Disclaimer: Los personajes de Bleach son enteramente propiedad de Tite Kubo. Yo soy tan sólo una fanática loca que intenta emparejar por todos los medios a Ichigo y Rukia para su satisfacción

Notas del autor:

Sí, debería estar avergonzada por no actualizar (bueno, de hecho sí lo estoy), pero ya saben como es esto de los primeros días de clases. Iniciamos bien genial, con un montón de trabajos y no he tenido nada de tiempo, ni siquiera para dormir bien (mis ojeras son del tamaño del agujero de la capa de ozono). Les debo una enorme disculpa y les pido un poco de paciencia, no tardaré demasiado.

Sí habrá segunda parte, quizá hasta tercera, de El Sapo. Estén pendientes. Espero que no me odien demasiado, porque yo las amo. Esta historia es basada en hechos reales (a mí me pasó con un chico que me gustaba en primaria).


El intercambio

Había una vez, un pequeño salón de clases de un remoto pueblo llamado Karakura. Era la clase B, comandada por una maestra muy singular. Era bien conocida por toda la escuela: chiflada, loca, inmadura… en fin, un montón de calificativos. Quizá lo era, a lo mejor no, pero que poseía un espíritu alegre, nadie lo discutía.

—Bien, chicos ¿Qué les parece?

Todos se voltearon a ver emocionados, por primera vez, la profesora se le ocurría una buena idea. Alumno por alumno pasó a recoger un pequeño papel que contendría a su amigo secreto.

—¿Quién te tocó? —inquirió Keigo excitado, una vez en el receso— ¡Dime, dime!

—Inoue —respondió neutral. Sabía que Keigo no le dejaría en paz hasta que se lo dijera. Si lo pensaba, realmente tenía suerte. Orihime era una chica compresible, no tardaría demasiado en elegir algún detalle para obsequiárselo.

—Pues a mí me tocó Kuchiki-San.

Pobre Keigo.

En ese momento sonó la campana y regresaron a clases.

El esperado día llegó.

Todos llevaban pequeñas cajitas decoradas para la ocasión. El misterio de los amigos secretos por fin se revelaría; aquella persona que durante una semana dejó dulces o cualquier otro detalle como muestra de compañerismo. Ichigo jamás recibió ningún caramelo. Su amigo —o amiga— secreto era una mierda. Él todos los días le dejó un chocolate a Orihime ¿Y él qué tenía? Ni un puñetero cacahuate. Por eso odiaba ese tipo de actividades. Nada era equitativo.

El rostro de Orihime se encendió como tomate cuando le entregó su regalo: un nuevo juego de horquillas para su cabello. Yuzu se las había comprado, ojalá fueran de su agrado.

—G-gracias, Kurosaki-Kun.

Como parte de lo establecido, se dieron un pequeño abrazo. Todos tenían un obsequio, menos él. No es que le importara, pero si creía que era injusto luego de que él si cumplió con la actividad.

—Lo siento, Ichigo —se disculpó la profesora, encogiéndose de hombros a la salida— Han faltado tres personas, supongo que entre ellos está tu amigo secreto.

—Como sea —respondió sin aparente interés y salió del aula.

Jodidos intercambios de mierda y amigo secreto cabrón.

En ese momento, se topó con Rukia Kuchiki. Reparó en sus mejillas encendidas por la fiebre y en su pijama desgarbado. Eso explicaba sus últimas faltas.

Ella se le quedó mirando fijamente.

—¿Qué? —preguntó cortante.

—Lo siento… —respondió de la nada, dejándole perplejo.

—¿Eh?

En ese momento, ella se acercó más y se levantó de puntillas para alcanzar su rostro. Ichigo no entendía nada. Después, hizo lo que en su vida hubiera imaginado: le besó en la mejilla.

Rápidamente se separó y clavó su vista al suelo.

—He estado enferma —comenzó con dificultad— y no he podido comprarte nada… —no quiso mirarlo y salió corriendo por el pasillo.

Cuando Ichigo comprobó que por fin estaba solo, esbozó una pequeña sonrisa y repasó el contorno de su mejilla.