Y de pronto,
al amparo de la quietud,
los ecos de la fatalidad
se escuchan en lejanía.
Un abismo se abre al paso
y la senda de rosas
en espinas se troca,
hiriéndome el alma.

La tarde del viernes el Hollenbeck lucía especialmente melancólico, o quizás sólo era su imaginación, se dijo Portia, llegando hasta la caseta que se encontraba junto al lago y entrando en ella para dejarse caer, sin mucha ceremonia, en el suelo de una sombría esquina de la pequeña construcción.

El silencio que invadía el parque iba muy acorde con su estado de ánimo: triste, desventurado y taciturno a un tiempo. En aquella tarde horrible, hasta las ondas que se formaban en la superficie del agua gracias a las fuentes le parecían lo más deprimente que había visto en su vida.

Todo por culpa de un multimillonario idiota que no merecía ni una sola de las palabras de comprensión que alguna vez le había dedicado.

Sólo le faltaba echarse a llorar, pero no lo haría.

No por un tipo que no lo merecía.

Respirando agitadamente mientras sentía un desconocido dolor expandirse por su pecho, Portia desenrolló el diario de edición vespertina que llevaba en la mano para contemplar, una vez más, la fotografía que ilustraba la página principal del mismo.

La imagen mostraba en primer plano a un hombre rubio, joven y atractivo, elegantemente vestido; y en segundo plano la silueta inconfundible de un helicóptero privado. El helicóptero tenía grabado un escudo de armas estilizado bastante interesante, que consistía en un águila de mirada retadora, con las alas abiertas, posada sobre una rama de olivo, que aferraba con el pico una cadena en movimiento cuyos extremos se cerraban en torno a la figura de la letra "A".

Cualquiera que mirase el diario comprendía al instante, sin necesidad de leer el título del artículo, que el hombre de la fotografía no era alguien común: bastaba ver su mirada astuta, su paso determinado, su aplomo y su actitud triunfadora para saber que ese tipo de cabellos rubios que exhibía una expresión mortalmente seria no podía ser otro más que: el dueño del mundo.

No...

Portia enrolló el diario con lentitud, sin tener ánimos de volver a leer el artículo completo. Para esa hora se sabía de memoria su contenido: además de confirmar que el hombre de la foto era William A. Ardley, el artículo relataba también una serie de políticas que el presidente del consorcio Ardley acababa de implementar para mejorar la productividad y la rentabilidad de tres de sus principales empresas, entre las que se incluía el One Star Bank, la joya más reluciente de la corona del Imperio Ardley. La nota concluía con una obvia mención a la gran sorpresa que había representado descubrir lo joven que era aquel brillante empresario cuya eficiencia y talento para las inversiones todos los especialistas admiraban.

Agobiada como no se había sentido en mucho tiempo, Portia cerró los ojos, sintiendo el dolor hacerse más agudo en su pecho al tiempo que se reclinaba sobre el frío muro, perdida en su tristeza.

El hombre de aquella fotografía no era otro que Albert.

Portia intentó respirar, pero se encontró incapaz de hacerlo como no fuera a pequeños jadeos. Sentía el pecho demasiado duro, como si se le hubiera convertido en roca y los oídos comenzaron a zumbarle con un horroroso pitido agudo y constante.

No...

Sin fuerzas, la mano de Portia que aferraba el diario se abrió, éste se desenrolló y nuevamente ella se encontró mirando la fotografía.

Tenía que ser una mentira.

Sí. Eso debía ser. Seguro que ese hombre no era Albert y, de serlo, indudablemente la imagen no le hacía justicia. La mirada de Albert era profunda como el océano y resplandecía cuando estaba gastándole alguna broma o confundiéndola; y también estaba esa expresión dulce y plena de ternura que le iluminaba el rostro y que nada tenía que ver con el gesto retador que exhibía aquel millonario amargado.

No...

El hombre de la fotografía no podía ser Albert; a menos que...

A menos que Albert fuese una más de las mentiras de Sir William y no existiera en realidad.

Una actuación.

Una mentira absoluta.

Sobrecogida, Portia se hizo un ovillo, reclinándose contra el muro y atrayendo sus piernas contra el pecho. No conseguía dejar de temblar y tampoco lograba respirar con normalidad. Y lo peor de todo era que no podía dejar de pensar que resultaba ridículo sentirse de esa forma.

¡Maldición! ¡Ella no era una chica frágil en absoluto!

No lo era...

Con esa verdad en mente, Portia hizo un esfuerzo supremo hasta conseguir ponerse de pie. Luego, dio unos pasos dentro de la cabaña para dirigirse hasta la parte de atrás, que daba al lago, sin ánimo de marcharse todavía. Una vez ahí, dirigió su mirada hacia la isleta, mientras los recuerdos fluían en tropel por su mente atormentada.

Tonterías de la vida: apenas la tarde anterior había ido de pic-nic con Albert a la isla de las hormigas y ahora descubría que el multimillonario odioso que había buscado día tras día desde la semana anterior era el mismo hombre con el que había compartido la última manzana de las provisiones.

Y cientos de sonrisas y bromas...

¡Estúpida! ¡Mil veces estúpida!

¡Cuac!

¡Cuac! ¡Cuac!

─Michael... ─susurró Portia sin ganas, contemplando al pato que, desde la puerta de la cabaña, a su vez la miraba con expresión dubitativa sin atreverse a aproximarse a ella.

¡Cuac! ¡Cuac! ¡CUAC! ¡CUAAAAAAAAC!

Fue la respuesta del plumífero, que permaneció en la puerta. Portia estuvo a punto de asustarlo para que regresara al lago, pero prestó más atención y notó que una de las patas de Michael lucía un poco rara. Intrigada y pensando que podía estar lastimado, se inclinó para poder ver mejor qué era lo que lo estaba molestando.

─A ver amiguito, déjame ver tu pata ¿Te duele? ─preguntó Portia, acercándose despacio para que Michael no se asustara. El pato permaneció tranquilo en tanto ella lo alzaba del suelo y lo colocaba sobre el borde de una de las ventanas para poder verlo a contraluz.

Asombrada, Portia descubrió que alguien había atado con mucho cuidado un pequeño tubo de cartón a la pata de Michael, a la manera en que solían hacerlo con los mensajes en las patas de las palomas.

Albert.

No. William.

Bueno... ¡Como se llamara!

─¡Pero mira nada más! ─exclamó Portia, sin saber muy bien si quería reírse o enfadarse más─. No te preocupes Michael, tú y yo vamos a demandar a ese tonto en algún lado.

¡CUAAAC!

Protestó Michael.

─Está bien, está bien, no lo haremos ─concedió Portia, que para esos momentos ya había encontrado la forma de desatar el tubito sin molestar de más a Michael.

El pequeño tubo, que era uno de esos estuches que vendían para empacar monedas de baja denominación, había sido cortado a medio largo y protegido de la humedad sellándolo con cinta adhesiva y en su interior, Portia descubrió un trozo de papel cortado a medida y enrollado a la manera de los pergaminos.

Era una pequeña nota, escrita por ambos lados en letra diminuta pero fácilmente legible:

Hola, señorita San Juan:

Olvidé avisarte que la comida en casa de Rose es a las 14:00. Hamburguesas en el jardín. Un auto estará esperando por ti aquí a las 13:00. Recordé que Michael te persigue siempre y pensé que habría considerables probabilidades de que descubrieras la nota en su pata. Que pases una excelente tarde. Hoy posiblemente no nos veremos: saldré de viaje a San Francisco muy temprano y quizás regrese hasta la noche.

Albert.

Portia no supo si fue el hecho de contemplar la letra de Albert, lo cansada que estaba de sentirse triste o lo extraño que era tener en sus manos un mini pergamino que le había sido entregado vía Patomensajería Express; pero, cuando terminó de leer la nota, tenía una sonrisa en el rostro y se sentía mucho mejor de lo que se había sentido desde el momento en que descubriera aquella fotografía en el diario vespertino.

De acuerdo. Albert no le había dicho la verdad. Probablemente nunca había tenido la intención de decírsela. Pero, bien podía concederle el beneficio de la duda; después de todo ¿Tenía ella algún derecho sobre la vida y los secretos del presidente de la sociedad financiera Ardley? Además, apenas la tarde anterior ella misma había mencionado el hecho de que el pobre tipo tenía preocupaciones de sobra y que sin duda debía estar confinado en una solitaria mansión, tras bardas electrificadas y a una milla de distancia de su vecino más cercano; así que bien podía agradecer al destino el haberle brindado la oportunidad de conocerlo.

─Tu multimillonario amigo es un loco, Michael ─dijo, entre divertida y resignada al pato.

¡Cuac! ¡Cuac! ¡Cuac!

Respondió Michael y Portia espero que eso quisiera decir: "te doy toda la razón". Más animada, tomó a Michael entre sus dos manos e, inclinándose a través del barandal de la cabaña, lo colocó a nivel del agua. Michael se alejó nadando después de dedicarle un "cuac" de despedida.

Sintiendo el espíritu más ligero, Portia se descubrió pensando en el vestido que usaría al día siguiente para esas hamburguesas en el jardín. Debía ser elegante, pero cómodo y también necesitaba unas sandalias; sólo esperaba tener tiempo suficiente para encontrar unas de punta muy muy pronunciada... y que las pantorrillas de sir William estuvieran aseguradas.

Todavía sonreía al imaginar la cara que pondría Albert al día siguiente al ser sorprendido por su poderosa patada vengativa, cuando una voz masculina, muy grave y cálida, preguntó desde la puerta de la cabaña:

─¿Señorita San Juan?

Portia giró, intrigada al escuchar su nombre, para descubrir a un hombre un poco mayor, de ensortijados cabellos negros y bigote pulcramente cortado, que la miraba con curiosidad.

─¿S-sí? ¿Qué se le ofrece, señor..?

─Perdone, no quise asustarla ─se disculpó el hombre, dando un paso para entrar en la cabaña. Aunque no era tan alto como William de pronto Portia sintió que el espacio se estrechaba en una forma sorprendente─. Soy George Johnson ─dijo el extraño─. El asistente personal del señor William. Él... eh... me dijo que podía encontrarla aquí.

─Ya ─respondió Portia─. ¿Está seguro que se lo dijo su señor William y no ese odioso hombre que lo vigila?

George Johnson no pudo ocultar su sorpresa ante el comentario de Portia, y eso la hizo sonreír.

─Perdón, no quise alarmarlo ─dijo Portia con naturalidad─. Es sólo que sé reconocer a un guardaespaldas cuando lo miro. Por muy bien entrenados que estén son bastante dados a posar ¿sabe? Lo he visto cada día que vengo al parque, pero hasta hoy no imaginaba a quién podía estar vigilando.

─Vaya. El señor William tuvo razón al suponer que usted ya había leído el diario de la tarde ─dijo George Johnson haciendo una ligera mueca y quién sabe porqué Portia se imaginó que tal despliegue emotivo era una concesión hacia ella: una deferencia muy especial.

─Bueno, su señor William sabe que todos los días leo todos los diarios que se publican ─explicó Portia─. Es un hábito difícil de abandonar.

─Sí, es verdad ─respondió George Johnson, con aire pensativo─. Señorita San Juan... no sé muy bien cómo explicarle esto; pero el señor William se encuentra... eh... algo complicado con sus horarios y sobrecargado de trabajo por el momento. Quiero decir, la noticia fue inesperada para nosotros también y...

─Y calmar el avispero tomará tiempo ─completó Portia y tuvo la sensación de que a George le habría agradado tener la suficiente confianza con ella como para permitirse exhalar en su presencia un suspiro de alivio.

─Calmar a Bert tomará tiempo ─rectificó una segunda voz, esta vez femenina. Una voz ligeramente dura y nasal que Portia recordaba de días atrás─. No suele tomarse a la ligera los cambios de planes y mucho menos las filtraciones de información. Lo más probable es que pase una noche infernal y rueden cabezas de aquí a mañana.

─¡Señora Sarah! ─exclamó George Johnson al tiempo que se hacía a un lado para dejar ver, enmarcada por la puerta de la cabaña, la silueta de la mujer elegante con sombrero que había visitado a Albert el pasado lunes.

─Johnson ─saludó la mujer llamada Sarah, con fría cortesía─. ¿Porqué no estás con Bert? ¿No se supone que eres su asistente personal?

─El señor William me ha enviado ─explicó el hombre con reticencia evidente y Portia pudo notar un dejo de tensión en su tono.

Hubo un silencio ominoso durante el cual el hombre y la mujer permanecieron inmóviles, retándose silenciosamente con la mirada mientras que Portia luchaba contra el impulso de salir corriendo de ahí. Ese par daba miedo.

Finalmente, la lucha terminó con obvia ventaja de la mujer, quien se volvió a mirar a Portia y, sin mayor ceremonia, le ofreció la mano.

─Sarah Legan Ardley, señorita San Juan. Soy la hermanastra mayor de William o Albert, como prefiera llamarlo. Sé que todo parece un perfecto desastre, pero precisamente por eso estoy aquí: no quería que usted se formara la impresión equivocada de este lío ─dijo, con voz dura, pero innegablemente sincera, haciéndole recordar a Portia de inmediato lo grosera que se había portado ella la tarde del lunes. Sin embargo, después de tanto drama, las orejas de Portia estaban tranquilas y no las sintió enrojecer.

─Portia San Juan ─respondió Portia a su vez, tomando la mano que Sarah le ofrecía. Una leve mueca, que bien podía pasar por sonrisa, se dibujó en el serio rostro de Sarah y por algún motivo, ese sencillo gesto hizo sentir a Portia como si estuviera teniendo un encuentro privado con la mismísma Primera Dama.

Sarah no era tan alta como Albert o tan guapa como Rosemary pero, al igual que George Johnson, su presencia imponía un respeto reverencial. Ligeramente agobiada, Portia echó un vistazo al tramo de agua que la separaba de la isleta, por si acaso necesitaba improvisar una fuga. Un par como ese era más de lo que podía resistir en una tarde como aquella.

─Señorita San Juan, debo regresar ahora con sir William ─dijo George Johnson─. ¿Desea enviar algún mensaje para él?

Como no fuera una patada en la espinilla...

Sintiendo que los conductos de calor en sus orejas volvían a funcionar, Portia replicó con una sonrisa:

─Sólo llévele mis saludos y dígale que el humo es muy bueno para las avispas.

Después de un caballeroso saludo de despedida, que incluyó tomar la mano de Portia para besarla y tras dirigir una inclinación de cabeza a Sarah, George Johnson salió de la cabaña, sendero arriba hacia la calle, con expresión satisfecha.

Hubo entonces un momento de silencio e inmovilidad. Después, Sarah se aproximó a Portia tendiéndole una pequeña tarjeta de presentación. Portia la tomó y descubrió un número telefónico inscrito en el reverso.

─No contestará ─dijo Sarah, encogiéndose de hombros con un estilo que Portia no pudo menos que admirar─. Está demasiado furioso para hablar con nadie; pero el altavoz de los mensajes siempre está encendido y lo que quieras decirle, lo escuchará.

─Gracias ─murmuró Portia, sintiendo que algo muy cálido explotaba en su interior, expandiéndose desde su corazón hasta el universo mismo.

─Rose hubiera deseado venir, pero tuvo un ataque de migraña y debe descansar porque mañana será un día muy pesado para todos. Duerme bien, señorita San Juan. No eres tú quien estará enfrentando dragones esta noche.

Y con esas significativas palabras de despedida, Sarah giró, saliendo de la cabaña y dejando a Portia sumergida en un mar de pensamientos sobre un tipo llamado William Albert Ardley.

Un tipo que, además de hablar con los patos y colonizar islas citadinas, poseía el don de llenarla de alegría con el sólo recuerdo de su mirada y su sonrisa.