Capítulo 13

Cuando Bella despertó era de día y supo, al instante, que Edward no estaba a su lado. Se incorporó con cara somnolienta y lo buscó en el espacio vacío que quedaba en la cama. Pero las sábanas estaban frías. Se levantó y bajó con el corazón en un puño. En el piso inferior se proyectaban las sombras de la luz del amanecer. Aguzó el oído. Nada.

Entonces, al mirar hacia un lado, creyó percibir movimientos tras una puerta entreabierta. Se acercó de puntillas. Frente a la ventana, Edward miraba las capas de neblina que, como velos, se superponían en los campos. Iba en vaqueros, pero tenía el torso desnudo, y su actitud hizo pensar a Bella en la noche en que lo había visto recortado contra las luces de Londres, en su apartamento.

Sin pensárselo, caminó hasta él y le rodeó la cintura por la espalda.

—¿Qué haces? —preguntó en un susurro.

—Tengo que irme —dijo él en tono distante. Se deshizo con firme suavidad de sus brazos y la miró de frente—. He de ir a París por un asunto relacionado con esto.

Fue hacia una cómoda y tomó lo que parecía un rollo de tela rígida. Impasible, Edward se la mostró: La Dame de la Croix.

Era tal y como Edward se la había mostrado el día anterior. Por un instante el tiempo se paralizó y Bella no supo si se miraba a sí misma a los ojos o a los de su abuela.

—¡Edward, es maravilloso!

—Así es —se limitó a decir él.

—¡Y aún más maravilloso es que lo hayas encontrado después de tantos años y que lo hayas traído!

—Y que le haya encontrado a ti al mismo tiempo.

—Por azar o por el destino —dijo ella con dulzura—. Siento que ese mismo destino haya hecho que mi familia os hiciera daño.

—También tú has sufrido, pero ya se acabó. Forma parte del pasado.

La determinación en sus palabras hizo que sonaran más como una promesa que como una simple afirmación. Bella hubiera querido que la tomara en sus brazos, sentirse segura de nuevo, pero Edward se alejó y se puso la camisa.

Ya vestido, fue como si se distanciara de ella, como si ya hubiera partido.

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Mientras se alejaba a toda velocidad con los labios aún calientes del último beso de Bella, Edward sintió crecer la impaciencia en su interior. Apenas se había marchado y ya quería estar de vuelta. En casa. Un sentimiento que jamás había pensado llegar a tener.

La noche anterior, con Bella apoyada en su pecho, había atisbado una paz que jamás había sentido antes. Por un instante. Bella le había hecho sentirse bien consigo mismo, con su pasado y con su torturado padre. Ella lo había aceptado todo con naturalidad y le había hecho sentir lástima de no haberlo aceptado él mismo con anterioridad.

Pero gracias a ella ya no se avergonzaba del pasado. Sin embargo, la espantosa contradicción era que la culpabilidad que pesaba sobre su conciencia se había multiplicado. Se había propuesto torturarla, y si no paraba el artículo de Veronique Lemercier, lo conseguiría.

En un par de días, el gran escándalo de los Delacroix, el romance, el cuadro, el incendio, el chantaje, sería desvelado en la prensa de toda Europa. Desde que tenía uso de razón había querido sacar a la luz lo que habían hecho Philippe Delacroix y PaulSwan, pero de pronto sentía un deseo mucho más acuciante: el de proteger a Bella.

Cuando llegó al hospital, Carlisle estaba despierto y Edward se sintió culpable al ver cómo se le iluminaba la mirada al verlo. Frunció el ceño sin saber cómo empezar a tender un puente sobre el abismo que los separaba. Las cerúleas manos de Carlisle descansaban sobre la blanca sábana y, titubeante, Edward las cubrió con las suyas. Era tan buen comienzo como cualquier otro.

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El sol caldeaba la espalda de Bella cuando detuvo el coche frente a la casa. Hacía otro dorado día de otoño, y Bella se descubrió sonriendo al abrir la puerta cargada de paquetes.

El aroma familiar a humo y manzanas la envolvió mientras cruzaba la habitación para depositarlos sobre la mesa. Parecía imposible haber ido a aquella casa tan en contra de su voluntad y sentir, desde el primer instante, algo tan especial por aquel destartalado e irregular espacio.

En él se había encontrado a sí misma… y a Edward, y aunque no habría sabido explicar por qué, tenía la certeza de que no podía haber sucedido en ningún otro lugar.

Miró los paquetes con satisfacción. Tras la partida de Edward, se había vestido y había ido a visitar el mercado de antigüedades del pueblo más próximo. Había conseguido sábanas de lino, maceteros de hierro forjado, unos preciosos candelabros que constituirían el regalo de boda perfecto para James y Victoria, y, el que representaba su más valioso hallazgo: un mantón idéntico al que lucía Olympia, que en aquel momento acarició con dedos temblorosos.

Quizá aquella misma noche sentiría la seda rozar su piel desnuda.

Llevándoselo al pecho, recordó la noche anterior, el sexo tierno y apasionado, el hambre que Edward había despertado en ella. También cómo a pesar de su rostro impenetrable, su cuerpo le había transmitido intensas emociones, como cuando le había acariciado y lamido, y él la había sujetado con fuerza a la vez que gritaba su nombre.

El dolor era cosa del pasado. Había llegado el momento de la sanación y del placer… comenzando por aquella misma noche, cuando Edward volviera de París y ella le esperara con la cena preparada.

Pero primero, encendería el fuego. Limpió las cenizas, rellenó la cesta con leños y buscó periódicos. Finalmente, los encontró en el último estante de una polvorienta estantería, dentro de una caja. Sacó el primero y, ya estaba a punto de arrancar una página cuando se detuvo.

Tenía el papel amarillento y quebradizo, y vio que era de noviembre de 1954. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo según leyó precipitadamente la portada.

El nombre aparecía en grandes letras: DELACROIX.

Bella se sentó en los talones con manos temblorosas. Por un instante permaneció paralizada en medio de la alfombra donde la noche anterior Edward y ella habían hecho el amor. Luego sacó todos los periódicos de la caja y empezó a leer.

Una hora más tarde, cuando se puso en pie con piernas inseguras, las nubes habían oscurecido el cielo. Se asió a la estantería para ayudarse mientras la sangre volvía a sus pies y su cerebro trataba de asimilar lo que acaba de descubrir.

Luego, recogió todos los periódicos y buscó la llave del coche. Apenas podía contener la ira.

Philippe Delacroix había recurrido al chantaje y al soborno para no tener que admitir ante el juez lo que le había hecho a Carlisle, pero ella le obligaría a decir la verdad.