¡Hola! Como ya dije, me siento horriblemente culpable después de todo el inmenso abandono al que os tuve sometidos. Por ello vuelvo ya con el próximo capi, y el siguiente en un par de días o tres lo subiré también, I promise! ^^

Jajajajajajaja Gina Lara eres mala! ¿cómo que no me pones lo que piensas del capi hasta el próximo? ¬¬ pues mira, ahora me lo vas a tener que poner ya xD. No, ahora enserio, siento haberte hecho esperar tantísimo… lo siento de veras! Gracias por tu paciencia!

UN BESOTE, Y… A LEER!:

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Capítulo 18: Terriblemente cobarde...

POV NARRADOR, HISTORIA SCORPIUS:

La mañana era terriblemente fría, pero eso no impedía que cientos de alborotados y risueños alumnos ataviados con sus gruesas capas de invierno caminaran por el pueblo, dejando torpes y profundos surcos en la mullida nieve. La primavera ese año estaba siendo perezosa, pero eso no era algo que le disgustara, pues siempre había aguantado mucho mejor el frío que el sofocante calor veraniego.

Scorpius Malfoy metió no sin dificultad debido a las numerosas capas de abrigo que portaba, la mano en el bolsillo de su capa, donde se encontraba el reloj familiar que años atrás le había regalado su abuela Narcisa.

Chasqueó la lengua con impaciencia, lo cierto es que aún faltaba un rato para la hora acordada, y aún así no pudo evitar llegar al lugar antes de tiempo.

Miradas inquisitivas de alumnos y demás madrugadores visitantes del pueblo seguían su nerviosa trayectoria, calle arriba calle abajo, en un intento por controlar los implacables nervios que le poseían desde que había invitado a Rose Weasley a una… podríamos llamarlo "cita".

Todavía, por mucho que lo pensara no podía creerse que horas atrás hubiera estado en una gran bañera calentita, bañándose con ella a las cinco de la mañana, sus dos cuerpos desnudos… y que finalmente hubiera tenido el suficiente valor (o la suficiente temeridad) como para invitarla, como para dejar expuesto de una manera tan terriblemente irresponsable y descarada sus más profundos y prohibidos sentimientos hacia la pelirroja. Y aún menos podía creerse que ella… su musa, la dueña de sus sueños, llantos y alegrías, y sobre todo, la dueña de sus eternos sentimientos, hubiera aceptado.

Rose Weasley… - susurraron sus labios con eterno deleite. Eran tantas las sensaciones que la simple mención de ese nombre le producían… Sensaciones que no había sentido nunca antes bajo ningún concepto, y con ninguna otra persona. Aquella enloquecedora tentación pelirroja le había trastocado su mundo, poniéndolo todo del revés, y no le guardaba rencor por ello. Deseaba tenerla para él, siempre para él.

Los ardientes y violentos sentimientos de lujuria que le provocaba al principio se habían visto empañados por la suma ternura y bienestar que emanaba su cerebro cada vez que pensaba en ella, ni qué decir tiene que cuando tenía la inmensa suerte de estar en su presencia se sentía afortunado como nunca antes se había sentido.

Llevaba una eternidad intentando negarse a sí mismo los intensos sentimientos que sentía (y siempre había sentido) por la pelirroja, pero lo que no había podido evitar de ningún modo era el cambio de actitud hacia su persona.

Ahora cuando la veía ya no la despreciaba, insultaba, ni mucho menos se burlaba de ella. Hacía ya mucho tiempo que sus sentimientos hacia ella habían dejado de ser tan locamente bruscos y se habían convertido en tiernos. El fuego no había desaparecido, y él sabía que nunca lo haría… pero ahora era realmente incapaz de controlar aquel extraño y alocado impulso de abrazarla, besarla y consentirla que tenía cada vez que la veía. Aquel inevitable ansia de pertenecerle y de que ella le perteneciera, de pasarse los días, horas, minutos y segundos que le restaban de su vida mimándola, abrazándola, estando a su lado. Oliendo su pelo, contando una a una las infinitas pequitas de su rostro, tocando y memorizando cada centímetro de su cuerpo. Porque le bastaba con mirar sus preciosos ojos azules para perderse en el más intenso de los océanos, y no querer salir de él jamás. Porque le sobraba con sentir el suave tacto de su mano durante un segundo para pensar que nacer había merecido la pena, solo por eso.

Meses había pasado ocultando sus sentimientos, negándoselos a él y al mundo, pisoteándolos y aplastándolos, relegándolos así hasta lo más profundo de sus entrañas. Por desgracia (o fortuna), cada día se volvía más y más difícil para él esconderlo. Seguir mostrando esa fachada, esa fría máscara que se empeñaba en enseñar al resto del mundo, pero que para nada se correspondía con su verdadera forma de ser.

Tanto tiempo llevaba adoptando esa falsa pose que ya casi se había olvidado de que realmente había algo bueno en él. Que no todo era frialdad, prepotencia y clasismo, si no que su lado bondadoso y tierno estaba ahí… enterrado en el fondo de su corazón. Y Rose Weasley luchaba por sacarlo a relucir. Y él no podía resistirlo. Por mucho que quisiera.

Porque su máscara no se iba a dejar vencer tan fácilmente. No iba a morir sin luchar. Eso lo tenía muy claro. Era la máscara del terror. Su lado menos cierto, y a la vez más real. El lado que durante todos estos años se había esforzado por crear y alimentar. La parte que no quería desaparecer… o que el pánico que sentía a mostrar su verdadero ser no quería que desapareciera. Esa máscara dominada o creada para protegerse de las convicciones de su familia, sobre todo de la paterna, y de su casa.

Aquella noche en la que le había pedido a Rose Weasley una cita, su parte noble, tierna, buena y valiente, su parte de verdad, había ganado la batalla. Igual que cuando le envió el regalo de navidad a Rose, o todas las ocasiones en las que se había mostrado dulce y respetuoso con ella.

Sin embargo, esa parte sucia, fea, oscura, pero sobre todo, irreal de él podía aparecer en cualquier momento… y eso era lo que más temía. Era un cobarde, era débil, y se castigaba así mismo día tras día por ello. Intentando alejarse de Rose. Esta vez no lo había conseguido… y tenía pánico de que su lado oscuro saliera a relucir… miedo de hacerle daño a la razón de su existencia. Miedo por el tremendo rechazo de su familia si llegaban a enterarse… y ante todo pánico por no tener la absoluta seguridad de poder hacer a Rose Weasley feliz.

Scorpius Malfoy suspiró con pesar… levantando la cabeza, y la vio, acercándose hasta él, con indecisión. El gélido aire de la mañana golpeaba contra sus mejillas, mostrándolas irresistiblemente rojizas, y no pudo evitar sonreír, con un vuelco en el corazón, y fue ese momento, en el que vio su sonrisa, cuando volvió a ver al ser más hermoso de su vida, de su mundo y su existencia, cuando se arrepintió profundamente de lo que había hecho…

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POV ROSE WEASLEY:

Caminaba con dificultad entre la espesa nieve, sin dejar de tiritar. Estaba destemplada, pues apenas había logrado conciliar el sueño, y porque los bajos de mi túnica llevaban encharcados desde que había salido del castillo. Quizá exageraba si decía que me había arrepentido una y mil veces de aceptar a la propuesta de Scorpius Malfoy, pero sí que más de una vez había estado a punto de darme la vuelta y regresar al castillo. Terribles pensamientos asaltaban mi mente ya de por sí aletargada por el frío y el cansancio, torturándola más y más cada metro que me acercaba al lugar acordado.

De madrugada, en la dudosa calidez de mi cama y en las terribles garras del insomnio había tenido mucho tiempo para pensar. Demasiado para que fuera bueno. Demasiado para que fuera sano.

Ahora, por culpa de todo ello, y sólo por mi estúpida curiosidad y extrema carencia de falta de voluntad para resistirme a los encantos del caradura de Malfoy sufría de terribles espasmos, e inexplicables ardores en el estómago que parecían querer terminar conmigo. Malditos nervios…

Ni siquiera tenía muy claro que Malfoy se dignara a aparecer por ahí, quizá estaba jugando conmigo, como siempre hacía… y lo peor de todo ello era que estaba permitiéndome a mí misma hacerme vanas, falsas e inútiles ilusiones respecto a él, ilusiones con las que llevaba luchando inútilmente todo el año, cuando tenía bastante claro que sólo estaba jugando conmigo… como hacía con todas. Pero entonces, inoportunas preguntas asediaban mis instintos. ¿Acaso le regalaba caros collares a todas? No lo creía. Scorpius Malfoy me debía muchas explicaciones, y mi insaciable curiosidad pedía respuestas a gritos, razón por la que a pesar de todo, estaba acudiendo a mi "cita" con él. Dejando de lado el asunto de no poder resistirme a sus encantos, claro…

Cuando ya creía que no iba a ser capaz de soportar una nueva estocada del fío viento invernal, vislumbré su inconfundible silueta, esperándome en el lugar acordado. La certeza de que se encontraba allí golpeó mi corazón, que repiqueteó en mi pecho como el aleteo de un pobre pajarito moribundo. Creo que finalmente había logrado convencer a mi mente de que él no iba a estar, de que me dejaría tirada.

Vi su rostro, estaba más bello que nunca. Parecía que el frío le sentaba bien. Sus mejillas sonrosadas le daban un toque tan irresistiblemente tierno…

Lo miré, y no pude evitar sonreír. La expresión con la que me observaba me hizo olvidar de golpe todo el frío que había llegado a sentir previamente. Era una mezcla de alegría y ternura nada disimulada que me llenaba el pecho de calidez. Llegué hasta él, le sonreí, y pude ver durante tan sólo un segundo, un extraño y terrible segundo cómo su rostro se ensombrecía brevemente. No entendí nada. Un slytherin que pasaba por allí lo saludó en un tono difícilmente definible, y Scorpius Malfoy volvió a ser esa persona fría que tantos quebraderos me daba.

Tosí.

-Hola- saludé escuetamente, dejando de sonreír. Él me miró avergonzado. Tomó mi mano, y con una expresión entre divertida y traviesa la besó. Enrojecí profundamente, y tuve que bajar mi cara hasta observar mis pies. Scorpius contestó a ello con una musical carcajada, y enseguida noté cómo acariciaba mi barbilla, levantándola con delicadeza hasta que nuestros ojos volvieron a estar a la misma altura. Sin embargo, a pesar de sus sonrisas, sus ojos escondían algo tras la alegría. ¿Podría ser… inseguridad?

No me dio tiempo a pensar mucho en ello, pues un segundo más tarde su mano depositaba en la mía algo.

- Gracias por venir- dijo mientras dejaba en mi mano una hermosa y sana rosa… verde. Lo observé conmovida y maravillada. Mi corazón también se maravilló. Como las cosas siguieran así con Scorpius Malfoy, iba a terminar por darme un infarto un día de estos…

Asentí con la cabeza como toda respuesta. Era la hora de las respuestas, tanto si quería como si no, pero no me veía capaz de formular ninguna… ni siquiera me veía demasiado capaz de hablar.

Scorpius me invitó a dar un paseo, y asentí, aunque enseguida viendo mis incontrolables temblores, decidió que lo mejor sería entrar en algún sitio calentito donde poder secar los bajos de mi túnica y tomar algo reconfortante.

Su insistente e hipnótica mirada taladraba mi rostro mientras pequeños sorbos de cerveza de mantequilla bajaban por mi garganta, calentando todo mi cuerpo y dibujando una pacífica y placentera sonrisa en mi rostro, sonrisa que dotó a Scorpius de una inconfundible expresión de satisfacción.

- -Mejor así- comentó, con una sonrisa amable. Demasiado amable. Para mí, peligrosamente amable. Scorpius Malfoy se estiró en su silla, y adoptando una actitud a la que me tenía mucho más acostumbrada, me miró.

- -Tenemos mucho de lo que hablar, pequitas.

Lo miré con el ceño fruncido… ¿cómo podía pasar en dos segundos de una expresión sombría o insegura a un estado tierno y alegre, y de pronto a su habitual actitud chulesca? Si ahora comenzaba con su actitud prepotente y borde recomendaría su inmediato ingreso en la unidad de enfermedades mentales de San Mungo.

- -Sí, tienes muchas explicaciones que darme- le dije en tono irritado. Él rio, de nuevo, y eso me irritó aún más. ¿Había venido para burlarse?

- - Está bien. Me atraes, pequitas, me gustas. Por eso te regalé el colgante en navidad, creía que lo sabías. No es tan complicado- dijo de un tirón, cosa que me dejó con la boca abierta, pues pensé que en un millón de años no le iba a sacar los motivos. Él rio al ver mi expresión.

- - ¿Es que nunca dejas de sonrojarte?- dijo divertido. -Ahora, te toca. Me vas a explicar por qué llevas huyendo de mí tanto tiempo. Por qué no me dijiste nada del regalo, y por qué te comportas como un animalillo asustado cada vez que me acerco a ti, cuando es evidente que tú sientes lo mismo- susurró con voz aterciopelada.

Lo miré con los ojos como platos. Si había accedido venir a este encuentro era sin duda, porque pensaba que no iba a conseguir sacarle nada, y por tanto, yo no tendría por qué darle ninguna explicación. Pero ahora no me quedaba más remedio. El leoncito de mi interior maulló acobardado.

-Mmm… ehhh… yo…- tartamudeé, lo que parecía divertirlo inmensamente, pues me observaba con sus típicos ojitos de: "soy irresistible, lo se".

-Yo no… - intenté seguir.

-Venga, Weasley-dijo riendo- ¿dónde está tu leona? Pareces un ratoncillo asustado. Como te dije esta noche en la bañera…- puso un gesto obsceno, y en ese instante quise matarlo…- no muerdo…

Endurecí mi mirada y me obligué internamente a controlarme.

-Está bien. Me siento muy confusa con todo esto, porque me confundes. Eres bipolar. O tripolar. O ya no lo se, Malfoy, pero me estás volviendo loca de remate. Unos días eres borde y altivo. Otros tierno y alegre. Otros chulo y burlón… por no hablar de los momentos en los que eres todas esas cosas juntas… ¿cómo quieres que te diga nada, cómo quieres que haga nada, si no se lo que quieres? Si no se cómo eres, si no se si puedo confiar en ti- dije despacio, y ví cómo sus ojos se oscurecían con la sombra de la tristeza.

Su expresión se tornó dura, y me odié a mí misma por haber provocado algo tan terrible en sus bellas facciones.

Algo me dijo que yo no entendía lo difícil que era para él todo esto.

Desde aquellas palabras por mi parte, su trato fue diferente. Amable, siempre amable, pero su expresión seguía siendo torturada y distante. Pasamos el resto del día observándonos, hablando de cosas superficiales, hasta que se hizo de noche, y tuvimos que volver al castillo. Scorpius Malfoy volvía a ser el ser frío e inalcanzable que yo conocía, y eso me dolió más que una puñalada.

Llegó el momento de la despedida. Fue fría. De nuevo. Me di la vuelta, camino hacia mi sala común, con el corazón y el ánimo hecho pedazos. Pero antes de que transpusiera el umbral de la sala común su cálida mano tomó la mía, y volvía a tener su rostro torturado frente a mis ojos.

Su mano libre acarició mi mejilla, la ternura inundaba sus ojos en esta ocasión.

-Lamento ser un cobarde -murmuró, y me dio el beso más tierno que había recibido en toda mi vida, lleno de humildad, tristeza y desesperación, lleno de un infructuoso intento de posesión por mi parte.

Cuando volví a abrir los ojos, Scorpius Malfoy ya no estaba.

Entré por el retrato, con el corazón hecho un puño, y mucho más confundida que nunca.