueta azul marino y soltó en una frase sin pausas:
─Mi pierna está mejor creo que puedo caminar gracias y con permiso.
Después de decir aquello Portia giró, encaminándose a toda prisa hacia la colina que daba a la calle, sin percatarse que una brillante mirada azul profundo, divertida y extrañada a un tiempo, la seguía hasta que se perdió de vista.
