Capítulo 7
Por un instante Bella tuvo que reprimir el impulso de abrazarse a él, pero en cuanto le bajó el nivel de adrenalina, se separó violentamente y lo miró con espanto.
—¡Dios mío! ¡Eres tú!
—¿Dios? —dijo él con sorna—. ¡Me siento halagado!
—No sé por qué —Bella se cruzó de brazos y preguntó airada—. ¿Qué haces aquí?
Sin salir de su estado de confusión, vio que Edward se acercaba a un viejo aparador y sacaba dos vasos. Llevaba un traje negro y una inmaculada camisa blanca que contrastaban con el ambiente rústico de la cocina, pero por la familiaridad con la que se movía intuyó que conocía la casa.
Cuando Edward por fin habló, lo hizo en un tono gélido:
—He venido a ver a mi padre. Está en el hospital…, como bien sabes. Imagino que pensabas aprovechar que la casa estaba vacía para…
—¿Tu padre?
La pregunta escapó de los labios de Bella con una mezcla de incredulidad y horror. El desdén que encendía su mirada la convirtió en una aristocrática Delacroix de lo pies a la cabeza.
La ira que bullía en el interior de Edward desde la noche que ella había desaparecido, prendió como una abrasadora llamarada.
—Sí —dijo sin apenas mover los labios—. Mi padre. No finjas que no lo sabías.
Bella alzó la mirada lentamente hacia él.
—Sí —dijo, recordando los acontecimientos de las últimas horas—, supongo que debería haberlo adivinado cuando ha dicho que su hijo estaba demasiado ocupado y era demasiado importante como para molestarle. No creo que haya mucha gente tan insensible como tú.
Edward la observó entornando los ojos.
—¿Fuiste tú quien lo encontró?
—Claro —Bella se retiró el cabello del rostro con un brusco gesto—. ¿Por qué crees que estoy aquí?
—Está claro —dijo Edward con desdén, al tiempo que estudiaba la etiqueta de una botella de vino tinto—. ¿No te parece una afortunada coincidencia?
—¿Afortunada? ¿Te has vuelto loco? Podría estar dándome un baño en un hotel de París en lugar de encontrarme en la precaria casa de un desconocido —Bella sacudió la cabeza con incredulidad—. ¿Tanto te cuesta dar las gracias?
Edward clavó la mirada en ella.
—Yo no soy tan bien educado como tú.
Bella sintió que las mejillas le ardían. Tras unos segundos en los que se miraron sabiendo que estaban pensando en la misma escena, Edward retiró la mirada y abrió la botella.
—Ya que ha salido el tema —dijo con una lánguida sonrisa, al tiempo que llenaba los vasos—, no pensaba que fuera una norma de buena educación marcharse sin despedirse.
Bella alzó la barbilla con expresión retadora.
—Quería evitarte la molestia de tener que charlar conmigo mientras esperábamos el coche.
—Ya te he dicho que no me rijo por las normas de sociedad.
—Está claro que no. Ni siquiera por las de los seres humanos. Si te cortaras, ¿brotaría sangre de tus venas, o sólo hielo?
Edward le dio uno de los vasos.
—Supongo que te encantaría comprobarlo —dijo con sorna.
—No me tientes.
Edward esbozó una fría sonrisa.
—No me juzgues. Puede que sea mejor que tenga hielo y no sangre.
Bella se acercó el vaso al pecho; al atravesarlo la luz, el vino proyectó una sombra roja sobre su corazón.
—Dudo que tu padre esté de acuerdo.
—Tú no sabes nada de mi padre —dijo Edward, cortante.
Bella le lanzó una mirada encendida.
—¡Sé que cuando estaba dolorido y aterrado, no quería que te perturbaran! Podía haber muerto, pero según él, tú no debes ser molestado con un detalle tan nimio.
Edward se encogió de hombros.
—Se ve que en el hospital pensaban de otra manera —dijo con indiferencia—, porque me lo notificaron en cuanto fue admitido. He dejado una reunión para venir.
Bella lo miró indignada y Edward pensó que no conocía a nadie que se alterara con tanta facilidad. Tenía las emociones tan a flor de piel que bastaba con rascar para que brotaran como un torrente. No habría sido capaz de mentir ni en una situación extrema. Aun así, la advertencia de Fabrice seguía resonando en sus oídos. ¿Qué sabría Bella de La Dame de la Croixl.
—¡Qué buen hijo! —dijo ella.
Tras llevarse las manos a las sienes, compuso el gesto aletargado que tanto había exasperado a Edward al conocerla. Intuir que se trataba de un mecanismo de defensa y no parte de su personalidad, lo inquietó.
—Ahora que has venido, no es preciso que me quede —dijo con una sonrisa forzada—. Prometí a tu padre buscar el caballo extraviado y cuidar de su casa, pero puedes hacerlo tú.
Pasó de largo junto a él, pero Edward la detuvo.
—No digas tonterías.
Bella lo miró con frialdad.
—¿Te parece una tontería ocuparte de tu padre?
—Me refería a que te marcharas. No voy a permitirlo. Y quiero que sepas que mi relación con mi padre no es de tu incumbencia.
—Puede que no —Bella pareció vacilar, pero continuó—: Que me trataras como a una muñeca de usar y tirar, es propio del macho arrogante, egoísta y engreído que eres, pero es imperdonable que apliques el mismo trato a tu padre.
Se hizo un profundo silencio. El aire se electrificó. Cuando Edward habló, lo hizo con voz amenazadora.
—¿Imperdonable?
—Sí.
Los labios de Edward se curvaron en una cruel sonrisa.
—¿Tengo que asumir que tu familia es perfecta?
—Sabes que no —Bella logró disimular la angustia que sentía—, pero al menos pueden contar conmigo.
Edward cruzó los brazos y, echando la cabeza hacia atrás, clavó en ella una mirada especulativa.
—Es verdad —dijo con aspereza—, eres muy leal y muy obediente. Y ése es tu mayor problema.
Bella hubiera querido defenderse, llevarle la contraria, pero en el fondo, Edward tenía razón. Por unos segundos se miraron en silencio, hasta que él dijo, displicente:
—Querrás subir a tu dormitorio. Te llevaré las cosas del coche.
—Ya voy yo por ellas —dijo ella, apagada.
—No. No quiero arriesgarme a que hagas otra de tus desapariciones.
Sólo cuando oyó sus pisadas alcanzar el alto de la escalera, notó Edward que tenía todo el cuerpo en tensión. Por un instante, permaneció inmóvil, pensando en lo que Bella le había dicho.
Tuvo que aferrarse a la mesa para contener el impulso de lanzar el vaso de vino contra la pared y ver cómo la bebida se deslizaba por la pared, dejando un rastro de sangre.
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Bella pasó una noche agitada, con pesadillas en las que las formas irregulares de la casa adquirían proporciones fantasmagóricas y los pasillos de bajos techos se alargaban en un laberinto por el que trataba de huir de Edward. O de encontrarlo.
Cerca del amanecer cayó en un sueño profundo y cuando abrió los ojos, el sol atravesaba las cortinas. El temor a haber bajado la guardia hizo que saltara de la cama. Aún medio dormida, se puso las botas por encima del pantalón del pijama y bajó las escaleras precipitadamente.
La cocina estaba caliente y el sol se filtraba por las ventanas con una luz amarillenta que proyectaba sombras sobre el suelo de piedra. No había rastro de Edward, pero al ver el fuego que ardía en la cocina dedujo que llevaba horas levantado.
Fue a la puerta trasera y, al abrirla, la envolvió una bocanada de aire otoñal perfumado a manzana. Bella cerró los ojos para aspirar aquella dulce fragancia. Ante sí había un pequeño jardín con parterres sembrados de fruías y verduras. Lo rodeaba un muro de piedra tras el que se abría una pradera de verde terciopelo, salpicada de rocío.
Había estado equivocada al calificar aquel lugar de primitivo, pensó mientras se llevaba una frambuesa a los labios y el jugo de ésta estallaba en su boca. Lo era. Pero también era completamente idílico.
La luz, las texturas, los colores lo convertían en un exuberante paraíso, y la calma que se respiraba en él apaciguó un tumulto en su interior de cuya existencia Bella ni siquiera había sido consciente hasta aquel momento. Era como si acabara de hacerse realidad un lugar que sólo había existido en su mente: el refugio al que quería retirarse.
A cierta distancia del muro, el terreno se deslizaba hacia un seto en cuyo centro había un árbol.
Aun en la distancia. Bella podía ver que estaba tan cargado de fruta que sus ramas se inclinaban hacia el suelo. Acercándose, descubrió que se trataba de ciruelas rojas. Muchas de ellas yacían en el suelo. Bella tomó una y la olió antes de morderla. Estaba dulce y jugosa, y demasiado buena como para dejar las demás tiradas. Al poco, tuvo que hacer una bolsa con el faldón de su camiseta para recogerlas.
Súbitamente, la calma que la rodeaba se vio rota por un ruido atronador que sacudió la tierra e hizo que Bella se irguiera, sujetando la camiseta contra su pecho. Un caballo saltó el seto, tan cerca de ella que estuvo a punto de derribarla. La enorme grupa del animal oscureció el cielo por un instante y pasó rozándola. Cuando lo vio posarse, varios metros más adelante, se dio cuenta de que temblaba de píes a cabeza. El jinete desmontó aún antes de que el caballo se detuviera.
El corazón de Bella se aceleró al reconocer a Edward. Su rostro, habitualmente impasible, estaba contorsionado en una mueca de ira.
—¡La próxima vez que pienses en suicidarte espero que elijas un método menos dramático! ¿Píldoras y alcohol? ¿Una cuchilla afilada? Cualquier cosas con tal de que no me incluya.
Bella palideció y lo miró horrorizada.
—Lo…lo siento —susurró con los labios blancos.
Edward farfulló:
—¿Te has hecho daño?
Bella sacudió la cabeza, pero pareció a punto de desmayarse. Edward la sujetó por la cintura y tuvo que apretar los dientes para ignorar la súbita oleada de deseo que lo golpeó al tocar la piel que la camiseta dejaba expuesta.
—¿Bella?
Ella consiguió alzar la mirada hacía él.
—Lo siento. Estoy bien. Sólo estaba…
—No pasa nada —dijo él con aspereza.
Se miraron y entre ellos se abrió un abismo de palabras calladas. Edward sintió una opresión en el pecho y, lentamente, alzó la mano para acariciar la mejilla de Bella. En cuanto la tocó, retiró los dedos como si le hubiera quemado, y se apartó de ella con un gesto de exasperación. Sin volverse, caminó hacia el caballo, que pastaba mansamente, y se montó sobre él con destreza. Sólo entonces se giró para mirar a Bella. Sus mejillas habían recuperado parcialmente el color, pero sus enormes ojos tenían una expresión de infinita tristeza.
Un sentimiento de culpa lo atravesó. Culpa y remordimientos, rabia y deseo. Dirigiendo al caballo con brusquedad, lo espoleó y cruzó el prado al galope hacia los establos.
Para un hombre que había dedicado su vida a aletargar sus emociones, sentir tantas en tan poco tiempo resultaba casi doloroso.
