Capítulo 11
Sobre el amor.
Edward se sintió desorientado y confuso. Eso no era lo que había querido demostrarle a Bella y, sin embargo, era la primera vez que lo sentía de verdad. Para él. La Dame de la Croix era el símbolo del poder y de la tiranía, y nunca del amor.
El sentimiento que lo había guiado hasta aquel momento era la venganza. Por él estaba en aquel oscuro lugar con aquella mujer de piel de terciopelo y ojos luminosos.
Se había esforzado por ser tan cruel y frío como ellos y al lograrlo, acababa de darles la razón. Cincuenta años antes, los Delacroix pensaban que Carlisle Cullen no era lo bastante bueno como para su hija, y esa humillación le había impulsado a alcanzar el éxito.
Pero en aquel instante tuvo la dolorosa certeza de que tampoco él se merecía a Bella Swan, y nunca sería lo bastante bueno para ella.
Bella se alzó levemente y, deslizándose hacia un lado, se echó junto a él.
—No me habías dicho que eras un artista —dijo, mirándolo fijamente.
—Porque no lo soy —dijo con un tono en el que Bella creyó intuir cierto sarcasmo—. Soy un millonario especulador, ¿recuerdas?
Bella sonrió.
—Claro que lo recuerdo, pero lo que me pregunto es por qué un hombre de tu talento dedica su tiempo a ganar dinero.
Edward se incorporó, apoyó la espalda en el sofá y alargó la mano hacía su camisa.
—Sí supieras cuánto gano, no me lo preguntarías.
—Claro que sí —dijo Bella, dejando de sonreír—. Abandonar lo que amas por dinero es venderse —trazó con su dedo el dibujo del colgante mientras añadía en tono distraído—. Y no me parece que seas alguien a quien se pueda comprar por dinero.
Aquellas palabras fueron como pequeños dardos clavándose en el corazón de Edward. Se levantó y empezó a recoger el resto de su desperdigada ropa.
—No me «he vendido». Hay otras razones —le pasó la falda a Bella sin mirarla.
El tono de resignación con el que se expresó, puso a Bella en alerta. Recordó la noche en la que habían bailado en la calle y cómo había ansiado descubrir al hombre tras la máscara. También recordó la impersonal sofisticación de su apartamento y cómo, a pesar de lo que había sucedido entre ellos, se había sentido más distante de él que nunca. En aquel momento, en la penumbra de un lugar en ruinas, tenía la sensación de tener ante sí a un Edward mucho más real, menos seguro de sí mismo.
—¿Le desilusionó a tu padre que no siguieras sus pasos en el arte?
—Mí padre ni siquiera sabe que soy capaz de dibujar —dijo Edward con aspereza.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Bella, subiéndose las medías.
—Nunca lo supo. Tuve un profesor de arte que quería que estudiara Bellas Artes, así que dejé de ir a sus clases. Desde entonces, no he pintado nada —aunque hablaba con aparente calma, sus manos, al abrocharse el cinturón, se movían con brusquedad y rabia—. Carlisle nunca supo que el arte me interesara.
Bella sintió un nudo en la garganta.
—¿Por qué?
—¿Tú por qué crees? Él podía haber sido uno de los pintores más famosos de su generación, pero lo perdió todo en el incendio. ¿Cómo iba a experimentar yo lo que tendría que haber vivido él?
Bella se puso en pie. El corazón le golpeaba el pecho como si quisiera escapar y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para contener las lágrimas.
—¿Por eso concentraste tu energía en alcanzar el éxito por otras vías?
—Algo así —dijo Edward con una amargura que no logró ocultar y por la que se odió.
Mentirle le hizo sentirse despreciable, pero la verdad era demasiado cruel como para expresarla. El motor de su ambición había sido demostrarle a la familia de Bella que era alguien, ser tan poderoso y rico como ellos para que algún día pagaran por lo que habían hecho.
Y ese día había llegado.
—Háblame del incendio —dijo ella con dulzura.
Edward cerró los ojos. Una voz en su interior le gritaba, sarcástica: «Venga, díselo, cuéntale cómo Philippe Delacroix lo provocó para quitar a Carlisle Cullen todo lo que poseía. ¿No era eso lo que querías todo este tiempo, que supiera de lo que su familia es capaz?».
—No hay nada que contar —dijo con aspereza—. Sucedió antes de que yo naciera. Carlisle había trabajado para una gran exposición en una prestigiosa galería, y perdió toda su obra.
—¿Y sus manos resultaron tan dañadas que ya no pudo pintar?
El tono compasivo de Bella, tan dulce como una caricia, lo perturbó.
—Sí —contestó—. Entró para salvar el único cuadro que le importaba: La Dame de la Croix.
«El cuadro por el que tu familia había quemado la casa».
En silencio, Bella fue hacia él y, abrazándolo por detrás, apoyó la cabeza en su espalda. Edward no pudo contener un leve gemido de dolor. Bella se separó y dejó caer los brazos automáticamente.
—¿Qué pasa?
—Nada, nada.
Había un cierto paralelismo poético, pensó Edward amargamente. Su intención inicial había sido seducirla para hacerle sufrir. Pero lograrlo le había causado a él el dolor físico que sufría en aquel instante.
Se trataba de un acto de justicia que casi le alegraba.
Fuera, llovía.
Había un cielo gris plomizo y persistía la luz amarillenta que dotaba a todo de un aire fantasmagórico. Bella alzó el rostro a la lluvia y recordó la sensación de salir al aire libre desde la oscuridad de un cine.
De pequeña adoraba ir al cine. Había constituido el refugio en el que canalizar las pasiones y emociones románticas que en su familia estaban prohibidas. Y en aquel instante, emergiendo a la luz del día y respirando el fresco aire otoñal se sintió liberada de todas las limitaciones.
Toda su vida se había puesto a sí misma en último lugar, adaptándose a los valores de su familia relativos al deber y la obediencia, sacrificando su libertad por el honor de los Swan-Delacroix. Había sido siempre una buena chica, y por fin tenía una recompensa.
En la distancia, su familia no resultaba tan poderosa. Philippe Delacroix había hablado de CarlisleCullen con amargura y desdén, pero él no parecía más que un viejo retorcido refugiado en una casa que era como un gran museo sin vida. Casi le daba pena.
De hecho en aquel instante, al mirar a Edward, que le había pasado el brazo por el hombro y la miraba a su vez con expresión inescrutable, sentía lástima por cualquiera que no fuera ella. Por primera vez en su vida, se sentía feliz de ser quien era.
—Te has puesto el jersey al revés —le dijo él al oído.
Bella sonrió con picardía.
—Da lo mismo, pienso quitármelo en cuanto lleguemos a casa.
—¿Eso es una promesa?
Bella sintió una oleada de calor y observó a Edward un instante. Con el cabello cobrizo mojado por la lluvia cayéndole parcialmente sobre la piel cetrina y los ojos verdes, despertaba en ella un deseo salvaje, le hacía sentir viva, vibrante… Todos los sentimientos de los que su hermano James y la terapeuta habían intentado alejarla.
Pero Bella acababa de llegar a la conclusión de que ésa era su verdadera naturaleza. Y una vez más recordó algo que le había dicho su abuela: Eres capaz de amar apasionadamente…
Alzó la mano hacia la mejilla de Edward.
—Hoy he aprendido muchas cosas gracias a ti —dijo con dulzura.
Con expresión de tristeza, Edward se encogió de hombros.
—Ha sido un placer —le cerró el abrigo hasta el cuello y tiró de ella hacia sí. Tras besarle la frente, añadió—: Yo también he aprendido algo.
Súbitamente, Bella dio un salto hacia atrás y, llevándose las manos a la boca con ojos de espanto, exclamó:
—Dios mío, Dios mío…
Por un instante, Edward tuvo el espantoso presentimiento de que había adivinado lo que tramaba.
—¿Qué pasa?
Bella ya había echado a correr. Por encima del hombro gritó:
—¡El coche de Celia! ¡He dejado la capola bajada!
Edward suspiró aliviado. El coche podía ser reemplazado. Volver a la normalidad en otros aspectos iba resultar mucho más laborioso.
Caminó apresuradamente tras ella, arrancando unos hongos que vio al pie de un árbol. Para cuando alcanzó a Bella, ella ya estaba sentada en el mojado asiento y arrancaba el motor para subir la capota. Alzó la mirada y le dedicó una sonrisa que incendió el interior de Edward.
—Y yo que creía que no podía sentirme más húmeda… —dijo con picardía.
Aunque Edward se había jurado no darle la oportunidad de dejarlo plantado una tercera vez, cuando Bella arrancó no se sintió enfadado.
Las circunstancias habían cambiado y se habían complicado extraordinariamente.
.
.
.
En el futuro. Bella no recordaría nada del recorrido hasta la casa, excepto la excitación que le causaba saber que Edward iba detrás de ella. Sentía su cuerpo pleno, vivo, como si acabara de pasar por un bautismo de fuego y hubiera emergido renovada.
Miró por el espejo retrovisor. Edward mantenía una expresión neutra, inexpresiva, pero eso no impidió que ella sintiera una explosión de fuegos artificiales en su interior. Debajo de aquella máscara y de la apariencia de hombre rico, había otro de carne y hueso.
—Vamos.
Bella se sobresaltó al darse cuenta de que se había quedado ensimismada, dentro del coche, delante de la casa. Edward se inclinó hacía el volante para parar el motor, luego abrió la puerta y la ayudó a bajar.
Tenía la falda empapada. Edward arqueó una ceja:
—Te has mojado.
—Sí —dijo ella, sonriendo—. Tengo que secarme.
—No vale la pena —dijo Edward con expresión enigmática.
Bella lo miró. El agua se deslizaba por su cabello, por el cuello del abrigo que él le había puesto y que olía a su aroma. Sintió un escalofrío.
—Tienes razón. No vale la pena.
Sin dejar de mirarla, Edward la tomó en brazos y la condujo hasta el dormitorio. Allí la dejó en el suelo.
—Desvístete —dijo con voz ronca, separándose de ella.
—¿Dónde vas?
—A preparar un baño.
Una vez sola. Bella se quitó la ropa y se quedó desnuda en medio de la habitación. Sentía la piel fría y caliente a un mismo tiempo.
Ardiente y hermosa.
Edward había adivinado su verdadera naturaleza antes que ella misma. O quizá, aunque la conociera, no había querido admitirla hasta que él se la había mostrado. Con la mirada perdida, buscó su imagen en el espejo. La cruz pintada parecía una joya de verdad, sus ojos tenían un resplandor audaz y sus labios parecían oscuros rubíes.
Edward apareció a su espalda. Bella le vio posar las manos en sus hombros, sintió sus dedos masajearle la nuca. El agua de la lluvia se deslizó desde su cabello hacia su pecho, difuminando la cinta de la cruz y dándole la apariencia de una gota de sangre.
—Es tan perfecto… —dijo ella con voz ronca—, que no puedo soportar que vaya a desaparecer.
En el espejo vio a Edward deslizar la mirada por su cuerpo con aquella característica mirada inescrutable que le hacía estremecer y que provocaba que la sangre se le agolpara en la pelvis.
—Entonces, permíteme… —susurró él.
A continuación, se chupó el dedo pulgar y emborronó la cruz. Bella contuvo el aliento.
—Pertenece al pasado —explicó él. Y sin darle tiempo a reaccionar, la tomó en brazos y la llevó al cuarto de baño.
El vapor creaba una nebulosa que lo envolvía todo, dándole un aire de irrealidad. En el alféizar de la ventana había una botella de vino y dos copas. Bella sonrió.
—Piensas en todo.
—Métete en la bañera.
—Sólo si tú me acompañas.
Bella le desabrochó la camisa y, en el instante de retirársela de los hombros vio una expresión de dolor cruzar el rostro de Edward. Bella deslizó las manos por su espalda al tiempo que lo rodeaba para mirársela.
—¡Dios mío, Edward! ¡Dios mío! —exclamó con sorpresa y compasión.
La oscura piel de su ancha espalda estaba llena de cortes y de sangre seca. Bella los acarició con delicadeza al tiempo que recordaba los cristales de la cabaña.
—¿Por qué no has dicho nada? —preguntó. Y sintió los músculos de Edward contraerse cuando éste se encogió de hombros.
—Parar hubiera sido aún más doloroso.
Bella sintió una oleada de ternura y de deseo. Sus pezones se endurecieron y una pulsante sensación se instaló en su pelvis. Rodeó la cintura de Edward por detrás y, aunque él aparentemente no reaccionó, los músculos de su estómago se encogieron al paso de la mano de Bella hacía su sexo endurecido. Entonces lo recorrió un temblor y Bella, actuando sin ningún control, le desabrochó el pantalón al tiempo que lamía y besaba su espalda. Edward puso sus manos sobre las de ella para ayudarla con sus ciegos movimientos hasta que súbitamente, se giró y la estrechó contra sí, atrapando su boca con voracidad.
Luego la depositó en el baño y se metió tras ella. Bella echó la cabeza hacia atrás y buscó de nuevo sus labios, besándolos con delicadeza, acariciándolos con su lengua. Podía sentir su erección contra su vientre y la anticipación de sentir a Edward en su interior le hizo estremecer. Sin pensárselo, se sumergió en el agua y lo atrapó en su boca, cerrando los labios en torno a él.
Cuando emergió del agua para respirar, Edward la tomó por debajo de los brazos y la desplazó para colocarse sobre ella. Bella rodeó las caderas de Edward con sus piernas para presionarlo contra sí al tiempo que él la penetraba de un solo empuje. Bastó con que viera la mirada de Bella enturbiada por la pasión para que estuviera a punto de estallar, aun antes de sentir su pulsante interior rodeándolo, contrayéndose alrededor de su sexo. Agachó la cabeza y la oyó gemir cuando atrapó entre sus dientes un rosado pezón.
El agua se desbordaba y sacudía los bordes de la bañera a su alrededor al compás de sus movimientos, tan complementarios que parecían formar un solo cuerpo. Bella hundió los dedos en el cabello de Edward, luego elevó los brazos por encima de la cabeza, arqueándose frenéticamente contra él, hasta que bajándolos de nuevo y asiéndose a sus brazos, una serie de temblores se apoderaron de ella hasta alcanzar el clímax.
Cuando las contracciones remitieron, se abrazó a Edward y fue entonces él quien se dejó ir. Y cuando colapso sobre ella tuvo la extraña sensación de haber llegado a casa.
Después, permanecieron en el agua, bebiendo vino mientras sus pulsaciones recuperaban el ritmo normal. La realidad se habían fundido en una acogedora nebulosa, y el futuro y el resto de la gente eran algo remoto e incomprensible.
Edward pasaba la mano por el hombro de Bella, acariciaba su mano, su muñeca. Al sentir la fina piel de la cicatriz que tatuaba su fina piel, la sacó del agua para mirarla; luego, la besó.
Ninguno de los dos dijo nada. Habían sido tocados por un frágil hechizo que ninguno de los dos parecía querer romper.
