Advertencias: spoilers de la primera historieta de La segunda generación, o, en su defecto, viene bien que conozcais lo que pasa con Sturm y Kit en El ocaso de los dragones.
Volvemos con Dragonlance una vez más. Me puse a escribir un poquitín… y salió del tirón. Qué vicio xD y estaba tan emocionada al final :( qué bonito. Para demona, porque sé que le gusta eso mismo que me hace moquear a mí XD
SESGADA
XI. HABLAR
Sara Dunstan nunca había visto tanto sufrimiento, ni tampoco tanta belleza en un mismo momento. Sostenía entre sus brazos al hijo de aquella mujer, aquella guerrera. El niño berreaba con fuerza cubierto de sangre, envuelto en un paño blanco que había tejido ella misma, pidiendo comida. Por el momento le daba leche de vaca hervida, mojándola en un trapo y acercándoselo a los labios para que chupara.
Kitiara no podía darle de mamar. De cualquier forma, seguramente sus pechos estarían secos. Yacía en la cama de paja agotada, consumida por las fiebres y el esfuerzo del parto.
La druida le había dicho que probablemente moriría.
Sara también lo creía, pero ella no había dicho nada. Seguía cuidando a Kitiara con testarudez. La había lavado y secado tras el parto, evitando que se enfriara más, y no cesaba de cambiar el paño húmedo que le ponía sobre la frente y de insistirle que bebiese. La última vez lo único que había conseguido había sido que Kitiara rompiese de un manotazo el vaso de barro.
-Se porta mejor el crío que tú –le había espetado Sara en aquel momento, aunque no tardó mucho en arrepentirse. Era obvio que la mujer deliraba.
Era bien entrada la noche cuando la oyó murmurar algo. Maldiciones, protestas roncas a media voz. Sara Dunstan parpadeó y se levantó de la silla en la que se había dormido, trastabillando un poco cuando se acercó al lecho de Kitiara. La guerrera la miraba fijamente, con los ojos centelleando como brasas por la fiebre. Sus labios se apretaban en una fina línea, y parecía cuerda.
-¿Estás mejor? Voy a traerte algo de…
La mano de Kit la aferró de la muñeca como una garra y le impidió marcharse. Sara se sorprendió de la fuerza que tenía. Seguramente estaba aterrorizada.
-No… no. –Tragó saliva, intentando humedecerse la boca. Estaba claro que hablar le suponía un tremendo esfuerzo-. Necesito que me escuches.
-Claro, yo… ¿Qué ocurre?
Que me muero, parecían decir sus ojos. Sara se arrodilló al lado de la mujer, admirando que incluso en esas condiciones tuviera la suficiente fuerza de voluntad como para cumplir lo que se proponía.
-El padre del niño…
-¿Quién es?
-Brightblade –susurró, y dejó escapar un suspiro tan largo que Sara temió que volviera a perder el sentido-. Sturm Brightblade. Un caballero de Solamnia… o bueno, eso se cree él.
La vio esbozar una desfallecida sonrisa de medio lado.
-¿Cómo le encontraré? –preguntó al final, sin saber bien qué se esperaba de ella.
-No, ¡no! –Le volvía a apretar la muñeca, con más y más fuerza, hasta que a Sara se le quedaron las marcas de los dedos-. No debe saberlo nunca.
-Entonces…
-¡Tienes que jurarlo! –jadeó, respirando agitadamente. Abría muchos los ojos, medio loca-. ¡Júralo! ¡No puede saberlo!
-Sí, claro, pero…
-¡Júralo! –Kitiara no podía moverse, pero a la tejedora se sintió de alguna forma amenazada.
-Lo juro. Por el recuerdo de mi madre, lo juro, pero cálmate –insistió, asustándose al verla tan desquiciada.
-No puede saberlo, no puede saber que se vengó dándome este mocoso.
-¿De quién se vengó?
-¡De mí! Estaba harta de que me diese órdenes, no quería… Me ponía de los nervios. Era exasperante. Yo era la mayor, y la que más experiencia tenía en la lucha. ¡Pero si ayudé a entrenarlo a él! ¡Y tuvo la desfachatez de empezar a darme órdenes! –escupió, furiosa-. Planeé retarle a un duelo, pero eso no… no sería suficiente. Así que le seducí. Una noche mientras rezaba a Paladine. ¡Él, que tanto hablaba de dioses, me prefirió a mí!
Se había vuelto loca. Le seguía apretando con fuerza el brazo, y ahora también estrujaba la manta con la otra mano. Tenía los ojos fijos en el techo, como si estuviera viendo algo que Sara no veía.
-¡Al día siguiente me pidió que me casara con él! –Kitiara se echó a reír-. Fue perfecto. Su cara cuando le rechacé y le dije que le odiaba… Fue como si le hubiese atravesado el corazón con una lanza. ¡La próxima vez que se quede tan blanco, lo enterrarán!
Sara sintió una horrible lástima por el caballero. A veces había conocido a alguno, idealistas aferrados a unos tiempos que, aunque sabían que no volverían, seguían esperando.
-Pero no podrías… Si tanto te molestaba haberle dicho algo.
-¡Lo merecía! –respondió con ferocidad-. ¡Mírame! ¡Es él quien ha acabado vengándose de mí!
Le entró un espantoso ataque de tos que casi la hizo convulsionar. No se calmó hasta que Sara le alcanzó un poco de agua y ella bebió con avidez. Se dejó caer en la cama nuevamente, respirando profundamente.
-Lleva al chico a mis hermanos Caramon y Raistlin Majere. Criarán a mi hijo para que sea un gran guerrero, en especial Caramon. Es un buen luchador. Lo sé, porque le enseñé yo.
Por un momento pareció orgullosa. En el mes de convalecencia que había pasado en su casa, Kitiara le había contado cosas. La mayoría de las veces eran historietas divertidas de guerrillas en las que se había visto envuelta. Nunca decía nada de ella. Hasta ese momento, Sara no supo que tenía dos hermanos.
-Lo haré, lo prometo –susurró-. ¿Pero cómo voy a convencerles de que me envías tú? ¿Hay alguna cosa que pueda llevar a tus hermanos para convencerles de que el niño es tuyo? Si no, ¿por qué iban a creerme? Alguna joya que puedan reconocer, por ejemplo…
-No tengo joyas –respondió, como si la mera idea le hiciera gracia-. Sólo mi espada. Lleva mi espada a Caramon. La reconocerá. Y dile… dile…
Parecía buscar algo. Alguna idea, algo que decirle. La vio incorporarse un poco sobre el almohadón y mirar alrededor suyo. En ese momento el niño empezó a llorar. Había estado dormido hasta entonces en su cuna, cerca de la chimenea, pero normalmente siempre hacía levantarse a Sara por la noche.
-Mi hermano pequeño solía llorar así… Raistlin siempre estaba enfermo. Y cuando lloraba, Caramon intentaba entretenerlo para que se calmara. Hacía figuras de sombras, así. –Kitiara levantó unos brazos temblorosos y juntó las manos y empezó a moverlas. Las sombras hicieron formas en la pared gracias a la luz de la vela-. Y Caramon le decía: mira, Raist, conejitos.
Dejó caer las manos y se tapó con la manta. Había empezado a temblar. Al tocarle la frente, Sara se dio cuenta de que volvía a subirle la fiebre.
-Caramon se acordará –susurró, cerrando los ojos-. No ha podido olvidarse de eso.
