Capítulo 10

Caminaron en silencio. El sol del atardecer, tan denso y dorado como la miel, se ocultaba tras un cielo gris plomizo, contra el que las hojas amarillas adquirían una extraña luminosidad. Bella quería preguntar adonde iban, pero no lograba articular palabra. El corazón le latía aceleradamente, no tanto por el paso ligero al que seguía a Edward como por lo que acababa de suceder entre ellos. Los labios le ardían; sentía los senos firmes, llenos, sensibilizados.

Al poco de caminar divisó una pequeña construcción de piedra con las ventanas cubiertas por tablones y el lecho derruido. Al llegar a ella, Edward se detuvo y se volvió con ademán tenso. Sus ojosverdes parecían un reflejo de la oscuridad que se iba adueñando del cielo. Cuando Bella llegó a su lado, vio que estaban junto al río, y que desde la puerta de la casita se llegaba a una pequeña playa de cantos rodados.

—¿Qué es este lugar?

Edward miró debajo de varías piedras hasta que encontró una llave.

—Era una caseta de baño, pero mi abuelo la usaba de estudio —dijo, abriendo y echándose a un lado para cederle el paso.

Bella entró. En el interior reinaba una total oscuridad y olía a humedad. Sintió que la recorría un escalofrío.

—¿Cómo podía pintar aquí con tanta oscuridad? —preguntó con voz temblorosa.

Se oyó el rasgar de una cerilla que la sobresaltó. Edward encendió una vela, y luego otra, y otra, hasta que la suave luz alcanzó los rincones de la habitación.

—Antes no era así.

—¿Qué pasó? —preguntó Bella con un hilo de voz.

—Se produjo un incendio.

—¿Aquí? ¿Es así cómo…? —Bella se estremeció al recordar las manos de Carlisle Cullen—. ¿Sus manos?

—Sí.

Edward se alejó de ella. Bella oyó ruido de cristal bajo sus botas al caminar tras él. Algunas señales que contradecían la primera impresión de que se trataba de un lugar completamente abandonado. Había un sofá tapado con una cortina de terciopelo rojo, un taburete de madera sobre el que había una botella de vino vacía, un espejo y, en una esquina, un caballete junto a una mesa con brochas y tubos de pintura.

Edward estaba en cuclillas, encendiendo fuego con algunas ramas secas. Bella observó sus manos moverse hábilmente hasta conseguir una llama viva.

«Igual que hizo conmigo», pensó Bella. «Igual que cuando me dio el primer beso».

—¿Era aquí donde pintaba a mi abuela? —preguntó con voz quebradiza.

—Oh, aquí pintó La Dame de la Croix —Edward se incorporó y se plantó ante ella—. Es uno de sus mejores cuadros. Los artistas contemporáneos estaban obsesionados con la experimentación, mientras que él se mantuvo en la tradición clásica de Ingres o Courbel, mucho más sensual.

Su voz grave y susurrante ejerció un efecto hipnótico en Bella, y cuando él le desabrochó el primer botón de su rebeca, se sobresaltó.

Edward dio un paso atrás.

—¿Quieres que te enseñe cómo era? —preguntó en tono solemne.

—Sí.

—Entonces tienes que confiar en mí —tras un breve titubeo, Edward añadió—. Quiero que confíes en mí.

Bella era consciente de que la estaba retando. Contempló sus sensuales labios esbozar una sonrisa. Luego alzó la mirada hacia la oscura profundidad de sus ojos. Al instante sintió algo tirar de ella y supo que estaba perdida.

—Confío en ti —susurró.

—Me alegro.

El tiempo pareció eternizarse mientras Edward le descubría los hombros antes de dejar caer la rebeca al suelo. Los ojos de Edward se encendieron cuando los deslizó por sus senos. Luego, de un diestro movimiento, le quitó la falda, que cayó al suelo con un susurro de terciopelo. A continuación se alejó de ella.

Bella permaneció inmóvil.

Edward se colocó delante del caballete, de espaldas a ella. Bella pensó en Olympia y en su mirada segura y retadora. Con el corazón palpitante, esperó.

Edward volvió junto a ella y Bella se sintió estremecer ante su abierta mirada de deseo. Fue a moverse, avergonzada de estar sólo cubierta por un pequeño conjunto de sujetador y braguitas de encaje negro, medias con liguero y bolas altas. Edward la detuvo con un áspero:

—¡No! ¡Quédate como estás!

Apretó los dientes. La encontraba devastadoramente hermosa. Mirarla le resultaba casi doloroso. Si se desnudaba, perdería el control que constituía el eje de su vida.

Necesitaba demostrar a Bella con hechos, y no con palabras, lo que había sucedido hacía tantos años. La idea de que Phillipe Delacroix se lo hubiera explicado como algo sórdido se le hacía insoportable. Bella merecía saber la verdad.

La tomó de la mano y la guió hasta el sofá de terciopelo, haciéndole una señal para que se echara. Ella obedeció y se tumbó con una pierna flexionada levemente sobre la otra y con la cabeza apoyada en el codo. Mientras, Edward fue hacia la mesa en la que estaban los tubos de pintura, eligió varios y los puso sobre un plato de porcelana. Luego volvió junto Bella, que lo miraba en silencio, con los ojos ardiendo con un deseo que no se molestaba en ocultar. Edward lo reconoció porque también lo sentía, pero estaba decidido a dominarlo. Al menos por el momento. Había demasiados fantasmas en su pasado.

Con gesto de concentración, se arrodilló ante ella. En la penumbra de las velas, la piel de Bella tenía un brillo nacarado. Al verle manchar un pincel con la pintura, luego con un poco de agua, y sacudirlo contra el borde del plato, Bella abrió los ojos con curiosidad, pero no apartó la mirada.

Cuando el pincel rozó la piel de la curva de su cuello. Bella inspiró el aire con un escalofrío. Edward vio cómo echaba la cabeza hacia atrás y clavaba los dedos en el terciopelo a medida que deslizaba el pincel hacia su clavícula, dibujando una cinta roja sobre su piel desnuda.

Edward continuó trabajando, evitando mirarla a la cara para no caer en la tentación de besar sus voluptuosos labios. Sólo la respiración entrecortada de Bella rompía el silencio.

El calor de la chimenea le calentaba la espalda, y en cierto momento Edward se desabrochó la camisa. Al percibir el suave gemido que escapó de la boca de Bella, estuvo a punto de perder el control, por lo que tuvo que concentrarse aún más para que no le temblara la mano. El pecho de Bella se movía al ritmo de su respiración y su redondo seno desbordaba el escote del sujetador. El dulce aroma de su piel resultaba embriagador.

Bella movió las piernas y al oír el roce del cuero de sus botas, Edward estuvo a punto de gritar para liberar la tensión que el deseo estaba haciendo crecer en su interior. Se echó el cabello hacia atrás, metió el pincel en la pintura blanca y continuó. Fallaba poco. Ya sólo tenía que marcar con unos toquecitos el brillo de las piedras de la joya.

Finalmente, dejó el pincel a un lado y se puso en pie. Un velo de lánguida entrega parecía cubrir a Bella. Su exquisita e indolente belleza, que tanto recordaba a la del cuadro, fue como un puñal clavándose en el costado de Edward. Fue a por el espejo que ocupaba la pared de detrás del caballete y lo sostuvo ante ella.

Bella alzó la cabeza. Sus ojos, nublados por el deseo, quedaron ocultos bajo sus pestañas cuando levantó la mirada hacia su imagen.

—Ohhh —susurró, sorprendida.

El reflejo le mostraba a una diosa renacentista. Parecía lucir una cruz, de diamantes y rubíes, suspendida de un lazo rojo.

—¿Es así? —preguntó con un hilo de voz.

Edward asintió. Luego, la vio observarse con admiración. Por un instante pareció que La Dame de la Croix hubiera cobrado vida.

—¿Exactamente así? —preguntó Bella.

—No —dijo él con voz ronca—. En el cuadro no lleva ropa interior.

En silencio. Bella se incorporó con sensualidad felina y lentamente se quitó las botas; luego, la ropa interior.

—¿Así? —preguntó, echándose de nuevo. Edward deslizó la mirada por su cuerpo antes de decir:

—Menos en una cosa —dejó el espejo en el suelo antes de atrapar la boca de Bella con la suya y darle un apasionado beso. Luego, echó la cabeza hacia atrás y se puso en pie. Mostrándole su imagen de nuevo en el espejo, continuó—: Así.

Bella nunca se había sentido tan viva, tan sensual. Era una Olympia contemporánea, vibrante y sexual.

En ese momento, acudieron a su mente las palabras que le había dicho su abuela: No cometas el mismo error que yo. Marie había amado a un hombre al que su familia le había obligado a abandonar.

Miró a Edward y vio las sombras que las velas proyectaban sobre su rostro, el dolor que se percibía en su mirada. Lentamente, recorrió con sus dedos su mejilla y se inclinó hacía él para besársela. Con un gemido de frustración, él la tomó entre sus brazos y la apretó contra su pecho. Sacudida por el urgente deseo que él le trasmitió y por el que ella misma sentía, sus dedos buscaron la hebilla del cinturón de Edward.

Con una mezcla de sentimiento de victoria y desesperación, Edward se dio cuenta de que sus planes estaban saliendo a la perfección, excepto en que, en lugar de producirle satisfacción, se sentía como si hubiera caído en una hoguera y su cuerpo se retorciera entre las llamas.

Tomó a Bella por los hombros y la besó vorazmente. Ella terminó de desabrocharle los pantalones y entre los dos liberaron su endurecido sexo de su prisión de tela. Edward sentía el cálido aliento de Bella en el cuello, el pulsante deseo de su cuerpo de seda. Deslizó la mano por su vientre hasta alcanzar su húmeda feminidad. El mundo se disolvió en un magma de piel y sensaciones. Bella sintió el calor estallar en su interior al sentir los dedos de Edward dibujando círculos en el centro más íntimo de su cuerpo. La luz de las velas producía destellos que parecieron converger en una bola incandescente antes de estallar en un millar de fragmentos de luz.

—Edward… ahora. Te necesito. No puedo… esperar…

Entonces Edward quiso que sus gritos de éxtasis ahogaran las voces de culpabilidad que clamaban en su cabeza, que su mirada anhelante ahuyentara los fantasmas del pasado.

La besó con ciega pasión y rodaron al suelo. Colocándola sobre sí para poder verle el rostro, la penetró con decisión. El dolor lo atravesó al sentir el cristal del suelo clavársele en la espalda. Encima de él. Bella, de una hermosura irreal, mecía las caderas rítmicamente, comunicándole sus estremecimientos de placer que se mezclaban con el agónico dolor de su piel.

La sujetó por las caderas y de pronto sintió que se detenía una fracción de segundo antes de que una sucesión de estremecimientos la poseyeran. Entonces Edward, olvidando el dolor, se entregó a la gloriosa y violenta liberación.

Bella colapso sobre él y Edward la abrazó al tiempo que le acariciaba el rostro.

Sus cuerpos temblorosos y jadeantes estaban perlados de sudor. Poco a poco, el violento ritmo de sus respiraciones fue desacelerándose y Bella, rozando con sus labios su pecho, susurró:

—Ahora lo entiendo. Gracias por mostrármelo —alzó la cabeza y tras mirarlo fijamente con ojos de ensoñación, volvió a apoyarla en su pecho antes de decir con dulzura—: Tenías razón. La Dame de la Croix no tiene nada que ver con el odio. Es un cuadro sobre el amor.