Capítulo 5

Bella nunca había visto un apartamento como el de Edward. Tres paredes estaban pintadas de un intenso rojo y la cuarta era una cristalera tras la que había una espectacular vista de Londres. El decorado era sobrio, con un gran sofá color crema y una silla alta situada junto a la ventana.

Bella se acercó al cristal y su aliento empañó por unos segundos las luces que parpadeaban en la lejanía. Edward se situó tras ella y Bella temió desvanecerse.

—¡Qué vista! —balbuceó—. ¡No debes aburrirle de verla!

—Te equivocas —dijo él en un susurro—. Ahora mismo me aburre. Prefiero mirarle a ti.

Posó las manos en las caderas de Bella y se pegó a su cuerpo. Bella sintió que se derretía; echó la cabeza adelante y el frío vidrio refrescó su mejilla. Edward le desabrochó el vestido, que cayó a sus pies como una flor escarlata. Bella sintió la caricia del aire sobre la piel antes de encontrarse presionada contra el cristal vistiendo tan sólo unas braguitas y un sujetador de encaje. Edward deslizaba los dedos por su columna y aunque Bella abrió la boca para protestar, sólo logró balbucear:

—La ventana… Pueden vernos.

Edward le besó el cuello antes de susurrarle al oído:

—A esta altura y sin luces, es imposible —la tomó por los hombros para obligarle a darse la vuelta—. Sólo puedo verte yo.

Sin pensar en lo que hacía. Bella alzó las manos y las enredó en su cabello mientras lo miraba fijamente. No tenía sentido resistirse a lo inevitable. La tormenta había estallado y tenía que aprender a navegar en aquellas aguas.

Sus labios se cerraron en una sensual sonrisa.

—¿Estás seguro? —preguntó.

—Siempre lo estoy —dijo él. Y tirando del tirante de su sujetador, continuó—: Quítate esto.

Su arrogancia, en lugar de irritar a Bella, se convirtió en un poderoso afrodisiaco.

Sin apartar sus ojos de los de él, se desabrochó el sujetador, pero en lugar de quitárselo, miró a Edward con picardía, dio media vuelta y sólo entonces, lo tiró hacia un lado como una experta stripper, al tiempo que apoyaba las manos en el cristal y separaba levemente las piernas. Nunca antes se había sentido tan temeraria, tan poderosa.

Ardiente y hermosa.

Edward dejó escapar un gemido jadeante. En el cristal, se reflejaba su rostro inescrutable, pero el brillo de sus ojos dejaba intuir la intensidad de su deseo. Sus dedos acariciaron la cintura de las braguitas de Bella, dibujando círculos por debajo del clástico con lentitud, sin prisa.

Un escalofrío de anticipación recorrió a Bella. Instintivamente arqueó las caderas contra la pelvis de Edward y pegó su cuerpo al cristal. Edward posó sus manos sobre su trasero y con un diestro movimiento, le bajó las bragas.

Como si lo hubiera practicado infinidad de veces. Bella levantó alternativamente sus pies calzados con altos tacones y las retiro a un lado antes de darse la vuelta. Con los brazos en cruz, el cabello revuelto cubriéndole parcialmente el rostro y la respiración entrecortada, susurró:

—Por favor…

Edward apenas pudo contener un grito de victoria al sentir un estallido de fuegos artificiales en el corazón. Bella estaba dispuesta a suplicarle. Eso era justo lo que había querido lograr. Y sin embargo, una vez conseguido, supo que no sería bastante.

Quería poseerla, arrastrarla a tan delicioso éxtasis que Bella jamás pudiera olvidarlo.

Apoyó las manos sobre el cristal a ambos lados de ella y agachó la cabeza para besarla. Bella entreabrió los labios al tiempo que tiraba de los botones de su camisa con dedos nerviosos. Edward oyó una protesta sofocada de frustración hasta que finalmente abrió la camisa y pudo posar las manos sobre su pecho y recorrerlo hacia sus hombros con frenética ansiedad. Luego los deslizó hacia abajo y buscó su cinturón.

La fuerza de su deseo y la ausencia de inhibición que mostraba, tomaron a Edward por sorpresa. Descubrió que tenía que contenerse porque temió perder el control con sólo tocarla. Y eso no podía permitírselo. Debía llevar las riendas en todo momento.

Girándose hacia atrás, tiro hacia si del taburete que hacia unas horas había sujetado el cuadro. Alzó a bella por la cantara y la colocó sobre él. El jadeante aliento de Bella lo envolvía como una caricia que exacerbaba sus sentidos. Sus dedos nerviosos recorriéndole la espalda le hacían arder como marcas de un hierro al rojo vivo.

Tenía que dominarse.

Se arrodilló delante de ella y recorrió con los dedos sus largos muslos. Era tan perfecta que casi le resultó doloroso tocarla. Apretó los dientes para impedir que la lascivia que irradiaba lo ahogara y alcanzó con sus dedos la húmeda oscuridad que coronaba sus muslos. Luego agachó la cabeza y lenta y acariciadoramente, exploró sus secretos pliegues con la lengua. Aferrándose a la silla. Bella dejó escapar un grito de total abandono que fue como el golpe de un martillo en el frágil vidrio que permitía a Edward contenerse.

—Edward, por favor —jadeó Bella—. Ahora.

Edward ya no pudo esperar. Poniéndose en pie, ignorando las luces que centelleaban en el exterior, ahogándose en la anhelante oscuridad de los ojos de Bella, sacó del bolsillo posterior el pequeño paquete de aluminio que había guardado hacía horas. Impaciente. Bella se lo quitó, lo abrió con los dientes y le puso el preservativo con dedos ansiosos.

Edward no tuvo tiempo de desvestirse. La penetró con decisión mientras Bella se arqueaba contra él, entrelazando las piernas alrededor de sus caderas y echando la cabeza hacia atrás en un mudo éxtasis.

Bella era increíble.

Sorprendente.

Edward mantuvo las manos contra el cristal mientras ella se aferraba a sus hombros y lo apretaba entre sus poderosos muslos. Sus labios estaban pegados a la oreja de Edward, quien podía oír sus gemidos entrecortados, sus deliciosos susurros. Hasta que de pronto se sacudió y Edward la sintió tensarse. Y sin pensárselo, la abrazó por la cintura y la estrechó contra sí, alcanzando su propio clímax simultáneamente.

Había confiado en sentir la satisfacción de la victoria.

Por el contrario, el desprecio de sí mismo que lo invadió fue una desagradable sorpresa.

—Gracias, gracias.

Agitada y todavía en la nebulosa del placer. Bella susurró su agradecimiento jadeante, al tiempo que apoyando la cabeza en el pecho de Edward, se decía que era lo más estúpido que podía haber dicho.

—Eres de una buena educación fuera de lo normal —dijo él, impersonal, retirándole los brazos de alrededor del cuello—. No creo que me haya acostado nunca con nadie que dijera «por favor» y «gracias» durante el sexo.

Bella se mordió la lengua y, aunque temía que sus piernas no la sujetaran, puso los pies en el suelo.

—Ya lo sé —dijo, intentando disimular la tristeza que le produjo que sus cuerpos se separaran—. Arrastro la maldición de una opresora educación.

Edward dio media vuelta.

—Viéndote actuar, cuesta creerlo.

Su tono desdeñoso la dejó helada. Edward se apoyó en el cristal y aparte de la camisa desabrochada, nada en él podía hacer pensar en lo que acababa de ocurrir.

Por el contrario, ella estaba desnuda. La única prenda que permanecía en su lugar eran sus altos lacones, y con ellos se sentía aún más desnuda. Aunque no había esperado que Edward se transformara, su distanciamiento le hizo sentir como si la hubiera abofeteado. Miró hacia el vestido que yacía en el suelo, junto a los pies de Edward, intentando decidir qué sería menos humíllame, si recogerlo ella misma o pedirle a él que se lo diera.

—¿Por qué me has dado las gracias? —preguntó Edward.

—Por nada —dijo ella, sacudiendo la cabeza, avergonzada, al tiempo que se agachaba y se tapaba con él.

Edward la tomó por la cintura.

—Dímelo.

Tras intentar pensar en vano en una respuesta ingeniosa. Bella se resignó a decir la verdad.

—Quería darte las gracias por hacerme sentir como lo has hecho —dijo con voz ronca—. Hasta ahora…. con mis novios…, no había sabido que pudiera ser tan… impresionante.

Edward retiró la mano y la apretó en un puño. Su rostro no transmitía ninguna emoción. Haciendo un gesto seco con la cabeza, esbozó una cínica sonrisa.

—Cuando quieras le diré a Louis que te lleve a casa —dijo.

Bella no recordaba una experiencia tan dolorosa como la de ocultar sus sentimientos en aquel instante, mientras Edward sacó el teléfono del bolsillo de la chaqueta que había dejado sobre el sofá al entrar.

A pesar de la humillación que sentía, una parte de ella creía comprender su comportamiento. Ya en el museo había intuido que Edward Cullen no era un hombre que se entregara con facilidad. Era un lobo solitario. El sexo con él era espectacular, pero no incluía intimidad.

¿Por qué tardaba tanto en contestar Louis? Quizá no esperaba que su jefe reclamara tan pronto sus servicios.

Fue hacia la puerta.

—¿Dónde está el cuarto de baño?

Sin separar el teléfono de la oreja. Edward indicó con un gesto de la cabeza.

—Segunda puerta a la izquierda.

Bella cerró la puerta a su espalda sigilosamente. A continuación, se puso el vestido. Un fogonazo de ira estalló en su herido corazón; le quemaron las muñecas. Se las frotó. No pensaba volver al punto cero.

De pronto recordó a Olympia. Como la modelo, también ella era fuerte y ningún hombre volverla a usarla como a una muñeca.

La moqueta ahogó el ruido de sus tacones hacia la puerta de salida.


N.A: Vamos, que él ha sido un completo idiota.

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