Capítulo 15

Era como un sueño, o una película. Antes de que el eco del disparo se ahogara. Bella palpaba el cuello de Edward en busca de pulso mientras la mancha roja de su camisa se agrandaba como un capullo de rosa abriendo sus pélalos. Cerró los ojos y dio un trémulo suspiro al encontrar un débil pulso. Luego alzó la mirada. Philippe estaba de pie, paralizado, con el brazo en el que sostenía el rifle estirado en un extraño ángulo, casi como si pretendiera que no tenía nada que ver con él. Bella notó que su rostro estaba deformado en una mueca de desconcierto, pero estaba demasiado preocupada por Edward como para prestarle más atención.

Edward, Edward, Edward, cuya cara tenía el blanco color de la muerte, cuya cálida sangre le manchaba las manos. Edward, que no la amaba, que la había utilizado.

Y en medio de aquella pesadilla, eso era lo único real, el único dato que había quedado grabado en su mente.

Con manos temblorosas buscó el móvil en los bolsillos de Edward. Lo encontró y lo miró con expresión vacía. No sabía usarlo.

—Mira…

Edward había abierto los ojos. Su voz fue apenas un susurro. Con un esfuerzo sobrehumano, levantó una mano y cuando Bella le dio el teléfono, alzó la cabeza apretando los dientes con gesto de dolor. Ella le puso las rodillas de almohada y Edward, tras presionar unos botones, le devolvió el teléfono.

Por segunda vez en el mismo número de días, Bella se encontró llamando a una ambulancia.

Edward cerró los ojos y Bella se preguntó cuánto resistiría.

Philippe había desaparecido sin que ella lo notara y el único sonido que se oía en la habitación era la respiración entrecortada de Edward. No sabía qué hacer, se sentía como si fuera tragada por arenas movedizas.

No la amaba, la había utilizado. Desde el principio sabía quién era. La odiaba.

—Bella… —Edward la miraba con ojos febriles, el rostro contraído en una mueca de dolor—. Lo que he dicho antes… —cerró los ojos. Cada palabra salía de su boca como si fuera una cuchilla corlándole la garganta.

Bella posó la mano en su mejilla.

—Shhh —musitó, sacudiendo la cabeza—. No hables.

El pánico empezaba a apoderarse de ella. La respiración de Edward se hacía más difícil con cada segundo que pasaba. Sin saber qué otra cosa hacer, le abrió la camisa para dejarle la herida al descubierto. Por un instante, su belleza la apabulló. Su piel, tan blanca como el mármol, le daba la apariencia de una escultura. La mancha escarlata resultaba extrañamente hermosa.

Pero la gravedad de la situación la asaltó de inmediato. Inclinándose hacía adelante, observó la herida.

—Para… la sangre…

Tuvo la sensación de haber hablado en alto. La voz de Edward sonó ronca, ni siquiera pudo abrir los ojos. Pero seguía vivo.

—¿Qué debo hacer? —preguntó ella.

—Aprieta…fuerte.

Bella sintió los helados dedos de Edward cerrarse sobre los de ella, al tiempo que le colocaba la mano sobre el corazón. Una lanza se clavó en el de ella. Lo odiara o no en aquel instante, lo cierto era que lo amaba y ese sentimiento era tan incontenible como la sangre que brotaba del pecho de Edward. Y era igualmente doloroso.

Poco a poco, las facciones de Edward se relajaron, y las líneas de dolor de su entrecejo se difuminaron. Con el paso de los minutos, los rincones de la habitación fueron conquistados por la sombra, la mano de Bella se quedó entumecida apretando el pecho de Edward, y su mundo quedó reducido al rápido latir de su corazón y a su agitada respiración.

Cuando percibió por el reflejo en las paredes, la luz azul de la ambulancia, casi le desilusionó saber que tendría que dejarle ir.

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Edward se deslizaba entre el sueño y la vigilia y en su mundo la única realidad eran las sensaciones físicas. El duro suelo bajo la espalda, el frío invadiendo sus huesos, la mano de Bella. Y el dolor. El dolor por encima de todo lo demás. Lo paralizaba, le impedía hablar. Necesitaba decirle a Bella que lo que le había dicho a Delacroix era mentira, pero apenas podía respirar y sabía que debía permanecer inmóvil y ahorrar oxígeno si es que quería sobrevivir.

Y tenía que sobrevivir para hacer y decir muchas cosas. «Te quiero». Haciendo acopio de fuerzas, abrió los ojos. Fogonazos marrones, voces, pasos. El rostro de Bella inclinándose sobre él. Lloraba.

Edward frunció el ceño.

—No…llores —el pecho le ardía y hablar le quemaba, pero tenía que decirlo—. Te…

Bella se separaba de él.

—Ya están aquí —susurró.

Edward sintió un calor recorrerle el brazo y luego, de nuevo, la oscuridad.

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Contemplando un nuevo amanecer. Bella reflexionó sobre la extraña percepción del tiempo que se tenía en situaciones extremas. La noche en la sala de espera del hospital de París se le hizo eterna y sin embargo, el día anterior, despertando en la cama que todavía conservaba el olor de Edward, parecía haber transcurrido hacía unas horas.

Las palabras que le había dicho entonces reverberaban en su mente: Parece que estemos destinados a causarte dolor. En aquel instante, mientras esperaba sentada en la vacía sala de espera, resultaban premonitorias.

En el hospital de Rouen no habían podido tratar a Edward. La bala había destrozado varias costillas y le había perforado el pulmón. Lo habían estabilizado en la ambulancia, pero necesitaba ser operado de urgencia. Bella siguió al vehículo en un coche de policía. El único sentimiento que atravesaba la niebla de su mente era el de la culpabilidad. En realidad no creía tener derecho a seguirlo, puesto que él no la amaba, era su propio egoísmo lo que la obligaba a permanecer junto a él por el mayor tiempo posible.

Una robusta enfermera con expresión preocupada apareció ante ella con una amable sonrisa. Bella no apartó los ojos de un reloj de pared, temiendo colapsar si no mantenía sus emociones bajo un férreo control.

Monsieur Cullen había salido del quirófano hacia unos minutos. Sus heridas, aunque graves, no eran mortales y, milagrosamente, su corazón estaba intacto.

Bella asintió. Esa parte de la información la conocía. Era su corazón el que había resultado herido.

—Ha preguntado por usted, chérie —dijo la enfermera.

Bella por fin se decidió a mirarla y vio que la contemplaba con expresión compasiva.

—¿De verdad? —musitó.

La enfermera sonrió abiertamente.

—En cuanto ha despertado de la anestesia ha intentado levantarse —sacudió la cabeza—. Insistía en hablar con usted. Tiene la fuerza de diez hombres. Es un superviviente nato.

Bella fue apresuradamente a la habitación de Edward, consciente de que tenía un aspecto deplorable, pero impulsada por la pequeña chispa de esperanza que la enfermera había prendido al describir la actitud de Edward.

Entubado y rodeado de máquinas, yacía dormido. Y Bella sintió un amor desbordado al ver la expresión tranquila de su rostro. Vacilante, le acarició el interior del brazo.

El se volvió al instante, como si estuviera esperándola. Expectante, Bella lo observó volver de un lugar de sombras y dolor. Edward flexionó los dedos y musitó:

—Veronique…

Aunque Bella siguió acariciándole el brazo, el resto de su cuerpo quedó paralizado. —Necesito… Veronique…

Bella sintió náuseas. La enfermera no tenía por qué saber que su nombre no era Veronique, que no era por ella por quien Edward preguntaba. Retiró la mano como si le quemara al tiempo que Edward intentaba incorporarse y quitarse el gota a gota. Bella dio un paso atrás, llevándose una mano a la boca cuando la maquina que lo monitorizaba empezó a emitir un agudo pitido. El rostro de Edward se contorsionó en una mueca de dolor. Sus labios pronunciaban la misma palabra una y otra vez:

—Veronique.

Por el pasillo se oyeron pisadas aproximándose. Dos enfermeras irrumpieron en la habitación y fueron hacia él, tranquilizándolo, comprobando las conexiones, apretando botones. Bella, en el umbral de la puerta, se sintió una impostora. Debía marcharse. Ya. Pero…

—¿Bella? ¡Cariño, por fin te encuentro!

Por un instante, creyó estar alucinando, pero se encontró aprisionada en un abrazo. Victoria.

—¡Cariño, menos mal! James está al borde de la histeria. He venido en cuanto supimos lo de Philippe. ¡Ha debido ser espantoso!

Cuando Victoria la sacó suavemente de la habitación, el dique que contenía el llanto de Bella se rompió. Victoria la abrazó y consoló, hasta que Bella sintió los ojos hinchados y doloridos y la chaqueta de Victoria estuvo empapada.

—Oh, Victoria —dijo con la voz rota—, ha sido espantoso. ¡Cuánto me alegro de que hayas venido!

—Y yo de estar aquí. Vamos al hotel. Necesitas descansar.

Bella se mordió los labios para contener el llanto y asintió.

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—¿Qué hora es?

Victoria sonrió.

—Las ocho y medía.

—¡He dormido todo el día! —dijo Bella, frotándose los ojos.

—Y toda la noche. Lo necesitabas.

Victoria cruzó el dormitorio del hotel y abrió las cortinas para dejar entrar el sol.

—Son las ocho del domingo.

Bella se incorporó al tiempo que se retiraba el cabello de la cara. En cuanto la realidad se hizo un hueco en su consciencia, sintió el mismo dolor que el día anterior.

—¿Edward? —preguntó angustiada—. ¿Cómo está?

Victoria se acercó a la cama y posó una mano en su hombro.

—Está bien. James ha llamado hace media hora, después de hablar con el hospital y Edward evoluciona muy bien. No debes preocuparte.

Bella se dejó caer sobre las almohadas y desvió la mirada.

—Estoy bien.

—Yo no estoy tan segura —dijo Victoria con dulzura—. Has pasado por una experiencia muy dolorosa y sería mejor que hablaras de ello.

—No tengo nada que decir. He vuelto a equivocarme —miró a Victoria con los ojos humedecidos—. Me he enamorado de alguien que me estaba utilizando. Aunque esta vez es aún peor, porque él está enamorado de una tal Veronique.

Victoria sacudió la cabeza con expresión de incredulidad.

—Cariño, me refería a lo que sucedió con Philippe; al disparo —hizo una pausa—. Voy a hacer café, y quiero que me cuentes todo desde el principio.

Y así, rodeando la taza con sus manos. Bella comenzó con la primera noche en Londres, cuando Edward la había devuelto a la vida; y continuó con la casa en Francia, donde Edward, al calor del fuego, la había estrechado en sus brazos mientras ella desnudaba su alma ante él.

Victoria escuchó sin interrumpir.

—Ha sido tan súbito e intenso —musitó Bella al tiempo que Victoria le quitaba la taza vacía y la dejaba sobre la mesilla—, y al mismo tiempo tan…perfecto, que creía que era de verdad —esbozó una sonrisa llena de tristeza—. Ahora que sé que sólo fingía, todo parece ridículo. Me sedujo para vengarse de mi familia.

Victoria sacudió la cabeza con decisión.

—De ser así, lo habrías intuido.

Los ojos de Bella eran dos pozos de desesperación.

—¿Por qué? Con Mike no fui capaz de verlo. Y en La Manoir, Edward lo dijo.

Por primera vez, Victoria pareció impacientarse.

—¡Dale una oportunidad, Bella! No puedes juzgarlo por lo que dijera mientras se enfrentaba a un psicópata armado.

Bella apretó las rodillas contra el pecho y apoyó la cabeza en ellas.

—Lo sé —gimió—. He querido pensar que sólo era una estrategia para distraer a Philippe, pero ¿por qué elegiría provocarlo?

Victoria habló con ternura.

—Está claro: porque te ama.

Bella se quedó inmóvil, intentando asimilar lo que Victoria sugería. Finalmente, alzó la cabeza y con voz trémula, dijo:

—Pero preguntaba por Veronique…

—Puede que estés equivocada. Podría tratarse de su hermana.

—No tiene hermanas.

Llamaron a la puerta.

—O su secretaria. El caso es que, por lo que cuentas, merece que tengas un poco de fe —sonriendo, fue hacia la puerta—. Aquí está el desayuno.

En su ausencia, Bella quiso creer en la nueva perspectiva que Victoria había planteado. Su teoría era de una maravillosa lógica, pero…

—Bella, cariño, unos hombres quieren verte.

Sorprendida, Bella levantó la cabeza al tiempo que Victoria hacía pasar a los dos gendarmes que la habían acompañado al hospital el día anterior.

Estaban allí para notificarle que el cuerpo de Philippe Delacroix había sido encontrado en un edificio abandonado de StLaurien. Se había suicidado.

Bella se sintió aliviada.

También le dieron las llaves de su coche y explicaron que el Aston Martin de Edward había sido recogido por la empresa de alquiler. A continuación, el más bajo de los dos, se acercó con una bolsa de una exclusiva tienda de París, y se la entregó al tiempo que se ruborizaba violentamente.

—Encontraron esto en el coche del señor Cullen, mademoiselle.

En cuanto salieron, Victoria corrió junto a Bella.

—¿A qué esperas? ¿Qué hay dentro?

Bella abrió la bolsa como si temiera encontrar una serpiente. Lentamente, sacó un paquete envuelto en un delicado papel de seda rosa.

Dentro, había un par de preciosas braguitas de seda de un maravilloso color verde oscuro, con un lazo de satén plateado. Victoria y ella se quedaron contemplándolas, admiradas.

—¡Vaya! —dijo finalmente Victoria—. ¡Es un hombre con mucho gusto!

A aquél le siguieron varios paquetes con una ropa interior tan colorida, que la cama terminó pareciendo un arco iris.

—¿Quién tenía razón? —exclamó Victoria al concluir, con gesto triunfal.

Antes de que Bella pudiera responder, llegó el resto del desayuno con una selección de periódicos del domingo que Victoria dejó sobre la cama.

—¿Té o café? —preguntó, animada. Al no recibir respuesta de Bella, continuó—: Si estás demasiado aturdida por el amor, tendré que elegir yo —sirvió café en dos tazas y se volvió hacia Bella.

La sonrisa abandonó sus labios.

Más tarde, describió la expresión de Bella como la de alguien que acabara de recibir la noticia de padecer una enfermedad terminal. Cualquier aliento de vida había desaparecido de su rostro.

Victoria fue precipitadamente a ver la portada del periódico en la que Bella clavaba la mirada. Dame de la Croix las observaba con serena indiferencia.

—¿Cómo han…? ¿Quién habrá…?

La desconcertada pregunta murió en sus labios al leer bajo el titular lo que Bella ya había leído: Veronique Lemercier.

Ahogando un juramento, Victoria fue a tomar el periódico, pero Bella se le adelantó, asiéndolo como un alcohólico su botella.

—Bella, no lo leas, por favor…

—¡Déjame! —gritó Bella, fuera de sí.

Victoria supo que no tenía sentido enfrentarse a ella; la observó abrir la página con manos temblorosas y leer. Acercándose angustiada, leyó por encima del hombro de Bella.

Veronique Lemercier era una vieja conocida de Edward Cullen, comenzaba el artículo. Victoria habría querido arrancarle el periódico de las manos, pero sabía que no tenía sentido. Suspirando, continuó con la lectura.

Confirmaba todos los temores de Bella. El artículo detallaba con emoción cómo la autora había ayudado a Edward a lo largo de los años en sus pesquisas para conseguir el único cuadro que había sobrevivido al incendio que había destruido la carrera artística de su padre.

A mitad de página, Victoria dejó de leer y maldijo entre dientes. Entonces notó que tenía los puños apretados y que se clavaba las uñas en las palmas. A su lado, Bella dejó escapar un gemido de dolor al llegar a la misma línea:

Había quedado a comer con Edward en París el día que le dispararon. Jamás había llegado tarde a una cita…

Bella se estremeció cuando Victoria le acarició la cabeza. Alzó la mirada con expresión vacía.

—Así que era a ella a quien iba a ver —volvió la vista hacia la cama—. Todo esto era para ella —se deslizó de debajo de las sábanas como sí pudieran contaminarla—. Es a ella a quien ama, no a mí.

Victoria abrió la boca, pero la cerró sin decir nada. Se había equivocado al ayudarla a conservar la esperanza. La verdad estaba escrita en aquel largo artículo en un periódico de tirada nacional. Lo único que podía hacer a partir de ese momento, era ayudarla a superar el golpe.


N.A: Siguiente capitulo es el final, ¿que opinan hasta ahora de la historia?