"Ruleta Rusa".
Sebastian x Ciel.
By: Sinattea.
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Disclaimer: Kuroshitsuji no me pertenece, pero si fuera mío… Me atreveré a ser soberbia y diré que sería mucho mejor. Para empezar sería yaoi, muchísimo más oscuro y le restaría torpeza a muchos de los personajes… (Hell, yeah, I'm getting bitchy)
Summary: -No longer required-
Nota: ¿No les ha pasado que dicen: ¡Oh, sí, hoy actualizo capítulo! y luego resulta que no tienen internet? Acabo de sobrevivir a las dos semanas más tediosas de mi vida, creo que soy dependiente del internet, oops...
Whatever, por fin puedo actualizar y he decidido que este capítulo todavía será drama, pero el que sigue (que ya es el último "capítulo"), cambiaré el género a angst, porque sufrí tanto al escribirlos... Y les garantizo que sufrirán conmigo al leerlos. Si logro conmover a alguien, le agradecería que me dejara saberlo en un REVIEW.
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Capítulo 11: Al filo de la navaja.
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De pronto parecía como si todas las piezas del universo se estuvieran acomodando en su sitio exacto, como si desde un principio las cosas hubieran estado destinadas a terminar así. Si todos los intentos previos de Ciel habían sido infructuosos se debía únicamente a que no eran lo suficientemente geniales para él, porque Ciel merecía una muerte épica y sobrenatural, una lo bastante impactante como para dejar una huella indeleble en la eterna memoria de Sebastian. Los planes de Ciel habían estado marcados por un sello: el sello de la muerte humana. Si el demonio se movía en un plano dimensional que estaba muy lejos de lo mortal, entonces era justo y necesario que el joven conde invocara una muerte que proviniera del mismo plano.
Suicidio, homicidio, muerte… ¿qué tanta podría ser la diferencia? Morir por su propia mano o por la de otros… El punto era terminar muerto, ¿no? Anular el contrato bajo sus propios términos. Si él controlaba el escenario se daba por satisfecho. Morir en manos de las piezas que él mismo había movido seguía cumpliendo con sus propósitos, seguía siendo un fenomenal suicidio.
"Este es el plan perfecto".
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El joven conde no perdió más tiempo. Abrió la puerta de su estudio y se abalanzó sobre el escritorio, tomando el teléfono entre sus manos. Tuvo un segundo o dos para el trivial pensamiento sobre lo afortunado que era de contar con ese práctico invento y luego se concentró nuevamente en su tarea, en su misión. Marcó el número de teléfono que venía anotado en una vieja carta y esperó, golpeando el escritorio con los dedos, presa de la impaciencia.
Finalmente una voz masculina y servil contestó al otro lado de la línea.
- Busco a la Baronesa Arlington – dijo Ciel rápidamente -, habla el Conde Phantomhive.
No pasaron ni tres segundos antes de que la baronesa respondiera a la llamada.
- ¡Conde Phantomhive! Esto sí que es inesperado, casi un milagro…
- No tengo tiempo, Baronesa, hablo por una cuestión de negocios – interrumpió Ciel con brusquedad.
- ¿Qué clase de negocios? – quiso saber ella, preguntando con cierta cautela.
- Debe enviar inmediatamente un carruaje a mi mansión. Requiero ir a Londres y me temo que mi conductor está… indispuesto.
- ¡Ah! – exclamó la baronesa, entusiasta - ¿Finalmente irá a supervisar la construcción de la nueva estación de Londres exclusiva para S. S. Royal?
- Sí – mintió Ciel con descaro -. ¿Le importaría darse prisa con ese carruaje?
- Puedo poner a su disposición algo mejor que un carruaje. Enviaré mi nuevo automóvil por usted. ¡Es una maravilla! Los caballos se están volviendo obsoletos…
- Baronesa, no desperdicie mi tiempo del mismo modo en que desperdicia su dinero – refunfuñó Ciel. Afortunadamente la baronesa no alcanzó a escuchar su ofensiva respuesta puesto que el conde colgó el teléfono casi al mismo tiempo que habló.
Bien, al menos ese asunto estaba resuelto: Ciel ya contaba con transporte a Londres.
Un acceso de ira le sobrevino en ese momento, y de un manotazo limpió el escritorio de todo objeto ubicado encima. ¿Por qué tenía que enfrentarse a esa situación tan estúpida? ¿Por qué dependía de Sebastian para todo? No era posible que ni siquiera pudiera salir de la mansión si no estaba allí su mayordomo para conducir el transporte. Era humillante. Ciel era como un pájaro encerrado en una enorme jaula de oro, tan grande que a veces, cuando volaba, le daba la impresión de estar en la inmensidad del cielo, pero siempre terminaría por toparse con un barrote dorado que le recordaba que la llave de esa jaula colgaba del cuello de Sebastian Michaelis.
¿Durante cuántos años se había engañado a sí mismo jugando a que él era el amo y Sebastian el sirviente? En realidad era lo contrario, todo lo contrario. Quizá Ciel daba las órdenes, pero siempre era Sebastian el que sembraba las ideas en su cabeza. Esa creencia de poder, de que disponía de un instrumento letal y eficiente para cumplir todos sus propósitos, eso que hiciera germinar dentro de él el aplomo y la frialdad de un Phantomhive… todo eso se lo debía a Sebastian, y a nadie más. Ciel era quien es hoy en día únicamente por Sebastian. Y ese conocimiento era más de lo que el joven conde podía soportar.
Tuvo que echarse de rodillas y golpear el suelo con ambos puños, mientras una sustancia extraña y tibia escurría hasta su barbilla y la punta de su nariz. No, él no iba a llorar. No lloraría por Sebastian, no…
El grito fue desgarrador e inhumano, una maldición que nacía desde el rincón más oscuro y profundo de su ser, aquél donde se habían originado todas las heridas, todas las dudas, todos esos deseos enfermos y suicidas. Ciel casi se destroza la garganta. No tenía control sobre su respiración, no tenía control sobre su cuerpo… no tenía control sobre su vida.
Todo era una ilusión…
Era injusto.
No había cosa tal como la justicia. Sólo entonces Ciel lo comprendió. Y lo odió, lo odió con todas sus fuerzas.
Desde el momento en que naciera el camino ya había estado trazado, todas las rutas lo llevaban hasta allí. Ciel repasó su vida, le dio vueltas y más vueltas en el interior de su mente, tratando de comprender, de encontrar algún momento en que él hubiera tenido verdaderamente el control… No pudo encontrar ningún momento así. Sus pensamientos estaban rotos, torcidos, incoherentes. Ya nada tenía sentido, ni su presente, ni mucho menos su pasado.
¿Por qué? ¿Por qué le había tocado a él vivir todo eso? ¿Qué hizo para merecer la presencia de alguien como Sebastian en su vida? ¿Cuál fue su error? "Invocar a Sebastian, mantenerlo a mi lado, darle un nombre, una imagen, una vida… mi vida…".
No, no podía tratarse de eso, tenía que existir algún otro pecado peor que ése, previo a ése.
¿Nacer, acaso? Angela le había dicho que ése era su más grande defecto: la existencia. Pero ¿por qué lo castigaban por algo que ni siquiera había sido su culpa o decisión?
¿Acaso él había sido obligado a nacer por dioses inmisericordes? ¿Guasones del destino, tirando rudamente de los hilos de su vida, disfrutando al observar cómo las marionetas se desmoronan ante sus ojos? ¿No era más que el bufón de las fuerzas superiores? ¿De ahí su existencia, de ahí su pecado…?
Pero hubo tiempo para una pregunta más primordial: ¿había sido obra de un dios con un repugnante sentido del humor… o había sido un demonio con una encantadora sonrisa y la más oscura de las almas?
Los pensamientos de Ciel corrían fuera de control, y la peculiar idea de que Sebastian, de alguna manera, había controlado el universo para que Ciel viniera a existencia y sufriera de la manera en que lo hizo estaba ahora instalada en su mente con tanta fuerza que parecía ser cierta. Dentro de las turbadas ideas de Ciel Sebastian lo había estado observando desde el principio, acechándolo, preparándolo y conduciéndolo a su final sin que él se hubiera jamás dado cuenta de sus intenciones.
Tal y como temiera en un principio, él jamás había tenido el control. Todo había sido obra de Sebastian.
Culpa de Sebastian.
Y por eso, Ciel lo haría pagar.
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Ciel tenía las manos apretadas en puños, miraba el vacío con ojos vidriosos de rabia y resoplaba como si acabara de correr una maratón, sus hombros subiendo y bajando sin ritmo ni compás. Tuvo que repetírselo mil y un veces hasta que comenzó a creérselo: "Yo no dependo de Sebastian, ¡yo no dependo de Sebastian!". Y si alguna vez lo hizo, ese día terminaría para siempre la vergonzosa dependencia. Ciel estaba decidido, ahora más que nunca. Los intentos del pasado no eran nada comparados con lo que estaba por hacer.
Le arrebataría el control a Sebastian Michaelis de una vez por todas. Destruiría la vida que él le había dado, y junto con ésta lo destruiría también a él.
Ciel iba a morir. Ya nada podía cambiar ese hecho.
Con el pecho henchido de la poca dignidad que le quedaba y en la mano la última carta que recibiera de su misterioso escritor, Ciel tomó su bastón, se caló el sombrero de copa sobre el despeinado cabello y, sin molestarse en tomar un abrigo, salió de la mansión. Afuera ya aguardaba por él el vehículo enviado por la baronesa Arlington, pero Ciel ni siquiera se sorprendió de verlo allí: sabía que había pasado demasiado tiempo pensando en Sebastian. Llevaba tres años pasando casi todo su tiempo pensando en Sebastian.
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Un mayordomo común y corriente abrió para él la puerta, y Ciel se subió sin perder tiempo. Había que llegar a Londres, y rápido. Intimidado por la frialdad y dureza en palabras de su inusual pasajero, el conductor casi sobrecalienta el motor con tal de complacer los deseos del Conde Phantomhive.
- Llegaremos a la estación en cinco minutos, señor – le informó cuando ya se encontraban entre las calles londinenses, lidiando con el tráfico citadino.
- Yo no voy a la estación – anunció Ciel con voz fría como el hielo.
- Pero la Baronesa me dijo que…
- En este momento estás trabajando para mí, no para ella – interrumpió Ciel -. Y la Baronesa Arlington ciertamente no se imagina en qué consisten mis negocios.
- Pe-pero yo creí que…
- ¿Y cómo es posible que alguien como tú se crea capaz de saber lo que pasa por la cabeza de alguien como yo? ¿Ahora resulta que los sirvientes le dicen qué hacer a sus amos? – replicó Ciel con sarcasmo, desquitando en aquel desconocido una mínima parte de la furia que lo embargaba. Y aunque fuera minúscula, bastó para humillar al conductor en grado sumo.
- M-mis disculpas, conde, yo… yo pensé qué…
- Tú trabajo no es pensar. Cállate y conduce, ésta es la dirección – ordenó Ciel al momento que entregaba al hombre un papel con los detalles de su destino, terminando así la conversación de manera definitiva.
El conductor apretó las manos alrededor del volante y tragó saliva con dificultad. Ahora sólo quería que ese trabajo terminara lo más pronto posible; debió escuchar a sus compañeros y negarse cuando la baronesa solicitó un mayordomo para poner a disposición del conde, debió dejar que alguien más cargara con el paquete y no él. Había escuchado rumores sobre el conde Phantomhive, rumores inquietantes que se habían acrecentado luego de la famosa fiesta de disfraces en Buckingham (aunque bueno, para ser francos toda la nobleza de Inglaterra había salido de esa fiesta arrastrando más rumores de los que la gente común tiene tiempo para discutir), y honestamente no quería averiguar si eran o no ciertos. Ojalá hubiera llegado a esa conclusión antes de aceptar conducir para él.
Aunque todo apuntaba a que dichos rumores podrían ser verdad, especialmente teniendo en cuenta la dirección a la que el conde quería llegar con tanta prisa. El mayordomo de la baronesa Arlington detuvo el automóvil frente al más extraño de los lugares: una funeraria.
El conde Phantomhive bajó del vehículo por su propio pie, sin molestarse en esperar a que le abrieran la puerta, como era costumbre.
- Ahora vete – le ordenó al conductor al tiempo que azotaba la puerta del vehículo -, no te necesitaré para regresar a la mansión.
El conductor no dijo ya nada, simplemente arrancó el motor y desapareció entre el tráfico lo más pronto posible.
Ciel lo miró marcharse y resopló con determinación: ahora no habría vuelta atrás.
"No regresaré nunca más a esa mansión" pensó.
Con más aplomo y fortaleza de la que se hubiera sentido capaz durante el camino, Ciel cruzó la puerta bajo el letrero que rezaba "Funeraria", y se dispuso a echar su plan a andar.
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El Sepulturero ni siquiera se había sorprendido al verlo cruzar, solo, el umbral de su tétrica guarida. Aunque preguntó por Sebastian del mismo modo en que Agni y Lau lo hicieran en la fiesta, a diferencia de ellos el Sepulturero no esperaba una respuesta, y pareció enormemente complacido cuando no la recibió. Ciel fue directo al grano, y lo interrogó sobre si existía algún shinigami dispuesto a hacer tratos con humanos del mismo modo que los demonios lo hacían.
Fue una conversación larga y extenuante, porque a Ciel le daba la impresión de que el Sepulturero no se tomaba nada con seriedad. Al menos no le pidió que lo hiciera reír, el Sepulturero lo consideró inútil en vista de que no estaba Sebastian; además, la ausencia del mayordomo ya era bastante divertida en sí misma.
El Sepulturero terminó por darle a Ciel toda la información que necesitaba, revelándole que había una shinigami "rebelde" que hacía de todo por un pago razonable.
- Claro que un shinigami no se conforma con dinero. Si yo te pido una risa ella quizá haga lo mismo… Depende de su humor… Ah, esa chica… – la voz del Sepulturero de repente se fundió en su característica risita, como si estuviera recordando su último encuentro con la shinigami en cuestión y eso lo tuviera de lo más entretenido.
- Sí, se nota que te agrada – atajó Ciel con venenoso desdén, cruzándose de brazos y esperando a que el Sepulturero estuviera dispuesto, una vez más, a ponerse serio -. ¿Y dónde la encuentro?
- Justo en este momento ella está en una fábrica abandonada en East End, no muy lejos de aquí. Casi parece que lo están esperando, conde.
Ciel ya no dijo nada. Ignoró la última risa del Sepulturero y salió de la funeraria a detener el primer carruaje que se cruzó en su camino. Sospechaba que las intenciones para ello no eran nada buenas, pero al menos el Sepulturero le brindó la ayuda necesaria de manera gratuita. "Claro que no lo hizo por ti – le recordó la voz de su consciencia -. Él debe estar ganando algo con todo esto". Tal vez lo único que ganaba era un buen entretenimiento. Ciel estaba cien por ciento seguro que era el primero y quizá el último en buscar romper el contrato con un demonio. Tal vez el Sepulturero sólo tenía curiosidad de ver cómo terminaba su desesperada situación; todo era entretenimiento, igual que si Ciel estuviera en un circo caminando a ciegas por la cuerda floja sin que hubiera una red para amortiguar su caída.
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La fábrica ofrecía un aspecto de lo más tétrico y deprimente. Una persona normal con un mínimo de prudencia habría evitado el lugar como a la peste, ni siquiera los más idiotas o valientes buscaban pretextos para entrar allí. La fábrica era como una trampa; después de la explosión que la llevó a la ruina nadie entendía cómo era que se mantenía en pie, muchos incluso temían que una fuerte lluvia la echara abajo. Cualquier desesperado que entrara allí corría el riesgo de que la estructura se desplomara encima de su cabeza, y así sufrir una muerte agonizante y lenta… Qué suerte que Ciel no temía a la muerte. Por lo demás, sí, él estaba desesperado. Así que sin más demoras forzó la puerta principal usando su propio bastón como palanca para abrir un boquete lo suficientemente ancho para que su pequeña figura pudiera cruzar. Una vez adentro lo invadió un breve sentimiento de satisfacción, porque por vez primera había hecho algo por sí mismo, sin la más mínima intervención de Sebastian.
La fábrica estaba oscura; pese a que un poco de luz se colaba a través de las polvorientas ventanas, cada rincón parecía un vórtice negro hacía otro mundo. Los muros alrededor de Ciel le devolvían el eco de sus pasos, las ratas correteaban en los ductos, un par de cuervos anidaba en el techo. Increíblemente Ciel se hallaba cómodo andando entre la miseria y abandono del lugar.
- Este es un lugar peligroso para un pequeño niño – retumbó una voz en el silencio. Una voz femenina, que destilaba ironía. Y de no ser porque Ciel conocía perfectamente la voz de Angela, esa nueva voz hubiera podido pasar por la de ella -. No deberías estar aquí, niño.
- ¡No soy un niño! – replicó Ciel por enésima ocasión. Un niño no podía buscar a la muerte con la fuerza con que él lo hacía.
- Bien, tienes un poco de mérito. Los niños no se atreven a entrar aquí.
De algún sitio perdido en la oscuridad del techo una figura saltó y aterrizó justo frente a Ciel, irguiéndose acto seguido en todo su apogeo. La mujer vestía el típico traje negro que Ciel había visto usar a los shinigami como William, salvo que el de ella estaba ceñido a su curvilínea figura y los pantalones eran cortos, y en lugar de los zapatos de vestir usaba unos elegantes botines negros al más puro estilo victoriano. Debido a la oscuridad Ciel aún no podía ver su cara, pero veía sus relucientes ojos dorados y adivinaba su sonrisa por el brillo de sus dientes. Cuando la shinigami por fin avanzó unos pasos para quedar completamente cubierta por la escasa luz pareció complacida de ver que su aspecto sorprendía al chico: el cabello castaño y alborotado con el flequillo teñido de azul, las finas gafas rectangulares sobre una nariz respingada, la barbilla afilada bajo unos labios gruesos también pintados de azul.
- ¿Tú eres Adele Adler? – preguntó Ciel, sólo por confirmar.
- ¿Qué? ¿Esperabas a un aburrido sabelotodo como William T. Spears? ¿O a un bicho raro pintado de rojo como Grell Sutcliff? O tal vez una combinación de ambos… ¿Quizás alguien como Ronald-como-se-llame? – la chica rió por lo bajo, y luego de un burlesco suspiro, finalmente respondió -. Sí, yo soy Adele Adler. ¿Y tú eres…? – sacó del bolsillo interior de su saco una pequeña libreta, seguramente su registro de las almas recolectadas y por recolectar -. No, espera, tu alma ya no está en nuestras listas, se la vendiste a un demonio a cambio de… ¿qué era? ¿Algún tipo de venganza?
- No te atrevas a burlarte de mí – Ciel apretó las manos en puños, como si se dispusiera a iniciar una pelea con la shinigami. Ella notó el gestó y sonrió compasiva, como si el niño pudiera enfrentarla…
- Para nada, Conde Phantomhive. Yo no me burlo de mis clientes, y todos en el mundo son clientes potenciales.
- El Sepulturero dijo que podría hacer negocios contigo.
- Eso depende de qué esperas lograr mediante nuestro "negocio".
- Quiero romper el contrato con ese demonio.
Apenas y Ciel había terminado de pronunciar las palabras cuando Adele estalló a carcajadas, y no paró de reír por un minuto entero. Ciel se sintió irritado a más no poder, pero el Sepulturero le había advertido que Adele era famosa por su risa fácil y sarcástica, por eso y por romper todas las reglas de los shinigami. Ella estaba en la lista negra de William, pero era tan buena que nadie había podido capturarla para confiscarle su guadaña.
Cuando ella dejó de reír y se hubo limpiado las lágrimas de los ojos y abanicado un poco con la libreta, recuperó la compostura y miró seriamente a Ciel.
- ¿Y cómo, en nombre del abismo, planeas hacer eso?
- Con mi muerte – anunció Ciel fríamente, su rostro sombrío y su mirada opaca.
Adele se quitó las gafas y se llevó la mano derecha a la espalda, tomando la empuñadora de su guadaña personalizada: una katana. Con un veloz movimiento la sacó de su funda y la sostuvo frente a Ciel, deslizando suavemente un dedo por el filo de su arma.
- Entonces creo que podemos ayudarte – dijo ella.
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Sebastian descendió del techo de la capilla con un pulcro salto y de un tirón a la cadena que rodeaba su cuello derribó al perro-demonio que ya intentaba escapar en busca de su dueña original. Llevaba dos semanas persiguiendo a Angela de ciudad en ciudad, viéndola esconderse en capillas, templos y conventos, como si de ellos pudiera extraer algún tipo de energía vital que la hiciera más fuerte. Con esos ridículos actos Sebastian pudo comprobar que la criatura estaba loca; si los lugares "sagrados" no tenían ninguna energía extraña que lo debilitara a él, un demonio, en definitiva tampoco tenían el efecto contrario. Al menos esa táctica había vuelto al ángel predecible hasta cierto punto, y horas antes Sebastian estaba seguro de que ése sería el último enfrentamiento.
Hasta que Ash entró en escena, lo cual sí sorprendió al demonio. Dos seres igual de enfermos cohabitando en el mismo cuerpo, eso explicaba muchas cosas. Por eso Angela no había muerto la última ocasión, pese a verse superada por demonios y shinigamis a la vez: derrotaron a Angela, pero Ash había sobrevivido para sanar el cuerpo que compartían y, salvando lo poco que quedaba de ella, regresarla a la existencia.
Y ahora volvían a aplicar la misma técnica. Sebastian estaba a punto de acabar con Angela, a punto de aniquilarla, y justo antes del ataque decisivo Ash se apoderó de la forma física del ángel para dar a Angela tiempo de recuperarse. Y de pronto Sebastian estaba peleando contra dos ángeles en lugar de uno, de la manera más bizarra que cabe imaginar. Y al darse cuenta que pronto perdería el control sobre Puru-Puru tuvo que dejar escapar a sus víctimas, porque enfrentar a dos ángeles y un perro-demonio estaba de momento más allá de sus posibilidades. Sebastian estaba cansado, herido y (lo peor de todo) hambriento, lo cual era de comprender teniendo en cuenta que ahora se estaba enfrentando a seres sobrenaturales a la altura de sus habilidades; pero lo que más lo estaba debilitando no tenía nada que ver con peleas y persecuciones.
No podía dejar de pensar en Ciel. No dejaba de preguntarse a cada segundo cómo estaría su joven amo, y lo más extraño es que se lo preguntaba a un nivel emocional. Si el bienestar físico de su contratista hubiera estado en peligro inminente él lo sabría a pesar de la distancia, pero saber si el alma de Ciel se estaba hundiendo nuevamente en ese abismo suicida era algo que Sebastian no era capaz de hacer. Y eso lo frustraba, le preocupaba, le dolía… Y eso estaba mal, no debía pasar. Él no podía estarse volviendo vulnerable a causa de ese niño… "No es sólo un niño, es Ciel… ¡Y es mío!".
Pero estaba pensando tanto en Ciel que a veces se hundía en esos pensamientos y perdía la dimensión de la realidad, cosa que jamás se había escuchado que le pasara a un demonio. En esos instantes de distracción era cuando Angela solía aprovechar para atacarlo o, más comúnmente, escapar. De hecho, Angela había llegado a darse cuenta de que el modo más eficaz de combatir a Sebastian era distrayéndolo con un breve diálogo sobre el niño que era su amo y las incontables razones por las que debía morir.
Y por eso había escapado, de nuevo, porque Sebastian Michaelis estaba distraído.
"La distracción es sólo para los humanos, yo no puedo estar…".
Ni siquiera terminó de hilar el pensamiento, tuvo que volver a la realidad por la fuerza porque Puru-Puru estaba vuelto loco, ladrando y rodando por el piso en un intento desesperado de liberarse y seguir a Angela. Normalmente Sebastian lo hubiera dejado salir corriendo, porque así era mucho más fácil encontrar a esos ángeles, pero en ese instante lo único que el demonio quería era que el perro guardara silencio, que se callara de una vez por todas. Él necesitaba pensar, y con el incesante ladrido…
- ¡Basta! – bramó, para acto seguido golpear al perro y descargar toda su ira contra éste, hasta que a fuerza de patadas lo obligó a regresar a su forma humana y esconderse en un rincón a lamer sus heridas, lleno de temor.
¡Al fin! Silencio. Un minuto más de esos ladridos y a Sebastian le hubiera dado una migraña, y él no necesitaba ya más para…
¡¿Migraña?!
Nunca antes se había sentido tan ridículo, tan débil. La confusión, la sufrida ansiedad, todos esos sentimientos tan netamente humanos que él no debería experimentar siendo, como era, superior.
Exacto… era. Hace años que había firmado el contrato de su propia perdición. Y desde que acudiera al llamado de ese niño frágil y desesperado la llama de su naturaleza demoniaca, poco a poco, había comenzado a extinguirse. Sebastian ya no pensaba como un demonio, ya no sentía como un demonio, estaba perdido, transformado en lo que durante milenios había utilizado y destruido. Al lado de Ciel había descubierto que poseía un corazón que latía al ritmo de los corazones humanos, de uno en particular: el de su joven amo. Ahora sentía, sufría y se ahogaba en el dolor de ver a su amo destrozado, corrompido por su presencia. Sí, Ciel había perdido su inocencia mucho antes de que Sebastian entrara a su vida, pero su humanidad… ésa sí la había perdido a manos del mayordomo. Sebastian lo había lastimado, lo había humillado, lo había arrastrado al borde de la cordura…
Ahora se daba cuenta de su error… y se arrepentía; lamentaba en lo más hondo de su ser haber sido, por tanto tiempo, la causa de la frialdad inhumana de Ciel.
Pero parecía que lo que el joven conde había perdido de humano, Sebastian lo había ido… absorbiendo, asimilándolo poco a poco, al grado de que hoy día su naturaleza como demonio estaba comprometida. Y ya ni siquiera le importaba.
Por primera vez encontraba las palabras que definieran el sentimiento que lo invadía desde que había entrado al servicio de Ciel Phantomhive, y que hubiera encontrado su apogeo la noche de la fiesta de disfraces, cuando tuvo el valor de comportarse como un humano y tratar a Ciel de la forma que había añorado durante años.
Si perder su poder como demonio era el precio por permanecer al lado de Ciel, Sebastian estaba más que dispuesto a pagarlo. Porque ahora lo entendía, ahora era capaz de ver el vacío que siempre estuvo ahí y él no había percibido antes: de nada le servía la inmortalidad si no tenía a Ciel, a su precioso niño, para llenarla.
Finalmente, después de tanto, Sebastian lo comprendía. Más aún, lo reconocía, lo aceptaba y deseaba que Ciel lo comprendiera también. Pero para esa misión podría ser demasiado tarde: su joven amo estaba solo, lejano, a merced del espectro de la muerte en cualquiera de sus presentaciones…
¡No!
"Tengo que regresar, asegurarme de que él está bien… No puedo… ¡no voy a perderlo!"
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- ¿Cuál es tu precio? – preguntó Ciel - ¿Qué pides a cambio de matarme?
- Oh, esto es tan divertido que casi lo haría gratis – le aseguró Adele con una sonrisa ácida -, pero ¿por qué desperdiciar tu disposición, conde? Mi precio es… simple. Respóndeme unas cuantas preguntas, cuando termine con mi interrogatorio terminaré contigo. ¿Hecho?
- Hecho – Ciel no confiaba en la shinigami, no entendía sus razones para pedir como pago una simple conversación en lugar de, por ejemplo, su alma. ¿Pero qué importaba? Lo había logrado: por fin moriría; detalles así eran lo de menos.
Adele recargó la katana sobre su hombro, estudió sus alrededores con sus ojos dorados como para asegurarse que nadie más que ella escuchaba e inició su interrogatorio.
- ¿Dónde está tu demonio? ¿No interferirá con nuestro negocio?
- Está demasiado ocupado cazando a un ángel como para darse cuenta. Y le ordené no regresar hasta haber terminado con él. No llegará a tiempo – garantizó Ciel.
- Vaya, niño, eres listo… "A tiempo", lindo toque…
- Siguiente pregunta – urgió Ciel antes de que ella empezara a divagar como lo hiciera el Sepulturero.
- Bien. ¿Por qué cambiaste de idea respecto a este demonio? Apuesto a que cuando lo invocaste creíste que era lo mejor que te podía pasar. ¿Qué te hace ahora querer deshacerte de él?
Ciel tuvo que tragar saliva antes de responder, pero después de controlar la marea de emociones que se desató dentro de él finalmente logró articular las palabras.
- Eso no te importa – dijo con toda la frialdad del universo, casi como si no fuera humano. Adele torció los labios, apareciendo increíblemente ofendida.
- Mírame a los ojos y dilo de nuevo – desafió al joven conde.
Ciel levantó la barbilla y avanzó unos pasos hasta quedar justo frente a Adele, clavando su ojo azul en los dorados de ella. Se quitó el parche de la cara para aumentar su nivel de arrogancia.
- Eso a ti no te importa – repitió, hablando lenta y pausadamente, puntualizando cada palabra.
Por unos segundos dio la impresión que Adele accionaría su katana y daría por terminado el interrogatorio, pero ella terminó por entrecerrar los ojos y dibujar una sonrisa complacida.
- ¡Oh, por el abismo! Muchas gracias, niño, ahora lo entiendo todo – acto seguido la shinigami comenzó a caminar en círculos en torno a Ciel y a jugar con su katana. Inhaló profundo e hizo su siguiente pregunta -. ¿Por qué quieres morir?
- Esa es prácticamente la misma pregunta – reprochó el conde.
- Permíteme insistir – dijo ella con descaro -. ¿Por qué quieres morir?
- Porque puedo – fue la cortante repuesta.
- Así que tú quieres anular este contrato, y descubriste cómo hacerlo… Pero si es un asunto de "poder", entonces ¿por qué me necesitas? ¿No sería más fácil y directo suicidarte y darle a ese demonio tu mensaje de superioridad?
- He intentado suicidarme… – esta vez Ciel habló en voz muy baja, incómodo y avergonzado de tener que decir eso.
- ¿Él te detuvo?
- ¡Obviamente! ¡A él no le conviene que se rompa el contrato! ¿Acaso eres estúp- - -? – las palabras de Ciel fueron cortadas bruscamente por el golpe seco que Adele le dio en la boca con la hoja plana de su katana.
- Eso es extraño – declaró Adele, ignorando a Ciel y sumiéndose en una especie de reflexión -. Si estuviera tan desesperado por conseguir un alma hay maneras mucho más sencillas. Dejarlo morir sin haber cumplido con su parte anularía el contrato, por supuesto… Pero siempre puede hacer un trato conmigo: él lo mata, yo tomo su alma y se la entrego. No sería la primera vez. Por el abismo que soy una experta en esas tácticas, ¡acéptalo y ódialo, Spears! ¿Entonces por qué…? – finalizando su monólogo, Adele se dirigió a Ciel, la curiosidad y la molestia pintadas en su rostro - ¿Qué eres, una especie de prodigio? ¿Qué tienes de especial para que este demonio quiera mantenerte con vida?
- Él sólo quiere mi alma – Ciel no lo quiso exteriorizar, pero decir eso le dolió más, mucho más, que el golpe de Adele. Ojalá el dolor sentimental fuera suficiente para matar a una persona, así Ciel estaría muerto desde hace mucho, y no necesitaría ayuda para eso, le bastaría con que Sebastian contestara "No" a una pregunta específica.
- Sí, claro, y ahora resulta que tú quieres conservarla. No me quejo de que hayas optado por mis servicios, pero podrías haberlo hecho tú mismo perfectamente – Adele caminó hasta una escalera cercana y se sentó en la barandilla, columpiando los pies como una niña pequeña -. ¿Quieres saber cómo engañar a un demonio?
- Tsk. Como si fuera posible – Ciel comenzaba a impacientarse, el interrogatorio estaba tardando demasiado.
- ¡Lo es! Hay una manera de engañar a los demonios, a los ángeles, a los shinigami y a todo tipo de seres.
- ¿Qué manera? – a pesar de la impaciencia, Ciel seguía siendo un niño (sin importar cuánto se empeñara en negarlo), y su curiosidad pudo más que su lógica.
- Una palabra para ti, niño: Azar. Es la única fuerza del destino capaz de burlarnos a todos.
- ¿Azar? ¡Eso es ridículo! – gritó el joven conde, decepcionado y molesto - Si hubiera una manera de burlar a Sebastian yo ya la hubiera implementado. ¡Es un demonio, maldita sea! ¡Nada puede engañarlo!
- ¿Conoces el significado de la palabra "azar", niño? – replicó Adele, reflejando en sus ojos un aburrimiento puro, como si estuviera hablando con alguien muy, muy tonto - Si puede engañarme a mí, puede engañar a tu demonio. Sólo piénsalo: yo tengo un nombre en mi lista, alguien debe morir y yo ya tengo perfectamente planeado mi escenario para matarlo. Pero porque alguien más en la otra esquina del mundo decidió girar a la izquierda en lugar de a la derecha todo mi escenario se modificó y ya no puedo ejecutar a mi víctima de la manera en que yo quería. Por supuesto que yo soy fabulosa y me las ingenio para aun así matarla, y soy tan buena y tan veloz que diera la impresión de que ya tenía todo previsto. Pero ¿cómo, en el nombre del abismo, se suponía que yo supiera que una persona cualquiera daría vuelta a la izquierda en lugar de a la derecha y arruinaría mis planes? Eso es el azar, niño, y supera a cualquiera.
- No es posible… – aunque el discurso de la shinigami logró recapturar la atención de Ciel, él no podía creer lo que acababa de escuchar.
- Niño, somos seres superiores, pero no universales. No podemos controlar aquello que no vemos, ¿para qué crees que somos tan rápidos? – contrario a lo que Adele esperaba, Ciel no le respondió, se limitó a balbucir un par de cosas sobre Sebastian. La shinigami suspiró, exasperada, y de un brinco bajó de la barandilla - Deja te lo explico de manera que lo entiendas… Si tu demonio lanza una moneda, ¿qué posibilidades tiene de saber si cae cara o cruz?
- Él siempre lo sabe – afirmó Ciel casi al instante.
- Diera la impresión que sí porque él controla el escenario: él escoge la moneda y sabe perfectamente cuánta fuerza debe aplicar a la hora de lanzarla para que caiga cara o cruz según su conveniencia. Ahora, replanteemos el escenario: ¿cuáles son sus posibilidades si tú lanzas la moneda?
- Esto no tiene sentido, sería exactamente lo mismo…
- No, no lo sería. Porque él no puede saber con cuánta fuerza la lanzaste; puede observarte, puede usar esos agudísimos sentidos demoniacos y adivinar justo antes de que la moneda toque el suelo, pero tendría la misma posibilidad que tú de acertar. ¿Eso tiene sentido para ti?
- Un poco…
- Ahora, piénsalo: ¿si tú lanzas la moneda y él no te ve al momento de lanzarla…?
- Él no lo sabría – finalmente, la iluminación alcanzó a Ciel. Cierto, era absolutamente lógico.
- Y quizá sería tu oportunidad perfecta para ganarle la partida – estableció Adele.
- Azar… – ahora que el chico comprendía el verdadero significado, pronunciar la palabra se sentía completamente diferente.
- Ahora lo entiendes.
- Entiendo más de lo que crees. Todo tiene perfecto sentido: tú me mandaste las cartas. Querías traerme hasta aquí. ¿Tan aburrida es la vida de un shinigami que urdiste todo este escenario para entretenerte? – se burló el chico.
- La vida de los shinigami es, en efecto, muy aburrida. Es mucho más divertido romper las reglas y tener momentos como éste.
Adele blandió su katana en el aire y realizó unos cuantos movimientos tanto para presumir frente a Ciel como para calentar sus muñecas.
- Ya has completado tu depósito, al menos conseguiste un poco de iluminación antes de morir. ¿Sí sabes que lo que la guadaña de un shinigami corta está más allá de toda posibilidad de salvación?
- Lo sé, por eso este plan es perfecto.
- Espero que hayas lanzado una moneda antes de venir aquí – murmuró Adele.
- Es hora – ordenó Ciel, quitándose el sombrero y lanzando el bastón a lo lejos, parándose muy erguido justo al centro de la fábrica. Cerró los ojos -. Hazlo. Rápido.
- Seremos veloces y asertivas. ¿Alguna última palabra, conde?
- No para ti.
Adele rió por lo bajo con ese estilo ácido que Ciel ya comenzaba a reconocer.
- Por cierto – dijo ella, preparándose para atravesar con su guadaña el cuerpo de Ciel -, entérate: yo no mandé esas cartas.
Ciel sólo tuvo un segundo para registrar las palabras de la shinigami y alarmarse antes de que todo sucediera. La katana rasgó el aire y su contacto con la piel de Ciel se sintió más bien como un piquete. Después de eso Ciel no percibió nada más, lo cual era inquietante.
El joven conde abrió los ojos y observó a Adele gritar iracunda mientras la mano enguantada de Sebastian la jalaba hacia atrás, y ella no podía hacer nada por detenerlo.
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Sebastian había llegado, una vez más, a tiempo de arruinarlo todo.
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Nota: Les confieso que yo quería incluir la conversación completa con el Sepulturero, pero no estaba segura de saber cómo escribirlo, y entre más la imaginaba más me iba gustando el personaje de Adele. Me gustan mis OCs, con ellos no tengo límites. A Sebastian y a Ciel los escribo porque me identifico plenamente con ambos, sobre todo con Ciel... sobre todo en este fic... Sé lo que sientes, Ciel, mejor que nadie; hemos caído casi en lo mismo, pero por muy diferentes motivos...
Sí, ehm... switching mood... De hecho, es toda una catarsis escribir esto. Uff.
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¡ ¡ ¡ ¡ ¡Sebastian ya lo aceptó! ! ! ! ! !
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Prepárense que el siguiente capítulo... ¡es el "último"! Ya lo había mencionado, ¿no? Trataré de no hacerles esperar mucho... De hecho, el fic ya está... terminado, pero debo decidir si se quedará así o si cambiar un pequeño e insignificante detalle crucial...
Tal vez necesite una segunda opinión para eso, ¿voluntarios? ¿Alguien con la suficiente paciencia para enseñarme cómo demonios funciona eso del beta? Tendría un preview exclusivo del "final" de esta historia. ^^
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Muchas gracias por haber llegado conmigo tan lejos.
Agradecimientos a:
Love-girl2015, Crosseyra, MariiEzz,
Lady Darkness Phantomhive, Kokkiri,
Jendaline, HBluesHeart, sweetdemonenvy,
y a los guests! (¿pueden dejar un nombrecito para los honorarios?)
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Los reviews valen oro, plata y bronce.
Y un pequeño favor... ¿Se pasean por mi fic de Narnia?
