"Ruleta Rusa".
Kuroshitsuji, Sebastian x Ciel.
By: Sinattea.
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Disclaimer: Kuroshitsuji no me pertenece, es creación y obra de Toboso Yana al 100%. Y sólo por aclaración, aunque adoraría que Sebastian y Ciel me pertenecieran, son propiedad el uno del otro.
Summary: Una serie de eventos que culminó en un beso… Y a raíz de eso Ciel ha decidido poner a prueba la verdadera lealtad de Sebastian con una extraña idea: intentar suicidarse. ¿Cómo reaccionará el mayordomo ante estos atentados?
Nota: Perdón, perdón, perdón… Mil disculpas a todos aquellos apreciados lectores que deseaban seguir con esta historia. Creo que he roto un récord de tiempo sin publicar, pero tengo una excusa perfecta: la escuela. Estoy segura de que muchos me comprenderán. A quienes quieran que publique más seguido, les sugiero golpear a mis maestros.
Y bueno, pues aquí está ya lista la continuación de esta dramática historia. Y puedo decir que soy completamente feliz de volver a traer un capítulo para ustedes.
Lean y disfruten, pues lo he terminado con toda la intención de satisfacer a las personas que tan lindos reviews dejaron en el pasado.
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Capítulo 5: Sin aliento.
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De vuelta en la mansión Phantomhive, era una fría mañana invernal, con un cielo pálido del cual pendía un sol brillante y redondo como una moneda de oro. En el comedor se respiraba un aire de tensión absoluta, los cuatro sirvientes de la mansión se dieron cuenta de ello mientras permanecían sentados a un lado de la mesa como militares en formación.
Finny ni siquiera osaba respirar, Bard se hallaba desconcertado, y Maylene miraba alternativamente al amo y al mayordomo de la mansión.
Ellos intercambiaban miradas furtivas y visiblemente molestas. La de Ciel denotaba orgullo herido, y la de Sebastian impaciente desasosiego.
- Más té – masculló el niño, enojado.
Sebastian no se tomó la molestia de contestar el cortés y acostumbrado "Sí, Bocchan", simplemente levantó la tetera y dejó caer la bebida humeante en la taza que Ciel sostenía con quizá demasiada fuerza.
La tensión entre ellos era tan notoria, incómoda y estresante…
Afuera, en el jardín, Puru-puru dejó escapar un aullido prolongado y triste por enésima ocasión. Ciel por su parte soltó un gruñido y dejó caer la taza, asustando con ello a su servidumbre.
- ¡Estoy harto! – exclamó - ¡Controlen a ese perro!
- ¡Sí, amo! – respondieron al unísono Finny, Maylene y Bard, haciendo un rápido saludo militar con las manos.
Los tres estuvieron contentos de tener que abandonar el comedor, con el humor tan precario que tenía Ciel, y salieron a todo correr arrastrando a Tanaka-san junto con ellos. Cerraron la puerta ruidosamente tras su paso.
Con un suspiro, Sebastian también dio medio vuelta y se dispuso a salir.
- ¿A dónde vas? – preguntó Ciel.
- A controlar al perro.
- No, tú quédate aquí – se avergonzó de sí mismo al no lograr disimular del todo el sonido anhelante de su voz -. Deja que ellos se encarguen – Ciel volvió a sentarse al percibir la debilidad de sus rodillas. Nuevamente, flaqueaba ante Sebastian de la forma más ridícula.
- Como usted ordene, Bocchan.
Había tanta indiferencia en su cortés gesto, que Ciel no pudo evitar sentirse embargado de una incomprensible tristeza.
Súbitamente notó un dolor en la pierna, y dio un respingo: al soltar la taza se había derramado el té encima, y le quemaba. No pudo evitar soltar una exclamación de dolor, y al escucharlo, Sebastian se acercó con curiosidad.
- Siempre tan infantil, ¿no, Bocchan? – masculló al momento que se agachaba y revisaba la herida.
La mirada de rabia que había inundado el ojo azul del joven conde ante ese comentario desapareció paulatinamente. Ciel adquirió color en las mejillas al sentir las manos de Sebastian sobre su muslo…
- No parece ser grave, pero probablemente deje mancha – anunció el mayordomo, aunque sin retirar las manos.
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Desafortunadamente, el ambiente en la mansión Phantomhive siguió siendo de absoluta tensión y tristeza, de forma más acentuada que lo habitual. Ciel había vuelto a la cama, tratando de obligarse a dormir, mientras Sebastian continuaba con las labores domésticas luciendo una tenebrosa expresión en su rostro. Maylene miraba preocupada hacia todos lados a través de los cristales de sus lentes, Bard fumaba un cigarrillo tras otro, y Finny había descubierto lo relajante que puede ser el morderse las uñas. Incluso a Tanaka-san le costaba trabajo darle tragos al té.
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Quién sabe cuánto tiempo hubiera durado ese ambiente deprimente si no hubiera irrumpido Elizabeth en la mansión una vez entrada la tarde. Embutida en un amplio vestido de holanes rosas y encajes blancos, con sus bucles rubios enmarcando su rostro eternamente sonriente, penetró en la mansión en medio de un perfume de rosetones y su voz aguda e indudablemente femenina.
- ¡Ciee~l! – gritó como acostumbraba.
- Elizabeth-sama – se sorprendió Finny, y rápidamente interrumpió lo que estaba haciendo (asumiendo que estuviera haciendo algo) para darle la bienvenida a la niña rubia.
Detrás de Elizabeth entró Paula, arrastrando como podía una gigantesca valija. Al verla, Finny acudió en su ayuda y se hizo cargo sin problemas de la maleta.
- ¿Trajiste todo, Paula? – preguntó Lizzy al momento que veía a Finny subir las escaleras y gritar a todo pulmón que ella había llegado.
- Eso creo, señorita.
- Bien, porque Ciel tiene que ver todo esto – sonrió la rubia.
Aguardaron unos minutos en el salón hasta que Sebastian llegó a recibirlas.
El mayordomo no se había dado cuenta de la llegada de Elizabeth hasta que escuchó (junto con media Inglaterra) los gritos de Finny. Había pasado el tiempo en el jardín de atrás, pensando en contratos anteriores, en amos anteriores, y mirando de vez en cuando hacia la ventana del cuarto donde Ciel Phantomhive dormía. Se había perdido tan profundo en sus pensamientos que había fallado a su labor de mayordomo, lo cual estaba muy mal.
- No estábamos al tanto de su visita, Lady Elizabeth – saludó e hizo su común reverencia -. Me disculpo porque no han sido recibidas como deberían.
- No hay problema, Sebastian-san – dijo ella -. Sólo quiero ver a mi querido Ciel – sonrisa -. Le he preparado una sorpresa.
- Me temo que en este momento el joven amo no puede atenderla – intervino Sebastian -. Pero puedo llevarla a una de las habitaciones hasta que él se encuentre dispuesto.
- Eso estaría muy bien – sonrió Lizzy, y se volvió para indicarle a Paula mediante señas que se diera prisa y siguiera el paso de Sebastian, que ya marchaba hacia el interior de la mansión -. ¿Ciel está ocupado? Estoy segura de que tendrá tiempo para mí… Soy su prometida, y de verdad quiero verlo y estar con él. Así es como deben ser las cosas – de nuevo, una radiante e inocente sonrisa iluminó aquel infantil rostro.
Por un instante, y sin saber explicar el por qué, Sebastian tuvo que detenerse en seco, desconcertando a las dos jóvenes que lo seguían. Un molesto pensamiento cruzó su mente, pero se vio en la necesidad de eliminarlo para seguir con su labor de mayordomo. Se apresuró en volver a andar y fingió que nada había pasado.
- Mi Bocchan no está ocupado, simplemente está indispuesto – repitió el demonio, ocultando exitosamente la irritación que inexplicablemente sentía -. Esta mañana, después del desayuno, se ha sentido un poco mal.
- ¿Ciel está enfermo? – se angustió terriblemente Elizabeth, pero luego tuvo una brillante idea y soltó una de sus agudas risitas - ¡Yo podría ser su enfermera! Lo cuidaré y haré que se recupere. Así quizás él me sonría como antes…
- Me temo que eso no sería apropiado, lady Elizabeth.
- ¿Pero qué estás diciendo, Sebastian-san? ¡Claro que es apropiado! – refunfuñó ella en un puchero - ¡Yo soy su prometida! ¡Ciee~l!
Elizabeth empezó a correr por el pasillo con el firme objetivo de llegar a la habitación de Ciel y entrar, con o sin su permiso. Menos mal que Sebastian la detuvo a unos pasos del cuarto, y entre argumentos, encanto y una que otra mirada demoniaca, la convenció de renunciar a su intento de enfermería.
Aunque hay que mencionar que el demonio se sentía intrigado y sorprendido muy en su fuero interno por el hecho de actuar de esa manera. Después de todo, no había problema alguno en que la prometida de Ciel pasara tiempo con él, ¿o sí? No, claro que no, pero él sólo se preocupaba por el bienestar de su joven amo. Carraspeó, y volvió a mirar a Elizabeth.
Con un gesto de sumisa tristeza, ella decidió seguir la sugerencia de Sebastian: Ciel necesitaba descanso para reponerse, y una vez que su salud mejorase podría pasar tiempo con ella.
- En ese caso, ¿podrías llevarnos a nuestra habitación? – preguntó la niña con mucha ternura e inocencia.
- Por supuesto, Elizabeth-sama. Le prepararé la mejor de las recámaras. Por aquí.
- ¿Cuidarás a Ciel por mí? Es importante que se recupere.
Sebastian guardó silencio unos segundos, y Elizabeth le repitió la pregunta con un gesto de alegre determinación.
- Sí, como siempre – respondió el demonio-mayordomo.
- Bien. Vamos Paula. Sebastian, por favor mantenme al tanto del estado de mi querido Ciel – pidió ella con una gran y brillante sonrisa.
- Lo haré, Elizabeth-sama.
Sebastian hizo una reverencia y abrió la puerta de la mejor habitación que había en la mansión, después de la de Ciel obviamente.
- Si esperan unos minutos, les traeré té y encenderé la chimenea – ofreció el mayordomo, pero primero tenía que ir a revisar algo.
- Eso sería maravilloso – concedió Elizabeth al momento que se sentaba sobre la gigantesca cama y se dejaba caer de espaldas sobre el mullido edredón.
- Hace frío el día de hoy – hizo notar Paula, deslizando su dedo enguantado en marrón por el vidrio empañado -. No me sorprende que su prometido se haya enfermado, señorita.
- Mi prometido… – repitió Lizzy, con la mirada perdida - ¡Qué bonito se escucha cuando lo dicen!
Sebastian les dirigió una cotidiana sonrisa, una de ésas que son en realidad vacías e indiferentes y que se han convertido en un gesto automático para contrarrestar las situaciones incómodas. (Imposible, ¿un demonio envuelto en una situación que le resultaba incómoda?). Acto seguido, el demonio-mayordomo se marchó.
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Mientras tanto, en su cuarto, Ciel se entretenía jugando a los dardos desde la comodidad de su cama, aún envuelto en las cobijas. Se hallaba irritable tras su fallido intento de conciliar el sueño, porque no lograba entender con seguridad qué era lo que le pasaba. Quería, en cierta forma, morir, sí; únicamente para molestar a Sebastian, eso lo tenía claro. Le verdadera pregunta era ¿por qué demonios eso importaba tanto? ¿Por qué desde hacia días lo único que rondaba por su mente era la idea de que la opinión de Sebastian era lo único importante?
Ciel lanzó otro dardo que fue a parar muy lejos del centro de la diana, y frustrado dejó caer el resto al suelo. Uno de los pequeños proyectiles se atoró en las sábanas, y cuando Ciel se dio cuenta lo tomó entre sus dedos y permaneció un buen rato mirando la afilada punta plateada. Tras mucho pensar obedeció el impulso y se sacó una gota de sangre escarlata del índice izquierdo.
Alguien a su lado tosió para anunciar su presencia.
- ¡S-Sebastian! – se sorprendió Ciel - ¿Qué haces aquí?
- Tenía que asegurarme de que Bocchan estuviera bien – dijo con voz monocorde, al tiempo que las comisuras de sus labios se torcían imperceptiblemente en una mueca furibunda -. Especialmente ahora que su salud está un tanto frágil.
- Yo estoy bien – mintió Ciel, con renovada ira bullendo en su interior -. Lo que me pase o deje de pasarme no es de tu incumbencia. Ni tuya ni de nadie. Mis problemas son sólo míos, ¿de acuerdo?
El mayordomo le arrebató el dardo a su amo con un gesto extremadamente veloz, y le dio la espalda para que no notara el incontrolable arrebato de furia que lo embargaba. "Te estás comportando de una forma estúpida" quería recriminar, el problema era que no estaba seguro de contra quién de los dos sería el reproche: ¿contra su amo o contra él mismo?
No quiso encontrar la respuesta a esa interrogante que lo atosigaba muy en su fuero interno, así que decidió enfocar sus pensamientos en otra cosa.
- Entendido – terminó por decir, de forma fría y cotidiana -. Entonces me limitaré a mi deber de mayordomo y le anunciaré que lady Elizabeth llegó esta mañana.
- ¿Elizabeth?
Ciel, con los ojos muy abiertos de la impresión que le causó la noticia, dejó escapar un tenue "ouch" cuando cayó en la cuenta del punzante dolor de la minúscula herida.
- Permítame ayudarle con eso, Bocchan – ofreció Sebastian rápidamente, y se hincó tomando la mano de Ciel entre las suyas. Antes de que el chico pudiera decir nada, el mayordomo ya había limpiado la sangre con su propia lengua, atrapando el dedo de Ciel entre sus labios.
- No… – quiso objetar Ciel, pero su voz se ahogó en su garganta.
No sentía que existieran palabras que lo impelieran a detener a su mayordomo. Simplemente quería sentirlo cerca, así, sin hablar, justo como en ese momento. Antes de darse cuenta, Ciel se había inclinado hacia adelante hasta que su frente se apoyó en la de Sebastian, y había cerrado los ojos.
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Fue Sebastian quien se apartó, visiblemente molesto. No cabía duda que Ciel seguía siendo un pequeño niño; podría haberlo hecho mucho mejor, pero no. Un roce, ¿qué satisfacción podía darle a él un simple roce, cuando era posible obtener mucho más?
- Ahora, si me disculpa, Bocchan, lady Elizabeth y la señorita Paula esperan el té. Con su permiso – y se marchó a mayor velocidad que con la que llegó. Ya se había asegurado de que Ciel seguía con vida, ya había quedado decepcionado del chico, y ahora una irritada voz en su interior le gritaba ahogada en rabia: "Sal de aquí, ve y vigílala".
Con la boca abierta de indignación pura, Ciel aventó las sábanas muy lejos, casi hasta el otro rincón del cuarto. "¡Eres un idiota, Sebastian!" gritó para sus adentros. Convencido de la indiferencia y el desinterés total de su mayordomo, el único pensamiento que le embriagó la mente fue nuevamente el de buscar romper el contrato por todos los medios. Sí, tenía que redoblar, no, triplicar sus esfuerzos para alcanzar el suicidio. Pero otra idea le surgió espontáneamente, y le resultó más grata que la principal: si Sebastian no mostraba interés en él, Ciel tampoco mostraría interés alguno en Sebastian. Ojo por ojo, ¿no?
- Qué bien que Lizzy esté de visita – entendió el joven conde, y un amago de sonrisa destelló en sus facciones durante una milésima de segundo.
Ahora tenía la distracción perfecta: su prometida.
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El tintineo de la vajilla era como campanillas de plata en manos del hábil Sebastian. El mayordomo regresó rápidamente a la habitación de las invitadas, prendió fuego en la chimenea y se dispuso a servir el té; siendo observado con admiración por las torpes Maylene y Paula, la primera esperando en la puerta abierta, la segunda sentada en un sillón.
- Gracias – dijeron al unísono Elizabeth y Paula cuando tomaron sus tazas de té.
Sebastian se volvió y clavó su mirada roja en Maylene. Se había dado cuenta de su tímida presencia en la puerta desde el principio. La chica carraspeó un poco, se acomodó los lentes e hizo una pequeña reverencia ante el mayordomo.
- Sebastian-san, el joven amo te llama. Quiere… quiere que lo vistas.
- Iré en seguida – afirmó él, y se volvió para con las dos invitadas -. ¿El té es de su agrado…?
- Claro, Sebastian, como siempre – le sonrió Elizabeth.
Apretando las manos en puños blancos, Sebastian fingió una sonrisa y salió de la habitación. En su momento, sintió unos deseos irrefrenables de echarle alguna sustancia extraña al té, de prepararlo con un sabor horrible y vomitivo, pero el conocimiento de que debía mantener su impecable facha de mayordomo lo detuvo. Y al no entender del todo por qué de pronto se le vinieron a la mente semejantes ideas, decidió que lo mejor era hacer lo que siempre hacía de la misma forma excelente en que siempre lo hacía.
Entró a la habitación de su amo con la habitual parsimonia, e internamente se sintió asombrado de ver que él ya lo esperaba impaciente, con las ropas ya escogidas y una mirada de irritante indiferencia en sus ojos.
- Date prisa – fue lo único que le dijo el chico cuando entró en el cuarto.
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Minutos después, Ciel se reunía con Elizabeth en uno de los salones. Y esta vez, lejos de evitar el abrazo de la joven, la dejó hacer, y después la saludó de la forma más amable y encantadora posible y le plantó un beso en la mano. "¿Desde cuándo él es tan… caballeroso?" se preguntó Sebastian, atónito como estaba. Observar esa escena no era nada común, y nada cómodo.
Sebastian tenía que interrumpirla, de una forma u otra.
- ¿Qué tienen planeado hacer, Bocchan? – preguntó, y de manera muy sutil posó su mano en el hombro de Ciel y lo apartó unos pasos de Elizabeth.
- Lo que sea que Lizzy haya planeado – respondió él, con una expresión de absoluto disfrute.
- ¡Me llamaste Lizzy! – prorrumpió la niña rubia, histérica de alegría, y tras dar saltitos y palmadas se arrojó en brazos de Ciel y lo abrazó con más fuerza que antes.
Sebastian no pudo evitar morderse los labios, iracundo, frustrado y confundido por la sorpresa. ¿Por qué demonios le importaba tanto? Le molestaba ver a Ciel tan complaciente, tan disponible para con una chiquilla como Elizabeth. Especialmente porque, minutos atrás, hubiera podido ser complaciente para con él. Pero de nuevo, la ley del autocontrol se coronó como la prioridad del demonio-mayordomo.
- Entonces, ¿qué es lo que la señorita Elizabeth desea hacer? – interrumpió, disimulando con la cortesía que sólo un mayordomo puede mostrar.
- A decir verdad… – la rubia se sonrojó - Vine aquí a pedirle a Ciel que me acompañe mañana a una fiesta, en Buckingham. La reina Victoria nos invitó a ambos.
- Suena bien – dijo Ciel, con voz indiferente, aunque gesto satisfecho -. Ir al palacio de Buckingham es una magnífica oportunidad – se volvió hacia Elizabeth y le dedicó una elegante y sensual reverencia -. E ir contigo como compañera, mi querida Lizzy, es más magnífico aún.
El joven conde miró de reojo a su mayordomo, quería observar su reacción ante tan anormal comportamiento. Y la reacción de Sebastian fue incauta y estupefacta. El mayordomo se había quedado sin aliento, y no se había esforzado en disimularlo.
¡Con cuánto placer constató Ciel ese hecho!
- Perfecto – Ciel se incorporó y empezó a caminar hacia la salida -. Ahora mismo, deberás disculparme, Lizzy, es urgente que me encargue de un papeleo. Pero estaré contigo en el comedor en una hora, y cenaremos juntos.
- Claro, Ciel. Me encantaría – dijo ella, sonrosada y sonriente.
Ciel abandonó la habitación y se encaminó hacia su estudio. Sebastian lo siguió silencioso como un gato al asecho de su presa, y le dio alcance en el pasillo. Con la velocidad y la furia que solamente un demonio puede demostrar, lo tomó de los hombros y lo giró hacia él, obligándolo a quedar cara a cara.
- Oh, Sebastian – habló Ciel con vocecita hipócrita, y retiró una de las manos del mayordomo -. Espero que ya hayas empezado a preparar la cena.
- Así es, Bocchan. Y puedo garantizarle que casi está lista – había una burla clara y mordaz adornando cada una de sus palabras.
- Casi, no es suficiente.
- ¿Y tú eres quien me lo dice? – Sebastian empujó a Ciel hacia la pared, y allí lo retuvo durante segundos que parecieron siglos -. No sé a qué juego estás jugando, Ciel – y en el momento en que decía su nombre, Sebastian se inclinó acercando su boca peligrosamente a la del menor -, pero puedo garantizarte que no pienso perder.
Era la primera vez que se lanzaban un desafío abiertamente. Y después de toda la tensión existente entre ambos en los últimos tiempos, no era de sorprenderse.
- Pero esta vez, yo soy quien pone las reglas, Sebastian – Ciel, por su parte, también se fue aproximando a la boca de su sirviente -. Y tú tendrás que jugar conforme a ellas.
- Como siempre – estaban ya tan cerca, que sentían sus alientos mezclarse hasta formar un solo y cálido suspiro -. Sólo recuerde, Bocchan, que los demonios acostumbramos hacer trampa…
"¡Maldita sea, Sebastian! – pensó Ciel - ¡Bésame y ya!".
Pero justo cuando él comenzaba a cerrar los ojos, Sebastian no hizo tal cosa. Todo lo contrario, se apartó en un santiamén y liberó a Ciel con un despectivo empujón. Se sacudió las manos como queriendo limpiar la suciedad que el contacto con su amo había dejado en sus inmaculados guantes, y se alejó a lentas zancadas por el larguísimo pasillo.
- Debo ir a terminar la cena, Bocchan. Y a atender a lady Elizabeth.
Y dicho esto, Sebastian se marchó.
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Ciel se quedó solo y aturdido, aún recargado en la pared. ¿Por qué no había pasado? El momento que tanto lo había confundido, el beso que tantos problemas desencadenó en su interior… ¿Por qué no había vuelto a pasar, como respuesta a todas sus preguntas? El niño estaba convencido de que, si Sebastian lo volvía a besar, dejaría de sentirse confundido. Fue una epifanía que llegó de la nada al tenerlo tan cerca. Pero Sebastian… ese demonio… ese estúpido demonio…
Como siempre, él le mandaba a Ciel señales extrañas, encontradas, y no hacía más que hacerlo sentir más desamparado y confundido cada día. Así como podía tener gestos como ése, o como el ocurrido en la habitación del conde, podía actuar tan desinteresado y cruel como si Ciel fuese poco menos que una mascota… como si fuese un vil entremés.
Al conde le temblaron las rodillas, y se dejó caer al suelo. Sentía sus pulmones anegados por un extraño sentimiento, una especie de dolor punzante, y le costaba respirar.
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Sebastian lo había dejado solo y sin aliento.
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Nota (de nuevo): ¿Qué tal? ¿Fue un buen regreso? A veces creo que fue un giro muy drástico en los comportamientos de ambos, se nota un poco que empecé a escribirlo y pasó mucho tiempo para que pudiera terminar el capítulo. Pero igual espero que les haya gustado. Empezaré a trabajar cuanto antes en el sexto capítulo. Aún queda mucho por pasar, y hay intentos suicidas por delante…
Pregunta: ¿se nota que odio a Elizabeth? ¿O no se nota?
Y quiero dedicar un agradecimiento muy especial a todas las personas que han dejado reviews, y sobre todo a quienes dejaron review en el cuarto capítulo.
Muchas gracias a:
olightfire.o, Suiseiseki, belrockangel, Allen-Kurosawa,
Princesa Lunar de Kou, aRiNkAoRy, Neko-chan, Rukia1,
ikari, ameya, Love-girl2015, Karin, THCrazyAlien,
BeaBitterness, Mariuki-chan, , maryshion.
Gracias de todo corazón por su incondicional apoyo, jiji. Y a las que subrayé, amé sus reviews por largos, jaja, yo adoro escribir mucho y que me escriban mucho. Pero los reviews de todos, ¡Los amo!
Y gracias a mi esposa super wife (jaja, larga historia, es sólo una amiga ;-P) por leer esto a pesar de que "no le gusta" el yaoi.
Dejen review si les gustó.
