La tarde de un domingo cualquiera, los visitantes al parque Hollenbeck se toparon con un evento inesperado: una boda.
Conspirando contra el tiempo y los paparazzis, divertidos y emocionados por lo que consideraron una travesura fuera de serie, unos doscientos cincuenta invitados llegaron puntuales, caminando sin mayor ceremonia desde los diversos sitios de parking que se localizaban en la periferia del Hollenbeck y formaron una valla sobre una parte del sendero que bordeaba el lago, que les había sido previamente indicada. Eran hombres, mujeres, niños y mascotas y todos vestían con tanta elegancia que cualquiera hubiera pensado que iban camino a la entrega del Óscar. Cada uno sostenía en la mano una pequeña vela sin encender y una tercia de bengalas sencillas, de esas que queman los niños en navidad.
Pocos minutos después llegó el novio, que sólo se distinguía entre los demás asistentes masculinos por el obligado ramito de azahares en la solapa ya que, como la mayoría de hombres presentes, lucía para la ocasión un traje tradicional escocés. Ante las miradas emocionadas de todos, curiosos incluidos, el novio avanzó solemnemente por el sendero, describiendo un semicírculo hasta cruzar por un puente hacia la isleta que se encontraba en el centro de ese sector del lago y se dispuso a esperar, como dictaba la tradición.
No más de un par de minutos más tarde llegó la novia, recorriendo el mismo trayecto que el novio había realizado; pero la diferencia fue que, a su paso, los felices asistentes encendieron las bengalas que llevaban, alumbrando su camino con estrellas en aquel singular atardecer. Lo hicieron así como una forma de rendir homenaje en ese día tan especial a los finados padres de la novia a quienes, todos sabían, les fascinaban las estrellas.
La ceremonia en el lago fue sencilla: una simple declaración*, tal y como dictaba la tradición de aquel clan y de Escocia misma. Horas después, en el amplio jardín de la mansión familiar, tendrían lugar las ceremonias legal y religiosa y el banquete formal; sin embargo todavía faltaba tiempo para eso y mientras tanto todos los testigos, invitados y no, suspiraron al atestiguar el primer beso de aquella pareja de recién casados en el centro de aquel lago citadino.
En no más de treinta minutos todo fue concluido a satisfacción y los novios se retiraron, iluminados por la luz de centenares de velas blancas que los invitados iban encendiendo a su paso. Nadie sospechó nada. No hubo fotógrafos impertinentes, ni cronistas curiosos. Tal y como el organizador de esa locura lo había advertido: siendo Los Ángeles una región donde a diario tenían lugar filmaciones, nadie se extrañó de un hecho así. Nadie preguntó nada y a ninguno pareció rara tremenda extravagancia; simplemente supusieron que se trataba de una locación más de alguna película de presupuesto barato y siguieron su camino.
Ningún testigo incidental de aquella boda supo nunca que había presenciado una antigua ceremonia matrimonial tradicional de la familia Ardley, un añejo clan escocés asentado en América desde finales del siglo XVIII. Lo que sí supieron pocos días después, gracias a The Gazette y el Times y no a una revista de chismes, es que el hombre conocido como "El dueño del mundo", que para más señas llevaba por nombre William Albert Alasdair Ardley McNaught IV, había sido el feliz novio.
En tanto la historia de América y el mundo continuaba, el nuevo matrimonio Ardley partió a su viaje de bodas y, durante su prolongada ausencia, el edificio de apartamentos que alguna vez le fuera mencionado a sir William por su amada esposa, fue adquirido por instrucciones del patriarca y sumado a la larga lista de residencias propiedad del jefe del clan y restaurado y mejorado para que siguiera funcionando como albergue para las personas desamparadas del rumbo.
No está de más contar que, un par de años después de la boda, al regresar de su largo viaje por el mundo, en un mismo día sir William y su esposa recibieron dos de las sorpresas más gratas de su vida:
La primera sorpresa fue que, fruto de las acaloradas discusiones y las ingeniosas ideas combinadas de George Johnson y Sarah Legan, los dos últimos niveles del edificio de apartamentos abandonado habían sido transformados en un flamante penthouse que, nada más verlo, sir William y su esposa decidieron convertir en su hogar permanente.
La segunda sorpresa la recibieron cuando ambos fueron de paseo al Hollenbeck la tarde de aquel mismo día y se toparon con un joven pintor que trabajaba en unas acuarelas del parque. Ellos se acercaron para admirar su trabajo y él los desconcertó entregándoles un estuche cilíndrico que llevaba consigo. Un regalo, les dijo y se retiró.
Al abrir aquel estuche cuando regresaron a nuevo hogar, Sir William y su esposa encontraron un hermoso retrato de bodas. La imagen en la pintura los mostraba a ellos dos en la orilla del lago, tomados de las manos y con las frentes unidas y los ojos cerrados en una pose muy romántica, plena de ternura. El artista había reconstruido de memoria aquel instante en una forma sorprendente que hablaba de su gran talento; incluso podía adivinarse la sutil intensidad de la brisa que había soplado aquella tarde maravillosa e imborrable.
Desafortunadamente, tan meritoria obra ni siquiera iba firmada, así que quedó sin ser debidamente agradecida porque, a pesar de que la pareja visitaba el Hollenbeck casi a diario, no volvió a toparse con aquel pintor que, evidentemente, sólo había estado esperándolos para entregarles aquel fabuloso regalo.
Tampoco está de más contar que, entre los curiosos de ocasión aquella tarde mágica de la boda en el Hollenbeck, estaba un fotógrafo de estrellas que había ido al parque a rumiar sus penas, tras haber sido despedido por no haber obtenido la foto de cierta celebridad que su jefa le había exigido.
Aquel fotógrafo de nombre desconocido, al reconocer en el novio al famosísimo multimillonario sir William A. Ardley, la nueva celebridad del momento, capturó aquella tarde una imagen maravillosa que, en vez de vender a una revista especializada, eligió conservar como trofeo para su vejez.
Aún en la actualidad esa imagen permanece colgada en un sitio de honor en la pequeña sala de la casa de aquel fotógrafo y es tan sencilla y simple que cualquiera que la ve por primera vez se siente impulsado a preguntar por su significado; sin embargo, todo miembro de la familia que es cuestionado no da mayor explicación que tres simples frases:
Es sólo la paz que llega con la brisa,
El amor que aparece por las tardes,
La imagen que sólo los ojos del alma pueden contemplar...
Sí, la imagen es una simple fotografía del Hollenbeck donde sólo aparecen al fondo el freeway, el puente sobre el lago y Llorón y en la esquina inferior derecha, muy discretamente, unos amigos de Fernando y Michael que tuvieron demasiada flojera como para nadar hasta la boda.
Harto de la estupidez del mundo de las celebridades, aquel fotografo decidió que aquel día sería el último que viviría de exhibir la vida privada de la gente, así que, tras unos instantes de estupor al descubrir la afortunada casualidad que le había tocado vivir al ser testigo en primera fila de aquel acontecimiento, en vez de dirigir la lente hacia la isleta donde estaba teniendo lugar la boda más inesperada de toda la historia de Los Ángeles, eligió enfocar el puente sobre el lago, poniendo fin simbólicamente, con ese último disparo del obturador de su cámara, a una carrera que no le había dejado satisfacción personal alguna.
Aquel fotógrafo era mi padre.
Mi padre renunció a su oficio de paparazzi y comenzó a pintar retratos; principalmente retratos familiares: imágenes que hablaban de amor, esperanza y tesón. Aunque poseía un talento fuera de serie, que podría haberle garantizado mejores ingresos, nunca consintió en aceptar trabajos que no le inspirasen y tampoco consintió jamás en cobrar más que la cantidad justa por el tiempo invertido en cada pedido.
Mi padre tampoco firmó ninguna de sus obras, porque decía que éstas pertenecían solamente a las personas cuyas vidas se encontraban reflejadas en el óleo. A pesar de que los retratos nunca han sido demasiado populares en este lado de la ciudad, mi padre recibió la publicidad inmejorable que dan las recomendaciones de boca en boca y, mientras sus manos resistieron, trabajo nunca le faltó y nuestra casa estuvo siempre llena de risas y anécdotas que surgían durante las sesiones en que realizaba los bocetos. En nuestro hogar siempre hubo personas de muy diversas profesiones, razas, lenguas y estratos sociales, que llegaban como desconocidos y se marchaban siendo amigos.
Sí.
Mi padre fue aquel mismo pintor que, en agradecimiento por una lección inesperada, visitó cada tarde el Hollenbeck por dos años completos, a la espera de ver aparecer a sir William y a su esposa para entregarles el primer retrato al óleo que había conseguido terminar y que lo llevó a descubrir su singular talento: esa imagen perfecta de ellos dos que había conservado en la mente y en el corazón sin necesidad de haber tomado ninguna fotografía.
La imagen misma del amor.
.-* FIN *-.
Three Swords
A.D. 2013
Fin es fin...XD
¡Hola queridos lectores!
Agradezco a todos los que han seguido puntualmente la historia y a todos los que en algún momento la leerán. Muchísimas gracias por dedicar unos minutos de su valioso tiempo para compartir esta pequeña aventura.
Como ya bien saben, no suelo escribir historias de este tipo y, hasta este año, me había concretado a escribir romance sólo para William y Candy; sin embargo, la Guerra Florida siempre es una oportunidad inmejorable para probar nuevos caminos. Como se habrán dado cuenta la historia es muy sencilla, así que espero sinceramente que no haya estado tan mal. Igual, pueden avisarme cualquier inconsistencia, errores de ortografía y sintaxis y demás; se los agradeceré mucho.
Esta historia fue publicada junto con una colección de fotografías del parque Hollenbeck y, en cuanto pueda, la subiré a mi blog en el formato original en que fue concebida. El pobre blog esta más abandonado que esta cuenta y eso ya es mucho decir; pero poco a poco lo iré configurando, primero Dios.
Gatita Andrew: gracias por la oportunidad. Y pues ¿qué te diré? Como siempre, continúo trabajando, pero muy lentamente y en el momento menos pensado, subo algo de lo pendiente, que bien sé ya es mucho ¡Ooops!
Bluebonnet: ¡Gracias! Y respecto al resto de Albertfics inconclusos ya me puse la meta de por lo menos concluir en este año tres o cuatro de las serie más pequeñas y menos complicadas jeje, estoy hecha un lío con tanto trabajo y demás; pero no dejo de intentarlo ;-)
Anónimo 1: Que no te reconocí. Gracias por el review. Curiosamente varias por ahí se identificaron mucho con la protagonista.
Lhbarba: Jajajajajajajajajaja ¡Eso parece! ¡Quién lo iba a decir! Gracias por leer aquí también. Habrás notado que el formato cambió ligeramente; pero, salvo por el pequeño poema libre al inicio de cada capítulo, la historia es la misma que llevé al Foro Rosa (Yo y mi síndrome de edición compulsiva) ;-) ¡Te quiero de aquí hasta allá y de vuelta!
Laila: ¡Muchas gracias por dejar review! En verdad fue muy alentador para mí porque en este tipo de historias ando media perdida y ése era el chiste: salir un poco de lo acostumbrado y que la lectura fuese entretenida, sin tanto drama.
Anónimo 2: Pues ya está terminada. Lo avisé desde el comienzo: que estaba terminada y que iba a publicarse en el transcurso de una semana, capítulo por día, de domingo a domingo. Jajajajajaja aunque no me extraña la duda, reconozco que sí me he pasado con las otras historias, pero ni hablar, ya me resigné a que me hagan esa pregunta cada vez que subo algo y hasta a recibir algunas mentadas de cuando en cuando (es inevitable pues). Como siempre digo: agradezco la enorme paciencia y también a quienes continúan leyendo y esperando y a quienes alguna vez leyeron y se han marchado en pos de escritores más constantes.
A partir de este año sólo me dedicaré a finiquitar lo que debo y, si subo alguna historia más adelante, será porque ya está concluida, como ha ocurrido con ésta.
Como siempre digo: esto es un simple hobbie (y no es el único que tengo). En general algunas historias cortas (planeadas entre 10 y 20 capítulos) las comencé cuando no tenía tantos compromisos y de pronto me encontré con saldos difíciles de finiquitar al tener cada vez menos tiempo para escribir. Aún así, en alguno de estos años, mientras Dios me preste vida y oportunidad, verán el final. Probablemente este año será un poco más productivo porque ya me estoy organizando mejor y voy saliendo ya de otros compromisos, en especial con los blogs. La razón de dejarlas aquí colgadas es que si no lo hago así probablemente me olvidaría de ellas para siempre y también porque luego me las solicitan vía MP aunque estén inconclusas y me hago un lío para estar localizando archivos y enviando paquetes de fic; cosa que ya me ocurrió antes, cuando las quité y trasladé algunas desde la otra cuenta; de ahí el que decidiera colgarlas otra vez, pese a estar incompletas ¡Sorry!
NOTAS:
*Matrimonio por declaración: El matrimonio por declaración fue una figura de matrimonio perfectamente legal en Escocia hasta principios del siglo XX. Bastaba que dos personas declararan ante testigos estar casados para quedar unidos en legítimo matrimonio con todos los derechos y obligaciones. En algunas de sus novelas, Dame Bárbara Cartland menciona este dato. Aunque la forma en que fue utilizado aquí puede tomarse como una libertad autoral, puesto que los protagonistas no se encuentran en territorio escocés y el matrimonio por declaración ya no existe como tal en la época actual.
