Capítulo 4: Ethan Merrick


El clima en el Ministerio de la Magia era cuanto menos extraño. Desde la renuncia forzada de Kingsley Shacklebolt al puesto de Ministro, las aguas habían quedado ciertamente turbulentas. La acefalía política del organismo se había resuelto bruscamente cuando un grupo de Aurors encabezados por Truman Llorch, empleando tanto la fuerza como promesas de futuros privilegios, se había erigido en lugar del anterior Ministro.

No obstante, su público asesinato y el caos generado en la ciudad de Hogsmeade luego del mismo contrastaban en gran medida con lo que actualmente sucedía en el Ministerio. Lejos de la agitación posterior a la renuncia de Kinglsey, ahora reinaba un clima de tensa estabilidad. Ninguno de los Directores de Departamentos tenía intención de lidiar, al menos abiertamente, con la amenaza que suponía el grupo de magos que había acabado con la vida de Truman Llorch. Todos habían manifestado sus profundas condolencias al respecto, pero ninguno se había pronunciado acerca del motivo de fondo del hecho.

La frase que prometía desgracia a los magos de sangre pura, en venganza por los crímenes del pasado, había tomado carácter de tabú. No se hacía referencias públicas al respecto y el hechizo había sido removido pocos momentos luego de realizado.

Todo estaba en orden, no había motivos para preocuparse. La elite de la seguridad mágica podía garantizarlo.

No obstante, Ethan Merrick sabía que era la calma que antecedía a la tempestad. En cualquier momento…

Golpearon la puerta. Una mujer de mediana edad se asomó brevemente por ella.

- Señor Ministro, disculpe. Su cita de las diez ya se encuentra aquí.

Señor Ministro. Ni en sus más remotas fantasías habría imaginado que algún día le llamarían así. No estaba en el plan. Llorch le había prometido una buena posición en el cuartel, lejos de la acción pero cerca del oro, y él a cambio sólo tenía que brindarle su apoyo. Shacklebolt nunca le había agradado y Harry Potter le resultaba indiferente. Todo cuadraba a la perfección en el plan.

Por esas cosas extrañas de la vida, Llorch no había planeado su propia muerte, y él había terminado a cargo de todo. Cerca de la acción y lejos del oro.

Le hizo un gesto con la cabeza a la mujer e, instantes después, otra mucho más baja y de mayor edad hizo su aparición por la puerta.

- Buenos días, señor Ministro. ¿Cómo se encuentra?

Merrick respondió al saludo sin molestarse en contestar la pregunta. Estaba bastante seguro de que a la persona que tenía enfrente no podría importarle menos. En cambio, se concentró en lo importante.

- ¿Y bien, Dolores? Un mes de interrogatorios, me imagino que ya tendrá alguna novedad. –dijo, mientras golpeaba el escritorio con la yema de los dedos en un gesto de ansiedad.

- En efecto. –asintió la mujer, acomodando los papeles que llevaba en una pila más o menos organizada. – Me honra que haya confiado en mí para la tarea.

Merrick asintió ausentemente y se abstuvo de comentar que el resto de los empleados no estaba precisamente haciendo fila para encargarse del asunto. Dolores Umbridge no había sido la mejor alternativa. Era la única que se le había presentado.

- En primer lugar, restringimos la búsqueda a magos de ascendencia mestiza, por razones obvias. –explicó. - Centramos los interrogatorios en aquellos que no respondieron voluntariamente a la citación. Este es un listado de aquellos a quienes… "entrevistamos". –finalizó, carraspeando.

El Auror tomó el pergamino que Umbridge le acercó. Era una lista bastante larga, pero de repente un nombre le llamó la atención.

- ¿Ted Lupin? – preguntó en voz alta. – Me suena conocido…

- Es el ahijado de Harry Potter. –precisó ella. – Hijo de un hombre lobo y una metamorfomaga. Ambos fallecidos en la Batalla de Hogwarts. Si me permite, señor Ministro, considero que tiene suficientes motivos personales como para querer tomar venganza.

Ethan Merrick frunció el entrecejo, mientras los recuerdos aparecían en su mente. ¿Ted Lupin? ¿Ese chico pequeño de cabello multicolor que Harry Potter había llevado al cuartel en alguna ocasión? Supuso que habría crecido desde la última vez que lo había visto, pero… ¿asesino de Truman Llorch?

- ¿Está segura, Dolores? –cuestionó. – No es que no confíe en su criterio, pero… - "no confío en su criterio", finalizó, para sus adentros.

- Por supuesto, señor. Si bien tenía una coartada…

- ¿Cuál?

- Dijo que estaba almorzando con su abuela.

- Terriblemente sospechoso. –murmuró el Auror con sarcasmo evidente.

Dolores Umbridge infló sus pulmones de aire pero se contuvo de replicar. En cambio, sonrió ampliamente y aplicó su característico tono de voz.

- Señor Ministro, permítale que le recuerde que conozco hace mucho tiempo a Harry Potter y su entorno…

Inesperadamente, Ethan Merrick golpeó el escritorio con el puño, interrumpiendo lo que la mujer estaba por decir.

- Sabía que iba a pasar esto… -murmuró, frustrado, mientras abollaba el pergamino que le había sido entregado. Pocas veces Dolores Umbridge se quedaba sin palabras, pero esta era una de ellas. Su rostro reflejaba una absoluta confusión. – Un mes… ¡un mes entero para traerme una lista que no sirve absolutamente de nada! No sé para qué aprobé esos interrogatorios. Debí habérmelo imaginado.

El hombre se levantó y apoyó las manos en el alféizar de la ventana que decoraba su oficina, dirigiendo su mirada hacia el "exterior". Había un sol radiante. O al menos, eso era lo que habían escogido mágicamente los de mantenimiento.

- Discúlpeme, pero…

- ¿Esto es lo que ha estado haciendo? –siguió Merrick, como si ella no hubiera hablado- ¿Investigando a los familiares de Harry Potter, a su entorno, hasta encontrar a los más mestizos? –se giró con impaciencia. – Mire, no me interesa si Lupin es hijo de un hombre lobo, de un troll, o de un duende y un gnomo. Que tenga ocho brazos, por lo que a mí me incumbe. En serio, no me interesa.

- ¡Estaba mintiendo! Estoy segura de que… -Dolores intentó acotar, en vano. Era paradójico que de hecho tuviera razón. Ted Lupin había mentido. Estaba en Hogsmeade ese día. Tan sólo no estaba asesinando a Truman Llorch.

- Escúcheme bien, porque no lo voy a repetir. –le espetó Merrick. – Esto no se trata de Harry Potter. Nunca se trató de Harry Potter. Es hora de que supere esa obsesión que tiene con el hombre y abra los ojos.

- Yo no estoy… -comenzó, enderezándose y colocando las manos en su regazo.

- Oh, por favor. –la interrumpió nuevamente. – Lo sabe todo el Ministerio. No ha sido muy disimulada todos estos años, ¿sabe? Ni con eso ni con… la "pureza" de la sangre… -siguió, haciendo con la mano un gesto de restarle importancia.

Dolores estaba estupefacta nuevamente. ¿Acaso estaba queriendo decir que no le importaba la ascendencia de los magos? ¿Y qué había del Elíxir? ¿Qué había del discurso?

Merrick estudió un momento el rostro de la mujer, y luego sonrió con sorna.

- ¿No me diga que durante todo este tiempo creyó…? –dejó la frase inconclusa y rió burlonamente, desviando la mirada, casi incrédulo. Luego volvió a posar la vista en ella. – Dígame, ¿usted es ingenua o simplemente estúpida?

- ¿Acaso me está insultando? –le espetó ella, casi cortésmente.

- De acuerdo. Estúpida. –murmuró Merrick. Al ver que la mujer se enfurecía, y teniendo muy poca paciencia como para aguantar lo que diría a continuación, se le anticipó. Apoyó las manos sobre el escritorio y se inclinó sobre él, acercando su rostro al de la bruja. – Le voy a contar un secreto. –susurró. El tono de voz tomó a Dolores por sorpresa. - A nadie le importa la pureza de la sangre. No importaba hace cincuenta años y tampoco importa ahora. –Ella se mantuvo en silencio. – Me imagino lo que estará pensando. "¿Y qué hay del Innombrable?" –preguntó retóricamente en un tono burlón.

Dicho esto, se incorporó, acomodándose la túnica y volviendo a dirigirse hacia la ventana.

- El Innombrable –prosiguió, mientras sacaba su varita y la giraba ausentemente entre los dedos- tenía cierta inclinación por los magos de sangre pura, es innegable. Pero había algo que detestaba más que a un mago de sangre impura, y no me refiero a un muggle. Odiaba la debilidad. ¡Pero Grindelwald! –exclamó, sobresaltando a Dolores. - ¿Acaso él no ansiaba aplastar a los muggles? –fingió meditarlo un momento. – No. No realmente. O al menos no en el sentido que se cuenta en los libros de historia. Lo que efectivamente le atraía a él, al Innombrable, y a todos los que le siguieron, era una sola cosa, y le puedo asegurar, Dolores Umbridge, que no tiene en absoluto nada que ver con la especie que los antepasados de uno eligieron para procrear, si es que usted me entiende.

"Lo que les importaba era lo mismo que a todos los seres humanos les importa, y es indiferente a si llevan o no algo de sangre mágica en sus venas. Y eso, es el poder. Simplemente, el poder. La pureza de la sangre no ha sido más que una excusa aceptada por todos los que los siguieron. Y ahora los que asesinaron a Truman Llorch proclaman exactamente lo contrario. –elevó las manos en el aire, y gesticuló efusivamente. – '¡Muerte a los malvados magos de sangre pura! ¡Venganza!'"

- ¿Y qué hay de los que realmente creen? –rebatió ella. - No puede negar que existen adeptos a la pureza de la sangre, ministro. Usted estuvo en Hogsmeade.

- Fanáticos. Siempre hay fanáticos. –contestó él. - Dígales mortífagos, mestizos rebeldes, o como quiera. Algunos realmente creen, otros simplemente intentan convencerse de que es así. De que no son tan solo criaturas sedientas de poder. De que tienen algún fin superior. Y de hecho, lo tienen. ¿Sabe cuál es?

Ella negó con la cabeza.

- Hacer el trabajo sucio. Torturar a un muggle, asesinar a un mestizo, o incinerar a Truman Llorch. ¿Y sabe qué sigue?

Dolores Umbridge repitió el ademán negativo.

- Lo suponía. – murmuró Merrick. Luego levantó el brazo y se señaló repetidamente a sí mismo. - Yo sigo, Umbridge. Yo. –y si bien había tenido un dejo de nerviosismo durante toda la charla, ahora la ansiedad estaba clara en sus ojos. – Entonces hágame un favor. Olvídese de Harry Potter. Olvídese de los hombres lobo. –bajó el tono de voz hasta adoptar uno confidencial. Había cierto brillo maníaco en sus ojos que a la mujer no le pasó desapercibido. – Y busque a aquella persona que quiere estar donde estoy yo. –ante la falta de movimiento de la bruja, le espetó: -¡Ahora!

Dolores Umbridge juntó apresuradamente todos los papeles que había depositado en el escritorio y se levantó. En un instante ya había cruzado la habitación y en otro ya no estaba allí.

En cualquier otra situación le hubiera divertido verla intimidada. No en la que se encontraba. No obstante sonrió. Había sido entretenido, de todas formas. Se sentó en la cómoda silla que se había ganado (a su manera), y levitó mágicamente la botella de whisky que formaba parte de la reserva privada de la oficina del Ministro de la Magia. No se molestó en tomar un vaso.

Tenía la sensación de que le quedaba tan poco tiempo de funcionario como de vida, y no se iba a molestar en guardar las apariencias.

Es así que, cuando Ralph Velak ingresó a la habitación unas horas más tarde, durante el almuerzo, lo encontró en un estado más que deplorable.

- Señor. –saludó.

Ethan Merrick entrecerró los ojos, al parecer sin reconocerlo.

- Soy Ralph Velak. –aclaró el mago.

El otro Auror parecía seguir confundido.

- Somos compañeros del cuartel. –precisó.

- ¡Pero claro! –exclamó, mucho más fuerte de lo necesario dada la corta distancia que los separaba. - ¡Ralph! ¡Amigo mío! Siéntate.

El mago se acercó a la silla que le señalaba Merrick y se sentó. El olor a alcohol era francamente desagradable.

- Señor… -comenzó, pero se vio interrumpido.

- ¿Sabes, Ralph? –dijo Merrick, en un tono conversacional, como si no tuviera ningún problema en su vida. – Siempre están tan serio. ¿Qué te ocurre?

- Nada. –contestó el otro con simpleza.

- ¿Cómo que nada? Tienes esta cara de… de… de preocupación. –de repente, Merrick se puso serio. - ¿Murió alguien?

- Sí, Llorch. –contestó Ralph, frunciendo el entrecejo. - ¿Lo ha olvidado?

Ethan Merrick rió, pero acto seguido su rostro estaba cubierto de desasosiego. La velocidad a la que cambiaba de humor era increíble.

- Por supuesto que no, Ralph. ¿Cómo podría olvidar? –preguntó ausentemente, desviando la vista hacia la ventana. Pasó unos momentos en silencio, y luego se volvió a dirigir al otro Auror. Esta vez, su expresión era de desesperación. – Voy a morir, Ralph. Voy a morir. –repitió.

Era la oportunidad que Ralph había venido a buscar. Había pensado tantos argumentos, tantas respuestas, y, al final, todo lo que había sido necesario era una botella de whisky. Curioso. A veces las cosas son infinitamente más simples de lo que uno supone.

- No tiene por qué, señor.

Merrick se encogió de hombros.

- Pero igual pasará. Igual van a… -tragó saliva. Parecía un niño asustado. - ¿Lo harán, verdad? ¿Vendrán a buscarme?

- Puedo ayudarlo. –insistió.

- ¿Y qué puedes hacer?

- Puedo ir a buscarlos. Antes de que vengan.

El rostro de Merrick se iluminó. "Tan fácil, tan fácil", pensó Ralph.

- ¿Harías eso?

- Por supuesto, señor. –asintió. – Sólo necesito dos cosas. –Merrick guardó silencio, atento. – Primero necesito que descanse. –el Ministro asintió, obediente, aunque sin soltar la botella que ahora apoyaba en su regazo. – Y segundo, que confíe en mí. ¿Confía en mí, señor?

Incluso a través de la nebulosa inducida por el alcohol, Merrick no pudo evitar la sensación de que los ojos del otro Auror veían a través de él. Pasaron unos segundos en que no dijo nada, y luego cayó en la cuenta de que no le había contestado. Asintió. Luego, relajó su postura contra el respaldo, y dejó que por fin, su mente descansara.

º º º

Jessica Abercrombie observó detenidamente el cuestionario que tenía delante. "Enumere las precauciones que deben observarse al trasplantar mandrágoras. Justifique." Justifique. Siempre esa palabra. Frunció el seño. ¿Por qué no un "Verdadero o Falso"? ¿Qué había de malo con los "Verdaderos o Falsos"? Se dispuso a escribir, no obstante, mientras intentaba unir sus ideas dispersas en una respuesta satisfactoria. Bueno, al menos en oraciones coherentes. Era difícil concentrarse con el calor que hacía en la habitación, a pesar de que estaba bajo tierra.

Gracias a su absolutamente desastroso desempeño durante los exámenes de fin de año, había tenido que rendir nuevamente todas las materias durante el verano. Y ni siquiera podía distraerse mirando los jardines de Hogwarts. Estaba en el Ministerio, en la oficina del Tribunal de Exámenes Mágicos, División de Alumnos Defectuosos. De acuerdo, esa última parte la había inventado. El resto era tristemente cierto.

Y si bien había ventanas, el paisaje consistía solamente en edificios. Tenía la sospecha de que era para torturar a los recursantes como ella. Al igual que el hecho de que la temperatura fuera insoportable.

A unos metros de ella, sin disimular su estado de aburrimiento, se encontraban Ted Lupin y Nicolas Swane, profesores de Defensa Contra las Artes Oscuras y Transformaciones, respectivamente, desde el año escolar anterior. Minerva McGonagall se había comunicado vía lechuza para anunciarles un nuevo compromiso como docentes, el cual consistía en supervisar los exámenes junto a profesores de otros colegios. Había agregado que confiaba plenamente en ellos y que no tendrían ningún inconveniente.

Los nervios se les habían evaporado en el instante que comprendieron que su tarea era estar sentados durante horas observando a los estudiantes, sumidos en un silencio monótono y soporífero.

El único desafío era mantenerse despiertos.

- Cinco galeones a que el anciano del primer asiento se duerme antes de que termine el examen. –murmuró Ted, con la mayor discreción posible.

Nicolas giró la cabeza hacia donde el profesor en cuestión se encontraba.

- ¿Bromeas? –respondió. – Ya está dormido.

- Claro que n… oh, es verdad. –sonrió Ted.

- ¿Cómo piensas que se mantiene despierta? –preguntó Nicolas, señalando a la máxima autoridad del Tribunal, una bruja anciana que, a pesar del tiempo que llevaban allí, estaba tan alerta como al principio.

- Está embalsamada.

Nicolas soltó una carcajada que tuvo que acallar inmediatamente ante la mirada de censura que recibió de la bruja en cuestión.

Miró su reloj. Prácticamente no había pasado nada de tiempo. Soltó un suspiro de resignación y, a su lado, Ted Lupin hizo exactamente lo mismo. Después de todo, ellos en su momento habían prácticamente suplicado por sus puestos.

Allí, aburriéndose como nunca antes, no podían recordar un motivo lo suficientemente lógico para hacerlo.

º º º

Dipsy observó como Alyssa se movía de un lado a otro de la cocina, recogiendo ingredientes y preparando sin una pizca de ayuda mágica lo que parecía que iba a ser la cena. La elfina se había ofrecido en incontables ocasiones a ayudarla con su magia, pero la joven se había negado.

Golpearon la puerta.

- Necesito entrar. –se escuchó que decía una voz gruñona.

- ¿Qué necesitas? –preguntó Alyssa en voz alta.

- Entrar. Alohomora. –se escuchó que forcejeaban con la puerta sin éxito.

- ¡Te dije que no podías entrar, Aberforth! –exclamó Alyssa. – Y Dipsy mantiene cerrada la puerta, así que no lo intentes.

- ¡Es mi cocina! –se quejó el mago.

- No ahora.

- ¡Alyssa!

Ella soltó un bufido de exasperación. Se dirigió a la puerta mientras con la mirada le pedía a la elfina que acabara con el hechizo que la mantenía cerrada. La abrió apenas para que cupiera su cabeza y se asomó. Del otro lado, el anciano mago la miraba enfadado.

- Hazte a un lado. –le indicó.

- No.

- Necesito…

- Nada. –le anticipó ella. - La posada está vacía. No hay clientes.

- Alyssa, no seas…

- ¡Es tan sólo por un rato más! –rogó ella, antes de que el mago pudiera terminar de hablar. – Es importante.

- Tengo que darles de comer a Dolly y Patty. –se estaba refiriendo a las cabras que habitaban en el patio trasero. La única forma de acceder al mismo era a través de la cocina.

- Ya les di de comer. –Aberforth la miró escéptico. - ¡En serio! Puedes preguntarles. No esperes que te respondan, eso sí. –agregó, murmurando. El mago hizo un gruñido de advertencia, como cada vez que las cabras eran mencionadas en broma por la joven. – Mira, es tan sólo un rato más. Lo prometo.

Y, antes de que Aberforth pudiera contestar, cerró la puerta nuevamente. El mago suspiró, resignado. No obstante, se giró y caminó lentamente hasta una de las sillas del salón, que en ese momento se encontraba desierto, donde se dejó caer.

Si bien supuso que debería estar sintiéndose molesto por no poder circular libremente por su propio establecimiento, la realidad era distinta. Las comisuras de sus labios se torcieron en un ínfimo gesto de afecto al recordar, no sin cierta nostalgia, que la única persona que lo había ayudado a cuidar voluntariamente de sus cabras era su hermana menor Ariana. Su hermano había sido demasiado "brillante" como para ello, pensó con amargura.

Dirigió su vista a la puerta cerrada de la cocina un momento, y luego la desvió hacia el exterior. Con la mirada ausente, reflexionó acerca de cómo habían cambiado la joven y la elfina desde el día en que les había ofrecido refugio. A decir verdad, Dipsy seguía siendo tan cortés y dócil como cualquier elfo doméstico que hubiera conocido, pero ya no temblaba de timidez cuando quería dirigirse a él. Alyssa, no obstante, era la que había llevado a cabo un giro más radical en su comportamiento.

Si bien al principio mostraba cierta reticencia a realizar tareas hogareñas y miraba nostálgica a las brujas que se paseaban por las calles de Hogsmeade en atractivas túnicas, la joven había madurado considerablemente. No tenía que decirle prácticamente en qué necesitaba ayuda. Ella se le anticipaba continuamente. Sin saberlo, había conseguido dos ayudantes más que capaces para dirigir su posada.

Lo que le resultaba más curioso era la lealtad que demostraba la elfina hacia ella, y, al mismo tiempo, la simpleza y sencillez con la que Alyssa se le dirigía. Le había comentado brevemente las circunstancias en que su familia se había desentendido de ella, y el hecho de que fuera tan amigable con una elfina doméstica, contrario a lo esperable dada la educación que había recibido, le resultaba admirable.

No obstante, la fortaleza y madurez que demostraba no le terminaban de cerrar del todo para una joven de trece años. No porque no estuviera orgulloso de ella, cosa que sí estaba, sino porque le parecía que estaba creciendo anticipadamente. Rara vez sonreía, y se tomaba todo con excesiva seriedad.

Y eso lo estaba pensando él, que tenía perfectamente bien asumida su personalidad insociable y hasta huraña. Tendría que hablar con ella en algún momento. Era esperable para un anciano de su edad, con la vida que había tenido, pero no para alguien como ella, con toda la vida por delante.

- Te estás quedando sordo, Aberforth.

El mago parpadeó, sobresaltado. Había estado tan sumido en sus pensamientos que no había notado a Alyssa acercándose. Ella lo miraba expectante.

- Por supuesto que no. –refunfuñó él.

- Es la verdad. –rebatió ella. – Hace una hora que te estoy llamando y no me contestas.

- ¿Una hora, dices? –exclamó.

- De acuerdo, unos minutos. –aceptó ella.

El mago señaló con la cabeza a la puerta de la cocina, que se encontraba abierta y dejaba ver el interior de la habitación.

- ¿Terminaste?

Ella asintió, y sonrió con orgullo.

- Era lo que te estaba intentando decirte. La cena está lista. –dijo, mientras se hacía a un lado, y dejaba ver lo que habían preparado.

Dipsy estaba de pie ante una mesa relativamente grande, cubierta con un mantel algo raído y repleta de una variedad de platos finamente presentados.

- Ya sabes… -explicó Alyssa, con una timidez poco característica en ella-, mañana vuelvo a Hogwarts y hasta las vacaciones no… quería hacer algo para… quería hacer algo distinto. –finalizó abruptamente, desviando la mirada.

Volvió a mirar a Aberforth cuando este, de pie, le colocó un momento la mano sobre la cabeza, en un gesto de afecto atípico en él.

- Gracias, pequeña. –le dijo. – Lo aprecio mucho. Bueno, es hora de cerrar y comer. –dijo, mientras se dirigía hacia la puerta de entrada.

Durante un largo rato no se escuchó nada más que el ruido de los cubiertos al chocar contra la porcelana de los platos. Alyssa estaba pensando en lo extraña que era su vida. ¿Quién iba a decir que iba a estar en "Cabeza de Puerco" durante gran parte del verano? ¿Lejos de sus padres?

- ¿Qué quieres decir con eso de "hasta las vacaciones no vuelvo"?

La voz gruñona de Aberforth retumbó en el salón, a pesar de que el mago no levantó la voz. La pregunta la tomó por sorpresa. Alyssa trató de recordar a qué se estaba refiriendo el mago.

- Quiero decir, no puedo volver aquí hasta las vacaciones de invierno. -explicó.

- ¿Pero este no es tu tercer año? –inquirió el mago. Ella asintió. – Pues entonces vas a visitar el pueblo. Algunos fines de semana. –explicó, refiriéndose por costumbre a la ciudad como "pueblo". Luego cayó en la cuenta de algo. – Aunque seguro prefieras pasear por el centro, con tus compañeros. –supuso. – No te preocupes…

- ¡No es eso! –se apresuró a corregir Alyssa, mirando también a Dipsy porque podía notar algo de decepción en sus ojos. – Es que no puedo venir. No tengo nadie que firme la autorización. Mis padres no lo harían jamás. –explicó, con amargura, mientras movía la comida de un lado a otro con el tenedor.

Era raro: sabía que había sido afortunada al haber sido rescatada por Aberforth, pero por un momento extrañó la vida que solía tener con sus padres. Si aún siguiera con ellos, seguramente podría visitar Hogsmeade como el resto de sus compañeros, y pasar el día con Scorpius y Potter.

Sobre todo con Scorpius.

- Hay una forma. –Alyssa levantó inmediatamente la mirada hacia Aberforth, ilusionada. – Pero es secreta y va contra las normas del colegio. No puedes compartirla con nadie. –le advirtió.

- No lo haré, lo prometo. –se apresuró a decir Alyssa.

El mago asintió.

- Te mostraré el camino después de comer. ¿Alguna vez escuchaste hablar de la Sala de los Requerimientos? –preguntó.

Ella hizo un ademán negativo con la cabeza.

- Te gustará. –dijo sucintamente Aberforth, con un brillo en los ojos que no le pasó desapercibido.

º º º

- Rosie, ¿has visto mis… -Lily se detuvo en seco en el umbral de la puerta-… plumas? –finalizó ausentemente. - ¿Qué estás haciendo, Rosie? –preguntó confundida.

Su prima estaba de pie sobre algo peludo que bien podría ser un libro, si no fuera por el hecho de que se movía intentando escapar de ella.

- Intentando… domar… este libro. –jadeó. –Sin que me muerda de nuevo. –agregó.

De modo que realmente era un libro.

- ¿Es un libro que puede morder? –preguntó la pequeña pelirroja, entusiasmada. - ¡Genial!

Rose le dirigió una mirada extrañada, mientras el libro continuaba luchando por escapar.

- ¿Has intentado calmarlo? –le sugirió Lily.

- Buena idea. –aceptó Rose. De inmediato, apoyó el peso de su cuerpo en un solo pie, y con el otro empezó a pisotear el grueso volumen. - ¡Quieto! ¡Quieto, dije!

- ¡Rosie! –le recriminó Lily, horrorizada. - ¡No de esa forma!

Se acercó y se arrodilló al lado del libro. Acto seguido, comenzó a acariciarlo y murmurar unas palabras casi inaudibles para apaciguarlo.

- Lily, es un libro, no te entiende. –le dijo Rose, mirándola como si estuviera loca. No obstante, instantes después, Lily había logrado efectivamente su cometido. El Monstruoso Libro de los Monstruos finalmente se había calmado. - ¿Cómo… cómo hiciste eso? –le preguntó, haciéndose a un lado y permitiendo que Lily levantara el libro y lo limpiara de la suciedad que le había dejado al pisotearlo.

Ella se encogió de hombros, mientras se lo devolvía a su prima para que lo asegurara con un cinturón.

- Tan sólo me salió.

- Oh… ¿le dijiste cómo calmarlo? Que aguafiestas, Lils. –comentó la voz de un joven.

Las dos ocupantes de la habitación se giraron para ver quien estaba en su puerta. Era James, que parecía estar decepcionado de alguna forma. A su lado se encontraba Albus, quien, a diferencia de su hermano, sonreía ampliamente.

- Si la hubieras dejado seguir cinco minutos más, hubiera ganado la apuesta. –explicó el mayor. Rose le dirigió una mirada de desaprobación, mientras que Lily no parecía tan afectada.

- Mala suerte, James. –dijo Albus, aunque su tono no reflejaba en absoluto una intención de consolar a su hermano. Acto seguido, estiró la mano con la palma hacia arriba.

Con un chasquido de resignación, James sacó una rana de chocolate de su bolsillo y se la entregó a Albus.

- Genial. –murmuró éste, mientras abría de inmediato el paquete.

- ¿James? –llamó una voz de adulto, desde el comedor de la casa.

- ¡Estoy aquí, papá! –contestó James.

Unos segundos después Harry aparecía en el pasillo donde se encontraban. Estaba por dirigirse a su hijo mayor, cuando cayó en la cuenta de algo.

- ¿No se te habían terminado las ranas de chocolate, Al? –preguntó, recordando que el menor le había estado insistiendo para que le trajera más.

- Sí, pero me la gané. –respondió sin pensarlo el chico. Al instante comprendió su error. Mientras su hermano rodaba los ojos en un gesto de exasperación, su padre lo miraba con desaprobación.

- ¿Cuántas veces tengo que decirles que dejen de apostar entre ustedes? –les reprochó. Si lo hicieran de vez en cuando, no habría problema, pero lo de ellos era constante.

- En serio, Al, te vuelves más idiota cada día, ¿verdad? –le recriminó James a su hermano menor.

- ¡Cállate, James! –le espetó el aludido, mientras se sonrojaba levemente.

- Silencio los dos. –se le anticipó Harry a James. Con un movimiento de la varita hizo desaparecer el último pedazo de rana que le quedaba a Albus, ante lo que éste exclamó "¡No! ¡Era la mejor parte!". – Albus, a tu habitación. James, ven conmigo. Tu madre y yo queremos charlar un momento contigo.

- ¿Por qué yo nada más? –se quejó éste. Le parecía injusto que Albus se salvara de la charla con su madre. - ¡Él es el que no sabe mantener la boca cerrada! –se excusó.

Harry se cruzó de brazos.

- Se trata de otra cosa. Y además la idea no es que apuesten en secreto si no que dejen de hacerlo, ¿sabes?

James no hizo ningún comentario más, sino que puso las manos en los bolsillos de su pantalón y siguió a su padre en silencio cuando éste comenzó a caminar.

Sentada en el sillón del comedor de la casa de Ron y Hermione, Ginny observó cómo unos serios Harry y James se le unían. Su hijo mantenía la mirada en el piso con lo que supuso que acababa de ser regañado por algo. Le dirigió una mirada inquisitiva a su marido, ante lo que este gesticuló "apuestas" con los labios. Ginny hizo una pequeña mueca de exasperación pero no dijo nada. Después de todo, Harry parecía haberse encargado de poner las cosas en su lugar.

Cuando James estuvo sentado entre ella y Harry, la pelirroja se dirigió a su hijo.

- James, queríamos hablar contigo porque mañana vas a empezar un año muy importante para ti.

- ¿Por qué? –preguntó confundido éste. - ¡Oh! ¿Se refieren a las MHB? (N. de la A.: también conocidas como TIMO)

- Exacto. –corroboró Ginny. – Son muy importantes para tu futuro, James. –prosiguió. – Tienes que…

- ¡Pero yo quiero jugar al quidditch como tú, mamá! –se le anticipó éste. - ¿Para qué quiero unas MHB?

- Aún así son importantes, James. –replicó Ginny, suponiendo que su hijo iba a esgrimir ese argumento. No estaba segura de si era su vocación o simplemente no quería estudiar. Probablemente un poco de ambas.

- Pero…

- James, -intervino su padre- tienes que comprender que no todo se trata de quidditch. – pensó cómo expresar lo que quería decir a continuación. – Puede que lleguen momentos en que necesites saber algo más que cómo lanzar una quaffle, ¿entiendes? Encantamientos, Transformaciones, Pociones… -James arrugó un poco la nariz ante la mención de esa materia-… son cosas muy importantes. Todo lo que aprenderás te ayudará a valerte por ti mismo, James, ¿de acuerdo?

La seriedad en el tono de su padre lo hizo meditar un momento.

- ¿Cómo "Defensa Contra las Artes Oscuras"? –preguntó. - ¿A eso se refieren? ¿A lo que pasó en Hogsmeade? –insistió, mirando alternativamente a los dos adultos.

- Sí y no. –contestó Harry. Ante la mirada atenta de James, explicó: - Sí, han estado pasando cosas en Hogsmeade que nos preocupan, y queremos que aprendas todo lo que puedas en Hogwarts.

- Pero también queremos que entiendas que tu educación es importante, James. –agregó Ginny. – Tienes que prometernos que vas a esforzarte. –agregó.

- "Prometer" es una palabra muy fuerte, mamá.

- James. –dijeron simultáneamente Harry y Ginny.

- De acuerdo, de acuerdo… -accedió éste. Luego colocó su mano derecha sobre el pecho, y dijo, si bien con un exceso de dramatismo: - Lo prometo.

Harry y Ginny sonrieron, mientras el hombre le despeinaba el cabello cariñosamente a su hijo.

- Hay algo más, James. –agregó la pelirroja.

James se giró hacia ella.

- El Bosque Prohibido. –dijo sucintamente.

El chico adoptó un gesto de confusión.

- No tengo idea de qué estás hablando.

- Por favor, James. No nos tomes por tontos.

- De acuerdo, está bien. ¡Pero no tienen que preocuparse por eso! ¡Tengo el mapa! –exclamó, haciendo referencia al Mapa del Merodeador que sus padres sabían que conservaba.

En un movimiento tan rápido que no le dio tiempo de reaccionar, su padre sacudió su varita y, el instante siguiente, la varita de James, que tenía guardada en el bolsillo de su pantalón, voló hacia la mano de su padre.

- El mapa no te ayudó con eso, ¿verdad? –le preguntó, con un brillo de diversión en sus ojos ante el aspecto sorprendido de su hijo.

- ¡No es justo! ¡Tú eres un Auror, papá! –se quejó éste.

- ¿Pero tengo razón o no? –rebatió él.

- Sí, tienes razón. –murmuró James, resignado. Un instante después su rostro se iluminó. - ¿Puedes enseñarme a hacer eso? ¿Magia sin hablar?

- Lo aprenderás en su momento. –respondió él.

- ¿Y si es demasiado tarde? –preguntó James a su vez en un tono exageradamente trágico. - ¿Y si necesito defenderme de alguien? Puede llegar a salvar mi vida, papá.

Ginny observó divertida el dilema que reflejaban los ojos de Harry. James realmente sabía cómo conseguir lo que deseaba.

Finalmente, Harry suspiró, y James supo que había ganado.

- Te daré una idea general y en qué libros buscar más información. ¡Es eso o nada! –advirtió, anticipando que James iba a quejarse.

- Está bien. –aceptó, finalmente.

Total, no era él quien iba a leer los libros, sino Sue. ¿Para qué sino tenía una novia tan aficionada a la biblioteca?

º º º

Scorpius se encontraba en la Plataforma 9 ¾, cruzado de brazos y mirando con cara de pocos amigos a la multitud de alumnos de Hogwarts y sus respectivas familias que se movían de un lado a otro.

A su lado, sus padres estaban charlando entre ellos pero él los ignoraba completamente. Estaba pensando de qué manera exacta le recriminaría a Alyssa su falta de contacto durante todo el verano, además del hecho de que hubiera mantenido secretos a su espalda.

No obstante, en el fondo tenía mucho entusiasmo por volver a Hogwarts. Por fin se libraría del cuidado sobreprotector de sus padres. Dirigió la vista hacia su baúl, donde se encontraba su reluciente y nueva escoba de carrera, Ventisca. Pronto podría volver a volar en ella.

- ¿Me estás escuchando, Scorpius?

- No. –respondió éste con total sinceridad y no de muy buen modo.

- No le hables así a tu madre. –le advirtió Draco sin alterar su voz, colocándole una mano en el hombro en señal de advertencia.

- Lo siento. –refunfuñó. ¿No podían dejarlo tranquilo? Habían estado encima de él durante todo el verano. Se merecía un descanso.

Astoria prosiguió con lo que había estado tratando de expresar a su hijo.

- Te estaba diciendo que quería que tuvieras cuidado con…

Scorpius soltó un suspiró de hartazgo.

- Sí, madre, lo has dicho millones de veces. Tendré cuidado. De hecho, voy a tratar de no hacer magia. Puede ser peligroso, quién sabe. –agregó, sarcástico.

Inmediatamente sintió cómo la mano de su padre presionaba aún más en su hombro, girándolo hasta quedar de frente a él. Draco colocó la mano que tenía libre en la misma posición que la otra y se inclinó para hablarle a su altura, sin alterar la voz.

- Escúchame bien, Scorpius, porque no lo voy a repetir. Vas a terminar en este instante con esa actitud inmadura e irrespetuosa, ¿de acuerdo? Vas a mantener la boca cerrada y comportarte como si tuvieras algo más de cinco años. ¿Fui claro?

El adolescente asintió, pero su padre aún no había terminado. Bajó un poco más la voz.

- Ahora te vas a despedir como corresponde y no vas a arruinar con tu actitud el último momento que pasaremos juntos hasta las vacaciones.

El rubio asintió nuevamente, y contuvo todas las contestaciones que pasaban por su mente.

No veía la hora de estar en Hogwarts.

Mientras volvía a pasear la mirada por la multitud, distinguió una cabellera verde que se dirigía hacia él. No había duda de que se trataba de su mejor amigo.

Ya era hora.


¡Tanto tiempo! Nunca había tardado tanto tiempo en escribir un solo capítulo. De hecho, tuve que volver para atrás en la historia para recordar dónde había terminado. Espero que aún haya alguien leyendo del otro lado. Si es así, ¡muchas gracias por la paciencia!

¡Les mando un abrazo y espero que me cuenten qué les pareció!

(Les contaría que fue de mi vida durante el último año, pero es una historia muy larga).

¡Besos!