Pasé mi dedo ligeramente sobre el filo, bailando como una pluma mecida por el suave viento nocturno. Ninguna mella, nada de sangre, nada que impidiera un corte perfecto. Tanteando mi dedo me encontré que la piel estaba ligeramente levantada a lo que sólo pude responder con una sonrisa satisfecha. Después de todo ésta era mi favorita, era mi más vieja amiga. Además una de las dos Meitou que tenía. Su imagen estaba firmemente impresa en mi cerebro.

Aún me acordaba cuando la había visto por primera vez, majestuosa, impresionante, presidiendo sobre el dojo familiar. Tenía la funda negra, una guardia de plata y la empuñadura roja y negra. Mi padre me la había mostrado. Su potente voz aún resonaba en mis oídos, una voz dura pero que dejaba escapar sutilmente un rasgo de orgullo mal disimulado.

-Escucha Sei-chan, este es el tesoro de nuestra familia. Fue mi abuelo quien adquirió esta Oo-Wazamono. Según nuestro antepasado esta espada nació como la sombra de una espada mejor, producida para perfeccionar la técnica del maestro herrero que la hizo. Sin embargo fue un arma tan impresionante que recibió un nombre propio, "Kagetora", y aún así fue superada por la espada que vino después. Desde que llegó a la posesión de la familia Kururugi nunca hemos ni descuidado ni manchado su impecable filo con sangre. Tu bisabuelo, tu abuelo y yo cuidadosamente la preservamos en perfecto estado. Algún día ésa también será tu responsabilidad.

Desde ese momento me sentí fatalmente atraído hacia esa reliquia familiar. Sin saber porque quería agarrarla, blandirla, sentir su fuerza en mis manos. Mi padre y maestro se acercó y la desenfundó, para mostrármela en todo su esplendor. En seguida vi mis propios ojos reflejados en el precioso acero, mirándome de regreso con expresión de asombro. La hoja no tenía grandes arreglos, lo único a parte de de un suave patrón ondulante en filo era el nombre de la espada grabado con cuidado en la empuñadura. Aún yo en mi inexperiencia conseguía admirar la calidad de la hoja. Mi mentor agarro una hoja de una planta que decoraba el altar donde normalmente descansaba la katana y la dejo caer sobre el filo. Esta pasó, como si no hubiera nada y poco después se partió a la mitad. En mi fascinación intenté tocarla. Antes siquiera de que terminara de insinuar el movimiento sentí un golpe y una mirada de reprensión de mi progenitor. No lo volví a intentar. Pero desde ese momento nació mi obsesión. Y por supuesto también me acordaba de cómo había llegado a mis manos al fin.

Terminado el pequeño ritual semanal de cuidar las espadas de mi colección busqué mi bastón. Había escuchado algo interesante en esa isla que llamaba mi atención. Un pueblo más adelante que valdría la pena visitar. Hacía algo de tiempo desde que había encontrado algo que me emocionara. Y quien sabe tal vez incluso y tenía suerte y encontraba algo más. Pero de momento lo único que podía hacer era ir.

El pueblo sólo estaba a una media hora caminando. El sol calentaba mi cara. No podía evitar preguntarme si el cielo era del mismo color que me acordaba. Si era el mismo cielo bajo el que había jugado de niño ante la atenta y protectora mirada de mi amorosa madre. Me acordaba de ese fuego que era su sonrisa y dulce voz que me llamaba. Siempre me pareció tan distinta a mi padre, ni siquiera sabía cómo podía seguir casados. Me reí de mí mismo. Ese día estaba muy nostálgico, demasiado. Era patético. Recordar esos días no me ayudaría para nada, estaba más cerca de hacerme daño. Sacudiendo la cabeza con fuerza eliminé esos molestos pensamientos. El bullicio de la aldea ya se escuchaba justo enfrente.

Puse mi mejor cara mí y me acerqué a la persona que escuché más cerca de mí. Le pregunté el nombre del pueblo, como estaba el clima y los lugares importantes. Con esa última pregunta esperaba que me dijera lo que necesitaba pero al parecer a quien había interceptado no consideraba el lugar que buscaba algo relevante, así que tuve que preguntar directamente. El tono de voz de mi interlocutor cambió después de esa pregunta, con una pequeña cantidad de inseguridad y bastante extrañeza. Me dio unas vagas instrucciones para llegar. Sin embargo había picado mi curiosidad, así que proseguí con el interrogatorio.

-¿Algún problema?

-No, es que me parece algo extraño que un ciego pregunte por un dojo de artes marciales.

-Es una vieja costumbre. Un legado de antes de perder la vista. ¿Sabe algo más de ese lugar?

-El maestro llegó hace unos diez años. Se estableció aquí sin una palabra pero ha sido un buen vecino. No habla mucho pero ayuda siempre en todo lo que puede.

Muy interesante, realmente valía la pena ir a ese dojo. Además concordaba con la información que había conseguido antes. Pregunté un par de veces más para terminar de localizar el lugar. No fue muy difícil llegar. Cuando aún estaba lejos ya se podía oler el joven sudor de los discípulos y escuchar los potentes gritos que salían de sus gargantas al hacer el ejercicio. Eso no me ayudaba nada para mi ánimo nostálgico, se parecía demasiado al de mi familia.

Entré al dojo con pasos firmes, listo para lo que pudiera suceder. Dependía del dojo que tan peligroso era la acción que estaba por tomar. Al principio nadie notó mi presencia, después de todo era una cualidad, o a veces lo era, que tenía. Poco a poco los sonidos típicos del entrenamiento fueron muriendo cuando descubrieron mi presencia. Finalmente el silencio se instauró en la sala y unos pasos se acercaron desde el fondo de la habitación. Eran pasos fuertes, autoritarios y bastante pesados. Debía de ser alguien bastante alto, incluso llegando a los dos metros si mis oídos no me engañaban y con una constitución corpulenta, aunque hecho de puro musculo. Una figura intimidante, perfecta para un maestro asistente.

-No aceptamos a cualquiera. Hay días en los que puedes pedir tú ingreso a nuestra escuela, aunque con esa venda no podrás luchar.- Era un voz profunda, fuerte y rasposa, con un tono que denotaba a alguien que estaba acostumbrado a ser obedecido y que parecía que acabara de estar bebiendo. Aunque eso estaba contradicho por su olor corporal que era únicamente el de el sudor de la rutina que acababa de enseñar.

-Gracias por el consejo pero no vengo para pedir mi ingreso.- Intenté sonar lo más cortés posible. No era alguien a quien quisiera hacer enojar. Sin embargo no funcionó, pues un bufido llegó directamente a la cara desde bastante alto. Mi estimación no parecía estar demasiado lejos de la verdad.

-Entonces vete. Estamos entrenando, no tenemos tiempo para un debilucho que viene a curiosear.

-Tampoco vengo impulsado por la curiosidad.

-¡Largo!- El grito hizo que mis oídos zumbaran, a veces odiaba que mi sentido del oído fuera tan agudo. Ese hombre sí que tenía pulmones.

-Vengo por un reto.

-¡¿QUÉ?!- Mis pobres oídos no iban a aguantar mucho así.

-Me gustaría saber si el maestro de esta escuela aceptaría tener un duelo conmigo.- Casi no podía escuchar mis propias palabras por la risa del bruto enfrente mío.

-Claro. Por supuesto que aceptamos el reto. Pero no llores después de la paliza que te vamos a dar.

-¿Cuáles son las reglas?

-Si quieres pelear contra el Maestro tienes que vencer primero a un estudiante y luego contra mí. Si el cielo te ayuda y ganas podrás enfrentarte a él. Combates a un solo golpe.

-¿Y las armas?

-Los primeros combates serán con shinais. Sin embargo el Maestro usa espadas verdaderas. Su credo es que si alguien quiere asaltar el dojo tiene que arriesgar su vida para ello. Aunque no te tienes que preocupes, no llegaras tan lejos.

-Eso lo veremos.- Fue mi respuesta con la sonrisa en la cara.- ¿Podría prestarme un shinai?- Escuché como el gigantón daba la vuelta sobre sus talones para prestarme la espada de bambú.

-Ryuuji, saca a este insolente de una vez.- Dijo a la vez que escuché como lanzaba la espada de entrenamiento hacia mí. Supongo que quería ver cómo me golpeaba en la cabeza y reírse de mí pero tuve que desilusionarle. El shinai hacía un leve silbido al surcar el aire, así que no era difícil saber donde estaba ni su trayectoria, así que lo atrapé sin dificultad. En sustitución de las risas lo único que floto por el aire fue un gruñido de enojo. Se sentía bien hacer que ese enorme simio se callara por un segundo. Y sin embargo incluso en ese silencio era difícil escuchar los suaves pasos del estudiante que se movía. Y no era porque se supiera ocultar, se notaba la timidez en esas suaves pisadas.

-¿Yo señor?- Su voz era tan débil como sus movimientos. Temblaba y era insegura. Y era joven. Estaban mandando a un aprendiz contra mí.

-¡Sí, tú! No me hagas repetirme. Necesitas experiencia- Un ruido sordo llegó del final de la sala. Seguro que el gigante se había dejado caer sobre el suelo, porque una multitud de ruidos llegaron de los estudiantes yendo a sentarse. Pronto el silencio se volvió a instaurar. El maestro asistente alzó su potente vos.- ¡Saludo!- Hice una leve inclinación de cabeza pero por cómo se oía el crujir de espalda del pobre chico el hizo una profunda reverencia. Después de la formalidad nos pusimos en guardia, esperando la señal.- ¡Comenzad!

Me sorprendió un fuerte grito del muchacho. Parecía que cuando empezaba el combate cambiaba de actitud. En seguida se lanzó contra mí dispuesto a acabar de un solo golpe. Y le concedí su deseo, ya que a pesar de su valiente ataque y su determinación no era más que un novato. Fue fácil entrar bajo su ataque e impactar directo al pecho. Ni siquiera tuve que usar tanta fuerza para que saliera despedido. Nadie dijo nada, ni siquiera parecían poder respirar.

-Pura suerte. No debí mandar a un novato.- Dijo después de un largo tiempo el gorila.- De todos modos yo acabaré contigo.- Pero para cuando dijo eso ya no le estaba prestando atención. Un ruido había llegado desde la puerta. Un hombre que caminaba lento y un niño. La fuerza de los pasos del hombre no indicaba que fuera demasiado alto, más bien de altura promedio. Sin embargo me parecía que era fuerte. Sus músculos estaban tensos, su respiración pausada y profunda. Imponía respeto pero de una forma de muy diferente al maestro ayudante. El no tenía su envergadura pero era mucho más fuerte. Su voz, algo más aguda de lo que me esperaba dio un consejo.

-Naoto, más te vale no subestimarlo. Ese hombre es más fuerte de lo que crees.

-Maestro, no haga bromas. Aplastaré a ese enano con un solo golpe.

Él tomó el lugar de su estudiante frente a mí. El maestro del dojo ocupó el lugar vacío y listo para ser el juez del combate. Su extrañamente alta voz dio la orden de saludo e inmediatamente después nos dio el permiso de combatir. El gorila adoptó la misma estrategia que su alumno, una carga directa sin complicaciones ni florituras. La velocidad era completamente diferente pero el contraataque aún era simple. Sin embargo quería bajarle un poco los humos. Y eso era simple, sólo necesitaba resistir su golpe. Agarré con las dos manos la espada y esperé. Justo cuando escuché como la espada descendía yo subí la mía a toda velocidad, para contrarrestar el efecto del descenso. El golpe era fuerte, hacía justicia al hombretón que lo ejecutó. Sin embargo de no ser capaz de resistir algo así mi vida habría acabado hace mucho tiempo. Cuando las dos espadas llegaron a un alto total con un estrepitoso ruido todo se detuvo. No había ningún ruido, todos los alumnos contenían la respiración con asombro. Nadie parecía moverse, ni siquiera inhalar. Nadie excepto quien estaba presidiendo el espectáculo. El maestro de esta escuela no había cambiado su postura.

-Te dije que no lo subestimaras Naoto.- Dijo casi con un susurro que retumbó en la sala como una orden dada a viva voz. La única respuesta que obtuvo de su ayudante fue un sonoro trago de saliva.

Sin embargo se recuperó rápidamente. Y note el error que había sido no derrotarlo al primer golpe. En seguida volvió al ataque y sus golpes eran tan contundentes que no podía responder. Y se notaba que había trabajado en su mayor debilidad, le velocidad. Tenía una buena técnica, muy solida, concentrada en atacar. Podía ganarle en velocidad sin demasiado problema, pero asestar un golpe definitivo sería casi imposible de esa forma. No podía alcanzar su cabeza con la fuerza necesaria y él lo sabía así que sólo se tenía que proteger el pecho y evitar darme la espalda. Con eso a pesar de ser más rápido y no perder en fuerza me sería muy difícil ganar. Y sin embargo entre más golpes daba antes encontraría algún fallo explotable, no importaba que fuera decisivo un solo error era suficiente para hacerme casi imposible el combate. Tenía que fabricarme una oportunidad.

Decidí primero intentar un táctica simple pero muy efectiva contra gente de gran fuerza. Esperé hasta que el zumbido de la espada indicaba que venía por mi cabeza con un corte descendente vertical. Recibí el golpe como de costumbre pero justo cuando empezaba la presión deje a mis muñecas ceder un poco, lo suficiente para que mi espada quedara en un ligero ángulo con respecto a la horizontal antes de volver a poner fuerza. Y fue suficiente. Como esperaba la espada del tal Naoto se deslizó sobre la mía y perdió la postura. Su reacción fue buena cubriéndose el pecho lo antes posible, pero ese no era mi objetivo. Bajé el shinai lo más rápido posible y golpeé su rodilla con toda la fuerza que me fue posible. Escuché como se astillaba al bambú entre el grito adolorido del gigante herido. Llevó la rodilla lastimada al suelo. El ruido de los músculos y el crujir de los huesos me dejo saber su postura exacta. Estaba ofreciendo su cuello como para une ejecución, y esta vez no deje pasar la oportunidad. Terminé de destrozar la espada en el ficticio corte de su cabeza. Su cuerpo cayó pesado sobre el suelo, totalmente inconsciente. Escuché como el maestro se levantaba.

-Por favor, retiren a Naoto de ahí y llévenlo a descansar. Cuídenlo bien. Y cuando se despierte díganle que no tiene de que avergonzarse. Fue una buena batalla.- Casi me pareció como si calvase su mirada en mí, aunque sabía que era simplemente que había escuchado como se movía su cabeza.- Supongo que quieres continuar con tu reto.

-Así es.

-¿Quieres un descanso?

-Es muy amable de su parte ofrecerlo, pero estoy bien.

-Se te avisó que el último combate era con espadas de verdad ¿no es así?

-No supone ninguna diferencia.

-Entonces adelante.- Era impresionante la diferencia en la conversación con su segundo al mando. A pesar de que tal vez uno de nosotros terminaría frío, eso no impedía que se pudiera hablar de forma civilizada.- Se me olvidaba un detalle. ¿Tienes una espada para combatir? Si es necesario se te puede prestar una.

-No se preocupe, si tengo katanas de verdad.- Dije mientras me daba la vuelta hacia mi equipaje que había dejado en la puerta. Por lo que había visto si ese era su segundo al mando el dojo no era nada malo. Mientras tanteaba mis espadas buscando a Kagetora me pregunté qué estilo utilizar. Era bueno tanto como el Ittouryu como en el Nitouryuu. Cuando mi mano tocó la funda decidí por un capricho buscar a Iga no Kami, mi wakizashi preferida, una Ryou Wazamono. No fue difícil de encontrar, tenía pocas espadas cortas en mi equipaje.- ¿Le importa si utilizo dos espadas?- Pregunté por cortesía.

-No hay problema. Por favor, hazlo.- Concedió con cortesía mi petición.

-Mi papá no puede perder. ¡Es el mejor!- Escuché de repente una voz infantil resonar. Era bastante tierna la confianza inamovible que tenía ese niño en su padre. Como casi todos los niños.

Tendría que romper esa dulce ilusión infantil. Eso o arriesgarme a ser herido gravemente en la pelea. No me pareció una elección demasiado difícil de tomar. Esta vez no hubo formalidades, era un combate real. El saludarse y esperar una señal significaría la muerte ante un oponente hábil. Desde el momento que tuvimos nuestras armas ese combate había comenzado. Los dos habíamos desenfundado y estudiábamos al oponente. Los alumnos parecían cadáveres que se hubieran quedado en esa posición. El único que no parecía notar la tensión en el aire era el hijo del maestro, que gritaba animando a su padre.

La batalla comenzó bruscamente con el único indicio un ligero movimiento del pie de mi contrincante. A diferencia de los dos combates anteriores fui yo el que hizo el primer movimiento, una finta con la espada principal a la cabeza para atacar por abajo con la secundaria. Y como me esperaba mi ataque fue leído a la perfección. Después de detener el ataque contraatacó con su empuñadura, obligándome a retroceder. Las diferencias con mis contrincantes anteriores eran obvias. En esta ocasión era un intercambio constante de golpes. No tardó mucho tiempo en que el frío acero de mi contrincante rozara la piel de mi brazo, haciendo que un cálido hilo de sangre cayera por mi brazo. Ese contraste lo tenía demasiado conocido. Sin embargo la ofensa a mi carne fue reparada sin dudar, con un corte igual de pequeño en la pierna del ofensor. Tenía mi oído aguzado al máximo, para escuchar como la espada cortaba el aire y el ruido de sus musculo y huesos al moverse, al igual que sus pasos que además sentía con las plantas de mis pies. Con eso seguía sus movimientos, aunque no era una tarea fácil. Pelaba extraño, con pasos muy largos por el tiempo que había entre ruido y ruido, y se mantenía muy cerca, haciendo que Kagetora casi fuera un peso muerto. Como crujían sus huesos me daba la idea de que tenía los brazos muy largos, lo cual le permitía usar su espada en ese pequeño espacio, pues aprovechando la envergadura podía reunir la fuerza suficiente para un golpe mortal. Ese debía de ser la marca de su escuela, pues Naoto también se mantenía muy cerca. A diferencia de lo que esperaba usaba la espada larga para defenderme y la wakizashi para atacar. Una patada baja me obligó a saltar, y una exclamación de emoción llenó la sala, anticipando mi derrota. Un fuerte golpe ascendente quería terminar todo. Y aunque fue el final de la pelea no era como la gente lo esperaba. En el aire logré que katana se interpusiera en el camino del letal golpe, y de forma desesperada lancé una estocada hacia abajo con Iga no Kami. Hizo contacto, entro directamente sobre el hueso de la pierna que me había agredido. La fuerza atacante terminó el trabajo que yo había empezado pues al sacarme volando por el golpe la hoja terminó de destruir la pierna herida. Con eso ya no podría caminar, ni siquiera moverse. Tenía el fémur roto y todo el músculo desgarrado Los dos sabíamos que ahora sólo era cuestión de que yo terminara eso.

Estaba un poco lejos pero no sería problema. Mientras yo me preparaba para terminar con todo mi oponente enfundó su espada y se relajó, preparado para su fin. Las exclamaciones de victoria habían sido sustituidas por suaves sollozos, incluso por el suave y triste sonido de las lágrimas que se derramaban sobre la madera del dojo. La pena se había asentado en la atmósfera, se olía incluso las saladas lágrimas. Y cuando me moví para acabar con mi contrincante un grito desgarró al aire.

-¡Papá! ¡Muévete! ¡Papá! ¡Tú no puedes perder! ¡Papá! ¡Por favor! ¡Papá! ¡Él no puede vencerte! ¡Papá! ¡No me dejes! ¡Papá! ¡No te mueras! ¡Papá! ¡PAPÁ!

-[i]¡PAPÁ![/i]

Esa voz del pasado resonó en mis oídos, llenando mi cabeza y substituyendo el grito del niño. Los ruidos, los olores, todo regresó. Era demasiado para mí. Me sentía físicamente mal. Me detuve bruscamente y cuando logré recuperar mis sentidos noté que mi espada estaba ya bajando sobre el cuello del maestro caído. Después de recuperarme de la impresión sólo pude sonreír ante la situación. Me di la vuelta y enfundé mi espada. Vaya con mi ánimo nostálgico.

-Interesante.- Escuché la voz del maestro. Para ese momento ya podía oír el llanto del niño muy cerca de su padre. Sabía a qué se refería así que no presioné.

-No quiero matar a un hábil espadachín como usted.- Un suave resoplido, como una risa contenida llegó volando.- Además creo que mi victoria es clara.

-Lo es.- No había nada más que decir. Hice una leve inclinación de cabeza a forma de despedida.

-Espera.- Me sorprendió que me llamara en ese momento.- Tengo algo para ti.

-Gracias, pero estoy bien.- Suponía que me daría el tablero del dojo como muestra de mi victoria.

-No es algo inútil. Quisiera darte esta katana.- El suave ruido que hacía la hoja contra su funda llegó cuando me la presentó. Era una muy buena espada. El tintineo que había hecho al chocar contra mis espadas, me hacía pensar que era una espada de muy alta calidad, probablemente una Meitou.- Se llama Osafune. Es una Ryou Wazamono, una herencia familiar.

-Si es una herencia familiar, ¿Por qué quiere dármela?- Había confirmado mi sospecha y era aún más valiosa de lo que me imaginaba.

-Creo que esta espada te quiere como dueño. ¿Acaso no lo sientes?- Moví mi cabeza lentamente. Por alguna razón yo también me sentía atraído por esa espada, como si me estuviera llamando.- Entonces llévatela por favor. Será una buena espada y le sacarás mucho provecho. Lo sé.

Me había quedado sin palabras. Sólo pude aceptarla. Ya no había nada más que decir, ni siquiera palabras de despedida. Repetí mi inclinación de cabeza y me retiré. Cuando ya estaba saliendo del pueblo me fije en la ironía de ese día. Pues justo en un día que me la había pasando recordando el pasado había conseguido una cosa nueva. Encantador.