Te descubro
en la orilla de un momento,
entre el ayer y el hoy.
En silencio avanzamos juntos,
persiguiendo al destino.
Me abrazas,
mientras nos rodean
los reflejos del mañana.
Pues bien, ya estaba hecho.
Portia suspiró, deteniéndose para contemplar el paisaje. Era jueves y el parque lucía un poco vacío. Hasta el viento estaba tranquilo y no había ni un soplo de brisa que agitase los árboles. Buena suerte que no estuviera haciendo mucho calor; aunque daba igual: ella no se hubiera perdido la oportunidad de visitar el Hollenbeck aún si la temperatura ambiental superara los cien grados Fahrenheit así que, con el ánimo elevado, echó a andar por el sendero con la intención de hacer un poco de ejercicio.
Mientras caminaba Portia se descubrió pensando un poco en todo cuanto había ocurrido los últimos días y cayó en cuenta de que llevaba poco más de seis meses viviendo por el rumbo y visitando el parque casi a diario y que nunca, en todo ese tiempo, había descubierto la presencia de Albert.
Tampoco era que ella fuera una persona muy sociable, dado que difícilmente saludaba a ninguno de los lugareños; sin embargo, estaba segura de que si hubiera coincidido con Albert en alguna ocasión previa a los cuatro días anteriores, indudablemente le habría llamado la atención, especialmente por su estatura.
No que él fuera tan alto. De hecho, Portia creía haber notado en Rosemary una estatura superior a la de su hermano, aunque era bastante probable que tal percepción hubiera sido efecto de los tacones; sin embargo, no le cabía la menor duda de que un hombre así resaltaba entre el común.
No haberlo notado era extraño para sus estándares, aunque no en grado superlativo; después de todo, por cuanto había conversado con Albert, podía deducir que llevaba poco tiempo viviendo por el rumbo.
¿Qué andaba haciendo un hombre así por el lado Este de la ciudad, cuando era obvio que pertenecía a un rumbo muy diferente?
Tan pronto la pregunta surgió en su mente Portia se percató de que en realidad sabía muy poco sobre Albert aparte de su nombre. No sabía ni su edad, ni su apellido, ni su profesión. Si bien estaba claro que problemas de dinero no tenía, ya que las dos mujeres que lo habían visitado pertenecían indudablemente a uno de los niveles más elevados en cuanto a posición socio-económica se refería y también estaba el hecho de que utilizaba un atuendo deportivo distinto para cada día de la semana; claro que esto último no quería decir nada.
Vaya tipo raro, y eso sin añadir que conocía a los patos por su nombre de pila...
─¡Hey! ¡Señorita Aladino! ¡Acá! ─la voz de Albert flotó desde alguna dirección, apartando a Portia de sus cavilaciones respecto a él.
Tras buscar un poco Portia descubrió, azorada, que Albert le hacía señas desde una pequeña isleta situada a mediación del lago.
¿Cómo rayos había llegado ahí? Portia miró hacia todas partes, pero no consiguió descubrir ningún puente.
─¿Estás loco? ─gritó Portia desde la orilla opuesta, no muy segura de querer saber la respuesta─. ¡Si te ve alguien del personal de vigilancia te multarán! ¡Esa área no es para el público!
─¡Tengo permiso! ─declaró Albert desde la isleta, mostrando en alto una hoja de papel blanco tamaño media carta. Su tono de voz, entre satisfecho y feliz, hizo que Portia recordara a esos alumnos de la clase de kindergarden que se ganaban una estrella en la frente.
Portia se descubrió entornando los ojos al tiempo que sonreía. Después movió la cabeza de un lado a otro, esperando que Albert comprendiera que eso quería decir: "no tienes remedio". Luego, haciendo un ademán de despedida con la mano, continuó caminando por el sendero, dispuesta a disfrutar de la tarde y de su recién adquirida libertad.
Acababa de renunciar.
Oh, sí. Claro que lo había hecho: se había presentado a primera hora en la oficina, redactado una breve nota formal y, con ella debidamente impresa y firmada, había entrado por última vez en el despacho de su jefe, depositado la renuncia en la parte superior de la pila de documentos del día y dicho adiós con una sonrisa. El proceso completo, incluida una floritura al cerrar la puerta y dejar tras ella a un boquiabierto, inmóvil y cejijunto James, no le había tomado más de diez minutos.
Portia aún no podía creer que hubiese sido tan sencillo.
Pues bien: esa página de su vida estaba cerrada. Satisfecha Portia se dio un abrazo mental a sí misma. Al fin era libre para buscar su propio destino... y un mejor sueldo.
¡Cuac! ¡Cuac! ¡Cuac! ¡Cuac! ¡Cuac! ¡Cuac! ¡Cuac! ¡Cuac! ¡Cuac!
─¡Hola Michael! ─saludó Portia, de buen humor, deteniendo su caminata para inclinarse a conversar con el sexteto de patos que la había encontrado en el sendero─. ¡Ah! ¡Aquí estás Fernando!
¡Cuac! ¡Cuac!
Replicó inmediatamente un pato moreno. Portia se sintió un poco ridícula de estar haciendo eso pero, después de un segundo de indecisión, se encogió de hombros diciéndose que había cosas peores que hablar con los patos.
Ser William A. Ardley, por ejemplo.
─Adiós amiguitos, debo hacer ejercicio ─dijo, haciendo un ademán de despedida con la mano antes de emprender la carrera.
Mientras corría, inesperadamente Portia se descubrió pensando en William A. Ardley, el misterioso multimillonario y por primera vez sintió algo de simpatía por él. Debía ser difícil jugar a ser Dios: estar oculto al mundo y, al mismo tiempo, ser responsable de los destinos de un gran número de personas.
¿Cómo se podía dormir tranquilo cuando de tus buenas o malas decisiones dependían vidas y fortunas? Portia no lo sabía y no intentó siquiera imaginarlo. El tipo sin duda la debía tener complicada. Buena cosa que a partir de ese jueves tenía a alguien menos persiguiéndole.
Felicitándose por su bondadosa acción anónima del día, Portia llegó trotando al tramo que cruzaba bajo el puente del freeway y se detuvo, ansiosa por contemplar un rato las estrellas que formaban los reflejos del agua en la parte superior del puente. Aunque muchos visitantes dudaban en aventurarse hasta ahí a ella ese lugar le parecía mágico; como un mundo aparte. La primera vez que lo había encontrado Portia había tenido un nítido recuerdo de su madre: en los días lluviosos y aburridos ella solía cubrir las ventanas con cobijas y utilizaba una linterna cubierta con una bolsa de papel perforada para proyectar estrellas en el techo de la sala.
─¡Ximena! ¡Ximena no te acerques tanto a la orilla! ─el tono urgente hizo reaccionar a Portia, quien bajó la mirada y enseguida la mano, justo a tiempo para interponerla en el camino de una niña pequeña hacia la orilla del agua. No pasaron más de dos segundos cuando una mujer joven llegó corriendo y alzó a la niña en brazos.
─Muchas gracias, señorita ─dijo la mujer dedicándole una sonrisa de agradecimiento y Portia se descubrió fascinada por su brillante y oscura cabellera rizada natural.
─Por nada ─contestó Portia devolviendo la sonrisa─. ¡Qué linda niña! ─exclamó, al tiempo que reanudaba la marcha de regreso hacia el otro extremo del parque, saliendo a descubierto y dejando atrás las estrellas y a aquella madre con su hija.
Conforme corría, Portia pasó junto a Llorón, el sauce que vivía junto al puente que cruzaba de un extremo a otro del lago, y se hizo la promesa mental de acudir el domingo por la mañana a realizarle unos bocetos. Llevaba tiempo deseando retratar en carboncillo a Llorón, pero no había tenido oportunidad. Decidió también que comenzaría a buscar empleo hasta el lunes siguiente: cualquier cosa, menos trabajo editorial.
─No pensé que fuera a tomarte tanto tiempo ir y regresar ─la voz de Albert la sorprendió, haciéndola frenar bruscamente. Iba tan concentrada en sus pensamientos que no lo había visto, de pie a un lado del sendero, reclinado sobre uno de los postes de la iluminación.
─¡Me asustaste! ─le reclamó Portia en cuanto consiguió recuperar el aliento. La pierna derecha comenzó a dolerle debido a un pequeño tirón en el músculo. Frenar no era su especialidad y siempre acababa lesionada.
─¡Lo siento! Pensé que me habías visto ─se disculpó Albert y enseguida preguntó:
─¿Te lastimaste?
─No. No es nada ─respondió Portia, sabiendo que el dolor, pese a no ser intenso, permanecería hasta el día siguiente. Si embargo, Albert no tenía ninguna culpa por lo ocurrido: su error no había sido detenerse, sino intentar girar para volverse al mismo tiempo─. ¡Hey! ¡Bájame! ─protestó, al descubrirse elevada del suelo.
─Tranquila ─dijo Albert, sin hacerle el menor caso─. Sólo iremos hasta esa caseta y después cruzaremos hacia la isla.
─¿Cru-zar? ─preguntó Portia con ligero espanto, ya que inmediatamente se había imaginado a bordo de un barco pirata, camino a las Antillas. Sonrojada, se dio una patada mental por estar divagando y se concentró en no mirar el suelo─. Está muy alto aquí ─comentó, intentando distraerse. La cercanía de Albert la ponía nerviosa.
─Pues sujétate bien y no mires al suelo o te marearás ─fue la respuesta de Albert, quien no dejó de caminar por el sendero. Resignada, Portia obedeció y elevó la mirada distinguiendo a lo lejos una de las dos pequeñas cabañas que contenía el parque, esa estaba construida un poco hacia el interior del lago y era lo que más cerca quedaba de la isleta. Además de sombra brindaba una vista muy buena del parque. Portia comprendió que Albert se había referido precisamente a esa cabaña.
Lo último que se hubiera imaginado en la vida era que una tarde de jueves recorrería el Hollenbeck en brazos de un tipo rubio.
─¿Qué rayos andabas haciendo en esa isleta, señor Albert? ─preguntó Portia, a quien el silencio había comenzado a incomodar.
─Pronto lo verás ─fue la respuesta y Portia se resignó a permanecer en silencio, rogando porque Albert no sufriera dolor de espalda al día siguiente por tener que llevarla en brazos.
Caminaron un trecho más hasta llegar a la cabaña. Albert entró en ella y Portia pudo entender entonces cómo había cruzado él hasta la isleta.
─¡Oh, no! ¡No voy a caminar por esa cosa! ─protestó Portia, sintiendo el pánico subirle a la garganta.
─Yo te llevaré ─dijo Albert y Portia tuvo la sensación de que estaba conteniendo la risa─. Además, el agua no es profunda y lo único a lo que te arriesgas es a un chapuzón y a una multa.
─¡Pues ninguna de las dos cosas me agrada! ─replicó Portia con energía, al tiempo que intentaba salir de la cabaña. Sin embargo, Albert fue más rápido y la izó de nuevo en brazos haciéndola salir a través del ventanal y depositándola sobre una tabla de alrededor de dos pies de ancho y como cinco metros de largo, que hacía las veces de rampa entre la cabaña y la isleta.
─¡Sácame de aquí! ─gritó Portia, cerrando los ojos con fuerza y aferrándose a la tabla como si fuera su única salvación, para esos momentos no era más que un ovillo temeroso y agobiado─. ¡Auxilio!
─No seas dramática ─dijo la voz de Albert sobre su cabeza. Portia abrió un ojo con cuidado y pudo ver el símbolo de Nike de los tenis de Albert, aumentado de tamaño gracias a la cercanía ¡Oh Dios! ¿Y ahora qué?
El qué llegó cuando Albert la hizo ponerse de pie y luego volvió a tomarla en brazos, comenzando a avanzar por la rampa. Portia no se atrevió a intentar abrir los ojos otra vez y, en cambio, se agarró con fuerza del cuello de Albert, rogándole a todas las potencias celestiales que el recorrido terminara pronto.
─¡Qué vergüenza señorita San Juan! ¿Nunca fuiste niña exploradora? ─dijo Albert y por el tinte risueño de su voz Portia comprendió que se estaba divirtiendo en grande a sus costillas.
─No ─replicó Portia─. Papá insistió mucho, pero yo nunca acepté. Odiaba vender galletas.
─Y yo que pensaba que era el único ─dijo Albert y Portia se olvidó de que intentaba permanecer con los ojos cerrados y los abrió para mirarlo con incredulidad.
─¿El único que odia vender galletas? ─preguntó Portia, en tono asombrado.
─El único que no había sido niño explorador ─aclaró Albert y aunque sonrió Portia pudo ver, por primera vez, en esas profundidades azules, un destello de melancolía que hizo que le doliera el corazón.
Una vez más, en la mente de Portia surgió aquella, incontestable pregunta: ¿Quién era Albert?
Al fin tierra. Portia volvió a la realidad cuando sus pies se posaron sobre el blando suelo de la isleta, que no era más que un perímetro de algunos diez o doce metros en redondo que contenía tres pinos y una palmera y algunos matorrales de pasto. Ruborizada, Portia descubrió que el pacífico trozo de agua que habían cruzado y que en algún momento se le había figurado un salvaje río tropical, no podía medir más allá de tres metros.
─¿Y bien? ─preguntó Albert, intentando contener la risa.
─¡Te odio! ─exclamó Portia, con frustración.
─No es bueno traer odio al paraíso, señorita Puerto Rico. Así que respira profundo, relájate y disfruta el tentempié ─dijo la voz profunda de Albert y Portia, que estaba en el proceso de respirar profundo cuando escuchó la palabra "tentempié", comenzó a toser.
─Calma. Tranquila ─dijo Albert, dándole palmaditas en la espalda─. ¿Ya estás mejor?
─Sí, gracias ─respondió Portia, roja a más no poder; parte por la pena y parte por la tos. Recordando el tentempié buscó con la mirada y descubrió, a la sombra del pino más pequeño, una manta y una canasta de pic-nic.
¡Por Dios!
─Hay fruta y sandwiches ─dijo Albert, quien ya estaba ocupado desempacando el contenido de la canasta─. Un poco de vino y jugo... y ¿qué será esto? -preguntó al vacío, contemplando extrañado un pequeño bote con atomizador.
─Repelente de insectos ─respondió Portia, que para esos momentos ya estaba sentada sobre la manta, observando con apetito el inesperado banquete─. Se rocía alrededor y sirve para mantener a raya a las hormigas; pero no lo necesitas: es mejor esto ─dijo, y de inmediato quitó la cáscara a la mitad de un plátano y arrojó el trozo de plátano hacia el extremo izquierdo de la manta; luego, desenvolvió un sandwich y cortó también un trozo arrojándolo hacia la derecha y, por último, tomó una manzana y la mordió, arrojando el trozo mordido hacia el pino que quedaba tras ellos.
─Te multarán ─dijo Albert, que la observaba fascinado.
─Para cuando nos vayamos no quedarán rastros de mi crimen, confía en mí ─declaró Portia, sonriendo al tiempo que se encogía de hombros. Había visto a su padre hacer lo mismo cientos de veces y el truco nunca fallaba.
─¿Porqué un pedazo de cada cosa?
─Porque quieren todo lo que hay en la canasta ─replicó Portia, con un encogimiento de hombros─. Una vez olvidamos ponerles piña y nos hicieron un desastre con la ensalada, que era la que la contenía.
─Te gusta el campo ─dijo Albert, y no fue una pregunta, sino una afirmación.
─Viví ahí la mayor parte de mi vida ─respondió Portia, con un poco de nostalgia─. Sólo cuando terminé la universidad y mis padres murieron es que tuve que mudarme a Dallas y de ahí aquí. Los Ángeles no es tan malo: no cuando tengo este trozo de paraíso a dónde acudir cuando las cosas se ponen feas.
─Y últimamente lo han estado ¿verdad? Por eso vienes a diario.
─No tanto ─respondió Portia con sinceridad─. Al final, parece que debo agradecerle a ese desconocido millonario por haberme impulsado a realizar los cambios necesarios en mi vida.
─¿Ya no harás la entrevista? ─preguntó Albert y quién sabe porqué Portia creyó percibir un dejo de desilusión en su voz; sin embargo, se dijo que estaba imaginando cosas.
─No ─respondió Portia, después de que terminó de masticar el último trozo de la manzana que había tomado de la canasta.
─¿Te diste por vencida?
─No ─negó Portia y, después de exhalar un suspiro, explicó─: quiero decir, no se trata de eso, sino de prioridades y sueños ¿sabes? El mundo editorial no es lo mío, al menos no la noticia. En verdad no quiero pasar mi vida tras el último chisme, que por muy importante que sea no deja de ser eso. Mira a todas esas personas ─dijo, señalando hacia los corredores y los que pasaban el rato sobre el pasto─. ¿En verdad necesitan saber que el índice de contracción de la economía los dejará sin empleo y sin hogar dentro de diez años?
─Eres muy pesimista ─dijo Albert, serio de pronto.
─Soy dramática ─replicó Portia, arrancándole una sonrisa a Albert por lo natural del comentario─. Y también exagerada; pero no puedes negarme que, de pronto, la información es mucha y su utilidad positiva nula. Hay pocas cosas que traen esperanza al mundo hoy día y cuales sean esas cosas, yo quiero hacerlas en vez de pasarme el tiempo ayudando a reventar las burbujas de ilusiones de los demás.
─¿Pero qué tiene que ver todo eso con la entrevista que no realizaste? ─preguntó Albert, todavía serio, tendiéndole a Portia la mitad de un sandwich.
─Mucho ─respondió Portia, tomando el trozo de sandwich y mordiéndolo. Masticó un poco y después prosiguió su explicación─. Quiero decir, por lo poco que pude averiguar, que ya es demasiado, el tal William no debe de tenerla nada fácil para dirigir un imperio financiero como el que tiene bajo su mando. Hace rato, mientras corría, pensé que debe ser horrible ir a la cama cada noche llevando a cuestas el destino de tantas personas. A esos niveles una decisión tan simple como cambiar el contenido de un sandwich y elegir jamón en vez de pollo desencadena una debacle a nivel macroeconómico.
─Te gustan las finanzas ¿Verdad? ─preguntó Albert y Portia lo descubrió contemplando con atención un sandwich al que acababa de quitar la envoltura.
─Un poco ─admitió Portia─. Pero mi habilidad no va más allá de la declaración de impuestos. Aunque sí admiro a las personas que pueden con cosas tan complejas como una industria o una sociedad. No sé cómo puede caberles todo en la cabeza y bien organizado. Siempre he creído que tienen un don divino.
─O muchos ayudantes ─completó Albert.
─También eso; sin embargo, al final del día quedan sólos con sus decisiones como cualquiera y deben ser capaces de sacar el trabajo, ayudantes o no, mientras el mundo gira; aunque claro, tal vez reciban un poco más de ayuda con los niños que lloran en sus cunas, el perro que pisa el pasto del vecino, el auto que no enciende y siempre tendrán un plomero a la mano, al contrario que el resto de los mortales. Aún así, es triste.
─¿Porqué piensas eso? ─preguntó Albert, y Portia descubrió que le estaba poniendo mucha atención.
─Porque si el perro de mi vecino arruina mi pasto, tal vez el asunto se arreglará con cinco dólares y la promesa de asear mi jardín toda la semana; sin embargo, si es que por casualidad sir William tiene la suerte de tener un perro de mascota y éste arriunara el pasto de su vecino, sin duda el pobre hombre deberá llamar primero a su abogado. Aunque, pensándolo mejor, tal vez él ni siquiera tenga vecinos, como no sea a una milla de distancia: esas personas siempre viven aisladas tras enormes bardas en sitios exclusivos llenos de cámaras de vigilancia y guardias de seguridad.
─Ya ─fue todo lo que pudo comentar Albert, después de tragar lo que estaba masticando.
─¿Sabes? ─continuó Portia, repentinamente inspirada─. A propósito de sir William también, estuve meditando el cómo tanta sed de información ha complicado la vida de mucha gente sencilla. En otro planeta tal vez me habría bastado con presentarme en la oficina principal de la sociedad Ardley y solicitado una cita y esperado por la respuesta; sin embargo, en la Tierra eso ya no es posible gracias a que existen demasiados curiosos a los que les encanta meterse en lo que no les importa y no es importante ¡Estrellas! ¿Puedes creer que leí en una revista inglesa una crítica sobre la falta de patriotismo de sir William al adquirir una planta procesadora de leche en Alemania en vez de apoyar la economía escocesa inyectando capital a la principal firma de la industria de la lana? ¡Es ridículo!
─George dijo lo mismo ─replicó Albert.
─¿Quién? ─preguntó Portia, sorprendida por el comentario.
─Un amigo al que también le gustan los temas financieros ─respondió Albert con una sonrisa.
─¡Perdón! ─se disculpó Portia, enrojeciendo desde las orejas─. Llevo horas hablando de tonterías, en vez de disfrutar del paraíso, pero ya no más, discúlpame, señor Albert.
─No te preocupes, señorita San Juan ─fue la respuesta de Albert, dicha con una voz muy especial─. Para mí, el paraíso incluye escucharte hablar así.
Portia no supo qué responder a eso, así que guardó silencio dedicándose a disfrutar de la caricia de la brisa y de la compañía de Albert.
a la espera de convertirte en mi mañana
