Fluyen los días
al amparo del tiempo,
y encuentro lo inesperado
a la vuelta del sendero.
Más allá de esperanzas
y secretos anhelos,
mis pasos me han llevado
a un universo nuevo.

─Hola Michael ─saludó Portia al pato, la tarde del miércoles─ ¿Podrías decirme qué pasa con tu amigo de cabellera rubia que no ha llegado?

Tan pronto hizo la pregunta, Portia se sintió ridícula por interrogar así a un inocente pato. No obstante, la ausencia de Albert le resultaba un tanto rara; aunque también estaba consciente de que, con su pie lastimado, él no tenía nada qué ir a hacer al parque.

Por toda respuesta Michael soltó un indiferente "cuac", que hizo surgir en Portia un irresistible deseo de extrangularlo, ya que lo interpretó claramente como un: "no lo sé ni me importa".

─Ok. De acuerdo amiguito, te dejo en paz ─replicó Portia en tono airado, comenzando a avanzar por el sendero para relajarse un poco.

Mientras sus pasos la llevaban hacia la parte más alejada del lago, que terminaba bajo el puente del freeway, Portia luchó contra el extraño impulso de ir a estrellar la cabeza contra una de las columnas de hormigón del citado puente, en justa represalia por lo que acababa de ocurrir ¡Cielos! ¿Qué hacía ella hablándole a un pato? Y lo que era peor: enfadándose con él por lo que creía haber entendido de su graznido.

Definitivamente la tensión estaba provocando estragos en ella.

¡Aaaaaah! Si tan sólo pudiese tener al odioso William A. Ardley frente a ella...

─Pensé que no vendrías hoy, señorita Puerto Rico ─la voz de Albert se escuchó desde alguna parte del lado derecho del sendero. Interrumpiendo su andar Portia buscó con la mirada, pero no pudo encontrarlo.

─¿Y porqué no iba a venir? ─preguntó Portia, sin dejar de registrar los alrededores; sus planes de descalabrarse contra los pilares de hormigón olvidados por completo en el afán de localizar a Albert.

─Bueno... ─hubo una pausa larga, durante la cual Portia pudo escuchar el sonido sibilante de un seto al ser sacudido─. Tienes un millonario qué perseguir ¿No?

─¡Tenías que mencionarlo y arruinarme la tarde! ─se quejó Portia, haciendo un mohín. Para ese momento ya sabía que Albert estaba oculto tras el frondoso macizo de flores color lavanda que casi se desbordaba sobre el sendero.

─¿Puedes responderme algo? ─preguntó Albert apareciendo de improviso tras Portia, que acababa de sentarse sobre la bardita de piedra que separaba el jardín del sendero.

─Claro ─respondió Portia─. Cualquier cosa mientras no sea mi edad, ni mi número de seguridad social.

─¿Porqué estás tan obsesionada con ese señor? Hay otros temas mucho más interesantes para un artículo ¿No?

─En parte no es su culpa ─replicó Portia de inmediato, sincerándose muy a su pesar─. Sino la culpa de mi asqueroso jefe, que se ha empeñado en hacerme quedar como incompetente ¡Detesto eso!

─¿Y no puedes...?

─¡Nada puedo hacer contra una orden de James! Por muy idiota que ésta sea ─estalló Portia─. Él tiene la última palabra sobre mi permanencia en la revista y me lo ha dejado claro: tengo hasta el viernes para dejar en su escritorio el artículo de la década. De no ser así, puedo olvidarme de trabajar para él.

─Pero hay cosas que no están a tu acance ¿No puede tu James comprender eso?

─Si puede, pero no quiere; después de todo, lo que más le interesa al muy cretino es deshacerse de mí. Creéme, señor Albert, si por mí fuera, ese millonario y todos los tontos temas pegados a él podrían irse tranquilamente en una cápsula del tiempo a la estrella más lejana ─fue la respuesta de Portia y algo en su voz hizo que Albert permaneciera observándola por largo rato. Sin embargo, él no agregó nada más y, en cambio, dio un salto hacia el interior del seto para continuar con el trabajo que estaba haciendo.

En tanto Albert trabajaba Portia permaneció sentada en el mismo sitio, dedicada a contemplar la fuente que se localizaba en las inmediaciones del pequeño lago. Esa fuente le gustaba mucho; de hecho, era la razón por la que visitaba el Hollenbeck cada vez que sus ocupaciones lo permitían. Podía parecer ridículo a cualquiera, pero la verdad era que se había mudado de rumbo tan sólo para poder caminar hasta ese parque y tener un sitio apacible dónde pasar sus ratos libres. Ese lugar le recordaba demasiado la vida que había perdido años atrás, al morir sus padres.

Tiempos que no volverían.

─¿Puedo saber a dónde andabas, señorita San Juan? ─la pregunta llegó acompañada de la fragancia natural de una flor y una caricia, que Portia no rehuyó. Perpleja, descubrió que Albert había colocado en su oreja una rosa diminuta.

─Muy lejos ─respondió, sin estar muy segura de lo que Albert le estaba preguntando.

─Eso pensé ─dijo Albert, y Portia sintió sus orejas enrojecer como era habitual al sentir la mirada azul del hombre posada sobre ella.

Maldición ¿Porqué Albert insistía en mirarla de esa manera tan peculiar?

─¡Deja de mirarme así! ─protestó Portia, sin saber muy bien a qué atribuir su incomodidad.

─¿Cómo? ─fue la pregunta obvia que siguió.

─Pues no sé cómo; pero no me gusta ─replicó Portia─, señor del semanario de rompevientos Nike. ¡Ya! ¡En serio! ¿Los compraste de oferta en los Alleys* o qué? ─preguntó, y su intento de señalar la manga de la chaqueta deportiva en color indigo, que ese día lucía Albert, se convirtió en un tímido roce sobre el antebrazo masculino.

El tiempo pareció detenerse. De pronto, Portia tuvo la sensación de encontrarse en otra dimensión, una donde la luz y el silencio lo dominaban todo: la gente, el agua, el viento soplando y el sonido del transitar incesante de los automóviles por el freeway desaparecieron y sólo quedaron ella y Albert.

El momento fue muy breve y después Portia volvió a la realidad, descubriendo que Albert no había dejado de observarla.

─No precisamente de oferta, pero debes saber que las odio ─respondió Albert, a propósito de su pregunta sobre las chaquetas deportivas. Ahora ambos avanzaban despacio por el sendero, acercándose todavía más al área sombreada originada por el paso del puente─. Las utilizo todas para gastarlas más rápido y deshacerme de ellas.

─Pues no entiendo cómo es que las compraste si no te gustan ─fue la obvia observación de Portia.

─No las compré yo ─le aclaró Albert─. Fueron un... regalo.

─Podrías donarlas a la caridad ¿sabes? Señor Albert ─sugirió Portia, con una sonrisa─. A tres cuadras de aquí hay un contenedor de una fundación donde puedes depositarlas y como a cinco cuadras hay un edificio de apartamentos abandonado en donde me he topado a dos o tres vagabundos que estoy segura, pueden darles muy buen uso. Y, si el caso es que resientes no obtener ganacia de ello bien puedes irte de bazar al Flea Market del estadio y alguien seguro te las comprará, sólo hay qué pagar cinco dólares por un lugar.

─¿En serio puedo hacer eso? ─la pregunta de Albert sonó sincera, como si la idea nunca se le hubiera ocurrido antes─ ¿Qué? ¿Sólo voy y las tiro en ese contenedor y ya?

─¡No me digas que nunca has donado ropa a la caridad! ─exclamó Portia, sorprendida─. ¡Si todo el mundo lo hace!

─Pues sí he donado ropa ─replicó Albert a la defensiva─; pero no sabía que podía donar la que ya no quiero usar.

─¿Qu...é? ─Portia tropezó al escuchar la respuesta de Albert y estuvo a punto de caer al lago. Para su buena fortuna, los reflejos de Albert fueron perfectos y consiguió atraparla justo un segundo antes de que ocurriera el desastre.

─¿Estás bien? ─preguntó, mirándola con ligera preocupación.

─Sí, gracias ─respondió Portia, todavía un poco descolocada. Sentía su corazón latir de prisa, pero supo de inmediato que no era cosa del susto, sino debido a que las manos de Albert, tibias y fuertes, estaban cerradas alrededor de sus antebrazos.

El tiempo se detuvo de nuevo y Portia, temiendo que el corazón se le saliera del pecho en cualquier momento, sintió entonces la mirada azul profundo de Albert posada sobre sus labios.

¡Cielos! ¡No!

─¡Hermano! ¡Al fin te encuentro! ¿Puedes creer que esa pandilla de patos intentó atacarme? ¡Parecían gángsters! ¡Y lo peor es que Michael los dirigía! ¡Deberías de devolver a la jaula a esa horrible criatura!

La voz que profirió la serie de exclamaciones era diáfana y con un acento indudablemente refinado. Portia giró, apartándose de Albert sólo para descubrirse siendo objeto de la curiosidad desbordante de una mirada de preciosa tonalidad esmeralda profundo. Una mirada cuyo nicho era un rostro de rasgos perfectos enmarcado por una exuberante cabellera rubia natural.

Portia contempló boquiabierta a la mujer: parecía una princesa, vestido de diseñador incluido, y tenía una estatura que superaba incluso la de las modelos.

─Tranquila Rose. Michael no intentó atacarte, es sólo que debió sentirse muy feliz de verte. Hace bastante tiempo que no nos visitas.

─¡Tú eres el que no se ha parado por casa en toda la semana! ─protestó Rose airadamente─. Anthony pregunta por ti a cada rato y odio reconocerlo, pero hasta esa bola de pelos que mi hijo llama mascota parece melancólico.

─Debiste traerlos contigo ─observó Albert sonriendo─. Un poco de naturaleza y aire fresco no les hubiera hecho mal.

─¡Estás loco! ─exclamó Rose elevando el tono de voz y Portia decidió, al escucharla, que nada de lo que hiciera o dijera esa mujer podía arruinar su singular belleza: tenía una voz preciosa─. ¡No voy a arriesgar a mi hijo a llenarse de gérmenes!

─Tranquila Rose. No grites ─pidió Albert, frunciendo ligeramente el ceño─. Mira, te presento a la señorita Portia San Juan. Portia, ella es Rosemary: mi hermana mayor.

─¡Cielos! ─exclamó Rosemary, inclinando la cabeza para mirar a Portia con sorpresa─. ¡Perdón, señorita San Juan! No era mi intención ser descortés. Debe disculparme. Mi única excusa es tener un hermano ingrato.

─Descuide señori...

─Señora Brown ─interrumpió Rosemary, extendiendo la mano para que Portia la tomara─. Rosemary Brown, pero puede decirme Rose, me gusta más y le evita la fatiga de tener que pronunciar un nombre tan largo que, dicho sea de paso, detesto.

─Es un placer, Rose ─dijo Portia y enseguida añadió─: mi nombre no es tan largo y pues creo que no existe un diminutivo aceptable, así que todos por aquí me llaman Portia.

─¡Oh! ¡Tienes el mismo nombre que la protagonista de la segunda entrega de la saga Malloren de Jo Beverly! ─exclamó Rosemary, con entusiasmo tal que Portia tuvo que hacer un esfuerzo para no entornar los ojos. Y aquí iba de nuevo...

─Mi madre era ávida lectora de novelas románticas ─declaró Portia, sabiendo que no iba a ser necesario añadir algo más.

─¡Oh! ¡Qué genial! ¡Yo amo las novelas de Jo Beverly! ¡Las tengo en todos los idiomas y formatos que he encontrado! ¡Hasta hice empastar unas especialmente para el librero que se encuentra en el despacho de mi marido! ¡Él se enojó, pero quedaron preciosas! ¡Tienes qué visitarme un día en mi casa para que las veas!

─La idea es maravillosa Rose, pero por favor ─pidió Albert con sentimiento─, no te atrevas a entregarle a Portia tu odiosa lista de medidas higiénicas.

Interrumpida en su desbordante entusiasmo Rose miró a su hermano como miraría a una cucaracha y de vuelta a Portia, quien pensó, una vez más, que nunca había visto a ninguna mujer tan naturalmente hermosa como ella.

─¡Por supuesto que no, hermano! ─exclamó Rose, con aire ofendido─. Esa lista está diseñada exclusivamente para ti, que pareces incapaz de conservarte sin contaminación por dos minutos ¡Oh, querida Portia! ─exclamó, dándole un beso en la mejilla a la mencionada─. ¡Me fascinará que vengas a visitarme! ¡No perdonaré a Bert si no te lleva con él este sábado!

─¡Pero Rose! El sábado yo...

─¡El sábado, señor Ingratitud! ─ordenó Rose, comenzando a alejarse de ellos─. Es el cumpleaños de Richard y no te perdonaré que no asistas. Si lo olvidas, prometo traer a la bola de pelos para que disfrute persiguiendo a tus queridos patos ¿Quedó claro?

Portia contempló a Rose, quien se alejaba con donaire por el sendero dejando atrás el eco de su hermosa voz y el sutil aroma de su perfume exclusivo y no supo si fue lo extraordinario de aquel encuentro o la expresión cariacontecida de Albert, pero no pudo evitar reír, sintiendo el espíritu más ligero de lo que lo había sentido los últimos días: como si una pesada nube se hubiese alejado para dejar brillar con toda fuerza el sol.


GLOSARIO

Alleys: "Callejones". Distrito de la ropa en Los Ángeles. Una zona que comprende varias manzanas repletas de tiendas que venden ropa al mayoreo y menudeo.