Capítulo 9
En menos de veinte minutos la ayudante personal de Edward en Londres le enviaba un Aston Martin. Al entregárselo, el conductor intentó explicarle algunas características del sistema de navegación informatizado, pero Edward tenía demasiada prisa como para prestar atención.
Condujo a toda velocidad, en tensión. A su paso, las hojas se arremolinaban formando pequeños tornados. Acelerando a lo largo del muro de piedra que marcaba los límites de la propiedad de La Manoir de St. Laurien, Edward asió con fuerza el volante al aproximarse a la verja de entrada.
Un segundo más tarde, salía por ella un MG rojo que, sin apenas detenerse para comprobar que el camino estaba libre, tomó la carretera a toda velocidad, dejando tras de sí un rastro de humo. Y colocándose en el carril de la izquierda. El carril inglés.
Edward dejó escapar un juramento en francés y aceleró. El MG no podía competir con él y, aun así, Edward vio horrorizado el punto al que llegaba la aguja del velocímetro. Con la vista fija en Bella, como si con ello pudiera protegerla, buscó con los dedos las luces o bocina para advertirla de su error, pero el diseño minimalista del salpicadero tenía más en cuenta la estética que la funcionalidad.
La furia y la frustración lo invadieron a partes iguales. Dando un volantazo a la derecha se situó al lado de ella para indicarle que se desplazara al otro carril. Ignorándolo, Bella mantuvo la mirada al frente. Clavaba la barbilla en el pecho con gesto de determinación; el viento le alborotaba el cabello. Apretaba el volante con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.
Seguía tan enfadada con él que no era consciente de estar conduciendo en el lado equivocado de la carretera.
Edward sintió pánico. Aceleró y la adelantó sin dificultad, confiando en que si se cambiaba de carril, Bella se daría cuenta de lo que sucedía. Pero al mirar por el retrovisor vio que permanecía en el sentido equivocado. Hacia delante, la carretera subía hacia un cambio de rasante. Edward aceleró tanto que el velocímetro empezó a vibrar. Al llegar a lo alto de la colina, ojeó el horizonte.
¡Dieu! ¡Mon Dieu!
Un camión ascendía pesadamente desde el otro lado, de frente a Bella. Su viejo coche quedaría aplastado. No sobreviviría al impacto.
Sin pensárselo dos veces, Edward dio un volantazo y, con el corazón en la garganta, se pasó al carril por el que se aproximaba el camión justo a tiempo de ver la cara de horror del conductor que, con un volantazo simétrico, lo esquivaba a la vez que tocaba el claxon prolongadamente. Los dos vehículos se cruzaron a apenas unos centímetros de distancia en el preciso momento en que el MG aparecía en lo alto del cambio de rasante, tras el Aston Martin.
El conductor del camión volvió a su carril sin dejar de tocar el claxon.
Con el corazón acelerado, Edward se desvió hacia el arcén y detuvo el coche. Bella lo imitó y le vio bajarse del coche con expresión de ira. Él abrió la puerta y le hizo salir, tirándole del brazo. Su voz vibraba como un cable a punto de romperse.
—¡Podías haberte matado!
—Y a ti qué más te da —dijo Bella, articulando cada palabra lentamente.
Edward le clavó los dedos en el brazo y por una fracción de segundo, Bella temió que fuera a pegarle. En lugar de eso, la soltó bruscamente y se pasó la mano por el cabello con gesto de exasperación.
—¿Habría arriesgado la vida por salvarte si me diera lo mismo? —preguntó en voz baja.
Bella se cruzó de brazos. Podía sentir el corazón golpeándole el pecho.
—No lo sé —replicó, airada—. Teniendo en cuenta cómo me odias, no sé por qué lo has hecho —concluyó, dándole la espalda.
—Yo no te odio.
La voz de Edward le llegó como si estuviera muy lejos, sin que llegara a penetrar la niebla que enturbiaba su cerebro. Philippe Delacroix no estaba en su sano juicio, y el breve tiempo que había pasado en la deteriorada y oscura Le Manoir le había resultado aterradora y extraña a partes iguales, pero al menos había averiguado muchas cosas. «Por ejemplo, por qué su abuela se había mostrado tan comprensiva tras lo ocurrido con Mike Newton».
Mirando en la distancia y con el tono más neutral del que fue capaz, dijo:
—No me habías dicho que tu padre era artista, Edward.
—¿Por qué será? —dijo él con sarcasmo.
—¿Quizá porque podría haber averiguado que hace años pintó un cuadro de mí abuela con el que pretendía arruinar su reputación y la de su familia? —dijo Bella con una mezcla de ira y abatimiento.
Edward la tomó por los brazos y la obligó a girarse.
—¿Qué te ha dicho el bastardo de Delacroix?
Bella dejó escapar una risa amarga.
—Así que no lo niegas…
—¿La existencia del cuadro? No. Tú sabes tan bien como yo que existe —dijo él entre dientes—. Por eso estás aquí. Por eso nos conocimos.
Bella lo miró atónita.
—¿Cómo? No es verdad… Yo pensaba que…
No pudo seguir. Cómo decir algo tan ridículamente sentimental como que era el destino el que los había hecho coincidir.
Edward le clavó los dedos en el brazo.
—Siempre has sabido de la existencia del cuadro; lo estabas buscando.
Bella trató de zafarse de él, pero no lo consiguió.
—Jamás lo había oído nombrar. De haberlo sabido, jamás te habría tocado —dijo con inquina—. Sé muy bien lo que se siente al ser explotada en nombre del arte. Lo he experimentado yo misma.
Edward se quedó paralizado.
—¿A qué te refieres?
En la mirada que Bella le dirigió, vislumbró un profundo dolor.
—Por eso dejé Bellas Artes —Bella se estremeció antes de seguir—. En mi caso no fue un cuadro, sino fotografías… desnuda, proyectadas sobre titulares de periódicos del tiempo en que mi abuelo era ministro; ampliadas en grandes pantallas de seda —cada palabras parecía abrir una herida—. Muy moderno, muy ingenioso… Y una total humillación para mí.
—¿Quién lo hizo? —preguntó Edward con voz ronca.
Bella intentó cubrirse el rostro con las manos, pero Edward le sujetaba las muñecas con tanta fuerza que estuvo a punto de apoyar la cabeza en su pecho.
—El hombre con el que estuve hablando el otro día en la Tate. El hombre al que creí amar hasta que supe que sólo se había fijado en mí por mi apellido —intentó soltarse una vez más en vano—. Por eso sé muy bien lo que debió sentir mi abuela por culpa de tu padre…
—¡Te equivocas! —gritó él, intentando atraerla hacia sí para que lo escuchara—. ¡Fue algo muy distinto!
Bella consiguió liberarse y le dio la espalda.
—Sí, claro —dijo con sarcasmo—. Aunque estaba desnuda y sólo llevara la cruz de los Delacroix, el símbolo del honor de la familia, como si fuera un objeto pornográfico, la intención era puramente artística.
—Así es —dijo Edward, furioso, sin encontrar las palabras que expresaran la ternura y el respeto, la veneración con la que Carlisle había pintado a Marie, inmortalizándola como una mujer de veinte años, vibrante y apasionada…
Igual que la mujer que tenía ante sí.
El deseo lo golpeó como un puñetazo.
—Tienes que creerme. Fue muy diferente —dijo casi en un susurro.
La ira había abandonado súbitamente la mirada de Bella, que lo observaba con tristeza.
—¿Por qué tendría que creerte?
Edward dejó escapar un gemido de protesta.
—¿Quieres que te lo enseñe?
—Sí.
Edward la atrajo bruscamente hacia sí y la besó vorazmente. Bella intentó protestar para descargar su rabia, le golpeó con los puños, le arañó el pecho a través de la camisa, mientras entreabría los labios y entrelazaba su lengua con la de él con tanta furia que sus dientes entrechocaron. Y de pronto, la tensión la abandonó completamente, y en lugar de resistirse, se arqueaba contra él; los dedos que arañaban empezaban a acariciar… Edward le sujetaba el rostro con ambas manos, con el pulgar le acariciaba la barbilla…, hasta que súbitamente, alzó la cabeza y la echó hacia atrás, jadeante.
Aturdida, enajenada por la intensidad de su deseo y confusa. Bella cerró los ojos con fuerza, apoyó la cabeza en el pecho de Edward y se lo golpeó débilmente.
Y de pronto, casi a regañadientes, Edward se apartó de ella con rostro inescrutable.
—De acuerdo, te lo enseñaré. Verás a lo que me refiero. Ven conmigo.
