Capítulo 8

Bella estaba en la cocina cuando Edward volvió de los establos.

—¿Era ése el caballo de tu padre? —preguntó sin dejar de aclarar las ciruelas en el fregadero.

—Sí —dijo Edward, evitando mirarla—. He llamado a los vecinos más próximos esta mañana. Duva, el más cercano, lo ha encontrado pastando con sus vacas. No parece herido.

—Me alegro —tras una pausa. Bella preguntó—: ¿Y por lo de esta mañana?

—No ha sufrido ningún daño —dijo Edward, cortante.

Pero mentía. Quizá el caballo estaba intacto, pero él, no. La expresión de Bella durante unos segundos, tan frágil, tan… abatida. Le había hecho atisbar una vulnerabilidad en ella que se había convertido en desprecio hacia sí mismo.

Pero no quería pensar en ello. No quería que Bella le importara. Sólo quería exorcizar los demonios del pasado, mirar al futuro.

Sacó unos huevos de la despensa y fue al jardín para recoger algo de tomillo. El intenso olor invocó al instante tristes imágenes de él y Carlisle comiendo, la atmósfera de abandono y soledad de su infancia.

Esa era la expresión que había visto en el rostro de Bella.

Apartó de sí aquel pensamiento reprendiéndose por ser tan sentimental y obligándose a pensar que lo que realmente le había preocupado era que, una vez más, la había encontrado sexy y adorable y que había estado a punto de besarla.

Recordó el instante en el que la había visto en el salón de subastas, y cómo había asumido que sería otra más. Una mujer con la que coquetear y a la que olvidar en cuanto saliera de su cama.

Pero los dioses parecían haberse conjurado para poner a Bella en su camino y castigarlo por su arrogancia. Y la odiaba por despertar en él el anhelo de romper las barreras que tanto tiempo le había costado erigir para defenderse del mundo exterior.

.

.

.

Bella puso la mesa mientras Edward preparaba unas tortillas con hierbas aromáticas. Llevaba una camisa azul celeste abierta sobre una camiseta blanca con cuello de pico que dejaba ver el arranque de su pecho. Y Bella sintió al instante el impulso de tocarlo. El sol iluminaba sus brazos mientras cocinaba, y el oscuro vello que los cubría adquiría tonalidades cobrizas, dándole el aspecto de una perfecta estatua que hubiera sido dotada de vida.

Bella sacudió la cabeza preguntándose qué le pasaba. Fuera por lo mal que había dormido o por lo cerca que se había sentido de la muerte, lo cierto era que se sentía peculiarmente consciente de su propio cuerpo, del latir de su corazón, de la ropa rozándole la piel. Y lo peor era que le sucedía lo mismo con el cuerpo de Edward, cuya presencia parecía llenar cada rincón de la casa.

Todos sus movimientos transmitían seguridad. Daba lo mismo que vistiera un inmaculado traje en medio de la ciudad, o una camiseta informal en el campo. Era camaleónico, y cualquier espacio parecía convertirse en su hábitat natural.

Edward se volvió y, mirándola, puso una perfecta tortilla sobre su plato.

—Gracias —dijo Bella. Y se ruborizó al ser sorprendida observándolo.

Edward se sentó enfrente y ella sintió un súbito ataque de timidez ante la peculiar intimidad de la escena, que contrastaba con la atmósfera sombría que se había creado entre ellos.

—Así que… —empezó, ansiosa por romper el silencio—. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste aquí?

—Me marché hace doce años y no había vuelto, pero está exactamente igual que cuando me fui —dijo Edward al tiempo que dirigía una mirada a su entorno.

—¿Esperabas que hubiera cambiado?

Edward clavó una intensa mirada en Bella que le hizo sentirse desnuda.

—No. Aquí no ha cambiado nada desde hace siglos. Por eso me fui —dijo en un tono desafiante que confundió a Bella.

—Hay mucha gente a la que le gusta que las cosas sean inmutables —dijo, desviando su mirada al café para disimular su incomodidad.

—Todo depende de dónde le sitúes —dijo Edward con una ferocidad que la hizo estremecer—. Te gusta si eres quien ejerce el poder, quien toma las decisiones.

—¿Qué quieres decir?

—Los pueblos como St. Laurien siguen siendo feudales. Una minoría acapara el poder y la riqueza, y eso puede causar problemas.

—¿Envidia? ¿Resentimiento? —preguntó Bella.

Edward la miró con desprecio.

—Supongo que piensas que los campesinos deben saber qué lugar ocupan y no tener aspiraciones.

—¡No! —la brutalidad en el tono de Edward indignó a Bella, quien se puso en pie y empezó a recoger la mesa—. ¡No he dicho eso! Yo sólo creo que las familias deben permanecer unidas, que necesitas saber que puedes contar con los tuyos.

—¿Igual que tú sabes que puedes contar con tus padres?

Bella se quedó paralizada. Luego alzó la barbilla y llevó los platos al fregadero.

—No es lo mismo —dijo finalmente—. Mi familia tiene muchas responsabilidades. Es parte de lo que son y de lo que han de hacer.

A su espalda, oyó a Edward reír con sarcasmo.

—¿Muchas responsabilidades? —repitió con desdén—. ¿Quieres decir que están tan ocupados con los demás que no tiene tiempo para ti?

—Puede que sí —Bella abrió el agua caliente—, pero no me importa. Estar en el mundo de la política significa poner el interés de la comunidad por encima del propio.

En lugar de responder, Edward fue hacia ella. Su proximidad hizo que el vello de Bella se erizara.

Con una exagerada lentitud, dejó su taza en el fregadero. Ella alzó la mirada y al ver la expresión hostil de su rostro, se le heló el corazón.

—¿De verdad crees eso? —preguntó él con sorna.

—Desde luego. Son así porque nacieron para ello.

Tuvo que hacer un esfuerzo hercúleo por mantener un tono calmado, ya que Edward estaba tan pegado a ella que podía ver los destellos verdes de sus ojos y el pequeño frunce de las comisuras de sus voluptuosos labios. Apartó la mirada bruscamente y la volvió hacia el fregadero. Sin darse cuenta, acariciaba el borde de la taza en la que él acababa de beber.

Afortunadamente, Edward se separó de ella en aquel instante y, al poder respirar, el deseo fue sustituido por la ira.

—Puedes criticar a mi familia —dijo entre dientes—, pero al menos nosotros permanecemos unidos. En cambio tú, abandonaste a tu padre y nunca te has ocupado de él.

—Te equivocas —dijo Edward con acritud—. Que no haya vuelto no quiere decir que no haya permanecido en contacto.

—Ya veo lo bien que cuidas de él —Bella se volvió con ojos centelleantes—. Si no me equivoco tú eres millonario… —miró a su alrededor—, y ésta es la casa de un campesino.

Una amenazadora sombra oscureció el rostro de Edward. Cruzándose de brazos y apoyado en la chimenea, preguntó, retador.

—Puede que ésta no sea mi casa ideal, pero sí es la de mi padre. Ha elegido vivir así. No quiere marcharse.

—Está bien —dijo Bella, dejando escapar un suspiro de impaciencia—. Entiendo que no quiera marcharse porque es un lugar maravilloso, pero, ¿tanto te costaría introducir algunas comodidades en su vida? No sé, quizá podrías prescindir de alguno de tus picassos e instalarle calefacción central.

—No es cuestión de dinero.

—Comprendo —Bella le dio la espalda y farfulló—: Así que podrías ayudarlo pero has decidido no hacerlo.

De pronto la tensión que se respiraba en el aire se hizo casi palpable. Bella esperó con el corazón palpitante, preguntándose si había ido demasiado lejos.

Edward se separó lentamente de la chimenea y fue hacia ella. Su rostro reflejaba una mezcla de tedio y picardía.

—¡Ojalá la vida fuera tan simple!

—¿Qué quieres decir? —tartamudeó Bella.

—Sigues sin entenderlo, ¿verdad? —dijo Edward, y como si hablara con una niña a la que le costara comprender, continuó—: Mi padre no es dueño de la casa, sólo es un inquilino.

—¿Y no podrías comprársela?

Edward rió con amargura.

—He perdido la cuenta del número de veces que lo he intentado. La última vez ofrecí el doble de lo que me costó el apartamento de Londres. No está a la venta.

Edward se quedó delante de Bella, quien miró al suelo y dejó que el cabello le sirviera de barrera defensiva. Antes de hablar necesitaba que las mariposas que revoloteaban en su estómago por la proximidad de Edward, se posaran. Pero cuando creía estar a punto de conseguirlo, una corriente eléctrica la sacudió al retirarle él el cabello detrás de la oreja y rozarle, al hacerlo, el cuello.

—Por otro lado —continuó Edward—, el contrato prohíbe cualquier reforma sin permiso previo. Y, curiosamente, siempre nos lo niegan.

Respirando profundamente. Bella pensó en Victoria y trató de imaginar qué diría ella, siempre tan sensata, en una situación como aquélla.

—No es justo —dijo con voz, temblorosa—. Sea quien sea el dueño, su deber es mejorar las condiciones de la casa. Debe tener una obligación legal.

Los ojos de Edward brillaron con un perverso destello a la vez que tiró de la cinta del pijama de Bella hacia él.

—Yo pienso lo mismo.

La respiración de Bella se aceleró. Edward la observaba con una expresión que no supo analizar, pero que estaba cargada de sensualidad.

—Entonces deberías hablar con los dueños y quejarte.

—Eso estoy haciendo en este mismo momento —dijo él casi en un susurro—. La casa es propiedad de St Laureen, que a su vez pertenece por partes iguales a las familias Delacroix y Swan.

—¡Tienes que estar equivocado! —exclamó Bella, horrorizada. Había algo siniestro e insolente en el tono de Edward.

—Me temo que no. ¿Quieres pruebas? ¿Documentos?

—No, me refiero a las condiciones de mantenimiento de la casa. Mi familia jamás…

—¿Qué? ¿Se aprovecharía de su poder?

Bella intentó reír con sarcasmo.

—No seas tan melodramático. Jamás obligarían a nadie a vivir de una manera tan primitiva —sonrió complacida al pensar que había actuado tan correctamente como habría esperado de Victoria—. Déjalo en mis manos. Iré a Le Manoir a hablar con mi tío y lo arreglaré todo. Ahora, si me disculpas, voy a vestirme…

Pasó con decisión junto a él, confiando en hacer una salida digna, pero había olvidado que Edward sujetaba el extremo de la cinta que ceñía sus pantalones a la cintura. Al avanzar, sintió un tirón y su trasero quedó expuesto. Con una exclamación, se los subió precipitadamente, sin saber si era más humillante que Edward la hubiera visto o la total indiferencia que mostraba.

—Buena idea —dijo él, alejándose de ella para servirse más café—. Salimos en medía hora.

—¿No vas a venir conmigo? —preguntó Bella.

—A ver a tu tío, no. Pero tengo que visitar a mi padre en el hospital, y puesto que Louis me trajo ayer de París, no tengo coche —miró a Bella con desdén—. Tendrás que llevarme tú.

Bella sabía que no podía negarse, así que, sin molestarse en contestar, subió las escaleras maldiciendo entre dientes.

.

.

.

Media hora más tarde, al dirigirse al coche con una cesta llena de las ciruelas que había recogido por la mañana, Bella se dijo que «no poder negarse», no significaba tener que hacerle la vida fácil a Edward. Así que, a pesar de que el cielo estaba cubriéndose de amenazadoras nubes, decidió descapotar el coche y confiar en que el ruido hiciera imposible la conversación.

Edward salió de la casa consultando su Blackberry. Al alzar la vista y ver a Bella esperarlo con gesto de aburrimiento, se paró en seco y dijo, sarcástico:

—¿Eres consciente del frío que vamos a pasar con la capota bajada?

—Me da igual —dijo Bella, aunque sabía que tenía razón y que, sin su abrigo, que había dejado a Carlisle Cullen, la falda y el jersey que llevaba no iban a ser lo bastante calientes. Sin embargo, prefería morir de hipotermia que dar la razón Edward. Sonrió con superioridad—. ¿Podemos irnos ya?

El hospital estaba a unos veinte minutos y tras un trayecto en el que no se dirigieron la palabra, Bella dejó a Edward en la puerta. Luego aparcó bajo un árbol y mordisqueó una de las ciruelas de la cesta que Edward no se había molestado en entregar a su padre. Tal y como había predicho, la temperatura había bajado considerablemente, y Bella pegó las rodillas al pecho para entrar en calor.

—¿Estás cómoda?

Bella alzó la mirada, sobresaltada, y vio a Edward. Sonrojándose, se secó el jugo de ciruela que le caía por la barbilla.

—Te has dado prisa. ¿Después de doce años te han bastado diez minutos con tu padre?

Edward abrió la puerta para dejarle bajar.

—Mi padre quiere conocerte.

Por su tono de voz y su lenguaje corporal al precederla hacia el hospital. Bella dedujo que a Edward no le agradaba la idea. Lo siguió en silencio hasta casi chocar con él cuando se detuvo ante una puerta.

Con gesto adusto y el entrecejo profundamente marcado, Edward pareció a punto de decir algo, pero se limitó a abrir la puerta e indicarle que pasara.

Carlisle Cullen estaba recostado sobre las almohadas. Estaba menos demacrado; su piel había recuperado un tono tostado. Su rostro cansado se iluminó con una amplia sonrisa al ver a Bella y, por un instante, ésta creyó ver en él el aspecto que Edward tendría si consiguiera relajarse; si dejara de estar permanentemente enfadado.

—Mademoiselle Swan. Tengo tanto que agradecerle…

Bella se acercó con una tímida sonrisa.

—Por favor, llámame Bella —. Carlisle rió aunque sus ojos reflejaban dolor.

—Sí, yo también lo prefiero —dijo, y le tendió la mano.

Bella, percibiendo la hostil y retadora mirada de Edward, vaciló una fracción de segundo, pero, manteniendo la sonrisa, tomó la mano del anciano.

Tenía la piel fina y pegada a los huesos, enrojecida, como si no tuviera carne. Bella la sostuvo con delicadeza.

—Estoy encantada de que te encuentres mejor —dijo dulcemente—. He traído unas ciruelas de tu jardín. Espero que no te importe.

.

.

.

Había sido un error. Un gran error.

Edward aceleró el paso por el corredor y metió los puños en los bolsillos.

Tenía que haber dejado a Bella en el coche. Aquello no podía convertirse en algo personal. Se sentía como si se acabaran de abrir canales de comunicación entre los compartimentos estanco de su vida.

Carlisle se había quedado completamente hechizado, y lo irónico de la situación era tan cruel que le atenazaba la garganta. El abismo que lo separaba de su padre era tan hondo, tan infranqueable, por culpa de las desdichas causadas a su familia por los Swan… Y, sin embargo, ella aparecía y acariciaba el dolorido corazón de un anciano con una sola sonrisa.

Ni siquiera podía culparlo. Una sonrisa de Bella podía causar el mismo efecto que un exquisito coñac. Recordó el instante en que su padre alargó una de sus rudas manos y Bella se la tomó entre las suyas, tan pálidas y delicadas.

Notó sus dedos cargados de tensión. De tensión y resentimiento. Carlisle no habría sido tan amable de haber sabido que Bella pretendía quitarle su amado cuadro, pensó con rencor.

Al abrirse las puertas de salida respiró profundamente el fresco aire.

Bella lo miró de soslayo. La ternura de sus ojos se diluyó al encontrarse con la obvia animadversión que manifestaba.

—Gracias por haberme dejado venir —dijo en voz baja.

Su exceso de cortesía encolerizó a Edward.

—No lo he hecho porque quisiera —masculló—. No tenía coche, así que ha sido más una cuestión de necesidad que de generosidad.

Caminaban hacia el coche. Cuando lo alcanzaban, una ráfaga de aire formó un torbellino de hojas que cayeron sobre los asientos del MG. Bella tuvo un escalofrío.

—No tenías por qué decirle que estaba aquí —dijo, titubeante.

Edward chasqueó la lengua despectivamente.

—Ya ves lo lejos que te lleva un poco de calculado encanto femenino. Buen trabajo, señorita Swan. Una mirada de esos ojos cafes, un parpadeo de tus largas pestañas y cincuenta años de animosidad y dolor se desintegran.

Bella se quedó paralizada mientras la adrenalina le recorría las venas y la furia teñía su rostro.

—¿Qué querías que hiciera, Edward? ¿Qué entrara como una gran dama honrando con su visita al humilde campesino? —Bella se inclinó hacia Edward. De pronto la ira que la había poseído, fue reemplaza por una amenazadora calma—. ¿Eso es lo que te gustaría, no es cierto? No te gusta estar equivocado, y supongo que estás acostumbrado a que la gente haga cualquier cosa con tal de complacerte. Quizá debería limitarme a simplificarte la vida actuando como la zorra que crees que soy.

Y de un solo movimiento. Bella abrió la puerta del coche y se sentó al volante. Excepcionalmente, el motor arrancó a la primera. Lo aceleró al máximo.

—¡Bella!

Edward intentó detenerla, pero ella quitó el freno de mano y dio marcha atrás para quitarse de su alcance, luego, con un chirrido de las ruedas, giró y fue hacía la salida del aparcamiento.

Edward se quedó inmóvil hasta que el sonido del motor se perdió en la distancia.

Antes de conocer a Bella, ninguna mujer lo había dejado plantado. Ella lo había hecho dos veces, pero Edward se juró en aquel instante que no lo haría una tercera.


N.A: Es que este Edward es medio imbécil xD