Capítulo 12
Edward miro con indiferencia su Blackberry. Por primera vez en su vida, las cifras le daban lo mismo. Pero desde aquella mañana habían cambiado muchas cosas.
Eso no significaba que pudiera perder el control. Si era tan bueno en lo suyo se debía a que siempre estaba alerta, a que nunca había perdido de vista el objetivo de hacer dinero. Era lo que lo definía. La necesidad de probarse a sí mismo, de demostrar su valía.
Tras comprobar que no se había producido cambios de importancia, dejó la Blackberry a un lado y miró a su alrededor. El olor a humo de la chimenea, la habitación en penumbra, la oscuridad tras los cristales… desde el piso superior llegaban las pisadas de Bella sobre el suelo de madera.
Era un mundo completamente distinto a su nítido y tecnológico apartamento de Park Lane donde solía llevar a las mujeres con las que se entretenía por un tiempo. Algo que no hacía muy a menudo.
Ellas siempre querían que les dedicara más tiempo, mientras que él prefería trabajar. Aquellas mujeres se habían enamorado del monstruo que había creado. Adoraban una figura de cartón piedra, una efigie.
Tomó los hongos que había recogido al salir de la cabaña y sacó un cuchillo. Tenía el mango de madera gastado y suave por el uso de los años, y encajaba en su mano como no encajaban los sofisticados utensilios de titanio de su cocina. Ni siquiera recordaba la última vez que los había usado, o que había preparado algo de comer.
Y en ese momento fue consciente de que se equivocaba, de que no había alcanzado el éxito, de que había perdido el contacto con sus raíces. Por eso se había rodeado de personas que actuaban de la misma manera. Intentó imaginar en aquella casa a cualquiera de las mujeres con las que se relacionaba, y la idea le resultó tan absurda que casi se echó a reír.
—¿Estás cocinando?
Levantó la vista. Bella estaba en el umbral de la puerta, con el cabello húmedo peinado hacia atrás y las mejillas coloreadas por el vapor y el sexo. Llevaba una camiseta de él que le llegaba a la mitad del muslo, y el resto de sus gloriosas piernas quedaba al descubierto.
—¿Tan raro le parece? —preguntó un tanto ofendido, aunque él mismo había pensado hacía unos segundos que ya casi no lo hacía.
Bella fue a su lado y sonrió.
—No. Me admira —tomó uno de los hongos y lo acarició antes de olerlo.
Edward encontró el gesto irresistiblemente sensual, y tuvo que girarse para no sucumbir a la tentación de deslizar sus manos por debajo de la camiseta y sentir su piel desnuda.
—Cuando era pequeño —dijo con más brusquedad de la que pretendía mientras cortaba uno de los hongos—, tuve que aprender a cocinar. Carlisle no se ocupaba de las tareas domésticas.
—¿Y tu madre?
Edward se quedó en suspenso una fracción de segundo.
—Nos dejó cuando tenía dos años —dijo finalmente.
—Lo siento, no debía haberte preguntado.
Edward salteó los hongos.
—No pasa nada. Era una estudiante de Arte que quiso hacer su proyecto de fin de carrera sobre mi padre. Supongo que después de tantos años de inactividad, le halagó que alguien se interesara por él. Ella localizó la mayoría de sus cuadros y pensó en organizar una exposición, pero el proyecto se canceló cuando quedó embarazada —hizo una pausa. Los hongos impregnaban el aire de un delicioso aroma. Bella no se atrevió a hablar—. Supongo que creyó que mi padre llegaría a amarla, pero eso era imposible.
—¿Por qué?
Edward echó arroz en la cazuela.
—Porque seguía enamorado de Marie. Ninguna otra mujer podía comparársele. Imagino que mi madre sólo fue un breve paréntesis en su soledad —miró a Bella esbozando una sonrisa de melancolía—. La utilizó, pero acabó pagando por ello.
—¿A qué te refieres?
—Ella lo abandonó y le dejó con un hijo que nunca había deseado, de una mujer a la que nunca amó.
La aparente ausencia de emoción con la que dijo aquellas palabras hizo estremecer a Bella. Llegando a conclusiones precipitadas, le había acusado de descuidar a su padre, cuando quizá la verdad era lo contrario.
—Pero seguro que tu padre te quería —dijo, titubeante—. ¿Nunca estuvisteis unidos?
—Creo que su amor por Marie absorbió toda su capacidad de amar. Por eso se quedó aquí.
—¿Por si volvía?
—En parte sí. Y en parte porque quería demostrar que no tenía nada de lo que arrepentirse.
—¿En qué sentido?
—¿Recuerdas lo que te ha contado tu tío? Pues precisamente para acallar los rumores de que había pintado el cuadro para chantajear a tu familia.
—Fue muy valiente —dijo Bella con un hilo de voz.
Edward frunció el ceño. Nunca lo había visto desde esa perspectiva. Para él, la actitud pasiva de su padre no era más que la prueba de su total claudicación. Pensaba que, de ser valiente, se habría marchado. No se había dado cuenta de que al huir del pasado y de sus problemas para alcanzar el éxito de los Delacroix, era él el cobarde. De pronto lo veía todo con una nitidez meridiana.
—Lo siento mucho, Edward. Está claro que mi familia os ha causado mucho dolor.
—Ya no importa. Forma parte del pasado.
Las palabras surgieron mecánicamente, y sin embargo, por primera en su vida, Edward pensó que podían ser verdad.
Comieron delante del fuego, en el suelo, en una atmósfera tranquila y silenciosa.
Bella dejó el plato a un lado con un gran suspiro y apoyó la espalda en el sofá.
—Estaba delicioso, gracias. Yo no sabría por dónde empezar. Especialmente para elegir los hongos. ¿Cómo sabes que son comestibles?
Edward se encogió de hombros.
—No lo sé. Lo he supuesto.
Bella lo miró con los ojos desorbitados.
—¡Dios mío, Edward, pueden ser venenosos! ¿Cómo has podido…? —dejó la frase en el aire al ver la sonrisa que bailaba en los ojos de Edward—. Me estás tomando el pelo.
—Pues claro, ¿no ves que crecí aquí? Puedes vestir al chico de campo de hombre de ciudad —dijo con sorna—, pero no puedes erradicarlo.
Bella se inclinó hacia él y Edward le hizo sitio para que apoyara la cabeza en su pecho. La sensación era tan placentera, que Bella casi no se atrevía a respirar por miedo a romper el encantamiento.
—Tienes razón. Lo intuí en cuanto le vi en la sala de subastas.
—¿Qué? ¿Que era un campesino? —preguntó él, sonriendo.
—¡No! Tu…naturalidad. Luego pensé que eras un hombre solitario… Ahora sé que eres un superviviente, que puedes adaptarle a cualquier situación y que no necesitas a nadie.
Hubo una pausa prolongada en la que sólo se oyó el crepitar del fuego.
—Puede que sí —dijo finalmente Edward.
Apretando a Bella contra sí, se pasó la mano libre por el rostro. Luego, le tomó la muñeca y acarició la cicatriz que, a la luz de las llamas, parecía una fina pulsera.
—Tú también eres una superviviente —dijo con voz ronca—. ¿Qué pasó?
Bella se tensó durante una fracción de segundo. Luego suspiró profundamente y empezó:
—Una mezcla de vergüenza, culpa, sentimiento de humillación —dijo con una risa seca—. ¿Quieres que siga?
—Sí, pero empieza por el principio —Edward aspiró el aroma a jazmín que emanaba de su cabello. La idea de que hubiera sufrido le resultó casi insoportable.
—Ni siquiera sé por dónde empezar —dijo ella—. Siempre me he sentido la oveja negra de la familia. James era listo y ambicioso, mientras que yo no encajaba.
Edward le acarició el brazo esperando a que siguiera.
—Lo único que me interesaba era hacer Bellas Artes. Mis padres querían que hiciera algo sensato, pero por una vez en mi vida, luché por lo que quería y lo logré. ¡Me sentí tan libre! —Edward pudo percibir una sonrisa en sus labios. Luego, en tono de amargura, añadió—: Hasta que apareció Mike Newton, el artista atrevido, siempre rodeado de modelos y músicos. Una tarde me invitó a tomar una copa.
—¡Qué listo! —murmuró Edward, odiando al hombre aun sin conocerlo.
—¡Me sentí tan halagada…! Jamás se me pasó por la cabeza que lo que le interesara fuera mí apellido. Era mi primer novio y me enamoré locamente de él. Hasta que…
Un escalofrío la sacudió y Edward incrementó la presión de su brazo, como si con ello pudiera protegerla.
—¿Era el tipo de la Tate, verdad, el que expuso tus fotografías?
—Así es —dijo Bella sarcástica—. Resultó que lo que quería era utilizarme para crear una pieza provocadora. Como para el resto del mundo, para él yo no era nadie, sólo un apellido: Swan —rió con rabia—. Aprendí la lección y me obligó a enfrentarme a la verdad que llevaba negando toda mi vida.
—¿Cuál?
—Que haga lo que haga para convertirme en mí misma, siempre seré la nieta, la hija o la hermana de alguien.
Edward sintió una opresión en el pecho. Quería gritar que se equivocaba, pero las palabras se congelaron en su garganta. Después de todo, ¿no era él culpable de eso mismo?
—Cometí una estupidez —continuó Bella—. Me sentía tan mal que quise hacer mí dolor visible. Apenas recuerdo nada, excepto el instante en que confirmé que la exquisita sangre Swan era igual a las demás. Luego, James apareció y se ocupó de todo.
En el hogar sólo quedaban unas brasas. Edward se irguió para avivarlas y al sentir el dolor de la espalda quiso concentrarse en él como si con ello expiara sus culpas.
—Le debo una disculpa a James —dijo, apretando los dientes—. Lo juzgué erróneamente.
Como a ella. Bella suspiró.
—Sé que está obsesionado con controlarlo todo, pero se preocupa sinceramente por mí. De no ser por él, no estaría aquí.
—Entonces, debo darle las gracias —dijo Edward con voz ronca.
Echó la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en el asiento del sofá y cerró los ojos.
Todas sus certezas estaban siendo pulverizadas. Instintivamente, había odiado a Mike Newton al verlo con Bella. Pero lo peor era reconocerse en él.
