El segundo, este es AlemaniaxItalia, espero que os gustew =3.
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Se escondió entre las sábanas temblando del miedo. El alemán movió la linterna de su cara para reflejarla en el montón de sábanas. Sonrió y colocó su mano sobre lo que parecía la cabeza del chico, debajo de la sábana. El italiano, dejó asomar su cara por ellas, agarrándolas por los lados tapándole todo. Apartó el montón de él, y se sentó con las piernas cruzadas.
- Venga, te toca a ti. – dijo mientras le pasaba la linterna.
- Está bien, haré que tiembles de miedo, Doitsu. –dijo mientras pensaba alguna buena historia que contar.
El alemán se atusó el pelo, y cruzó los brazos esperando a que el italiano empezara su relato. Sabía que no le iba asustar, pues no tenía miedo a nada. El joven colocó la linterna debajo de su rostro consiguiendo que las sombras que aparecían en su cara fueran terroríficas, aunque claro, solamente eso no iba a asustar al alemán. El italiano carraspeó la garganta y comenzó el relato.
- Hace mucho, mucho tiempo, en esta casa vivía una familia. El padre, la madre y dos niños gemelos. Cuando los hijos cumplieron quince años cada uno, los padres les regalaron una navaja como muestra de madurez. Una noche de tormenta, una como esta de hoy, los niños fruto de la locura y con navaja en mano fueron a la habitación de sus padres, que era esta misma. La madre acunaba al bebé, que había nacido hace un año, y el padre despierto, la esperaba a que se acostara en la cama con él. De repente, a través de la tormenta, oyeron unos estruendosos pasos, y como si algo estuviera rajándose. Al cabo de unos segundos, uno de los gemelos pegó una patada a la puerta abriéndola. Los dos hermanos, en el umbral, cada uno con una navaja clavada en la pared de madera, la sacaron de allí, y con los ojos inyectados en sangre, acuchillaron a sus padres y al bebé sin remordimientos. Cuando su padre, exhaló el último suspiro de vida, los gemelos despertaron como si de un trance se tratara. Y al ver las navajas, el cuarto y sus padres, todo lleno de sangre y al darse la vuelta y mirarse a ellos mismos enloquecieron y se suicidaron. Ahora, cada noche del día 31 de octubre, y solo si hay tormenta, como esta. Uno de los espíritus de esos gemelos vaga por la casa. Sus pasos retumbando contra el parqué, y el sonido del filo de la navaja incrustada en la madera embriagan la habitación hasta que la puerta se abra, y sin poder hacer nada, mueres.
Un escalofrío recorrió el cuerpo del alemán sin que pudiera evitarlo. El italiano sonrío para sí y se acercó un poco más al alemán.
- ¿No decías que no tenías miedo a nada? ¿No decías que mis historias no eran terroríficas? – preguntó al oído del joven rubio.
- Y-yo… ¡no me ha dado miedo! – gritó aunque no pudo evitar una mueca en su rostro.
- ¡Ja! DOITSU TIENE MIEDO, DOITSU TIENE MIEDO… - empezó a cantar Feliciano.
El alemán se cruzó de brazos y desvió la mirada. Un leve rubor apareció en sus mejillas. El italiano se acercó más a él y le rodeó con los brazos. Apoyó su rostro en el pecho del joven rubio y le dio un beso. El alemán, acarició el cabello de Feliciano, que se veía de un tono castaño oscuro por la poca luz que entraba por la ventana, que la mayoría eran ocasionados por los rayos. El italiano sonrió. Tenía la mejilla junto al pecho de este. Feliciano, se puso de rodillas, y se colocó encima del alemán. Rodeó el cuello de Ludwig con sus brazos. El alemán le sonrió y le atrajo hacía él. El italiano aproximó sus labios a los suyos pero el joven de ojos azules se adelantó. Presionó los labios a los suyos, con fuerza, y se separaron para tomar aire. Ludwig se tumbó en la cama y el italiano se deslizó encima de él lentamente acariciando su cuerpo musculoso. El alemán le apartó la mano, sin embargo, metió la suya por debajo de la camiseta del italiano y la dejó colocada en el costado. Feliciano, sonrió y colocó sus manos en el cabello rubio del alemán. Le atrajo hacia él, y le besó. Pero esta vez con más intensidad. Sus labios se juntaban y despegaban, jugueteando. El italiano metió su lengua en la boca del alemán buscando la suya. La encontró y mientras las lenguas se movían ellas solas, jugando a encontrarse y buscarse, sus labios seguían juntándose con más intensidad cada vez. Feliciano pegó un pequeño mordisco en la mejilla del alemán. Ludwig agarró el cabello del italiano, y lo separó de él. Acercó sus labios al cuello de éste y le dio pequeños besos describiéndolo. Le pegó pequeños mordiscos. El italiano agarró el borde de la camiseta que llevaba, y se la quitó. Justo cuando el alemán volvía a colocar sus manos en el costado, oyeron un ruido. Se quedaron quietos escuchando atentamente. Pero no volvió a oírse nada. El alemán volvió a aproximarse al italiano, pero el ruido se escuchó de nuevo, pero esta vez no paró. Se separaron, y se quedaron sentados en la cama. El ruido cada vez se oía más fuerte, más cerca. Pisadas. Parecían de botas muy pesadas. Se iba acercando, cada vez más. Una navaja atravesando la madera. Se miraron sorprendidos, con el semblante pálido. El alemán se levantó y cerró la puerta con el pestillo y se apoyó en ella, con fuerza, para impedir que se abriera. Pero fue demasiado tarde. Una mano con una navaja sobresalían por el resquicio de la puerta que había abierto a la fuerza ese ser. De repente, la navaja y la mano desaparecieron y la calma volvió a su lugar. El alemán se apartó de la puerta y se plantó delante del italiano. Pero justo en el momento que se daba la vuelta hacía la puerta, ésta estaba abierta de par en par. Oyó un grito, el cual reconoció al instante y dándose la vuelta mientras gritaba su nombre, sintió la hoja de la navaja clavándose en su cuello, degollándole.
La policía llegó a la escena del crimen. Una chica, acordonó la habitación, alrededor de los dos cuerpos mutilados. La habitación, completamente llena de sangre albergaba dos cuerpos partidos en trozos, imposible de saber de que parte era de quién. El caso se dió por cerrado, por no tener ninguna prueba.
