Desperté en la pequeña clínica con la imagen quemada en el fondo de mis parpados. Claro, no lo había visto, pero la imagen mental que me había construido no se iba por nada. Sabía que nunca se me olvidaría lo que acababa de suceder. Un viejo fuego había sido revivido y dudaba que se volviera a apagar dentro de poco.

Mi suerte había hecho que llegara a Conomi justo en un día de fiesta. No estaba seguro de que se celebraba, podía ser la caída de Arlong Park hace ya más de quince años, o alguna otra festividad local. Así pues todo excepto los restaurantes, hostales y las ruinas de Arlong Park, que se habían convertido en una atracción turística, todo estaba cerrado. Eso incluía las salidas del puerto, así que tendría que esperar para ir a Loguetown. Una vez en la "Ciudad del Alfa y el Omega" ya me las tendría que ingeniar para encontrar un transporte para entrar en la Grand Line. No sería fácil encontrar alguna forma de entrar. Los cruceros no se arriesgaban al horrible final que representaba el estrellarse contra la Reverse Mountain, así como la mayoría de los barcos mercantes que preferían quedarse en el East Blue y sus normales peligros y no al alocado mar que era el Cementerio de piratas. Así pues tendría que hacer de polizonte en algún barco pirata o incluso en uno de Marines, pues serían los únicos que tenían posibilidades de entrar. Pero de eso me preocuparía cuando llegara a la ciudad.

Lo primero que hice fue gastar parte de mis magras reservas monetarias en visitar la antigua guarida de los tritones. Me dejo con el mínimo necesario para mi transporte a la siguiente isla y sobrevivir por poco tiempo. Pronto tendría que mendigar, la forma más fácil de conseguir dinero para un ciego. Pero un lugar tan emblemático como lo era donde se había librado la batalla que le había otorgado su primera recompensa al último Rey de los Piratas. Su actuación en ese lugar le había dado el reconocimiento de las autoridades. No había mucho que observar, así que no me perdía nada realmente. Sin embargo era el estar en ese lugar, sentir su atmosfera, escuchar los recuerdos de las rocas, eso era lo interesante y eso lo podía disfrutar aún sin poder ver. Y la verdad había un sentimiento, un algo en el aire, que hacía que el cuerpo se estremeciera, como si se pudiera observar los atronadores golpes que se intercambiaron ahí.

Después de visitar el histórico lugar fui al pueblo cercano de Kokoyashi. Los gritos, la música, el alboroto general hacían que me dificultara orientarme bien. Podía moverme sin chocar, pero era difícil. Lo único bueno es que parecía tradición que hubiera alimento gratuito. Así pues aproveché para comer y después salí del pueblo lo más rápido posible. En mi camino de salida me encontré el único lugar pacífico en todo el pueblo, una pequeña casita a las afueras de la ciudad donde se escuchaba a dos mujeres charlando despreocupadamente.

Era un día muy agradable. El sol brillaba dulcemente sobre mi cara y me calentaba hasta los huesos. Los arrozales despedían un dulce olor húmedo que se combinaba con el fresco olor del bosque que estaba al otro lado del camino. La suave y tierna tierra apisonada se sentía muy bien bajo mis zapatos. Todo estaba tan relajado, tan animado, que decidí alejarme del camino y descansar tumbado sobre el pasto, simplemente disfrutando de la tranquilidad que reinaba. Así pues me adentré en el bosque y me apoyé en un árbol. Mi relajación fue tal que sin quererlo entré a ese estado entre el sueño y la vigilia, en ese estado que no podía distinguir lo real de lo onírico.

Fue por eso que ignoré persistentemente el molesto ruido que notaba cada vez más fuerte. Pensaba que era algo que mi delirante mente dormida hacía para jugar conmigo, intentando quitarme ese momento de dulce descanso, como lo hacía cada vez más seguido en las noche con las pesadillas siendo más recurrentes que antes. Así hice un esfuerzo especial para ignorar los pasos que me molestaban. Pero al final tuve que admitir su realidad. Así pues me moví justo cuando la persona que se acercaba llegaba. Se detuvo en el momento que me empezaba a espabilar así que mi información era muy limitada. Sólo podía estimar su altura de donde escuchaba sus inhalaciones y por ese mismo factor deducía que tenía un torso más bien amplio, pero no sabía nada más del recién llegado. Bueno, por alguna razón me daba una impresión de fuerza, pero eso era sólo un instinto primitivo, no verdadera información.

-¿Qué le pasa a esta isla?- Preguntó un hombre con una voz bastante grave e imponente.

-¿Disculpa?- Me salió natural. Normalmente era más formal pero a ese hombre un impulso me llevó a tutearlo a la primera de cambios.

-Esta isla. Debe de estar encantada o algo así. Llevo un par de días aquí y no puedo encontrar nada.

-Que yo sepa no está encantada.- Me sentía raro. Yo era un foráneo, y además ciego y no me había perdido para nada en la isla. Ese hombre era raro.

-Debes de ser un local. Seguro que tienen algún tipo de trampa para despistar a los que no somos de por aquí. No me acordaba que fuera así antes.

-No, acabo de llegar hoy.

-¿Qué? Eso es raro, yo nunca me pierdo.- Un hombre orgulloso, eso era seguro.

-Puedo ayudarte a llegar a donde quieres si es posible.

-Bueno tal vez que seas ciego te ayude a guiarte en esta isla del demonio.

-Encantado. Por cierto mi nombre es Kururugi Seiryu.

-¿Eh? Mucho gusto, yo soy…- En ese momento dio un paso hacia adelante. Y supe su nombre antes de que lo pronunciara. El tintineo de tres espadas colgadas del lado derecho de su cadera era inconfundible. Solo una persona portaría tres espadas de esa forma. Abrí la boca y sin pensarlo terminé su oración.

-Roronoa Zoro, el luchador a tres espadas.- Mi voz salió débil, sin aliento.

-Así es. ¿Ya lo sabías?

-M-me acabo de dar cuenta.

-¿Estás bien?

-S-sí. Fue la sorpresa de encontrar a uno de los mejores espadachines del mundo aquí en la mitad de un bosque de una pequeña isla del East Blue.

-Si estás bien llévame a Kokoyashi, a una casa a las afueras, hay alguien que tengo que encontrar ahí.

-Acabo de pasar por ahí. Será fácil llegar. Sígueme por favor.

Me levanté y emprendí el viaje. Era raro. Era un lugar inocuo. Si, era cierto, los Mugiwara habían estado ahí antes pero no veía por que alguien de la fama y fuerza de Roronoa Zoro estaría de regreso en ese pequeño lugar. Sin embargo ahí estaba, siguiendo mis pasos. Como espadachín me sentía honrado de conocerlo. Era una leyenda viva. Desde pequeño había escuchado sus hazañas. Y conocerlo movió algo en mí. Aún no sabía que era, pero una emoción, una urgencia había nacido desde que lo tuve enfrente mío, desde que supe que "El Cazador de Piratas" estaba a solo unos metros. No hablamos nada durante el trayecto, así que estuve todo el tiempo rumiando sobre sus razones para estar aquí y que me estaba pasando a mí. El escaso cuarto de hora que duró la caminata no me dio demasiado tiempo para pensar.

Cuando llegamos a la casita una de las mujeres había salido, y solo se escuchaba el suave rozar de una pluma sobre el pergamino. Señalé en dirección del sonido, pero mi acompañante ya estaba tomando una dirección completamente errónea. Tuve que llamarlo y decirle que estaba tomando el camino equivocado y guiarlo hasta la misma entrada de la casa para asegurarme que no se volviera a perder por varios días. Era casi ridículo su sentido de la orientación, no parecía que un hombre tan famoso y poderoso pudiera hacer un ridículo tal, pero se notaba que a pesar de todo era un hombre con sus defectos. Una vez que estuvimos ante la entrada Zoro la abrió de golpe, entró, dejándome a mí sin más opción que seguirlo, y gritó.

-¡Hey! ¡Nami! ¡¿Te encuentras ahí?!- En ese momento decidí que debía de estar aún dormido. No era posible que conociera a dos Sombrero de paja el mismo día. Era simplemente imposible. En ese momento que creía que no pertenecía a ninguno de los dos mundos había caído irremediablemente en las garras del señor del sueño. Así, harto de un sueño tan bizarro y a la vez tan realista, logré pellizcarme para intentar despertar. Sin embargo la situación no cambió tras el agudo dolor que me provoqué, excepto por la detención del ruido de escritura que seguramente no fue causado por el auto infligido daño si no por los gritos del quien estaba a mi lado. Poco después se escucharon pasos de alguien que salía apresuradamente de una habitación que estaba al fondo de la casa. Eran paso de mujer, y una bastante ágil para eso. Tan pronto como se escuchó que llegaba a la puerta su voz, bastante dulce, se alzó.

-¿Zoro?

-Estás en casa. Tengo algo que de…- La voz del espadachín fue bruscamente cortada por un fuerte golpe en la cabeza, que la antigua navegante le acababa de suministrar.- ¡¿Qué diablos haces?! ¡¿Por qué me pegas?!

-¡Porqué te lo mereces! ¡Idiota!

-¡¿Idiota?! ¡Maldita bruja yo no he hecho nada!

-¡¿No has hecho nada?! ¡¿Y cómo le dices a entrar en la casa de una dama sin llamar a la puerta?!

-¡¿Y por eso me pegas?!

-¡Por supuesto! ¡Y además…!

-¡Y además…! ¡¿Qué?!

-¡Hace tanto tiempo que no nos vemos y ni siquiera saludas!- La voz de Nami había ido cambiando de enojada a emocional en ese pequeño intercambio de gritos. Realmente se alegraba de ver a su antiguo compañero, tanto que en esos momentos se escuchaba como la emoción le privaba de su voz. Al poco tiempo se escuchó como un par de lágrimas caían al suelo de madera. Parecía que incluso el fuerte hombre se arrepintió de haber hecho eso, pues su voz se calmó considerablemente.

-Bueno, lo siento. Pero tengo algo muy importante que decirte y no quiero perder tiempo.- Se excusó Zoro.

-Eso tendrá que esperar.
-¡¿Eh?! ¿No te acabo decir que es muy importante?

-Tengo una visita y seguro que lo pasó muy mal con un idiota como tú.- Dijo como una respuesta.

-No se preocupe. Yo ya me iba…- Intenté salirme de la situación que estaba totalmente fuera de mi control. Yo no pintaba nada entre esas dos figuras, uno de los dos mejores espadachines del mundo y una legendaria navegante. Un pobre ciego como yo no tenía anda que ver con lo que pasaba ahí. Por un azar del destino me había encontrado con un hombre sin sentido de la orientación y había terminado en ese lugar. Seguro que esos viejos amigos tendrían mucho que hablar. Lo mejor sería largarme lo antes posible.

-No sería una buena anfitriona si no te invitara al menos algo que tomar.- Nami insistía en que me quedara.

-En serio no es necesario.

-No es molestia.- Podía imaginarme la sonrisa amable que debía de estar pintada en su rostro.- Además debiste sufrir con ese bestia.

-Para nada. Además me lo acabo de encontrar.

-De todos modos quédate un rato por favor.

-Pero…

-No aceptaré excusas.- No tenía forma de salir. Sabía que insistir solo la ofendería y terminaría como el espadachín con un fuerte golpe y de todos modos tendría que quedarme en esa casa un poco de tiempo.

-Está bien.

Durante todo ese intercambio Zoro había intentado intervenir. Decía una y otra vez que había algo muy importante que tenía que decirle, pero la navegante no le hacía caso. Así empezó a prepararme un poco de té y me invitó unas deliciosas mandarinas las que afirmaba que eran de su huerto personal, cosa que no dudaba pues la casita estaba rodeada del aroma de esa fruta. La desesperación del guerrero crecía y crecía a cada momento pues anda de lo que hacía parecía llamar la atención de Nami. Entre más gritaba y golpeaba la mesa pregonando la importancia de lo que había venido a decir pero entre más escándalo armaba más era ignorado. Yo no hablaba y sólo aceptaba la amabilidad de la anfitriona pues no tenía ni idea de que decir. Así varios incómodos minutos pasaron, ente gritos de uno y las atenciones de la otra. Finalmente el espadachín perdió la poca paciencia que le quedaba y gritó.

-¡Luffy está vivo!- Después de eso nadie respiró. El tiempo se detuvo en la casa. Lo único que se pudo oír fue una mandarina caer desde la inerte mano de la sorprendida navegante y rodar por el suelo. Sí la situación me superaba antes ahora me sentía en una dimensión diferente. El segundo de a bordo de Monkey D. Luffy acababa de gritar que su antiguo capitán seguía vivo, a pesar de la ejecución pública que había sucedido no hacía tanto tiempo. No era una exclamación para ser desestimada fácilmente. No sólo no podía digerir la noticia, ni siquiera creía que debería de haberla escuchado. Sin embargo era demasiado tarde y las palabras dichas no podían ser retiradas. Quería irme dejar a esos dos solos pero estaba paralizado. Así sólo pude quedarme a escuchar el resto de la conversación.

Los dos involucrados no paraban de hablar como si estuvieran solos. Después de todo, ya no importaba si escuchaba los detalles pues ya había estado presente en la revelación más importante. Así pues escuché que un hombre llamado Mr. 2 había ocupado el lugar de Luffy en la ejecución, que este había sido encerrado en lo más profundo de Impel Down, ocultado su identidad y que la antigua tripulación se estaba reuniendo para arrasar con ese lugar y rescatar al Rey de los Piratas. La exposición fue relativamente corta pero aún así muy poderosa. La respiración de Nami era cada vez más irregular y se escuchaba caer las lágrimas sobre la mesa, probablemente de felicidad al escuchar las noticias. Cuando Zoro terminó la exposición hubo un momento de silencio, tras el cual mi anfitriona se levantó bruscamente.

-¡Vamos! ¡Hay que rescatar a Luffy!

-¿Vas a ir así?- Preguntó el maestro esgrimista.

-¿Eh?

-Con esas ropas hogareñas y sin arma será difícil que nos ayudes entrar en Impel Down.- El silencio que siguió fue suficiente para hacerme imaginar que escuchaba la sangre irse a la cara de la navegante y ponerla roja de la pena.

-¡Ahora iba por mis cosas!- Exclamó algo enfadada, mientras se escuchaban sus pasos dirigirse a otra parte de la casa. Mientras el ruido de búsqueda salía de una habitación adyacente Zoro se dirigió a mí.

-Lo siento.

-¿Disculpe?

-Te hemos involucrado en esto y puede ser bastante peligroso.

-No se preocupe.

-Deberías olvidar lo que has escuchado en esta habitación. Hay conocimientos que son peligrosos. Y también hay personas que es mejor no haber conocido.

-¿Disculpe?

-El simple hecho de haberte involucrado con Nami y conmigo puede hacer que la Marina te busque. Querrán saber dónde estamos y que planes tenemos.- El antiguo Cazador de Piratas estaba siendo muy considerado conmigo.

-Eso no es problema. De todos modos soy un hombre buscado por la justicia. Y además como espadachín es un gran honor conocerle, que sólo podría ser superado por el honor de luchar contra usted.- Esa última parte no sabía de dónde había salido. Algo dentro de mí, esa sensación que tenía en el fondo de mi cerebro debía de haber tomado el control. Sin saberlo desde que había sabido quien estaba enfrente de mí había querido luchar contra él. Quería probar mi fuerza, quería al menos una vez desafiar al Rey, aunque me matara. Y ese deseo había ido creciendo cada vez más. Sabía que no podía hacer nada, la diferencia de nuestras habilidades era demasiado grande, y además yo tenía un objetivo, no podía perder mi vida en ese lugar.

-¿Quieres luchar contra mí?- No había burla en su voz. Estaba muy serio, como si pensara que le estaba lanzando un duelo. El resultado estaba conocido sin que siquiera desenfundáramos. Además tenía que encontrar a Maximillien. Tenía que negarme.

-Sí.- Otra vez algo tomó el control sobre mí.- Quiero luchar contra el mejor. Quiero ser el mejor.- No sabía que tenía ese deseo. Mi objetivo era todo en mi vida. De niño había sido un soñador como todos, pero hacía tiempo que creía haber desterrado todo sueño, toda ambición que no tuviera que ver con esa persona. Sí, retaba a duelos en dojos y nunca me negaba a una pelea, pero eso era porque necesitaba ser fuerte para sobrevivir, o al menos siempre me había dicho eso.

-Muy bien. Ese espíritu me gusta.- En ese momento entró Nami a la habitación.

-Estoy lista.- Sin embargo la exclamación murió pronto mientras veía como su antiguo compañero se levantaba y agarraba las espadas. Con más calma de la que sentía yo también me paré y agarré mi bolsa. Supongo que nuestras caras hablaban pues la Mugiwara no tomó eso como una señal de que ya nos íbamos.- ¿Qué está pasando?

-Vamos a tener un duelo.- Dijo sin contemplaciones el maestro espadachín.

-¡¿Eh?! ¡Zoro no hagas esto! Parece un buen muchacho y no creo que te haya hecho nada malo.

-Me retó él. Estoy cumpliendo su deseo, como pago por el favor que me hizo. – En seguida escuché como Nami se voleaba hacia mí.

-¿Estás loco? ¿Realmente sabes a lo que te estás arriesgando?

-Supongo que estoy loco, pero quiero luchar.- No había más que decir.

Nos alejamos de la casa, para no dañar accidentalmente la propiedad. No nos alejamos demasiado. El constate crujir del cuello de Nami me hacía pensar que no dejaba de voltear para vernos a los dos, como buscando alguna forma de detener lo que estaba a punto de pasar. Tan pronto como encontramos un lugar decente cerca de las granjas de arroz nos detuvimos. Lentamente Zoro y yo nos alejamos el uno del otro, hasta llegar a unas posiciones determinadas por el estilo. La respiración de la leyenda viva era calmada, totalmente lo opuesto de lo que yo sentía. Sabía que mi vida estaba por terminar. De forma mecánica saque mis tres mejores espadas, poniendo a Kagetora e Iga no Kami en la parte izquierda de mi cadera y Osafune en el lado opuesto. Sí, sabía que mi vida estaba por terminar pero no podía dejar de sentirme eufórico. El miedo y la emoción del combate estaban dentro de mí, mezclándose sin piedad, haciendo añicos mis intestinos. Y entre ese revuelo emocional una calma. Podían ser los últimos momentos de mi vida pero por alguna razón sabía que los disfrutaría. Cuando por fin logré calmarme me volteé hacia donde debía estar Zoro. En ese momento Nami se fue de ahí, corriendo en la dirección por la que habíamos venido. El combate iba a empezar.

Yo tenía dos opciones. Siempre había dos opciones. Esperar y contraatacar o tomar la iniciativa. Sin embargo era claro lo que debía hacer. Se decía que ese hombre podía dejar sus espadazos marcados en las montañas. Aún cuando fuera una exageración, dudaba que mi cuerpo pudiera resistir un solo ataque. Así que yo debía ser el primero en atacar y no dejarlo responder, pues su primer golpe sería mi fin. Tenía que usar la técnica que había aprendido desde que nací y mi velocidad para contrarrestarlo. Era una pequeña posibilidad, pero existía. Mi posibilidad de ser el mejor existía. Salí a máxima velocidad, preparando mi técnica más rápida.

-¡Kururugi Ittoryu Iai Shingetsu!

Luna nueva. Así se llamaba, la técnica, pues la espada salía y entraba tan rápido de su funda que no se veía nada. Y así fue. La espada regresó a su funda, sin ni siquiera dejar que la luz de Kagetora escapara de su filo. Así de simple. Y con un gran resultado. La camisa de Zoro había sufrido un pequeño rasguño. Sin embargo él no se había defendido, había dado simplemente dos pasos hacia atrás. Tenía los brazos cruzados. Yo ni siquiera había representado una amenaza. Pero no me iba a rendir. Bajando mi mano izquierda hacia Osafune y manteniendo la derecha sobre Kagetora, preparé el siguiente ataque.

-¡Seiryu Nittoryuo Batto Okami no Kiba!

Una técnica de mi cosecha propia, a dos tiempos, un corte ascendente con la espada en diestra, mientras se desenfundaba la otra espada para ponerla en posición de un ataque descendente, que caía en el momento que el primer ataque terminaba. Era una técnica que muchas veces me había resultado útil, nunca había fallado en encontrar la carne enemiga. Sin embargo nunca me había enfrentado a alguien de ese calibre. Escuché como daba un paso atrás y una espada salía de su funda para detener el golpe que venía desde arriba. Con eso noté mi fin. Ya hubiera leído el ataque que nadie había logrado leer o podía reaccionar tan rápido que ninguna finta servía. Era mi fin. Ni mi velocidad ni mi técnica eran lo suficientemente buenas para tocarlo. Esa pequeña esperanza que había sentido desapareció sin dejar rastro. Pero no podía rendirme. Eso jamás lo aceptaría. Así pues regresé al ataque. Sin dejar que mi turbación se notara en mis ataques. No fui frenético, intenté mantener la precisión y la velocidad, para ver si en la posibilidad de una entre cien millones aparecía de un resquicio en la defensa. Ataqué sin cesar, golpeando desde todo ángulo concebible, usando toda finta que me sabía, sin efecto. Zoro tenía que hacer un esfuerzo mínimo para mantener me a raya. Su espada pocas veces tenía que encontrarse con las mías y unos suaves pasos, casi imperceptibles a mí oído eran suficiente para anularme por entero. Su contraataque me tomó desprevenido. Su inactividad hasta ese punto cambió en un momento. Logré interponer mis espadas ante el corte, pero el golpe que había lanzado casualmente me proyecto con fuerza hacia atrás varios metros, además de hacer que Osafune saliera volando de mi mano.

-No tiene sentido continuar.- Zoro dijo lo que yo ya sabía. Si quería vivir, era el momento de tirar la toalla. Pero al lanzar este reto había decidido olvidarme de mi vida.

-Aún no termina. No he agotado mis opciones.- Me sentía feliz, casi como si fuera un niño otra vez, eufórico sin preocupaciones. Incluso esa obsesión había desaparecido de mi mente durante la lucha. Sin vacilar Iga no Kami salió de su funda, mientras me preparaba para hacer mi ataque final. La técnica secreta que había aprendido mi padre, la técnica que sólo se transmitía dentro de la familia, la técnica que ningún alumno que hubiera ido al dojo familiar sabía, la última técnica que mi padre me había enseñado. La duda era una cosa del pasado. Por primera vez en una pelea usaría esa técnica, y sería la última que usaría en toda mi vida. Mientras me preparaba escuché una pequeña exhalación, como media risa.

-Nada mal. Ese es el espíritu.- Y con eso escuché como enfundaba su espada. Después de guardar la espada escuché como desataba una tela que tenía en el brazo derecho y se la ponía sobre la cabeza. Posteriormente todas sus espadas vieron la luz y por fin me enteré de cómo podía usar las tres espadas, pues la tercera estaba en su boca. Me daría el honor de conocer su técnica al final.- ¿Listo?- Con un leve gesto respondí que ya estaba en posición con mis dos espadas. Ese fue la señal de mi final, el cual recibí atacando primero.

-¡Kururugi Nittoryu Ogi Maoh no Namida!- Mi ataque final había iniciado.

-¡Santoryu: Onigiri!

Esa fue le respuesta que mi ataque suscitó. Por un momento, sólo un simple momento, casi lo vi, su figura realizando el ataque, como sí su inmenso espíritu, su gran poder, transmitiera una imagen directo a mi cerebro. Y a pesar de que su ataque había empezado después, antes de que mi primer movimiento hubiera terminado había sentido los tres cortes en mi pecho, que no dolían, simplemente estaba frío, de un frío que sentí llegar directamente a mi cerebro. Mientras caía, una caída lenta, hasta las profundidades del infierno por todos mis pecados, por todo mi dolor, escuché las últimas palabras de mi vida.

-Te esperaré para la revancha.- Vaya ironía de sus palabras.

El entrenamiento con mi padre había terminado por ese día. Su seria mirada había supervisado el entrenamiento, sobre todo el rutinario combate contra él, donde debía de intentar de enseñar mi dominio sobre las técnicas familiares. En entrenamiento de hoy había sido ligeramente más exigente, habiéndose prolongado por media hora más de lo normal. Con todo ese ejercicio y los golpes que habían caído me habían dejado completamente adolorido, casi inmovilizado, apenas había tenido la fuerza suficiente para salir de la pequeña sala de entrenamiento familiar hasta el patio interior. Mientras estaba ahí tirado, jadeando y cubierto de sudor, escuché como alguien dejaba algo a mi lado. Abrí los ojos y me volteé para ver quien estaba ahí, aunque ya sabía la respuesta.

-Hola, Sei-chan.- Dijo mi madre con su perene sonrisa.

-Hola mamá.- Respondí a la vez con la sonrisa que aparecía cuando veía a mi llegaba.

Ella se sentó a mi lado y me ofreció el vaso de leche fría que me había llevado. A pesar del dolor me senté y lo acepté feliz sintiendo el refrescante líquido bajar por mi garganta, que desapareció de una sentada. Sin embargo mi cariñosa madre era previsora y me había traído un segundo vaso, que podría saborear después de calmar la sed. Así estuvimos sentados viendo el paisaje que presentaba el jardín y el pequeño monte que estaba atrás. En el dojo externo que estaba cerca de la entrada de la casa se podían llegar a oír los primeros gritos de la sesión de la tarde que estaba por comenzar.

-¿Hoy no irás mamá?

-No. Hoy quiero estar con cierto pequeño espadachín.

Me sentía feliz. Normalmente mi madre ayudaba a mi padre a dar las clases. Por lo que sabía así se habían enamorado, ella había llegado un día a casa, a retar al maestro de ese tiempo, mi abuelo. Mi padre había pedido poder representar a la escuela desde antes y se le había concedido, así que le tocó luchar. No sabía que había pasado entonces, pero después mi madre se había quedado en la casa, y se había terminado casando con mi padre. Y así lo ayudaba desde que había llegado a ser la nueva cabeza de familia y maestro, ella era su maestro ayudante, manteniendo a los alumnos en raya y ayudando en la enseñanza. Así pues siempre que había clases, dos veces por día, seis días a la semana, ellos dos me advertían de no salir de la parte interior de la casa e iban a dar las clases. Así pues siempre que mi madre no iba a una clase me sentía muy feliz por poder pasar más tiempo con ella.

Mi madre siempre era muy cariñosa conmigo. Siempre era muy atenta y dispuesta a jugar, lo cual era muy bueno pues era la única con quien podía jugar. Mi padre, aunque me prestaba atención, siempre me había parecido muy frío, casi distante. Sin embargo, de reojo, a veces me parecía que su expresión se suavizaba y alguna vez creía haberlo visto sonreír, aunque no era muy seguido. En esa casa tan grande era muy fácil sentirme solo, pero excepto que ninguno de mis padres estuviera presente nunca me pasaba, a pesar de no tener amigos. Yo no sabía porque, pero mis padres nunca me dejaban salir de la casa, ni tampoco acercarme a los alumnos. Las pocas veces que había intentado espiar sus clases me habían encontrado y en esos momentos incluso mi madre había perdido su reconfortante sonrisa. Nunca lo había intentado, pero los dos habían parecido tan agitados, tristes y molestos esas veces que ya nunca lo intentaba. No sé si fue el clima o qué, pero en ese momento me sentí con ánimo de preguntar algo a mi madre.

-¿Papá me odia?- Siempre me lo había preguntado, si esa era la razón que no me podía acercar a las clases y porque él siempre me veía de esa forma. Mi madre se volvió con una cara de sorpresa tal que me hubiera reído de no haber hecho una pregunta tan seria.

-¿Qué dices? Para nada. Tu papá te quiere mucho, tanto como yo.

-Pero nunca me deja ir a sus clases y siempre me trata de forma muy dura.

-Eso… eso es porque eres tan bueno con la espada. Eres tan bueno que tu papá no quiere que estés en clase para que no humilles a los alumnos, pues eres mucho mejor que ellos, incluso que los adultos. Y te trata de forma dura porque eres su hijo, y está muy orgulloso de ti, así que te exige mucho. Papá me lo dice casi siempre que estamos solos, de cuan orgulloso está de ti y cuanto te quieres.

-No me mientas mamá. Yo soy muy débil. Nunca me puedo acercar a mi papá cuando entrenamos.

-No te mentiría. Lo que pasa es que tu papá ha entrenado muuuucho más que tú, así que por supuesto que es más fuerte. Tú papá s un gran espadachín, famoso en todo el mundo. Pero tú serás más fuerte que él algún día. Y si no me crees alguna vez le pediré a tu padre que te deje ver un duelo para que veas que eres tan fuerte como un adulto, aunque tendrías que esconderte muy bien para verlo.

-¿En serio?

-Estoy segura. Sei-chan eres tan fuerte que si entrenas mucho todos los días estoy segura de que podrás ser muy fuerte, el más fuerte del mundo.

-¿Dices la verdad?

-Por supuesto. Serás el mejor espadachín del mundo.

-Muy bien entonces te lo prometo.

-¿Qué me prometes?

-Te prometo que seré el mejor espadachín del mundo y haré que mamá y papá estén orgullosos de mí.- Dije valientemente, sintiéndome feliz al estar seguro de que mis dos padres me querían y decían estar orgullosos de mí.

Desperté después de haber soñado con ese pequeño recuerdo. Suponía que debía estar en Kokoyashi, pues era el lugar más cercano a donde había luchado contra Zoro. Y el olor a antiséptico y limpieza absoluta me hacía pensar en un hospital, o probablemente una clínica, pues era un pueblo más bien pequeño. El dolor se retrasó unos momentos mientras mi cerebro lograba volver a ser consciente. Fue un dolor profundo, que me obligó a doblarme. Sin embargo ese dolor me indicaba sin lugar a dudas de que seguía vivo, so sabía cómo ni por qué.

-No te leventes aún.- Dijo una voz de un viejo desde la entrada.- Aún estás débil y es una herida bastante grande.

-¿Cómo llegué aquí?- Mi voz estaba débil y algo ronca.,

-Ayer Nami llegó corriendo ayer y me dijo que un joven estaba por ser herido a las afueras del pueblo. Cuando llegamos estabas en el suelo sangrado profusamente del pecho. Te di los primeros auxilios y con ayuda de Zoro te traje a la clínica. Fueron muchos puntos de sutura, y casi te desangras a muerte, pero al final resististe.

-Gracias por salvarme.

-No hay de qué. Y no te preocupes por la cuenta, Nami la pagó antes de irse.

-¿Irse?

-Sí, ella y Zoro se fueron ayer después de dejarte se fueron enseguida.

-Creí que no se podía.

-Zoro parecía tener un bote, se fueron en él durante la fiesta. Esa Nami, se volvió a ir sin despedirse como la última vez. Y también esa vez me dieron una gran cantidad de trabajo.

-¿Qué?

-Sí. Ese Zoro me siempre me hace trabajar. La última vez tuve que curarle una herida bastante similar a la que tienes ahora. También tuve que estar toda la tarde cosiéndolo.

Después de ese breve intercambio nos callamos los dos. Él se puso a arreglar algunas cosas por su clínica., mientras yo revisaba mi estado. Tenía el pecho vendado y sin camisa, pero mis pantalones y venda estaban donde siempre. El dolor no se iba de todo, pero después del brusco movimiento era bastante más soportable. Me había enterado de que había estado un día entero desmayado por el golpe, aunque era mejor que estar muerto. Me sentía raro. El dolor era secundario, la euforia del combate persistía como sentimiento predominante. No sabía que tenía esa ambición. Sin embargo se sentía bien, esa esperanza de alcanzar la cima, esa extraña diversión que se suscitaba cuando se luchaba contra un enemigo realmente fuerte. Y además estaba esa promesa, de la que hacía tanto tiempo me había olvidado, pero que sabía que me había servido de motivación durante los años felices. Y sabía que esa pasión no desaparecería pronto. Pero también sabía que era secundario. Antes estaba lo que me había motivado. Esa era mi prioridad. Pero en ese momento sentía que si por algún motivo, si el milagro pasaba de que sobreviviera a dicho objetivo, tenía algo más que alcanzar en esta vida antes de desprenderme de ella. Siempre había pensado que en el caso de llegar a ver el fin de mi misión me quitaría la vida. Después de todo era mi único motivo para seguir con vida. Y ahora tenía algo más, y por alguna razón el saber que no terminaría todo en ese momento me hacía sentir calmado, relajado, casi en paz. Y sabía también sabía que quedándome ahí no lograría nada. Así pues me levanté y empecé a buscar mis cosas. El doctor no se dio cuenta de que estaba pasando hasta que tropecé con las tres espadas que había usado, las cuales no estaban en la maleta que cargaba. En ese momento escuché como el sanador se volvía furiosamente.

-¡¿Qué estás haciendo?!

-Le agradezco mucho sus cuidados, pero tengo que irme.

-¡¿Estás loco?! ¡Tienes que quedarte al menos una semana para que se cierren decentemente las heridas! ¡Y eso sería lo mínimo!

-Me curaré en camino a Louguetown.

-¡Te morirás a medio camino!

-Si eso pasa, me pasaría cuando entrara a la Grand Line.

-¡Estás tan loco como Zoro!

-Gracias. Y disculpe, pero ¿a quién le debo la vida?

-El Doctor Nako. Y más te vale no volver si vas a volver a darme tanto trabajo.

-No se preocupe, no volverá a pasar.

-Más te vale.- Yo ya tenía todas mis cosas así que a pesar del dolor caminaba hacia la puerta. Cuando ya había salido de la pequeña clínica, escuché atrás.- ¡Por cierto! ¡Zoro me pidió que cuando te despertaras te dijera que te espera en la Grand Line!- Dudaba de la veracidad de esas palabras, pues esta dudaba que lo último que había llegado a escuchar de él fuera verdad.

-¡Gracias! ¡Hasta luego!

-¡Cuídate!

Por suerte encontré una embarcación pronto. Y la suerte me sonreía aún más, pues la mar estaba calmada, haciendo que no doliera tanto el pecho. Loguetown se sentía tan cerca que casi podía olerla y escucharla.