Notas de autor: Los preparativos de la boda y cómo enmarronar a los padrinos. Espero que os guste, muchas gracias a los que leéis y comentáis.

Gracias también a mi beta Dybbo, cualquier error que encontréis es mío.


Episodio 3: Los sacrificios de los padrinos

Ese sábado, Harry viajó a La Madriguera. Tras calibrar delicadamente todos los puntos, admitió que Malfoy tenía razón. Sin embargo, sabía que las ganas de Ron de encontrar a una chica, eran directamente proporcionales a sus ganas de tener sexo. Si no averiguaba cuánto le gustaba Pansy, poco podría hacer. Si vislumbraba algún problema, pronto acabaría la pesadilla, se dejaría de relacionar con antiguos enemigos deseosos de llevarlos por el mal camino, quién sabe qué estaría tramando la bruja sangrepura. Molly lo recibió con sorpresa y alegría, y enseguida le tendió un emparedado y se colocó junto a la escalera para llamar a Ron a voz en grito. Cuando su amigo bajó, vestido para salir, un gesto de malhumor cruzó por su rostro. Harry no quería ver a su amigo triste ni enfadado con él, solo quería que pensara, que comprendiese que ella no era para él.

—¿Qué hace aquí, señor Potter? ¿Se le ofrece algún trabajo?

Dolido y aún mirando el emparedado, Harry respondió:

—Por favor, Ron. Quiero disculparme —más intrigado por las palabras de su compañero, Ron se sentó frente a él. La casa parecía desierta, algo inusual en La Madriguera.

—Me voy a marchar a ver a Bill y a Fleur —dijo el otro, cortante—. Que sea rápido.

Molly pasó como una exhalación por la cocina, estaba buscando unos pendientes, pero enseguida desapareció rumbo a su cuarto para seguir vistiéndose, supuso Harry.

—Creo que me porté mal, y em... quiero pedirte perdón.

Ron, inflexible, inquirió:

—¿Significa eso que aceptas mi decisión de casarme con Pansy? —demonios, escuchar ese nombre producía un sinsabor amargo en Harry, pero haciendo de tripas corazón, respondió:

—No creo que aceptarlo sea la palabra exacta. Digamos que me resigno. Al final, si eso es lo que quieres... voy a tener que aceptarlo me guste o no. Ya nos enfadamos una vez, Ron. Tú creíste que había metido ese papel en el Cáliz de Fuego, y no confiaste en mí. Obviamente, no me gusta tu futura esposa, pero ¿qué puedo decirte? Trabajamos juntos, ¿vamos a estar enfadados toda la vida? No quiero eso. Me importas, Ron, y lo sabes, por eso me enfadé. Si hubiera actuado como si todo me diera igual, no sería tu amigo.

El gesto en la cara de Ron se había suavizado. Percibió sinceridad en Harry, y lo agradeció. Para él, esas semanas tampoco habían sido nada fáciles, acostumbrado a su risa y su compañía, acostumbrados a pasar juntos los fines de semana y a criticar las decisiones del Ministerio. Por eso le había dolido tanto su desprecio.

—Gracias —y queriendo olvidar ese mal rato, propuso—. Ven con nosotros a El Refugio. Bill y Fleur quieren verte.

§§§§

Unos sonrientes Pansy Parkinson y Ron Weasley yacían sentados con las manos entrelazadas en un costoso sofá victoriano de Malfoy Manor. Frente a ellos, Draco Malfoy y Harry Potter los miraban con el corazón saltando en el pecho, tratando de discernir el siguiente punto. Si bien Harry se encontraba muy agradecido hacia Malfoy por su consejo, pues desde el sábado pasado se había sentido nuevamente en familia, había vuelto a comer los deliciosos guisos de Molly y a pasar tiempo con su mejor amigo, seguía reservándose una parcela de desconfianza en todo ese asunto. Ron le preguntó si quería seguir adelante siendo su padrino, y Harry se encontró respondiéndole de forma afirmativa, porque el imbécil de Malfoy tampoco le había dado más datos, así que se jugó el hacer la pantomima durante un tiempo más. Draco, por su parte, contemplaba a Harry, cuyo rictus en la cara tenía cierto tinte amargo y aún no se había dado cuenta de cómo apretaba los puños sobre esos horribles vaqueros. Intrigado aún porque Pansy le hubiera pedido una habitación de su casa para reunirse, escuchó con atención.

—Nos causa mucha felicidad el veros aquí, con nosotros, ¿verdad, pastelito? —Ron asintió, poniendo ojos de borrego, y así, sin anestesia ni aviso, se acercaron para sellar sus labios. Harry no pudo evitarlo y giró la cara, antes de recibir una patada imprevista, supuso que de aviso, por parte de Malfoy, sentado a su lado en el otro sofá. Una mesa victoriana del mismo estilo que el resto de los muebles los separaba, y era una suerte, considerando los nervios de Harry, que parecía querer estampársela a su amigo por ser tan ciego y considerar a Parkinson como una conquista. Con todas las mujeres solteras del mundo mágico, capaces de hacerle feliz... Malfoy lo miró con furia y en señal de advertencia, y él contraatacó con burla, porque no estaba acostumbrado a hacer esos teatros, por Merlín—. Bueno, ya que tenemos la bendición de ambos —no es que la necesitáramos—, a ambos nos pone muy contentos y nos recuerda que tenemos que seguir dando pasos para la ceremonia. Y os necesitamos a vosotros para ello.

Un silencio sepulcral se instaló en la sala. Harry estuvo seguro de haberla cagado, aunque Malfoy, a su lado, levantando las cejas en señal de sorpresa, respondió:

—¿Cuál es el siguiente paso, pues, querida?

—Muy fácil —Pansy soltó la mano de su amado gryffindor para pasearse por la sala y de paso exhibir su nuevo vestido de lunares, lo último en pasarela—, necesitamos mandar invitaciones, y como Ron y yo estamos muy ocupados tratando de elegir nuestros vestidos, vosotros, en calidad de padrinos, podríais hacerlo mejor, claro.

Harry contuvo el aire; a su lado, Malfoy enseguida se pronunció:

—Querida Pansy, no es por no hacerlo, pero la verdad, aquí Potter y yo podríamos hechizar la tienda solo tratando de elegir qué invitaciones podrían ser adecuadas. Mi madre, sin embargo, tiene muy buen gusto y podría ayudaros desinteresadamente; te encantaría su elección, Pansy, y lo sabes.

La chica se volvió, algo enojada.

—¡Nada de eso! Si os hemos elegido como padrinos es porque queremos que en esta ceremonia haya un poco de vosotros dos. Sé que Narcissa Malfoy sería una estupenda anfitriona, pero no quiero abusar de ella: ya le he pedido los jardines de la mansión para el gran día —ahora fue Draco quien apretó los puños, conteniéndose. Harry observó las cejas rubias, que atrapaban unos ojos furibundos. Un Weasley pisando su casa debía ser algo muy doloroso; sin darse cuenta, sonrió.

—¿Le has... pedido a mi madre que la boda se celebre aquí?

—Sí, Draco. Está claro que puedo pagar un sitio estupendo, pero Ron y yo queremos poner el mismo dinero para el evento, y si yo pago el sitio... bueno, al final estaré pagando más que él —la chica se sentó, acarició los pelirrojos cabellos de su prometido, quien le sonrió, satisfecho.

—Eh... con todo el respeto, Pansy. Weasley apenas podrá comprarse el traje de novio, y eso ya es decir —alzó la mano ante Ron para pedir tregua. Últimamente estaba haciendo eso a menudo, y no le gustaba nada; su costumbre era decir todo lo que se le pasaba por la cabeza, y al cuerno quien se molestara—. No creo que podáis pasar esa barrera.

—Lo arreglaremos. Ya tenemos mucho ganado gracias a tu madre, que ha sido muy afectuosa y comprensiva con el tema. Es más, dijo que si nos ponías algún problema, ella se encargaría de hablar contigo —Harry vio palidecer al rubio ante tal amenaza. Por Merlín, ni siquiera se habían casado y la chica ya estaba arreglando la vida de su amigo. Pronto, Ron dejaría de frecuentar Grimmauld Place y también otros sitios de ambiente que seguramente a ella se le antojaban patéticos. Aprovechó para interrumpir.

—Supongo que tratas de respetar la personalidad de Ron, entonces —Pansy se volvió hacia él, curiosa—, lo digo porque si habéis decidido así lo del tema monetario, también permitirás que Ron siga saliendo con nosotros a sitios baratos y donde siempre puede encontrar a sus amigos de Hogwarts.

Harry vio la sonrisa falsa de Pansy, y estuvo tentado a girarse hacia Draco y señalar "esta gilipollas trama algo", pero se detuvo a esperar la respuesta de ella.

—Claro, cariño. Ron puede salir con quien quiera, al fin y al cabo nunca pensé en invitar a mi boda al Elegido.

"Y te lo podrías haber ahorrado, de verdad", quiso decir el moreno, apretando otro puño.

—Bueno, queridos. Os dejamos para que evaluéis el tema de las invitaciones. Cuando las tengáis solo me mandáis una lechuza con el diseño y nosotros nos encargaremos de repartirlas —luego, alegando tener mucho trabajo, ambos se desaparecieron.

—Se van a la cama —dijo Draco, atónito—, Pansy tenía esa mirada sucia y lasciva. Aggh, creo que el desayuno va a sentarme mal.

—Tu amiga trama algo y lo sabes —contraatacó Harry, a su lado. Ambos se habían levantado tras expulsar todo el aire retenido en los pulmones—, espero no tener que aguantar muchas más estupideces de las que dice. Es evidente que mentía cuando dijo que permitiría a Ron salir a lugares de ambiente y quedar con nosotros. Mira, Malfoy, no estoy nada contento y sí muy mosqueado. Esto saldrá mal.

El rubio lo enfrentó, algo fastidiado.

—¿Y qué crees que me parece a mí? ¿Un cuento de hadas? Varias veces quise sacar la varita para inyectarle a Pansy sentido común.

—¿La varita? Me parece que ella sí la utilizó, porque Ron estuvo muy callado todo el tiempo. Quizá podamos hacerle un examen para ver si le ha dado Amortentia. Ron no es el mismo desde que está con ella —ambos se habían acercado sin darse cuenta, y ahora apenas un reducido espacio los separaba. Harry era ligeramente más alto que Draco, y tenía el temple y la fuerza de un auror, sentía su magia a punto de estallar. Draco lo miraba con fastidio. Él no quería pasar tiempo con Potter, su tiempo libre era muy escaso y lo necesitaba para poder seguir cuerdo. Cuando las lamparitas de la sala vibraron, ambos parecieron salir de su estupor.

—Eh, Potter, controla tu magia, no se te ocurra romper nada. Todo aquí es muy valioso —Draco observó las duras facciones del chico, la piel algo castigada por los años, los labios apretados, los ojos detrás de sus gafas que parecían lanzar cuchillos. Repentinamente, el auror se agarró a sus brazos con fuerza, tratando de controlarse.

—Me marcho, Malfoy. Estoy muy enfadado.

§§§§

Draco se despertó, desubicado. Había vuelto a soñar con Potter. Desde muy pequeño soñaba con él, incluso antes de conocerlo; siempre lo veía como alguien muy poderoso, pero al conocerle, la decepción lo embargó, porque era tan simple como un muggle. Verle en acción contra el Señor Tenebroso en Hogwarts fue espectacular, y asistir a una de sus pequeñas rabietas de magia descontrolada lo tenía en ascuas. Si era capaz de irradiar tanta magia, ¿qué haría en la cama? En el círculo slytherin siempre se comentó que debía ser alguien catastrófico, solo había que ver su nulo gusto para vestir, bailar y tratar de ligar con las chicas. Sin embargo, cuando Draco leyó la noticia de la que se hizo eco El Profeta, de que Harry Potter era gay, la verdad, no le extrañó lo más mínimo. Entendió entonces lo patético que parecía ante Cho Chang y la ligera de cascos Weasley... realmente, no le interesaban y no sabía cómo decírselo; él, siendo tan caballeroso, tan correcto. Sin embargo, nunca le vio como algo más que un mago poderoso e idiota. Hasta aquel día, en Malfoy Manor, en ese arranque de rabia; aún le dolían los brazos de cómo Potter se había apoyado en ellos. ¿Sería la parte activa de la relación? Draco trató de imaginar cómo sería ser poseído por el auror, en qué forma se entremezclarían su caballerosidad gryffindor y su impulsividad y simpleza. Sonrió. Pasaría mucho tiempo junto a él, y lo iba a gozar avergonzándolo; de hecho, Potter era cualquier cosa menos aburrido. Con esa proposición en mente, volvió a dormir sin interrupciones.

Cuando Harry vio quién se sentaba en su mesa en la hora del almuerzo, miró a uno y otro lado, buscando mesas vacías. La sala estaba bien concurrida, pero había sitios libres. Entonces, ¿por qué demonios el rubio ególatra estaba sentado frente a él, con un divertido gesto en la cara?

—¿Se te ofrece algo?

—¿No come Weasley hoy contigo? —Draco desenvolvió un sandwich de arándanos, nueces y mantequilla, cuidadosamente. No era de la cafetería, tenía pinta de haberlo preparado algún elfo de la mansión.

—Está en una misión —respondió Harry, tomando un trago de su té verde y mirando el delicioso almuerzo de su fiambrera, made in Molly Weasley.

—Pobre Potty, yo me quedo contigo para que no comas solo —sonrió Draco mordiendo el pan. Se hizo el silencio entre ambos. Varias personas los miraron, curiosos, pero nadie dijo nada. Poco después, Nigel Wespurt se acercó a ellos y Harry tuvo una pequeña plática con él, quien pareció algo contrariado al tener que alejarse para buscarse otro sitio.

—¿Ese Wespurt está detrás de tu trasero? Qué sorpresa —A Malfoy no se le escapaba una, demonios. Nigel había estudiado con ellos en Hogwarts, y había pertenecido al Ejército de Dumbledore. Harry se había enterado de su homosexualidad porque él mismo le envió una carta de apoyo cuando El Profeta sacó su exclusiva. Nigel le ofreció su amistad y salieron varias veces, pero nada más.

—¿De qué hablas? Solo somos amigos —finalizando su almuerzo, Draco solo lo miró, divertido.

—¿No te acuestas con él? Parece un poco deseoso de ti. Como polvo ocasional podría servirte, Potter. Es gryffindor y admirador tuyo.

Harry le lanzó una mirada de odio. ¿Por qué ese imbécil se creía con derecho a opinar de su vida sentimental?

—No voy a discutir mi vida sentimental contigo. Abstente de hacer comentarios estúpidos —el moreno fue a levantarse, pero Draco lo agarró de la muñeca, enviándole un escalofrío a todo su cuerpo. No habló, solo le enseñó un papel escrito con elegante caligrafía—. ¿Y esto?

—La lista de las tiendas que tenemos que visitar para elegir las invitaciones para la boda de nuestros amigos —hizo énfasis en la palabra "nuestros" para dejar bien claro a Potter que no se podía escaquear.

—Vamos, Malfoy, ve tú. Ambos sabemos que mi gusto es nulo en todo eso. Creo que fue lo más cierto que dijiste acerca de mí —el moreno acercó la silla a la mesa para marcharse mientras recogía los restos de su almuerzo, pero Draco no le soltó.

—Ni hablar, Potter, si yo tengo que sacrificar mi tiempo libre para esto, tú también lo harás. Además, Pansy sabrá si lo he elegido yo o no, créeme, es una bruja escalofriante.

—Vaya —sonrió Harry, divertido—. En algo estamos de acuerdo. Está bien, pero que sea lo más rápido posible. Ven a buscarme a las cinco, creo que a esa hora ya habré terminado.

A mediados de junio aún hacía frío en Londres, y la ciudad, a pesar de estar bañada por el sol, tampoco era una invitación para que el jodido auror se pusiera manga corta. Ese idiota se iba a resfriar, pero no parecía darse cuenta, caminando tan tranquilo a su lado y con evidente deje de fastidio. Habían recorrido tres tiendas y seguramente su paciencia se estaba terminando; al fin y al cabo, los aurores amantes de comilonas y amigos pelirrojos no debían disfrutar mucho yendo de compras.

—¿Qué es tan divertido, Malfoy? Llevas un rato mirándome como si te divirtiera mi fastidio.

—¿De qué hablas? No te sientas tan importante. Me estoy acordando de cosas graciosas. Aquí es —Draco se había parado bajo un letrero antiguo, cuya fachada se veía descolorida y macilenta, rodeada de edificios clausurados. Con cuidado, alzó su varita ante la puerta, dio un pequeño golpe a la puerta de metal, y se escuchó un clic. El rubio la empujó y ambos accedieron al establecimiento; los negocios de magos se ocultaban a menudo bajo un hechizo de invisibilidad o en edificios realmente antiguos y no utilizados por los muggles. De todos modos, El Callejón Diagón había ampliado su pasillo de tiendas y negocios, y muchos otros magos vendían allí.

Harry dejó que Draco hablara con el dependiente, un cuarentón que enseguida le echó una mirada fugaz. Mientras Draco miraba las invitaciones, pasaba a Harry las que él creía adecuadas, y Harry hacía la última elección. Después de preguntar al dependiente cuánto tardaría en hacerlas y qué extras se podían incluir, el auror se dedicaba a mirar otros objetos a la venta. Finalmente, Draco se despidió del hombre y éste sonrió, complacido, mirando al otro joven.

—Es usted Harry Potter, ¿verdad? Tengo un hijo que lo admira mucho, juega en el equipo irlandés de quidditch, ya sabe... el duende —dijo, nombrando a la mascota del equipo—, ya sé que no le gustan estas cosas, pero, ¿sería tan amable de firmarme un autógrafo?

—Yo... no sé...

—¿Las invitaciones son para usted?

—Unos amigos comunes van a casarse, sí —detalló Harry, algo incómodo por el repentino interés del hombre. De momento, Ron y Pansy tenían buen cuidado de no filtrar su relación a la prensa, porque no querían ninguna exclusiva. Una vez celebrada su boda, ya se encargarían de conceder alguna, pero no durante los preparativos, una decisión muy acertada, se dijo el auror.

—Bien, si me firma el autógrafo les haré un descuento —el hombre garabateó algo con su pluma, un porcentaje de cómo les quedaría el precio. Draco Malfoy, a su lado, lo miró con premura.

—No sé a qué esperas para firmar, Potter —la mirada de Harry no tuvo precio. Draco apenas pudo contener la risa. No había contado con la fama del chico, pero si además iban a obtener descuento por ello, Pansy se sentiría feliz. A la muy cabrona le estaba saliendo todo a pedir de boca.

Harry firmó con su letra descuidada, tras añadir una pequeña dedicatoria, y el hombre les deseó un buen día. A la salida, Harry estaba aún más enfadado.

—Tampoco es para tanto, y a los novios les hace falta un descuento si van a poner la misma cantidad de galeones, ¿no te parece?

—Eres diabólico, Malfoy. Sabes muy bien que la fama me incomoda, de hecho evito salir a comprar para saltarme este estúpido protocolo.

Draco sonrió, divertido: ver la cara del héroe desencajarse porque le fastidiaba la fama era muy chistoso, teniendo en cuenta que cualquier otro se cambiaría por esos favoritismos.

—¿En serio? ¿Y quién compra, Weasley?

—Sí, él compra mientras yo me quedo en la puerta —Draco rió ruidosamente al imaginar a Potter parado en una tienda, obviamente lo estaba vacilando, porque atraería mucho más público si se quedaba parado junto a un escaparate—. Dime que vamos a elegir estas para no tener que estar paseando más. Me apetece volver a casa.

—De acuerdo, le enviaré una lechuza al dependiente desde allí, vamos —Draco se colgó del brazo de Harry para llevarlo a un punto de aparición mientras el auror no paraba de quejarse.

—¿Cómo que vamos? Yo no te he invitado. Me apetece quitarme la ropa y ducharme, Malfoy.

—Bueno, eso no es ningún problema. Puedes hacerlo mientras yo estoy por ahí, ¿no? No voy a ver nada que me escandalice.

—¡No voy a ducharme mientras tú estás en mi casa! —se deshizo del brazo del rubio, mientras el otro forcejeaba.

—Cuántos prejuicios... de verdad, yo creí que eras diferente, todo el mundo habla maravillas de ti, pero solo eres un idiota.

—¡Este idiota se va solo a su casa, adiós! —un repentino plop dejó a Draco plantado en mitad de la calle, con gesto divertido y curioso. Se miró la mano. Por Salazar, ese Potter estaba bien musculado...

Harry paseaba por el pasillo del Ministerio con su túnica de auror y un extraño sentimiento de rebeldía. Draco Malfoy había vuelto a abordarlo en el almuerzo para explicarle que las invitaciones ya estaban encargadas y ya todo corría por cuenta de Pansy y Ron. El pelirrojo volvería mañana de su misión con el grupo de cadetes del cuerpo de aurores y seguramente tendría que quedarse a revisar papeleo. Aturdido porque estaba pasando más tiempo con su némesis que con su mejor amigo, el auror envió un memorándum a Nigel para salir esa noche. El gryffindor aceptaría extasiado, era el segundo fan de Harry después de ese entrometido conserje, obstinado en salir con él y enviándole toda clase de proposiciones. Y Miley, su secretaria, acudía cada día con el escote más pronunciado, y cada vez que entraba en su despacho, Harry podía sentir los ojos de envidia de otros compañeros, como si ella fuese suya y no quisiera compartirla. Por favor... Para colmo, Malfoy le enviaba notitas en el trabajo, como si él estuviera ocioso o tuviera tiempo para leer tonterías.

"Wespurt me mira mal. Cree que somos novios".

Harry había respondido que si no almorzara con él tan seguido, Nigel no pensaría eso, que obviamente ya era un fastidio tener que darle explicaciones y que, por Godric, no se metiera en su vida privada, pero el rubio parecía disfrutar llevándole la contraria. Además, el jueves hubo reunión de nuevo en Malfoy Manor. Ron y Pansy les felicitaron por su buen trabajo con las invitaciones y expresaron su deseo de que todo se llevara en la complicidad y paz más absoluta, que ese odio estúpido entre sus casas tenía que desaparecer, empezando con ellos. Estúpido consejo, se dijo Harry, y a punto estuvo de hechizarlos cuando sus amigos, muy amablemente, pidieron ayuda con otro preparativo: la elección de los manteles. Los muy cabrones les dedicaron una sonrisa, les desearon hacerse amigos y volvieron a desaparecer; Harry dio un portazo al salir de la sala victoriana, lugar que comenzaba a volverse escalofriante.

—¡Por Salazar, Potter, vas a destrozar lo que no pudieron decenas de antepasados! —Draco arreglaba una vasija china situada en el pasillo con su varita, aún con el corazón a cien debido a otra erupción mágica del Salvador.

—Joder, Malfoy, estoy muy cabreado. ¡Dijiste que romperían! Julio está a la vuelta de la esquina y estos dos no parecen tener ganas de deshacerse el uno del otro —el rubio aprovechó para poner una mano sobre el hombro de Harry, solo para calmarle, no porque estuviera deseando volver a sentir esos brazos bajo su mano.

—Cálmate, Harry —el rubio recibió una mirada atónita, y las vibraciones pararon—. ¿Cómo es que se descontrola tanto tu magia?

—No sé —algo abochornado, el moreno dio varios pasos para alejarse de la cercanía de Malfoy y la forma en cómo le había llamado—. ¿Me has llamado por mi nombre? Creo que por hoy he tenido suficientes emociones. ¿Me guías a tu chimenea, por favor?

Draco lo miró en silencio. El moreno parecía estar batallando por dentro, y no se atrevió a preguntar. Para él también era incómodo ver cómo Pansy y la comadreja construían su relación y no parecían cansarse el uno del otro; no culpaba a Potter, él también sentía decepción. Rozando los hombros del auror al caminar, lo llevó hacia la chimenea más próxima, donde Harry pudo volver a ese lúgubre agujero llamado Grimmauld Place.

§§§§

Hermione Granger salió de su oficina a las seis de la tarde; tuvo un presentimiento y se apeó en la segunda planta, donde aún quedaban algunos aurores. No le sorprendió encontrar a su amigo Harry detrás de un montón de papeles; al llamar a su puerta, el moreno alzó la vista y su rostro pareció iluminarse.

—¿Cómo va la PEDDO, Hermione?

—Mucho mejor que tú, por lo que veo. ¿Ron se ha marchado?

—Sí. Me ha pedido un permiso para dejarlo salir antes los martes y jueves, para quedar con esa... slytherin manipuladora —Hermione se sentó en la silla frente al escritorio y dejó un lado su bolso.

—No lo llevas bien... Ron decía que estabas aceptándolo poco a poco, pero se te ve en la cara. ¿Qué pasa, Harry? ¿Por qué te afecta tanto lo de Pansy?

Muy buena pregunta, sí. Él jamás había sentido por Ron algo que no fuese amistad, lo tenía claro. Entonces, ¿por qué le molestaba tanto? ¿Acaso Hermione insinuaba que él sentía otra cosa por Ron?

—Es que... Ron es mi amigo. Siempre hacemos cosas juntos. Ahora... quiere estar con otra persona, y eso no me parece mal, es solo que... es como si lo hubiera perdido en pos de un enemigo, Hermione. Además, ahora tengo que salir con Malfoy porque ellos nos utilizan para sus recados. Es todo tan extraño... paso más tiempo con Malfoy que con Ron. Me siento raro.

—¿Malfoy te fastidia mucho?

—Me irrita verlo tan a menudo y además... él parece tan tranquilo... no se altera, vamos a los sitios y hasta se divierte cuando me ve enfadado. Tiene la teoría de que ambos romperán, pero no creo que eso pase.

Hermione sonrió de medio lado, comprendiendo los miedos de su amigo. Desde que ella se casó, tuvo que dedicar tiempo a su esposo, y también sintió un distanciamiento de ambos; pero no se podía evitar, el tener pareja te limitaba a ver a tus amigos. Ella también había tratado de ser amable con Parkinson; no es que fuera de su agrado, pero poco podía decir; si ambos seguían adelante, ser educada le costaría poco; si dentro de un tiempo rompían, probablemente Parkinson no volvería a hablarle: en ambos casos se quedaba al margen, dejando a Ron experimentar esa relación.

—Si no crees que pase, ¿por qué no lo asumes? ¿Qué te cuesta hacerlo? Pansy parece haberse civilizado y a Ron lo veo muy atento con ella, y feliz. ¿Te has parado a mirarlos, Harry?

El moreno recordó algo abochornado cómo se habían ido de sus últimas reuniones.

—Realmente, no me dan mucha oportunidad, se desaparecen en cuanto nos han ordenado algo y luego me tengo que ir de Malfoy Manor yo solo. Con toda esa suntuosidad alrededor y esos pasillos laberínticos, y lámparas que se rompen con solo mirarlas...

Hermione suspiró y propuso hacer una cena para todos; si Ron y Pansy iban en serio, aceptarían la invitación; si no, siempre podían echárselo en cara; además, no les quedaría otra opción que perder a Ron en pos de Pansy. Hermione también creía que Ron no cambiaría de un día para otro; necesitaría tiempo para acostumbrarse a la vida con Pansy, y ni hablar de dejar de lado a sus amigos, precisamente porque es con los primeros con quienes quiso compartirlo. Ginny se había enterado hace un mes, cuando volvió de un partido con las Harpies y había puesto el grito en el cielo dejando de hablar a Ron. El pobre debía estar pasándolo mal...

—Está bien. Pero déjame elegir los sitios —la chica lo miró, sin entender, pero asintió.

Ella solo quería mostrar a qué grado podrían dos slytherin y tres gyffindor estar en una misma habitación y ser capaces de pasarlo bien sin lanzarse improperios.

§§§§

Draco Malfoy acabó de abrocharse la túnica formal para cenas importantes y dirigió nuevamente su cabreo hacia la chimenea, el lugar por donde desaparecería para aparecer en casa de Granger y su esposo, localizado en el Londres muggle, en la zona de Greenwich. Su madre apareció para despedirlo, y Draco viajó por la red flu. Naturalmente, no había ningún elfo para recibirlos, así que se encontró en mitad de un salón lleno de muebles de mal gusto, con objetos muggles aquí y allá. Si la zorra de Pansy iba a obligarlo a trabar amistad con los amigotes del pelirrojo, lo tenía tan negro como su túnica. Por Salazar, él dedicando tiempo a compartir mesa con esos descerebrados, con horribles modales en la mesa y conversaciones insulsas y pretenciosas. Caminó hacia donde escuchaba voces, y su amiga Pansy salió a recibirle, exquisitamente arreglada.

—Pansy, por Salazar, ¿qué es esto? ¿Por qué no respondiste mi lechuza?

—Draco, solo estamos confraternizando con gryffindors, no hay nada malo —enseguida se enlazó del brazo del otro, con temor a que pudiera escapar, y le acompañó a la cocina, que, aunque pequeña, albergaba la mesa para seis personas.

—No me apetece estar aquí, no son mis amigos, ¿entiendes?

Pansy pareció desencantada.

—Draco... esta es mi nueva vida y quiero que estés en ella. Si me abandonas, notaré tu ausencia.

—Solo eres una bruja manipuladora que se cree con derecho a...

—Buenas noches, Malfoy —un figurín envuelto en una túnica gris marengo apareció entonces para darle la bienvenida. Draco parpadeó varias veces hasta darse cuenta de que estaba ante Harry Potter, vestido y arreglado como nunca en su vida. Con cuidado, calmó el ardor repentino que sintió; todo era por el cambio de ropa y debido a su nerviosismo, por supuesto.

—Um... hola, Potter —si bien su nido de pájaros seguía igual de desordenado, Draco observó en el conjunto cierto aspecto salvaje, arrollador. El color de la túnica, increíblemente acertado, le hacía más joven y la ropa se le ajustaba de un modo muy... adecuado. Pronto, el brillo de los ojos de Pansy llegó hasta él y cambió de tema—. ¿Y esta decoración?

La mesa estaba decorada con jarrones con flores silvestres en un lado y exuberantes rosas en el otro. Draco levantó una ceja, alucinado. Es como si quisieran comparar los brillantes antepasados Parkinson con los humildes y zafios Weasley. Su amiga había perdido toda orientación y sentido común.

Además, había etiquetas flotantes sobre cada silla, con todos sus nombres. Curioso, observó las posiciones: él se sentaba presidiendo la mesa, y a su lado estaban Pansy y al otro lado Weasley. Harry Potter presidía en el lado opuesto a él teniendo como congéneres a Granger y a Goldstein. ¿Quién había decidido ponerle semejantes compañías? Al menos las parejas estaban frente a frente, se evitaría tener que verles meterse mano disimuladamente. Al parecer, Granger estaba sirviendo todos los platos sobre la mesa, dejando apenas espacio para sus vasos y cubiertos; claro que esto no ocurría en la alta sociedad, donde te traían caliente lo que ibas a comer y se lo llevaban antes del siguiente plato. Draco se sentó a regañadientes, y algo irritado, echó una mirada alrededor. Todos charlaban; Weasley, Granger y Pansy estaban contándose alguna anécdota, mientras ese imbécil de Potter —que hoy parecía un modelo de pasarela, si no fuera por sus ademanes grotescos—, le contaba algo de su trabajo al marido de Granger. Tras observarlos un rato, Draco juraría que, si Goldstein no estuviera casado, ambos parecían flirtear con las sonrisas y las miradas. Ese Potter se sonrojaba a veces, o apartaba la mirada, consciente al parecer del agrado que le producía el ravenclaw. Por Salazar, se mofaría de Potter en cuanto tuviera oportunidad. Y Goldstein gozaba de esa admiración hacia el Salvador, un virus extendido en muchos magos de Gran Bretaña. Sin embargo... no pudo evitar repasar sus rasgos y compararse con él; bien, Goldstein tenía los ojos azules y el cabello rubio cenizo... diferente al suyo, aunque en realidad, si los tipos de Potter eran altos, rubios, de ojos claros y bien parecidos, él podría ser fácilmente otro pretendiente potencial. Qué pena que Potter no fuera su tipo, claro...

La charla finalizó y todos los presentes comenzaron a comer. Los modales de los gryffindor, si bien no se podían comparar a alguien tan refinado y educado como él, no resultaron tan horribles, o es que él dejó de prestar atención para no morirse. ¿Cómo podía aguantar Pansy? De lejos, quien peor comía era Potter, claro que fue criado por muggles y... charlaba con Granger y Goldstein como si realmente se lo estuviera pasando bien. Maldita sea... él tenía que estar fastidiado, Potter de alguna forma lo comprendía y ahora que tenían algo en común se sentía traicionado. Primero, porque Potter no podía verse tan condenadamente bien envuelto en una túnica y porque Draco Malfoy no estaba mirándole más de la cuenta durante la cena; segundo, porque había alejado a Pansy de él y también a su amigo pobretón para dejarle a él todo el trabajo. Maldito capullo.

Las patatas hervidas de Northumbria con limón y especias estaban deliciosas, y el queso irlandés con salsa de mostaza también, se notaba que Granger había estado buscando comida decente. Weasley, a su lado, parecía encontrar extraño su sabor; seguramente, no habría probado algo tan delicioso en su vida. Aprovechó para recordarle que con Pansy, su paladar crecería para admitir alimentos mucho mejores.

—No lo dudo —respondió Weasley algo cohibido—, pero ella también admirará la cocina de mi madre. En nuestra casa no tenemos que acudir a platos famosos ni cocineros de renombre para disfrutar, Malfoy.

Draco se mordió la lengua, porque quiso decir "salvo esa grasa de más que tú tienes y yo no", pero Pansy, atenta a todo, le lanzó una mirada de advertencia y solo atinó a introducirse un trozo de queso en la boca, mientras de paso miró a Potter de forma acusadora. Ella misma pronto se convertiría en una vaca y ya le pediría consejo para ir a algún gimnasio, ya. Las fresas con yogur que sirvieron de postre, sin embargo, fue lo mejor y ahí sí que felicitó a Granger por su elección, halago que la chica recibió no sin cierta sorpresa. Al terminar la cena, se levantó para irse a casa; al fin y al cabo, había cumplido con presentarse allí. Se despidió de todos y entonces Pansy ladeó la cabeza y preguntó adónde iba.

—Draco, vamos a tomarnos unas copas juntos para celebrar, ¿tienes prisa? Nos gustaría que nos acompañaras —habló la más neutral, Hermione Granger, cogiendo un bolso de mal gusto, de un horrible cuero machacado.

—Realmente sí —y quiso añadir "solo he venido a cenar", pero sus modales no le permitían responder eso, así que volvió a morderse la lengua por enésima vez en el día.

—Yo también tengo prisa, Malfoy, ¿qué te parece si estamos con ellos un rato y luego nos vamos? —parpadeó ante el ofrecimiento de Potter, que seguía jodidamente atractivo con esa túnica, y creyó boquear sin saber qué decir. En el momento siguiente, alguien le había cogido del brazo y se habían aparecido frente a una zona del Londres muggle. Suspiró, al menos no iban a ningún sitio mágico; no le apetecía nada andar por ahí con esa panda y que lo relacionaran. No.

El pub era un sitio tranquilo: muggle, con enormes sofás y mesas de centro, y Draco temió sentarse ahí: los sofás (hizo un gesto de desagrado) además de ser rudos y usados, solo eran el preludio para nuevas charlas y él quería irse a su casa. Cuando pidieron las copas, se aseguró de quedarse en la barra más tiempo del acostumbrado. Un amable Harry Potter, notando al fin su tensión e incomodidad, se sentó a su lado.

—No te diviertes, ya veo.

—¿Tú sí? —añadió él con sarcasmo en cada sílaba.

—No parecen querer romper...

—Yo, sin embargo, soy más positivo en eso —dijo Draco, irritado, volviendo la mirada hacia el adonis, realmente sorprendido de saber que Potter podía verse así con ropa cara—, solo necesitarán cuatro o cinco salidas más, en las que quizá tú y yo tengamos compromisos imposibles de eludir. Por cierto, tengo curiosidad, ¿quién te ayudó a elegir tu túnica?

—Pansy. Vino y me dijo que no nos preocupásemos, y nos llevó a mí y a Ron a comprarnos túnicas decentes a Twilfitt and Tattings. ¿No te gusta?

Draco lo evaluó con cierto desdén, y tomó un trago de bourbon, una de las pocas bebidas muggles que su cuerpo toleraba.

—¿Por qué tendría que importarme cómo vistes? Supongo que fuisteis toda una pesadilla para ella... vistiendo a pueblerinos con gusto dudoso.

—A mí me gusta la tuya —Draco se volvió, como si hubiera recibido una bofetada—, ¿es del mismo sitio?

Debatiéndose entre lanzarle la copa o arrancarle la túnica en ese preciso instante, entrecerró los ojos y tragó saliva para autocontrolarse.

—Sí, pero me la diseñaron a medida; no suelo comprar lo que otra gente vaya a ponerse. Elijo las telas, los colores y los accesorios —Potter frunció el ceño, quizá pensaría algo así como "eres asquerosamente rico", y Draco decidió burlarse—. A ti creo que te gustan más los rubios.

Ver a Potter parpadear, incrédulo, no tuvo precio.

—¿Cómo?

—Bueno, he visto cómo miras a Goldstein. Y creo que el tal Wespurt también te hace gracia.

Potter pareció realmente avergonzado, pero en lugar de entrar al trapo, contraatacó:

—Ah. Perdona por sentirme sexualmente activo. Me ocurre porque todavía tengo veinticinco años.

—Hay una cosa llamada autocontrol. Y Goldstein está casado, por amor a Merlín. En la cena te lo comías con los ojos.

—¿Y desde cuando me observas tan detenidamente? —ambos, entonces, establecieron una pulla con las miradas, como si estuvieran en tercero, retándose para algún duelo de magia; con cierto esplendor mágico alrededor, algo que los envolvía, los atraía, algo más fuerte que ambos y de lo que aún no se habían percatado. Por suerte, Weasley vino a sacarles de su universo paralelo, exigiendo su presencia con ellos. Draco casi lo agradeció, porque se le estaba soltando la lengua y con Potter no se iba a callar. Además, su parte baja estaba hinchándose y no entendía por qué, ya que Potter no era ni de lejos su tipo. Al regresar a la mesa, Pansy y Granger reían, y le dieron escalofríos. Hablaban de todos los preparativos de una boda, y Draco esperó no escuchar ninguna queja, porque ellos los estaban ayudando, y si fuera así, la varita se deslizaría en su mano y ejecutaría un Crucio antes de darse cuenta.

—...Aún tenemos cosas pendientes, ¿verdad, Ron? —una mano al muslo del pelirrojo y Draco tuvo que tomar un trago. Por Salazar, Pansy ya estaba caliente. Potter lo miró, inquisitivo, y éste le lanzó una mirada de auxilio—. Draco y Harry han hecho un buen trabajo con las invitaciones, y les queríamos pedir ayuda de nuevo. Sin ellos, el evento no será igual.

—Pansy, deja los halagos. ¿Qué quieres ahora?

—No seas aguafiestas, Draco. Sé lo mucho que te gustaría elegir la música. Tú y yo siempre hemos tenido gustos muy afines en ella. Estoy mirando algunas cosas, pero quisiera tu opinión —le adelantó una nota—, ¿podrías mirar canciones parecidas a esta? Nos ayudarías mucho, claro.

—Puedo ir solo, no necesito a Potter —soltó, quizá demasiado rápido; Granger soltó una risita y él la desafió con la mirada.

—A Harry lo necesitamos para otro menester —intervino Weasley, y Draco, aún boqueando por escucharle semejante término —al parecer, la lengua de Weasley servía para más cosas aparte de algunas otras lascivas, pero no quería mantener esa imagen en su mente—, escuchó, alucinado—: las flores. Harry, tú sabes dónde encontrar flores decentes para la boda. Vamos a adornar, con permiso de la señora Malfoy, el salón y el jardín con jarrones y flores. De los jarrones se va a encargar ella, pero quisiéramos que tú compraras las flores.

Draco soltó una carcajada.

—¿Potter eligiendo flores? ¿Queréis que os arruine la fiesta?

—Escucha, Malfoy, soy muy capaz de hacer eso y más —Potter lo miró, furibundo—, y si a ellos no les gusta, ya me lo dirán. Nadie ha pedido tu opinión.

Como el silencio volviera a envolverles, Granger carraspeó y cambió de tema. Draco, para su sorpresa, se vio inmerso en una conversación de bienes inmuebles con Anthony Goldstein, y sintió un poco de respeto por Granger por haberse asociado con tamaño espécimen. Potter, por su parte, estaba charlando de quidditch con Weasley, y los dos parecían dos niños pequeños. Al término de la noche, el rubio tuvo que reconocer que el tiempo en el pub no se había perdido; intercambiando opiniones sobre temas intelectuales no pensó disfrutar tanto como cuando él salía con Blaise o Audrey Pucey. Como Granger y Goldstein se fueron antes que él, Draco no tuvo más remedio que añadirse a la conversación de Potter y Weasley, y se divirtió realmente contándoles los secretos del quidditch para desencantarlos un poco, y es que nadie con propiedad para hacerles saber que el quidditch era lo que era no solo por los deportistas ejecutores, sino por quiénes estaban detrás. Cuando Pansy y Weasley no soportaron su calentura, se desaparecieron y quedaron él y Potter en pleno centro de Londres a las doce de la noche, y tras haber bebido unas copas.

—Bueno, Malfoy, gracias por acompañarnos —realmente, sí tenía que agradecer, porque había más gryffindor que slytherin en la reunión y él había hecho de tripas corazón, pasando por alto lo bien que se seguía viendo Potter aunque tuviera varias copas de más.

—¿Ya te vas, Potty?

—Claro. Supongo que no quieres pasar más tiempo conmigo —el moreno se dio la vuelta, y Draco lo siguió algo extrañado.

—¿No te desapareces? —la mirada algo cansada del otro se le antojó hermosa. Merlín, sí estaba borracho.

—Qué va, voy a pasear un poco. Me gusta ver Londres de noche —Draco, que de repente no quería volver a casa, lo siguió en silencio. Llegaron a Westminster en quince minutos, y ahí, Harry se paró junto al Támesis. El metro muggle expulsaba personas de tanto en cuanto y la belleza de la luz amarilla de la Cámara de los Lores y el Big Ben envolvía la noche en una hermosa estampa. Curiosamente, estuvo de acuerdo con el auror, Londres era hermosa. Sonrió al pensar en Blaise saliendo por los locales del Soho y se preguntó si Potter pretendía deshacerse de él para ir allí. Frente a ellos, las treinta y dos cápsulas del London Eye yacían paradas y sin luces. Los barcos, anclados a ambos lados del río, habían finalizado su travesía hace tiempo. Draco se hizo una nota de volver por ahí con sus amigos en cuanto tuviera ocasión.

—¿Por qué me has seguido? —preguntó Potter sin quitar la vista del paisaje. El río Támesis era un pozo negro y de algún modo, mirar hacia abajo daba una sensación de tranquilidad.

—No me apetece ir a casa —respondió Draco admirando ahora el Big Ben.

—¿Has quedado con tus amigos?

—No, Potter, Pansy me hizo prometer reservarle la noche para ella —Harry se carcajeó—. ¿De qué te ríes, auror de pacotilla?

—Si Pansy te controla así, no quiero ni pensar lo que hará con Ron —súbitamente, la mirada de Harry se ensombreció.

—Estamos jodidos, Potter —el slytherin trató de pensar algo para fastidiar a esos dos... porque, por Merlín, no era justo que andaran por ahí felices y calientes mientras Potter y él se fastidiaban haciéndoles los recaditos—. Siento unas enormes ganas de fastidiar a Pansy por lo que me está haciendo pasar... y mi mente retorcida no para de hacer planes para ello. ¿Quieres escuchar, o te rajas?

Harry lo miró, divertido. A veces, parecían mantenerse vivos y cuerdos por una esperanza que parecía no llegar, mientras hacían planes contra la boda de ambos. ¿Acaso era sano ir contra la boda de tu amigo?

—¿Qué sugieres? No querrás estropear su boda...

—Suena catártico, pero... no. Pansy me hechizaría las bolas de por vida y mi madre me desheredaría. No, esa opción no cuenta. Sin hablar de lo que haría Blaise después de ser convencido por la bruja...

—Ellos quieren que estemos juntos, y el pelearnos como antaño tampoco les ha causado ningún shock —Harry apoyó la cara entre sus manos—. No sé, Malfoy. Quizá lo mejor sea rendirse.


CONTINUARÁ