Traspasando dimensiones
un rayo de luz
disipa la incertidumbre.
Mis sueños van conmigo
en pos de mis pasos
y en la magia de un encuentro
estalla la chispa,
encendiendo una flama.
─No soy un acosador ¿sabes? Y tampoco un psicópata. Es sólo que no me conoces bien. Si te tomaras la molestia, comprenderías que no soy peligroso en absoluto ─fue el saludo de la col maloliente la tarde siguiente. Una tarde de un día martes bastante aburrido y tedioso.
Quizás debido a ello: al tedio de ocho horas sumergida en el ciberespacio rastreando miles de pistas inútiles a través de complicados parámetros de búsquedas en por lo menos cinco idiomas, Portia se permitió ser condescendiente con el extraño de deportiva... ¿Color marrón?
El bostezo que Portia iba a emitir se congeló y su mente adormilada despertó al notar el detalle, mientras que la respuesta que estaba por pronunciar mutaba de un simple "lo sé" a un:
─¡Por todos los patos de esta laguna, incluidos Fernando y Michael! ¿Compras todas las de un color o qué?
─¿Perdón? ─la voz de la col sonó genuinamente confundida y Portia decidió que un poco de compasión al prójimo no estaba mal para cerrar el día; así que, esbozando la sonrisa más brillante que pudo componer a pesar de su ánimo alicaído, respondió:
─Tu deportiva ─dijo, señalando con la punta del dedo hacia el pecho del hombretón─. Antier fue negra, ayer azul marino, hoy marrón... ¿Utilizas un color distinto para cada día de la semana o es sólo que estás asistiendo a un curso de teñido y la has tomado como material de práctica?
El extraño miró de Portia a su chaqueta y viceversa, evidentemente confundido y después, tras un minuto de reflexión, soltó una sonora carcajada.
─¡Perdón! ─se disculpó, cuando pudo controlar su risa lo suficiente para hablar─. Es sólo que nunca antes alguien me había hecho tal observación sobre mi vestimenta. Eres muy graciosa, extraña de los diarios financieros.
─Tan mal me he portado ¿eh? ─comentó Portia, sintiéndose ligeramente culpable al comprender que llevaba un par de días, o tal vez más, desconectada de la realidad─. Te pido disculpas, extraño que conoce los nombres de los patos.
─¿Disculpas? ¿Porqué? ─preguntó el hombre, azorado, y la culpa aguijoneó nuevamente a Portia al encontrarse con una mirada azul limpia y serena. Estaba claro que el tipo, quien quiera que fuera, no era una mala persona.
─No ha sido una de mis mejores semanas ─dijo Portia, con sinceridad─; de hecho, intuyo que esta será una de las peores semanas de toda mi vida. Pero, aunque así fuera tú no tienes la culpa y creo que me he desquitado injustamente contigo.
─Todos tenemos malos ratos ─fue la respuesta del hombre, acompañada de un encogimiento de hombros─. Así que no veo porqué hemos de hacer un problema de ello.
─Eso es verdad, pero aún así deseo disculparme ─insistió Portia─. Habitualmente no soy tan dramática ¿sabes?
─Está bien, disculpa admitida. Aunque debo decir que no es común encontrar a una persona que, precisamente en esos malos ratos, sea tan simpática como tú.
Portia sintió cómo sus orejas comenzaban a enrojecer, pero consiguió mantener la compostura al pronunciar un sencillo:
─Gracias.
─Me llamo Albert ─dijo el extraño, haciendo recordar a Portia que la insufrible mujer del sombrero había utilizado el diminutivo "Bert" para dirigirse a él.
─Mi nombre es Portia, Portia San Juan ─dijo a su vez Portia extendiendo la mano, misma que Albert tomó entre la suya. Al tocarlo, Portia sintió una especial calidez emanar de su piel, algo dulce y tranquilizante.
─¿Portia? ─inquirió Albert, sin soltar todavía su mano.
─Portia: mi madre era una ávida lectora de novelas románticas y, por las fechas en que yo nací, estaba leyendo un drama de la época de la Regencia cuya protagonista llevaba ese nombre ─explicó Portia con naturalidad. Desde que era una niña estaba acostumbrada a relatar esa explicación.
─¡Qué interesante! ─fue el inmediato comentario, y los ojos azules de Albert chispearon con diversión antes de agregar─: drama desde el primer instante de tu nacimiento.
─¿Interesante? ¡Yo diría odioso! ─exclamó Portia con sinceridad─. Mis lecturas de cuna fueron diversas novelas históricas y la saga Malloren de Jo Beverly; claro, debidamente censurada. Papá solía aparecerse por mi habitación para cambiarle a Mamá la novela de turno por algún libro de cuentos más apropiado, pero pronto perdió la batalla porque yo comencé a encontrar mucho más interesantes las novelas que los cuentos.
─¿Para eso es tu investigación? ─preguntó ahora Albert, con interés evidente─. Quiero decir... ¿Piensas escribir una novela sobre ese millonario misterioso?
─¡Líbrenme el cielo y toda la corte de los santos! ─exclamó Portia, tomada por sorpresa─. No sé escribir y, si lo supiera, el último tema sobre el que me gustaría realizar una novela sería precisamente don Millonario ─dijo con ligera repulsión.
─¡Vaya! ─fue el comentario de Albert, pronunciado con una entonación especial que Portia no supo a qué atribuir─. ¿Es mi imaginación o no te simpatiza el tipo?
─¿Simpatizarme? ¿A mí? ¿Porqué debería? Si ni siquiera conozco su nombre completo y mucho menos su rostro ─replicó Portia con sinceridad.
─¿Es ése un problema? ─interrogó Albert, verdaderamente intrigado, para sorpresa de Portia.
─No, por supuesto que no. Cada quien tiene derecho a llevar su vida como mejor le plazca. Pero, tienes razón: el tipo no me simpatiza. No respeto a alguien que, dinero de por medio o no, prefiere esconderse en el anonimato en vez de dar la cara.
─¿Esconderse?
─Esconderse ─repitió Portia─. Sean cuales sean sus razones, pienso que deja mucho qué desear para un hombre de la importancia de Sir William A. Ardley privar al mundo de conocer algo tan elemental como su identidad. Es como si jugara con la opinión pública y... siendo sincera, detesto a los apostadores y timadores; por no decir a los mentirosos.
─¡Mentiroso! ─exclamó Albert, en tono interrogativo, al tiempo que sus ojos se abrían asombrados y Portia se sonrojó ligeramente, consternada por haberse dejado llevar por la emoción.
─Mentiroso ─repitió Portia con determinación, sintiendo la necesidad repentina de dejar claro el punto─. No se le puede llamar de ninguna otra manera a quien elige callar la verdad por intereses personales.
─Ya veo ─la mirada de Albert se transformó entonces, brillando con una emoción que Portia no consiguió identificar, pero que le provocó la misma sensación de fascinación que le resultaba de contemplar el lago Ontario en invierno.
─No. No ves nada ─respondió Portia─. Quiero decir: hablo en serio cuando digo reconocer que las decisiones de las personas, por más excéntricas que sean, no son de mi incumbencia en absoluto; sin embargo, no puedo evitar opinar sobre quien, con toda intención, debido al hecho de que nadie conoce su rostro, ha acaparado los principales titulares de publicaciones financieras y sociales desde hace un par de meses. Soy sincera al decir que no me importaría en absoluto averiguar nada sobre alguien que, evidentemente, está jugando a obtener la total atención de los medios, si eso no fuera necesario para conservar mi trabajo... y mi dignidad.
─Vaya ─comentó Albert y Portia pudo notar que, de repente, su expresión al completo exhibía un semblante reflexivo.
─Perdón por ponerme pesada ─se disculpó Portia─. No creo que sea el momento de volver a dar rienda suelta a mi frustración. En especial cuando acabamos de conocernos. Y dime: ¿no piensas correr hoy?
─No ─respondió Albert de inmediato, componiendo una atractiva mueca que provocó palpitaciones en Portia─. Ayer por la noche sufrí un pequeño traspié y me temo que el terapeuta me ha dado descanso de una semana por lo menos ─añadió, sorprendiendo a Portia, quien inmediatamente dirigió la mirada hacia los pies de su nuevo amigo, calzados con zapatillas deportivas a juego con la chaqueta, claro.
─Pero ¿Cómo pasó eso? ¿A qué hora? ─indagó Portia ligeramente alterada, tanto por la noticia como por esa resplandeciente sonrisa.
─Es una larga historia que no viene al caso. Digamos que asistí a una cena formal y tuve que utilizar unos zapatos nuevos y esa incomodidad fue en parte la que me provocó esto.
─Traduciendo: tuviste que ir a uno de esos horribles sitios elegantes donde hay suelos de duro mármol de imitación pulido en exceso y luego, por algún motivo, que espero no sea el que imagino, perdiste el equilibrio y acabaste de alfombra.
─Pues... sí ─asintió Albert quien, de pronto, parecía haberse quedado mudo y boquiabierto.
─¡No me mires así! ─suplicó Portia, sintiendo las orejas rojas.
─Así cómo ─preguntó Albert, confundido.
─Pues como si, como si... ¡Como si me hubieran crecido las orejas! ─exclamó, frustrada.
─Pues no, no te han crecido ─respondió Albert, dando toda la impresión de estar estudiando las mencionadas orejas y luego, en tono de broma, añadió─: pero es sorprendente lo rojas que se te ponen.
─¡Oh, cállate! ─exclamó Portia, resignada a enrojecer en todos los sitios visibles de su cuerpo aparte de las orejas.
─Bueno, como te habrás dado cuenta, me dispongo a pasar dos horas con Michael y sus amigos ¿Quieres hacernos compañía? Ellos no saben leer, pero yo sí y tal vez pueda ayudarte a encontrar esa información que buscas sobre tu millonario.
─¡Qué no es mi millonario! ─protestó Portia-. Y... no estoy muy segura de haber perdonado a Michael por asustarme.
─Oh, pero él si te ha perdonado haber faltado a tu cita con él ayer. Estuvo esperándote toda la tarde, y cuando veniste, ni siquiera fuiste a saludarlo. Le darás una gran alegría si lo visitas.
─Pues... ─Portia lo pensó por un instante, pero comprendió que negarse era batalla perdida─. De acuerdo, vamos allá; pero, si tu plumífero amigo vuelve a atacarme, puedes contar con una visita extra al terapeuta y de paso un chapuzón en el lago ¿Entendido?
─Fuerte y claro, señorita San Juan ─respondió Albert y, por un momento, Portia tuvo la sensación de que el entusiasmo de su nuevo amigo era muy semejante al que mostrara Fernando un par de días atrás; pero se dijo, que estaba imaginando cosas. Resignada, se dispuso a seguir al hombretón rubio hasta la orilla del lago, confiando en que la experiencia de visitar a un pato no resultara tan mala.
