N/A. Desde que se me ocurrió la idea, tenía taaaaantas ganas de escribir esta viñeta... a ver qué os parece. Un poquito de angst para variar :)
ENTINTADO
XVI. HERMANA
Fue casi un bramido de elefante herido lo que la sobresaltó e hizo que le salpicase el aceite de las salchichas del desayuno. La mujer se apartó de la sartén con un pequeño brinco, frotándose con fuerza el dorso de la mano, que empezaba a enrojecer.
-¡Pe...Petunia!
-Estoy haciendo el desayuno, Vernon -gritó la mujer desde la cocina, sin desviar su atención. Era una buena ama de casa, y le gustaban las cosas bien hechas. Eso incluía que las salchichas ni se quemaran ni se quedasen crudas por dentro-. Está casi a punto.
-¡Olvídate del desayuno y ven aquí! ¡Algún bastardo nos ha dejado...!
Pareció incapaz de continuar, porque Petunia escuchó la voz de su marido cortarse en seco. Levantó la vista, dirigiéndola hacia la puerta, sintiendo que empezaba a preocuparse. Vernon era un hombre temperamental, y conocía bien sus gritos, a pesar de que pocas veces estaban dirigidos a ella.
Nunca habían sido así.
Se apresuró a salir de la cocina y recorrer el pasillo, limpiándose las manos con el delantal floreado que llevaba. No tardó en ver a Vernon, parado delante de la puerta. Los rollizos brazos inmóviles a los lados del cuerpo, sujetando en la mano una carta, y sus pequeños ojos clavados fijamente en algo que había en el suelo y que su enorme envergadura le impedía ver.
Petunia llegó a su lado, y se puso de puntillas sobre las zapatillas de andar por casa para poder ver por encima de su hombro.
Soltó un agudo y breve chillido, llevándose las manos a la boca.
Ahí, delante de ella, había un bebé. Era pequeño, tendría poco más de un año, y, a pesar de todos los gritos, dormía plácidamente en una cesta, bien arropado.
-Pero...
Las palabras murieron en su garganta. Vernon alternaba su concentración entre su mujer y el crío, y abría y cerraba la boca como si boquease. Parecía querer decir que si todo aquello era una broma de mal gusto, que si los gamberros se divertían ahora de esa forma, pero... era un bebé. Nadie abandonaba a una criatura así frente a la puerta de una casa sin una razón.
-¿Quién le ha dejado aquí? -preguntó la mujer con ansiedad, sin atreverse a acercarse al niño.
-¡Y yo qué sé! ¡Algún loco! ¿Quién si no? -bramó Vernon, su cara alcanzando un tono tan rojo que parecía imposible-. ¡Lo llevaremos al orfanato ahora mismo, no quiero ningún...!
Pero su mujer ya no le hacía caso. Sus ojos estaban fijos en la carta que su marido sostenía en la mano. Se había puesto mortalmente pálida, tanto que Vernon temió que llegara a caerse.
-¿Qu...? ¡Petunia!, ¿qué te pasa? ¿Estás bien?
Como si hubiera visto un fantasma.
-Esa carta...
-Estaba en la cesta -explicó el hombre, mirando de reojo a Petunia, como si temiera que fuera a caerse de un momento a otro.
-Deberíamos leerla, puede que explique quién... -Vernon no pudo escuchar más. Petunia cerró los ojos despacio, hablando casi en un hilo de voz-, de quién es el niño.
Vernon se entretuvo unos segundos abriendo el sobre. No vio la mirada ansiosa de su esposa, que se volvió casi desesperada en cuanto tuvo la carta en sus manos.
Reconoció la letra. ¿Cómo no iba a hacerlo? Le había parecido verla en la dirección del sobre, esos trazos alargados y algo curvos. Albus Dumbledore volvía a escribirla, y esta vez no era para contestar amablemente a una carta de una chiquilla celosa.
Lily había muerto.
Eso era lo que decía. Lo que empezaba a asimilar mientras dejaba caer la carta al suelo, mientras se tenía que apoyar en el umbral de la puerta para no perder las fuerzas y caerse. Sus oídos parecían haberse insonorizado, ya no escuchaba a Vernon preguntarle a gritos que qué diablos había leído para ponerse así, que si estaba bien, que si quería que llamase a un médico.
Que si sabía de quién era el niño.
Porque sí, lo sabía.
-Nuestro.
Puede que en otro momento se hubiera reído de la cara tan absurda que puso Vernon.
-¿Qué? ¿Pero qué dices? -gritó, pidiendo explicaciones-. ¿Te has vuelto loca? ¡Petunia!
Pero ella no le hacía caso. Se había agachado junto al niño, que ahora la miraba fijamente, ya despierto, con unos ojos verdes enormes.
Petunia se sintió incapaz de aguantar esa mirada. Apartó los ojos, y, levantándose, fue a quitar las salchichas quemadas del fuego.
