Holaa! Aqui otro capitulo!

Escrita por: Bryan R. Miller, tengo su permiso para publicar esta historia. Algunos personajes son de la autoria de Suzanne, y otras de Bryan.


CAPITULO 2

Era como si todos o al menos la mayoría estuviéramos en sincronización por que se deja correr entre toda la multitud varios gritos ahogados, después de todo habría otros juegos del hambre tal y como acordó con los vencedores…solo que esta vez los incluiría a ellos. Caesar vacila un poco antes de elegir las siguientes palabras que saldrán de su boca.

— Entonces ellos se verán en la pena de volver a la arena — continua en un tono muy solemne como para expresar algo de lastima — ¿Pero cómo será esta vez?

— Ese punto aun no se discute.

— ¿Pero por que solucionar esto con los juegos? — dice, deberás afligido.

— No es una solución — niega cuando sacude ligeramente la cabeza — es un asunto equitativo como según se acordó en el juzgado, sabemos que gracias a la Srita. Everdeen todo esto ha acabado.

Corta con una sonrisa demasiado irreal como para creérsela ella misma, el conductor asiente para continuar ya de una manera más firme, toma una bocanada de aire para llevar ahora una sonrisa tan pintada como la de la presidenta.

— Pero los resultados hubiesen sido catastróficos — vacila un poco —… si ese día las cosas hubieran sido, un poco distintas.

Los cuchicheos no paran desde que hablaron de los nuevos juegos, como aquí hay gente como yo, que perdieron algo hace poco o mucho tiempo; ese tipo de cosas no se olvidan, pero para mí el verdadero culpable de esto ya estaba muerto y quería conformarme con eso, mas bien, me conformaba con eso. Padres que aun no superaban la muerte de sus hijos, apoyaran la idea de Coin, al meter a los adolecentes y niños del Capitolio para matarse entre ellos, equitativo, karma, justicia…lo que sea que ahora estén pensando todos.

— ¿Pero no crees que ellos se reusaran? — pregunta Caesar — no crees que hagan algo para resistirse.

— No — contesta ya sin ninguna sonrisa en su rostro — están enterados y saben que no tienen opción.

— Bueno — sonríe una vez más pero el atisbo del dolor en su tez es notable — Pues, ¡que se haga justicia en la arena! — termina en su tono entusiasta.

— Que así sea — concluye ella.

El programa termina y apagan la gran pantalla, los guardias comienzan a mandarnos a los dormitorios, como éramos más esta vez sería fácil escabullirse entre la multitud. Tomamos nuestro camino hasta nuestro cuarto o más bien debería decir bodega sin duda era mucho más agradable que los dormitorios y la parte más alejada de los guardias, había suficientes cuartos para todos los que estaban aquí pero esas eran utilizados para los soldados y comandantes a cargo de todos nosotros. Al llegar con mis amigos a la vacía bodega soy el primero en romper el silencio.

— ¿Creen que es justo?

— Claro que no. — contesta rápido Denna.

— Pero serán los últimos juegos — bosqueja Frevor.

Aunque ninguno de sus parientes jamás se vio envuelto en el dolor de perder a alguien en los juegos como lo hizo la mía, de alguna forma comparten mi dolor y saben a lo que me refiero, sin embargo ellos tienen sus propias opiniones.

— No importa que sean los últimos juegos — digo algo asqueado

— No podemos hacer nada, pese a la situación a toda la gente le pareció justo— y a él también por cómo me lo decía, tendría razón ¿justicia? Para mí la idea seguía siendo retorcida.

— No es que les haya parecido justo, simplemente no pueden decirle que "No" a Coin — quería desahogarme con ellos, serviría un poco tal vez en un futuro no muy lejano lo vería como un mal recuerdo, me detengo cuando tocan la puerta.

En nuestro piso solo habitaba una señora a quien le cedieron una habitación por su arduo trabajo en la cocina, sabia de nosotros en este lugar pero no regresaba hasta en la noche. Los golpes se vuelven un poco más exigentes, algunos guardias debieron seguirnos al evitar ser cautelosos y yo gritando estaba avisando que estábamos aquí, era contra las reglas. No ha habido castigos, pero no confiaba mucho en los rebeldes o al menos no lo suficiente como para no sentir temor por ellos. De soslayo busco la respuesta en los ojos de ambos "abrir" o "no abrir". No hay respuesta.

— Abran la puerta — demanda apacible una voz de un joven.

Tomo el pomo y lo giro rápido para ver a un soldado pero no un rebelde, su uniforme era diferente, de algún otro distrito. Alto y blanco, incluso el me dejaba ver que tenia tanto miedo de estar aquí, pero se mantiene firme y erguido.

— ¿Tú eres Wilbert?

— Sí, soy yo — digo con rostro ávido.

— Ven conmigo — ordena mientras da un paso a sus espaldas para comenzar a marcharse.

— No iré — digo.

— ¡Vamos! — exclama — los guardias pueden venir en cualquier momento.

Me giro para ver los rostros que me aguardan tras la puerta, esperando algo, los contemplo por un segundo casi eterno y sé que ya no veré los mismos rostros que vi en el colegio y me sentía bien por ello. Ninguno de nosotros es más un niño y la reciente guerra nos había hecho cambiar, las cosas que suceden de manera drástica suelen cambiarnos.

— No es nada malo, ahora vengo — digo.

Salgo rápidamente y nos escabullimos por otra ruta muy distinta a la que usábamos para llegar a nuestro respectivo cuarto. En vez de eso subimos mas niveles, nos detenemos en el rellano para entrar por una puerta, me apura para entrar. El cuarto está totalmente oscuro así que solo me guio de su voz mientras camina. Mas al fondo, mis pies se encuentran con cajas que pateo para abrirme camino, choco con su espalda y el prende una pequeña lámpara de mano, que no alumbra mucho. Mueve una caja del tamaño de el, aparentemente vacía por que no le cuesta mucho y deja al descubierto una puerta sin marco en ella con escaleras de mano que suben hasta esconderse en un túnel como en dirección a la azotea. El sube y me hace señas con la lámpara para que lo siga.

— ¿Y bien? — digo, exasperado.

— Ordenes de tu padre, es tu padre ¿no?

No respondo, de mala gana subo por las escaleras, si hubiera comenzado por ahí lo hubiese negado rotundamente. Ahora deje a mis amigos atrás ¿Qué pasaría si deberas un rebelde descubría nuestro cuarto?..., barajo una gran cantidad de posibilidades en mi mente haciéndolas a un lado antes de seguir subiendo. Se detiene y alzo la mirada para ver una superficie metálica la cual empuja hacia un lado y el túnel se ilumina un poco.

Por lo mucho que subimos deduje que estábamos en el techo, estamos en un almacén demasiado grande, tanto como la misma terraza. Lámparas de tamaño industrial iluminan el lugar, solo hay unas cuantas cajas, pero no se notan por lo enorme que esta el lugar. Estamos en uno de los extremos, el chico que iba conmigo se le une a otro grupo de soldados de distintas edades que esperan sentados en las cajas. Hay una pequeña casa al fondo de concreto blanco, no había nadie más por los alrededores, mi padre debía encontrarse ahí; me acercaría lo suficiente para decirle que volvería.

— No puedes ir ahí, espera al comandante aquí — dice el chico cuando empiezo a caminar.

¿Comandante?, al fin lo relevaron.

— ¿Por qué no? — digo.

— Junta confidencial — responde otra voz.

Su ligero nerviosismo me hace dudar ¿Los habrán amenazado para no acercarse? No lo creo, o si lo hicieron, debió hacerlo su oficial al mando y yo no pertenecía a su batallón, doy más pasos; los soldados no deciden ponerme más peros. La pequeña casa no contaba con alguna ventana visible. Mis botas hacen ruidos extraños, están húmedas y la ropa ni hablar, olía al sudor acumulado de los días que llevaba aquí. Al llegar ahí, se escucha la actividad que viene de dentro, murmullos. Cosas no muy claras, estoy por tocar cuando algo raspa contra el suelo haciéndolo rechinar seguido de un grito lanzado con ímpetu.

— ¡Eso es inaudito! — gruñe un hombre mayor.

Entrar significaría interrumpir en esa junta y si eran los rebeldes no quería imaginarme en que problema me vería envuelto. Iría a esculcar si hay o no una ventana para escuchar si estaba con ellos o no, por detrás la pared se encuentra muy pegada la de la bodega pero ahí estaba lo que buscaba, tres círculos en la pared de forma vertical, las cosas aquí en el Capitolio eran por más, extrañas. Me meto contra la pared para llegar hasta ahí.

— No, es lo único que podemos hacer — protesta otra voz de un hombre.

— Darle vida a la chica a cambio de lo que ha hecho por nosotros — dice una mujer.

— Por todos, no por nosotros — dice de manera hostil un joven.

Me acomodo entre las angostas paredes para escuchar mejor, salir de aquí me costaría demasiado. Ignoraba el hecho del porque se estaban reuniendo en secreto para discutir el asunto de Katniss ¿Sería posible que como marchan las cosas aun planeen rebelarse contra el Capitolio? La idea hizo que se me revolviera el estomago. Que más podría ser peor que un segundo levantamiento.

— ¿Y si algo sale mal? — articula una voz que conozco muy bien, mi padre — Coin tiene a los agentes de la paz, quienes la siguen como perros falderos mas la gente que le parece justo que los niños del Capitolio entren en la arena.

Oigo el crujido de una silla, probablemente el hombre que se levanto gritando decidió sentarse de nuevo. Lo distantes que suenan sus voces me hace suponer que están sentados alrededor de una mesa. No son muchos los que están adentro, necesitan muchos para lo que harán o lo que sea que planeen hacer pero sería mejor que sean pocos; la confidencialidad era su mejor arma hasta ahora y tal vez también lo era mi padre, que ahora estaba ascendido.

— ¿Dónde está la soldado Everdeen? — pregunta una mujer.

— Ella junto con los demás vencedores están detenidos, donde se les alimenta bien y son cuidados las 24 horas.

La gentileza o al menos el agradecimiento no aplican en esto, no cuando van a entrar a la arena nuevamente. Están siendo bien cuidados para no verlos perecer rápido en la arena.

— ¿Qué le harán a los chicos? — pregunta mi padre.

¿Era posible? ¿Qué su reputación? ¿Que todo eso de ganar y ser el mejor se haya ido por completo y en su lugar hubiera dejado a una persona extremadamente sensible que parecía preocuparse por todos incluso más que él? Me costaba creerlo. Por otro lado, yo ya no me sentía como el chico que esperaba a que anocheciera para ver el siguiente amanecer y esperar a ver a sus hermanos junto a él cuando despertara. Este tipo de experiencias es la que toda Panem esperaba para dejar de sentirse como lo hacía yo, aunque perdieras algo en el trayecto.

— Está claro que los vencedores no regresaran dichosos a la arena — dice exasperada la mujer — Coin jugara sus mejores cartas.

— Déjame adivinar — aventura el joven, por el tono en que lo dice, se que tiene el entrecejo fruncido

— ¿Secuestro?

Pasan incómodos segundos, conocía el término usado por el chico, en uno de los miles de entrenamientos que impartía mi padre nos daba conocimientos sobre medicina, no mucho pero si de vez en cuando. Veneno de rastrevispula usado para dejar en shock a la persona con quien fue usado, amenazando con dejar demente al portador pero más que nada para distorsionar sus recuerdos.

— Así es — afirma la mujer.

Además de todos sus posibles efectos, hay posibilidad de que el shock se retire y se recuperen los recuerdos originales. Era meramente siniestro, entendía un poco las cosas, si uno de los vencedores ganaba (lo que, consideraba más que nada) poco a poco recordaría que mato a sus compañeros, un remordimiento con el que vivirías el resto de tu vida.

— Estos juegos serán los más aburridos y ciertamente catastróficos por no mencionar trágicos — dice una nueva voz más chillona, de otra mujer.

— Effie, no creo que a la presidenta le importe meter a seis tributos a la arena — bosqueja el hombre de voz gruesa, el que escuche al inicio de la conversación.

— No lo hará — niega el joven — meterá a los hijos de los agentes de la paz, así como a los hijos de los que trabajaban con Snow.

— ¿Qué me dices de Caesar?

— Caesar es el anfitrión numero uno de los juegos del hambre, no le pondrían ni un dedo encima.

No me sorprendían ya este tipo de cosas, o ya no lo hacían como al inicio de la conversación, tendría que irme de ahí en cualquier momento y entrar por la puerta como si no hubiese escuchado nada. Pero me sentía demasiado curioso con respecto a eso.

— Ninguno de nosotros puede estar en la arena — dice la mujer, con una voz autoritaria.

Silencio, solo rechina el ventilador en el techo.

— Tengo 19 años — protesta el joven.

— Coin te aprecia mucho ¿no es así? — inquiere de manera acida el hombre mayor — Estoy seguro del que seas o hayas sido la mano derecha de Coin no tiene nada que ver.

— ¿Estás celoso Plutarch? — le responde de la misma forma.

— No estamos aquí para discutir — corta la mujer que no hablaba mucho — el chico-primo de Katniss está aquí para ayudar.

— ¿Crearas mas bombas para ganarte su simpatía? — inquiere el hombre nuevamente.

Visualizo en mi mente cada una de sus palabras junto con la historia contada por mi padre y lo primero que surge es Katniss para salvar a su hermana de las bombas que llovieron del cielo, borro esa imagen rápidamente, temía por que mis pesadillas tomaran forma de ese recuerdo de ahora en adelante.

— Si hará tanto alboroto para estos juegos ¿Crees que no le importe meter a alguien mayor de edad? — dice mi padre.

— Coin no meterá al soldado Hawthorne a la arena, no tiene razones para hacerlo — dice la otra mujer — además de que no sabemos si la edad determinara quien entre a la arena y quién no. No metería a la arena a quien le ayudo a tomar el poder de toda Panem, solo a los vencedores quienes según ella, armaron un complot.

— Entonces ¿Quién estará en la arena? No podemos fiarnos de nadie más, incluso de esos soldados tuyos Paylor — dice Plutarch.

— No podemos revocar los juegos, pero tenemos una idea.

Escucho el crujido de una silla de alguien que se está levantando, la junta ha acabado por que todos comienzan a hacer lo mismo.

— ¿Soldado Hawthorne? — dice la mujer.

No alcanzo a escuchar que le responde, dijo algo entre siseos. Me muevo entre la paredes para abrirme paso y salir lo mas sigiloso posible. Falta un poco, ya estoy casi ahí, al hacerlo lo primero que veo son sus ojos color gris, me examina rápidamente de arriba abajo, sus ojos están encendidos por la llama de la furia. Aun estoy mal acomodado en la pared como para poder reaccionar, entonces él me somete por el cuello y no tengo alternativa contra él, es ancho de hombros y musculoso. Me lleva arrastrando por el suelo y me tira en medio de la gran bodega, caigo boca abajo y al alzar la mirada veo a mis dos amigos al fondo. Frevor debió forzar la cerradura de la puerta del rellano. Cuando el estrepito sonido de mi azotando llega hasta donde ellos se encuentran, es cuando voltean y en unos segundos se encuentran corriendo en mi dirección, con pánico en sus ojos. Me volteo para quedar boca arriba y lo veo apuntándome con un arma con un complemento, un silenciador.

Antes de que pueda decir algo, el dispara.


Nos leemos pronto, NO olviden los Reviews!