Los distritos iban pasando, cada uno más hiriente que el anterior. Madge seguía una rutina para no perder de nuevo el control de sus emociones. Ya se había excedido demasiado. Se limitaba a pronunciar el mismo discurso, sin fingir, sin pretender sentir las palabras o creerlas. Escupía el mismo texto, con la misma pronunciación, terminando las palabras en medios suspiros.
Su mente volaba lejos. Volaba más allá de lo que tenía delante de los ojos. Ignoraba las caras de descontento de la gentada, buscaba entre ellos algo, alguien que le resultara meramente familiar. Buscaba tributos. Del uno, del dos, del tres… sus manos estaban manchadas de sangre.
Cuando llegó al distrito cinco, o eso le comentaron, tuvo la mala suerte de encontrar un par de cabezas pelirrojas. De rostros alargados y tristes. Heridos. Abrazados. La miraban como si fuera un monstruo. Lo era. Se sentía como uno al menos. La mayoría de rostros lo corroboraban. En ese instante solo pudo cerrar los ojos y agachar la cabeza pronunciando el discurso que se sabía de memoria.
Se dejó caer en otro palacio de justicia, a sabiendas de que solo quedaba un distrito antes del capitolio. El simple pensamiento de que tendría que volver a la ciudad de sus pesadillas la hacía temblar. Se sentía tan sola. Nadie a su alrededor parecía entender que le pasaba a la vencedora de ese año.
Haymitch estaba desesperado. No había forma humana que hiciera a la chica volver de su letargo. Odiaba verla acurrucada en las esquinas de discurso en discurso, temblando, miedosa de todo. Ese no era el sinsajo que la revolución necesitaba. Su mirada carecía de espíritu luchador, no había ansias de justicia.
Todos los días Madge recibía llamadas de Gale. A medida que los días pasaban, las llamadas eran más frecuentes, antes y después de los discursos, antes y después de las cenas. Madge se negaba a contestar, por mucho que su corazón amartillara su pecho cada vez que sabía que era él.
En el distrito doce nada había cambiado. Nada, aparte de los pobres suministros de comida que se irían repitiendo hasta los siguientes juegos del hambre. Seguían el curso de sus vidas resignados, apenas sin moverse en contra de la corriente que el propio capitolio había creado.
El teléfono sonó de nuevo. Madge todavía no había averiguado como él podía llamar en todas partes, pero lo hacía. Sabía que era Gale solo mirando la primera cifra. Esa vez no pudo ignorarlo. El deseo de escuchar su voz fue más fuerte que la propia razón. Presionó el botón de contestar y se llevó el auricular al oído, con las manos temblando.
Gale dio un respingo de sorpresa. Las llamadas que hacía a Madge eran por pura costumbre a esas alturas, pero aún así no había perdido la esperanza del todo. Escuchó una respiración entrecortada y supo que era ella. No se lo podía creer. Quiso decir lo que quería decirle desde que se fue, pero el aire escapó de sus pulmones de asombro.
Madge se asustó cuando finalmente lo escuchó hablar. Se había desacostumbrado a su voz lenta y grave, tan característica de Gale. Cerró los ojos e intentó contestar a las preguntas que él le hacía con tono desesperado. Sabía que si hablaba soltaría el discurso que había repetido ya unas diez veces. Un pequeño ruido se escapó de su garganta y él supo que lo escuchaba.
—Madge yo… —Un suspiro nervioso escapó de los labios de Gale haciendo sonreír a Madge— Lo que viste, ¡era mentira! Bueno no era mentira pero… no es lo que crees y…
La sonrisa se apagó más rápida que un relámpago. Estaba esperando una disculpa como esa.
—¿Qué creo que… es? —Preguntó ella, con una voz tan quebrada que hizo que Gale temblara.
—Es mentira Madge. Todo lo que el capitolio te ofrece es mentira. Todo a tu alrededor lo es. No te creas nada, ¡no dejes que te hundan! Es lo que quieren. Todo está planeado. Todos tus pasos son vigilados, no los sigas. Por favor.
Madge intentó responder, pero las palabras quedaron atascadas en su garganta. Él continuó.
—No te he llamado para que me perdones. Lo hago para que reacciones. Muévete. Camina. Sal al exterior y mira los distritos a los ojos. Al capitolio. Habla y se el Sinsajo que Panem necesita.
—Haymitch te ha…
—Hazlo Madge. Panem te necesita.
—¡¿Qué hago?! —Preguntó ella exasperada.
—¡Tú decides!
El silencio se hizo en las dos partes del cable.
—Madge… no los creas. Te necesito.
—Como el resto de Panem, al parecer.
La conversa terminó en el mismo instante que Cinna entró con un vestido nuevo.
—¿Cinna?
—¿Si?
—¿Dónde está el pin del sinsajo?
N/A
Capítulo más corto de lo usual, lo sé. Evidentemente solo es un capítulo "puente". En el próximo capítulo llegamos al Capitolio y entrará en escena un personaje importante.
Siento no poder responder a las reviews que me dejáis. Sin embargo sigo agradeciendo el apoyo a esta historia.
¡Nos vemos en el próximo capítulo!
