Todos sabemos como fingirlo, cariño
Todos sabemos lo que hemos hecho
Debemos se asesinos
Hijos de los salvajes.
Madge acercó su silla al borde de la cama, sosteniendo la mano de su madre.
Temblaba.
No era la primera vez que eso sucedía. Cuando su padre se equivocaba y decía algo indebido, cuando no era lo suficiente duro o indulgente, su madre lo pagaba. Los calmantes dejaban de llegar por arte de magia, y por mucho que imploraran no llegaban hasta el envío siguiente, que solía ser semanal. No podían hacerle nada al respecto, solo rezar por que pudiera aguantar la agonía de sus terribles dolores de cabeza.
Si le hubieran preguntado, Madge hubiera dicho que la señora Undersee no era una buena madre. A veces se preguntaba cómo había acabado con su padre, como había sido concebida. No podía recordarla estando plenamente consciente. Su madre era una figura ausente, pero inevitablemente querida.
Ahora se retorcía de dolor, sudando mares y agarrándose la cabeza con las manos. Tenía los ojos cerrados, con expresión de dolor intenso. Murmuraba cosas absurdas, casi como si tuviera fiebre. Nunca había soportado la falta de medicamentos durante tanto tiempo. Se estaba apagando, pero luchando para mantenerse en el mundo a toda costa.
Algo dentro del corazón de Madge hizo una pequeña implosión, llevándole a la memoria de una tributo muy especial.
La pobre chica se revolcaba en el suelo herida de muerte, gritando y llorando de agonía. Madge se agachó y le acarició la cabeza pidiendo perdón, intentando no llorar ella también. La tributo le dirigió una mirada asustada, y en ella pudo leer en ella que no quería morir. Madge suspiró y negó con la cabeza. La tributo lloró con más fuerza.
Más para atrás, se escuchaba la charla incesante de los profesionales, que se preguntaban por qué diablos no había muerto. Cato estaba convencido de su muerte, mientras que Clove cuestionaba sus habilidades. Finalmente, Madge escuchó con horror como Andrew se ofrecía para rematar a la muchacha. Tenía que huir.
Madge se aseguró de que la tributo no tenía nada, y en efecto tenía una pequeña mochila bajo el brazo, ocultada a sus asesinos. La sinsajo la agarró y se la arrancó de las manos, liberando así más gritos por parte de la moribunda. Se volvió a disculpar en un susurro y salió corriendo de allí, muriéndose de arrepentimiento.
En cuestión de minutos el cañón sonó.
Madge se sacudió la cabeza para intentar ahuyentar sus recuerdos. Su madre estrujó su mano, casi rompiéndola. El señor Undersee se derrumbó junto a su mujer, escondiendo la cabeza entre los brazos. Su hija intentó ignorarlo, solo siendo capaz de rogar a su madre que fuera fuerte.
Pero pasaron las horas y no mejoró.
La señora Everdeen y Prim fueron a visitarla por orden expresa del alcalde, pero ellas solo pudieron determinar que dependía de ella su recuperación. En ese momento Madge supo que su madre no sobreviviría. Su madre era débil, casi egoísta por no esforzarse más en abatir el dolor. Los médicos habían dicho mil veces que se podría recuperar si ponía fuerza de voluntad.
Sin embargo, desde la muerte de Maysilee, no había vuelto a ser la misma. Era como si alguien le hubiera arrancado una mitad. Pero la esperanza se negaba a abandonar el cuerpo de Madge como pocos meses atrás lo había hecho.
Y dolía, casi tanto como verla morir.
Gale se apoyaba en un rincón de la casa, observando todo lo que ocurría. Por dentro se maldecía, maldecía la suerte de Madge y la crueldad del capitolio. Le gustaría gritar en voz alta de quien era la culpa, pero no podía. Solo lo empeoraría todo. Mientras tanto solo aguantaba allí, hablando ocasionalmente con Prim.
Katniss se pasó por allí por cortesía, pero acabó marchándose rápido y llevándose a las Everdeen con ella. Al fin y al cabo no había nada que hacer.
A las doce de la noche en punto, un corazón cansado de latir. Madge se quedó a la espera de un cañón que nunca sonó.
El entierro fue modesto.
Solo unos pocos familiares asistieron a la ceremonia. Excepto las Everdeen y Gale, todos eran pertenecientes a la parte comerciante. Nadie quiso hablar, tampoco nadie lloró. Al fin y al cavo, ¿Qué decir? ¿Porqué llorar? Esa pobre mujer había muerto muchos años atrás, y era innegable. Ya nadie la conocía.
Madge aguantó impasible todas las palabras de consuelo que le llovieron. La prensa no apareció, pero no era de extrañar. No querían reportar un asesinato más de su amado capitolio. En vez de eso, les llegó por correo urgente una solitaria rosa blanca que acabó en el fondo del urinario más cercano.
La casa seguía apestando a capitolio, pese a eso.
Gale estrujó su mano y la devolvió a la realidad. El ataúd de su madre estaba siendo colocado junto al de su hermana, en el mismo mausoleo familiar. Ahora estarán juntas para siempre, pensó Madge amargamente. Las puertas se cerraron con un ruido ensordecedor.
Resignada, empezó a andar con los demás hacia su aburrida mansión. Paseando por las calles, nada parecía haber cambiado, la ausencia no se notaba por ningún lado. El distrito seguía su vida, sin ser conocedor de otro asesinato enfrente de sus narices.
Recordó lo que una vez se prometió, lo que más tarde le hicieron prometer. Era una promesa imposible de cumplir, con demasiado que perder y nada por ganar. Derribar el capitolio era demasiado arriesgado, ¡incluso el pensamiento de ello podía traerle problemas! Sin embargo Tresh confiaba en ella para hacerlo.
Involuntariamente terminó llegando a la aldea de los vencedores, pero en vez de seguir a Gale se acercó a la de Haymitch. Entró por la puerta de detrás y se fue a buscar el borracho que una vez fue su mentor. Lo encontró en la cocina, para variar, babeado encima de la mesa. Tenía su aspecto dejado habitual.
Las hebras de cabello (que algún día había sido completamente negro veta) caían desperdigadas cubriendo su frente y parte de sus frondosas cejas. Sus pestañas acariciaban la madera, mientras que su imponente nariz quedaba completamente chafada. Con un brazo se cubría el rostro y aguantaba una botella de licor blanco. La otra estaba escondida debajo de la mesa. Cuando dormía no parecía ser tan malditamente desagradable como lo era en realidad, solo era mugriento.
—¡Haymitch!
Rápidamente se despertó y la miró con una cara horriblemente amenazadora. Sin embargo Madge se mantuvo serena, intentando no exteriorizar nada. Cuando Haymitch se hubo recompuesto sus ojos mostraron un poco más de confusión.
—¿Recuerdas lo que me dijiste, en el capitolio? —Dijo Madge sin pestañear.
—Claro, preciosa… —Contesto él, con una voz pastosa y ronca.
—Cuando empiezo
—¿Qué?
Madge intentó detener las palabras, intentar poner un filtro cerebro-boca. Sin embargo lo estaba deseando.
—Seré tu sinsajo. —Sentenció, casi en un susurro.
N/A: ¡Hola a todos/as! Lo sé, la vida de Madge se acaba de hacer el doble de triste. Sin embargo siempre me quedó la duda porqué no habían matado nadie cercano a Katniss o Peeta justo después de los juegos, como hicieron con tantos otros.
Lo siento, no hay review time. No me gusta el sistema, ni tampoco haceros esperar. Como voy con prisa no puedo contestaros a todos ahora, solo daros mil gracias a Adrix Mellark, KoyukiBetts, Andy Pandis, Mizu, Eva Mellark Everdeen y Elphyra, os dedico el capítulo. Prometo que si dejáis algún comentario más o pregunta la responderé por PM encantada :D
Canción: We must be Killers - Nikki Ekko
¡Nos leemos en el próximo capítulo!
