"Ruleta Rusa".

Kuroshitsuji, Sebastian x Ciel.

By: Sinattea.

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Disclaimer: Kuroshitsuji no me pertenece, y aunque adoraría que Sebastian y Ciel me pertenecieran, son propiedad el uno del otro.

Summary: Una serie de eventos que culminó en un beso… Y a raíz de eso Ciel ha decidido poner a prueba la verdadera lealtad de Sebastian con una extraña idea: intentar suicidarse. ¿Cómo reaccionará el mayordomo ante estos atentados?

Nota: Síp, parece ser que inconscientemente sigue ese maldito récord de no actualizar, pero ¡hey! actualicé "El Gato Phantomhive", eso no se veía desde, creo, semana santa…

Pero volviendo a lo nuestro, confieso que esta historia es mi favorita, y disfruto muchísimo escribiéndola. Espero que ustedes disfruten leyéndola y sean capaces de perdonar a esta pobre despistada que a menudo piensa más ideas de las que puede escribir.

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Por cierto, advertencia: para poder continuar con este fic, necesitaré que me comenten ideas en los reviews, ya entenderéis por qué…

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Así que… ¡A leer se ha dicho! Muchísimas gracias por tomarse el tiempo de seguir este drama.


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Capítulo 7: Antifaces.

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Pero la marea de eventos bizarros no había hecho más que empezar.

Es decir, Ciel recuperó la normalidad a tiempo del regreso de Sebastian, y la rutina de aseo y arreglo cotidiano volvió. Sebastian actuaba de nuevo como el mayordomo perfecto que era (habiendo satisfecho la noche anterior todos sus deseos demoniacos por un tiempo), y Maylene estaba alegre y nada desastrosa, casi como una criada normal, a excepción del hecho de que no paraba de cantar (terriblemente desafinada, pero muy feliz) por toda la mansión. Bard y Finny, en cambio, se habían aislado en la cocina para discutir no sé qué cosas, Sebastian no tuvo interés en averiguarlo.

De no ser por las visitantes, el día hubiera podido transcurrir normal, sin incidentes.

Pero como ya se dijo, la marea de eventos bizarros en la agenda no había hecho más que empezar.

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Cuando Ciel bajó a desayunar-comer (se retrasó aún más porque tuvo que terminar de una vez por todas los asuntos relacionados a Funtom), Paula lo recibió con una especial y enorme sonrisa que, para el raciocinio de Ciel, no auguraba nada bueno. Además la doncella castaña vestía un traje de camarera, negro con encajes blancos, y tenía un corazón rojo pintado en su mejilla izquierda.

Sebastian fingió no notar el atuendo inusual de Paula, aunque desde que la vio entendió lo que le esperaba a Ciel, y decidió que sería muy entretenido de ver.

- ¿Y esto? – inquirió Ciel con desdén, sentándose ante una mesa anormalmente exenta de comida - ¿Dónde está mi desayuno?

- Lady Elizabeth tiene otros planes, Bocchan – respondió Sebastian, increíblemente tranquilo.

De acuerdo, tal vez el periodo de paz y armonía con Ciel y Elizabeth en habitaciones diferentes se había terminado. Pero el pronóstico del día para Ciel era en verdad tan bizarro y bochornoso, que, por más que lo intentó, el demonio no pudo ponerse de mal humor.

Sebastian prosiguió con su explicación.

- Así que, por órdenes explícitas de la señorita Elizabeth, la comida – (Elizabeth tuvo que desayunar sola debido a la tardanza de Ciel) - se servirá en el salón de fiestas.

- Por favor, sígame – invitó Paula -. He sido designada para llevarlo a su destino – dijo con una enorme sonrisa, la misma que, en la interpretación de Ciel, no auguraba nada bueno. Aunque para alguien normal, sólo sería una sincera y linda sonrisa.

- ¿Y por qué no ha venido Elizabeth en persona por mí para llevarme a mi destino? – a Ciel no le gustaban las sorpresas, y como prueba su voz sonó cruel y fría.

La sonrisa de Paula se desvaneció momentáneamente, mas se esforzó por recuperarla al instante. Tuvo que juguetear con su cabello para relajarse.

- Yo… no lo sé, ella no quería venir. Pero no es de sorprender porque está muy ocupada preparando todo.

Oficial. Ciel interpretó bien la sonrisa. Se trataba de una sorpresa de Elizabeth, por eso había llegado a la mansión con tanta maleta.

Disimulando un bufido, el joven conde se puso en pie y siguió a Paula a través de la mansión. Bueno, en realidad siguió a Sebastian, porque él tuvo que tomar la delantera luego de que Paula diera vuelta en los pasillos equivocados tres veces. La muchacha se disculpó con una sonrisa algo torpe, ruborizada.

Finalmente llegaron a la sala de fiestas, y al entrar, Ciel por poco y lo lamenta; de no ser porque tenía tanta hambre, quizá hubiera dicho que no y hubiera salido corriendo. De cualquier modo, últimamente se le daba actuar muy poco acordemente a su linaje.

Elizabeth había convertido el salón en una especie de mundo de listones, decorado por todos lados con lazos y moños de todos los colores y texturas existentes. Sobre la mesa central, que antes sostenía una colección de antigüedades Phantomhive, estaba servida la suculenta comida con una magnificencia magistral. Al menos algo en ese cuarto lo habían hecho las manos de Sebastian, saltaba a la vista, porque era lo único que no brillaba con polvos plateados y rosas. Elizabeth estaba colocando flores en jarrones, obviamente aún no satisfecha con la decoración. ¿Qué más cambios quería hacerle al salón? ¿Un agujero en el muro? Finny ya había hecho uno una vez.

- ¿Elizabeth-sama? – llamó Paula. La aludida se volvió al instante, con una sonrisa que no era la mitad de grande de lo normal.

- ¿Qué te parece? Es una decoración hermosa, ¿verdad?

- ¡Absolutamente, lady Elizabeth! – le contestó la chica.

- ¿Pero qué has hecho con mi salón, Elizabeth? – gruñó Ciel, adelantándose unos pasos para acercarse a la mesa.

Antes de que pudiera tomar algún bocado y metérselo a la boca, Elizabeth lo tomó del brazo y le plantó un beso en la mejilla.

- Ayer me llamabas Lizzy – susurró -. ¿Qué pasa hoy, tuviste un mal sueño?

- Ciertamente soñé más de lo que me hubiera gustado – respondió Ciel, y miró de soslayo a Sebastian.

- Sé qué te ayudará a olvidarlo. La fiesta en Buckingham es hoy, así que nos dedicaremos a preparar tu vestuario – Ciel hizo una mueca, puesto que era innecesario, seguro que Sebastian ya había elegido algo - porque es una fiesta de disfraces.

- ¡¿Qué? – el conde sintió una bofetada con una mano helada - ¡Pudiste haberme dicho eso ayer!

- No te preocupes, sé que no tienes disfraces, así que me he tomado la libertad de conseguirte unos – aclaró ella, malinterpretando por completo la inquietud de Ciel.

Ciel trató de explicarle que ese no era el problema, pero algo no lo dejaba concentrase. Sebastian reía a carcajadas en una lejana esquina del salón, humillando a su pequeño amo tanto como lo había hecho por la mañana al entrar en su habitación.

Paula se acercó con un atuendo color esmeralda en un brazo y un traje azul en el otro.

- Y hoy, antes de irnos a Londres – fue explicando Lizzy con una sonrisa que tenía un toque de mandona -, elegiremos tu disfraz ¡con una pasarela!

- Sebastian-san, ¿podrías hacernos el favor de llevar al conde Phantomhive a la otra habitación y prepararlo? – pidió Paula, temblando de pies a cabeza. Imposible de saber si era por el nerviosismo de dirigirse a Sebastian de esa forma tan osada o por la emoción de ver a Ciel con los disfraces.

Todos sabían que la única persona que tenía el derecho y la habilidad de arreglar la apariencia física de Ciel, era precisamente Sebastian. Así que, fingiéndose honrado, Sebastian accedió y llevó a su amo a través de una puertecita lateral a una de las salitas de estar, donde ya estaba dispuesta una decena de diferentes disfraces, todos con sus respectivos zapatos y accesorios.

Ciel no estaba disfrutando nada con la situación, pero saltaba a ojos vistas que Sebastian sí. Y eso lo hizo enojar tanto que empezó a fingir que estaba maravillado con la idea de Lizzy y complacido con su elección en los disfraces, lo que terminó por hacer enojar a Sebastian. No obstante, la pequeña venganza del demonio llegó pronta y sutilmente, porque, siendo él quien vestía a Ciel, no perdió oportunidad de desconcertarlo con una que otra caricia completamente fuera de lugar.

Pero lo sucedido en la sala de estar se quedó dentro de ella.

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Fuera, en el salón de fiestas, Lizzy y Paula esperaron, congregadas junto a Maylene, Finny, Bard y Tanaka-san, todos emocionados por la improvisada pasarela. Cada vez que Ciel salía con un disfraz, tenía que caminar entre los listones, fingiendo una sonrisa cuando Elizabeth se lo pedía, y se le permitía comer algo luego de que el jurado allí reunido desechara el atuendo como opción para la fiesta.

Hubo de todo: pirata, diablillo, príncipe, soldado (el favorito de Ciel, porque le permitía cargar una pistola a juego), arlequín, ángel (desechado al instante), y un montón de trajes extravagantes y hermosos que no representaban nada en concreto, y cuyo complemento ideal eran máscaras y antifaces.

Al final sólo quedaron dos finalistas: el disfraz de arlequín y uno de los trajes con antifaz. Tras una apasionada deliberación, todos estuvieron de acuerdo en que el misterio del antifaz iba más acorde con la personalidad de Ciel, y el ganador fue un hermosísimo y elegante traje púrpura y tinto, con broches dorados y un antifaz con piedras brillantes y algunas plumas. "Pudo haber sido peor" pensó Ciel.

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Elizabeth se preparó con un vestido color turquesa y un montón de piedras preciosas azules en su cabello, que por primera vez llevaba recogido en una sola cola de caballo y no en dos. Cuando Maylene le preguntó de qué era su disfraz, le dijo que se trataba de una náyade, tema que se había puesto muy de moda en Italia. En un principio Elizabeth pensó en ponerse el disfraz que fuera a juego con el que vistiera Ciel, pero tras la incómoda noche en la mansión, sentía que no era una buena idea.

Cuando estuvieron listos para partir, envueltos en chalinas y abrigos de piel para protegerse del molesto frío de esas fechas, Ciel tuvo una última orden, un último rescate de su dignidad de conde y amo.

Sebastian estaba por subir al carruaje, cuando…

- No, Sebastian – habló Ciel, por debajo del antifaz, especialmente diseñado para disimular su parche negro -. Tú te quedas aquí.

- Es mi obligación ir con Bocchan a donde sea que se dirija.

- Esta noche no – Sebastian estuvo a punto de replicar, furioso, pero Ciel le cortó la palabra -. No quiero que vengas conmigo, no quiero que seas mi mayordomo esta noche, y más importante aún: NO quiero ver tu cara en Buckingham. Es una orden.

A Sebastian no le quedó más opción que bajar las escalerillas del carruaje y ver en iracundo y humillante silencio cómo Ciel se marchaba en el carruaje con Elizabeth. No tardó ni medio segundo en comprender lo que su amo se proponía: él no iba a estar para protegerlo, Ciel intentaría suicidarse esa noche. Tan concentrado estaba en su odio que se olvidó de respirar por un tiempo (no es que los demonios lo necesiten mucho), y el vaporcillo que emanaba de su cuerpo no era vaho, sino humo blanco.

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Regresó a la mansión con el orgullo herido y la ropa helada. Cuál no fue la sorpresa de los sirvientes cuando vieron al mayordomo entrar por la puerta, solo.

- ¿Qué pasó? – preguntó, increíblemente, Tanaka - ¿Problemas con el joven amo?

Sebastian se quitó la gabardina encogiendo los hombros, restándole importancia.

- Me ha dado la noche libre, igual que a ustedes.

- ¡Qué bien! – festejó Finny - Hemos pensado hacer nuestra propia celebración, jugaremos cartas y ajedrez. Aunque yo no sé jugar ninguna de las dos cosas.

- Beberemos algo y finalmente podré estrenar mi pipa para fumar – añadió Bard.

- Y cuando sea tarde, contaremos historias de terror junto al fuego – terminó Maylene, contenta a más no poder -, y asaremos malvaviscos.

- ¿En la chimenea? – Sebastian alzó las cejas, sorprendido.

Tres cabezas con ojos brillantes asintieron con infantil júbilo.

- ¡Sí! ¿Te unes a la fiesta? – preguntaron.

- No, gracias – respondió Sebastian con una amabilidad tan nueva como su consciencia. Nunca había pensado que, de hecho, le agradaba tener allí a los tres torpes pero alegres sirvientes. Hacían que todo fuera menos dramático -. Tengo planeado salir esta noche… Y quizá ustedes puedan ayudarme a prepararme.

Aunque teñida de genuina sorpresa, la felicidad se volvió mayor.

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Comparado con el Palacio de Buckingham aquella noche, todas las decoraciones pasadas y futuras de Elizabeth eran una mera niñería. El lugar resplandecía con luces titilantes: azules, violetas, rojas, blancas, creando matices completamente asombrosos sobre la ya de por sí bella arquitectura. Por todos lados había pendones y estandartes, con los escudos de armas de las familias de la nobleza. Estatuas de mármol, bronce y hielo, flores de todos los colores y aromas, mesas larguísimas atiborradas de exquisitos festines. Músicos disfrazados y meseros disfrazados y bufones vestidos en sus ropas habituales que parecían estar disfrazados. La Reina Victoria no había escatimado en gastos para esta fiesta, y por un segundo Ciel se preguntó "¿Qué hace tan especial este evento?".

El enorme salón estaba lleno de gente conocida para Ciel, por todos lados veía rostros excesivamente maquillados, pero inconfundibles, y reconocía voces. Se encontró incluso con la baronesa Arlington, vestida de ocre, terracota y dorado, esplendorosa con su cabello en rizos y su desvergonzado escote, con ondas de maquillaje dorado en torno a sus ojos. Ese día, la dama parecía más codiciada y coqueta de lo normal, de modo que sólo saludó a Ciel agitando la mano y se marchó a la terraza con uno de sus pretendientes. "Qué extraño que ella se comporte así". Normalmente, debido al negocio de los trenes, siempre intentaba acercarse al niño y hacerle conversación, pero esa noche no.

- ¡Ciel! ¡Mira quiénes están aquí! – llamó Lizzy, lo tomó de la mano y se lo llevó a otro lado del salón.

Perdidos entre el público de uno de los bufones, estaban Soma y Agni, aplaudiendo ante los trucos y gracias. Ambos vestidos con exquisitos trajes reales de la India. Al igual que pasaba con los bufones, la ropa normal de ambos era considerada un disfraz en la Inglaterra Victoriana.

- ¡Ciieeeel! – chilló Soma en el segundo que vio al conde, corrió hacia él y lo abrazó, levantándolo del suelo, como si fuera un juguete. El niño agradeció que llevara puesto un antifaz, quizá nadie lo reconocería, o quizá no le prestaran atención en medio de tantas otras máscaras.

- Soma-sama, tenga más cuidado, podría lastimar al conde – reprendió Agni, sonriendo -. Buenas noches, amo Ciel.

- Hola, Agni – jadeó él. Fue la respuesta más breve que se le ocurrió, ideal cuando estaba tan falto de aire.

Finalmente Soma soltó a Ciel, lo saludó y se dedicó a contarle todos los detalles de su vida, desde que compró una casa con un jardín enorme hasta que se enfermó de un resfriado hacía dos semanas.

- Hace tanto que no te veía – le dijo -. Qué bien que hayas venido a la fiesta.

- Me sorprende verte aquí – se sinceró Ciel.

- ¿De qué hablas? Soy de la realeza, hindú, pero nobleza al fin y al cabo. Además, Agni preparó mucha de la comida para el festín, así que somos invitados obligatorios y con derechos – dijo Soma con mucho orgullo.

- ¿Tú cocinaste? – preguntó Elizabeth a Agni. Él asintió.

- ¡Deberías probar su comida! ¡La mano de dios, traída desde la India! ¡Ven! – invitó Soma a Elizabeth, y si había algo que esos dos compartían, era el comportamiento infantil y vivaz. Así que ambos se marcharon alegremente en dirección a la mesa de buffet.

Agni y Ciel se quedaron solos. La oportunidad que el hombre de pelo blanco esperaba desde hace una hora, pero que la charla de su amigo y señor no le había permitido.

- Le noto algo turbado, amo Ciel – dijo. El niño trató de negarlo, pero no pudo -. Es evidente.

- Nunca me han agradado las fiestas. Las considero una pérdida de tiempo y de capital.

- Puede que tenga razón, pero presiento que no es eso. Por cierto, ¿dónde está Sebastian-san? Es extraño que aún no haya tenido la cortesía de pasar a saludar.

Ciel sintió una punzada en el pecho, pero se contuvo.

- Sebastian no ha venido a la fiesta.

- ¿Por qué? – Agni agrandó mucho los ojos por la sorpresa.

- Porque no quise que lo hiciera.

- Y como siempre, él tomó su palabra como ley – entendió Agni, desviando la mirada.

- Así es – hubo algo tan seco y tan frío en la voz de Ciel, que quedó más que clara la implícita instrucción de "Déjame solo".

- Jyo Agya - Agni reverenció con la cabeza y se marchó a buscar a Soma.

El príncipe hindú había entablado conversación con algunos nobles, y sorprendentemente se habían caído bastante bien. Así que ahora compartían algunos chistes, comida, y Soma fue designado como el juez en una competencia de resistencia, de modo que Agni lo encontró gritando "¡Fondo, fondo!" mientras dos nobles trataban de beberse una botella completa de vino antes que el otro. Con un suspiro resignado, Agni se unió a ellos para vigilar a Soma y a Elizabeth. Ciel había desaparecido entre la multitud.

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El joven conde vagó entre personas que pretendían ser quienes no eran y que querían ocultar lo que verdaderamente eran. Por todos lados se encontraba con escenas extrañas: por aquí un hombre bailaba con una sirvienta de cuerpo voluptuoso; en el sofá de esa esquina una dama, evidentemente casada, se besaba con alguien que, por su juventud, se notaba que no era su esposo; por allá tres mujeres bebían desenfrenadas; y en aquel rincón, un grupo de hombres jóvenes se divertía contando chistes vulgares. ¿Era esa verdaderamente la nobleza de Inglaterra?

Durante un minuto Ciel permaneció hundido en pensamientos sobre hipocresía y honor, buscando alguna explicación a lo que veía, pero toda lógica se esfumó de su mente cuando vislumbró otra peculiar escena: un hombre, apuesto, alto, de aproximadamente cuarenta años, besaba con pasión a un mozuelo apenas diez años más grande que el mismo Ciel. Y qué beso le estaba plantando, literalmente se lo comía, y a nadie parecía importarle. Es decir, claro que llamaron la atención y muchos se detuvieron a mirar (corrección, a criticar), pero nadie hizo nada por detenerlos. Y allí seguían, el hombre y el muchacho, disfrazados de militar y dios griego, compartiendo besos y caricias sin restricciones.

Ciel rememoró aquella helada noche, que tan lejana parecía, en que Sebastian, sin motivo, sin aviso, lo tomó entre sus manos y le dio un beso. Quizá exento de la descontrolada pasión del beso que en ese momento veía, pero fue lo suficientemente intenso como para dejarlo confundido y tembloroso durante semanas.

"Sebastian…" pensó con anhelo Ciel. ¿Dónde estaba Sebastian?

Se había quedado en la mansión, justo donde Ciel lo dejó, y ahora probablemente pasaba el tiempo pensando en nuevas formas de confundir y herir a su amo, porque para Sebastian lo único que importaba de Ciel era su alma, y cuanto antes la obtuviera, qué mejor.

Ese cruel pensamiento sacudió a Ciel, paralizándolo en medio del salón. La gente pasaba junto a él, ignorándolo, empujándolo, y de pronto el chico recordó que la vida era apestosamente insignificante. Que el único gran logro, sería controlar lo inevitable: la muerte.

El deseo de suicidarse volvió a anidar en el pecho de Ciel, agitando sus alas destrozadas y sus garras cual navajas, desgarrándole el corazón. ¿Podría de verdad él ser tan ínfimo para Sebastian, valer sólo como un premio?

Qué pensamiento tan deplorable.

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Entonces, por primera vez, la bizarra noche tuvo una pizca de cordura.

- Bien, bien. Pero qué personalidad tan memorable tenemos aquí.

Esa voz… era definitivamente conocida. Ciel regresó al mundo.

- ¿Lau?

Y allí estaba, disfrazado como Gengis Kan, con un dramático maquillaje. RanMao estaba vestida de concubina árabe, algo que, pensó Ciel, iba extrañamente acorde con ella.

- ¿Y qué demonios hacen aquí? No conozco nada más por debajo de la nobleza que tú.

- Qué palabras tan rudas, conde. Me sorprende que le dejen decirlas… – Lau aún no terminaba de hablar cuando miró a su alrededor y se percató de la total ausencia de Sebastian, así que mejor se calló - ¿Dónde está el mayordomo?

- Fuera de aquí, y eso ya no es de tu incumbencia – gruñó Ciel -. ¿Y bien? No has respondido a mí pregunta. ¿Qué haces aquí?

- Fui invitado para prestar entretenimiento – Lau giró la cabeza de RanMao y, cuando sus miradas se cruzaron, ella asintió vehemente.

- No entiendo qué clase de entretenimiento puedes ofrecer tú. Lo único que sabes hacer es suministrar opio.

- Precisamente mi mejor talento es el que pongo a disposición de estos nobles.

Ciel descifró rápidamente el significado de las palabras del chino, pero eso no hizo más que acrecentar el misterio. El opio como parte de una fiesta real era imposible, aunque de serlo explicaría por qué todas las personas actuaban tan extrañas, tan desinhibidas. También explicaría la fina capa de niebla blanca sobre el piso del salón.

- ¿La reina te lo permitió? – jadeó un incrédulo conde Phantomhive.

- Me invitó expresamente. Al parecer quiere que esta noche sea inolvidable.

- ¡Ja! – Ciel tuvo que burlarse, un efecto de la droga era precisamente la mala memoria.

Pero Lau no pareció ofendido con la burla, todo lo contrario, se mostró estupefacto en una forma bastante peculiar. Soltó a RanMao, a quien había abrazado por la cintura todo el tiempo, y apartó a Ciel ligeramente de la multitud.

- ¿Eso quiere decir que todavía no lo sabe? – preguntó al menor, con una irritante entonación condescendiente.

- ¿Saber qué?

- Porque esta fiesta es tan especial – el silencio de Ciel lo dijo todo -. Hoy es el aniversario del día en que la reina Victoria conoció a su difunto esposo, Albert. Para celebrar ha dispuesto que esta noche sea de gozo absoluto, sus exactas palabras fueron "amor por la vida". Y al parecer, tanto entre ricos como entre pobres, la alegría de vivir se entiende como excesos y experiencias.

- La reina no está aquí – hizo notar Ciel, y finalmente lo comprendió todo -. Es una noche sin reglas.

- Una noche para el placer y el desenfreno.

Al menos eso explicaba el desvergonzado y pecaminoso comportamiento de todos los presentes. Bueno, de la mayoría de ellos.

Esa era la oportunidad perfecta para cumplir las fantasías, liberar las represiones y cometer cuanta locura y deseo se cruzara por la mente. Los casados cometían adulterio, las mujeres puras se vestían provocativas, las solteras flirteaban con cinco pretendientes a la vez. Podían hacer lo que quisieran, y no estaría mal hasta la mañana siguiente. Una oportunidad preciosa.

- Es la oportunidad perfecta para descubrir las debilidades de mis enemigos – dijo Ciel de pronto, casi felizmente -. Seguro que podré reunir información importante sobre ellos…

- ¿Y usarla para chantajearlos? – Lau pareció escandalizado - No, conde. Lo que pase esta noche en Buckingham se queda en este momento y lugar. Y nunca saldrá.

- ¿Y desperdiciar la oportunidad de aprovecharme de sus debilidades?

- Piense que tal vez ellos también descubran sus debilidades esta noche.

- Yo no tengo debilidades – se apresuró en decir Ciel, con mirada de hielo.

Lau casi pareció sonreír. ¿O fue un efecto de la luz?

- Porque no las ha traído esta noche – dijo -. Hay demasiado en juego, ¿de verdad piensa correr el riesgo?

Sin quererlo, Lau dio justo en el clavo. Él se refería a que, como llevaba el antifaz, Ciel era una persona diferente, con debilidades diferentes (o en su defecto, sin debilidades). Pero Ciel lo interpretó como que el chino se refería a que, por no estar Sebastian allí, no existían en ese momento sus debilidades. Y ese fue otro desagradable pensamiento que empeoró la noche.

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"Es hora" se dijo a sí mismo Ciel.

Tal vez debería buscar a Elizabeth y despedirse, pero ¿valía la pena? Mejor que pasara lo más rápido posible, sin explicaciones y sin dudas.

Ciel abandonó el salón principal de Buckingham y buscó por los pasillos donde se escondían amantes furtivos hasta que encontró las escaleras al resto del palacio. Subió hasta el último piso y salió a uno de los balcones. La música aún se escuchaba nítida, pero afortunadamente la distancia ahogaba las conversaciones.

De modo que solamente estaban Ciel, la música y las luces de Londres sobre el Támesis. Esa noche no había luna, como si el mismo astro hubiera concedido el permiso de cometer desenfreno en la oscuridad. Si Ciel saltaba en ese momento, nadie lo vería morir, nadie lo oiría gritar, serían goces únicos y exclusivos para su persona y que nadie más merecía compartir. Con menos temblorosas mientras que pies firmes, Ciel subió a la barandilla del balcón.

Era hora.

- Esto es lo que pienso de tu estúpido contrato, Sebastian.

Ciertamente debería haber pensado en algo más poético para sus últimas palabras, pero ¿qué importancia tenía ya? Su fin sería épico, no tenían por qué serlo sus palabras.

Ciel se giró de espaldas al vacío (no quería que su cara se destrozara contra el pavimento, quería que lo reconocieran, que supieran quién se había anticipado a la muerte) y se dejó caer…

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Nota (de nuevo):Síiiii, me gusta este capítulo… ¡Suspenso! Dato curioso (por el cual me odio a mí misma) este capítulo estaba terminado desde el momento en que actualicé el capítulo 6, pero como quería terminar la segunda parte antes de publicarlo, por eso permití la demora. Pero no he podido con la segunda parte.

Así que recurro a la ayuda de vosotros, estimadísimos lectores (lectoras ;P):

¿Qué les gustaría que pasara entre Sebastian y Ciel esta noche sin reglas?

Especifico que, a causa de cierta timidez escritora y para cuidar la trama a futuro, no puede haber lemmon, pero sí lime y cuanta otra locura se les ocurra.

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Una pequeña aclaración: que no se malentienda que me agrada Elizabeth. La odio con el alma y el corazón desde su primera aparición en anime y manga, es el tipo de personalidad con chispitas y florecitas que choca con mi forma de ser (síp, me identifico extrañamente tanto con Ciel como con Sebastian). Y no importa qué tan mal la trate, no la compadezco y sigo gruñéndole. ^^ ¡Viva el SebasCiel!

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Y mis más sinceras disculpas por tardanza y agradecimientos de corazón a…

Tsuki Hanasaki, Meru-Nyan, Love-girl2015,

Andyy' de Lioncourt, Princesa Lunar de Kou, mirnadei,

Cheyxx, Crosseyra, neko-chan tsukiyomi michaelis,

ai-chan, kami-chan, BeaBitterness

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En verdad este fic es muy querido para mí, y además, no sé… Es una trama diferente, y me encanta que los reviews de esta historia siempre son más sustanciosos y no me canso de leerlos una y otra y otra vez, hasta que son las cuatro de la mañana y me arden los ojos. Todos sus comentarios significan mucho para mí y me hacen sentir muy feliz, compensan todas las cosas malas que pasan en el día, la semana y el mes.

Sé que últimamente no he respondido reviews como solía hacerlo, pero prometo tratar de mostrar más mi agradecimiento de ahora en adelante. En serio que me inspiran y muchas gracias por eso.

Y cero que ver con este asunto, pero… ¡Viva Antonio Banderas y el Gato con botas! Tenía que decirlo.

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Dejen review si les gustó.