Capítulo 6

Normandía. Francia. Un mes más tarde.

El viejo deportivo MG de Celia era como su dueña: excéntrico, encantador y temperamental. Y Bella lo adoraba.

Y también adoraba Francia. En lugar de tomar la autopista, había decidido atravesar Normandía por carreteras secundarias. El otoño había alcanzado su esplendor y en la luz del atardecer, el paisaje parecía refulgir.

Ardiente y hermosa. Como en otras ocasiones, las palabras acudieron a la mente de Bella y tuvo que apretar los dientes.

Aquella noche en Londres, hacía más de un mes, había marcado un punto de inflexión en su vida. Hasta entonces, había huido de sus problemas, refugiándose en un lugar seguro dentro de su propia mente, pero Edward le había hecho volver a sentir placer y dolor, éxtasis y agonía, cielo e infierno. Los minutos de total abandono, con la ciudad de Londres a sus pies, expuesta al mundo, habían sido la medicina que la cara terapeuta de James no lograba encontrar.

Al llegar a un cruce, redujo la velocidad y dejó escapar un gemido de protesta al leer en una señal que todavía quedaban sesenta kilómetros para llegar a París. El sol empezaba a hundirse en el horizonte. Bella arqueó su dolorida espalda. Empezaba a arrepentirse de no haber tomado la autopista, cuando la señal de un desvío llamó su atención: St. Laurien.

Sin pensárselo. Bella tomó la carretera que señalaba, adentrándose por un denso bosque. Por muy tarde que fuera, no pudo resistir la tentación de ir a ver la casa de su abuela.

Súbitamente, una gran sombra se proyectó desde el lateral de la carretera. Oyó un ruido, unas ramas rompiéndose y el repiquetear de los cascos de un caballo; unos segundos después vio unos ojos en blanco y unos hollares dilatados de los que escapaba vaho. Aterrada, dio un volantazo. El coche dio varias vueltas hasta quedar parado perpendicular a la calzada.

De pronto, todo fue silencio y oscuridad. Haciendo un esfuerzo por calmarse. Bella bajó. Había estado a punto de chocar con un caballo sin jinete. Con el corazón acelerado, retrocedió unos pasos.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —llamó.

Aunque no obtuvo respuesta, vio un cuerpo tirado en la cuneta. Se trataba de un hombre mayor. Estaba muy pálido y de un corte en la frente le brotaba sangre. Cuando Bella se inclinó ante él, hizo ademán de incorporarse.

—No se mueva —dijo ella, posando una mano sobre su hombro con delicadeza—. Se ha caído del caballo. Voy a pedir auxilio.

Fue al coche y llamó por el móvil. Después, volvió junio al hombre, que parecía semi inconsciente. Instintivamente. Bella le tomó las manos, que llevaba enguantadas, y comenzó a hablar.

—¿Vive usted por aquí? —preguntó en un forzado tono de animación.

—Le vieuxmoulin…

―El viejo molino. Qué bonito nombre ¿Tiene familia?

—¿Un hijo? —Bella se sintió aliviada de que alguien pudiera ocuparse de él—. Si me da su teléfono…

El viejo sacudió la cabeza con una mueca de dolor.

—Non… Por favor, no llame. Es muy importante… muy ocupado…. no quiero molestar.

Bella rió.

—Seguro que no le gustaría oírle decir eso. Querría acudir a su lado.

—No. Está muy ocupado. Su trabajo, muy importante. No vendrá.

—Shhh —lo calmó Bella—. Tranquilo. La ambulancia no tardará en llegar y lo llevará al hospital.

El hombre reaccionó como si le hubiera dado un calambre.

—C'estimpossible… Mi caballo, mi casa… No puedo dejarlos. Nadie puede cuidar de ellos.

Bella posó las manos sobre sus hombros.

—No se preocupe. Yo me ocuparé —dijo. Las palabras escaparon de su boca sin pensarlas.

Al instante, el viejo se relajó y se dejó caer sobre las hojas secas con expresión de alivio. Bella se mordió el labio. Era demasiado tarde para dar marcha atrás.

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—¡Así que por fin la encontraste! —Fabricio de Roche se reclinó en su butaca de cuero con gesto satisfecho—. Tengo que reconocer, Edward, monami, que hay pocas mujeres a las que haya esperado cincuenta años, pero ésta merece la pena. Marie Delacroix… ¡qué belleza!

Fabrice era uno de los más grandes marchantes de arte de París. Bajo su encantadora apariencia, latía un corazón de hielo.

—¿Dónde la has encontrado? —preguntó sin apartar la vista del cuadro.

—En una subasta en Londres. Estaba oculta tras otro lienzo sin firma que Carlisle debió pintar después del incendio.

—¿Cómo llegaría al mercado?

—Supongo que lo cubrió para protegerlo —Edward sonrió con tristeza—. Mi madre siempre fue bastante irracional en lo que respecta a Marie Delacroix y, de haberlo encontrado, lo habría destruido. Desgraciadamente, el rencor también le hizo regalar casi todos sus cuadros para hacerle saber lo poco que valoraba su arte. Quién sabe dónde ha estado hasta ahora.

Fabricio asintió mientras observaba a Marie con sus penetrantes ojos azules.

—¿Y quieres que lo tase? ¿Cuánto te costó el que lo ocultaba?

—Mil libras.

Fabrice lo miró sorprendido.

—Parece mucho para la obra de un pintor amateur de «limitado mérito artístico» —Fabricio se inclinó hacia Edward—. Lo que me hace pensar que alguien más lo estaba buscando.

—Es imposible. Nadie sabe que sobrevivió al fuego.

—De eso no puedes estar seguro —Fabrice hizo una pausa de efecto dramático antes de continuar—. Ya sabes que este cuadro ha adquirido dimensiones míticas. Y también sabes que los Swan tienen muchos contactos —respiró profundamente—. Teniendo en cuenta que las elecciones están a la vuelta de la esquina y que James Swan piensa presentarse a ellas, tendría mucho que perder si el cuadro aflorara. ¿Viste a la otra persona que pujó por él?

Edward se puso en pie bruscamente y fue hasta el ventanal desde el que se divisaba un otoñal París sobre el que se superpuso una vívida imagen de Bella.

—Sí.

—¿Crees que era alguien relacionado con los Swan?

Bella Swan, hermosa y apasionada, desnuda sobre unos altos tacones.

—Sí.

Edward Cullen no había conocido nunca la sensación de desear algo inalcanzable, pero la noche que había hecho el amor con Bella había cambiado muchas cosas… Aunque él prefería pensar que había sido sexo y no «hacer el amor». Sexo frenético y apasionado. En sus oídos resonaban las palabras de Bella cuando le había dicho que no había experimentado nada igual. Entonces él se había limitado a responder algo con brusquedad, pero lo cierto era que había sentido lo mismo.

Había querido poseerla, marcarla para siempre, pero finalmente era él quien no lograba olvidar y a quien habían dejado plantado. Por eso la maldecía.

Fabrice carraspeó.

—Si es así, querido amigo, los Swan estarán buscando el cuadro, así que te recomiendo que extremes tus medidas de seguridad, ¿Has pensado en venderlo?

—No es mío, sino de mi padre.

—¡Qué lástima! ¿Y qué piensas hacer con él?

Edward frunció el ceño. Un nervio le latía en la frente.

—Veronique Lemercier es una antigua novia mía.

—¿La periodista? —Fabrice dejó escapar un silbido—. ¡Menuda víbora! Si publica la historia. Marie Delacroix va a convertirse en una celebridad —se sirvió una copa de coñac y la alzó hacia Edward—. ¡Buen trabajo! La venganza es siempre dulce.

Afortunadamente, el móvil de Edward sonó en aquel momento y no tuvo que contestar a Fabrice. Por más dulce que fuera, aquella venganza le había dejado un sabor insoportablemente amargo.

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Bella llegó a Le vieuxmoulin en una oscuridad total. La ambulancia había tardado en aparecer y luego se había perdido por las pequeñas carreteras comarcales. Después de un tiempo que se le hizo interminable, por fin notó bajo las ruedas el camino adoquinado que conducía al molino, y los faros del coche iluminaron una casa vieja encalada, con una forma extraña y un tejado puntiagudo.

Bella dejó la bolsa en el coche y cruzó el patio. Estaba exhausta y el corazón le latía aceleradamente. Todavía no comprendía qué le había hecho ofrecerse a cuidar de la propiedad. Pero cada vez que recordaba la imagen desvalida del anciano comprendía de dónde había arrancado el impulso de protegerlo.

Abrió. Desde una puerta entreabierta a su derecha, salía la suficiente luz como para iluminar una habitación que parecía sacada de un cuento. Paredes encaladas, leña apilada, olor a humedad y manzana… Bella entró con paso vacilante. Reinaba un silencio absoluto, como si la casa estuviera esperándola. Sin apenas atreverse a respirar, fue de puntillas hacia la puerta entornada. Detrás estaba la cocina. Tenía el lecho bajo y una gran cocina de hierro dentro de una chimenea lo bastante grande como para una persona de pie. Todo lo que veía le hacía pensar en varios siglos atrás y le costaba imaginar que alguien viviera en aquella precariedad.

Suspiró profundamente y con manos temblorosas acarició la gran mesa de pino que ocupaba el centro de la habitación. En la pared colgaba un retrato. Bella se rodeó la cintura con los brazos para protegerse del frío y fue hacía él. Le recordaba a…

Súbitamente alguien la sujetó por detrás.

El pánico le nubló la mente al sentir un brazo tomarla por la cintura y echarla hacia atrás. Un centenar de pensamientos cruzaron su mente ofuscada, pero ninguno logró atravesar el terror que la dominaba. Abrió la boca para gritar, pero una mano se la cubrió.

Empezó a dar patadas y a removerse violentamente; su asaltante la sujetó con fuerza y la obligó a volverse.

El grito de terror que había tomado forma en su garganta se ahogó al mismo tiempo que su corazón dio un salto. Ante así, en lugar de los ojos febriles de un asesino en serie, tenía los verdes ojos de Edward Cullen.


N.A: ¿Quién creen que es el anciano?