Wola!

Aquí vengo con el capítulo final de esta historia. Después de leer el final, mi historia tuvo que sufrir algunos cambios, así como la invención de otra historia donde todos no salen tan bien parados como en la real, sólo espero que os guste. El capítulo es algo más largo que los demás, pero es que es el capítulo final, y después de mucho tiempo en mi ordenador con algunas dudas decidí sacarlo a la luz. Gracias por leer mi historia.

CAPÍTULO 5: LA DONCELLA BLANCA

Él lo había sabido. Desde que el teléfono había sonado a una hora imprevista de la madrugada y Mayu se lo había pasado murmurando algo acerca de un maldito perro, supo que el momento había llegado.

Y allí estaba, medio empapado por la lluvia que le había mojado en su corto trayecto desde el coche hasta la puerta de aquella casa en la que sólo había estado una vez años atrás y a la que pensó que nunca volvería. En realidad no era así, siempre supo que aquello llegaría tarde o temprano.

Aquella chica había creado un vínculo especial con todos ellos, una unión completamente distinta a la que tenían con Akito, unos lazos que aunque ella misma trató de romper, no lo consiguió del todo. Quizá ese siempre había sido el destino de la Dama Blanca. Igual que el suyo y el de cada uno de ellos. Igual que el de Dios.

-Te esperábamos. Pasa o cogerás algo, tú mejor que nadie deberías saberlo, Hat- Shigure le esperaba en la puerta. Le sorprendió verle tan bien vestido, sin su habitual ropa tradicional.

-Toma-se volvió hacia la voz femenina, pero sólo pudo ver la toalla tendida ante él. La cogió y percibió a su anfitriona detrás de ella, con una palidez más marcada de lo habitual y claros signos de haber llorado- no creí que vendrías.

-Se convirtió en algo inevitable ¿No crees?- se defendió con la voz ahogada por la toalla mientras se secaba el pelo.

-Bienvenido a la reunión de los trece, y te aviso que los ánimos están cargados, así que no puedo asegurarte que salgas indemne Hat, incluso Aya está enfadado contigo- comentó el inu con su aire típicamente desinteresado.

-¿Y tú?

-Ya sabes que nada es suficientemente importante como para afectarme tanto.

-Porque no es ella, si fuese Akito la de esa habitación estoy seguro que la historia sería muy diferente.

-Cállate.

-Siempre lo he sabido, Shigure, igual que Kureno.

-He dicho que te calles, Hattori, no me hagas volver a repetirlo.

-Intentas vengarte de ella, ¿no? Pero nada de lo que estás intentando servirá porque ella realmente no tiene la culpa de nada. Deberías haber sabido la verdad desde el principio, tú también conocías la leyenda- un puño cruzó el aire rozando su mejilla. Era una amenaza, pero la siguiente vez no erraría el blanco.

-Será mejor acabar con esto cuanto antes- se giró y le indicó que le siguiese. El médico se inclinó ante Hanajima en señal de agradecimiento y le devolvió la toalla.

-Todo se acabó- murmuró ella. Notó la mano del hombre revolver ligeramente sus cabellos y se sintió reconfortada, como si todos sus problemas con aquella leve caricia hubiesen pasado a los hombros de él.

Ella vio su silueta perderse por el pasillo y sonrió aliviada. No quería volver y enfrentarse a ellos, pero tampoco podía dejar sola a su amiga. No sabían nada, ni siquiera que quizá con eso podrían destruirla. Como su Dios. Ante la adversidad los vínculos se rompen o se hacen más fuertes. Todavía existían, solo que ahora eran invisibles para ella. Aun hoy en día le costaba creer toda aquella historia, y aunque no había visto la transformación de ninguno de los Sohma había creído toda aquella loca historia que Thooru le había contado aquella tarde que la acorraló sin escapatoria al sentir que sus ondas se alteraban de una manera bastante inusual, cuando decidió comprometerse en toda esa locura.

Al llegar a la habitación vio como Yuki sujetaba a un Kyo enfurecido evitando que alcanzase al médico, que aun ante la incómoda situación parecía mantener la calma. Y entones la vio ahí tendida, con el camisón blanco y la tez opalina...y no tuvo dudas de que era la mujer de la leyenda, sabiendo que volvería a sufrir tanto como sufrió aquella. Se acercó para comprobar sus constantes, estaba desmayada, pero no tardaría en despertar.

-Creo que debemos esperar a que ella esté consciente para explicar la historia, aunque tienen que saber, que estando los trece, no estoy muy seguro de lo que podría pasar con nuestra maldición- hizo un silencio-sus recuerdos volverán por completo, al menos eso creo.

-¿Eso crees? ¿No sabes lo que puede pasar?-preguntó Momiji preocupado- ¿Puede pasarle algo a Thooru?

-Es posible. Se supone que una técnica de borrado es permanente, revertir sus efectos es imposible para mí, pero este caso es distinto, se supone que ella lo revertirá por sí misma y es peligroso: es fácil perder mucha información, pero no recuperarla de golpe.

-Pero me ha reconocido, incluso recuerda a Momiji o Kyo. Es cierto que no recuerda todo pero...

-¡Ya basta! Creo que no es tan difícil de entender que la maldición me importa una mierda-Kyo había llegado hasta él una vez liberado por el nezumi, y apretaba los puños con fuerza intentando contenerse.

-No deberías de decir eso, sobretodo porque ella sacrificó todo lo que era por la maldición, sobre todo por ti.

Los ojos del gato se abrieron con sorpresa.¿Por qué todo el mundo se empeñaba en repetir lo mismo? ¿Por él? ¿De qué le servía todo aquello si a la única persona que le interesaba abrazar había huido por completo de su vida? Y así, un día despertó y descubrió que no le quedaba nada: el cuarto de ella estaba vacío, sin dejar una prueba de su existencia en la casa, y su otro yo había callado para siempre en su interior. Debería haberse sentido liberado al desaparecer todos aquellos vínculos que le habían obligado a ser como era, y sin embargo sólo había redescubierto el vacío, la soledad y la desesperanza que una vez conoció con la muerte de su madre. ¿Qué había después de todo eso? No quedaba una meta, un sueño que alcanzar, porque todo lo que le había hecho volver a sentirse humano se había ido con ella.

-No la toques-volvió a gruñir el neko al ver como Hattori se arrodillaba al lado de la chica y asía su muñeca.

-Como he dicho, no sé qué pasará cuando despierte, y por mucho que te fastidie, de momento soy el único médico presente- se levantó para llegar a su altura y encararle- aunque no lo creáis todo esto también me afecta, lo que hice fue por cumplir sus deseos, creí que era lo mejor para ella, a mi me daba igual la maldición, yo ya cobré la peor parte de todo esto hace tiempo.

-Tan estúpida como siempre-se atrevió a murmurar el gato mientras se dejaba caer al suelo, sentándose en éste con las rodillas abrazadas, mientras que lo único que quedaba visible de su rostro, sus ojos, no se apartaron ni un segundo del rostro femenino.

El silencio se hizo de nuevo, con todas las vistas centradas en ellos. Cada segundo de aquella noche pasó lenta y tortuosamente a causa de la espera, y los primeros rayos del amanecer hicieron aparición tiñendo todo de un color ambarino. Fue en ese momento, cuando ella frunció el ceño ligeramente y empezó a abrir los ojos, encontrándose con dos orbes granates que demostraban una preocupación carente de palabras. Recuerdos de los minutos anteriores a su sueño acudieron a su mente y su rostro, hasta el momento de un color mortecino, se iluminó con un tenue sonrojo y desvió la mirada, paseándola por la habitación.

Al chocar su mirada con el único ojo visible de Hattori, un gemido escapó de sus labios, mientras cerraba los ojos y lloraba en silencio.

-No...-un sonido gutural ante la aparición de su pesadilla, identificando cada una de las jaulas con miles de imágenes amontonadas en años y desaparecidas hasta ese momento.

"No podrás romper nuestro vínculo...lo encerraré...lo encerraré y nunca podrá salir de esa habitación". Sonidos lastimeros y dolorosos empezaron a salir de su garganta mientras su cabeza estallaba, y su corazón desbocado se comprimía y relajaba una y otra vez ante cada estímulo que cada uno de esos recuerdos provocaba, a cada nueva experiencia olvidada. "Estaremos siempre juntas..."

-Mamá-su quejido, aún más profundo que los anteriores, sorprendió e hizo romperse por dentro a cada uno de los presentes, tan culpables de su dolor...que aun egoistamente se alegraban de escuchar aquella palabra, porque eso significaba que la chica que conocieron había vuelto, pero...¿A qué precio?

Y de repente llegó el silencio. Thooru continuaba sujetando su cabeza, ocultando el rostro entre sus lacios cabellos, incapaz de emitir ningún sonido. Hattori fue el primero en moverse, su instinto vocacional le hizo acercarse para ver qué pasaba, para ver si ella estaba bien. Cuando la toco, ella ni se movió, permaneció estática, como si su mente estuviese muy lejos de allí.

-Thooru, respóndeme por favor-la agitó con una mano en su hombro. Ella movió la cabeza con una lentitud exasperante, hasta mostrar un rostro contraído por el dolor- ¿Te encuentras bien?

-¿Por qué Hattori-san? ¿Por qué les llevo hasta mí?-su voz baja seguía desgarrada, ligeramente ronca probablemente por la sequedad de su garganta. Él mordió inconscientemente su labio inferior, aquello estaba siendo casi mas doloroso que la última vez que la vio.

-No fui yo, Thooru, ellos...

-Suficiente- la voz seca y cortante del gato se hizo presente, se levantó de su puesto de vigilia y alejó al médico de ella una vez más-no es para eso que estamos aquí.

-Kyo, tranquilízate, Thooru acaba de recuperarse, no creo que sea bueno que...

-Cállate, Kagura-pasó una mano por su pelo, en gesto de desespero-vale ya de todo esto- cogió a Thooru por los hombros y la levantó, ella apenas rozaba el suelo, y estaba ante él, tan alto y fuerte, que no puedo evitar pensar qué había sido del desgarbado pelirrojo que había conocido una vez- ¿Por qué? ¿Qué pasó por tu maldita mente para hacernos esto? Dios, me importa una mierda, me importa una mierda todo lo de la maldición, mi aspecto...decías que me aceptabas, lo dijiste, que todos teníamos un futuro...¡Era mentira! Era mentira, ¿verdad? Todo aquello, haciéndote la santa...En el fondo nos odias ¡Eres lo peor! ¡Mucho peor...

Su cara, acostumbrada a los golpes giró ante el imprevisto ataque de ella, que llorando, le abofeteó la mejilla izquierda.

-¡Suéltame! ¡Suéltame si tan repulsiva soy!-empezó a forcejear entre las manos del chico- Yo solo quería...sólo quería que fueseis felices, todos...y tú...no podías...no podía dejar...que él...que ella...aquella habitación...-hipaba entre sollozos.

-¡No! ¡Tú no sabes nada! Él no pudo decírtelo...iba a vencer a Yuki...iba a...-aflojó el agarre, dejando que ella cayese sentada sobre el sofá, apartando la mirada.

-Era la única manera...yo...desde que lo supe...intenté romper la maldición...pero no sabía cómo...si no hacía nada...vosotros no lo haríais, Dios os dominaba...a pesar de todo el daño que os hacía...sólo quería...sólo quería...-hundió la cara en sus manos, intentando secar sin éxito sus lágrimas. Hana se atrevió a moverse y se sentó a su lado. En ese momento, la vida volvió a la habitación, y a pesar de la tensión del ambiente, los cuerpos empezaron a moverse, los cerebros a funcionar y los labios de muchos, se llenaron de esas palabras tanto tiempo guardadas.

-¿Esa era la solución? ¿Por qué nunca me lo dijiste? Sabías que como tú hubiera hecho cualquier cosa por acabar con todo esto, costase lo que costase- Rin se separó de Haru, acercándose a ella.

-Tú no podías hacer nada, por eso no te dije nada cuando viniste a verme-habló Shigure como si todo aquello no le afectase, a decir verdad, llevaba tiempo planeando aquel momento- pero con Thooru la cosa cambiaba.

-¿Lo sabías? ¿Fuiste tú?-le encaró Rin, se acercó hasta el inu y le golpeó con el puño en el rostro, con toda la rabia que llevaba dentro- con todo lo que hice por ti...

-No seas hipócrita Rin, lo hacías por ti misma, yo sólo aproveché la situación.

Esta vez fue un puño masculino el que se empotró en su cara.

-Vaya, el caballero de la brillante armadura. ¿Es el regreso del Haru negro? Deberías haber pensado cuales eran tus prioridades a defender...no le prestaste la suficiente atención, no me culpes a mí de...

-Ya basta, Shigure.

-¿Quién lo dice? Hattori, te recuerdo que hace años que no nos vemos, y que es tu culpa que estemos aquí, así que si alguien debería callarse, deberías ser tú.

-¿Mi culpa? Yo nunca hablé de la otra leyenda, al igual que Kureno o Aya, sin embargo no puedo decir lo mismo de ti.

-Ella pidió una respuesta. Solo le dije lo que quería.

-Shigure-san...¿Por qué usted...?-tosió un poco para recuperar la voz, su cuerpo y su mente a penas se recuperaban del momento vivido- ¿Akito-san está bien?

-¡No te atrevas ni a mencionar su nombre!-era la primera vez que veían a Shigure tan alterado, ¿Qué era lo que había provocado la furia del inu?- tú...debiste marcharte al saber la verdad, aquella historia era demasiado grande para ti...pero claro, ¿No podías hacer tal cosa, verdad? Siempre teniendo que acabar como la pobre víctima que nos salvó a todos, pues entérate bien, ni siquiera eso conseguiste ¿Quieres saber dónde está Akito? ¿De verdad quieres saberlo?-golpeó la mesa enfurecido, intentando no acercarse a ella pero captando totalmente su atención- ¡Está a cuatro metros bajo tierra! ¡Allí es donde tú la mandaste!

-¿La...mandó?-preguntó Hiro sorprendido, ¿acaso el inu estaba insinuando...?

-Ella era nuestro Dios, la única destinada a salvarnos, nuestros vínculos la salvaban a ella...Y tú...rompiste todo eso...ella no volvió a ser la misma...-continuó Shigure.

-Akito-san no puede...-ahogó un sollozo-le dije que podíamos ser amigas, que podíamos...

-¡Deja esa palabrería para quien le importe! Por tu culpa...por tu culpa está muerta y...-humilló la cabeza, intentando ocultar su rostro de aquellas personas que habían dejado de significar algo para él y desvaneciendo toda su ira, dejó salir sus verdaderos sentimientos-y...¿Qué hago yo ahora?

-¿De qué están hablando? ¿Qué es toda esa historia?-preguntó Yuki a su hermano, que desvió su atención hacia un punto indefinido de la habitación.

-La leyenda de la Doncella Blanca-fue todo lo que dijo.

-Si ella no hubiese descubierto que mi maldición había desaparecido...nunca hubiese seguido adelante- Kureno se adueñó del centro de la estancia-no creo que ella esté en condiciones de hablar, así que yo os puedo contar la historia.

-Somos todo oídos-el buey tomó asiento en el suelo, siendo imitado por el resto, excepto por el inu, que permanecía de pie apoyado en la mesa, luchando contra sus propios fantasmas internos.

-A nosotros, como tiempo después sucedió con vosotros, en cuanto pudimos entenderlo, nos contaron la historia del Zodiaco Chino, sin embargo, en nuestra época muchos de los animales faltaban, y lo más importante, un Dios- Kureno seguía manteniendo la tranquilidad de siempre, aquello lo hacía por Arisa, y para intentar solucionar el daño que por su culpa Akito había provocado en todos ellos- cuando Ren, la madre de Akito, quedó embarazada, soñamos una leyenda distinta, en la que Dios llegaba a nosotros, fue así como supimos, aun antes que ella, que estaba embarazada.

-Debíamos tener unos siete años, y aquella historia nos pareció más un cuento que una realidad-añadió Ayame.

-Pero todos soñamos lo mismo: Érase una vez, un Dios que vivía solo en lo alto de las montañas sagradas. Pasaba el día observando lo que sucedía abajo de éstas, donde la vida se desarrollaba. Los humanos le desagradaban, había visto tanta violencia innecesaria en ellos, que temía acercarse, y por eso seguía allí solo, a pesar de que la soledad le iba consumiendo cada día. Después de un tiempo se fijó en otros seres que no tenían su apariencia, pero eran mucho más nobles que los humanos, los animales, y con el tiempo llegó a creer que ellos podrían calmar las necesidades de su alma.

-Fue así-continuó Ayame- que mirando a aquellas criaturas, eligió a trece de ellas y las invitó a una fiesta. Éstas, curiosas acudieron, atraídas por conocer a un Dios que les había dado todo aquello que necesitaban. El banquete fue maravilloso, y se prolongó durante días, Dios era feliz y los animales se divertían como nunca. Pero un día, el gato se dirigió a Dios y le agradeció todo aquello, había disfrutado mucho, pero debía volver a casa, alguien le esperaba. Dios le pidió, que si eran otros seres como ellos, les invitasen a aquella fiesta, que podían divertirse por siempre.

-Pero el gato le dijo que era un ser humano, una mujer, que le salvó la vida y desde entonces se ocupaba de él, y que debía regresar con ella. El resto, ajenos a la conversación que ambos tenían, siguieron festejando, pero para Dios aquello supuso un gran golpe. Si el gato se iba, era posible, que después lo hiciesen los demás y volvería a estar solo, después de aquellos días acompañado, la soledad se había convertido en el mayor temor de Dios, así que prohibió al gato irse y para asegurarse, le transformó en un ser diferente al que todos conocían, ganándose el miedo de todos, provocando que creyese, que el único que le aceptaba era Dios-añadió Hattori contemplando al gato.

-Su otro aspecto es porque...quería verla...-musitó Momiji enternecido.

-En ese momento, Dios empezó a borrar los recuerdos terrenales del resto de los animales, mientras que cuando no le veían, observaba al ser humano que habitaba los bosques, y que le había hecho sacrificar a su querido gato. La odiaba, aquella mujer vivía en el bosque, rodeada de animales, ajena a la crueldad humana y acompañada por las pequeñas criaturas que vivían para ella. Su odio se alimentaba día a día, y ya no disfrutaba de aquellas veladas como antes, y es por eso, que creyendo todo bajo control, sucedió: el pájaro decidió volar, para no perder su habilidad, y se escapó por la ventana con intenciones de volver para el banquete de aquella noche-Ayame miró por la ventana, perdido de nuevo en aquel cuento de sus memorias. Kureno suspiró, ese era su turno de nuevo.

-El pájaro voló y vagó por los alrededores. Fue entonces cuando la vio, en medio del bosque junto a un lago, acompañada de seres similares a él. No la conocía, ni siquiera reconocía aquel lugar, y sin embargo se había visto arrastrado allí por una fuerza desconocida que emanaba de aquella persona. Ella elevó una mano en la que el pájaro se posó: "Cuánto tiempo querido amigo, ¿Dónde has estado este tiempo? ¿Qué tal están los demás?". La tristeza le embargó sin saber porqué, y observó aquel rostro, que con el paso de los minutos se le hacía más familiar. "¿Me has olvidado?". Él afirmó con la cabeza, y lloró al ver la tristeza en el rostro femenino. "¿Todos me habéis olvidado?" Él supuso que se refería a sus amigos, y poco a poco se fue dando cuenta de lo que pasaba. Le pidió en silencio que lo siguiera, y con gran esfuerzo llegaron a la casa de la montaña. La casa de Dios.

-Cuando llegaron, todos dormían, incluso Dios, y fue así como pudo entrar en la casa y al único ser que permanecía despierto: el gato. Al principio la mujer se asustó, su aspecto,su olor...eran muy distintos de aquel ser que había conocido y sin embargo,su instinto le decía que era él, y le abrazó en silencio, mientras el gato lloraba. "Eres real" murmuró el gato, y aquellas palabras despertaron al Dios de su letargo, como al resto de animales. Vio el vacío en los ojos de cada uno de ellos, la ausencia de su alma, y fue entonces que se encaró a aquel ser todopoderoso que la observaba. "¿Qué les has hecho?" Dios sonrió, la mujer aunque era para él un ser repulsivo se le hacía interesante. "Nada, ellos eligieron quedarse aquí". La mujer volvió a mirar a cada uno de ellos. "Mientes, les has robado el alma". Él sonrió aún más arrogante. "Ellos me necesitan". "Te necesitan porque les has quitado todo lo que tenían, eres incapaz de entenderlos". "Nosotros tenemos un vínculo". "No, tú tienes tu poder sobre ellos, los vínculos se crean por la voluntad de ambas partes, y ahora ellos son seres vacíos". "Un simple humano no podría entenderlo". "Un Dios debería comprender las emociones terrenales y respetarlas, así como la libertad de los seres que ha creado. Les obliga a estar aquí, y esos vínculos son frágiles, un día se romperán". Dios enfureció al escuchar las palabras femeninas, pero su mente ideó un plan- Hattori estaba exhausto, Akito había resultado ser un vivo reflejo de aquel ser del cuento.

-¿Un plan? Pero Dios podía hacer lo que quisiese sin...-Hiro habló, aquella historia se escapaba de sus límites, aquel Dios tan cruel le recordaba a aquel que una vez golpeó a Kisa, y tomó su mano aún con más fuerza.

-Dios estaba enfurecido, y buscaba un castigo para ella-le cortó Ayame-fue así que le dijo, "Si vuestros vínculos son tan fuertes, demuéstramelo". Ella segura de sí misma contestó sin pensar, "Haré cualquier cosa por liberarlos". Dios sonrió, los humanos eran tan predecibles "Cámbiate por ellos. Si vuestros vínculos son tan fuertes, un mero hechizo no hará nada sobre ellos, si estás tan segura de sus sentimientos hacia ti, acepta renunciar a tus recuerdos y los liberaré, si después no van a ti, demostraré que los vínculos terrenales no son más que una mera ilusión, y ellos al final, regresarán conmigo, al lado de Dios".

-Ella...¿Ella aceptó?-preguntó Kisa. Los mayores miraron a Thooru, en espera a una palabra de ella. Al sentirse observada, levantó el rostro y esbozó una leve sonrisa.

-Ella aceptó-susurró. Pero su cabeza volvió dolerle, y no se dio cuenta cuando aquel hombre que tiempo atrás había conocido se sentaba a su lado y la acunaba, acariciando su cabeza dolorida.

-Estúpida-murmuró el felino sobre su cabeza, con una mueca que era lo más parecido a una sonrisa que le habían visto hacer.

-¿Y qué pasó? ¿Qué pasó con todos ellos?-preguntó la pequeña tigresa, ahora una bella adolescente de dorados cabellos.

-Dios cumplió su parte, pero la engañó, una vez borrada su memoria, la envió lejos, celoso todavía de aquella relación, y al hacer despertar a los animales de su olvido, todos se volvieron contra él. "Creíamos ser tus amigos y nos engañaste, no queremos seguir aquí". El pequeño ratón se encaró a él, mientras los demás le secundaron. Fue así, como cada uno de ellos tomó un camino en busca de la doncella.

-¿La encontraron?-preguntó Kagura.

-No, y es por eso, que con el tiempo, el único vínculo que seguía vivo era su odio y su miedo hacia Dios. Poco a poco, los animales fueron muriendo. Sin embargo Dios tenía tiempo, y decidió, que la búsqueda fuese eterna, haciendo que cada uno de ellos, viviese entre los hombres para siempre, burlándose de aquellos vínculos. Fue tiempo después, que una de las reencarnaciones de Dios decidió cambiar la historia tal como nos llegó a nosotros-respondió Hattori.

-Dios nos engañó, se burló de nosotros-Haru expresó su odio en cada una de aquellas palabras.

-Ella nos quería-murmuró el perro-a su manera nos quería.

-Déjate de estupideces, ella no quería a nadie más que a sí misma-se indignó Kureno. A él le había atrapado bajo su poder mucho más tiempo, haciéndole sentir culpable por haberse liberado de la maldición el primero. Hasta aquel momento, no había relacionado el encuentro con aquella pequeña niña en un parque con la desaparición de su maldición. Sin embargo Akito lo había sabido, y es por eso que le obligó a quedarse a su lado, para torturarlo y vigilarlo por ser como en la leyenda, el primero que la había encontrado a un sin saberlo.

-¿Akito era una mujer?- Kagura les observaba sin creérselo, por eso siempre prefería la presencia masculina mientras ellas eran despreciadas y utilizadas.

-Sí, pero desde pequeña la hicieron comportarse como un Dios, y para que fuese respetada se guardó el secreto-aclaró Ayame.

-¿Y ahora? ¿Significa que todo esto ha acabado? ¿Hemos encontrado a la Doncella Blanca?-preguntó Yuki observando a Thooru. Y entonces se dio cuenta, los brazos de Kyo estaban alrededor del cuerpo femenino y nada había pasado- No hay maldición...

-¿Qué?-preguntó Momiji, y su mirada, al igual que la de todos, se desvió hacia donde observaba el nezumi. Y sonrió, empezando a llorar, pasase el tiempo que pasase aquellas emociones tan femeninas seguían en él- ¡La estás abrazando! ¡La estás abrazando y no pasa nada!

Kyo se separó de ella ligeramente asombrado, como si los antiguos temores siguieran allí, en alguna parte. Y vio los ojos de ella, reconociéndole, y aquella sonrisa tan inocente en su rostro, tan propia de ella...no se dio cuenta de cómo las lágrimas resbalaban por sus mejillas hasta que ella las atrapó con su mano. Se sintió vivo, lejos de aquellos rencores que habían convivido con él durante años, lejos del vacío, del dolor, porque aquella estúpida sonrisa, dirigida sólo a él era todo lo que había necesitado.

-¿Me...recuerdas?-preguntó súbitamente tímido, mirándola nervioso, como hacía en el tejado de la casa de Shigure hacía años.

-Te recuerdo-fue la dulce respuesta de ella. Recordaba todo, y aunque su cuerpo estuviese dolorido y cansado, y su mente disputase con su corazón una y otra vez qué estaba haciendo, besó la mejilla de él con la suavidad de años atrás, con ese temor adolescente que la había llevado a empezar todo aquello sin preguntar, sólo por salvarlo.

-Hey, hey, hey, no se pongan tiernos que las habitaciones están arriba- Haru ayudaba a levantarse a Rin, mientras se alegraba por la suerte de Thooru y aquel idiota al que llevaba fastidiando media vida. La ira del felino no tardó en notarse.

-¡Haru...!-y ahí empezaba otra batalla campal entre ellos, mientras Hanajima ayudada de Rin, intentaba salvar algunos muebles de la casa. Momiji, en el descuido del felino, había corrido a abrazar a Thooru al igual que Yuki- ¡Malditos aprovechados!-y Kyo, con su inagotable fuente de posesividad, decidió sumarlos a su lista de personas a eliminar que Haru había iniciado momentos atrás. Thooru sonreía, feliz después de tanto tiempo en su vida.

Kureno se acercó a Hanajima, pidiéndole permiso para llamara a Arisa. Sonrió feliz, las tres volverían a estar juntas. Sólo Hattori y Ayame vieron al inu desaparecer en silencio por la puerta del salón y el fuerte golpe de la puerta principal al cerrarse.

La historia no podía tener un final feliz para todos.

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-¿A dónde vamos mamá?- una niña con dos coletas de un vivo color anaranjado tiraba de la mano de su madre mientras estaba caminaba apresurada.

-Tenemos que ver a alguien, cariño-sonrió con aquella sonrisa misteriosa que le dijo que no podría sacar más de su madre.

Continuaron recto en aquella larga avenida en la que se cruzaron con pocas personas, el otoño estaba acabando, y el frío hacía que a aquellas horas de la tarde la gente se retirase pronto a sus casas. Siguieron caminando unos minutos más hasta que llegaron a aquel parque de piedras donde solían visitar a su abuelita.

-¿Venimos a visitar a la nana?-preguntó la niña extrañada, ya que el camino que habían tomado era diferente del habitual.

-Esta vez no-susurró la mujer aferrando con más fuerza la mano infantil. No tardaron mucho en pararse ante una de aquella piedras. Su madre se arrodilló y encendió algo de incienso mientras murmuraba unas palabras. Poco después se levantó y volvió a tomar su mano.

-¿Quién es mamá?-señaló la placa, que era adornada por unos lirios blancos que parecían frescos y por el humeante incienso que aún seguía candente.

-Una persona que conocí hace mucho.

-¿Papá también?

-Sí, pero él ha decidido olvidarla.

-¿Puedes decidir olvidar?-preguntó la niña curiosa ante la mirada enigmática de su madre.

-No, te voy a decir una cosa, que quiero que recuerdes siempre- se agachó en cuclillas hasta llegar a su altura-hagas lo que hagas en la vida, no lo rechaces, porque cada una de esas acciones te llevarán a ser la persona en la que te convertirás.

-¿Y si decidido olvidarlo?

Su madre sonrió de nuevo, y guiñándole un ojo, sólo dijo una palabra, que permanecería en su memoria para siempre, al igual que el nombre de aquella lápida.

-Recuerda- su madre se alzó de nuevo y sin decir nada más empezó a alejarse de allí. No entendía nada, y estaba segura, que por mucho que preguntase, no le diría nada más. Por ello, se empeñó en descifrar los kanjis de aquella piedra ante la que su madre se había postrado, deseando que con el tiempo, aquel nombre le llevase a la clave de aquel momento.

Akito Shoma. Era un nombre, que no pensaba olvidar. Se lo prometía a sí misma, en uno de esos torpes juramentos que se hace de niño por el nombre de uno mismo. Deseó que su padre no hubiese olvidado su práctica en el Dojo a pesar de la hora, y que su madre preparase unos ricos onigiris para cenar. Como su padre había heredado su odio hacia ciertos vegetales y adoraba los onigiris sin saber bien porqué.

"Como me llamo Kyoko Shoma, que un día lo descubriré".