"Ruleta Rusa".
Kuroshitsuji, Sebastian x Ciel.
By: Sinattea.
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Disclaimer: Kuroshitsuji no me pertenece, es creación y obra de Toboso Yana al 100%. Y sólo por aclaración, aunque adoraría que Sebastian y Ciel me pertenecieran, son propiedad el uno del otro.
Summary: Una serie de eventos que culminó en un beso… Y a raíz de eso Ciel ha decidido poner a prueba la verdadera lealtad de Sebastian con una extraña idea. ¿Cómo reaccionará el mayordomo?
Nota: Me veo en la necesidad de advertirles que este capítulo lo escribí, si mal no recuerdo, a las tres de la mañana… Y la única opinión que tengo al respecto es que… quizá me volé la barda…
"Quien juega a la ruleta rusa piensa en la muerte más que en la vida".
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Capítulo 3: Primera prueba.
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Durante toda la semana, cada noche, en cuanto Ciel cerraba los ojos, se veía a sí mismo haciendo girar la bala en la pistola. Algunas veces perdía el juego, y otras ganaba, pero como era un sueño no importaba mucho. El punto era que, de pronto, el chico sentía un enorme deseo de jugar a la Ruleta Rusa, de tentar a la muerte incansablemente… y ver si Sebastian podía salvarlo o no.
¿Qué haría Sebastian si Ciel muriese antes de cumplir su venganza? ¿Si quebrantara su preciado contrato?
De modo que Ciel cedió ante la fuerte tentación que le susurraba seductoramente al oído, y decidió que, a partir de ese día, se dedicaría una y otra vez a tender trampas al demonio que sostenía su contrato en la mano izquierda.
Y sólo así podría averiguar de una vez por todas si había alguna esperanza de que Sebastian se preocupara por él y no por su alma, y si, por mínimo que fuese, existía un verdadero significado detrás de aquel beso.
Por alguna extraña razón Ciel ya no soportaba pensar que lo único que ataba a su mayordomo a él era el contrato, no podía ser sólo eso, no debía ser sólo eso. Tenía que haber algo más que impulsara a Sebastian a protegerlo, y él estaba determinado a averiguar si así era.
Y por eso, una y otra vez, Ciel buscaría el modo de suicidarse.
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La primera oportunidad se le presentó gracias a una distracción de Finny.
Se había esparcido por toda Inglaterra el rumor de que esa noche pasaría un cometa, y Ciel, que no tenía mucho que hacer por esas fechas (o fingía que no tenía nada que hacer, ya que en realidad sólo ignoraba el papeleo que Sebastian dejaba sobre su escritorio), decidió que esa noche quería cenar en la azotea de la mansión y ver el dichoso cometa.
Así que Sebastian le preparó la mesa, adornando con las rosas blancas que a Ciel tanto le gustaban, y sirvió la cena al aire libre, bajo la luz de las estrellas, y encendió velas y llevó su violín para entretener al joven amo.
Claro está que ante semejante escena, el niño se ruborizó a más no poder y, de nuevo, quiso golpear a su mayordomo. ¿Qué significaba todo eso? Porque daba la impresión de que Sebastian había planeado maquiavélicamente una cena romántica.
No se presentó la ocasión para que Ciel averiguara si existía esa doble intención, porque su servidumbre, también entusiasmada con el cometa, subió a la azotea a hacerle compañía a él y a su mayordomo.
Finny llevó a Puru-puru, en su forma humana y con una fuerte cadena fungiendo de correa. El chico rubio miraba las estrellas mientras imperturbablemente controlaba al perro-demonio con la correa, pero al primer atisbo del cometa aflojó la fuerza en torno a ésta y Puru-puru se liberó, corriendo al instante junto a Sebastian. No obstante, en su carrera, empujó la silla en la que Ciel estaba sentado… y éste se precipitó de espaldas al vacío.
- ¡Amo! – gritaron Maylene, Finny y Bard al unísono (Tanaka-san sólo dejó de beber té para mirar al trío un tanto desconcertado).
- ¿Huh? – justo cuando Sebastian se quitaba al meloso perro de encima, vio cómo Ciel desaparecía de la azotea con todo y silla.
Lo único que el niño sintió, fue vértigo, un devorador y angustiante vértigo; pero al mirar el piso acercarse peligrosamente hasta él, lo embargó un frío sentimiento de satisfacción: lograría su objetivo. Él había planeado suicidarse, ¿no?
Mas Sebastian lo atrapó en brazos bruscamente a medio camino hacia el suelo y regresó con él a la azotea.
Ciel tuvo que limitarse a soportar las exclamaciones de alivio de sus sirvientes y los inevitables "¿Está bien, joven amo?", y hubo de conformarse con mirar el cometa desde los brazos de su mayordomo más irritado y rojo de lo que le hubiera gustado demostrar.
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Fuera como fuese, la sensación que Ciel experimentó al verse al borde de la muerte fue algo increíblemente asombroso. La adrenalina lo había inundado en cada rincón de su mente, y pensar que podía liberarse de sus responsabilidades y recuerdos de una manera tan sencilla resultaba exquisitamente fascinador.
Definitivamente tenía que intentarlo de nuevo.
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No pudo volver a dedicarle pensamientos al respecto debido a lo ocupado que estuvo durante toda la semana. Llegaban cartas y documentos por montones, y todos y cada uno de ellos fue necesario revisarlos minuciosamente varias veces puesto que se trataba de estadísticas y negocios relacionados a Funtom y las nuevas industrias que se estaban desarrollando a nombre de la familia Phantomhive.
Sebastian se aseguró de que su amo no descuidara los importantes negocios, y al mismo tiempo tuvo que mantener en pie la mansión y evitar que Maylene, Finian o Bard enredaran mucho las cosas. Qué difícil resultaba de vez cuando la vida de un mayordomo.
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Una fría mañana, luego de que Sebastian despertara, sirviera el desayuno, y vistiera a su joven amo, éste le comunicó que deseaba ir a Londres a hacer algunas compras.
- ¿Qué es lo que desea comprar, Bocchan? – preguntó el apuesto "sirviente".
- Cosas – respondió Ciel, cerrando los ojos y bebiendo el suave té a pequeños sorbos -. Ya veré cuando estemos allá.
Sebastian le dedicó una mirada sigilosa, como si intentase leer sus pensamientos y averiguar qué se traía entre manos el joven conde. Pero terminó obedeciendo al pie de la letra los deseos de su amo. Después de todo, él sólo era un demonio y un mayordomo.
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Ya una vez en Londres, Ciel se dedicó a vagar sin rumbo fijo comprando una o dos cosas por tienda. Adquirió sombreros, bastones, trajes, capas, abrigos, zapatos, guantes, adornos, y por supuesto quien cargó todo fue Sebastian, mientras el niño andaba de forma campante varios pasos por delante de él.
"¿Se puede saber para qué es todo esto?" inquirió Sebastian para sus adentros, mirando irritado a su amo por encima de las cajas y bolsas que llevaba en brazos. Ciel actuaba de forma extraña. Incluso teniendo en cuenta que él no era precisamente normal, actuaba de forma inusual.
Al cruzar un puente sobre el helado Támesis, el niño se detuvo y recargó los codos en la barandilla.
- Lleva todo eso al carruaje – le ordenó a Sebastian -. Después vuelve por mí. Yo estaré aquí – agregó con la mirada fija en las aguas que se agitaban y danzaban entre los soportes del puente.
- Como usted ordene, Bocchan.
Así lo hizo Sebastian y caminó de regreso al carruaje en silencio, sin más sonido que el de sus zapatos negros contra la piedra de las banquetas.
Ciel había estirado los brazos por encima de la barandilla, como si intentase alcanzar el agua del río con los dedos de las manos. Lo cierto es que se inclinó demasiado hacia adelante (imposible determinar si fue a propósito o accidental), y su peso le hizo perder el equilibrio al grado de que cayó del puente y vio las aguas congeladas y rugientes a punto de engullirlo…
Pero sintió un tirón en el pecho y volvió a hallarse con los pies sobre la dura piedra del puente. Se volvió, y Sebastian lo miraba a través de unos molestos ojos rojos, con sus manos enguantadas en torno al cuerpo de Ciel. El montón de cajas y paquetes de compras se hallaba perfectamente acomodado en el suelo a varios metros de ellos.
- ¿Bocchan? – musitó el demonio, denotando interés, con un dejo de clara irritación.
- Suéltame – fue todo lo que dijo el joven.
Ciel se apartó de su mayordomo con brusquedad, y en cuanto se llevó la mano a la cabeza tratando de recuperar la compostura, cayó en la cuenta de que había perdido el sombrero. Con un involuntario temblor, comprobó que el anillo seguía en su pulgar izquierdo, y dejó escapar un suspiro de alivio. Tras repetir sus órdenes a Sebastian, el chico volvió a encontrarse solo en las calles de Londres.
Tomó la decisión de alejarse de allí, como otra prueba para Sebastian: ahora tendría que encontrarlo. Ciel jamás pensó que eso fuera a representar un reto para el demonio, pero era lo único que podía hacer de momento. Así que caminó lentamente y sin sombrero por entre las callejuelas inundadas de la espesa niebla londinense, con un peculiar pensamiento: desafiar a Sebastian, tentar a la muerte.
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Y querer es poder, de modo que si Ciel vagabundeaba con la idea de buscar problemas, problemas fue lo que encontró en Londres.
De repente se halló entre un grupo de gente aglomerada en una esquina, murmurando ansiosamente entre ellos y bloqueando el paso a todos los carruajes y hombres a caballo. Discutían sobre el reciente cadáver abandonado a mitad del camino, cubierto de balas y sangre. Al parecer había una pelea a mano armada o algo por el estilo, y estaba dejando saldo de muertos en el acto.
"Scotland yard no tardará en venir – asumió Ciel Phantomhive -. Lo mejor será que los evite" caviló mientras se dirigía en el sentido contrario al flujo de gente. Se dio cuenta de que había tomado la dirección equivocada hasta que distinguió contornos oscuros entre la niebla que se movían toscamente y uno de ellos cayó muerto a su lado. Escuchó el grito aterrorizado de una mujer, y unos fuertes brazos lo atraparon súbitamente por el cuello. "¡Ngh!" jadeó al sentir que se le escapaba el aire.
"¿A cuántas personas más piensas usar como escudo?" preguntó una voz al hombre que había capturado a Ciel. Entonces los contornos se fueron haciendo más nítidos hasta que Ciel pudo distinguir a un grupo de hombres vestidos pobremente y a la mujer que tenían prisionera. Todos los atacantes llevaban pistolas y apuntaban hacia el joven conde, quien se había convertido sin darse cuenta en el escudo humano de un desconocido.
"Tal vez Sebastian tiene razón – pensó furiosamente el chico -, quizá tengo talento en meterme donde no me llaman y en… ser capturado…". No pudo evitar apretar los dientes en una mueca de coraje consigo mismo.
Los hombres empezaron a discutir en voz alta: el captor de Ciel exigía que liberaran a su hermana (la mujer prisionera) y los demás exigían que les pagara lo que les debía o que terminarían asesinando al desafortunado niño que por accidente se había inmiscuido en el asunto y después a él. Uno de ellos disparó su arma y la bala pasó tan cerca de la pierna de Ciel que trazó un agujero en su capa.
Y de nuevo se encendió la adrenalina en el interior del niño, y una sonrisa espontánea acudió a sus labios. Podría morir allí mismo, entre desconocidos, muy lejos de Sebastian.
- ¿Qué es lo que esperan, entonces? – profirió el chico a los hombres armados, quienes lo miraron estupefactos - Quieren asesinarme a balazos… Adelante, háganlo. Y obedezcan rápido.
Como noble británico que era, Ciel no podía evitar actuar con orgullo, descaro y superioridad. Si iban a asesinarlo, se cercioraría de que lo hicieran cómo y cuándo él lo decidiera. Estaba acostumbrado a ser quien mueve las piezas, quien tira de los hilos, y no permitiría que eso cambiara en sus últimos instantes de vida. Si pensaban matarlo, él los provocaría para que lo hicieran acorde a su voluntad.
- ¡Cállate! – gritó uno de los hombres armados, y disparó contra el niño.
La bala rozó el brazo de Ciel, dejó otro agujero en su capa negra y causó una herida sangrante en el hombre detrás de él, quien emitió un gritito. Al niño lo crispó la mala puntería de aquellos hombres. La fuerza de los brazos alrededor de su cuello se incrementó a causa del dolor de la herida. Ciel perdió el aliento en un santiamén, pero hizo acopio de todo su valor para no perder el orgullo en esa situación de desventaja. Volvió a ordenar.
- ¡Mátenme! – desafió con voz potente - ¡Ahora!
- ¡Cállate!
La mujer gritó desesperada al creer que sería la condena de muerte de su hermano y del niño. Luego se desató una lluvia de balas contra el joven conde y su captor con un ensordecedor rugido de armas. Sin embargo, ninguna de ellas llegó a tocar a Ciel.
- ¿Pero qué…? – empezó él a musitar, y la familiar silueta de Sebastian se le perfiló en frente.
- ¿Qué ha pasado, Bocchan?
Entre los dedos del mayordomo se encontraban todas las balas que le hubieran arrancado la vida al niño con la facilidad con que el viento arranca una flor de la orilla de un lago. Los tiradores se congelaron en sus puestos, aterrorizados, y cuando alguno de ellos pronunció una maldición, Sebastian movió las manos y lanzó las balas contra todos ellos, dejando con vida únicamente a la mujer (que se desmayó). Después se giró hacia Ciel y su captor.
- Por favor – comenzó a decir con esa sarcástica, encantadora y cruel sonrisa que tanto le es característica -, quite sus manos de encima de mi Bocchan.
Alzó un dedo y fue como si el hombre hubiese recibido un impacto en el centro exacto de la frente. Éste cayó inconsciente, y aunque aflojó rápidamente el agarre que tenía sobre Ciel, casi lo arrastra con él al piso. Sebastian evitó que sucediera, tomando a su amo por los brazos y jalándolo hacia él para que no cayera de espaldas.
- ¿Se encuentra bien, Bocchan? – preguntó a su joven amo, soltándole los brazos.
Ciel se incorporó por su cuenta y miró a su alrededor los cadáveres en el piso, aparentando algo de sorpresa. No obstante, cuando se volvió hacia Sebastian su sorpresa era genuina: él en ningún momento lo había llamado para que viniese a salvarlo.
- Me encontraste.
- Por supuesto – corroboró el mayordomo, y con un veloz gesto colocó sobre la cabeza de Ciel el sombrero que éste había perdido al caer del puente.
- Será mejor que nos vayamos de aquí – añadió rápidamente el conde.
- Yes, my Lord – accedió Sebastian llevándose la mano derecha al corazón y haciendo una reverencia.
Ciel dio la media vuelta y se apresuró en abandonar las calles plagadas de cadáveres y fría humedad. Sebastian lo siguió muy de cerca, con una imperceptible sonrisa decorando su apuesto rostro: a pesar de la niebla, cuando le puso el sombrero a Ciel, vio un ligero rubor en él.
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Pronto llegaron al carruaje y se instalaron cada quien en su sitio: Sebastian al frente, con las riendas de los caballos en las manos, y Ciel adentro, hundido en los cojines de terciopelo. Regresaron a la mansión Phantomhive antes del anochecer, para el inmenso alivio de Ciel. Y esta vez toda la servidumbre de la mansión, y Puru-puru, salieron a recibirlos.
El perro en su forma humana saltó encima de Sebastian al instante, y él puso una cara de aburrida resignación cuando éste intentó lamerle, casi comenzaba a acostumbrarse a eso. Pero no, y terminó enviando lejos al perro-demonio.
Ciel estaba pálido de celos, porque Puru-puru tenía el enorme privilegio de acercarse a Sebastian como ninguna persona podía hacerlo. ¡Estaba celoso de un perro, maldita sea! Aquello era estúpido y ridículo, pero el chico no se avergonzó de ello, al contrario, solamente sintió crecer la furia dentro de él.
Cuando Sebastian lo invitó a entrar en la mansión, el niño no hizo más que mirarlo con ira mal disimulada (y mal justificada, cabe señalar) y subir las escaleras con su aplastante orgullo creando tensión en el aire.
Sebastian lo miró hipócritamente pasmado, esforzándose en esconder una carcajada, y como siempre acabó por seguir sus pasos.
- La cena estará lista pronto, Bocchan – anunció antes de dejar a Ciel solo en el estudio.
El joven conde dejó pasar diez segundos contados antes de hacer sonar la campana con la que llamaba al mayordomo. Al instante él volvió a aparecer por la puerta.
- ¿Se le ofrece algo, Bocchan?
- Nada.
"Solamente quería comprobar si acudías a mi llamado", claro que ese motivo no lo manifestó en voz alta.
Sebastian ladeó la cabeza y sonrió cerrando los ojos, ese característico gesto con el que exteriorizaba su simpatía hacia la personalidad de su amo. Realizó una última reverencia y abandonó la sala, cerrando la puerta tras de sí.
Ciel se desplomó exhausto en la silla de alto respaldo, dejando sus brazos colgar a los lados de ésta, y subió los pies al escritorio, buscando que su mirada se perdiera en el alto techo recubierto de paneles de madera.
Pensó en el día tan agitado que acababa de vivir en Londres.
En cómo había estado en riesgo de morir y el gozo que eso le causó.
En cómo Sebastian lo había salvado en el último minuto sin que él lo hubiese invocado para protegerlo. El demonio siempre estaría a su lado, aun cuando él no lo llamase.
Y nuevamente trató de explicarse los verdaderos motivos.
¿Por qué? ¿Por el contrato o por algo más?
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Sebastian le había dado una primera prueba. Pero ¿de qué exactamente?
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Nota (de nuevo): Bien, yo advertí que me volé la barda: demasiado… suicida, y esperen a ver cómo queda el cuarto capítulo… Está todavía peor. Aunque luego pienso en el tercer episodio de la segunda temporada (en el que van en el tren, ¿lo recuerdan?) y se me ocurre que quizá no me volé tanto la barda con todo lo que pasa, o que me fumé lo mismo que Toboso Yana cuando ese capítulo vio la luz del día…
Eso pasa cuando te desvelas viendo "Criminal Minds" y luego escribes un fic…
Dejen review si les gustó.
