Capítulo 1: El primer encuentro
Albus abrió los ojos y parpadeó varias veces para enfocar su visión, pero los rayos del sol del mediodía lo encandilaron. Levantó un brazo para taparse, pero una figura se agachó a su lado, efectivamente haciéndole sombra y permitiéndole ver.
La figura en cuestión estaba sonriendo ampliamente.
- No sabía que querías una cicatriz como la de papá, Al, pero la próxima te pego más fuerte.
Recostado sobre el césped, Albus le hizo un gesto grosero con la mano a su hermano, pero de todas formas no pudo evitar sonreír. Como tantas veces durante el verano, los hermanos estaban jugando al Quidditch en la parte trasera de la casa de sus tíos. No era lo mismo que el claro que tenían cerca de su casa, pero era aceptable.
James estiró el brazo y lo ayudó a incorporarse. De pie, Albus se sacudió la espalda de pasto como pudo y luego tomó su escoba, la cual había caído a su lado. Habían estado volando a no mucha altura, mientras James practicaba algunos lanzamientos. En un momento en que la mente de Albus se había perdido en las implicancias de estar comprometido, acontecimiento que se daba recurrentemente, James le había lanzado una quaffle –bastante raída por el uso- creyendo que su hermano la atraparía. No obstante, no lo hizo, y el impacto en su frente le hizo perder el equilibrio.
- ¿Están bien?
Ambos chicos levantaron la mirada hacia el hombre que se les había dirigido, gritando desde su posición a varios metros de distancia. Desde los incidentes a comienzo del verano, sólo les habían permitido volar bajo la supervisión de alguno de los adultos. En este caso, era Ron el que estaba en el exterior con ellos, y se había refugiado del agobiante calor a la sombra de uno de los árboles del jardín.
Tanto Albus como James respondieron afirmativamente, y el pelirrojo Auror volvió a su posición relajada contra el tronco. Ellos podían calcinarse lo que quisieran, pero él no tenía la mínima intención de seguir sus pasos. Tal vez más tarde, si no tenían ninguna reunión, se les uniría.
- Bueno, ¿vas a contarme de una vez por qué estás tan distraído, o finalmente admites la superioridad de tu hermano mayor?
- En lo único en que me ganas es en edad, James, que te quede claro. –repuso Albus, mientras se dirigía a un pequeño arbusto debajo del cual habían colocado dos botellas con agua fría.
"Deliciosa agua fría", opinó Albus, mientras refrescaba su interior.
James soltó una pequeña risa, mientras recogía la suya. Dio un sorbo y luego se acercó a su hermano. Colocó una mano sobre su verde cabeza y Albus levantó la mirada confundido para ver que quería
- No es en lo único que te gano, pequeño.
Albus le dirigió a su hermano una mirada más que molesta. James había crecido varios centímetros durante los últimos meses y la diferencia de altura entre ellos se había incrementado, cosa que en el fondo irritaba a Albus, y, sólo por ello, adoraba James.
- Dame un par de años y verás. –replicó el menor.
- ¿Qué dices, Al? –gritó James, mucho más alto que lo necesario dado que estaban uno al lado del otro. – ¡No te escucho desde aquí arriba!
James soltó un pequeño grito ahogado de dolor al recibir un golpe en la pierna, pero aún así, sonrió luego al ver que había conseguido hacer enfadar a su hermano. Por su parte, Albus también estaba satisfecho al ver que James recibía su merecido. Finalmente, el chico dejó de tomarse la pierna, y el menor de los dos supuso que le había dejado de doler.
- ¿Seguimos? –sugirió.
James se enderezó.
- Muy listo, Al, pero no. No me contestaste.
- De acuerdo, James, eres mejor que yo en Quidditch. –repuso Al, encogiéndose de hombros. - ¿Contento?
James le dirigió una mirada que hablaba por sí sola.
- No, no te creo. –replicó. - Dime qué te pasa.
La expresión del rostro de Albus sólo se podía catalogar como malicia.
- ¿Entonces piensas que no eres mejor que yo?
- Yo… no…. –balbuceó. Albus sonrió.- ¡No des vuelta lo que digo, Al! Odio cuando haces eso.
El de pelo verde rió, aunque a James no le hizo gracia en absoluto.
- ¿Listo? –intentó callarlo. Albus asintió, pero aún se podía ver la diversión en las comisuras de sus labios. – ¿Vas a decirme qué te pasa?
Albus movió el peso de su cuerpo de un pie a otro, incómodo. Hasta ese momento no había hablado con nadie del compromiso, incluso con su prima Rose, quien le había estado haciendo preguntas desde el momento en qué había vuelto. Le había dicho que Ogden no se había comprometido con Flint, lo cual era verdad, y que el contrato se había anulado, lo cual era mentira. Pero es que realmente no sabía cómo encarar la situación. De más estaba decir que no había esperado en absoluto estar metido en algo así.
Pero eso no era lo más importante.
Lo importante era que no sabía como demonios salirse del problema.
- ¿Al?
Albus volvió a posar la mirada en su hermano, aunque no había caído en la cuenta de que la había desviado, sumido en sus pensamientos. Tenía dos opciones: o le contaba, o no le contaba. Lo segundo sonaba tentador, pero James podía ser insistente y molesto a niveles que Rose nunca llegaría, y, además… bueno, era James. ¿Quién mejor que él para salirse de problemas? Lo venía haciendo desde que tenía uso de razón. Tal vez podría ayudarlo.
- De acuerdo, te lo voy a contar. Pero no le puedes decir a nadie, ¿está bien? –le advirtió, en tono confidencial.
James lo miró preocupado.
- Sí, no voy a decir nada. ¿Es algo grave? ¿Te sientes bien?
- Sí, sí. Estoy bien. –contestó Albus rápidamente, al ver que James había entendido que estaba enfermo o algo por el estilo. Luego se lo pensó mejor. – En realidad no. Pero no es algo… físico. Es más… -pensó la palabra indicada. - … personal. Sí. Algo más personal.
- Algo "personal" que no quieres que le diga a nadie. –resumió James.
Albus asintió, mostrándose de acuerdo, y se limpió un poco el sudor de la frente para ganar algo de tiempo. El calor era sofocante. James, por su parte, había vuelto a tomar agua de su botella.
Finalmente, Albus tomó aire y se decidió a decir en voz alta la cuestión que le estaba carcomiendo el sueño.
- Estoy comprometido, James.
Lo siguiente que supo Albus fue que había sido cubierto de agua. Su hermano había expulsado todo el líquido que estaba tomando por la sorpresa que le provocó la confesión.
- Ugh. Merlín, esto es desagradable. –murmuró Albus mientras se limpiaba la cara con una mueca de asco.
- Lo siento, Al. –se disculpó James, aunque estaba sonriendo. Albus lo miró molesto. - ¡No me mires así! ¡Fue tu culpa! –su hermano menor no contestó, de modo que volvió a intentar refrescar su garganta luego del intento fallido de hacía un momento. Cuando tragó volvió hablar. – De acuerdo, eso fue divertido. Ahora, en serio, ¿qué querías decirme?
- James, estoy hablando en serio. Estoy comprometido. No es un chiste. –insistió Albus.
- Al, no puedes estar comprometido. –lo contradijo su hermano. – Tienes… ¿cuántos años? –preguntó, frunciendo el entrecejo.
- Trece.- contestó Albus, algo indignado de que James no supiera su edad.
James sonrió.
- Ya lo sabía. Pero tenía ganas de molestarte. –el menor se cruzó de brazos, efectivamente algo irritado. – En serio, Al, trece años. A nuestra edad…. no tiene sentido, ¿entiendes?
- James, firmé un contrato de compromiso. –intentó hacerle entender Albus, descruzándose de brazos. Se exprimió las ideas para probarle de alguna forma que era verdad. - Había un oficial del Ministerio. Dijo que el contrato había sido validado o algo así. Nos felicitó, dijo que todo estaba en orden. Es en serio, James.
Pasaron unos segundos en que James le devolvió la mirada en silencio, procesando lo que estaba diciendo su hermano.
- Estás hablando en serio. Realmente estás comprometido. –musitó. Se quedó sin hablar por unos instantes, estupefacto. – No puedo creerlo… ¿cómo? ¿Con quién? –Albus estaba por contestar pero se vio interrumpido. - Un momento. –inesperadamente James estaba sonriendo. Lo señaló con la botella como si acabara de descubrir algo en él. - ¿Alguna vez has incluso besado a una chica?
Albus no contestó, pero el rubor de sus mejillas, visible a pesar de su acalorado rostro, fue respuesta suficiente. James estalló en carcajadas, y tuvo que dejar la escoba y la botella en el piso para que no se le cayeran. Albus estaba totalmente mortificado.
- ¡Deja de reírte, James! –intentó, pero su hermano mayor no le prestó atención en absoluto.
- ¡Esto es increíble! ¿Nunca nadie te explicó que antes de comprometerte por lo menos tienes que besar a la otra persona?
- Yo…
- Digo, ¿ni se te ocurrió? –siguió James, entre risas. - ¿O andas por la vida proponiendo casamiento y finalmente alguien te dijo que sí?
- ¿Sabes qué? Olvídalo. –le espetó Albus, comenzando a caminar hacia la casa, enfadado por la actitud de su hermano.
No había dado ni dos pasos que James se le había adelantado hasta quedar delante de él, efectivamente interrumpiendo su paso. Le colocó una mano en cada hombro, y lo miró con toda la seriedad que pudo reunir. De vez en cuando le temblaban las comisuras de sus labios, pero se notaba que estaba haciendo un esfuerzo.
- Escucha, Al. Realmente quiero saber qué te pasa. Lo de recién… tienes que admitir que es divertido. – Albus le devolvió la mirada enojado y dejó claro que a él no le hacía ninguna gracia. – Bueno, tal vez no en tu lugar... –agregó, soltándole los hombros y finalmente dejando de sonreír. Dio un breve suspiro y terminó de serenarse. – De acuerdo, lo siento. No me tendría que haber reído.
El enfado se fue evaporando del rostro de Albus y en su lugar apareció una expresión de asombro algo fingida.
- No puedo creerlo, James. ¡Aprendiste a pedir disculpas después de todo! Te costó, pero después de un par de años lo lograste. –para cuando finalizó la frase, el enojo se le había pasado. Después de todo, ya le habían pedido disculpas. Y, viniendo de James, era más que aceptable.
- Al, pequeño, no me hables así. Debes respetar a tus mayores. –replicó James, sonriente.
Esta vez, Albus no cayó en la provocación, y decidió cambiar de tema, decidiendo que de algún modo habían llegado a un empate. Además, no tocarían nunca el tema que realmente importaba si seguían molestándose mutuamente.
- Escucha, James, necesito tu ayuda.
- ¿Para planear la boda?
- ¡Para anularla! –corrigió Albus. - ¿Acaso crees que me gusta la idea?
James se encogió de hombros.
- No lo sé, Al, te gusta tener el pelo verde. No eres lo que se dice "normal". – el otro sonrió levemente a su pesar. El punto era válido. – Un momento, ¿quién es la chica?
Albus se rascó la nuca en un gesto de incomodidad.
- Eh…Ogden. –contestó, sucintamente.
Los ojos de James no podrían haberse abierto más.
- ¿Ogden? ¿Alyssa Ogden? ¿Lo dices en serio? – Albus asintió. James se volvió a quedar en silencio por unos segundos, hasta que volvió a sonreír. - ¿Estás seguro de que te quieres salir del compromiso? Ogden está bastante… -la expresión de su cara era bastante elocuente.
- No importa. –lo interrumpió el menor, deduciendo correctamente que James estaba haciendo referencia a la apariencia de la chica. – No quiero estar comprometido, es ridículo. Con Ogden o con quien sea.
James asintió, pero antes de que pudiera comentar algo, escuchó que los estaban llamando. Era Ron, y, al parecer, había llegado el momento de almorzar.
- Que suerte, creo que ya se me estaba friendo el cerebro. –comentó el mayor, mientras recogía su escoba.
- No mientas, James, no tienes.
El aludido no contestó, y, en cambio, le pasó un brazo alrededor de los hombros a su hermano menor.
- Escucha, Al, más tarde me cuentas cómo demonios te metiste en esto. Tiene que haber una forma de salirse. ¿Cuánto tiempo tenemos?
- Cuatro años, hasta que seamos mayores de edad. –contestó Albus, recordando lo que había dicho el oficial del Ministerio en la interminable lectura del contrato.
- Bueno, es bastante. –señaló James, optimista. – Y si no encontramos nada para hacer, es suficiente para planear la madre de todas las despedidas de solteros.
- ¿Y tú que sabes de despedidas de solteros? –cuestionó el menor, escéptico. Lejos habían quedado los tiempos en que adoraba a James incondicionalmente.
- Tanto, pequeño, tanto. –contestó inmediatamente James en un tono de superioridad.
- Estás mintiendo. –lo acusó el menor, sonriente.
James soltó una carcajada.
- Es verdad, estoy mintiendo. –admitió. – En este momento no sé demasiado sobre despedidas de solteros, pero te prometo una cosa: si no le encontramos una solución a lo del compromiso, me voy a pasar los próximos años investigando.
Mientras ambos reían, Albus pensó que, a pesar de que a veces era algo molesto -increíblemente molesto-, realmente tenía el mejor hermano del mundo.
º º º
Liss,
¿Por qué no estás respondiendo a mis lechuzas? ¿Te encuentras bien?
Según mis padres, todo salió bien con el compromiso – "bien" por
decirlo de alguna forma-. Aunque después de todo, es lo que les llegó
por rumores.
¿Qué sucedió? ¡Respóndeme!
Estoy a punto de morirme de aburrimiento. Es serio.
Aparentemente, si salgo de la mansión puede que mestizos envidiosos
de mi ascendencia quieran hacerme daño. A este ritmo, pienso
ahorrarles el trabajo y suicidarme yo mismo si no hablo con otra
persona que no sean mis padres o un elfo doméstico.
En peligro de muerte,
Tu olvidado amigo Scorpius.
La joven a la cual la carta estaba dirigida volvió a enrollar el pergamino y lo dejó sobre el cobertor de una de las camas de la diminuta habitación, junto a otros dos pergaminos. A diferencia de la que había ocupado los primeros días del verano en el Caldero Chorreante, su nuevo "hogar" estaba en un estado mucho peor. A pesar de que el lugar estaba limpio, la pintura de las paredes estaba descascarada y los agujeros de las sábanas daban aspecto de decadencia.
Se levantó de la cama y se dirigió al baño continuo, dispuesta a refrescarse la cara del agobiante calor del verano. Si bien en el fondo sabía que no era así, parecía que la habitación estuviera encantada para multiplicar la temperatura y dejarla a un nivel casi insoportable.
Dejó las manos debajo el chorro de agua y sintió la agradable sensación del agua fresca correr entre sus manos. Se echó un poco sobre el rostro y el contraste de temperatura fue prácticamente una bendición.
Inmediatamente después, se secó el rostro con una toalla raída, y se tomó unos momentos para estudiar el reflejo del espejo. No sabía de quien era la imagen, pero definitivamente no era la de Alyssa Ogden.
Alyssa Ogden era una joven de apariencia elegante, con una cascada de pelo negro brillante y un porte que denotaba seguridad, confianza. La imagen que devolvía el espejo era la de una chica con aspecto algo desaliñado y el rostro ruborizado, lejos de la temperatura regulada de las salas de estar a las que estaba habituada. El pelo que caía más allá de sus hombros no era liso y sedoso, sino que estaba ondulado, opaco, y algo enmarañado, resistiéndose a los intentos de ser peinado.
Lo único que podía decirse que rememoraba a la verdadera Alyssa Ogden eran sus ojos claros, si es que no fuera por la mirada de ansiedad e inquietud que solía emplear ahora, diametralmente opuesta a los aires de superioridad y autosuficiencia del pasado.
No, aquella no era Alyssa Ogden. Simplemente compartían el nombre.
- Tienes un aspecto horrible, ¿sabes?
Alyssa le dirigió una mirada molesta al espejo que tenía enfrente, y, acto seguido, tomó la toalla y la colocó de tal forma que cubrió totalmente al objeto.
Maldito espejo. Lo único que le faltaba.
- ¿Cómo te atreves? ¡Sácame esto de inmediato! ¡Ven aquí te digo! ¡Mocosa!
El portazo que le dio a la puerta del baño no hizo más que lograr que el espejo redoblara sus gritos para ser descubierto. Sin embargo, los gritos se escuchaban amortiguados y luego de unos momentos, desparecieron, con lo que la habitación volvió a quedar en silencio.
Alyssa volvió a sentarse en la cama, y tomó los dos pergaminos restantes. Uno ya estaba desenrollado y llevaba el sello oficial de Hogwarts. Lo leía de vez en cuando con la esperanza de que la lista de libros a comprar se hiciera más chica, pero no había caso.
¿Quién la había mandado a anotarse en Adivinación? Todavía no había ido a averiguar, pero estaba casi segura de que los libros serían muy costosos. A pesar de que todavía tenían algo de dinero, entre hospedaje y comida estaban gastando galeones lenta pero continuamente.
Sin comprar absolutamente ningún libro, podrían sobrevivir sin inconvenientes hasta el final del verano. Pero no tenía opción: tendría que comprarlos. Necesitaba encontrar con urgencia una fuente de ingresos. No podía ir a pedirle dinero prestado a Scorpius. Puede que la hayan desheredado pero aún conservaba algo de orgullo propio. Y pedir dinero prestado era indigno. Lo había escuchado suficientes veces en su vida como para agregar otro motivo de vergüenza ante la sociedad.
¿Y qué ocurriría con Dipsy? ¿La aceptarían en Hogwarts? ¿Lo querría ella? Por lo que estaba viendo, le estaba tomando el gusto a servir sólo a quien apreciaba y no tener que obedecer órdenes ciegamente. ¿Era capaz de hacerle eso?
Alyssa tomó el pergamino que estaba sin desenrollar para evitar sumirse aún más en sus pensamientos, y acto seguido, prosiguió a leerlo.
Preciosa,
¿Cómo te encuentras? Anoche pasamos con el Autobús
por el Caldero Chorreante y nos dijeron que se habían ido
hace varios días. ¿Está todo bien?
Estuve buscando alguna forma de ayudarte, pero todavía no
se me ocurre nada.
En esta parte se había agregado una frase que estaba claramente escrita por otra persona, dada la diferencia en la caligrafía.
En realidad, encontró varias formas. Pero ninguna decente para
alguien como tú. (Jack)
Intenté borrar eso pero le puso un encantamiento de presencia
permanente. Prometo que no es verdad.
Hablando en serio, Alyssa: estoy preocupado por ti. Espero
que respondas esto lo antes posible.
Cuídate,
Mark.
Reconoció la letra de Jack a continuación:
Yo también me preocupo. Nada más que no lloro por las noches
por ti como Mark, gritando que sufre por un amor prohibido.
Debajo el pergamino estaba arrugado, como si hubieran forcejeado con él, y tenía escritas dos frases más.
Lo de arriba es mentira. ¿Contento, Mark?
Sí, gracias.
La chica no pudo evitar sonreír ante el contenido de la inesperada pero no por eso menos bienvenida carta.
Tomó un tintero y una pluma de su baúl y se dispuso a responder las lechuzas. A Mark y Jack les aseguró que tanto ella como Dipsy se encontraban bien, y que lo único negativo era que tenía que soportar a un espejo con mal carácter. Decidió dejar a un lado sus problemas financieros, porque tampoco era su forma de ser estar quejándose todo el tiempo.
Vaciló un momento con la respuesta a Scorpius. Era su amigo, merecía saber la verdad, y no cualquier rumor falso que sus padres hubieran hecho correr para ocultar los acontecimientos que realmente ocurrieron. Y si no había respondido antes, era porque no sabía cómo hacerlo. En cierto modo, también tenía algo de miedo: ¿se enfadaría Scorpius porque gracias a ella su mejor amigo había terminado metido en un compromiso que no había buscado?
Si bien en el momento de enojo y frustración había culpado al chico de pelo verde por meterse en sus asuntos, y por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado, todo lo que había sucedido le había hecho cambiar de opinión. Potter podría haber sido un idiota, pero había sido un idiota bienintencionado. Y no se merecía estar atado de por vida con alguien a quien no quería.
Ella tampoco se lo merecía, pero en última instancia era su problema. Potter tenía todo el derecho del mundo a estar enfadado con ella, y no al revés.
Sin embargo, aquello no era lo que le causaba inquietud. La duda que la carcomía era la reacción de Scorpius.
No obstante, tarde o temprano tendría que enfrentarse a ello, de modo que simplemente se decantó por contestarle brevemente que se encontraba bien, pero que tenía que contarle las cosas en persona. Y agregó que tendría que ser en su casa, si es que no lo dejaban salir, porque en la de ella no tendrían en absoluto privacidad.
Prefirió no incluir en la carta que en su casa no tendrían privacidad porque no pasarían como mucho de las puertas de la calle.
Apenas había terminado de sellarlas, sintió como alguien se aparecía detrás de ella. Ni siquiera se sobresaltó, dado que se había acostumbrado al sonido dada la cantidad de veces que lo había escuchado en los últimos tiempos.
- Hola, Dipsy. –saludó, incluso antes de girarse hacia la recién llegada.
- Buenas tardes, señorita Alyssa. ¿Cómo se encuentra?
La aludida decidió no hacer ninguna alusión al tono formal que empleaba Dipsy. Lo había intentado, pero la elfina se negaba terminantemente a dirigirse a ella de otra forma, de modo que finalmente había desistido.
- Bien, de hecho finalmente hice callar a ese maldito espejo.
- ¿Lo rompió? –chilló Dipsy.
- No, no soy tan cruel. –respondió Alyssa. - Nada más lo tapé con una toalla. Aunque puede que cambie de opinión en unos días, no prometo nada. La porquería esa es insoportable.
- ¿Estás hablando de mí, arpía sin corazón? –se escuchó que gritaban.
- ¿Ves lo que te digo? –comentó Alyssa, señalando con un gesto de su mano hacia el baño.
Dipsy sonrió tímidamente. Sin embargo, no hizo ningún comentario al respecto, y, en cambio, le mostró las bolsas que estaba cargando.
- Dipsy ha traído comida, señorita.
- Muchísimas gracias, Dipsy. Realmente no tienes por qué ir siempre tú. Yo también puedo hacerlo.
- No señorita, de ninguna manera, podría ser peligroso. –se negó la elfina.
- No lo sé, aquí puede que me vuelva loca. No sé qué es peor.
- ¡Señorita, no diga eso!
Alyssa se sorprendió al ver la reacción de Dipsy. Si bien pasaban mucho tiempo juntas ahora, la elfina solía tomarse lo que decía ella demasiado en serio.
- No lo decía de verdad, lo prometo. –le aseguró, y se dispuso a ayudar a Dipsy a acomodar el escaso amueblamiento de la habitación para poder almorzar.
Si bien les resultaría mucho más económico cocinarse su propia comida, el alojamiento que tenían no contaba con las instalaciones. Luego de pasar unos días en la sencilla pero cómoda habitación del Caldero Chorreante, Alyssa había calculado que no podrían seguir mucho tiempo así. De modo que, en busca de hacer rendir sus escasas reservas de dinero, se habían mudado con sus pertenencias a un hospicio del Callejón Knockturn.
En su vida había pisado el lugar, y la primera vez que ingresó tuvo que hacer un gran esfuerzo para no girarse y volver por donde habían llegado. Todo estaba en la más profunda decadencia y parecía que la palabra "limpieza" era absolutamente desconocida para el propietario, un brujo encapuchado de aspecto poco amigable. No obstante, apenas escuchó el precio, su mente cambió de parecido y, si se lo miraba con buena predisposición, el lugar era acogedor.
En realidad no.
Pero tenía que autoconvencerse de ello, o no podría vivir allí. De hecho, si la habitación de ellas ahora era habitable, era porque Dipsy casi había tenido un ataque al corazón al ver la suciedad con la que iban a convivir.
Sin embargo, la elfina no le había permitido salir, aterrorizada ante lo que le podría llegar a ocurrir, con lo que Alyssa estaba ganando poco a poco una sensación de claustrofobia ante tanto encierro. Dipsy salía regularmente a buscar noticias para mantenerla informada y se encargaba de hacer las compras, pero ella casi no había visto la luz del día. Literalmente. La ventana tenía los vidrios con la suciedad tan impregnada que ni la magia de Dipsy había podido con ella.
- Dipsy, -comentó, mientras almorzaban- uno de estos días pienso salir.
- ¡Pero, señorita, es peligroso!
- También es peligroso para ti. –la contradijo.
La elfina sacudió la cabeza, haciendo también que sus orejas se movieran.
- No es lo mismo, señorita, usted es una bruja de sangre pura, y ya sabe lo que ocurrió en Hogsmeade.
- ¡Ni siquiera podrían reconocerme! –exclamó Alyssa. - ¡El espejo tiene razón! Tengo un aspecto horrible.
- ¡Señorita, no diga eso!
- ¿Por qué no? ¡Es la verdad! –rebatió la joven. – Lo único que puede hacer que la gente me reconozca son las túnicas, pero puedo venderlas y… -Alyssa se frenó en seco al caer en la cuenta de lo que estaba diciendo. - ¡Eso es! ¡Puedo venderlas, Dipsy! ¡Puedo vender las túnicas de Montmorency y así tendremos más dinero!
- Pero usted necesita...
- ¡Puedo comprarme otras más baratas! –la interrumpió, entusiasmada. - ¿Cómo no se me ocurrió antes? Iré antes de que se haga de noche. La gente estará apurada y no me prestará atención.
- Pero, señorita…
- Voy a ir, Dipsy. No insistas más.
La mirada de preocupación y decepción de la elfina casi la disuadieron. Pero si ella era algo, era sin duda autosuficiente. Y ni estar desheredada o un mundo mágico revuelto iban a cambiarlo.
º º º
Draco se quitó la ligera pero oscura capa de viaje, y se la entregó a un elfo doméstico que se había aparecido a su lado, el cual se la llevó de inmediato, presumiblemente para guardarla en el armario correspondiente. Se sorprendió al ver que no estaba solo en el vestíbulo, sino que de pie a unos pasos de él se encontraba su hijo Scorpius, y tenía la apariencia de haber estado esperándolo. Había una expresión algo molesta pero desafiante en su rostro que, si no fuera porque estaba dirigida a él mismo, la hubiera aprobado.
- ¿Qué te sucede, Scorpius? –le preguntó, cuando se hizo evidente que el menor no iba a hablar primero.
- ¿Por qué tú puedes salir y yo no? –cuestionó Scorpius, a modo de respuesta.
- Porque yo soy un mago plenamente calificado, mientras que tú ni siquiera has empezado tu tercer año en Hogwarts. –contestó Draco directamente, mientras avanzaba hacia las escaleras. Se detuvo al pie de ellas, antes de comenzar a subir, y se giró para darle una última mirada de advertencia. – Y porque yo lo digo.
A diferencia de lo que su padre hubiera deseado, tal vez debido a sus recientes impulsos de no prestar obediencia ciega a lo que decía, Scorpius no se quedó callado, sino que lo siguió mientras subía las escaleras, muy probablemente hacia el estudio.
- ¿Y por qué entonces no puedo ir contigo? Me aburro aquí adentro.
- Ya te lo expliqué, Scorpius. Es peligroso. –replicó de la misma forma en que lo había hecho desde que había comenzado el verano. – Y no voy a cambiar de opinión, así que ahórrate el esfuerzo.
- ¡Me aburro, padre! No pienso pasar todo el verano encerrado como si estuviera castigado. –se quejó.
Draco soltó un suspiro de hastío mientras ingresaba al estudio y se sentaba en su silla detrás del escritorio. Scorpius se quedó de pie, cruzado de brazos. Tres palabras pasaron por la mente de Draco: pequeño mocoso insolente. Encima de que lo estaba haciendo por su propio bien no paraba de quejarse. A él no se le hubiera ni cruzado por la mente tomar esa actitud hacia su padre a su edad.
- Escúchame bien, Scorpius, porque no pienso repetirlo ni una sola vez más. No vas a salir de la mansión hasta que tenga la certeza de que no estás en peligro, ¿de acuerdo? De modo que busca la forma de no aburrirte, escríbeles a tus amigos, o lo que se te ocurra. Pero no vas a salir. ¿Fui claro?
Scorpius decidió pasar por alto el hecho de que ya había intentado comunicarse tanto con Albus como con Alyssa vía lechuza y por alguna razón ninguno de los dos le habían respondido. Le molestaba especialmente que Alyssa no le contara qué había ocurrido con el compromiso, y que tuviera que enterarse por rumores de parte de sus padres.
- Si no puedo salir, podría invitar a Albus o Alyssa aquí. O podría ir yo a sus casas. Estoy seguro de que no les molestaría.
- La familia Potter está con la familia Weasley, no vas a ir a su casa. Y después de la falta de apoyo que le dimos, dudo mucho que los Ogden toleren que incluso hables con su hija. No nos han dirigido la palabra desde hace varios meses.
Scorpius tenía que admitir que tenía razón respecto de Alyssa, aunque en el fondo le molestaba que por los problemas políticos de la sociedad mágica él no pudiera hablar con su amiga. Si es que ésta se dignaba en algún momento a contestarle, claro estaba. No obstante, lo de Albus era totalmente injusto.
- ¿Por qué Albus no puede venir? –cuestionó. La opción de ir a visitarlo a la casa de los Weasley la dejó de lado por un instante. Si no tenía otra opción que ver a "Molly" antes de lo planeado, lo haría, pero prefería evitarlo lo más que pudiera.
Draco lo miró fijamente, buscando una respuesta adecuada, pero en realidad no tenía argumentos sólidos como para prohibir que Albus Potter fuera invitado a su casa. Después de todo, había tenido al padre sentado en el sillón individual que tenía enfrente. Sería algo hipócrita de su parte negarle la entrada.
Maldito fuera el día en que Scorpius había tomado por deporte cuestionarlo.
- De acuerdo. Puedes invitarlo algún día de la semana que viene.
- ¿Un día? ¿Por qué no más?
- Porque no. Y yo que tú me voy antes de que me hagas cambiar de idea.
Scorpius le dirigió una última mirada ofuscada, y luego se fue, murmurando en un tono bastante audible algo que sonó a "por eso no tienes amigos".
- ¿Qué dijiste? –lo llamó Draco.
- ¡Nada!
Draco volvió a suspirar exasperado. Seguía teniendo tres palabras en mente, aunque habían cambiado ligeramente: "Maldito mocoso insolente".
º º º
- ¡Jamie! ¡Al!
Tanto Albus como James levantaron la vista de sus respectivas copias de "Quidditch a través de los tiempos" y posaron su mirada en la pelirroja que acababa de entrar a su habitación –que era en realidad la biblioteca que solía usar Hermione reacomodada-. Se sentó al lado de James, sobre su cama. Tenía un pergamino en sus manos.
- Nunca me vas a dejar de decir "Jamie", ¿verdad?
- No. –respondió Lily, sonriente.
- ¿Ni cuando tenga ochenta años?
- No.
- Tienes mucha suerte de que te quiera, Lils.
Ella acentuó su sonrisa.
- Gracias, Jamie.
- ¿Qué querías, Lils? –le preguntó Albus.
Ella les mostró el pergamino.
- Quiero dibujar un thestreal para mostrarle a Hugo. Le dije que los carruajes estaban empujados por thestreals pero no sé cómo son.
Albus estaba por contestarle, pero James se le adelantó, y pasó a responderle en un tono confidencial.
- Son como dragones. Te miran con los más siniestros que se te puedan llegar a ocurrir. Tienen colmillos enormes, y además son de las criaturas más peligrosas que existen. Dicen que son presagio de la muerte.
- ¿En serio? ¡Son geniales! –exclamó Lily.
- No puedes saber eso, James, son invisibles. –rebatió Albus.
Éste le sonrió con algo de malicia.
- Es verdad, pero bien que hasta que papá no te contó eso estuviste llorando de miedo por todos los rincones.
- ¡No lloré! –se quejó Albus.
- ¡Pero estabas muerto de miedo! –rebatió el mayor. Puso una voz chillona y comenzó a imitarlo. – "¡Papá, James me está molestando! ¡Dice que me van a tirar a los thestreals si desapruebo un examen!"
- ¡Cállate, James! –le espetó Albus, pero su hermano siguió riéndose, recordando cómo había molestado a su hermano menor durante el verano anterior a su primer año.
- "¡Papá, James dice que voy a quedar en Slytherin!"
- ¡Yo no era así! –negó Albus, pero tanto él como James sabían que efectivamente había sido así, cosa que el otro estaba aprovechando al máximo. A continuación, no obstante, James comenzó a tergiversar un poco los temores de Albus.
- "Papá, ¿a qué casa me van a enviar si soy bueno llorando?"
- ¡Dije que te callaras! –repitió Albus, mientras se abalanzaba sobre su hermano mayor, quien levantó las manos para cubrirse.
- "Papá, ¿por qué James es tan increíble y yo no?" ¡Ay! –se quejó James, ante un golpe especialmente bien dirigido de Albus. Sin embargo, se estaba riendo. Hacer reaccionar a su hermano menor era lejos una de las cosas más divertidas de las vacaciones para él.
- Creo que en realidad le pregunté: "Papá, ¿cómo hace James para ser tan idiota?"
Atrapado debajo de su hermano, James soltó una pequeña carcajada al ver que Albus le estaba siguiendo el juego.
- "Papá, ¿los elfos domésticos me cambiarán los pañales?"
A Albus se le curvaron las comisuras de los labios ante la provocación de James, mientras seguían forcejeando, aunque con mucha menor vehemencia.
- "¡Papá, tengo miedo de que Albus sea mejor que yo en todo!" –rebatió Albus, utilizando también un tono agudo.
- Mamá, papá, ¿cómo es un thestreal?
- En realidad, creo que eso fue lo único que realmente les pregunté, Lils. –comentó Albus, parando un puño de James fácilmente.
- No, Al, les estoy preguntando ahora. ¿Cómo son?
Albus y James se giraron de inmediato y comprobaron que, efectivamente, sus padres estaban de pie en el umbral de la puerta, observándolos atentamente, cruzados de brazos. Seguramente habían escuchado todo el ruido proveniente de la habitación, y, ya habituados a los incidentes que se daban cuando James y Albus estaban juntos mucho tiempo, habían decidido investigar.
- Él empezó. –dijeron al mismo tiempo, luego de un instante de silencio.
- Albus, deja respirar a tu hermano. –ordenó Ginny, y Albus no tuvo más opción que dejar de apresarlo. Apenas estuvo libre de nuevo, sin embargo, James sonrió con picardía y lo empujó hacia atrás con la pierna, haciendo que Albus se tambaleara hasta caer sobre su propia cama. No obstante, se levantó inmediatamente con la intención de arreglar cuentas con su hermano.
- Albus, siéntate en tu cama. James…
- ¡Fue un acto reflejo, mamá! Me golpeó la rodilla antes de levantarse. –se excusó rápidamente.
Ginny no le contestó, sino que simplemente le dirigió una mirada que hablaba por sí sola. James se movió inquieto por unos segundos, y finalmente murmuró:
- Está bien, perdón, Al.
- ¿Alguien me puede decir cómo son los thestreals? –preguntó Lily, impaciente, moviendo las piernas hacia delante y hacia atrás.
- ¿Qué te contó James? –preguntó Harry, entendiendo que le había preguntado a sus hermanos, y decidido primero a desmentir cualquier invento que el mayor hubiera hecho.
- Que eran como dragones… con colmillos y todo. Que… que te avisaban cuando te ibas a morir, que eran peligrosos y… ¿cómo eran, Jamie?
- Siniestros. –le aclaró su hermano. – Como mamá cuando se enoja.
- ¡James! –se quejó Ginny, aunque todos, incluido Harry, rieron ante el comentario. La pelirroja sonrió, a su pesar.
- Bueno, una parte es verdad y la otra es mentira. –le explicó Harry a su hija.
- Como todo lo que dice James. –acotó Albus.
- Claro. –acordó éste. – Si digo que tengo un hermano que se llama Albus y que es inteligente, todo el mundo ya sabe que parte es mentira.
Lily rió pero Albus lo miró amenazante.
- Espera a que se vayan mamá y papá y verás.
- Albus, no amenaces a tu hermano. Y James, basta.
Ambos chicos se quedaron algo enfurruñados, pero de todas formas obedecieron. Harry pasó a explicarle la verdad sobre los thestreals a Lily, y, para cuando terminó, ésta no sólo estaba más entusiasmada por ir a Hogwarts, a pesar de que no utilizaría los carruajes, sino que les estaba dirigiendo a sus padres una mirada suplicante.
- ¿Podemos tener uno como mascota?
- En realidad, Lils… -comenzó su padre.
- No podemos tener otra mascota. –finalizó James por él, atrayendo las miradas. Sonrió. – Ya tenemos a Albus.
Albus reaccionó inmediatamente: sin pensarlo ni un instante, se abalanzó sobre James, quien se paró y corrió hacia la puerta, esquivando a su madre para evitar ser atrapado por su hermano. No había que dejarse engañar por la estatura de Albus: era más bajo que él pero dirigía bien sus golpes.
No obstante, ambos quedaron inmovilizados ante un movimiento de la varita de Harry: James con la mano en el marco de la puerta y un pie afuera y Albus con el brazo estirado, claramente con la intención de agarrarlo.
Si tener que hechizar a sus hijos para darle fin a una pelea no era indicio suficiente de lo que serían las vacaciones, entonces no tenía idea de qué podría serlo.
º º º
- ¡Mira, Hugo! –exclamó Lily, abriendo sin golpear la puerta de la habitación que compartía con su primo.
Rose le había dicho que no tenía problema en que compartieran la habitación, pero la pequeña había insistido en que quería estar con Hugo. Desde que habían sido obligados por las circunstancias a habitar en Hogwarts, se habían vuelto inseparables.
El pelirrojo de once años levantó la vista del montón de figuritas de ranas de chocolate que había estado leyendo. Lily le entregó el pergamino que había estado dibujando todo el día con una expresión de triunfo.
- Es un thestreal. –explicó, entusiasmada. - Le pregunté a papá cómo eran y me dijo. Y es verdad que son los que llevan los carruajes.
- Parece un dragón. –comentó Hugo. – Son geniales. –sonrió.
- Es lo que yo dije. Pero no me dejan tener uno como mascota. Igual, son invisibles hasta que ves morir a alguien.
- ¿En serio? Qué extraño.
- Pero puedes subirte a uno de ellos por más que no los veas. Cuando vea a Hagrid le voy a pedir que me deje volar en uno. –finalizó, sonriente.
Lily se sentó al lado de Hugo y tomó la figurita que su primo había estado leyendo. Un joven mago de no más de dieciséis años le devolvió la mirada y la saludó respetuosamente con una inclinación de su cabeza. Estaba vestido con sendas túnicas de Ravenclaw y tenía la insignia de prefecto en su pecho.
La giró y la leyó para sí:
Jeremiah Andrew Swane
Alumno prodigio de Hogwarts. A la edad
de dieciséis años ya había publicado varios
artículos que revolucionaron la rama de
la Transfiguración. Su prometedora carrera
se sumió en el misterio al convertirse en
inefable a los dieciocho años.
- Bueno, este chico era increíble. –comentó Lily, volviendo a girar la tarjeta para observar la imagen del otrora famoso mago, cuya vida había caído en el anonimato. - ¿Qué habrá sido de él?
Hugo se encogió de hombros.
- ¿Cómo crees que nos irá a nosotros? –siguió la pelirroja. – Apuesto a que estudiar en Hogwarts será alucinante. - Cuando su primo siguió sin contestarle verbalmente, Lily levantó la mirada del rostro de "Jeremiah Andrew Swane" y la enfocó en Hugo. - ¿Qué pasa? ¿No tienes ganas de ir? –le preguntó, preocupada.
Hugo no contestó inmediatamente, sino que entrecruzó los dedos de sus manos y comenzó a hacer movimientos ensimismados con ellos, mientras los miraba ausentemente. Cuando Lily repitió la pregunta, finalmente respondió.
- Tengo ganas de ir, Lils. En serio. Pero yo nunca voy a lograr algo así. No soy inteligente como Rosie, no sé volar como James o Albus… ni siquiera puedo dibujar tan bien como tú. –explicó, en un tono triste.
- ¿Y eso qué tiene que ver? –preguntó Lily, confundida. – Yo tampoco sé volar tan bien como ellos, pero igual me divierto haciéndolo. Y puede que nos cueste más que a Rosie, pero igual será increíble, Hugo. Lo prometo. No te preocupes –finalizó sonriente.
Hugo aún seguía dubitativo, pero no tenía el corazón para borrarle a su prima la sonrisa del rostro, de modo que intentó corresponderla con el mismo entusiasmo. Al parecer, lo logró, porque Lily comenzó a hablar de cómo sería volar en un caballo invisible, y hacer levitar objetos y un montón de cosas más que pensaba hacer cuando fuera a Hogwarts.
El pensamiento, sin embargo, no se borró de su cabeza.
º º º
La semana siguiente, la casa de la familia Weasley quedó prácticamente desierta, a comparación de lo que habían sido los primeros días del verano. Al menos, casi desierta de jóvenes.
Albus estaba en la Mansión Malfoy, donde había sido invitado por Scorpius a pasar el día, al menos en principio, según lo que el rubio había dicho. Intentaría convencer a sus padres sobre la marcha de que su estadía se extendiera –en especial a su padre-.
James, Lily y Rose habían ido por unos días a visitar a sus primos Roxanne y Fred, o a ser malcriados, según George había les había dicho a sus respectivos padres. Según él, no los estaban dejando ser lo suficientemente libres. Harry y Ginny simplemente le desearon suerte, mientras que Ron y Hermione le advirtieron que querían que Rose volviera en el mismo estado en que había ido.
Hermione cerró cuidadosamente la puerta de la habitación de su hijo. Hugo se había estado sintiendo mal los últimos días y por ello no había ido a visitar a sus primos.
- ¿Cómo está? –escuchó que le preguntaban, y se giró para observar el rostro preocupado de Ron.
- Se acaba de dormir. Se sigue sintiendo igual de mal.
- ¿Le seguía doliendo la cabeza?
Hermione asintió, mientras ambos comenzaban a caminar.
- Es extraño. No le duele nada más. Si sigue así vamos a tener que llevarlo a San Mungo. No puede estar tantos días con dolor de cabeza.
Ron asintió.
- Tal vez está nervioso por ir a Hogwarts. –aventuró Ron. – A mí me pasó de no poder dormir muchas noches. Aunque en parte era por las cosas que Fred y George me contaban. –agregó, con un cierto brillo nostálgico en la mirada.
Hermione le tomó la mano en un gesto reconfortante.
- También lo pensé, pero cuando le pregunté me dijo que tenía ganas de ir a Hogwarts.
- Puede que no nos esté contando todo.
Hermione frunció el entrecejo.
- ¿Por qué no habría de decirnos lo que le pasa?
Ron se encogió de hombros, mientras comenzaban a bajar las escaleras. Se escuchaba el sonido cada vez más alto de una conversación entre varias personas.
- No lo sé, no me gusta la idea. Pero es una posibilidad.
Hermione asintió, quedándose sumida en sus pensamientos. Finalmente llegaron al lugar donde se habían estado dirigiendo: la sala donde estaban reunidos Ralph, Jeremiah, Kingsley, Harry y Ginny. Llegaron para escuchar el final de la frase que el ex Ministro de la Magia estaba pronunciando.
- … así. En algún momento tendremos que tomar partido.
- Es cierto, ¿pero por qué siempre asumen que los mestizos son el bando de "los buenos"? –cuestionó Ralph. - ¿No estuviste tú en peligro de muerte gracias a uno? –argumentó, en dirección a Jeremiah. Éste hizo un gesto afirmativo con la cabeza pero no hizo ningún comentario. – Y Truman Llorch…
- Es cierto, pero también del otro lado tenemos a magos que estafan con la venta de pociones que en verdad son inocuas, y no hacen más que dividir al mundo mágico con prejuicios. –lo interrumpió Harry.
- Y que han destruido nuestra casa. –recordó Ginny.
- Lo están tomando personalmente. –les dijo Ralph, en tono de advertencia.
- No me digas, ¿en serio? Disculpa, pero no suelen destruir nuestro hogar muy seguido y aún no nos hemos acostumbrado. –le respondió sardónicamente la pelirroja.
- ¿Qué sucede? –se le anticipó Hermione al Auror. - ¿Por qué están discutiendo sobre ambos bandos?
- Porque en algún momento tendremos que tomar partido por alguno de ellos. –le explicó Kinglsey.
- No todavía. –precisó ella. – Y aún así, no podemos brindarle nuestro apoyo a un grupo de asesinos.
- Siendo neutrales somos enemigos de todos. –rebatió Ralph. – Y como ningún bando está exento de crímenes…
- Entonces no elegiremos ninguno. Me niego a… -comenzó Hermione, pero se vio nuevamente interrumpida.
- No todas las batallas se ganan apelando a las leyes. –puntualizó Ralph, acertando con precisión a la forma de desempeñarse en el puesto de Hermione, y también conociendo su anterior puesto jerárquico en el Ministerio de la Magia, dado que dependían directamente de ella. – De vez en cuando hay que ceder para poder ganar, y eso incluye abandonar principios moralistas.
- No son "principios moralistas", se llama hacer el bien.
- El punto es el mismo. –insistió Ralph, impertérrito.
- ¿Entonces qué propones? ¿Aliarnos a los que destruyeron la casa de nuestros mejores amigos?
- Es una alternativa. –asintió Ralph, ante lo cual Harry sonrió incrédulamente y se cruzó de brazos. - Nadie está libre de culpas y de malas acciones. Buscar al aliado perfecto es una utopía.
Antes de que la antigua Directora del Departamento de Aplicación de la Ley Mágica respondiera, como era evidente que haría, se escuchó una voz que había sonado poco hasta ese momento.
- ¿Acaso tiene algún sentido discutir esto ahora? –preguntó Jeremiah. – No estamos en un momento clave, sino en una etapa de transición. La situación no ha terminado de esclarecerse, y es de esperar que sucedan más cosas en los próximos días. Tomar una decisión ahora sería más que imprudente, aunque el punto de Shacklebolt y Velak es válido.
Luego de unos minutos de tensión, cada uno de los presentes fue asintiendo, sin poder oponer un argumento sólido para continuar discutiendo. De modo que, por unanimidad esta vez, decidieron levantar la reunión y volverse a encontrar cuando los acontecimientos lo demandaran. Ya se habían levantado de sus respectivos asientos cuando un pelirrojo de baja estatura se asomó por la puerta con aspecto desaliñado y algo pálido.
Aparentemente, Hugo no había prestado atención al hecho de que sus padres y tíos tenían visitas, porque se paralizó en el lugar cuando cayó en la cuenta de la presencia de los tres magos desconocidos. Dirigió la mirada hacia ellos y se quedó observándolos. Sólo cuando sus padres lo llamaron en voz alta, salió de su ensimismamiento.
- Hugo, ¿qué necesitabas? –le preguntó Ron, agachándose sobre sus rodillas hasta quedar a la altura de su hijo.
El pequeño parpadeó varias veces y finalmente pareció recordar el motivo por el que se había acercado hacia el lugar.
- Me duele la cabeza.
Ron y Hermione intercambiaron una mirada de preocupación paternal, y ésta última se dirigió a Jeremiah, Ralph y Kingsley.
- Levantaré las barreras anti-aparición para que puedan irse.
- Descuida, Mione, yo lo hago. –se le anticipó Harry. – Vayan con Hugo.
Tanto Hermione como Ron le dirigieron una mirada agradecida antes de retirarse. Pocos instantes después, las tres visitas ya no estaban allí.
º º º
Varias horas más tarde, cuando la cena ya había pasado, Hugo estaba tendido en su cama. La cabeza ya no le dolía. De hecho, había dejado de dolerle a la tarde, cuando había interrumpido el encuentro de los adultos. Había dicho que le dolía sólo porque la voz así se lo pidió.
"Di 'Me duele la cabeza'". Eso le había dicho.
Pero ahora todo estaba en silencio. Había sido como estar soñando, pero despierto. Recordaba vagamente cómo en ese momento había ido con un punzante dolor, pero, de un momento a otro, éste se había evaporado en una extraña sensación de alivio, justo antes de que la voz le hablara.
Y las imágenes. Habían pasado a gran velocidad. También antes de que le dejara de doler la cabeza. Nunca le había pasado algo así. Vio cosas que creía haber olvidado, de cuando era más chico, pero la que más duró fue la conversación con Lily de hace pocos días atrás. El peso del estómago que le daba pensar en Hogwarts también lo había sentido más fuerte que nunca…
Y luego se había ido.
De todas formas, se sentía bien. Tal vez era porque ya no estaba pensando en Hogwarts. Ahora, lo que de verdad quería saber era qué le había ocurrido. ¿Por qué de un momento a otro había dejado de ver la sala y habían aparecido esas imágenes? ¿Qué había pasado?
Lo único que recordaba era una mirada que pareció observar adentro de él. Nunca lo habían mirado así. Aunque fue muy rápido: instantes después, ya no la vio más. Mientras pensaba en eso, otra pregunta surgió en la mente de Hugo: ¿de quién había sido la voz?
Nunca le costó tanto conciliar el sueño como esa noche.
