Capítulo 3

Edward la siguió, y viendo la decisión con la que caminaba, le asombró el efecto que un solo beso había tenido en ella. Al imaginar lo que podría hacer durante toda una noche, sonrió para sí.

Había decidido seducir a la nieta de Marie Swan como venganza, pero empezaba a pensar que iba a resultarle demasiado placentero como para darle ese nombre. ¿Qué se sentiría al poseer una perla tan preciosa… una hija de la dinastía Delacroix… y luego repudiarla? ¿Sería suficiente compensación para lo que habían hecho?

En el vestíbulo, Bella se volvió hacia él con las mejillas encendidas y mirada centelleante.

—¿Gracias? ¿Tengo que agradecerle haberme hecho esto? —preguntó, mirándose a sí misma.

Con una sonrisa felina, Edward observó la blanca piel de su escote salpicada de perlitas de azabache.

—Te aseguro que es mucho mejor que ser humillada en público por un fanfarrón pomposo que te trata como a una niña.

Bella abrió los ojos como platos.

—¡Era mi hermano!

Edward la miró impasible.

—Da lo mismo. No me gusta la arrogancia. ¿Dónde está tu dormitorio?

—¿Por qué? —preguntó ella, desafiante.

Edward la miró y sintió prender la llama del deseo. La perspectiva de seducirle le resultaba más y más atractiva.

—Porque no me gustan las demostraciones de fuerza.

Bella rió y rompió parcialmente la tensión.

—Me refería a por qué preguntabas por mi dormitorio.

—Porque creo que deberías cambiarte —explicó Edward. Lentamente, para no asustarla, tomó con sus dedos unas bolitas de caviar que descansaban sobre la curva del seno de Bella y se los llevó a la boca. Luego, sin dejar de mirarla, la tomó de la mano y empezó a subir las escaleras.

En contra de lo que esperaba y a pesar de que estaba convencido de que en su interior tenía lugar una encarnizada batalla, ella no protestó. Como su abuela, el controlado exterior no llegaba a ocultar su naturaleza apasionada y rebelde. Como la Dame de la Croix.

Bella abrió la puerta de una habitación, entró y se volvió hacia él.

—No sé nada de ti —dijo súbitamente—. Ni siquiera sé cómo te llamas.

—Edward Cullen —Edward le tendió la mano y con sorna, añadió—: Millonario especulador.

—Me dijiste que no estaba del todo en lo cierto. ¿Quién eres en realidad? —preguntó Bella con una media sonrisa.

—Me dedico a los fondos de cobertura.

—¿Qué es eso?

—Que compro y vendo… cosas.

—¿Qué cosas?

—Cualquier cosa —dijo Edward encogiéndose de hombros—, pero prefiero las intangibles: lluvia, calidad del aire, confianza…

—¿O la herencia de otras personas? —preguntó Bella con sarcasmo.

—Si me proporciona ganancias… —dijo él, sonriendo—. ¿Qué más? Soy francés, pero llevo cuatro años en Londres. Colecciono arte, no estoy casado y no tengo hijos. ¿Quieres saber algo más?

—¿Por qué estás aquí?

Bella fue hacia el armario y le dio la espalda. Edward permaneció apoyado en el quicio de la puerta. No quería precipitarse. No era necesario.

—Quería volver a verte —dijo.

Bella empezó a soltarse los botones de la espalda del vestido. En la penumbra, el blanco de su piel parecía nácar.

—¿Por qué?

Su franqueza tomó a Edward por sorpresa. Caminó hacia ella y la ayudó a desabrocharse.

—Quería devolverte lo que te pertenece.

—¿El cuadro? —hubo una pausa al deslizarse el vestido de los hombros de Bella. Lo recogió por delante antes de volverse.

—Por supuesto.

Sobre sus altos tacones, con el vestido apretado contra el escote salpicado de caviar tenía un aspecto de fragilidad que contrastó con su tono airado:

—No, gracias.

Edward disimuló su sorpresa y la miró fijamente.

—¿Por qué no? Dijiste que era la casa de tu abuela.

—Es demasiado caro.

Edward la observó con genuina curiosidad. Que una mujer rechazara un regalo por su precio era, en su experiencia, como si un pez rechazara el agua por exceso de humedad.

—Ayer dijiste que no tenía un valor material.

—Y era verdad. Pero te equivocas si piensas que todo esto… —dijo ella con frío desdén al tiempo que abarcaba el cuarto con un movimiento del brazo —significa que soy rica y que puedes vendérmelo por un precio desorbitado —tras una breve pausa, continuó—: Siento decepcionarte, pero lo cierto es que no puedo permitírmelo.

Cuando acabó, alzaba la barbilla con gesto desafiante y sus ojos brillaban como ascuas. Se produjo un silencio que llenó la música de la planta baja.

—Ha sido un gran discurso, pero completamente innecesario —dijo Edward finalmente—. He dicho que he venido a darte el cuadro.

—¿Por qué harías algo así?

El aire estaba cargado de sensualidad. A aquella distancia, Edward pudo apreciar que la hostilidad que Bella irradiaba tenía un alto componente de incertidumbre e inseguridad. Y después de haber visto a su avasallador hermano, no le costó adivinar la causa de su actitud.

Acarició lentamente su mejilla. Bella se estremeció.

—Porque lo quieres —dijo, sin dejar de mirarla. Tal y como esperaba, se dio cuenta de que Bella apenas sí se acordaba de a qué se refería. Disimulando una sonrisa triunfal, se alejó de ella—. Lo he dejado abajo. Espero que le guste a tu abuela.

Salió y cerró la puerta tras de sí. Mientras bajaba las escaleras, contó los escalones, intentando adivinar en qué número Bella saldría para detenerlo.

Porque no había la menor duda de que iría tras él.

Cuando alcanzó la puerta principal y salió a la tibia noche de agosto tuvo que admitir que no era tan predecible como había calculado. Cruzó la calle lentamente. Había puesto ya la mano en la manilla del coche cuando oyó unos precipitados pasos en la escalinata de mármol. Al oír la voz de Bella, sonrió.

—¡Espera!

Compuso una expresión de sorpresa antes de volverse.

Bella se había puesto un vestido corto de un vivo rojo, que flotaba o se pegaba a su cuerpo según avanzaba. La chica formal acababa de transformarse en una vibrante belleza, y el impacto dejó a Edward boquiabierto. Parecía haber cobrado vida.

Bella se detuvo al pie de la escalinata.

—Siento haber sido tan grosera —dijo con voz temblorosa—. Estoy acostumbrada a desconfiar. Por favor, perdóname.

Edward dio un par de pasos hacia ella y se quedó en mitad de la calzada.

—No tiene importancia —alzó una ceja—. ¿Eso es todo?

—No —Bella fue hacia él—. Quería darte las gracias —dada la altura de sus tacones no necesitó elevarse para plantar un beso en la mejilla de Edward.

Él la sujetó por los brazos y, sin soltarla, dijo:

—No debes darme las gracias. Según tú, el cuadro te pertenece.

Bella rió.

—No sólo por el cuadro. También por sacarme de una situación extremadamente embarazosa y demostrarle a mi hermano que ya no soy una niña.

Edward alzó la mirada hacia los ventanales del primer piso. Comprobar que James los observaba con desaprobación le produjo una amarga satisfacción.

—Ha sido un placer.

—Sólo actúa así por mi bien. Para él nunca habrá un hombre lo bastante bueno para mí.

Edward sintió náuseas. Lo bastante bueno. Los caducos principios de aquella familia que habían arruinado la vida de Carlisle Cullen permanecían intactos.

—Encantadora —susurró, acariciando la mejilla de Bella. Al ver que se sobresaltaba, añadió—: No te vuelvas, pero nos está mirando.

Edward inclinó la cabeza y ella entreabrió los labios.

Ya era suya.

Sujetándola por la nuca, profundizó el beso. La tenía, y probar el sabor de una Delacroix era aún más dulce y fácil de lo que había anticipado.

Bella apoyó las manos en la solapa de su esmoquin. Se sentía como si fuera a derretirse, y el temblor que se había adueñado de ella mientras bajaba a buscarlo se diluyó en una deliciosa languidez.

Les llegó el sonido de una canción lenta y romántica e, instintivamente. Bella meció las caderas al compás. El deseo le ardía en la sangre. Cualquier atisbo de desconfianza había sido aniquilado. De pronto, le daba lo mismo lo que su familia pensara de ella.

Edward deslizó la boca hacia su oreja. Ella se arqueó contra él con el vello electrizado. En aquel momento sólo ansiaba dejarse llevar por su instinto.

Sintió una leve desilusión cuando Edward alzó la cabeza y se separó de ella unos centímetros con expresión inescrutable.

—¿Crees que se habrá hecho una idea? —preguntó con sorna.

Por un instante. Bella se sintió avergonzada al recordar que estaban interpretando una escena para irritar a James. Luego rió para ocultar el deseo que aquel beso había desatado en ella.

—Quizá no, ¿crees que si practicamos sexo en el asiento de atrás de tu coche el mensaje será más claro?

Las palabras escaparon de su boca sin que pudiera detenerlas y en cierta medida se sintió liberada. Estaba harta de ocultarse tras una máscara.

—Seguro que a mi chófer le encantaría —musitó él con picardía.

Bella lo miró fijamente.

—Contigo, no con él.

La música, que había callado al concluir la canción, se reanudó. Con aire solemne, Edward alzó un brazo. Ella posó su mano sobre la de él, y sin decir palabra, empezaron a bailar. Edward no pudo resistirla tentación de atraerla lo bastante como para que sus pelvis se rozaran. El mundo se diluyó a su alrededor. Bella oía sus tacones siguiendo a su atractivo e hipnótico acompañante, que la guiaba con destreza. La belleza clásica de su rostro resultaba una máscara, perfecta e indescifrable.

Súbitamente, Bella sintió la necesidad de romper esa barrera y alcanzar al hombre de carne y hueso.

—Tengo que irme —dijo él, de pronto, separándose de ella.

—¿Por qué? ¿Dónde vas?

—A un pase privado en la Tale Gallery —Edward la miró como si dudara—. ¿Por qué no vienes?

En ese momento. James apareció en lo alto de la escalinata con expresión de enfado.

—¡Bella, entra, vas a enfriarte!

Edward la miró con expresión retadora. Bella observó a su hermano y por primera vez en su vida vio que se sentía inseguro. Volvió a mirar a Edward y recordó las palabras de su abuela: No renuncies a la felicidad por contentar a tu familia. Ella sí la entendería.

Tomó la mano de Edward y éste le transmitió la fuerza que necesitaba.

—¿Puedo ir contigo?

Cuando Edward asintió con la cabeza, ella se volvió hacia James. Por eso no vio el brillo triunfal que iluminó los ojos de Edward.


N.A: Este Edward es tan sexy, ¿Qué les pareció el capitulo? ¿Cómo creen que va la venganza de Edward? Por mi, podría vengarse de mi cuando quiera