Ella no se dara la vuelta

Las sombras son largas

Tiene miedo que si llora esa primera gota,

las lágrimas no pararán de llover


Madge despertó a las siete de la mañana, con el pensamiento y la sensación de que acababa de irse a dormir. Probablemente era cierto.

Recordó que día, hora y año era. Reconoció donde estaba. Sus mañanas ya no eran confusas, solo agotadoras y tristes. A su misma vez recordó que no tenía nada que hacer durante todo el día, por lo que no se movió, enroscada entre las sábanas. Volvió a dormir, porque al fin y al cabo era más fácil dormir durante la mayor parte del día que intentar vivirlo, además estaba terriblemente cansada.

Odiaba esas mañanas con todo su ser. Solo despertar ya se daba cuenta de que el día iba a ser un pequeño gran martirio, y sin embargo no podía hacer nada para abatir la tristeza que la arrollaba como un huracán. Solo podía empujar, tirar hacia delante sin preguntarse por qué lo hacía. Probablemente no saldría de casa en todo el día, solo se iría acurrucando de esquina en esquina hasta que la noche llegara de nuevo o alguien advirtiera su existencia, cosa que tampoco deseaba.

¿Entonces, que estaba haciendo?

No le dio tiempo a pensarlo demasiado, cayó en su triste sopor de nuevo.

Más tarde –mucho más tarde– Se atrevió a salir de su pequeña guarida y hacer algo con su vida por esa vez. Los médicos solían decir eso una y otra vez. Hacer algo, hacer cualquier cosa. ¿Pero qué hacer cuando a cada paso que das tu propio cuerpo te traiciona? Madge no lo tenía claro.

Intentó mirarse al espejo sin sentir arcadas. Su aspecto exterior no era de lo más envidiable, como alguna vez lo había podido aparentar.

Ya no había cabello rubio y sedoso, tez pálida pero cremosa y labios perfectos. Su rostro ya no era agradable e inocente, sus pómulos ya no eran ni redondos y ni rosados. Esas pecas que en un principio eran graciosas parecían haberse acentuado, pero no para mejor.

Ahora su aspecto era de lo más grotesco. Su cabello estaba completamente despeinado, desperdigado como la melena de un león. Sus ojos ya no eran bellos ni por asomo, tenían demasiadas ojeras para serlo. Sus párpados pesaban una tonelada, se veían gruesos y desagradables. Hasta parecía haberse quedado sin pestañas por las que presumir. Sus iris brillaban con la intensidad que solo podían tener cuando había pasado mucho tiempo llorando o durmiendo.

Su piel estaba enfermizamente pálida, las pecas parecían manchas. Sus labios eran finos y estaban tan mordidos que parecía haberse dado contra un bordillo.

En general, su aspecto le pareció lamentable.

Pero aunque no tuviera el día, Madge decidió que ya era hora de arreglarse y lo hizo.

Se lanzó al baño, y solo después de haberse empapado de arriba abajo empezó a desprenderse de la ropa.

Katniss, mientras tanto, andaba con un poco de dificultad a la panadería.

Hoy era su último día con los Mellark. Con todo lo que había sucedido, ya ni recordaba que alguna vez había entrado allí para comprarle un pastel a Prim. Lo peor era que no estaba segura de que si quería abandonar el trabajo.

No por una cuestión de dinero, precisamente.

Tenía que admitir que había adquirido una "ligera" obsesión por Peeta Mellark. Pero admitirlo estaba bien, ¿no? Admitirlo era el primer paso para superarlo, e iba a hacerlo ¿O qué otra opción tenía? Ninguna que no implicara ridiculizarse.

Entró en la panadería y se encontró con que Peeta estaba decorando pasteles con una extrema concentración. Sus rizos rubios caían por su rostro, desordenados. Tenía sus espesas cejas fruncidas encima de sus kilométricas pestañas, sus ojos azules brillaban con naturalidad. Ya no estaban enmarcados con ojeras, cosa que se agradecía.

Pero Katniss se maldecía por ello, porque al fin y al cabo ahora era demasiado… atractivo. Después de todo, ¿era normal que se hubiera aprendido de memoria el número y colocación de todas las pecas visibles en su rostro, cuello y brazos? No, no lo era. Era muy preocupante.

—¡Buenos días, Kat!

Tan natural y alegre como siempre. Tras los juegos Peeta había logrado pasar página, y lo admiraba por ello. En el piso de arriba todavía se escuchaban los alaridos desganados de su madre.

—Buenos días, Peeta. –Respondió correctamente, educada.

Los minutos, y después las horas, parecieron pasar en cuestión de segundos. Katniss intentó memorizar los rasgos de Peeta una vez más, como si nunca lo fuera a ver de tan cerca otra vez. Él no parecía advertirlo, y si lo hacía estaba disimulando muy bien.

Estaba demasiado ofuscado pensando en que solo le quedaba una oportunidad para confesar su amor a la cazadora. No era la última, pero él creía que sí.

Finalmente su turno se agotó, y Peeta le entregó el pastel para Prim. Al parecer le había añadido unas florituras adicionales, haciendo que el pastel oliera a prímula veinte quilómetros a la redonda. Katniss se emocionó un poco.

—Muchísimas gracias Peeta. Por… por todo.

—De nada. Siento que no te puedas quedar.

—No, lo entiendo.

Un silencio incómodo se cernió sobre ellos. Nadie quería hablar, casi por no ceder. Ambos se quedaron embelesados mirando al otro, analizándolo. Finalmente Katniss hizo un pequeño asentimiento y giró sobre sus talones, con cuidado para no hacer daño al pastel. El corazón de Peeta se saltó cinco latidos de golpe.

—Katniss…

—¿Si? –Preguntó ella, deseando algo que su mente no quería desear.

—Esto… adiós.

—Adiós, Peeta.

Salió de la panadería volando, ruborizándose por instantes.

Gale volvió a casa corriendo. Desde la calle se escuchaba una melodía que no se había tocado en meses, y no sabía si alegrarse o preocuparse por ello. Las notas del piano retumbaban por todas las salas de la casa, desde el sótano hasta una supuesta guardilla. Esas casas era enormes, equipadas para la vida "de lujo" de los vencedores. El piano estaba en la primera planta, era lo único que al parecer se había llevado Madge de su ya lujoso de por si hogar.

Cuando encontró a Madge, vio que esta se dedicaba a aporrear las teclas sin tregua. La melodía que lograba era increíblemente complicada, llena de altibajos y sonidos inesperados. Sin embargo sonaba rota, como si algo fallara en los raquíticos huesos de la vencedora. Tenía una expresión ofuscada, concentrada completamente en la partitura que al parecer intentaba tocar.

Gale no se atrevió a interrumpirla, demasiado anonadado como para hacer nada. Esta era la primera vez que escuchaba a Madge tocar el piano, al menos estando plenamente presente. Recordaba haber escuchado un par de notas mientras esperaba a que le comprara las fresas. Nada más. Tenía un talento evidente, pero ahora parecía nerviosa.

Tras unos minutos más de tocar frenéticamente cogió todas las partituras y en un arranque de "locura" las lazó todas al suelo. Finalmente apoyó los puños en el teclado, empezando a sollozar de frustración.

—Madge… -intentó murmurar Gale, ganándose un increíble salto por parte de ella. Nada nuevo.

—No puedo… no me sale. Los dedos no me hacen caso, ¡son torpes! ¡Soy torpe! Ya no sé tocar… ¿por qué?

—Sí que sabes, solo estás en medio de un ataque de nervios. –constató Gale.

—¡NO LO ESTOY! –Grito ella, levantándose de golpe.

Temblaba de arriba abajo, de la cabeza a los pies. Derribó el banquillo de una patada, mientras se agarraba el pelo con las manos y tiraba de él con violencia. Emitió varios sonidos entre el rugido y el gimoteo. Murmuró cosas incomprensibles, completamente convencida de que ya no sabía tocar.

Su repentino ataque de nervios terminó cuando Gale agarró sus manos. Se quedó quieta, estática, intentando asimilar lo ocurrido.

Sabía que ese era un mal día.

—¿Madge?

—Lo siento.

Silencio. Gale intentó consolarla.

—A mí… a mi me ha gustado.

Madge soltó una pequeña –y sincera – carcajada.

—¡Lo digo en serio! No sé de música pero…

Ella siguió riendo por lo bajo, temblando un poco todavía. Gale temió que se fuera a romper por la actividad, parecía una muñeca cara y frágil. De porcelana. Se separó de ella un poco, pensando que estaba invadiendo su espacio. A ella no pareció importarle demasiado.

Siguió riendo un rato más mientras Gale se iba a preparar algo para comer, negando con la cabeza con desdén. Esa muchacha estaba desequilibrada, pero mientras estuviera feliz… no podía hacerle mucho más.

Cuando volvió seguía temblando un poco, mientras recuperaba sus partituras. Las colocó todas en su sitio y empezó a tocar de nuevo.

—No te rendirás, ¿eh? –Murmuró Gale, intentando no sonar ofensivo.

Madge negó con la cabeza, todavía sonriendo.

Al cabo de unos minutos, el teléfono sonó.

—¡Ya voy yo! –Grito Gale, mientras Madge solo asentía y seguía tocando.

Gale agarró el teléfono blanco de la cocina. La voz que escuchó al otro lado era inesperada.

—¿Hola? ¿Madge?

—Hola señor Undersee. No, soy Gale Hawthorne.

—Puede ponerse, ¿por favor?

—Ahora mismo está un poco ocupada, ¿qué ocurre?

—He de hablar con ella inmediatamente.

Gale suspiró y llamó a Madge. El alcalde no confiaba en sus intenciones, y podía entenderlo hasta cierto punto. Al fin y al cabo estaba viviendo con su hija sin consentimiento suyo.

—¿Si papá? –Contestó Madge, que se había apoderado del teléfono sin avisar.

Escuchó atentamente, mientras Gale se preguntaba qué diablos ocurría. Entonces, sin previo aviso, cayó en sus rodillas y lanzó el teléfono.

—¡Madge! –Gritó, pero ella no contestó.

Se acercó al teléfono y lo agarró, escuchando que el señor Undersee todavía hablaba.

—…¿Madge? Madge cariño, has de venir ahora… no aguantará mucho, si no llegas ahora…

Madge soltó un sollozo desgarrador.

N/A: ¡Hola a todos/as! ¿Qué creéis que ha pasado? Os doy una pista, tiene que ver con la señora Undersee. Ahora, ¡review time!

Eva Mellark: ¡Gracias por comentar la primera! Intento no hacer faltas, pero alguna se me escapa siempre :/ Me alegro que te guste la pareja Gadge, creo que es mi favorita de THG :)

Andy Pandis: ¡Besos a ti también! Adoro que te haya gustado el cap.

Iremaelle: ¡Bienvenida! Aquí tienes el capítulo. Madge es muy tierna, pero porque está medio rota xD

Elphyra: ¡Que dir-te que no comentem ja al xat! :D Moltes gracies per seguir la historia :D

Mizu: ¡Gracias por tus siempre kilométricas reviews! Madge suele reprimir sus sentimientos, pero ahora esta sobrepasada. Annie tenía a Finnick y viceversa, ¡pero no se sabe desde cuando! :D Me alegro de haberte hecho fanática xD

Andrix Mellark: Pronto aré una retrospectiva para explicar que hacen juntos, pero te lo puedes imaginar (presión capitolina). ¡Gracias por comentar!

Koyuki Betts: Me gusta darte ideas locas, ¿no lo sabías? ¡Ha ha! Su amor todavía está muy poco definido, pero ya irá determinándose poco a poco. Madge es única, pero yo la veo más estilo Annie. Sin embargo tiene algo de valentía que la caracteriza. Como no se habla mucho de ella he tenido que inventármela un poco, a decir verdad. Él no es más que una alucinación de Madge provocada por la híper-vigilancia, lo siento. Snow hará su aparición en breve :D y traerá problemas, como no.

Arrud Malfoy Black: ¡Bienvenida! Me alegro de que comentes :D Madge es una de mis personajes favoritos también, y evidentemente no podía ser como Katniss. Gracias por leer :)

Alhei: ¡Hola a ti también! Gracias por pasarte. Me alegro de haberte enternecido :D

El fragmento de canción pertenecía a: Stand in the rain de Superchick ¡Nos vemos en el próximo capítulo!