"Ruleta Rusa".

Kuroshitsuji, Sebastian x Ciel.

By: Sinattea.

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Disclaimer: Kuroshitsuji no me pertenece, y aunque adoraría que Sebastian y Ciel me pertenecieran, son propiedad el uno del otro.

Summary: Una serie de eventos que culminó en un beso… Y a raíz de eso Ciel ha decidido poner a prueba la verdadera lealtad de Sebastian con una extraña idea: intentar suicidarse. ¿Cómo reaccionará el mayordomo ante estos atentados?

Nota: Ni siquiera sé cuánto tiempo llevo desaparecida del mundo del fic… Créanme todos que en verdad yo lo lamento más que ustedes. Desearía que la vida fuera fácil, si todo estuviera en santa paz podría dedicarme a escribir la mitad de mi tiempo. Well, whatever, nevermind, diría Nirvana, finalmente logro terminar este crucial capítulo. Oh, sí, CRUCIAL. Así que sin más palabras que decir (me costó tanto escribirlo que me quedé sin palabras) sólo les deseo una feliz lectura. Disfruten… y sufran…


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Capítulo 9: Partida de ajedrez.

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Sebastian regresó a Buckingham poco antes del medio día. Por qué había tardado tanto, Ciel no se molestó en preguntar, a fin de cuentas él fue tratado espléndidamente por la servidumbre real durante el tiempo adicional de su estadía. El mayordomo, ya sin el disfraz, le pidió con un gesto que lo siguiera al carruaje, y el conde lo siguió haciendo un enorme esfuerzo por no empezar a balbucearle excusas o disculpas por su anti-romántico comportamiento al final de la noche.

Pero ¿tendría algún caso que Ciel intentara justificarse? De cualquier modo, ahora era más que evidente que a Sebastian no podría importarle menos todo el asunto.

Ciel no volvió a pronunciar palabra hasta que hubieron llegado a la mansión. No sentía que su boca, ahora privada del pecaminoso néctar de los labios de Sebastian, fuera capaz de decir nada. De cualquier modo no importaba, porque el mayordomo también parecía haber hecho voto de silencio. El viaje fue largo y monótono, el tráfico londinense estaba el doble de atascado debido a tantos nobles que ahora se retiraban de la ciudad.

Lo único que Ciel logró articular en todo el día, al llegar a su mansión, fue: "Cancela todos mis compromisos". Luego recorrió el camino hasta su habitación volviendo a ese estado autómata, ignorando todo y a todos, especialmente a Sebastian. No le importaron las miradas angustiadas y furibundas que le dirigían sus sirvientes. A juzgar por eso y por el silencio de la casa, seguramente Elizabeth ya había recogido sus cosas y se había marchado de la mansión; quizás para siempre. Pero ¿qué demonios importaba Elizabeth?

"Lamento mucho que ustedes dos no puedan estar juntos" le habían dicho aquellas muchachas. Nadie lo lamentaba más que Ciel, y lo lamentaba no por Sebastian, sino por él mismo. Porque esa noche había dejado al descubierto la parte más vulnerable y patética de su ser, porque se había dejado llevar por una emoción que ni siquiera se sabía capaz de sentir, y el resultado fue de lo más cruel y doloroso…

Una vez encerrado en su habitación, la explosión de emociones volvió a hacer presa de Ciel. ¿Cómo se atrevió a pensar que él y Sebastian podrían llegar a estar juntos? ¿Por qué demonios quería que estuvieran juntos en primer lugar? "¡Eres un estúpido! – pensaba, con los ojos escociéndole - ¡Eres un estúpido y estás sólo!". ¿Cómo pudo creer que Sebastian podía llegar a sentir algo por él? ¡Por todos los cielos, si estaba hablando de un demonio!

Y ese amanecer, Ciel finalmente había obtenido su respuesta. El maldito ego demoniaco de Sebastian finalmente le había confirmado lo que él venía sospechando desde el principio: Sebastian no se preocupaba por él, solamente por su alma.

Todos esos besos, las sutiles caricias y los heroicos rescates… No eran más que un juego. Tal vez las almas adquirían mejor sabor cuando habían sufrido en vida, y por eso Sebastian se empeñaba en ilusionar a Ciel para luego romperle el corazón…

Ese fue el peor descubrimiento del día: que Ciel se autodenominara como alguien con el corazón roto. La gota que derramó el vaso. Por más que lo intentó, el niño ya no pudo controlarse. Su reacción fue un arrebato de ira y desenfreno, tuvo que gritar y maldecir a los cuatro vientos, romper cosas, rasgar las cortinas, arrojar libros y todo cuanto tenía al alcance de su mano. Los dolores y tristezas reprimidas desde la muerte de sus padres se liberaron con increíble potencia en un solo segundo. Y a todo eso se le agregaba que la única persona (¿persona?) que Ciel daba por hecho que estaría siempre a su lado ahora se mostraba como un simple interesado: Sebastian no lo quería. Todo era un juego, todo era mentira; una mera estrategia por conveniencia. Ya no le quedaba nada por lo cual vivir.

Y el deseo suicida fue más fuerte que nunca.

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Ciel no pudo calmarse en toda la tarde hasta que oscureció por completo y los recuerdos de la fiesta fueron tan abrumadores que le drenaron la energía. No le quedó más que sentarse en la cama y dejar que sus pensamientos vagaran sin ton ni son, hasta que se perdieran dentro de los sombríos horizontes de su mente.

Muchas de las ideas que surgieron entonces dentro de su cabeza fueron nuevas y asombrosas maneras de quitarse la vida.

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Al día siguiente, la resolución era absoluta. Si Sebastian se creía con el derecho de jugar con él de esa manera, Ciel le regresaría el favor. Ahora más que nunca el chico Phantomhive sabía que tenía que anular el contrato por todos los medios posibles. Esa mañana Ciel se transformó en otra persona: alguien frío, indiferente y con una astucia sádica. Su trastornada personalidad adquirió todas las cualidades de los asesinos que durante años se había empeñado en capturar. Era él, pero a la vez no era él.

Morir era la única opción. La única manera de poner un digno fin a todo esto.

- Buenos días, Bocchan – irrumpió la monótona voz de Sebastian en los pensamientos del niño -. Para el desayuno de esta mañana hay salmón en salsa de menta y un nuevo té importado que Lau ha tenido la amabilidad de enviar. Como guarnición…

- Puedes guardarte tus comentarios – dijo Ciel con voz extremadamente cansada, nunca antes se había sentido tan agobiado -. No pienso probar bocado.

- ¿Acaso piensa hambrearse hasta la muerte, Bocchan? Porque dudo seriamente que le funcione.

- No intentes adivinar lo que pienso o no pienso hacer. Ese no es tu trabajo.

- ¿Entonces, cuál sugiere Bocchan que es mi trabajo? – Sebastian no imprimió emoción alguna en su voz, pero como estaba dándole la espalda a Ciel mientras abría las cortinas se dio el lujo de expresarse mediante su rostro, que denotó consternación.

- Ser un demonio – musitó Ciel, cada vez más cansado -. Eso es todo lo que eres y siempre serás: un demonio… He decidido que es inútil esperar algo más de ti.

- ¿Y qué más puede esperarse de un demonio?

- Nada, ya me lo has demostrado. Y te juro que aprendí mi lección – Ciel se puso en pie sin esperar la intervención de Sebastian, y caminó descalzo hasta la ventana (ni siquiera se dio cuenta de en qué momento luego de haberse quedado dormido en el sofá Sebastian entró y lo vistió con la pijama) -. Esto termina ahora – sentenció.

- ¿De qué está hablando, Bocchan? – ahora Sebastian sí que se dignó a mirar a su amo, pero esta vez fue el menor quien desvió el rostro.

- No tendré este contrato por más tiempo. Y no te quedarás con mi alma.

- ¡No puedes romper el contrato!

- ¿Ah, no? ¿Quieres apostar? El objeto de mi venganza ha cambiado: ya no quiero deshacerme de los asesinos de mis padres… ¡Quiero deshacerme de ti!

Sebastian se quedó entonces estupefacto, experimentando por primera vez en su larga existencia una sensación única y mortal: dolor. En lo más profundo de su ser se formó una herida, infligida por las crueles palabras de Ciel. ¿Deshacerse de él? ¿En qué sentido?

- Lo que quieres es simplemente imposible – aseguró Sebastian.

- No, no lo es. Sé cómo romper este contrato, y sabes que lo haré. Ninguno de los dos obtendrá lo que quiere – nunca antes se había reflejado en ojos de un ser humano tan oscura frialdad. Las ojeras y la cruenta mirada convertían el rostro angelical de Ciel en una macabra máscara de maldad.

- Puedes intentarlo – sonrió Sebastian con cierto sadismo -, pero no lograrás nada.

- Moriré intentándolo si es necesario – afirmó Ciel, y Sebastian fue plenamente consciente de que no mentía -. Así que te propongo… un juego: una partida de ajedrez. De ahora en adelante, estamos en bandos separados. Yo seré mi propio caballo y tú tendrás tu propio rey, negro, por supuesto. Cada quien hará sus movimientos, y ya veremos quién llega al jaque mate.

- No lograrás suicidarte – dijo Sebastian, más a sí mismo que a Ciel.

- Grábate mis palabras: yo nunca he perdido un juego de ajedrez.

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Fue así como por primera vez desde que se forjara el contrato, Ciel y Sebastian pugnaron por objetivos diferentes. El primero buscaría su muerte con ansias, y el segundo trataría de impedirla. Una juego peligroso, una ruleta rusa. Con el resultado final pendiendo de un hilo más fino que el de una araña, y mucho más débil.

Ciel fingió regresar a la rutina de un Phantomhive: encerrarse en su estudio, revisar interminable papeleo, llamar a sus contactos, responder las cartas de la baronesa Arlington. Cualquier excusa laboral era buena para mantener alejado a Sebastian, él nunca se enteraría de cómo o cuándo ejecutaría Ciel su plan. Y lo mejor, el niño tenía una larga lista de planes, desde la A hasta la Z.

Los días se volvieron más nublados y oscuros de lo que acostumbraban, como atendiendo a una misteriosa orden por parte del demonio. Las nubes impenetrables reflejaban el estado de ánimo de Sebastian: turbio, impredecible, y en el peor de los casos, mortífero. Pero las nubes también lloran cuando es necesario, por eso la comparación puede resultar tan precisa.

Sebastian difícilmente podía concentrarse mientras repasaba mentalmente todas las ideas que Ciel podría llevar a la práctica. Se dio a la tarea de revisar cada centímetro de la mansión, asegurándose de deshacerse de cualquier arma homicida en potencia. Pero Ciel siempre estaba un paso por delante de él. Sin que el demonio se diera cuenta, el niño de alguna manera logró cambiar buena parte de las especias por venenos: láudano, cianuro y cicuta sustituyeron al laurel y la hierbabuena. Sebastian no sospechó del plan de Ciel hasta que el niño recuperó el apetito tan súbitamente.

Eso fue lo que más le molestó, porque nunca antes Sebastian había estado distraído (por causas que no fueran peludas y tuvieran bigotes y cola). Esa herida infligida por Ciel le escocía, invadía sus pensamientos expandiéndose como un cáncer. Por primera vez en años Sebastian se daba cuenta de que Ciel ejercía influencia sobre él tanto como él dominaba al niño. La relación de amo y sirviente era recíproca e indisoluble. Y la prueba más irrefutable al respecto fue que Ciel tenía tan buenas ideas como las suyas.

La competencia se volvía cada vez más cerrada: Sebastian descubría los intentos suicidas minutos antes de que pudieran convertir a Ciel en víctima; y como si eso no fuera suficiente, también tenía que estar pendiente de que Maylene, Finny, Bard o Tanaka no cayeran víctimas por accidente. ¿Por qué esos cuatro se empeñaban en parecer estúpidos? ¿Por qué seguían hablando de Elizabeth y su corazón destrozado, no se daban cuenta de que había algo mucho más urgente y peligroso teniendo lugar bajo sus propias narices?

Ciel intentó de todo, absolutamente de todo, sorprendiendo a Sebastian, que a pesar de haber cometido asesinatos incontables durante milenios jamás se habría imaginado que existieran tantas otras formas de matar a una persona. Aunque debió haberlo sospechado, después de todo, los seres humanos son insoportablemente frágiles.

Los atentados más remarcables perturbaron a Sebastian de formas indescriptibles, quien no podía terminar de creer que con sus agudos sentidos demoniacos y sus sobrenaturales talentos no los hubiera adivinado antes. Debió haber previsto que Ciel incendiaría el cobertizo luego de haberse encerrado dentro, debió adivinar que los cuchillos de la comida podían ser usados para cortar todo tipo de carnes, debió prevenir que había más de una manera de asfixiar a una persona, debió haber adivinado que las cartas que enviaba Ciel eran para contratar asesinos profesionales bajo una identidad falsa que lo único que quería era acabar con "Ciel Phantomhive".

Y cada vez que Ciel tenía algo ya preparado, caminaba indiferente hacia Sebastian y le decía en voz mordaz: "Jaque". Y cada vez que Sebastian frustraba el ingenioso atentado, antes de liberar a Ciel de sus brazos, le susurraba al oído: "Jaque".

Así transcurrió un interminable mes, e incluso los otros cuatro sirvientes entendieron para entonces la gravedad del asunto. Cada vez Ciel se sentía más y más cansado, y todos los nuevos intentos le consumían una energía considerable. Era como si su espíritu muriera, abandonado a la oscuridad, mientras su cuerpo seguía con vida, reteniendo a su alma contra su voluntad.

Con el transcurso de las semanas tanto él como Sebastian bajaron el ímpetu del juego, hasta que el desafío parecía ser solamente un sueño mal recordado, pero que sin embargo seguía latente en las mentes de ambos.

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Esa tarde nublada, Sebastian preparó para Ciel un baño de agua caliente. Como habían pasado días desde el último intento suicida, el demonio supuso que, sólo por esa tarde, podrían tomarse una tregua, volver a la rutina de antes. Ciel, vacío y autómata como estaba en las últimas fechas, cedió.

Como solía ocurrir mucho tiempo antes, Sebastian desvistió a Ciel con maestría (en un doloroso silencio) y lo condujo al cuarto de baño, donde el niño se dejó caer en el agua sin fuerzas: exhausto y débil, más frágil que nunca.

- ¿Podrías dejarme solo? – pidió a Sebastian en un susurro.

- Yes, my lord – hace mucho tiempo que el mayordomo no usaba esa frase.

Una vez solo, Ciel se sintió de nuevo como el pequeño e indefenso niño que años antes había sufrido al grado de invocar un demonio. Se supo vulnerable, expuesto, y entendió que no tenía las fuerzas para dominar a su destino. Sólo era un niño, simplemente eso…

Antes de darse cuenta, ya se había quedado dormido en la bañera, y quiso el destino que en lo profundo de su sueño, su cabeza se deslizara por debajo del agua. Ciel despertó por la falta de aire, agitado en movimientos convulsos. Ese tipo de muerte no la había planeado, y su instinto de supervivencia se impuso a su deseo suicida. Intentó levantarse, salir del agua para poder tomar aire, pero simplemente no pudo. Una extraña fuerza lo retenía contra el fondo de la bañera, totalmente sumergido; era como si una mano invisible lo empujara hacia abajo por el pecho. Ciel pataleó y pataleó, golpeó los costados de la bañera con todas sus fuerzas, pero nada de lo que él hiciera podía liberarlo: se estaba ahogando.

Y no había nada que hacer para impedirlo, incluso le pareció escuchar a través del agua una risa nebulosa y femenina. Ciel podría morir después de todo, y rompería el contrato para siempre…

Ni siquiera pudo terminar de enlazar los pensamientos, todo se volvió negro antes de lo sospechado…

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- ¡Ciel!

Invocado por el lazo de su contrato, Sebastian pudo sentir que algo no andaba bien, y volvió junto a Ciel justo a tiempo de sacarlo del agua y obligarlo a regresar de la antesala al mundo de los muertos. Fue la única vez que el mayordomo no disfrutó el roce de sus labios contra los de su joven amo, pero finalmente el aire se extendió por los pulmones del pequeño y lo obligó a escupir agua y jadear con desesperación.

- Jaque – dijo Sebastian, como era de esperar, pero Ciel seguía tan abrumado por el agua en la cabeza que realmente no entendió lo que le dijo.

El demonio se hubiera convencido de que ése había sido otro intento suicida del chico Phantomhive, de no ser por el fugaz detalle que solamente sus ojos de fuego podían captar, algo que se disolvió en la nada con la velocidad del parpadeo y de haber sido un común mortal quien lo presenciara lo hubiera atribuido a su imaginación. El punto es que Sebastian juraría (si los juramentos de un demonio tuvieran algún valor) que en el blanco pecho de Ciel hubo una marca ligeramente más blanca, que delineaba perfectamente la figura de una mano delgada y curva, como si fuese una mano de mujer. Evidentemente no era el sello de las manos del mayordomo.

- ¿Se-seb…Sebastian? – jadeó Ciel mientras volvía a sus sentidos.

El aludido asintió suavemente, considerando que su presencia era una respuesta más que satisfactoria. Envolvió a Ciel en una bata, lo levantó en brazos y lo llevó hasta la cama, donde lo arropó con una delicadeza que no era humana, pero tampoco infernal. Creo que de haber presenciado alguien el momento habría jurado que tal ternura sólo podía concebirse en los ojos de un ser de naturaleza divina. ¿Ironía? Muchos apostarían a que las verdades más crueles de la vida se fundamentan en la ironía.

Ya más tranquilo, Ciel se supo seguro, y por segundos olvidó la auténtica vulnerabilidad de su persona. Ver el rostro de Sebastian con esa expresión de preocupación a tan pocos centímetros del suyo propio le trajo a la mente un recuerdo que horas antes aún le resultaba doloroso: un antifaz, un baile, en un salón encantado…

Como queriendo sellar el efecto del poderoso y abrumador recuerdo, Sebastian se inclinó todavía más sobre Ciel, hasta que sus labios volvieron a tocarse. Como antes, ambos fueron presas de una emoción incontrolable y cálida, y el pequeño Ciel enterró sus dedos entre el oscuro cabello de su mayordomo con una necesidad inquietante, como si no quisiera nunca dejarlo marchar.

Pero la realidad de las cosas no era así. No existía un lazo indisoluble, no debía existir la necesidad de uno por el otro. El problema con la magia es que se conforma solamente de chispas, y tan rápido como inició, termina.

Sebastian y Ciel despegaron sus labios, y sin cruzar una palabra, o tan siquiera una mirada, el joven conde volvió a reposar su cabeza en las almohadas y el mayordomo salió de la habitación.

Aquel beso tuvo el frío sabor de la despedida.

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Pronto llegó la noche, extendiendo un manto de seda negra, espolvoreado con estrellas. No hubo luna, pero tampoco hubo nubes de tormenta, lo cual era un sorpresivo e intenso cambio en el humor de la naturaleza.

Esa noche Ciel tampoco pudo dormir, y poco después de que los relojes de la mansión marcaran las doce, el joven conde se incorporó sobre su lecho, mirando el cielo a través de la ventana cubierta de escarcha. Era una noche fresca, y las cortinas del dosel de su cama no fueron corridas como correspondía, mas no era por eso que Ciel Phantomhive se moría de frío. Eran en realidad sus pensamientos los que lo congelaban. Sus pensamientos de nuevo suicidas, sus memorias llenas de desafíos a la vida y a la muerte. No estaba seguro de qué sintió cuando su cabeza se hundió bajo el agua caliente, y se avergonzaba de su debilidad en el momento, pero sabía con certeza que jamás se volvería a repetir. La próxima vez que la muerte fuera a visitarlo, llevara el disfraz que llevara, Ciel la recibiría con los brazos abiertos, porque no quería seguir siendo un juguete en las manos de Sebastian.

Lo había permitido por demasiado tiempo. Ya no más. Él era un Phantomhive, él era superior. Él no era sólo un niño, era mucho más que eso, y por eso Sebastian deseaba su alma. Esas fueron las únicas certezas que se formaron dentro de la mente de Ciel esa noche. "Yo no dependo de Sebastian".

Muchas veces Ciel se había visto en la obligación de tomar decisiones, de asumir el control de ciertas situaciones desesperadas, de desempeñar un rol de impresionante poder a pesar de su corta edad; siempre con la ayuda de Sebastian, claro está. Ya se había familiarizado con esa sensación de superioridad, al menos una parte de él estaba totalmente acostumbrada a ello. Pero jamás, jamás se había sentido tan libre y tan en control como las veces que estuvo a punto de morir.

Él tenía el poder de poner fin a su vida, lo cual era como tener todo un universo bajo su control y capricho, y solamente él decidía si traspasar esa finísima línea que separaba la vida de la muerte cual hilo de araña.

Y no necesitaba a Sebastian para eso.

Al intentar suicidarse, Ciel se sentía libre de todas las ataduras de ese mundo oscuro, al menos hasta que un ser aún más oscuro y que lo aprisionaba con cadenas inquebrantables le arrebataba el control y decidía mantenerlo con vida. Sebastian nunca lo dejaría morir, eso era impensable porque iba en contra del contrato: Ciel no moriría hasta haber logrado su venganza y saciado su inmenso odio.

- Entonces será Sebastian quien me arrebate la vida – susurró para sí mismo, pero ya no pudo reprimirse más. Dobló las piernas y escondió el rostro entre las rodillas -… ¡Imbécil! – tuvo que maldecir a su mayordomo -… ya me la arrebataste…

"¡Estúpido! ¡Estúpido! – pensó - ¿Sabes en realidad por qué quieres suicidarte?"

Ciel estaba furioso consigo mismo a más no poder, porque él que era frío, egoísta, astuto y temperamental, él que se suponía actuaba impulsado por el odio y la venganza, ahora se hallaba confundido y frustrado, buscando la muerte de forma desesperada porque su "mayordomo" no lo quería. Y ahora actuaba por despecho, buscando venganza contra aquél que no correspondía a sus sentimientos.

- Pero… ¿qué sentimientos? – se preguntó, atónito, y sus ojos se tornaron vidriosos - ¿Acaso siento algo por… por "él"?

Después Ciel ya no fue capaz de contenerse, porque en su interior revoloteaban infinidad de emociones, algunas nuevas y confusas, otras ya conocidas y que se manifestaban con más fuerza que nunca. Pero lo que era un hecho, era que todas esas emociones, absolutamente todas ellas, eran motivadas por Sebastian.

Embargado por una incontrolable rabia, Ciel hizo lo que en años no había hecho: lloró, y las lágrimas candentes le escocían tanto como lo haría el fuego del infierno del cual Sebastian procedía.

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Al otro lado de la puerta, una mano enguantada se apoyaba suavemente contra ésta, tentada a abrirla para así poder posarse sobre aquellos cabellos grises. Sebastian permanecía de pie afuera del cuarto de su joven amo, con el cuerpo en tensión y mordiéndose los labios, con la mirada fija, como si a través de la madera y las cortinas pudiera ver a Ciel… sollozando por él.

Aunque el demonio aparentaba una impasible seriedad, la verdad era que le costaba mucho fingir indiferencia ante el comportamiento de su amo. Especialmente en los últimos meses con ese deseo suicida que se había apoderado del niño. Sebastian torció los labios en una mueca de enojo, y los dedos de su mano izquierda se tensaron sobre la puerta. Le molestaba que Ciel quisiera hacerse daño continuamente, porque él estaba obligado a salvarlo a causa de los términos del contrato, y se daba cuenta de que era más que una partida de ajedrez: el chico lo estaba poniendo a prueba. Pero también, aunque no quería aceptarlo, le molestaba porque se preocupaba más de lo que debía por ese niño; se preocupaba como si Ciel fuese importante. Y lo peor es que, en efecto, era muy importante para él.

Y pensar que Ciel podía morir resultaba doloroso, porque era sinónimo de perderlo.

Perturbado por el miedo que se apoderaba de él (se suponía que los demonios no tenían emociones), Sebastian desvió la mirada, y no pudo evitar enfocarla en su mano izquierda. Ciel volvió a lloriquear y a maldecirlo a él, y por ello fue que el mayordomo alzó la otra mano y se quitó el guante blanco, revelando el tetragramatón símbolo del contrato. Observó fijamente la estrella, y siguiendo el curso de sus veloces pensamientos, llegó a la conclusión de que tal vez, sólo tal vez, era posible que un demonio experimentara los sentimientos humanos… Porque era lo que Ciel le hacía experimentar.

Todas esas veces había salvado a Ciel por motivo del contrato, pero se había dado cuenta del peligro debido a algo completamente diferente. La preocupación que sintió al sacarlo inconsciente de la bañera, por ejemplo, no tuvo nada que ver con desear el alma del niño.

Ahora ese contrato había perdido parte de su significado; no era por su causa que Sebastian protegía a Ciel, tampoco era por eso que el demonio quería entrar en la habitación y brindarle consuelo a su Bocchan, mirando a sus ojos (una vez) completamente azules para abrazarlo y volverlo a besar…

- Ciel… – pronunció por lo bajo, apoyando ambas manos sobre la puerta, recargando su fría frente sobre la fría madera, frunciendo su perfecto rostro en un gesto de dolor.

Sentía dolor por Ciel.

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Repentinamente, su agudo oído demoniaco percibió un sonido de pasos. Era muy tenue, pero allí estaba. Sebastian se incorporó muy erguido y miró hacia el final del pasillo, mosqueado.

Para cuando una cabeza pelirroja se asomó al pasillo, todo rastro de la incursión nocturna del mayordomo había desaparecido.

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El sonido del llanto de había amortiguado, porque Ciel había hundido la cara en su almohada y ahogado sus sollozos. Las lágrimas todavía le nublaban la visión, y se dejó caer de costado sobre el colchón abrazando la almohada fuertemente contra su cuerpo y su rostro.

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Sebastian se había convertido en su venganza, en su motivo… y en su muerte.

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Nota (de nuevo): Hago énfasis en la palabra "muerte". Imaginémosla escrita con sangre, en mayúsculas, y en letra gótica old english text o parchment. Lamento que después del amor del capítulo ocho llegue con este sufrido drama, pero la vida es una montaña rusa: después de subir se baja, y mucho (mucho). Espero que el capítulo los haya dejado lo suficientemente satisfechos como para perdonar mi ausencia, y espero que los haya dejado lo suficientemente en suspenso como para que estén dispuestos a esperar por más (por si acaso, prometo tratar de darme prisa, también por mi propio bien porque si no escribo esto a término me volveré loca).

¿Cumplí la promesa de un Sebastian más… humano?

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También quiero hacer énfasis en que es gracias a todos los reviews que me motivo a seguir por más. Normalmente recibir reviews me inspira, aunque les juro que en las últimas fechas ni tiempo de encender la lap. Pero no por las circunstancias piensen que los reviews han perdido su infinita magia. Eso nunca.

Así que, el oscar es para… ¡Todos los que leen y comentan este fic!

Tsuki Hanasaki, Andyy' de Lioncourt, Schantten, Crosseyra,

SophiePukeRainbows, carlac94, animemaniaca97, maryshion,

Laura-chan, Nolimy-kun, XxLupe-MartinezxX,

alobleu, kikyoyami8, Luna, Iracomprometida78,

Breyito-Black-Lupin, mell, Lena-Lawliet, Addi Uchiha

Gracias de todo corazón, ¡ustedes mantienen vivo este fic!

Por cierto… ¿notaron que todas están subrayadas? Todas se merecen mención honorífica, hace tanto tiempo que no me metía a fanfiction que había olvidado ese maravilloso sentimiento que inunda cuando lees un review, corto o largo. ¡Gracias por recordármelo!

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Para mi humor, seguramente habrá décimo capítulo aquí antes que séptimo en el Gato Phantomhive. Honestamente, este fic es mi consentido…

Ah, sí, ¡Y viva Narnia, los viajes en el tiempo y soñar a tiempo completo!

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