Capítulo 16
Mientras que la pequeña parroquia de St. Saviour, en el corazón rural del distrito electoral de James estaba delicadamente iluminada por velas, en el exterior no dejaban de estallar los cegadores flashes de los fotógrafos. Debido a los sucesos acaecidos, la boda del político se había puesto al nivel de la de una figura de la realeza.
Victoria había actuado como relaciones públicas magistralmente.
Desde el momento en que la noticia estalló y ella y Bella salieron del hotel de París, trató con la prensa con agradecida sinceridad y contribuyó a humanizar a la familia Delacroix-Swan. Expresó la preocupación de todos por la herida de EdwardCullen y dijo que confiaba en que la muerte de Philippe Delacroix, quien evidentemente padecía un trastorno mental, marcaría el final de la duradera disputa entre ambas familias.
Al día siguiente, la fotografía de La Dame de la Croix aparecía en todos los periódicos y Marie Delacroix se convertía en una celebridad. Su prolongado silencio convirtió las llamas de la curiosidad de la prensa en una hoguera, a lo que contribuyó sutilmente Victoria filtrando información sobre el cuadro y la apasionada y trágica historia, a lo Romeo y Julieta, que había tras él. La transformación de los fríos y adinerados Swan en misteriosos y románticos aristócratas, tuvo lugar ante los ojos del mundo con calculada precisión.
Los flashes se dispararon cuando el Rolls Royce que conducía a la novia y a su padre llegó a las puertas de la iglesia y Victoria emergió de él.
Bella la observó girarse brevemente hacia las cámaras antes de tomar el brazo de su padre y acercarse hacía ella que, vestida de negro, la esperaba como dama de honor, a la puerta de la iglesia.
—Estás preciosa, Victoria —dijo.
Era verdad. En la mortecina luz de aquella tarde de noviembre, Victoria resplandecía. Los blancos y negros que habían elegido originalmente como motivo de la ceremonia por el suelo ajedrezado de la iglesia, hacían que los ricos colores de la cruz Delacroix refulgieran sobre su pecho.
—Gracias, cariño —cuidando de no estropear los bouquets que portaban, abrazó a Bella—. Tú también.
Bella se separó con una risa seca. Las dos sabían que, a pesar de los esfuerzos del equipo de maquilladoras, que habían conseguido devolver algo de color a sus mejillas, su aspecto dejaba mucho que desear.
—Como es el día de tu boda, evitaré llamarte mentirosa —bromeó.
Victoria le apretó la mano.
—Estás siendo maravillosa, querida —dijo con energía—. Y me daría lo mismo que hubieras venido con la cabeza afeitada y llena de tatuajes. Sé que todo esto… —indicó la iglesia llena de gente—, es lo último que necesitas, y le agradezco el esfuerzo que has hecho.
—No sé si James opinaría lo mismo de los tatuajes —dijo Bella, esbozando una sonrisa—. Me temo que su imagen pública se resentiría.
—Tú eres mucho más importante para él. Sabes que bajo su fría apariencia, te quiere con locura.
Bella se estremeció.
—Será mejor que evitemos mencionar la locura cuando hablemos de mi familia. Vamos, acabemos con la ceremonia y empecemos con el champán.
Al oír los primeros acordes del Canon de Pachelbel. Bella tomó aire y apretó con fuerza el bouquet de rosas rojas. Al perfume de las flores se sumó el denso olor del incienso y de la cera del interior, que la invadió al seguir a Victoria por el pasillo central.
Afortunadamente, los invitados estaban demasiado pendientes de la novia como para prestarle atención y ver su expresión desolada.
.
.
.
Caminando a hurtadillas para evadir a la prensa, Edward se apoyó en una lápida. Con cada paso sentía el roce de sus dentadas costillas. El ejercicio hacia que le ardieran los pulmones. Se había dado de alta del hospital en contra de la opinión médica, pero estaba convencido de que si no lograba hablar con Bella aquel día, corría el riesgo de no volver a verla nunca.
De todos los recuerdos nebulosos pasados bajo el efecto de la morfina, sólo uno era nítido: la obsesión por localizarla.
Pero los Swan habían cerrado filas en torno a ella y ni sus cartas, ni sus llamadas, ni sus visitas a la tienda de Nolling Hill habían servido de nada. Hasta que el día anterior, Celia se había compadecido de él y le había dicho dónde se celebraría la boda. Sólo allí podría ver a Bella, y la mera noción de tenerla cerca lo impulsaba con fiera determinación.
Respirando entrecortadamente, se irguió y continuó hacia un arco de entrada en el lateral de la iglesia. El servicio estaba avanzado. La música y la luz de las velas lo envolvieron en cuanto abrió una ranura y se deslizó al interior. Había llegado en el momento preciso. Terminaba un himno y pudo aprovechar el rumor de la gente sentándose y moviendo las páginas para situarse en la nave lateral sin ser visto.
Bella estaba detrás de los novios, hacia un lado. Tenía la cabeza inclinada y las velas iluminaban su cabello y sus desnudos hombros. En medio del ambiente de celebración, su rostro componía una expresión de profunda tristeza.
Edward se apoyó en un pilar. El súbito dolor que sintió en el pecho no fue físico, sino causado por la joven vestida de negro que tenía a unos metros de distancia. La mujer con los labios temblorosos y las mejillas humedecidas por unas sordas lágrimas. La mujer que en aquel momento alzó la mirada y lo vio.
—El amor es paciente, amable… —leía el pastor desde el pulpito.
Se miraron atormentados, próximos en distancia pero separados por un continente de tristeza e incomprensión.
Edward apretó lo puños para contener el impulso de ir al altar, estrecharla en sus brazos y besarla hasta hacer desaparecer las sombras de su rostro.
—El amor lo soporta todo, cree en todo…
Bella parpadeó como si sintiera dolor. Edward tuvo que desviar la mirada al tiempo que apoyaba la frente en la columna. Y en ese momento supo que todo aquello que le había importado en su vida no significaba nada. Ni el dinero, ni el respeto, ni la venganza…
La lectura concluyó. El pastor bajó del pulpito y se produjo un murmullo entre los congregados mientras los testigos acudían a firmar.
Bella vio que Victoria se volvía para asegurarse de que estaba bien y que le indicaba que los siguiera hacía la parte de delante de la iglesia, hacia la sacristía. Hacia Edward.
Bajó la mirada. Llevaba días anestesiada, intentando no sentir, no pensar. No podía permitirse ni un atisbo de esperanza.
Edward se apoyaba en una columna. Era absurdo intentar no mirarlo, tan inútil como pretender no amarlo. Se le secó la boca y se le rompió el corazón al ver su rostro surcado por marcas de dolor. Edward se separó del pilar cuando los novios pasaron a su altura. Bella vio a James lanzar una mirada en su dirección, pero Victoria le hizo continuar con un gesto decidido al tiempo que le decía algo quedamente.
Bella aminoró el paso. Ni ella ni Edward hablaron. Por un instante, se limitaron a mirarse. Entonces él dio un paso hacia ella e, instintivamente, los dos se movieron hacia las sombras del rincón de la nave.
Edward no hizo ademán de tocarla y Bella se sintió aliviada pues sabía que las defensas que había erigido a su alrededor no eran más que un fino vidrio que él podía romper con sólo rozarlo. Pero, por otro lado, sus manos temblaron por el deseo de alargarlas hacía él. Para evitarlo, acarició los pélalos de las flores y fijó la mirada en ellas.
—Tienes la costumbre de aparecer cuando menos lo espero —dijo con un hilo de voz.
—Y tú, de desaparecer.
Bella frunció el ceño. La crueldad de sus palabras le hizo desear refugiarse en un lugar seguro donde nada pudiera dañarla.
—Lo siento, Edward, pero no creo que pueda soportar tus juegos de palabras «ni ninguna insinuación de lo que sucedió entre nosotros»—. ¿A qué has venido?
Edward metió las manos en los bolsillos y se encogió de hombros. No sabía por dónde empezar.
—Para darte las gracias —dijo precipitadamente. Y rió con amargura—. Debes de haberme contagiado tus buenos modales.
En el otro extremo de la nave. James y Victoria se contemplaban amorosamente, posando para las fotografías. Para Bella el contraste entre las dos escenas fue insoportable.
—¿Gracias, por qué?
—Por salvarme la vida —dijo él, como un cable en tensión.
Sin darse cuenta. Bella había arrancado un pétalo y la roja mancha en su dedo le recordó la sangre en el pecho de Edward, su corazón sangrando mientras la oscuridad los rodeaba.
—No hice más que lo que me dijiste que hiciera —dijo ella, inexpresiva.
—Pero lo hiciste. Eso es lo que importa.
Bella sacudió la cabeza con una sonrisa de tristeza.
—Era lo menos que podía hacer. Después de todo fue el loco de mi tío quien casi te mata, y fui yo quien le habló del cuadro. Así que en cierta medida, tuve la culpa.
—Eso no es verdad. Fue culpa mía —dijo él entre dientes—. Me lo merecía.
Bella al fin alzó la mirada. El rostro de Edward no delataba ninguna emoción y en aquel momento, lo odió por todo el daño que le había causado.
—Puede que sí —dijo lentamente—. Lo merecías. Y tengo que reconocer que, de haber tenido yo el rifle, también te habría disparado. ¡Me utilizaste, Edward!
Sus últimas palabras fueron casi como un grito de angustia. Edward se irguió y pareció más distante que nunca.
—Tienes razón. Así fue como empezó todo. Eras una Delacroix y quería hacerte daño, quería que el mundo supiera lo que habíais hecho. Por eso te seduje —se frotó la cara con la mano y rió con amargura—. Pero fui yo quien recibió el castigo.
—Sí —dijo Bella enfurecida—. Una bala en el pecho es lo mismo que había recibido yo.
Edward sacudió la cabeza.
—Ese no fue el castigo; sólo se trató de un accidente. No, mi castigo fue enamorarme de ti —dijo débilmente—, y saber que no te merezco ni nunca te mereceré.
En aquel momento, los novios y los testigos abandonaron la sacristía y salieron de la iglesia.
Bella se quedó paralizada. Luego, caminó varios pasos alejándose de él con expresión concentrada, como si intentara recordar algo.
—Pero estabas enamorado de Veronique… —dijo en tono lastimero—. Lo sé…
Edward le bloqueó el paso.
—¿Qué? ¿De dónde te sacas eso?
Irguiéndose cuanto pudo y con actitud digna. Bella se concentró en ignorar las manos de Edward sobre sus hombros desnudos.
—Era su nombre el que pronunciabas constantemente en el hospital, Edward, no el mío. Era a ella a quien deseabas ver. Y luego supe que era a ella a quien ibas a ver en París y para quien habías comprado aquella preciosa lencería…
Edward la sacudió con suavidad.
—MonDieu… ¡Era para ti! —gimió—. La ropa era para ti porque toda la tuya es negra —deslizó la mirada sobre el vestido que llevaba en aquel instante—. El negro significa infelicidad, falta de amor. Y no quería que volvieras a sentir nunca más ninguna de las dos cosas.
Bella se tapó los oídos para ahogar aquellas maravillosas palabras. Temía estar perdiendo el juicio.
—Pero, ¿y el artículo? —prácticamente gritó—. ¡Durante todo el tiempo estabas colaborando con ella para que escribiera un artículo que destrozaría a mi familia!
—¡Por eso tenía que verla aquel día! —Edward habló muy lentamente. Tomó el rostro de Bella entre sus manos y la obligó a mirarlo—. Bella, lo siento. Iba a encontrarme con ella para impedir que publicara el artículo… —enredó los dedos en su cabello—. Necesitaba decirle que no quería hacer daño a una familia a la que quiero pertenecer.
Las mejillas de Bella se humedecieron. Beethoven sonó triunfal en el órgano, señalando el final de la ceremonia.
—¿Qué? —musitó Bella al verle mover los labios.
—Te amo —repitió él—. Quiero casarme contigo.
Bella no contestó. No pudo, porque sus labios no habían podido resistir ni un segundo más y habían encontrado los de él. Pasó un rato antes de que volviera a hablar.
Cuando se separaron, el bouquet estaba en el suelo y el lápiz de labios se le había borrado. Igual que la primera noche, en la Tale, sus labios adquirieron el rojo de los besos. Se separó de Edward y le sonrió a través de las lágrimas.
—¡Has dicho gracias, lo siento y por favor en cuestión de minutos!
La sonrisa de Edward hizo que el corazón le diera un salto de alegría.
—Ejerces una maravillosa influencia sobre mí —dijo con voz ronca—. Te necesito. Sin ti soy un desagradable bárbaro. Dime que me amas o estoy perdido.
—Eso es chantaje —bromeó ella.
Edward rió y la estrechó en sus brazos con una disimulada mueca de dolor.
—¿Y qué? Así se han relacionado siempre nuestras familias.
La iglesia estaba vacía. En el exterior, se oía el murmullo de la prensa y se veían destellos de cámaras. Las campanas repicaban.
Bella y Edward permanecieron en el centro de la nave, aislados de los demás por la necesidad que sentían de estar a solas.
—Debería salir —musitó Bella, sin moverse.
—Hace demasiado frío —protestó él, besándole la comisura de los labios—. Llevas un vestido completamente inadecuado. Y no quiero volver a verte de negro —besándole la cabeza, metió la mano en el interior de su chaqueta y las velas iluminaron algo colorido antes de que Bella sintiera cómo Edward le cubría con el chal y la atraía hacia sí.
—¿Dónde lo has encontrado? —preguntó, emocionada.
—En la tienda de Celia. Como no contestabas a mis llamadas, acabé yendo en persona. En cuanto lo vi me recordó a…
—Olympia. Lo sé. Lo compré la mañana que te fuiste a París —por un instante la angustia se volvió a apoderar de Bella—. Y cuando llegué aquí no podía soportar verlo. Por eso se lo di a Celia.
Edward la abrazó con ternura.
—Ahora ya lo tienes.
Bella apoyó la cabeza en su pecho y escuchó el rítmico latir de su corazón.
—Y a ti —levantó la cabeza para mirarlo—. ¿Me lo imagino o acabas de pedirme que me case contigo?
—Sí, pero no me has contestado —dijo él con expresión seria—. ¿Eso significa que me rechazas?
Bella le rodeó el cuello con los brazos y los coloridos flecos del chal bailaron a la luz de las velas.
—¿Estás de broma? ¿Crees que dejaría pasar la oportunidad de una boda como ésta, con rosas y velas… y trescientos invitados… un maravilloso vestido…, y, por supuesto, los diamantes Delacroix…?
Edward se apoyó en un banco y la miró fijamente con ojos brillantes.
—Lo que tú quieras.
Bella le devolvió la mirada.
—¡Edward, estoy bromeando! —exclamó, risueña.
—¡Qué lástima! —dijo él, retirándole un mechón de cabello de la cara—. Empezaba a animarme. El collar te quedaba muy bien.
Bella lo miró de una forma que le aceleró la sangre.
—Está bien. Llevaré la cruz… —Bella bajó la voz hasta hacerla apenas inaudible—, ¿pero podemos eliminar a los invitados?
—Trato hecho —dijo él con fingida solemnidad—. ¿Y podemos prescindir del vestido?
—¡También! —Bella se alzó de puntillas para besarlo—. Sí, por favor. Esto cada vez se parece más a mi boda ideal…
Fin
N.A: Ahora si hemos llegado al final de una historia más, espero que les haya gustado y muchas gracias por sus reviews, alertas y favoritos.
