"Ruleta Rusa".
Kuroshitsuji, Sebastian x Ciel.
By: Sinattea.
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Disclaimer: Kuroshitsuji no me pertenece, y aunque adoraría que Sebastian y Ciel me pertenecieran, son propiedad el uno del otro.
Summary: Una serie de eventos que culminó en un beso… Y a raíz de eso Ciel ha decidido poner a prueba la verdadera lealtad de Sebastian con una extraña idea: intentar suicidarse. ¿Cómo reaccionará el mayordomo ante estos atentados?
Nota: De acuerdo, lo admito, inconscientemente me he retado a romper el récord de tiempo sin publicar. Bueno, en realidad, no. Pero pareciera, y ofrezco una disculpa a los lectores por ello.
De nuevo la misma excusa: escuela, y también una nueva excusa; estoy demasiado emocionada escribiendo un fic de Narnia y leyendo "The Hunger Games", y creo que le he dedicado más tiempo a esas dos actividades que a escribir estos fics de Kuroshitsuji.
Pero afortunadamente, anoche me llegó la inspiración para esta historia, y ahora, finalmente, después de tanto cataclismo, les traigo la continuación.
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Lean, disfruten, piérdanse entre las letras, que pocas cosas hay mejores que ésa (Experiencia propia: ¡Viva leer!).
Y por supuesto, no olviden los reviews. ¡Se los agradezco con el alma!
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Capítulo 6: Títulos robados.
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De cualquier modo, el juego había comenzado, y Ciel, orgulloso como era, prefería morir antes que perder… Claro que también podía ganar y morir, sería una doble victoria muy acorde a sus recientes y extraños pensamientos.
Sumergido en elucubraciones de esta índole, Ciel ni siquiera saboreaba la comida que se llevaba a la boca. Bien podrían haberle servido un montón de carne rancia y pan reseco y él no se habría dado cuenta de nada.
En cambio, Elizabeth disfrutaba de la cena como si no hubiera probado bocado en años.
- ¡Esto está delicioso! – exclamaba cada vez que se llevaba el tenedor a la boca.
Y Paula, quien se les había unido por expresa invitación de Elizabeth, hacía eco de todas y cada una de sus palabras. Sebastian tuvo que llevarse la mano a la frente en un gesto de obvia irritación ante las infantiles palabras y actitudes de las dos damas. Suspiró resignado, y volvió a servir el té en la taza de Paula cuando Elizabeth se lo pidió.
- De verdad, Ciel. Esto sabe delicioso – repitió la niña rubia, con una gran sonrisa.
Ciel tampoco parecía muy adepto a los gestos de su prometida, pero si eso impacientaba a Sebastian, qué mejor.
- Me alegra que te guste – dijo el conde -. Ordené a Sebastian que lo preparara especialmente para ti, Lizzy. Todo con tal de satisfacer a mi prometida.
El demonio carraspeó, furioso.
Lo que Ciel había dicho era un vil y vulgar mentira, raras veces decidía él el menú, generalmente se limitaba a comer todo lo que su mayordomo le pusiera en el plato. Pero lo que más molestaba a Sebastian, no era la mentira en sí, sino quéclase de mentira había dicho el niño: ¿especialmente para ti? Y para colmo de males, tenía que concluir con una frase tan irritante y… despreciable.
- ¡Sebastian! – llamó Ciel. El mayordomo acudió de inmediato - Más té para mi prometida.
Lizzy soltó una tonta risilla, y luego se sonrojó como si le hubieran cubierto la cara con jugo de tomate. No se dio cuenta de la mirada de odio que le dedicaba Sebastian, pues sus ojos estaban fijos únicamente en Ciel. Y él mantenía su mirar fijo en su mayordomo, con una sonrisa de autosuficiencia deslizándose por sus labios.
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Sebastian casi disfrutó retirar los platos de la mesa. Ciel tenía demasiado que hacer como para quedarse charlando después de cenar, y entonces Lizzy tendría que regresar a su habitación y quedarse allí hasta la mañana siguiente, hasta el momento en que Ciel tuviera tiempo… Oh, pero Sebastian se encargaría de que no tuviera tiempo.
- Fue una estupenda cena, ¿no lo crees, Sebastian? – dijo de pronto Ciel, sin perder la sonrisa autosuficiente.
- Por supuesto que lo fue, Bocchan. Yo la preparé.
- No intentes pasarte de listo – advirtió Ciel con gesto calculador, como si de verdad tuviera planeado un terrible castigo para ese tipo de situaciones -. De cualquier modo, mañana podrás tomarte un descanso. Lizzy y yo cenaremos en Buckingham.
¡La fiesta! Sebastian la había olvidado por completo, estaba muy ocupado mirando con odio a Elizabeth y teniendo pensamientos estúpidamente posesivos respecto a Ciel como recordar ese insignificantemente importantísimo detalle.
El joven conde detuvo su andar abruptamente y se volvió para mirar a Sebastian. Se le veía absolutamente entretenido.
- ¿Qué es esa expresión? – le preguntó al mayordomo - No puede ser… ¿Acaso tú… acaso Sebastian Michaelis olvidó algo?
Y para terminar de humillar al mayordomo Ciel liberó una mordaz y sonora carcajada.
Esa fue la gota que derramó el vaso.
- ¡No tientes a tu suerte, niño! – rugió Sebastian, y de nuevo azotó a Ciel contra la pared, pero esta vez no había ninguna doble intención en su voz.
Ciel batallaba para respirar, Sebastian lo tenía sujeto por el cuello y lo miraba a través de unos ojos rojos que brillaban en un rostro cada vez más oscuro…
- De-de… ¡Detente…, Se-bastian!
Cada vez era más difícil inhalar, y los pulmones del niño comenzaban a ejercer una dolorosa presión dentro de su pecho. Por más que boqueaba y boqueaba, Ciel no conseguía aire, y su rostro se tornó pálido y sus mejillas violáceas. Los puñetazos que impactaba en el pecho de su mayordomo no surtían ningún efecto, pues éste se volvía más demoniaco a cada segundo que pasaba.
Y Sebastian no lo soltó hasta que perdió la consciencia y se desplomó delicado y flácido en sus brazos.
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Después pasó algo inexplicable (o casi inexplicable): el complejo de culpa.
Mientras Sebastian llevaba a Ciel en brazos hasta la habitación, no pudo evitar que sus pensamientos revolotearan acosados por un asfixiante sentimiento de culpabilidad. Se había dejado llevar, lo cual no era inusual ni reprochable, después de todo él era un demonio, pero… no dejaba de pensar que había actuado precipitadamente y contra la persona equivocada. No debía descargar en Ciel la ira que sentía por causa de Elizabeth, eso estaba… mal… ¿Mal?
¿Desde cuándo él tenía consciencia de bueno y malo? Los demonios no tenían más que una visión de las cosas, así era desde el inicio de los tiempos: un punto de vista y miles de maneras de actuar para lograr una sola meta. Pero desde que Sebastian se hallaba al servicio de Ciel había aprendido a ver las cosas de diferentes maneras, y ahora, por increíble que pareciera, estaba consciente de que él estaba obrando mal. Si todo demonio debía de actuar mal, ¿por qué se sentía él tan incómodo al respecto?
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Ciel liberó un jadeante suspiro entre sueños, regresando a Sebastian a la realidad. Por poco y el demonio pasa de largo ante la habitación del joven conde.
Rápidamente Sebastian entró, manipulando la puerta con sumo cuidado para no perturbar a Ciel, inconsciente en sus brazos. Lo recostó sobre la cama y le abrió la camisa para observar las marcas rojizas y purpúreas que el apretón de su mano enguantada había dejado en aquel pálido y elegante cuello.
A pesar del incidente, el niño ya había recuperado la normalidad al respirar, y su rostro, aunque blanco como mármol, volvía a revelar la ecuanimidad y belleza de un ángel esculpido.
Era demasiado para resistirlo.
Sebastian se quitó los guantes, y puso sus heladas manos sobre la piel nívea de su dormido amo. Era tibia, suave, y absolutamente deseable. Retiró toda la camisa; el pecho del niño se mostró ante él, puro y palpitante de vida, nada había que perturbara su inocencia salvo la marca hecha a hierro y fuego por sus captores de antaño. Sebastian lo miró, literalmente lo devoraba con los ojos.
Unos segundos se limitó a la observación, pero transcurrido ese insignificante lapso de tiempo, simplemente las cosas fueron irrefrenables. Sebastian se inclinó junto a Ciel, y atrapó esos labios entre los suyos. Ciel murmuró algo entre sueños, posible señal de que no estaba del todo inconsciente. Un espasmódico escalofrío recorrió todo su pequeño cuerpo, y Sebastian lo siguió con súbita delicadeza, plasmando pecaminosos besos aquí y allá, y Ciel respondiendo con suspiros somnolientos, pero que no dejaban de reflejar un algo de placer.
Sólo mediante ese embriagante impulso podría el demonio acallar las insoportables voces de su recién adquirida consciencia.
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Sebastian ni siquiera se dio cuenta de la hora que era hasta que se hubo obligado a abandonar a Ciel en su alcoba, solo a su suerte con sus sueños húmedos.
Una sonrisa de autosatisfacción iluminaba su rostro, que para esas alturas no tenía nada de demoniaco, todo lo contrario: aparecía tan expresivo que se le hubiera podido confundir con un humano.
Justo cuando Sebastian se atrevía a pensar que nada podría arruinar su magnífico estado de ánimo, al menos hasta la mañana siguiente, el destino quiso recordarle que estaba equivocado, que era un demonio y debía actuar como tal.
Unos ligeros pasos tenían eco en el pasillo, tan tenues pero a la vez torpes que delataron que no se trataba de alguien silencioso, sino de alguien pequeño que no haría mucho ruido con su andar normal y descuidado. Elizabeth se aproximaba.
Al cabo de un par de segundos su pequeña y rubia figura apareció entre las sombras, temblorosa al resguardo de una única vela. La chiquilla era una miedosa, y aún así se aventuraba en mitad de una noche fría y oscura con tal de ver a Ciel. Sebastian se irritó a más no poder, pero se tragó las maldiciones que le venían a la mente.
- ¿Qui-quién anda… ahí? – tartamudeó Elizabeth, apretando el candelabro con las dos manos para no dejarlo caer.
- Sólo soy yo, lady Elizabeth – dijo Sebastian, tan neutro como le fue posible.
- Qué alivio, me asusté terriblemente – suspiró la rubia, y con lo que Sebastian tergiversó como descaro, le dio el candelabro para que él lo sostuviera mientras ella se encaminaba libremente al cuarto de Ciel.
- ¿Qué cree que hace? – replicó Sebastian con voz fría.
- Debo ver a Ciel. Me pareció escucharlo gemir durante la noche…
- Le aseguró que no fue a causa de pesadillas o malestar de ningún tipo.*
Lizzy se detuvo en seco al no entender qué era lo que quería decir Sebastian. Si había algo que ella no sabía identificar, eran la insinuación, el sarcasmo, la crueldad y la ironía. En su pequeño y rosa mundo no había espacio para el doble sentido.
- No puedes estar seguro, Sebastian – dijo ella en lo que pretendía ser un tono aleccionador -. Nadie puede entender a Ciel mejor que yo. Mejor dicho, nadie más que yo puede entenderlo.
- ¿Ah, sí? – si Lizzy hubiera sabido prestar atención a los sutiles detalles, se habría percatado de que algo peligroso se deslizaba entre las palabras monosílabas de Sebastian. Se habría percatado también, de que el pasillo se estaba oscureciendo.
- Así es. ¿Y sabes por qué? – dejó escapar una risilla aguda e ingenua - ¡Porque soy su prometida!
Dio unos brinquitos alegres al tiempo que aplaudía…
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…El pasillo se oscureció por completo, y después de uno de esos brincos, los pies de Elizabeth no volvieron a tocar el piso. Un ahogado gritito desgarró el silencio, pero no fue seguido por un eco, de modo que nadie lo escuchó, ni siquiera Puru-puru, que dormitaba afuera de la mansión.
- Cuando pronuncia palabras que son veneno, lady Elizabeth, debería de saber que terminará o bien quemándose los labios o muerta a causa de los efectos secundarios.
Elizabeth no podía respirar, y lágrimas brotaron de sus ojos con inusitada facilidad. Qué sencillo resultaba asustarla, a diferencia de Ciel, que aun a pesar del fuerte apretón de Sebastian en su garganta no se había dejado intimidar: no dejó correr ni una sola lágrima, y en ningún momento cesó de revelarse contra su mayordomo, se dio el lujo de golpear y dar órdenes incluso segundos antes de perder la consciencia. En cambio Elizabeth empezó a llorar dos segundos después de que Sebastian la atacara.
Otro excelente motivo por el cual ellos dos nunca debían de estar juntos: la personalidad de Elizabeth era débil y mimada, mientras que la Ciel estaba llena de una fortaleza y atractivo indescriptibles…
El demonio no agarró a la rubia por el cuello con tanta fuerza, no le convenía que se desmayara tan pronto, y disminuyó tanto la presión que Elizabeth pudo hablar.
- ¿Qué está pasando? – le preguntó entre sollozos. Sebastian no pudo evitar que una sonrisa cruel y sarcástica se deslizara lentamente por sus labios.
- A estas alturas del partido, ya debería saber, lady Elizabeth, que la palabra prometida me irrita en demasía.
Elizabeth lo miró con unos ojos verdes inundados de la estupefacción más pura.
- No puede reclamar algo que no le pertenece, mi lady – se burló Sebastian, y apretó con más fuerza -. Su alma, su cuerpo, su mente… Todo de él me pertenece, ¡Ciel Phantomhive es mío!
Elizabeth gritó por el dolor, pero su quejido se acalló en un santiamén, porque la poderosa mano de Sebastian le arrancó el aire con tremenda fuerza.
- Y aunque intentes hacer gala de títulos robados, Lizzy – sus palabras se tiñeron de desprecio como sus ojos de brillante sangre -, nadie podrá robarme a Ciel… Ni siquiera él mismo podrá borrar mi marca de su ojo…
Y justo en el segundo antes de que Elizabeth perdiera la consciencia, Sebastian volvió a decir, como queriendo dejar las cosas más que en claro:
- Ciel es mío…
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Elizabeth se despertó con un grito de terror, asustando a Paula, que dormitaba junto a su cama.
- ¡Elizabeth-sama! – exclamó ella - ¿Qué sucede? ¿Acaso tuvo pesadillas?
- ¿Pesadillas?
Elizabeth se sorprendió al caer en cuenta de que estaba en su cama, con el fuego de la chimenea crepitando somnoliento frente a ella. Al mirar la ventana con las cortinas cerradas supuso que aún era de noche, lo cual constató al ver la hora en el reloj. ¿Todo había sido un sueño? ¿Los gemidos de Ciel? ¿El diabólico Sebastian?
¡Claro! ¿Qué otra cosa podrían ser?
Elizabeth suspiró y, tras tranquilizar a Paula con unas palabras, volvió a recostarse sobre el almohadón. Qué sueño tan absurdo y extraño había tenido. Se quedó dormida al poco tiempo.
Pero en los auténticos sueños, la atormentó el recuerdo, y a la mañana siguiente, Elizabeth Middleford en verdad sentía que no tenía ningún derecho de estar junto a Ciel Phantomhive.
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Ciel de nueva cuenta se levantó mucho antes que su mayordomo entrara en la habitación para despertarlo. Comenzaba a descubrir, con mucha vergüenza, que cada vez que su mayordomo lo excitaba se le iba el sueño. Así pasó la noche que tan lejana parecía en que Sebastian lo besó, y así había pasado también la noche anterior. ¿Qué había pasado? Sebastian lo había… Sí, lo había amenazado, lo había lastimado, se había revelado contra su amo. Ciel debería de estar furioso…
Entonces, ¿por qué durante la noche no había hecho más que soñar con Sebastian? Y qué sueños. En la mente de Ciel ambos se encontraron en el estudio, mirándose fijamente, esperando el momento en que Sebastian por fin reclamaría su tan preciada alma. Pero cuando se acercó a Ciel para devorarlo, no lo hizo en el sentido esperado, todo lo contrario: lo había rodeado de seductoras caricias, para finalmente besarlo tras pronunciar las palabras "Aún no".
Y en mitad de un abismo negro, inundado de oscura y placentera niebla, le había arrancado mucho más que el alma…
Ciel sacudió la cabeza, no quería recordar más. Quería olvidar. Pero cada vez que miraba su entrepierna volvía la humillación, porque su cuerpo aún se imaginaba bajo el embriagante aliento de Sebastian…
"¿Pero qué estupidez estoy pensando? ¿Qué me pasa?"
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Entonces se abrió la puerta estrepitosamente y tres cabezas (una pelirroja y dos rubias cenizas) se asomaron incómodamente. Ciel escondió las piernas bajo las sábanas y el ojo marcado bajo el flequillo.
- ¿Qué demonios creen que hacen? – rugió contra sus sirvientes. Increíble que, a pesar de estar en pijama, tuvo un efecto imponente sobre ellos.
- No está dormido – chilló Finny -. ¡Les dije que no estaría dormido!
Nerviosos a más no poder, Bard trató de arreglar la situación.
- Nos envió Elizabeth-sama – excusó -. Ella está preocupada por el joven amo y quiso que nos aseguráramos de que está bien…
- Y se ve perfectamente, joven amo – tartamudeó Maylene, con una sonrisa -. Así que ya nos vamos.
- Pero pensé que íbamos a decirle que Elizabeth-sama trajo… ¡Ouch!
Las palabras de Finny fueron interrumpidas bruscamente por un golpe en la cabeza, cortesía de Bard, y una mano en la boca, por parte de Maylene. Ciel comenzaba a irritarse.
- ¡Fuera de aquí! – gritó, más incómodo que enojado, y lanzó uno de sus almohadones contra la puerta. Sus tres sirvientes desaparecieron en seguida, no tan asustados como antes, porque se dieron cuenta de que Ciel únicamente quería estar solo, no era que estuviera molesto.
- No es cortés tratar así a su servidumbre, Bocchan.
¡No! ¡Todo menos Sebastian! Si lo veía así… si descubría lo de los sueños… bizarros, sensuales y húmedos sueños… Y vaya que era evidente. Ciel tuvo que actuar rápido.
- Tú también puedes irte – bendito fuera su frío e indiferente tono de voz, digno de un Phantomhive -. Hoy me levantaré más tarde de lo usual. Vuelve en una hora.
- Pero, Bocchan – y maldita fuera la hipocresía de Sebastian Michaelis -, no puede darse ese lujo el día de hoy. Lady Elizabeth está de visita.
- Ella puede esperar, estoy seguro que lo comprenderá – en este momento Ciel no tenía tiempo de pensar en su alegre prometida, tenía cosas más importantes en que ocupar su mente -. Quiero estar solo. ¡Márchate! – un Phantomhive no es un Phantomhive sin el elegante y mordaz punto final.
Sin haber respondido, Sebastian salió de la habitación, cerrando con llave y de manera innecesariamente lenta la puerta la tras de sí. Elizabeth no vería a Ciel… aún…
Misión cumplida.
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Mientras tanto, Ciel tuvo que esperar media hora antes de recuperar la normalidad, y la dignidad conjunta. No entendía por qué le pasaba eso, pero le quedaba claro que Sebastian se hallaba involucrado. ¿Qué quería el mayordomo de él? ¿Qué quería él de Sebastian?
"Sólo un beso… eso es todo. Pero no es normal"
No era normal, ni siquiera era digno, y además era humillante. Sebastian merecía un castigo por evocar tan escandalosos pensamientos.
Oh, ¡maldición!
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Sebastian le robaría el alma, la inocencia y la vida.
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Nota (de nuevo): No estoy muy segura de cómo fue que pasaron las cosas en este capítulo: empecé con una idea y cuando terminé de escribir la historia había dado un giro totalmente inesperado, pero me gustó ese giro. No sé, creo que Sebastian tiene muchas cosas que aclarar, y Ciel necesita madurar un poco para reconocer sus sentimientos.
Y por más que lo intento… No, nada. No logro compadecer a Elizabeth.
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El siguiente capítulo está en progreso, pero hay tanto por pasar en el mismo contexto, que lo presentaré en dos partes. Y, a todas las amantes del yaoi, se aproxima mucho amor yaoi… y después el drama más total. Equilibrio, ya saben.
Y por cierto, perdón por la nota ta larga del principio. Necesito decir las cosas, así soy.
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Y ahora viene la parte favorita del fic: ¡Los agradecimientos!
Mil gracias a:
maryshion, Princesa Lunar de Kou, Millenia, mirnadei,
alobleu, Tsuki Hanasaki, Medianoche, Meru-Nyan,
Ginebra216, BeaBitterness, Love-girl2015, Mariuki-chan,
Lady-Ciel. PM-SasuHina, YO, Carmen, ErukaLevill, Kuromi-xan.
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Les agradezco por los reviews largos del capítulo 5, no hay nada que me motive más para seguir escribiendo. Y BeaBitterness, tu review de ese capítulo estuvo épico, Gracias. Y ErukaLevill, es genial que compartas mi enfoque con eso de ser un niño, Gracias.
Pero de verdad a todos gracias por su incondicional apoyo, ¡Los adoro!
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Dejen review si les gustó.
