Hola!
Sólo puedo disculparme por este tiempo de vacío y abandono, debido a varios motivos:
-El primero, deboré fruits basket a tal velocidad, que cuando terminé, me sentí de acuerdo con un final por una vez en la vida, y no encontré un motivo para cambiarlo.
-El segundo, que teniendo este capítulo casi escrito del todo, cuando lo intenté terminar tiempo después había desaparecido, y yo ya no me acordaba de lo que quería escribir.
-Y tercero, mi mente siguió creando historias para aquellos animes sin final escrito o no convincente, alejándome de este gran anime.
No sé si lo que escribí antes era mejor que lo actual, pero no podía esperar eternamente a ver si aparecía, así que decidí tirar pa'lante, con el firme deseo de terminar esta historia lo mejor posible.
Este es el penúltimo capítulo. Sólo espero no tardar tanto para el siguiente, que me imagino que será largo. Aunque necesito inspiración asi que es posible que me relea fruits basket, asi que paciencia,ok? Muchas gracias por estar ahi.
CAPITULO 4: IMPORTANTE
Cuando se despertó, la cabeza le dolía y se sentía incapaz de moverse ante los vértigos que ésta le producía. Colocó la mano sobre la frente, con gesto cansado, intentando paliar aquel dolor incesante. Pero fue en vano, los pinchazos seguían presentes y estaba totalmente desorientada.
Abrió los ojos con pesadez, y cuando se acostumbró a la oscuridad, se dio cuenta de que era su habitación. ¿Cómo había llegado hasta allí? Ni siquiera lo recordaba. Fue entonces cuando empezó a oír aquellas voces lejanas, y aun suponiendo un gran esfuerzo, cerró los ojos y agudizó el oído, intentando saber de quién se trataba.
-No tenéis ningún derecho, ¡Ni siquiera sé qué estáis haciendo aquí!- esa era la voz de Hana, alterada y nerviosa, algo que se salía totalmente del patrón de conducta de su amiga.
-Claro que lo tenemos-al oír esa voz recordó al chico rubio con el que chocó aquel día, y con él, a todas aquellas personas, aquella historia sin sentido con los animales que ella había visto en sus sueños-llevamos años buscándola.
Su corazón se aceleró por unos segundos, ellos eran parte de su pasado, la buscaban.
-Ella no quiere veros, ¿No lo entendéis? No recuerda nada, dejó todo atrás para que vosotros pudierais ser libres.
-¿Y a quién le importa eso?-reconoció la voz grave del chico de ojos granates- nadie le pidió que lo hiciese.
Oyó un chillido agudo de una voz femenina, pero su mente ya estaba demasiado cansada para mantener la atención e identificar las palabras. ¿Hablaban de ella? ¿Entonces no era una ilusión? ¿La conocían? Se sentó con rapidez en la cama, y un vahído se hizo presente, teniendo que apoyarse en su brazo derecho para sostener el peso de su cuerpo. Las voces seguían ahí, en una música de graves y agudos que ya no distinguía, pues todos sus esfuerzos estaban concentrados en el movimiento de su cuerpo. Se fijó por primera vez en su indumentaria, alguien le había puesto el pijama de verano, deseó que fuese Hana. Apoyándose en la pared logró salir de la habitación, se paró para recuperarse un poco en el pasillo, cerca del salón, donde las voces se hacían más nítidas.
-Lo hizo por vosotros, maldita sea- era Hana, su voz quebrada repetía las mismas palabras una y otra vez, y de una manera inconsciente se sintió culpable de lo que pasaba. No podía dejarla pasar sola por todo aquello, ese era su problema, ella ya le había ayudado demasiado.
-Hana...-el sonido producido por los labios de la onigiri hizo que la morena se girase y Tooru pudo ver los ojos vidriosos de su amiga que la observaban asustados. Hana intentó acercarse a ella al darse cuenta de su deplorable estado, pero un hombre de pelo plateado se adelantó y llegó hasta la ojiazul, haciendo que se apoyase en él.
-No deberías haberte levantado, Tooru, necesitas descansar- su voz tranquila y suave y su sonrisa amable hicieron sonreír a la chica, ajustándose un poco más al apoyo masculino. Fue en ese momento que una escena cruzó su mente. Aquel chico, algo más bajito y con los rasgos más infantiles, le sonreía de la misma manera, sujetando una cinta azul. Una cinta azul que se parecía a aquella que guardaba en su mesilla para recogerse el pelo en ocasiones especiales.
-Príncipe-la palabra salió de sus labios inconscientemente, y aun así todas las miradas se posaron en ella con aun más intensidad que antes. Ella se sonrojó, creyendo que lo que había dicho era una tontería, algo habitual en ella. Sin embargo, esta vez había sido ante un desconocido- Gomen.
El chico negó con la cabeza y posó sus labios con delicadeza en la frente de la chica, en un gesto semejante al que ella había visto en ese recuerdo, y tocó el lugar besado casi instantáneamente.
-¡Aléjate de ella, estúpido ratón!-el grito vino del final de la sala, donde a través de las personas que llenaban el pequeño salón pudo distinguir a aquel chico. A pesar de la fuerza de su voz, su rostro permanecía serio y su postura rígida, sentada en el sillón reservado a su gato, no había cambiado. La duda apareció en el rostro de ella, no por la reacción del chico, sino por el lugar que ocupaba: el asiento de Kyo. El gato se había hecho el dueño de aquel sillón desde que lo trajeron a la casa y no permitía a nadie sentarse en él, sólo alguna vez a Tooru, y eso era en contadas ocasiones. Y ahí estaba el gato, sobre las piernas de él tumbado plácidamente, inalterable ante cualquier cosa que sucediese a su alrededor.
-¿Puedes...acercármelo?-susurró ella al ver que la atención del hombre estaba puesta en ella. Notó los nervios al chocar su mirada durante unos segundos, sin embargo, a pesar de su ruda apariencia, sabía que no era malo, la amabilidad muchas veces sólo servía para cubrir sucias intenciones. Él hizo una mueca que posiblemente sería lo más cercano a una sonrisa que el chico pudiese esbozar. Con calma cogió al felino y lo acercó a ella. Le miraba caminar, y aunque los nervios se apoderaron de su estómago una extraña paz la embargaba. Ella tomó al gato con el brazo libre y sus manos se rozaron por un momento, él apartó la mano como si quemase.
-Tooru...¿Recuerdas algo?-preguntó el chico de pelo plateado que aun la sostenía. Contempló sus finos rasgos, sus ojos violáceos, y el sobrenombre antes dicho no le pareció tan distante de la verdad. Paseó la mirada por el resto de las personas que allí se encontraban, diferentes sexos, diferentes edades, pero si había algo que los unía era un aire de exotismo y de belleza sobrenatural.
Se acercó al sofá, donde la chica más pequeña, de unos trece años, la observaba atenta, junto a un adolescente de mirada altiva. Le hicieron un hueco y se sentó, el hombre tomo asiento en el reposabrazos, y ella...ella acariciaba a su mascota.
-No...todo...todo me resulta familiar, pero no lo entiendo, no sé quienes sois ninguno de vosotros-se cogió con las manos la cabeza, el dolor se volvía cada vez más intenso, no remitía.
-Pero me llamaste príncipe-reiteró el hombre mientras acariciaba sus cabellos de un modo fraternal. Ella no sabía ni siquiera porqué no le molestaba, cuando normalmente el contacto físico con gente extraña le producía rechazo, incluso miedo.
-Fue una imagen, te vi dándome un lazo azul...pero últimamente veo cosas así sin sentido, no sé de donde vienen ni porqué me las imagino, pero no son reales...
-Son reales, Tooru, te regalé ese lazo cuando teníamos dieciséis años- la chica lo miró sorprendida, ¿Era verdad? ¿Aquellos imágenes eran parte de su vida? ¿De todos esos años que no recordaba?- ¿Lo recuerdas?
-Creo que sí, aun conservo ese lazo-fue todo lo que pudo decir antes de que él la intentase abrazar. No pudo hacerlo, el gato se había erizado en las piernas de su ama y bufaba al hombre de mirada amable.
Se oyeron varias risas inundar la habitación, chocando con la gran tensión generada hasta ese momento. La chica de pelo largo y el hombre que se había presentado como Soma Shigure eran los que más se reían, y entonces lo vio. El chico de ojos granates la miraba y sonreía, y por unos segundos, el tiempo se detuvo para ellos dos, mientras el felino seguía bufando a su nuevo enemigo, y las carcajadas se intercalaban con comentarios sin sentido. Le conocía. Conocía aquella calidez que la llenaba al observarle, recordaba la brutal sinceridad de sus ojos y la ternura de su sonrisa. Y en realidad, era un auténtico desconocido.
-Kyo, ya le has pegado tus malas costumbres al gato, dile que se calme-repuso el hombre a un lado de ella, rompiendo la magia de su hechizo. ¿Kyo? ¿Ese chico se llamaba como...?
-Tsk...ya te había advertido maldita rata, ahora soluciona tú mismos tus problemas-contestó el aludido con gesto desinteresado, mientras ella lo observaba como buscando el secreto, la respuesta a aquella pregunta que se formulaba en su interior, ¿Podría ser que ella inconscientemente lo recordase? ¿Por eso aquel nombre había brotado de sus labios nada más ver al gato? Pero, ¿Por qué? Había cierto parecido cromático, pero sólo era un gato, no veía el sentido de haberlos relacionado.
-¿Y de mí? ¿Te acuerdas de mi Tooru?-el chico de cabellos dorados se plantó ante ella, con una cara infantil que distaba mucho de la apariencia de elegante modelo de pasarelas. Sus ojos anhelantes, suplicantes...y otra vez, una palabra sin sentido salió de sus labios.
-Usagi-recordó al tierno conejo que le miraba asustado desde la jaula con sus mismos ojos, y alargó la mano para tocar su rostro, tratando de proteger aquello que en tantos sueños había perdido. El muchacho sonrió, tan cálido y despreocupado que Tooru se sintió culpable y se echó a llorar-no pude...no pude salvarte.
Los sollozos de la onigiri se oyeron con claridad, dolorosos para cada uno a su manera.
-¿Ya estáis contentos? ¿Esto es lo que queríais?-Hana se acercó a ella y la abrazó, haciendo caso omiso al gato que refunfuñaba en las piernas de su amiga.
-Duele...me duele la cabeza- la flor se separó de su amiga y la observó con detenimiento, su piel, normalmente sonrosada, había adquirido un tono mortecino, y sus ojos parecían idos, ausentes en su propio interior.
-Tooru...
-No es su culpa...es ese sueño...esa voz...no puedo salvarlos Hana-se sujetó la cabeza con fuerza, lo pinchazos cada vez eran más profundos, sumiéndola en un horror indescriptible que la hacía respirar con pesadez, mientras el sudor se hacía presente en su frente...su interior bullía como nunca, su mente recorría como un carrusel aquellas jaulas con una nitidez sorprendente, haciéndola sentir tanto dolor, culpabilidad, tristeza...
-No pasa nada, estás aquí, no tienes nada que salvar...-susurró en el oído del onigiri, como hacía cada vez que la pesadilla se hacía presente, sin embargo esta vez la pesadilla parecía real, ya que Tooru permanecía despierta, aunque sumida en algún lugar al que ellos no podían llegar.
-¿Qué le pasa?-preguntó asustada la joven a su lado- ¿Es...culpa nuestra?
-Claro que no, Kisa, tranquila, todo se...-murmuró el chico a su lado mientras la abrazaba, pero la mirada furibunda de la detectora de ondas le hizo callarse.
-¡Claro que sí! ¡Claro que es culpa vuestra! ¿Qué es lo que queréis? Ella hizo todo lo que pudo, renunció a todo por vosotros, y venís aquí para hacerla sufrir, ¿Qué más queréis?- Hana escudó a Tooru con su cuerpo, aquellos que alguna vez concibió como amigos estaban ahí causándole dolor a la persona más importante de su vida.
-Nosotros...-la chica de largos cabellos azabaches se quiso hacer escuchar esta vez, pero Haru le tomó del brazo, indicando que callase.
-La queremos a ella-la rotundidad de aquellas palabras hizo que su autor se convirtiese en el foco de todo. Hana abandonó a su amiga y airada se acercó a él, pegándole una sonora bofetada.
-Tú...tú menos que nadie tienes derecho a decir eso...Kyo-su mirada cargada de odio traspaso la dura coraza del antiguo gato, que aun se hallaba soqueado por el golpe recibido.
-Hana...no deberías acercarte a él de esa manera- Yuki estaba asustado, sabía del estado del neko desde la pérdida de Tooru y de su maldición aquel día, de su incesante entrenamiento y la imperturbabilidad del mismo. Pero también de la ira y la violencia cada vez que alguien trataba de hacerle frente.
-Déjala-masculló secamente el pelinaranja. Se levantó para ponerse a la altura de ella, Hana retrocedió al darse cuenta de la presencia física de éste, así como su altura y su fuerza- no me tienes miedo, ¿Verdad? Tú nos mentiste, nos dijiste que no sabías nada de ella, y has estado a su lado todo este tiempo.
-Era su deseo.
-Su deseo...¡Una mierda!-golpeó la pared, resquebrajando la pintura de esta- Sólo dejó aquella estúpida carta...
-¡Cállate! ¡El único que es una mierda aquí eres tú!-ella se hizo con un valor desconocido-fuiste del único que se despidió y ni siquiera significó nada para ti.
-¿Nada? ¿Qué te crees que he estado haciendo todos estos años?-la ira desdibujaba sus rasgos en agresividad y dureza-fue MI maldita culpa, ¿Verdad? ¡Todos pensasteis eso!-gritó, perdiendo totalmente el control, y se acercó a un más a ella, Hana se dio cuenta de que iba a golpearla y cerró los ojos, pero nada sucedió.
No se dio cuenta cuando ella se había acercado a él, pero cuando notó los frágiles brazos rodear su cuerpo, toda la ira acumulada se disipó de golpe, manifestándose en pequeñas gotas que brotaban de sus ojos. Allí estaba, junto a él, abrazándole, como la primera vez que se habían visto. Sin embargo esta vez su cuerpo no mutó, permaneció estático, ante la calidez de los brazos femeninos, porque ella era la única que era capaz de calmar su monstruo interior. Apretó los dientes con fuerza, intentando calmar las lágrimas, pero no podía, se había reprimido tanto tiempo que el dolor luchaba por salir con todas sus fuerzas, y su cuerpo no se oponía a ello.
-No...peléis-la débil voz llegó a sus oídos, haciéndolo sentir culpable de nuevo, porque siempre hacía todo mal, aun cuando se trataba de ella. El peso de ella cayó con totalidad sobre su espalda, y pensó que se había desmayado. Con una delicadeza extrema a pesar de la torpeza de sus rudas manos, la cogió entre sus brazos, parecía exhausta, tan pequeña y tan débil...los ojos de ella se abrieron, chocando con sus orbes granates, él no había percibido que sus lágrimas empezaban a bañar la cara de ella poco a poco- no llores- su mano se deslizó hasta el rostro masculino y con una suave caricia eliminó parte de las lágrimas, intentando esbozar una sonrisa-lo siento.
-¡No te disculpes!-rugió él, en una costumbre tan repetida desde que se conocieron. Él se comportaba como un idiota. Ella se sentía culpable. Ella se disculpaba. Él se daba cuenta de su error. Él se lamentaba. Él pedía entre palabras torpes disculpas. Ella afirmaba y sonreía-Lo siento. No soy bueno con las palabras.
-Lo sé-y ahí estaba la sonrisa del ritual, calmando su alma de nuevo.
-¿Lo...recuerdas Tooru?-preguntó Hana. El neko levantó la vista y se dio cuenta que todos los observaban, se sintió incómodo, pero no soltó su agarre y volvió a buscar los ojos azules que no apartaban la vista de él.
Era un espejismo. Temió que como tantas veces despertase en la cabaña de nuevo solo, con el pecho agitado y el temblor azotando su cuerpo sudoroso, alejando de nuevo la presencia de ella de su vida. Pero notaba el sabor de sus lágrimas saladas mezclado con un ligero sabor metálico que él mismo había provocado al apretar los dientes con demasiada fuerza. El peso del cuerpo de ella. Y su corazón, latiendo vivo como no lo había hecho en años, ansioso, esperando cualquier cosa por parte de ella.
-Es...alguien importante para mí-no abandonó su sonrisa, y sus mejillas recuperaron su característico color rosáceo. No sabía su nombre, pero su cuerpo, su mente...su corazón lo reconocían. No pudo hacer mucho más. El gato no resistió aquellos deseos acallados por años.
Notó unos labios cálidos sobre los de ella, torpes, ansiosos. Se llenó de una sensación desconocida, similar a aquello que describían como felicidad. Y después todo se volvió oscuro de nuevo.
