Disclaimer: Los personajes y las situaciones que les recuerden a Twilight no me pertenece, está inspirado bajo la obra de Stephanie Meyer. Y la historia es de India Grey.

Capítulo 2

Marie Delacroix tenía las mejillas teñidas de un delicado rubor y sus labios se curvaban en una sonrisa voluptuosa. Reclinada en un sofá de terciopelo, estaba completamente desnuda, excepto por una gran cruz de oro con incrustaciones de piedras preciosas que colgaba de su cuello con una cinta de terciopelo rojo.

Sus azules ojos parecían descansar con interés en la espalda de Edward, que contemplaba el paisaje de Londres desde la ventana de su apartamento. A sus pies, los coches circulaban ruidosos por Park Lane y, por encima, los aviones cruzaban el intenso cielo azul con luces parpadeantes que competían con las estrellas. Pero Edward no notaba nada de todo aquello. La figura del cuadro flotaba ante él, reflejándose en la hoja de cristal.

La intuición que había tenido respecto al «encantador cuadro amateur» era correcta. Aunque no estaba firmado, el estilo y el tema. La manoir Si Laurien, le habían convencido de que era una obra de su padre.

Pero Carlisle Cullen no era un aficionado, y de haberse dado otras circunstancias, habría llegado a ser uno de los pintores más famosos de su generación.

Bebió de un trago una copa de coñac y se giró bruscamente hacia La Dame de la Croix, la pintura que hasta aquel día había permanecido oculta bajo el cuadro de la casa en la campiña francesa.

Llevaba años buscándolo. Sus numerosos contactos en el mundo del arte no le habían servido de nada. Pero Edward siempre había conservado la esperanza, convencido de que el cuadro aparecería bajo otra de las obras posteriores de Carlisle. Tras varios años de pesquisas, por fin tenía ante sí el retrato de Marie, reposando sobre una silla de hierro, tan fresco y vivo como el primer día.

Y aunque Edward se vanagloriaba de conseguir lo que quería, no podía negar que para aquel hallazgo había tenido que intervenir la fortuna. O tal vez el karma, como pensarían algunos: había llegado el momento de que los arrogantes Swan asumieran sus errores. Había llegado la hora de la venganza.

Deslizó la mirada por la provocativa Marie. Durante todos aquellos años había creído que bastaría con mostrar el cuadro y revelar al mundo el escándalo que lo rodeaba. Pero eso ya no le parecía suficiente.

En su vida profesional se caracterizaba por sacar el máximo partido de la más mínima oportunidad. Y el destino le había proporcionado aquel día dos: el cuadro y Bella Swan. Tenía que aprovecharse de las circunstancias. El destino… la justicia… el karma, qué importaba cómo llamarlo. Cualquier nombre habría sido sinónimo de «venganza».

Los Swan no lo sabían, pero había llegado la hora del castigo.

Ojo por ojo, diente por diente, corazón por corazón.

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Marie Swan estaba en el vestíbulo, poniendo unas exquisitas flores en un jarrón, cuando Bella bajó las escaleras.

—Buenos días —sonrió a modo de disculpa y besó a su abuela.

Marie miró la hora con expresión divertida.

—Ya es casi la tarde, chérie —dijo con su característica voz aterciopelada. Aunque la joven Marie Delacroix había dejado hacía años Francia para casarse con el distinguido y elegante lord Paul Swan, conservaba un fuerte acento francés—. ¿Has dormido bien?

—Sí —mintió Bella. No tenía sentido explicar que había pasado la noche en vela y dibujando. No había conseguido capturar las facciones del desconocido de la subasta, y para cuando se dio por vencida y volvió a la cama, empezaba a amanecer—. ¿Queda mucho por hacer para esta noche?

Marie sacó del jarrón un lirio de tallo largo y suspiró.

—Siempre surgen cosas en el último momento. Ahora recuerdo por qué no he organizado ninguna fiesta desde que tu abuelo murió.

Bella hizo un gesto de comprensión. Tras cincuenta años de matrimonio, su abuela había enviudado hacía dos años.

—¿Te resultará espantoso hacerlo sin él?

—¿Espantoso? Para nada —dijo Marie sin titubear, dando un paso atrás para contemplar el ramo.

Bella pensó, como tantas otras veces, que apenas la conocía. Hasta hacía cinco meses, no había sido más que una figura remota, elegante y silenciosa, al lado de Paul Swan, un hombre carismático y lleno de fuerza. Sólo en los últimos meses, cuando James insistió en que fuera a vivir con ella tras el episodio de Dan Nightingale, había empezado a descubrir a la persona que se ocultaba tras la impecable fachada. Y le gustaba.

—Es una pena que tus padres no puedan asistir —dijo Marie, ajustando una rama—. Tu madre ha llamado. Parece ser que la crisis diplomática se ha agudizado.

Bella se avergonzó de sentirse aliviada. Acostumbrada a ser el miembro invisible de la exitosa y enérgica familia Swan, le incomoda la atención de la que era objeto desde el suceso con Dan Nightingale, y llevaba días dominada por un sentimiento de aprensión ante el inminente encuentro con sus padres, a los que no había visto desde entonces. La tensa preocupación que James manifestaba por ella ya era suficiente.

—Supongo que están muy desilusionados —dijo.

Marie se encogió levemente de hombros.

—Ya conoces a los hombres Swan, cherie. El trabajo es lo primero. Pero dudo que los echemos de menos. Por cierto, ¿sabes qué vas a ponerte?

El rostro de Bella se iluminó.

—La verdad es que tengo un vestido precioso que compré en el mercado de Portobello el otro día. Es rojo brillante y la parte de abajo está bordada con flores fucsia, lentejuelas e hilo de oro, que… —acompañó sus atropelladas palabras con un amplio moviendo de las manos en el aire —tiene el largo perfecto y unas preciosas mangas… —dejó la frase en suspenso.

—Debe ser fabuloso, cherie.

—Sí —dijo Bella, súbitamente mortecina—, pero será mejor que me ponga tu Balencíaga negro.

Marie arqueó las cejas con sorpresa.

—¿Por qué?

—Supongo que James preferirá que… mantenga un perfil discreto. Después de lo que ha pasado… —Bella tomó una rama que su abuela había descartado y empezó a deshojarla nerviosamente.

—Bella, ma chére, no puedes pasar la vida intentado ser como tu hermano quiere que seas —dijo su abuela en tono preocupado.

Bella sonrió con tristeza.

—No, pero al menos así no crearé problemas. Ya ves lo que pasó cuando insistí en vivir mi vida tal y como quería.

—¿Tan malo es cometer un error? —preguntó su abuela con dulzura.

Bella se puso seria.

—Teniendo en cuenta que el escándalo podía haberle costado el trabajo a mis padres, sí —dijo con voz queda. Sin darse cuenta, había dejado la mesa de mármol salpicada de hojas—. No quiero empeorar aún más las cosas para James. Las elecciones están cerca y lo último que necesita es que la cabeza hueca de su hermana haga algo imprudente.

—Pero cherie, ésta es una fiesta de cumpleaños privada, no un mitin político de James. Puedes ponerte lo que quieras.

—Lo sé, grondmere, pero tienes que reconocer que tienes amigos muy importantes. Es mejor que pase lo más desapercibida posible —lanzó una risa seca—. De hecho, lo mejor sería que no asistiera.

Había reunido todas las hojas en un montoncito.

Marie posó una mano sobre las de ella.

—Para, Bella.

—Lo siento… No es que no quiera asistir, pero tienes que admitir que soy una rémora —dijo Bella, forzando una sonrisa—. Hasta a Victoria, que es un genio de las relaciones públicas además de un ser maravilloso, le resultaría difícil convertir en un talismán político a una fracasada estudiante de arte y paciente ideal de cualquier psiquiatra.

—¡Oh Bella! —Suspiró su abuela—. ¡Ojalá fueras capaz de darte cuenta de todo el tálenlo que tienes!

—Para el arte —dijo Bella con gesto serio—. Y esa vía ya no va a poder ser explorada debido a…

Marie la interrumpió.

—No sólo para el arte. Comprendes a la gente y no te dejas engañar por las apariencias. Eres capaz de amar apasionadamente.

Bella rió con amargura.

—James diría que eso es más negativo que positivo.

—¡Pues no le creas!

La rabia contenida que Bella percibió en su abuela la desconcertó. Sus palabras reverberaron unos segundos en el gran vestíbulo, ascendiendo por la escalera, rebotando en la porcelana y la plata. Marie le tomó las manos.

—No quiero que renuncies a la felicidad por contentar a tu familia. Por favor, chérie, prométeme que no lo harás. No cometas el mismo error que yo.

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Tras pasar en coche el control de seguridad en la entrada de Wilton Square. Edward tuvo la sensación de entrar en un mundo encantado. En la oscuridad, se atisbaba la mansión color marfil de Marie tras los grandes árboles. La casa estaba iluminaba y desde el interior llegaba el sonido de la música.

La fiesta había comenzado hacía más de una hora, y Edward había programado su llegada con la intención de pasar desapercibido.

En la puerta esperaba un mayordomo con levita al que Edward le dio la invitación con bordes dorados que había conseguido a través de un contacto en el Ministerio de Hacienda que le debía un favor. El mayordomo la tomó con expresión inescrutable a la vez que señalaba con la cabeza una mesa repleta de paquetes para que dejara el regalo que portaba. Edward dejó con sumo cuidado el lienzo, que había devuelto a su marco, entre los demás paquetes y siguió la dirección del ruido.

En el grandioso salón del primer piso había varios ministros, así como conocidos hombres de negocios y famosos aristócratas. El murmullo de sus voces se entremezclaba con la música que tocaba un grupo en directo.

Edward barrió la habitación con la mirada, diciéndose que aquél era el mundo al que Bella Swan estaba acostumbrada: lujoso, caro, exclusivo. Y sin darse cuenta, la buscó entre los rostros fácilmente reconocibles. En cuanto la vio, sintió el deseo despertar en él.

Lucía otro discreto y severo vestido negro, y unos altos tacones que hacían sus piernas interminables. Llevaba una bandeja con canapés en la mano y se la ofrecía a un grupo de gente de la televisión. Su rostro quedaba oculto por su sedoso cabello, pero había algo en la tensión de sus hombros y en la inclinación de su cabeza, que le hizo adivinar que no estaba a gusto. ¿Si aquél era su mundo, por qué parecía tan fuera de lugar?

—¿Blini de caviar? —le oyó ofrecer a un eminente locutor de televisión, quien tomó uno sin molestarse en mirarla o en interrumpir su conversación.

Edward observó.

«Suave oleaje… dunas de arena… locutor famoso al que le tiro los blinis en la cabeza…».

Bella sonrió con un incómodo rictus y fue hacía otro grupo preguntándose cuándo podría retirarse a su dormitorio a leer.

«En cuanto quiera. Nadie va a echarme de menos».

Podía oír la voz de James, seguro de sí mismo, educado, cómodo. Como siempre, la lotería genética la dejaba perpleja. ¿Cómo podía tener un hermano tan apabullante cuando ella siempre había sido tan insegura? Se alejó de él confiando en que no la viera y así evitarse el bochorno de ser presentada a la figura política de turno con la que estuviera charlando.

—¡Bella, por fin! Acabo de mencionarte.

Bella habría querido que se la tragara la tierra, pero consciente de que no iba a tener suerte, forzó una tensa sonrisa y se volvió.

—Ésta es mi hermana pequeña, Bella —dijo James animosamente al hombre de aspecto familiar que lo acompañaba—. Se llama así por la sufragista Christabel Pankhurst.

Sonriendo educadamente, el hombre tomó un blinis.

—¿Supongo que como todos los distinguidos Swan serás una mujer emprendedora?

A Bella se le borró la sonrisa.

«Precisamente», habría querido decir. «Soy el primer miembro de la familia que ha fracasado en todo».

Justo cuando buscaba una manera más suave de expresar lo que pensaba, la delgada pelirroja que estaba al lado de James, intervino.

—Bella es la artista de la familia. Primer Ministro. Tiene mucho tálenlo, por eso espero que, a pesar de que James no distingue un color de otro, nuestros hijos hereden una vena creativa…

«Primer Ministro. Por eso me sonaba…».

Bella lanzó una mirada de agradecimiento a Victoria McGarry, la prometida de James. Además de tener una exitosa agencia de relaciones públicas, era guapísima, y Bella la consideraba una de las personas más encantadoras que conocía. Afortunadamente, porque de otra manera su belleza y su éxito habrían resultado imperdonables.

—¿Qué tipo de arte haces? —preguntó el Primer Ministro.

Bella hizo una mueca.

—Pinto mobiliario.

El Primer Ministro la miró con sorpresa. Victoria acudió de nuevo en su auxilio.

—Bella tiene un trabajo maravilloso en una exquisita tienda de Nolting Hill que vende antigüedades francesas —sonrió a Bella para animarla—. El otro día pasé para ver si todavía tenías aquel fabuloso espejo, pero Celia dijo que lo habías vendido. Me llevé una terrible desilusión.

—No te preocupes —dijo Bella—. Como está a punto de dar a luz, me ha pedido que haga el próximo viaje de compras a Francia. Voy a ir en coche a recorrer los mercados próximos a París, así que puedo buscarte uno.

James levantó la cabeza.

—¿Que vas a ir a Francia? ¿Sola?

El aire se electrificó. Victoria posó la mano sobre el brazo de Bella en silencio. Bella se sentía como si le hubiera echado un jarro de agua fría.

—Sí, James —dijo, mirando al suelo con aire de mortificación.

—Ya lo hablaremos en otro momento.

—No es preciso. He dicho que iría, y voy a ir.

James se volvió hacia el Primer Ministro y dijo con una forzada sonrisa:

—Mi hermana ha estado… regular. Todavía está recuperándose y necesita que alguien cuide de ella.

Fue demasiado humillante. Mientras Bella se esforzaba por olvidar lo sucedido, todos los demás parecían decididos a recordárselo. Sin hablar, enfurecida, giró bruscamente, con la bandeja ante sí como un arma cargada, y chocó contra alguien.

A cámara lenta, vio los blinis de caviar volar por los aires y caer a su alrededor. La bandeja, tras golpearle la cadera, acabó a sus pies, entre ella y el hombre con el que había chocado. Horrorizada, muerta de vergüenza, se agachó para recoger precipitadamente los canapés esparcidos, ansiosa por huir.

El hombre del accidente, se puso en cuclillas a su lado.

—No hace falta —masculló ella, angustiada, sin alzar la vista—. Por favor no le molestes. Puedo hacerlo sola.

—Déjalo.

Su voz era grave, muy francesa, y estaba teñida de una ira apenas contenida.

Bella se quedó helada. Llena de aprensión, levantó la mirada lentamente. Contuvo el aliento. Ante sí tenía los brillantes y verdes ojos del desconocido de la subasta.

—¿Qué…? —susurró atropelladamente—. ¿Qué haces aquí?

—Llevarte conmigo —le quitó la bandeja de las manos, la dejó sobre una mesa y tiró de Bella para que se pusiera en pie. Ella podía percibir a James a su espalda, observándola con condescendencia, avergonzado.

Bella no podía culparlo. Estaba en medio de la sala, al lado del Primer Ministro y numerosas personalidades, salpicada de caviar de la cabeza a los pies. Y ante el que debía ser el hombre más atractivo del planeta.

Al mismo tiempo que sentía los ojos llenársele de lágrimas, el hombre la tomó por la barbilla y la obligó a mirarlo.

—De eso nada, preciosa. No vas a llorar —musitó, al tiempo que inclinaba la cabeza y le daba un beso en los labios. Por un instante. Bella se tensó, pero su suspiro de sorpresa se diluyó en la boca del desconocido.

La sala y sus ocupantes se difuminaron, la música se apagó, la vergüenza que sentía se diluyó. Estaba en la oscuridad, en un mundo de besos y manos en el que sólo se oía el precipitado latir de su corazón. O el de él. El de los dos…

Tras un eterno segundo, él alzó la cabeza, posó la mano en la parte baja de su espalda y acercó la boca a su oído.

—Muy bien, chérie, sonríe y camina hacia la puerta.

Bella fue a protestar, pero él le pasó el pulgar por los labios.

—No digas nada —susurró precipitadamente—. Ya me darás las gracias más tarde.


N.A: Lo sé, llevo una semana de retraso, pero es que me fui de vacaciones inesperadas, mi novio me secuestro y me privo de la tecnología por una semana, así que aquí ando de nuevo, subiendo ahora si los capítulos, espero que este les haya gustado. ¿Quién tiene una idea de por qué Edward se quiere vengar?