"Ruleta Rusa".

Kuroshitsuji, Sebastian x Ciel.

By: Sinattea.

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Disclaimer: Kuroshitsuji no me pertenece, es creación y obra de Toboso Yana al 100%. Y sólo por aclaración, aunque adoraría que Sebastian y Ciel me pertenecieran, son propiedad el uno del otro.

Summary: Una serie de eventos que culminó en un beso… Y a raíz de eso Ciel ha decidido poner a prueba la verdadera lealtad de Sebastian con una extraña idea. ¿Cómo reaccionará el mayordomo?

Y en este capítulo podremos apreciar cómo es que Ciel no logra sacarse a Sebastian y su beso de la cabeza…

Y ahora que lo pienso, hay que aclarar que este fic es, de hecho, shounen-ai. ^^


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Capítulo 2: Como estipula el contrato.

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Transcurrido un tiempo después de aquel peculiar episodio (bien pudieron haber sido cinco minutos o una hora, el tiempo parecía carecer de sentido), Ciel seguía paralizado fuera de la mansión, con las mejillas ahora entumecidas por el frío. Mantenía los puños cerrados e interiormente gritaba mil y una maldiciones contra su mayordomo. Pero no se atrevía a moverse de allí, porque, tuvo que admitir frente a sí mismo al sentir el trepador frío aferrándose hasta en sus huesos, no sabía cómo actuar.

Sebastian salió de la mansión y se inclinó ante su amo, pidiéndole de la forma más educada, servil y amable posible que entrara y se fuese a la cama. Era increíblemente tarde, y el joven Phantomhive ya debería estar en el séptimo sueño a esas alturas de la noche.

- Además hace frío. Eso podría resultar perjudicial para su salud, Bocchan – explicó el demonio-mayordomo.

¡Maldición! ¿Cómo podía Sebastian actuar tan normal después de haberlo besado? Se preguntaba Ciel, esforzándose por contener su rabia.

Decidió fingir él también que nada había pasado, y de muy mal humor, entró en la mansión y fue hasta su alcoba, seguido de Sebastian.

Justo antes de que el mayordomo colocara sus manos sobre los hombros de su amo para desvestirlo y ponerle la camisa para dormir, Ciel se dejó caer en la cama y enterró la cabeza en la almohada.

- Eso es todo, Sebastian – musitó -. Ya tengo demasiado sueño.

- Pero, Bocchan, no puede dormir así – replicó él, con ese neutro tono servil.

- No importa, quiero dormir así y dormiré así. Adiós.

Acompañó su eufemismo de "lárgate" con una sacudida de la mano izquierda y esperó a que Sebastian le obedeciera. Sin embargo, el mayordomo primero se acercó a la cama y le quitó los zapatos al chico para después cobijarlo, irritándolo.

- Cierra todas las cortinas antes de irte, pues – ordenó Ciel antes de cerrar los ojos definitivamente.

Sebastian así lo hizo, incluidas las cortinas del dosel de la cama de Ciel, y dejó todo sumido en una insondable oscuridad, interrumpida únicamente por los diminutos puntitos de luz de las velas que sostenía en el candelabro. No se escuchaba ningún ruido más que el de la suave y acompasada respiración de Ciel, muy amortiguado. Sebastian tampoco hizo ruido al salir de la habitación, pero poco antes de cerrar la puerta, dirigió una última mirada furtiva y burlona hacia la cama donde yacía el conde Ciel Phantomhive.

- Esto también fue un infantil berrinche, Bocchan – dijo para sus adentros.

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A la mañana siguiente, Sebastian ya estaba preparando el desayuno de su amo cuando se le unieron los demás sirvientes de la mansión Phantomhive. Bard estaba de mal humor, como de costumbre, y refunfuñaba por haber tenido que levantarse temprano; Finny cantaba una cancioncilla sobre pájaros que sólo dios sabía dónde la había escuchado; y Maylene tardó un poco en entrar a la cocina después de haber tropezado con sus zapatos y haberse estrellado de frente contra la puerta.

- Buenos días – dijo Sebastian de forma automática, concentrado como estaba en decorar el pastelillo de frutas que preparaba para su amo.

- …días… – respondió gruñón Bard.

Hubo un minuto de silencio hasta que Sebastian terminó de colocar el betún y las frutas frescas y se dirigió a los demás para darles sus labores del día.

- El césped del jardín ya está bastante crecido, Finny, pódalo, pero sin echarlo a perder.

- ¡Sí, Sebastian-san! – exclamó él, y luego se quedó pensando un poco – Lo intentaré – añadió menos entusiasta, recordando con una sonrisa avergonzada cuántas veces había arruinado ya el jardín.

- Maylene, hay que limpiar el salón principal, y pulir el barandal de la escalinata, espero que esta vez puedas manejarlo.

- S-sí, Sebastian – dijo ella con la cara roja como un tomate con anteojos.

- Y Bard…

Al ser llamado el cocinero le dirigió una mirada sombría y furibunda, que Sebastian supo sobrellevar a la perfección y no se mostró inmutado en lo más mínimo.

- Hoy estaré muy ocupado, Bard, así que espero que puedas preparar una comida decente.

Él murmuró algo entre dientes, pero estaba aún tan dormido que nadie entendió realmente qué fue lo que dijo.

- Y Finny – llamó Sebastian mientras veían a Bard desaparecer por la puerta -, encuentra a Tanaka-san antes de ir al jardín.

- Sí.

- Iré a despertar al amo.

Sebastian preparó el carrito con pastelillos y té y salió de la cocina, dejando tras de sí a dos intimidados sirvientes que se pusieron manos a la obra al instante, o al menos lo intentaron.

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Sebastian golpeó la puerta suavemente y entró empujando el carrito consciente de que el amo seguía dormido. Abrió las cortinas de los ventanales y dedicó una mirada resignada al ver a Finny corriendo por el jardín con las tijeras en la mano, Tanaka-san estaba sentado en una banca del jardín tomando té. "Vaya servidumbre conseguí para esta casa" suspiró.

Cuando se volvió para abrir las cortinas del dosel de la cama y despertar al chico; él lo miraba indiferentemente a través de un ojo azul y otro marcado, con la cabeza aún medio hundida en la almohada.

- ¿Bocchan? ¿Lo he despertado?

- Ya estaba despierto desde hace horas – profirió él, dando un ligero bostezo -. Tuve insomnio.

- ¿En serio? – sonrió pícaramente el mayordomo al momento que se acercaba a la cama y ayudaba a su amo a incorporarse - ¿Y por qué habrá sido eso?

Ciel se ruborizó ante la hipocresía de su mayordomo y volvió a sentirse tentado de darle una bofetada, mas logró contenerse. Torció la boca y le gritó con furia:

- ¡Como si no lo supieras! ¡Todo es tu culpa!

Sebastian siguió con esa irritante sonrisa complacida y acercó el carrito con el desayuno. Actuó como si fuese un día cualquiera, le explicó a Ciel de qué estaban elaborados los pastelillos, la selecta clase de té humeante que había en la taza y le entregó el periódico de aquel día. Ciel comió y leyó fingiendo también que era un día normal, aunque interiormente estaba todavía encolerizado, aunque no precisamente con su mayordomo, sino consigo mismo… porque no podía dejar de pensar en ese momento por más que lo intentaba.

- ¿Cuál es la agenda de hoy? – preguntó a Sebastian mientras éste lo vestía y le anudaba el parche a la cara.

- Tiene que firmar unos papeles y asegurar el envío de dinero a la baronesa Arlington. Llegaron unas cartas, estoy seguro de que le interesará leerlas…

Ciel asentía con la cabeza a cada anuncio, movió los brazos para asegurarse de que el traje le ceñía adecuadamente, y se volvió hacia Sebastian para que éste le colocara la corbata y cerrara los botones del saco.

- …Y hoy también tiene que repasar sus lecciones de violín y de baile – añadió el mayordomo.

Ciel soltó un bufido. Claro, Sebastian y él habían hecho un trato desde hace tiempo, poco después de que Elizabeth se escabullera en la mansión Phantomhive y se empeñara en realizar un baile. El demonio le insistía en que resultaba imprescindible que aprendiera a bailar bien, y que dominara a la perfección el arte de tocar un instrumento musical, puesto que todo eso le otorgaría un mayor estatus a nivel social. "Ojala no fuera tan importante mantener la imagen en sociedad" gruñó Ciel para sus adentros.

Pero la verdad es que él era el único responsable de su furia. Quizá si no hubiese rechazado a todos y cada uno de los tutores que Sebastian le había contratado, el mayordomo no hubiese tenido que convertirse en su demonio-mayordomo-tutor.

- Hoy no quiero tomar lecciones de nada – anunció.

- Me temo que no puede negarse, Bocchan.

- Te dije que hoy NO, culpable. Obedéceme.

Ciel volvió a sentarse sobre la cama y siguió comiendo pastelillos de frutas actuando como si Sebastian no estuviera allí. Pero él seguía allí, y ese hecho irritaba al niño, porque estaba nervioso y sentía que le temblaban las rodillas. Sus pensamientos divagaban una y otra vez en torno a un único recuerdo: su primer beso… con su mayordomo.

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Una hora más tarde, mientras revisaba la correspondencia sentado ante el escritorio, con la ventana cerrada para no escuchar la algarabía de Finny en el jardín (quien perseguía pájaros y trataba de controlar a Puru-puru, quien quería comerse a los pájaros), Ciel se topó con que había una carta muy peculiar entre el montón de sobres.

Era una invitación a una fiesta, en Oxford, que organizaba un duque en honor al cumpleaños de la Reina Victoria. Decía que el Conde Phantomhive estaba expresamente invitado, y que esperaba con entusiasmo contar con su presencia. También mencionaba que era bastante probable que la reina en persona asistiera al evento, para deleite de sus súbditos.

Fue ese pequeño detalle el que salvó a Ciel de tener que tomar sus lecciones de baile con Sebastian ese día. Decidió ir a la fiesta, únicamente por la probabilidad de encontrarse con la reina y hablarle de ciertos asuntos; después de todo, siendo su perro guardián, era seguro que ella lo recibiría.

Aunque muy en el fondo era consciente de que había decidido ir como distracción a su alborotada maraña de pensamientos en torno a Sebastian.

¡Maldición, maldición!

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Sebastian se sorprendió al enterarse que Ciel iría a una fiesta por voluntad propia, pero su trabajo era obedecer al niño, de forma que no le reprochó nada. Ya se había saltado bastantes reglas la noche anterior, según recordó con placer.

Inmediatamente preparó las maletas y se encargó de arreglar todos los detalles para que su amo no tuviese problemas con su pequeño viaje.

Esa misma tarde partieron, y llegaron al día siguiente unas horas antes de que la fiesta diera inicio.

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Sobre el evento no hay mucho que referir. Naturalmente la reina no asistió, lo cual otorgó a Ciel la excusa perfecta para empezar a rechazar todas las invitaciones a bailar, aún a pesar de los reproches de Sebastian.

Cansado de escuchar la grave, suave y burlona voz de su mayordomo, que últimamente lo ponía de los nervios, el joven conde lo envió lejos con la inocente excusa de que le consiguiera algo de beber mientras él permanecía sentado. Irritado y sin opción, Sebastian obedeció sumisamente.

Aburrido como estaba, a Ciel no le quedó más que observar críticamente a los demás invitados. Desgraciadamente, a la fiesta había acudido Elizabeth, a quien Ciel distinguió desde lejos embutida con un vestido rosa y rojo. "Hoy no tengo ganas de lidiar con Lizzie – se dijo -. Evitaré que me vea". Y dicho y hecho, el chico se retiró del salón de la fiesta y se fue a vagar por el castillo del duque. Completamente solo, no se molestó en esperar a Sebastian y avisarle a dónde iría; aunque según el contrato, eso no debía de representar un problema.

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"El contrato… Claro – recordó Ciel -. Jamás huiré de Sebastian mientras tenga este contrato – deslizó la mano por encima de su ojo derecho, acariciando la tela oscura del parche -. Jamás dejaré de… pensar en él mientras aún tenga este contrato, ¿cierto? Estúpido contrato".

Al caer en la cuenta de las palabras que había enunciado mentalmente, Ciel se detuvo completamente atónito y sacudió la cabeza para vaciar su mente de ese tipo de cosas. Era aún más estúpido lo que pensaba que cualquier otra cosa. Había sido un simple beso, no significaba absolutamente nada. Sebastian sólo se había burlado de él, y después solamente había seguido actuando de manera normal.

"¿Pero qué es "normal" en él? – se preguntó el niño - ¿Actuar como el perfecto mayordomo? ¿Llamarme Bocchan? Si mal no recuerdo, no hizo ninguna de las dos cosas poco antes de… besarme…". De nuevo agitó la cabeza y se forzó a pensar en algo más, como en lo que pasaría si lo encontraban vagando por una mansión que no le pertenecía. "Intenta distraerte" se dijo.

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Ciel tuvo suerte de que un grupo de murmullos procedente de una habitación cercana le llamaran la atención y lo distrajeran. Se aproximó con mucho sigilo, preguntándose qué clase de personas se reunirían a escondidas siendo que la fiesta era abajo. Atisbó con el ojo izquierdo a través del resquicio de la puerta entrecerrada, y reconoció al duque dueño de la mansión y a otros nobles del sur de Inglaterra. Entre ellos estaba el Vizconde Druitt.

Ciel retrocedió y recordó con un escalofrío de humillante pánico al reconocer allí al hombre que tan descaradamente había coqueteado con su versión femenina. Pero su curiosidad venció al vergonzoso recuerdo, y volvió a espiar al interior de la habitación.

Todos los hombres estaban sentados en torno a una mesa redonda, con copas de vino frente a ellos y una pistola en las manos. Una sirvienta observaba en un tenso silencio, sosteniendo una botella de vino, y escanciaba cuando era necesario.

"¿A qué están jugando?" el niño estaba sumamente intrigado, porque saltaba a la vista que era un juego a juzgar por la enorme cantidad de apuestas amontonadas en el centro de la mesa.

- Su turno, Vizconde – se dirigieron al joven de largo cabello rubio.

Él se puso en pie y colocó una única bala en la cámara de la pistola para luego hacerla girar, llevarse el arma a la cabeza y tirar del gatillo.

Se escuchó un chasquido, Ciel casi deja escapar una exclamación ahogada de impacto, pero el vizconde no cayó muerto.

Los demás hombres le aplaudieron y añadieron más billetes al montón del centro de la mesa, luego le llegó el turno a alguien más.

"Ahora lo entiendo – reflexionó Ciel con una mirada chispeante y el corazón latiéndole acelerado, embargado por la emoción del juego -: están jugando a la ruleta rusa".

Justo cuando el joven conde Phantomhive estaba sopesando las posibilidades de participar en ese tipo de juego (después de todo, Sebastian ya le había demostrado que él era un niño, y por lo tanto le gustaban mucho los juegos), uno de los participantes perdió la partida. El noble hizo girar la cámara, la bala quedó en posición, y cuando tiró del gatillo se perforó la cabeza con un grito.

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Mientras tanto, Sebastian oteaba a su alrededor fingiendo indiferencia, con un vaso de agua en la mano, buscando a su amo con la mirada. Vio a lo lejos a lady Elizabeth, pero Ciel no estaba con ella.

Entonces se escuchó el inconfundible estruendo de un balazo por encima de la música y las conversaciones, alarmando a todos los presentes. Sebastian entendió entonces lo que ocurría, y descifró dónde estaba su amo.

- Ese niño – gruñó por lo bajo -. ¿Por qué siempre tiene que hacer este tipo de cosas? Si tiene mi contrato, Bocchan, haga buen uso de él – dijo como si él pudiera escucharlo.

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Ciel permanecía junto a la puerta, mirando a escondidas a los escandalizados jugadores que habían presenciado la desafortunada derrota de uno de sus colegas.

- Será mejor que salgamos de aquí antes de que alguien venga – recomendó alguien -. Si mal no recuerdo, esta clase de diversiones están prohibidas por la reina. Caballeros, retirémonos antes de que esto se descubra.

Todos asintieron, y acto seguido alguien más le disparó a la sirvienta, eliminando así a quien creían su único testigo.

Justo cuando Ciel los veía venir hacia él, algo tiró de él hacia atrás y le cubrió la boca, llevándolo lejos de allí a una velocidad de vértigo.

- ¿Por qué siempre tiene que estar involucrado en asuntos donde no lo llaman, Bocchan? – le dijo una voz grave y mortificada. Gracias a dios, era Sebastian – Si hay algo en lo que es bueno, Bocchan, es metiéndose en problemas. El que yo esté aquí no le da derecho a ser tan descuidado con su persona – le reprendió él con un furibundo tono de voz.

- No me pasó nada – dijo el chico en su defensa, liberándose de los brazos de su demonio-mayordomo.

- Si lo hubiesen descubierto, que lo habrían hecho si yo no hubiera llegado a tiempo – espetó con un gruñido, como queriendo remarcar lo frágil que era Ciel comparado con él y su naturaleza demoniaca -, lo habrían matado por ser testigo de todo, justo como a esa sirvienta.

- Pero para eso eres mi mayordomo – reprochó él -. Para eso tengo tu contrato, tú siempre vendrás a salvarme, ¿no es así?

Aunque no era su intención, Ciel no pudo evitar que sus últimas frases sonaran como lo que eran: la cruda verdad.

- Así es, Bocchan. Yo siempre estaré a su lado… Tal y como lo estipula el contrato.

Justo eso era lo que el niño se temía. Ésa era la única razón para la lealtad de Sebastian, para su incondicional obediencia, y su constante preocupación: el premio de que, a su muerte, el alma de Ciel sería suya.

Estúpido contrato.

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Sebastian no le era leal a él, sino a la promesa de su "alma".

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Nota: Eetto... mucho drama, ¿no? Pero ya lo advertí en un principio: es un fic serio, el drama será el pan de cada día…

Y me parece importante mencionar que me saca mucho de onda cómo maneja Toboso Yana al Vizconde Druitt. Quiero decir, ignorando su personalidad un tanto afeminada y con estrellitas todo el tiempo, hay que recordar que cuando sale por primera vez en la serie se supone que es un "asesino potencial" involucrado en el mundo del ocultismo y que vende en subasta los órganos de las muchachas que abduce…

Así que teniendo en cuenta ese punto de vista, no sería extraño encontrarlo jugando a la Ruleta Rusa, ¿no?

Dejen review si les gustó.