"Ruleta Rusa".

Kuroshitsuji, Sebastian x Ciel.

By: Sinattea.

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Disclaimer: Kuroshitsuji no me pertenece, y aunque adoraría que Sebastian y Ciel me pertenecieran, son propiedad el uno del otro.

Summary: Una serie de eventos que culminó en un beso… Y a raíz de eso Ciel ha decidido poner a prueba la verdadera lealtad de Sebastian con una extraña idea: intentar suicidarse. ¿Cómo reaccionará el mayordomo ante estos atentados?

Nota: Normalmente iniciaría disculpándome por la tardanza al publicar, pero creo que hago eso tan seguido que la disculpa ha perdido su efecto. (Sí, soy impuntual ¡y a mucha honra!) Así que ahora me disculparé por algo diferente: Perdón porque… no hay lemmon. No pude escribirlo, y me temo que no logré llegar a lime… pero ¡hey! prometo que me esforcé y que el drama lo compensará… de una manera oscura y sufridora… Sí, algo así…

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Y otra cosa que me parece importante mencionar antes de… Me alegra muchísimo tener solamente lectoras, porque estoy segura que si los hombres leyeran fics con tendencias yaoi se desternillarían de risa al ver lo cursis que escribimos a las parejas gay…

Como sea… ¡GRACIAS POR LEER!


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Capítulo 8: La noche es joven.

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El abrazo de la muerte era frío, lo mismo que el aire londinense; húmedo.

Todo parecía tan rápido y a la vez tan lento. Un final corto para una vida corta. Era ideal.

Pero tuvo que llegar él.

Tuvo que llegar y tomarlo entre sus brazos un par de metros antes de que tocara el suelo. Tuvo que llegar y decirle con su inconfundible y seductora voz que estaba a salvo, que había venido a salvarlo. Pero Ciel sabía que todo eran mentiras. No salvas a alguien a menos que te importe, y él no le importaba en nada…

- ¡Suéltame! – rugió contra Sebastian, y pataleó hasta caer al suelo, libre de sus brazos. No era la manera en que pretendía llegar a tierra firme.

Eso no debía de haber pasado, Sebastian no debía de estar allí. Tendría que haberlo dejado morir. Las órdenes fueron claras… No, no tanto como la primera vez.

- ¡No deberías estar aquí! – gritó, llamando la atención de las personas que vagaban por allí - ¡No deberías estar aquí!

Pero no sentía deseos de enfrentar a Sebastian, ni siquiera tenía la fuerza para sentirse enojado en ese momento. Estaba en shock.

A paso rápido, Ciel volvió a entrar en el salón de la fiesta, pero Sebastian le dio alcance y lo retuvo contra una de las puertas. ¿Es que nadie de los que entraban y salían se daba cuenta de la escena? ¿No iban a ayudarlo, a intervenir? Hoy no.

- ¡Me desobedeciste! – despotricó Ciel, retorciéndose en un desesperado intento de soltarse del agarre de Sebastian.

- No es así, Bocchan.

¿Le arruinaba la muerte y encima se reía? De acuerdo, ahora sí que Ciel comenzaba a estar energúmeno.

- Te ordené que… – pero Sebastian lo interrumpió.

- Me ordenó no venir con usted, de modo que me limité a viajar detrás de usted. Dijo que no quería ver mi cara y lo que usted está viendo es una máscara…

Por primera vez, Ciel descubrió que Sebastian iba disfrazado, con un traje rojo sangre que le ceñía perfecto, y un antifaz mitad rojo mitad negro sobre su rostro. De alguna forma, eso lo tranquilizó. Luego Sebastian se hincó para quedar a la altura de Ciel.

- …Y más importante aún – Sebastian rió ante la obvia diferencia en el orden de sus prioridades -, me ordenaste no ser tu mayordomo por esta noche, así que seré tu amante, Ciel…

- ¿Qué…?

Y por fin volvió a pasar… Antes de que Ciel pudiera tomar aire, Sebastian lo besó. ¡Lo besó!

Al principio tímidamente Ciel respondió moviendo los labios, cerrando los ojos muy lentamente. Conforme el placer lo fue embriagando, se entregó con menos reparos a la habilidosa boca de Sebastian. Sus lenguas danzaron a un ritmo más frenético que el de la música, y sus manos se buscaron y encontraron con igual velocidad.

Era maravilloso. Simple y sencillamente era estupendo, la mejor experiencia que Ciel hubiera vivido jamás…

Y Sebastian no se quedaba atrás. Sin pensarlo cambiaría mil años de inmortalidad, contratos y almas por tener otro momento como aquél con Ciel…

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No separaron sus bocas hasta que un chillido de excitación los arrancó del abismo lejano y negro donde se habían hundido en el placer y los trajo de vuelta al mundo real. Un grupo de mujeres (presumiblemente muchachas de la ciudad disfrazadas para colarse en la fiesta) los habían visto besándose al pasar por la puerta y no pudieron evitar emocionarse y murmurar entre ellas por detrás de los abanicos.

Sin saber el por qué, Ciel inusitadamente prorrumpió en risas. Era un sonido cristalino y claro, como campanillas de hielo. Ciel no había reído en años, no desde que sus padres murieron y él fue tratado como ofrenda y esclavo.

Al escucharlo, Sebastian no pudo evitar abrazarlo de forma posesiva. Nunca lo había escuchado reír así, tan bella y honestamente; sólo estaba familiarizado con la risotada sarcástica y fría. Esa risa era para él, era suya por pertenecer a Ciel, las mujeres que los observaban tenían que largarse en ese momento y dejarlos solos. Ellas parecieron captar la indirecta en la atmósfera tensa y se marcharon agitando sus abanicos y mandando besos y guiños. "Son adorables – decían unas -. Son sensuales – decían otras", todas ellas parecían fascinadas por la prohibida muestra de afecto que acababan de presenciar.

- ¿Ha-hablan de nosotros? – Ciel estaba boquiabierto, sorprendido en forma estúpida. Deseaba que nadie lo hubiera visto con Sebastian, lo mataba de la vergüenza mostrar su lado… sentimental. Pero esa noche no le importó tanto aquel detalle.

- Me parece que sí – sonrió Sebastian de forma sibilina, sacudiendo los hombros.

Ciel intentó volver a reír, pero esta vez no lo consiguió, porque como era costumbre en las últimas fechas lo había asaltado una duda.

- ¿Y ahora qué pasará? – preguntó. Cómo deseaba tener la respuesta, pero en ese momento el futuro no existía, no había nada más que la noche.

Sebastian se puso en pie y apretó al chico contra sí.

- Bailaremos y disfrutaremos de una noche sin reglas.

- Es un buen plan.

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Ver a un hombre y a un muchachito como pareja en la pista de baile normalmente hubiera sido inaceptable, una aberración absoluta, pero en esa noche tan bizarra, sólo era una sorpresa más.

Después de una docena de valses con los que Ciel constató que se le daba mejor el baile cuando usaba los pasos de la dama, el joven conde cayó en la cuenta de lo hambriento que estaba. No había desayunado y no comió apropiadamente por estar desfilando en pasarela, y obviamente no había cenado, así que entrelazó sus dedos con los de Sebastian y lo llevó hasta una de las mesas de buffet.

La gente les cedía el paso y los miraban con ojos muy abiertos y brillantes, y luego murmuraban entre ellos. Hablaban con admiración, porque entre todas las cosas descontroladas y pecaminosas que podían hacerse esa noche, esos amantes habían cometido la más espectacular de todas. Pero nadie llamaba a las cosas por su nombre, las palabras correctas resultarían demasiado terribles, demasiado prohibidas, conducirían al escándalo y romperían a trizas la magia de la noche. El silencio era la mejor opción. El silencio y la niebla blanca.

Claro, la magnífica niebla: un bello regalo del lejano oriente. Nadie sentía tantas ganas de atreverse a desafiar las reglas y exprimir hasta la última gota del jugo de la vida como cuando ese espeso y fragante humo les anegaba la mente.

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Ciel se dirigió a una mesa en la que el buffet consistía solamente en postres. Al llegar, Sebastian no pudo evitar observar los platillos con ojo crítico y hacer mil comentarios sobre cómo esos postres eran imperfectos y pueriles comparados con los suyos. Ciel puso los ojos en blanco y suspiró de forma burlesca.

- Cállate de una vez. Recuerda que esta noche no eres un mayordomo – dijo, y tuvo el valor de silenciar las críticas de Sebastian con un beso.

El demonio cambió las palabras por una mirada lujuriosa. Mientras, Ciel elegía pastelillos y chocolates para degustar. Pero como esa noche nada debía ser simple, el joven conde decidió que era necesario jugar a algo antes de comer.

Veamos… ¿Qué sería una buena idea hacer?

- Si yo fuera tú, empezaría por las fresas – le dijo una voz. Ciel se volvió para encontrarse con el muchacho disfrazado de dios griego.

El chico era alto, con cabello castaño y una mandíbula muy cuadrada. Le sonrió a Ciel con lo que parecía un gesto de comprensión. Luego se agachó hasta quedar a la altura de sus ojos, los cuales estudió con detenimiento, y descubrió el parche en el ojo escondido bajo el antifaz.

- Tú eres el conde Phantomhive, ¿cierto? – preguntó el muchacho. Ciel no respondió, y transformó su rostro en una mueca arisca -. No hay ningún problema – añadió -, soy George, heredero del duque de Leicester. Tú y yo somos más parecidos de lo que imaginas.

- No te atrevas a pensar que me conoces – amenazó Ciel. Acto seguido se volvió para mirar a Sebastian, quien observaba la escena pero no intervenía; sus labios y sus manos revelaban un estado de reflexión profunda, parecía analizar muy cuidadosamente la situación.

- Yo también estoy comprometido con una chica a la que no quiero, ni siquiera soporto pasar tiempo junto a ella. Pero debo casarme si quiero mantener la reputación y riqueza de mi apellido. Y él – George señaló a su amante, quien se acercaba con un par de copas en las manos - es viudo, pero su esposa se encargó de entrenar a su hija para que nos mantuviera vigilados. Yo estoy a punto de casarme y Damian aún debería estar de luto, yo tengo veinticuatro y él cuarenta y tres: nuestro amorío es prohibido lo mires por donde lo mires.

- ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

George Leicester hizo una mueca de exasperación.

- Sabes exactamente lo que quiero decir, niño. No desperdicies el tiempo; eres joven y tienes la oportunidad de solucionar las cosas y hacer lo que se te plazca. Sé que no querrás pasar el resto de tu vida escondiéndote bajo una máscara.

Finalmente Ciel entendió lo que el joven duque de Leicester intentaba decirle. El brillo en ojos de Sebastian indicaba que él se hallaba completamente de acuerdo.

- Entonces… ¿qué decías sobre las fresas? – dijo Ciel. George le sonrió.

- Te sugeriré un juego.

George tomó una fresa cubierta con chocolate y se la colocó entre los dientes. De improviso, su pareja llegó y tomó la fresa de su boca, plantándole un beso en el acto.

Ciel quedó encantado con la idea. Inmediatamente agarró la cereza de uno de sus pastelillos; Sebastian no necesitó permiso ni aviso para robársela de la boca.

- El chico tiene buenas ideas – dijo el demonio con un deje de sarcasmo una vez hubieron roto el beso. Luego se llevó los dedos a la boca y extrajo el tallo de la cereza, que estaba convertido en un perfectísimo nudo -. Este juego es tan viejo como el mundo – explicó a Ciel -, los que pueden amarrar el nudo con la lengua tienen talento en dos cosas: seducir y besar.

- ¡Quiero probar! – exclamó Ciel, tomando otra cereza y arrancándole el tallo con los dientes, pero no tuvo éxito en ese su primer intento.

La sonrisa de Sebastian ante el fracaso del ojiazul era burlona y mordaz, manipuladora en una palabra. Era como si ya se lo esperara de antemano.

- Necesitarás más práctica – sentenció con el mismo tono de voz que usaba cuando impartía las lecciones de violín o baile -, y afortunadamente tienes un maestro…

Y se hundieron en una exhaustiva lección sobre cómo se utiliza artificiosa y magistralmente la lengua.

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No todos en la fiesta la estaban pasando tan bien como Ciel y su demonio. Soma se había quedado dormido en un mullido sofá, dejando a Elizabeth sola y aburrida junto a Agni, quien se negaba a hablarle porque no quería que la confusión del momento lo traicionara y accidentalmente mencionara los dos secretos que en ese momento custodiaba: uno, las sospechas sobre el joven conde; y dos, la confirmación de sus sospechas al verlo en brazos de alguien extrañamente familiar en la pista de baile.

Después de una hora de intento de conversación con Agni que terminó en monólogo, Elizabeth se sintió oficialmente aburrida. Era por mucho la más joven de las invitadas, y no veía a nadie que pareciese apto para hacerle compañía. Todo lo contrario, quería evitar cualquier contacto con los demás nobles, porque todos se comportaban de manera pavorosa (y confusa para alguien tan ingenuo como ella misma).

- ¡Ya es suficiente! – gimoteó con su vocecita aguda, y se puso en pie golpeando el piso con sus pequeños tacones - ¡No me gusta aquí y quiero irme! ¿Dónde está Ciel? Qué fiesta tan decepcionante – pero Agni no le respondió, sólo la miró con ojos exánimes - ¡¿Dónde está Ciel?

- Me temo que… ehm… No lo sé, Elizabeth-sama.

- Entonces ayúdame a buscarlo – exigió ella, con la voz media octava más arriba, pues se había dado cuenta de que Agni no le decía la verdad: el hindú era demasiado fácil de leer, hasta para ella.

- Tampoco en eso puedo serle de ayuda, Elizabeth-sama. Yo debo permanecer al lado de mi señor – señaló a Soma, feliz y dormido, acurrucado entre almohadones y con sueños extraordinarios impulsados por el aire aromático del opio.

- ¡Eres un pésimo mayordomo! – espetó Elizabeth, con lágrimas en los ojos -. Paula no me dejaría sola, incluso Sebastian me ayudaría con algo tan simple.

Y con esta declaración que ella daba por cierta, se dio la media vuelta y se adentró en el mar de personas y niebla, buscando a su prometido con premura. No debería ser difícil reconocerlo, después de todo ella le había escogido el disfraz; claro que el estúpido humo blanco hacía las cosas más difíciles. "Concéntrate, Lizzy" se apremiaba la rubia a sí misma. Solamente había que encontrar el antifaz púrpura con plumas tintas…

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La noche había avanzado más rápido de lo sospechado, pero incluso con el tiempo escurridizo y veloz como agua corriente Ciel ya había logrado acumular una buena cantidad de "nuevas" experiencias. Entre el baile, los (cada vez más ardientes) besos, las caricias y los lascivos jueguecillos… Era definitivo que esa fiesta la recordaría por siempre, desde su crudo principio hasta su inesperado final.

Y por cierto, ¿cómo iba a terminar esa fiesta? Ojalá y no terminara nunca.

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Lo perfecto hubiera sido poder quedarse en ese extravagante salón, en brazos de Sebastian, con la niebla blanca hasta la altura del cuello, bailando al sensual ritmo de la música que cada vez se tornaba más exótica y atonal, casi como música de burdel; quizá los músicos a esas alturas de la fiesta también estuvieran un poco pasados de copas.

De vez en cuando, Ciel y Sebastian se topaban con George y Damian, su pareja, en la pista de baile y se detenían a charlar. Una sola vez George Leicester osó mencionar a Elizabeth, cuando preguntó cuál había sido la estratagema usada por Ciel para deshacerse de ella y poder pasar la noche con su amante. "Con gente tan tonta como ella no se necesitan estratagemas" aseguró Sebastian en tono despectivo.

Al escucharlo, Ciel sintió una punzada de culpa en el interior del pecho; la forma en que se había estado portando con Elizabeth durante los últimos días había hecho enojar muchísimo a Sebastian. Quizá pudiera recompensarlo de alguna manera por la falta de atención, por las estúpidas peleas ráfaga y por el sombrío estado de ánimo…

Ciel había notado que varias parejas iban desapareciendo poco a poco del salón para escabullirse hasta las escaleras que llevaban al resto del palacio. Incluso George y Damian se marcharon en esa dirección luego de hacer notar que se hacía tan tarde que en realidad ya era temprano.

- Tienen razón – declaró Sebastian, mirando a lo lejos para captar una pizca de cielo a través de los ventanales -. No falta mucho para el amanecer; un par de horas.

El joven conde dirigió su mirada hacia donde su pareja, pero no logró distinguir ninguna señal que le indicara la hora de la madrugada. Seguramente eran sutiles matices en la oscuridad del cielo que solamente un demonio podría discernir.

- Nunca me han gustado las cuentas regresivas – dijo Ciel, mortalmente serio. Se inclinó un poco y besó a Sebastian en el cuello. Luego le costó un poco volver a hablar, pero finalmente obligó a su boca a formular las palabras -. Sebastian… hay… una última cosa que me gustaría que… me enseñaras… esta noche.

Sebastian clavó su mirada en la pequeña figura acurrucada entre sus brazos. Le costaba creer que Ciel pudiera estar refiriéndose a "eso", pero estaba absolutamente seguro de que, en efecto, así era. Una parte de él (porque recordemos que desde hace una noche este demonio resultó tener consciencia) deseaba negarse, porque Ciel aún era un niño y nada más, aunque buena parte del tiempo intentara hacer creer lo contrario. Pero otra parte se daba cuenta de que nunca en la vida de ambos volverían a vivir una noche como aquella, sin reglas, sin límites, sin papeles ni prejuicios. Nunca Sebastian volvería a estar dispuesto a actuar como un humano, nunca Ciel volvería a estar dispuesto a dejarse llevar. Podía ser demasiado pronto, pero sería la única oportunidad. La única en una eternidad.

- Te enseñaré todo lo que haga falta, y prometo que nunca olvidarás esta lección…

Entonces ambos se encaminaron hacia las escaleras, esquivando gente pero tan sumergidos el uno en los ojos del otro que ni siquiera se daban cuenta de ello. Sebastian subió un par de escalones, y Ciel lo siguió con un poco de torpeza, como si se comenzara a perder en un trance, cuando…

- ¡C-i-i-e-e-e-l! – gritó una agudísimas voz - ¡Conque aquí estabas! Soy tan feliz de encontrarte, llevo buscándote horas… ¡Volvamos a casa, esta fiesta no me gusta!

- Elizabeth – jadeó el conde, girándose al instante.

Allí estaba su prometida, al pie de la escalera, con una sonrisa bobalicona y una mirada de cachorro. Ella no reconoció a Sebastian, ni le interesaba reconocerlo, con haber encontrado a Ciel no necesitaba más preguntas ni respuestas. El niño estaba paralizado, con los ojos abiertos como platos y la misma expresión de quién ha sido condenado a la sentencia más terrible por sólo una minucia. Elizabeth era su sentencia.

Sin saber por qué, Ciel ya había comenzado a avanzar hacia ella cuando el eco de una voz le resonó en la cabeza: George Leicester. "Sabes exactamente lo que quiero decir… no querrás pasar el resto de tu vida escondiéndote bajo una máscara".

Ciel detuvo su andar en seco. No necesitaba volverse para saber que Sebastian tenía la misma expresión de frío acuerdo que esbozó en presencia de George.

"No seré prisionero toda mi vida" decidió Ciel, y su expresión cambió del todo.

- ¿Dices que llevas horas buscándome, Lizzy? – preguntó con indiferencia.

- Sí, quiero que regres…

- Lamento que hayas desperdiciado tu tiempo en vano – interrumpió él. Elizabeth enmudeció de la sorpresa: nunca antes Ciel le había interrumpido en mitad de la frase -, pero no tienes ningún derecho a buscarme.

- ¿De qué hablas, Ciel? Somos prometidos, hay que pasar todo el tiempo juntos…

- Ése es el problema, Lizzy, no somos prometidos – Ciel sacudió levemente la cabeza de un lado a otro, acentuando la negación, y su rostro se fue volviendo más y más indiferente conforme transcurrían los segundos.

- ¿Q-qué quieres d-decir con e-so? – tartamudeó Elizabeth. De pronto sentía ganas de llorar…

- ¡NO ME CASARÉ CONTIGO!

Fue justamente uno de esos momentos en los que, casualmente, todo el mundo alrededor guarda silencio para tomar aire, y las palabras se escuchan veinte veces más fuerte de lo que deberían. El grito de Ciel se escuchó por todo el salón, y ahora él y Elizabeth eran el centro de la atención absoluta. No había par de ojos que no los estuviera mirando en ese momento. Todos se enterarían de que el compromiso estaba anulado, y aunque eso significara que sabrían de inmediato quién era él (podían reconocerlo fácilmente ahora que lo asociaban a Elizabeth, quien no llevaba máscara), el detalle no pareció importante en el momento.

- Ya me escuchaste: ¡NO PIENSO CASARME CONTIGO, ELIZABETH! Estoy rompiendo nuestro compromiso: a partir de este momento dejas de ser mi "prometida", ¡y yo no soy tu prometido!

- Ciel… – Elizabeth rompió a llorar, y todos en el salón la observaron mientras retenían el aliento.

Con las mejillas sonrojadas por la súbita explosión (y expresión) de emociones, Ciel se dio la media vuelta y subió la escalera, adelantando a Sebastian. El mayordomo no apartaba su mirada pétrea de la niña rubia que sollozaba al pie de la escalera.

Al ver a Ciel que se alejaba, Elizabeth pareció regresar a la vida y sus piernas se tambalearon en un patéticamente fallido intento de correr tras él.

- ¡Ciel, espera! – gimoteó - ¡No me dejes…!

Mas Ciel no quería esperar, había pasado demasiado tiempo haciendo lo que otros esperaban que hiciera. Por una noche, se sentía libre, y no pensaba seguir sacrificándose para cumplir las expectativas de otros. Desde muy pequeño alguien más decidió que se casaría con Elizabeth Middleford. Pues bien, él no quería estar con ella.

De modo que hizo algo increíblemente cruel. Miró a Elizabeth, luego a Sebastian, y cuando estuvo seguro de que la rubia los miraba a ambos (aún sin reconocer al mayordomo), Ciel jaló a Sebastian por el cuello del disfraz y le plantó un intenso beso. Naturalmente que el demonio no desaprovechó la ocasión de un juego labial desenfrenado y descarado en grado sumo.

Elizabeth se echó de rodillas al suelo y lloró aún más desconsolada. Los espectadores estaban atónitos, y no sabían si acercarse a consolar a la jovencita o si alejarse y discutir entre ellos el jugoso chisme.

- Vámonos, antes de que amanezca – dijo Ciel en tono mandón después de que Sebastian dejó de morderle los labios.

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Se alejaron de las luces del salón, y corretearon entre los pasillos besándose afanosamente, buscando una habitación vacía. Todo parecía más vertiginoso que nunca, y quizá el tiempo siguiera corriendo a la misma velocidad, pero ellos parecían moverse más deprisa. La cada vez más fina capa de neblina de opio que cubría la alfombra se arremolinaba ante los pasos de Ciel y de Sebastian.

Finalmente encontraron una suntuosa y solitaria habitación al final de un pasillo. Cerraron la puerta con llave y se hundieron en una semioscuridad trémula y seductora: las llamas de la chimenea estaban encendidas. Ciel le quitó la máscara a Sebastian, y por primera vez cayó en la cuenta de lo perfecto que era el rostro de su sirviente, de lo malicioso y atractivo que le resultaba. "Bésame – se atrevió a rogarle por primera y última vez -, bésame y ya". Sebastian no necesitaba que se lo pidieran dos veces, se acercó a Ciel, mirándolo con ardoroso fuego en los ojos, le retiró el antifaz de la cara y luego lo besó con tanta pasión que lo dejó sin aliento.

En aquel recinto no había cama, solamente un diván tapizado con terciopelo verde. Ciel se dejó caer sobre él, mientras Sebastian jugaba con su lengua y le desabrochaba el saco y la camisa. Ciel también intentó desvestir a su "amante" con torpeza, pero era una misión imposible teniendo en cuenta que él nunca había abrochado o desabrochado ropa. Sebastian rió por lo bajo, despegando sus labios; para bien o para mal, su joven amo nunca dejaba de sorprenderlo.

Sonrojándose ante su propia torpeza e inexperiencia, Ciel dejó de intentar emular a Sebastian y le permitió que él tomara toda la iniciativa. El demonio le acarició como hiciera clandestinamente la noche anterior, plantándole besos por todo el cuerpo.

Los contornos de la habitación ahora se apreciaban con mayor claridad, la oscuridad cedió a un gris pálido y la niebla se disipó del todo. Amanecía.

Y entre el placer y el estupor, Ciel comenzó a divagar dentro de sus pensamientos, que ahora eran muchísimo más lúcidos que antes. Todavía no lograba creer que hubiera tenido el valor de terminar su compromiso, y enfrente de toda la nobleza de Inglaterra, y encima de todo se atrevió a besar a su mayordomo como si nada, ¡y enfrente de toda la nobleza de Inglaterra!

¡¿Qué demonios acababa de hacer?

La desinhibición del opio se había ido, el primer pálido rayo de sol entraba por la ventana. La noche sin reglas había tocado a su fin, su magia había muerto.

- ¡Maldición! ¿Qué hice? – exclamó de pronto, sorprendiendo e interrumpiendo a Sebastian -. No puedo creer que… enfrente de todos… ¿Cómo pude…? – tuvo que incorporarse sobre el diván y apartar a Sebastian, que ya comenzaba a lucir bastante molesto, como en los últimos tiempos -. Permitir que me reconocieran… No puedo creerlo, no puedo creer que yo… – Ciel se llevó la mano izquierda a la cara y se cubrió con ella la boca, encontrando increíble todo lo que había hecho durante esa noche. Y además había hecho tantas cosas…

Pero un rincón dentro de su mente no paraba de maldecir contra sí mismo y lamentarse: ¿por qué había tenido que reaccionar justo en ese momento?, ¿por qué la magia del hechizo de aquella joven y larga noche no había durado más tiempo, hasta después de que él y Sebastian hubiera pasado un momento juntos y tenido la oportunidad de aclarar las cosas? ¿Por qué antes y no después?

Sebastian se preguntaba exactamente lo mismo, y su rostro denotaba una decepción sin precedentes, casi como si experimentara un profundo dolor al respecto. No obstante, sabiendo que la noche era ya sólo un diminuto recuerdo perdido en un inmenso pasado, el demonio optó por olvidarlo todo y volver a ser el mismo de antes. Tratar de prolongar lo que ya no existía no tenía ningún sentido. Se arregló el disfraz y se puso el antifaz.

Ciel supo descifrar el cambio de expresiones de su mayordomo, y lo lamentó aún más.

- Sebastian, yo no… No es que no… Lo lamento – balbuceaba.

- También yo – musitó Sebastian por lo bajo, y esa fue la última manifestación que hizo de sus emociones -. Qué aspecto tan indecoroso, Bocchan, no puede regresar así a la mansión. Recuerde que hoy tiene varios compromisos con agentes de Funtom.

- ¿Sebastian? – gimió Ciel, tristemente, al tiempo que el mayordomo volvía a vestirlo.

No obtuvo respuesta.

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Al bajar al salón el ambiente era completamente diferente. Las antes tórridas parejas se despedían entre lágrimas, los músicos guardaban sus instrumentos, los arlequines se retiraban, los sirvientes ya estaban retirando la comida sobrante. Tratando de no pensar demasiado en Sebastian, Ciel buscó a su otro gran error de la noche, pero no vio a Elizabeth por ningún lado. Una de las muchachas que lo habían visto besándose con Sebastian se le acercó tímidamente para avisarle que ella ya se había ido en su carruaje, llorando. Antes de marcharse, la muchacha le dedicó una significativa mirada a Ciel, y le dijo:

- Lamento mucho que ustedes dos no puedan estar juntos.

Tal y como interpretó Ciel, la muchacha no se refería a Elizabeth.

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Sebastian dejó solo a Ciel en Buckingham mientras iba a conseguir un carruaje para que pudieran regresar a la mansión Phantomhive. El niño seguía tan impactado que realmente no acertaba a reaccionar de ninguna forma, parecía un autómata. Por allá lejos en uno de los jardines, vislumbró a George Leicester despidiéndose de Damian, quien le limpiaba las lágrimas mediante besos; pero el acuerdo tácito del secreto que durante la noche había estado vigente ya no era válido durante el día, así que ambos hombres tuvieron que separarse para evitar que los descubrieran juntos.

Finalmente Ciel empezó a reaccionar. Entendía a la perfección el dolor y la asfixiante tristeza que en ese momento sentían sus dos colegas de la fiesta, él mismo la experimentaba en ese momento. La gran y única diferencia, era que George y Damian se tenían el uno al otro, pero él, Ciel, estaba solo. Completamente solo. Sebastian no volvería nunca; incluso si estuviera presente físicamente, él nunca volvería.

Sabiendo eso, Ciel se dejó caer de rodillas al suelo, y hundió el rostro entre las manos.

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Nota (de nuevo): Me gustó este capítulo, síp, me gustó, valió la pena el quebradero de cabeza, porque escribirlo me costó mucho… Siento que hay OoC, pero hasta eso, no me pareció inconveniente, es imposible escribir romance romántico entre estos dos sin recurrir a un poco (muy poco) de OoC. Pero bueno, es porque los personajes están evolucionando, conociendo nuevos aspectos de sí mismos; de modo que es válido.

Ah, sí, y perdón por el final tan deprimente, no sé qué onda con eso, no pude evitarlo…

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Y tampoco pude evitar una proyección: las muchachas londinenses de los abanicos, las que espiaron el beso y luego fueron a dar condolencias… Bueno, digamos que son las amantes del yaoi de la Inglaterra victoriana. ¡Quien se identifique con ellas que levante la mano! (*Yo digo: ¡Presente!).

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Y de nuevo la parte favorita: GRACIAS A…

Love-girl2015, Crosseyra, Andyy' de Lioncourt,

alobleu, neko-chan tsukiyomi michaelis, marie250,

xXCoffee-QueenXx, Princesa Lunar de Kou, Tsuki Hanasaki,

melo-chan-07, lizbeth michaelis, Schantten, carlac94

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Tsuki Hanasaki, felicidades porque adivinaste todo lo que iba a pasar: intento de lime, mucho sufrimiento para Elizabeth y besos apasionados (o mínimo intento de).

Los reviews del capítulo 7 han sido los mejores de todos, voy a imprimirlos, enmarcarlos y ponerlos encima de mi cabecera. Gracias de todo corazón por su tiempo, este fic sigue vivo gracias a vosotros.

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Dejen review si les gustó.