Este capítulo es para Ittah y Toggi, porque, con todo lo que tardé en felicitarlos por sus último cumpleaños, casi que es un regalo adelantado para el siguiente.
Capítulo 3: Cabeza de Puerco
- Una semana más, madre.
- No, Scorpius. Albus también tiene que aprovechar las vacaciones para estar con su familia.
- Pero…
- Ya la escuchaste, Scorpius.
El rubio se cruzó de brazos y miró algo ofuscado a sus padres. Se encontraban en el estudio, y Scorpius estaba intentando conseguir una nueva prórroga para la estadía de Albus en la mansión. A pesar de que anteriormente había conseguido extenderla, esta vez el "no" parecía ser terminante.
- Voy a morirme de aburrimiento. –les advirtió. Astoria le dirigió una mirada compasiva, pero Draco no se inmutó.
- Vas a sobrevivir, te lo aseguro. –le contestó.
- Si me llego a morir, voy a encargarme de hacerte la vida imposible desde el más allá.
- Scorpius, no bromees con eso. –le reprendió Astoria.
- Estás más que invitado. –contestó Draco, al parecer, con menos reparos sobre el tema que su esposa. – ¿Algo más?
Scorpius se vio tentado a contestarle a su padre qué opinaba de su indiferencia, pero por el momento se contuvo. Su madre tampoco estaba a su favor, con lo que sería una batalla perdida de antemano. Finalmente, se contentó con dirigirle una última mirada irritada a él –después de todo, ella se había mostrado más compasiva- y se retiró hacia su habitación.
Previsiblemente, Albus había aprovechado su ausencia para sacar de su contenedor a la nueva escoba y la estaba examinando cuidadosamente cuando su amigo ingresó al cuarto.
- Estaba pidiéndome a gritos que la dejara en libertad. –se excusó.
Scorpius le dirigió una mirada escéptica, pero no se la quitó, sino que pasó de largo a Albus y se dejó caer sobre su cama.
- Sería mejor que te la llevaras. No sé para qué me la regalaron si ni me dejan usarla. –dijo alicaído.
- ¿En serio? –se ilusionó el chico de pelo verde, sonriente.
Scorpius lo miró frunciendo el entrecejo.
- No.
A Albus se le evaporó la alegría de su rostro.
- Eso fue cruel, ¿sabías? –le recriminó.
- Bienvenido a mi mundo.
- Oh, por Merlín, Scor. –se quejó Albus. - No seas tan exagerado.
- No estoy siendo exagerado. –contradijo Scorpius, incorporándose sobre un codo. – Tú no sabes como es. Estás con tus hermanos y tus primos. Yo estoy solo con mis padres. Me deprimen.
Albus rió ante el tono miserable de su amigo.
- No te rías, Al. Es en serio. –se quejó el otro. - Hasta preferiría hablar con Molly antes de quedarme todo el verano aquí.
- ¿De verdad? –la sonrisa de Albus se ensanchó.
- No. –contestó sucintamente Scorpius, volviendo a recostarse. – Era una forma de decir.
Se quedaron en sin hablar unos instantes, mientras Albus guardaba la Ventisca en su estuche.
- Podrías invitar a Ogden. –sugirió el de pelo verde, rompiendo el silencio, mientras colocaba la escoba en el espacio que quedaba debajo de la cama.
- ¿No te dan celos? –preguntó Scorpius mordazmente.
Albus se enderezó, dirigiéndole una mirada contrariada.
- Prometiste que no ibas a hacer más comentarios sobre el compromiso. –le recordó.
- Dije que no iba a hacer más bromas. –rectificó Scorpius. – Y ahora te estoy haciendo una simple pregunta, Al.
Albus se recriminó internamente su ingenuidad al confiar en la palabra de su amigo. Era obvio que iba a encontrar la forma de molestarlo sin romper su promesa. Decidió responderle para no darle a la pregunta más importancia de la que merecía.
- No. No me van a dar celos. –contestó, colocando las manos en sus bolsillos.
- Está bien. Yo sólo preguntaba. –insistió, con una expresión inocente en su rostro. - Ya sabes, como es tu prometida-
- O dejas el tema de una vez, o le hago pagar a la Ventisca. – le advirtió, colocando su pie peligrosamente cerca de la escoba.
- De acuerdo, de acuerdo. –se rindió rápidamente Scorpius.
Satisfecho, Albus retiró su pie de encima de la escoba y se dirigió hacia el escritorio, tomando una revista al azar de las que estaban ahí. Cuando vio que se trataba de una publicación de Pociones frunció el entrecejo y la descartó rápidamente, y buscó otra.
- Al, cuidado con eso. –le previno Scorpius, al ver que una de sus revistas preferidas era tratada así.
- Obsesivo. –murmuró Albus, mientras continuaba revolviendo el escritorio.
Un paquete rectangular le llamó la atención: era una caja completamente blanca, con una textura elegante, y de un tamaño parecido al que tendría un libro muy voluminoso. Leyó rápidamente lo que tenía escrito en la tapa, en tinta dorada opaca: "El libro de oro de las túnicas de gala. Edición especial Bodas." Ya anticipándose a lo que encontraría, tomó la tarjeta de dedicación que estaba acordonada al paquete. La misma rezaba: "Para Alyssa y Albus, de Scorpius".
Tomó el libro y, sin demasiados miramientos, lo dejó caer encima de Scorpius, quien se sobresaltó cuando éste impactó con su abdomen. Había estado distraído mirando hacia el techo. Cuando vio de qué se trataba comprendió el motivo de que Albus lo estuviera mirando nuevamente molesto.
- ¿No puedes ni siquiera hacer el esfuerzo de no burlarte? –le preguntó exasperado su amigo.
- Al, te prometo que… -comenzó a contestar, pero Albus lo interrumpió.
- Estoy empezando a pensar que eso no significa mucho.
- Al, confía en mí. –el chico de pelo verde le dirigió una mirada que hablaba por sí sola. – Escucha, es en serio. No lo hice para molestarte a ti. Es para Alyssa.
- Para Ogden. No para mí. –repitió, algo escéptico.
- Sí, Al, lo prometo. –confirmó Scorpius.
Albus colocó las manos en sus bolsillos y evaluó durante unos instantes la sinceridad de su respuesta. Finalmente la aceptó, asintiendo.
- A ella tampoco le va a causar gracia. –comentó.
- Ya lo sé. Es la idea. –rebatió Scorpius. – A mí tampoco me causó gracia que no me contara nada ni de sus planes ni de lo que pasó con el compromiso.
Albus asintió, y no intentó hacer cambiar de parecer a su amigo. Después de todo, no era su problema.
- De todas formas…-siguió Scorpius. - ¿Quieres echarle un vistazo?
Una vez más, la mirada de Albus fue respuesta suficiente.
º º º
Ron frunció el entrecejo al salir de la chimenea de la sala de estar de la Mansión Malfoy. Después de todo el tiempo que había pasado allí hace varios meses, pensó que finalmente se había librado de tener que volver a pisar el lugar. Al parecer, no sería así, ya que, argumentando que su casa era mucho más espaciosa, Draco Malfoy se había resistido a pisar el hogar de los Weasley.
Ron había sugerido incluso volver a la cueva de Hogsmeade pero, según les había informado Ralph Velak, no eran los únicos conscientes de su existencia. Luego de los altercados de Hogsmeade, el pueblo había sido requisado más que nunca, y el escondite había sido revelado al Ministerio. Afortunadamente para ellos, no todo había sido descubierto: los pasadizos aún seguían siendo secretos.
Aprovechando la ocasión, llevarían a Albus de vuelta. Ron personalmente no entendía cómo su sobrino estaba en la Mansión Malfoy voluntariamente, pero decidió no cuestionar ni a Harry ni a su hermana por el estado mental de su hijo, porque probablemente no se lo tomarían bien.
- ¡Hola, tío!
Ron sonrió ampliamente al joven de trece años que acababa de entrar a la amplia habitación. Scorpius Malfoy, algo más alto de lo que Ron recordaba, ingresó siguiendo a su amigo de pelo verde con las manos en los bolsillos, al parecer, sin mucho interés en estar allí.
Ron se acercó a ambos chicos para saludarlos. Le despeinó afectuosamente la singular cabellera a su sobrino y saludó con una inclinación de la cabeza a Scorpius, en un gesto más cortés.
- ¿Cómo has estado, Al?
- Muy bien. –respondió éste, y, recordando el interés que compartían por el Quidditch, comentó: - ¿A que no sabes qué le regalaron a Scorpius, tío? –Ron se mostró intrigado. - ¡Una Ventisca! ¿No es increíble?
El hombre estaba completamente estupefacto.
- Una… pero salen una fortuna. –musitó. Luego recordó de qué familia estaban hablando. – Aunque supongo que no será nada para un Malfoy, ¿verdad?
- Ni idea. Yo no la pagué. –contestó Scorpius, encogiéndose de hombros.
A Ron se le vino a la mente una escena muy similar de su segundo año en Hogwarts, cuando Lucius Malfoy había renovado las escobas voladoras de todo el equipo de Quidditch de Slytherin. Al parecer, Draco estaba siguiendo sus pasos.
- ¿Piensas entrar al equipo de tu casa? –preguntó, intentando no sonar acusador.
- Voy a intentarlo.
- Scor, con una Ventisca, creo que hasta un troll puede entrar al equipo. –comentó Albus. Ron hizo un esfuerzo por mantener su rostro impasible. Su sobrino había expresado sus pensamientos con increíble precisión.
Scorpius le dirigió una mirada recelosa a su amigo.
- ¿Qué quieres decir con eso? ¿Que sin la Ventisca no podría entrar al equipo? –cuestionó.
Albus cayó en la cuenta de cómo había sonado su comentario.
- No, Scor… en realidad…. – comenzó, pero se vio salvado de tener que pensar cómo justificarse porque en ese momento se acercó Astoria hacia ellos. Saludó a Ron y luego se dirigió a su hijo.
- Scorpius, ¿por qué no suben a tu habitación? Estamos por comenzar.
El chico asintió, y se dirigió hacia la puerta. Hizo unos pasos pero cuando vio que Albus no lo seguía, se giró y lo miró interrogante.
- Voy a saludar a mis padres y subo. –precisó. Scorpius se encogió de hombros, y, acto seguido, se fue.
Albus se dirigió hacia sus padres, que estaban conversando con Aydan Lockhart animadamente. Ron, en cambio, se encaminó hacia donde se encontraba Hermione. Su esposa se encontraba hablando con Jeremiah Swane, hecho que no le agradaba en absoluto. En realidad, Swane no le agradaba en absoluto. Ni él ni la, en opinión de Ron, ridícula aura de misterio que construía a alrededor de su persona.
Llegó justo cuando el inefable terminaba de decir algo en apariencia muy curioso, ya que Hermione asentía interesada.
- Cuidado con lo que dices, Swane. –le advirtió. – No vaya a ser que te mueras sin querer.
El mago suspiró hastiado. Cada vez que tenía enfrente al Auror éste le hacía comentarios relativos a su Juramento Inquebrantable de no revelar secretos del Departamento de Misterios. Además, tenía la mala costumbre de interrumpir sus conversaciones con Hermione Granger, quien, había descubierto, era una interlocutora más que destacada. Parecía tener conocimientos sobre una gran diversidad de temas, aspecto que satisfacía su curiosidad innata por aprender cosas nuevas.
- No estaba hablándome sobre nada relativo al Departamento de Misterios. –precisó Hermione. – De hecho, estábamos conversando sobre las excepciones de la Ley de Gamp sobre Transformaciones Elementales.
Ron dio un respingo.
- Apasionante.
Hermione negó con la cabeza, algo exasperada ante la actitud de su esposo.
- ¿No te interesan las Transformaciones? –cuestionó Jeremiah. – Tengo entendido que son algo fundamental para tu profesión.
- No tengo permitido hablar de mi profesión. Es secreta. –contestó el pelirrojo, en tono confidencial.
- No es secreta. –rebatió Jeremiah. – Cualquiera en el Ministerio sabe qué hace un Auror.
Ron se encogió de hombros.
- Supongo. Pero quería saber qué sentía responder a tu manera.
El inefable frunció el entrecejo ante el comentario.
- Ya te dije que no depende de mí, Weasley. Supéralo de una vez.
Jeremiah se puso de pie y se alejó. Hermione, mientras tanto, fijó la mirada en su esposo.
- ¿Era realmente necesario, Ron?
- Sí, no sabes cuánto. –respondió éste, sonriente. Hermione simplemente rodó los ojos. – Oh, vamos, Mione. Swane es insufrible. No puedes negarlo.
- Es un inefable, no puede hablar de su trabajo.
- Es un inefable insufrible, que no es lo mismo. –respondió éste.
Reconociendo la actitud del pelirrojo, Hermione lo miró suspicaz.
- ¿Qué te sucede? ¿Acaso estás celoso?
Ron adoptó una expresión confundida.
- No.
Hermione no lo contradijo, pero le dirigió una sonrisa que dejaba en claro que sabía perfectamente cuál era el origen de los hostigamientos de Ron hacia Swane.
Entretanto, Albus se había acercado a Harry, Ginny y Aydan Lockhart. Estaban charlando amistosamente y al chico le recordó a la forma en que hablaban con Neville Longbottom. Sus padres lo saludaron cariñosamente, mientras que Aydan le sonrió con una expresión afable pero respetuosa.
- Señor Potter. –saludó.
- Hola Profesor… Mamá, ¡no hagas eso! –se quejó Albus. Ginny se había acercado a su hijo y estaba intentando peinar su rebelde cabellera.
- Al, tienes que cortártelo. –sentenció.
- Déjalo así, me gusta. –rebatió su hijo, intentando esquivar las manos de su madre.
- Al, tiene razón: está tomando vida propia. –comentó Harry, observando críticamente la cabeza de su hijo, cubierta por una mata de pelo tan indomable como la suya, con la sola diferencia de que era verde y su longitud era mayor. De hecho él solía ser el más comprensivo sobre el tema, pero la situación era difícil de defender en ese momento.
- Siempre quise preguntarle, señor Potter. ¿Cómo logró que le quedara de ese color? –preguntó Aydan.
- En realidad fue culpa de mi hermano… Mamá, basta. –se volvió a quejar. Cuando dirigió la vista a su madre se percató de que ella estaba sonriendo ampliamente. Al parecer, lo estaba haciendo a propósito. Ginny le besó la parte superior de su cabeza cariñosamente a modo de disculpa. - ¡Mamá, hay un profesor presente! –se quejó el chico, revolviendo su cabellera donde su madre lo había besado.
- Al, por favor. Él sabe que somos tus padres.
- Sí, pero igual. –insistió el chico.
Aydan sonrió ante la tozudez de Albus.
- Entonces, ¿cómo pasó?
- Fue un accidente. Se me cayó poción de tintura encima. –explicó Albus.
- Es verdad. Recuerdo haberlo visto verde. –asintió el profesor lentamente, mientras rememoraba el acontecimiento. – Fue bastante… peculiar.
- ¿Usted también va a cambiarse el color de su pelo? Sería genial. ¿Qué tal azul? –sugirió el chico, sonriente.
El profesor estaba por responder cuando Ginny se le anticipó.
- Profesor, por favor. No lo haga. Sería un crimen.
Los otros tres no pudieron evitar reír ante el comentario.
- ¿Un "crimen", Ginny? –repitió Harry, divertido. - ¿En serio?
- Míralo, Harry. Tiene el pelo perfecto.
Harry observó detenidamente al mago en cuestión, quien le recordó vagamente a su hermano Gilderoy, pero titubeó antes de contestar. De acuerdo, su pelo rubio era perfectamente dócil y parecía sacado de un anuncio. Aún así, era el Profesor de Encantamiento de sus hijos, y, a pesar de que Ginny no aparentaba tener inconveniente alguno, a él le parecía algo inapropiado responder. Aydan se percató de su situación y salió a su rescate.
- Descuide. No tiene por qué opinar. –Harry sonrió, y murmuró "gracias". A diferencia de su hermano mayor, Aydan no parecía tener necesidad de recibir elogios continuamente. – Y no pienso cambiármelo por ahora. Aunque no lo descarto del todo. Sería muy original. –Albus sonrió, al igual que su madre.
Al notar que la reunión empezaría en cualquier momento, Aydan se excusó y se separó de ellos, dispuesto a aprovechar la oportunidad para hablar con otro de los magos presentes, que estaba de pie a tan sólo unos pasos de distancia.
Ralph Velak estaba cruzado de brazos, apoyándose en una pose relajada contra el lateral de la chimenea por la que muchos habían llegado. Alejado del resto de los magos, se podía deducir fácilmente que no tenía interés en entablar una conversación con ninguno de ellos. No obstante, o Aydan no captó el mensaje, o no le dio importancia, porque se acercó a él de todas formas.
- Ralph. –saludó sucintamente.
El Auror lo miró con una expresión cansina en su rostro, y, como siempre que la empleaba en él, a Aydan lo hizo sentir como un pequeño fastidiando a su hermano mayor. Se lo había remarcado al otro mago en incontables ocasiones, pero, al parecer, no había surtido efecto.
- ¿Por qué has venido? ¿Ahora vas a aprovechar cada reunión para interrogarme? –cuestionó Ralph, anticipándose a lo que sabría que seguro vendría.
- ¿Piensas responderme? –preguntó Aydan a su vez.
- No.
- Entonces sí.
Ralph intensificó su mirada de hastío.
- Aydan… -comenzó, pero se vio interrumpido.
Afortunadamente para él, en ese momento se les acercó Harry para anunciarles que estaban comenzando la reunión.
Ralph aprovechó la oportunidad para ofrecerle a su anterior superior realizar él mismo los hechizos "Muffliato" para que los menores no escucharan la conversación, si bien Albus ya se había retirado. Harry aceptó, y, sin tener alternativa, Aydan abandonó sus intentos de sonsacarle respuestas al Auror.
No obstante, Ralph sabía que volvería a intentarlo.
Lo conocía demasiado bien.
º º º
Un silencio expectante se apoderó de la habitación cuando Ralph Velak finalizó su relato de lo ocurrido en el Ministerio unos días atrás, cuando aparecieron carteles anunciando el renovado registro de magos mestizos a consecuencia de los incidentes en Hogsmeade. No obstante, el mago se abstuvo de dar detalles sobre el episodio ocurrido con Dolores Umbridge y sus inquisiciones acerca de su legajo personal.
- Un registro de magos mestizos, Umbridge… ¿Volvimos atrás en el tiempo? –se preguntó en voz alta Ginny.
- En serio, ¿por qué no nos deshacemos de Umbridge? Somos Aurors, sabemos cómo esconder el cuerpo. –repuso Ron, mirando a Harry mientras hablaba.
Mientras algunos reían disimuladamente, y otros miraban con censura a Ron (entre ellos, Kingsley y Jeremiah), Harry fingió meditarlo.
- Eh… deberíamos cambiar de tema, porque está empezando a sonar bien. –dijo, logrando que su amigo pelirrojo sonriera ampliamente.
- ¿En serio, Potter? ¿Vas a descartar la única propuesta decente que Weasley ha hecho desde que todo esto empezó? –cuestionó Draco, y, a decir verdad, a nadie le terminó de quedar claro si hablaba en serio o no.
- Estoy seguro de que podemos encontrar… caminos más adecuados. –repuso Harry. – De ser preferible, que no nos lleven a Azkaban.
Draco murmuró algo que sonó a "San Potter", pero no hizo más comentarios.
- ¿Sabes qué están haciendo con el registro, Velak?
Algunos giraron la cabeza sorprendidos hacia Jeremiah, principalmente por el hecho de que rara vez hablaba en las reuniones y solía mantener un perfil bajo. Ralph le sostuvo la mirada unos instantes antes de contestar.
- Sé que se han realizado algunos interrogatorios, pero no he sido el encargado de realizar ninguno.
- ¿Por qué no? Dado tu puesto, sería lo más lógico. –repuso Jeremiah.
Ralph asintió sucintamente.
- Lo es. Pero mi relación con Dolores Umbridge no es exactamente cordial.
- Bienvenido al club. –comentó Ron, y hasta Hermione rió.
Ralph se preguntó por un momento si el pelirrojo estaba comenzando a aceptar su presencia. Después de todo, venía cuestionando su lealtad desde el principio. No tuvo demasiado tiempo para ponderarlo porque Kingsley se estaba dirigiendo a él.
- Eso no nos conviene. No estamos teniendo acceso a información importante. Deberías tratar de mejorar tu relación con ella.
- No será posible. –rebatió escuetamente.
- Insisto. Deberías intentarlo.
- Kingsley, recuerdas que estamos hablando de Dolores Umbridge, ¿verdad? –intervino Harry.
- Entiendo a qué te refieres, Harry. Pero de nada nos sirve un espía que no tenga acceso a los asuntos más relevantes.
- Suena lógico. –acotó Astoria.
- Hay otra manera. Mucho más simple que intentar algo con Umbridge. –todas las miradas se posaron en Draco, aguardando a que finalizara. - Ethan Merrick no está preparado para el puesto que le tocó asumir. Por lo que Velak nos ha contado, siempre ha estado a la sombra de Llorch. Y ahora que lo han asesinado, debe estar más inseguro que nunca. Es el momento ideal para ganarse su confianza. –concluyó.
Se hizo un silencio, mientras los presentes ponderaban lo que Draco acababa de decir. El primero que habló fue George.
- Ya era hora de que las mentes retorcidas estuvieran de nuestro lado. –el rubio lo miró frunciendo el entrecejo, vacilando entre tomar el comentario como un elogio o como un insulto. – Estoy de acuerdo con Malfoy. Es mucho más sensato que cualquier plan que involucre a Umbridge.
No hubo nadie que se mostrara en desacuerdo, por lo que el nuevo objetivo de Ralph Velak quedó fijado de manera unánime: ser la nueva mano derecha de Ethan Merrick. Sólo una persona parecía tener algún tipo de reparo, pero no lo manifestó verbalmente. La única que se percató de ello fue su esposa, Ginny Weasley.
Mucho más tarde, cuando el sol ya había dejado su lugar en el cielo y sólo la luna iluminaba el terreno que circundaba el hogar de sus mejores amigos, la pelirroja se acercó a Harry, quien, como solía hacer desde el comienzo del verano, estaba mirando la fotografía que él mismo había tomado durante los altercados de Hogsmeade. Apoyado contra un árbol, inmerso en el silencio apacible de la noche de verano, la amenaza contra magos y brujas de sangre pura le resultaba prácticamente surrealista.
- Pareces tener algo en mente. –comentó Ginny, mientras lo abrazaba por detrás.
Harry sonrió ante la familiar presencia.
- Tenía. –respondió, mientras se guardaba la foto en un bolsillo de la túnica y se giraba sobre sí mismo. – Ahora tengo otra cosa en mente.
Ginny no pudo evitar sonreír mientras compartían un beso.
- Te has vuelto muy bueno en esto.
- ¿Respondiendo? ¿O besando?
- Ambas. Creo que has tenido una excelente profesora.
La sonrisa de Harry se acentuó.
- He tenido a la mejor. ¿Y sabes por qué? –Ginny negó con la cabeza, expectante. – Porque es muy humilde.
La pelirroja rió abiertamente ante el comentario. Eventualmente se serenó y le dirigió una mirada más seria a Harry.
- ¿En qué estabas pensando?
Por su tono de voz, Harry se percató de que no admitiría ninguna respuesta evasiva, cosa que, de hecho, él tampoco tenía intención de dar. De modo que se dispuso a contarle lo que rondaba sus pensamientos desde hacía cierto tiempo.
- En Ralph Velak. –contestó sin rodeos.
Ginny frunció el entrecejo.
- ¿No confías en él? ¿Crees que no va a traicionar de alguna forma? –inquirió.
Harry sacudió la cabeza en un ademán negativo.
- No, no es eso. –contradijo, pero no continuó. Parecía estar poniendo en orden sus reflexiones. Ginny aguardó a que siguiera en silencio. – Estuve pensando en sus motivos, y no le encuentro un motivo lógico para su forma de actuar. No entiendo por qué nos está ayudando.
- Dijo que quería nuestro apoyo para ser Ministro cuando todo esto terminara. Es un motivo suficientemente bueno. –replicó su esposa.
- ¡Exacto! No tiene sentido. –Ginny lo miró sin comprender. – No es el estilo de Velak, Ginny. Si realmente hubiera querido el Ministerio, podría haber ocupado el lugar de Merrick como mano derecha de Llorch desde el principio. Es más inteligente y mejor Auror. No nos necesita.
Ginny asintió, comprendiendo el razonamiento de Harry, y aguardó a que éste terminara de explicarse.
- Además, nunca le interesó el protagonismo, o estar a cargo. Como Auror, siempre hizo su trabajo y nunca pidió nada más. Llorch, en cambio, siempre buscaba algún tipo de distinción. Él no.
- Supongamos que es verdad. Que nos mintió, y que no le interesa el Ministerio. –dijo Ginny. - ¿Qué es lo que realmente le importa?
Harry colocó sus manos en los bolsillos, y se volvió a apoyar contra el tronco del árbol. Pasaron unos momentos de silencio, y lo único que se escuchó fue el sonido de algún que otro insecto de jardín. Cuando levantó la mirada nuevamente, el rostro de Harry reflejaba un absoluto desconcierto.
- Ése es el problema, Ginny. No tengo ni la menor idea.
º º º
Apoyada en el marco de la puerta que daba a la cocina, y cubierta por una túnica que ocultaba su rostro a la vista de cualquier curioso, Alyssa observaba la habitación en franca decadencia que, casi con impertinencia, se hacía llamar posada. No obstante, la peculiar clientela de Cabeza de Puerco parecía tener mucho menos reparos que ella respecto al estado del lugar. Prueba de ello era, por ejemplo, la mujer –o eso creía Alyssa- que se había acercado a la barra del lugar en ese preciso momento, ordenando a Aberforth algo que sonó a "lo de siempre".
No sería digno de mención de no haber visto lo que constituía el plato "lo de siempre". Era un menjunje de aspecto viscoso, y que, para horror de la joven, todavía se movía. La presencia de un anciano mago enfrente de ella le ahorró a su estómago la tortura de seguir presenciando la imagen.
- ¿Qué te dije sobre venir a husmear al salón? –gruñó Aberforth.
Lo de "salón" había sido un acuerdo tácito de lenguaje para denominar a la habitación principal de la posada. Porque Aberforth podía justificarlo como quisiera, pero Alyssa había visto suficientes en su mansión como para poder decir contundentemente que aquello no era un salón.
- Estaba aburrida. –respondió con simpleza. - ¿Qué era ese plato, de todas formas?
- ¿Realmente quieres que te diga? –replicó él a su vez, y a Alyssa no se le escapó el dejo de diversión en su tono.
Se lo pensó mejor.
- No, gracias.
- Lo supuse. –repuso él. – Si no tienes nada que hacer, necesito que le lleves el almuerzo a Dolly y a Patty.
- ¿A qué habitación?
- A ninguna. –Alyssa frunció el entrecejo. Había un extraño brillo en los ojos azules del mago. – Están en el patio de atrás.
Confundida, la joven asintió y pasó por la cocina a buscar dos platos de comida mucho más ordinaria que la ordenada por la bruja de hacía instantes. Le sonrió a Dipsy, quien había tomado el puesto de cocinera, y salió por la puerta contigua a un pequeño pasillo que llevaba al único lugar que no había pisado desde el comienzo de su estadía.
El polvoriento patio tenía unas baldosas cerca de la puerta, pero el resto del espacio estaba cubierto por una capa de pasto bastante descuidada. Sonrió al pensar lo que Dipsy haría con todo el lugar si Aberforth se lo permitiera.
Uno de los primeros motivos de conflicto entre ellos había sido la natural tendencia al orden y a la limpieza de la elfina. Argumentando que llamaría excesivamente la atención, el viejo propietario se había negado rotundamente a que Dipsy pusiera todo en orden. Alyssa sospechaba también que lo hacía por pura terquedad, aspecto de él que había descubierto en poco tiempo. Finalmente, Aberforth había cedido y dejado que la cocina fuera el dominio de la elfina, y el resto de la posada se manejaría según su propio parecer.
Los ojos claros de Alyssa escrutaron el patio en busca de "Dolly" y "Patty", pero estaba claro que no había ninguna persona allí. Dejó los platos en unos cajones de madera que estaban cerca de ella, y dio unos pasos, alejándose de la puerta, prestándole más atención a su entorno.
Había una especie de cobertizo de madera sin puerta contra una de las paredes del edificio contiguo, y Alyssa vislumbró un montículo considerable de pastura seca dentro de él. El pasto también estaba bastante corto, a pesar de que sabía con seguridad que Aberforth no era el tipo de persona que se preocuparía por algo como ello. De hecho, era irregular: había zonas donde la tierra había quedado totalmente desnuda.
Un sonido de cascos, totalmente fuera de lugar, la hizo girarse sobre sí misma.
- ¡Oh, por Merlín! –exclamó, retrocediendo y tropezando al pisar una porción irregular de terreno.
Delante de ella, había dos animales comiendo de los platos que había apoyado en los cajones. Nunca los había visto en persona, pero por la cornamenta no le resultó difícil identificarlos.
Eran cabras.
- Qué demonios… -musitó, aún sin levantarse del piso.
Una de las dos cabras levantó un instante la mirada del plato, la fijó en ella, pero luego volvió a enfocarse en la comida, sin prestarle atención en lo más mínimo.
Alyssa se puso de pie, pero no se atrevió a acercarse. Su instinto le decía que no quería que la vieran como una competencia por el almuerzo. Fue en ese momento en cayó en la cuenta de lo que estaba viendo. ¿Qué hacían comiendo de platos? ¿No se supone que debían comer arbustos y ese tipo de cosas?
"Tal vez Aberforth las acostumbró a comer así", razonó.
¿Podría ser que…?
- ¿Dolly? –llamó, y cuando una de las dos, la que había levantado la vista hacía instantes, lo hizo de nuevo, finalmente lo entendió.
Dolly y Patty no eran personas. Eran las cabras que tenía delante.
Pasaron varios minutos antes de que Alyssa se moviera por fin, cuando tanto como Dolly como Patty habían terminado y se hubieran alejado hacia el cobertizo. Casi corriendo, tomó los platos con una mueca de asco y volvió al interior de la posada. Los dejó sin muchos miramientos sobre la mesada de la cocina, ante la mirada confundida de Dipsy, quien se dispuso a lavarlos, y se asomó hacia el salón principal. Tal como esperaba, Aberforth estaba allí, sentado en una silla detrás de la barra. Le hizo una señal de que quería hablar con él, y luego se dirigió hacia la cocina.
Instantes después, y quejándose de sus huesos, el mago se le acercó, con el aspecto gruñón de siempre.
- ¿Qué?
- ¡Tienes cabras! –le espetó, y empleó un tono acusador que hizo que la frase sonara realmente extraña.
- ¿Y?
- ¿Cómo puedes tener cabras?
- Me gustan las cabras. –contestó con simpleza. Alyssa abrió y cerró la boca varias veces, pero no pudo articular sus pensamientos. – Animales muy sabios, las cabras. –comentó, logrando que la joven saliera de su estupor.
- ¿Estás loco? –preguntó sin más, acostumbrada a la franqueza que el otro empleaba con ella y actuando de la misma forma. Era extraño, pero se había habituado en poco tiempo a hablar sin rodeos alrededor del anciano mago.
No obstante, la frase tuvo un efecto glacial en la expresión de Aberforth, quien, contestara como contestara, solía mantenerse impertérrito. Ahora, en cambio, la mirada que le dirigió hizo a Alyssa desear ser más pequeña, invisible incluso.
- No vuelvas a llamarme "loco", ¿está claro?
Alyssa asintió, avergonzada de sí misma. El otro mago la había ayudado desinteresadamente, ¿y ella respondía de esa manera? De acuerdo, era excéntrico tener cabras en tu patio trasero, pero no por ello debía faltarle el respeto.
- Lo siento. –murmuró.
Aberforth asintió, aceptando las disculpas de inmediato. Antes de desaparecer por la puerta hacia el salón, se giró para hablarle nuevamente.
- Lo entenderás cuando las conozcas. Así que eso harás. Cepíllalas antes de irte a tu habitación.
Alyssa levantó la vista horrorizada, pero Aberforth ya no estaba allí. Sin embargo, sus ojos no la habían engañado: efectivamente había una sonrisa en sus labios.
Suprimió un escalofrío ante la tarea que le había encomendado.
La próxima vez aprendería a cerrar la boca.
º º º
Bonjour Jay-Jay,
¿A qué no sabes dónde estoy? Bueno, supongo
que ya lo habrás adivinado: ¡Francia! Camille
me invitó a pasar unos días antes de que comiencen
las clases de nuevo.
Estoy seguro de que Sue diría que es apasionante
la cantidad de lugares históricos para visitar, pero
la verdad es que no fui a ninguno. A ella le dije que
sí para que no se pusiera pesada, no le digas nada.
No sabes lo que son los chocolates aquí. Son de otro
planeta. Y los padres de Camille también son increíbles:
me dejan dormir hasta la hora que quiera, y no me
dejan de ninguna manera ayudar a limpiar o a preparar
la mesa. Esto es el cielo.
Hace unos días vino Dominique, tu prima. Amigo,
es peor que tú y Sue. Todo el tiempo quiere hacer algo.
Sacando eso, me cayó muy bien.
Sé que me estás extrañando, no llores por mí. En unos
días volvemos a Hogwarts.
Hasta entonces,
Tom.
James enrolló nuevamente el pergamino y se lo guardó en el bolsillo, aún sonriendo por la última frase. Al parecer, Tom estaba disfrutando al máximo los últimos días de vacaciones.
Con Camille.
Ahora que lo pensaba, era extraño que la chica no le hubiera enviado algún tipo de saludo por medio de Tom. Aunque teniendo en cuenta que sus atenciones para con él habían disminuido considerablemente desde la primera vez que la había visto, no era tan extraño.
- ¿También recibiste tu carta de Tom?
James levantó la vista y la posó sobre Sue, que acababa de entrar al living de su casa, y le estaba tendiendo un vaso de jugo. Él lo aceptó, y le dio un sorbo antes de contestar. Se escuchaba de fondo el sonido del televisor, artefacto normal en la casa de la chica ya que su padre era muggle.
- Sí. Parece que la está pasando bien.
- ¿Te contó a todos los lugares donde fue? Debe haber sido increíble.
James asumió que Sue estaba haciendo referencia a los sitios de interés histórico que Tom había supuestamente visitado.
- Eh… sí. Por supuesto. –mintió, intentando sonar convincente.
Se quedaron en silencio un rato más, y la voz del conductor del programa que estaban viendo resonó en el living. Anunció que pasarían a comentar el pronóstico para los próximos días, y fue ahí, viendo las fechas en la pantalla, cuando Sue cayó en la cuenta de algo.
Soltó una maldición que hizo que James se girara, observándola intrigado.
- ¿Qué pasa?
- ¡Lo olvidé! ¡Soy la peor novia del mundo!
- Ya lo sé, ¿pero por qué? –Sue lo miró ceñuda, y un instante después él comprendió. Adoptó una expresión herida en su rostro. Algo dramática para ser cierta - ¿Cómo pudiste, Sue? ¿Te olvidaste de nuestro aniversario?
Ella lo miró incrédula.
- El descaro… -musitó. - ¡Tu también te olvidaste, James!
- ¡Claro que no! –la expresión en el rostro de Sue hablaba por sí sola. – De acuerdo. –admitió. – Me olvidé completamente. Así que hagamos algo: yo te perdono, tú me perdonas, y somos los dos felices.
- James, no es tan simple.
- Sí que lo es. –rebatió él. – Estas cosas pasan todo el tiempo, la gente se olvida de los aniversarios. No es tan grave.
Ella aún parecía dubitativa, de modo que él siguió intentando convencerla.
- Sue, los dos nos olvidamos, ¿y qué? No es lo que importa. Nos llevamos bien, nos divertimos juntos… eso es lo que importa, ¿de acuerdo? Olvídate del resto.
Sin embargo, a pesar de que ella asintió, y el sonrió, no se olvidó del asunto. En absoluto.
¡Finalmente terminé! Es el capítulo que más tardé en escribir hasta ahora. ¡Y la cantidad de cosas que quedaron pendientes! Siempre me pasa lo mismo, ¿o no?
Al menos ya falta cada vez menos para el comienzo de clases, y con ello, para el retorno de varios personajes que faltan aparecer.
Gracias por la paciencia que tienen, y espero que les haya gustado. Ante la duda de algunos nuevos lectores: no, esta historia no la abandono, lo que pasa es que a veces tardo más de lo que me gustaría en escribir un nuevo capítulo.
Mi recomendación: añadir la historia a alertas para recibir un aviso con la nueva actualización. Creo que es lo más cómodo, así no tienen que ingresar a revisar todo el tiempo. Aunque si quieren volver a leer la historia mientras esperan, para mí es un honor.
¡Besos a todos!
PD: ¡no se olviden de comentar!
