Pues me tardé relativamente poco en tener el siguiente capítulo…más que nada porque tuve una semana de vacaciones, jeje, si no, créanme que hubiera sido misión imposible. Y pues aquí estoy de nuevo, juju.
Ale, ya que no tienes cuenta para contestarte con un PM: gracias por leer mi fic, me alegra mucho que te guste y que me consideres tan buena escritora n.n siempre es lindo leer algo así. En cuanto a cómo me inspiro…pues llega en el momento en que menos me lo espero…leyendo un buen libro, escuchando alguna canción, caminando, en el bus, en la escuela, haciendo tarea….no tengo un modo específico, aunque a veces simplemente me establezco una idea random y de ahí parto para hacer todo. En general ni siquiera tengo un plan para escribir, jeje. No es una respuesta muy satisfactoria, debo admitir, pero créeme que así funciono n.n
Advertencias: Pues igual, por el momento ninguna. Pero si el manejo de las dos historias resulta confusa o algo, avísenme, me harían un gran favor.
Disc. One Piece, ni sus personajes me pertenecen a mi sino a Oda sama *-*
Iris
Capítulo 2: Casualidades
Zoro abrió los ojos y le sorprendió la blancura del lugar donde se encontraba, tan contrastante con el cielo nublado que había visto antes de caer inconsciente. Mientras las piezas sueltas de sus recuerdos recuperaban sus lugares dentro de su mente, dejó su vista vagar alrededor del cuarto en el que se encontraba. Sus espadas estaban recargadas junto a la cama. No se movió más, ya que oyó un caminar apresurado que se aproximaba a la habitación. Era un hombre, lo sabía porque sus pasos que se escuchaban pesados en el suelo.
Cerró los ojos fingiendo dormir mientras él entraba a la habitación. Lo sintió cerca de la cama, y escuchó como movía unas cosas de la mesita que se encontraba a un lado.
-No se mueva- ordenó con voz calma mientras dejaba a Wado rozar el cuello del sujeto de un movimiento tan rápido que él sólo atinó a cerrar los ojos con fuerza.
-No…no lo haré- contestó sin abrir los ojos y levantando las manos. Por la ropa que traía puesra, Zoro adivinó que se trataba de un médico. Y sí, el lugar en el que estaba tenía toda la pinta de ser la habitación de un hospital.
-U…usted es…Roronoa Zoro, ¿No es cierto?
El aludido no pudo evitar sonreír un poco. Siempre era cierto placer el descubrir que le reconocían en los lugares a donde iba. No bajó su espada a pesar de que el médico lucía realmente asustado y algo viejo. En ninguna circunstancia era un rival peligroso, pero el espadachín no estaba en posición de confiarse.
-El mismo- contestó, decidiendo que revelar su identidad allí no era peligroso del todo peligroso, igual no perdía nada-, pero falta mi nakama.
-Sí…la mujer…ya la atienden- contestó el médico, sin bajar las manos, sin abrir los ojos, sin dejar de temblar asombrado del poder proveniente del espadachín-. Escuche, nosotros somos…esta isla es neutral. No nos haga daño, por favor…
-Lo sé-, contestó el espadachín, dejando al hombre aún más sorprendido mientras envainaba a Wado y se disponía a bajar de la camilla.
-¿Perdón?
-Es obvio- contestó distraídamente, como si no tuviera tanta importancia el asunto-. Me reconocen. Si no fueran neutrales habrían confiscado mis espadas, no me hubieran atendido las heridas y ya habría una flota de marines rodeando la isla.
Esto último lo dijo señalando la ventana abierta y el mar tranquilo y despejado. Se quitó la bata y se puso sus pantalones y su camisa que estaban en una silla cerca de él.
-Pe…pero…pero señor… aún está en observación, no puedo dejarle ir así.
-Estoy bien. Dígame dónde está mi nakama y nos iremos de esta isla lo más pronto posible.
Justo en ese instante, una figura alta y delgada apareció en el marco de la puerta, para sorpresa del doctor y satisfacción de Zoro.
-Aquí estoy- dijo Robin sonriendo- menos mal que te encuentras bien, Zoro.
-Pe…pero…- el médico estrujó la libreta que tenía entre las manos y los miró a ambos alternativamente mientras Zoro terminaba de calzarse las botas y Robin esperaba sonriente desde la puerta- ¡No puedo permitir esto! A esa mujer casi le da una pulmonía y usted está herido por todos lados. ¡No voy a dejarlos ir así!
Zoro levantó la vista hacia Robin y fue entonces que la notó enrojecida. Hasta el momento en que el médico mencionó la palabra "pulmonía", él no se había detenido a pensar en las consecuencias que toda aquella desventura le pudo haber traído a la arqueóloga.
Ella no dejaba de sonreír, pero también entonces notó en sus ojos un cierto cansancio, como si en cualquier momento fuera a desvanecerse ahí mismo, como si lo único que la mantenía en pie en esos momentos fuera el marco de la puerta. Definitivamente no estaba bien, pero, ¿qué podía hacer él al respecto?
Se puso de pie, se aseguró las espadas a la cintura y caminó hacia la puerta, donde se paró frente a Robin y antes de que ella pudiera decirle algo, le puso la mano en la frente y miró fijamente sus ojos. Ella los cerró repentinamente y en ese momento Zoro se percató de que la arqueóloga tenía una fiebre altísima. Robin se dejó caer hacia el frente, y él la sujetó.
Zoro suspiró. Pasó sus brazos por debajo del cuerpo de su compañera y la cargó.
-¿Dónde la tenían?- preguntó en tono demandante. El médico le indicó el camino pidiéndole en repetidas ocasiones que tuviera mucho cuidado con la mujer, que estaba delicada y demás. Pero Zoro no tenía que escuchar esas advertencias para saber que tenía que tener cuidado. Después de todo era su nakama y si estaban en esa situación era porque él no había querido dejarla sola en ningún momento.
Finalmente llegaron a otra habitación y la recostó en la camilla. Unas enfermeras se acercaron y la desvistieron para meterla de nuevo entre las sábanas y administrarle suero y otras medicinas.
-Usted está bien en comparación con ella- le dijo con cierta severidad el médico- por favor, en cuanto se le baje la fiebre va a estar mejor, eso es seguro. Si usted no quiere estar aquí no tiene que hacerlo, pero déjenos atenderla a ella. Solo unas horas más.
Consciente de la verdad en esas palabras, Zoro asintió, pero miró al hombre con cierta gravedad.
-No tengo dinero para pagar esto.
Había decidido advertirle porque después de todo, la preocupación mostrada parecía genuina. Él era un pirata, pero no un ladrón desvergonzado. De hecho se había vuelto cazador de piratas con tal de tener dinero con qué viajar… tenía su honor. El médico le miró.
-Naufragaron, ¿No es cierto?- Zoro asintió- sí, para como los encontramos esta mañana…como dije antes, Roronoa san, somos una isla neutral, y debo agregar que somos bastante pobres también. Si no tiene con qué pagar…quizás con trabajo. Lo importante será no dejar que su compañera se ponga peor. ¿Puedo confiar en usted en ese sentido?
Zoro asintió con gravedad. No le gustaba en lo absoluto; en cualquier otra situación ya se habría ido de allí, pero no podía arriesgar a Robin. Además si estaban en territorio neutral…no tenía por qué ser peligroso, ¿cierto?
-¿De qué clase de trabajo estamos hablando?- preguntó, no tanto por curiosidad, sino para confirmarle al médico que estaba tratando con alguien honorable.
-Lo que sea que pueda hacer, no solo aquí en el hospital, en toda la villa su ayuda será más que bienvenida. Es usted un muchacho joven y fuerte, Roronoa san, hay un sinfín de tareas en las que puede ayudar.
Zoro frunció ligeramente el ceño y asintió. Miró a Robin un momento, y luego volteó a mirar al médico una vez más.
-Solo le advierto una cosa...- dijo firmemente- si algo le pasa a ella usted lo pagará, ¿Comprendido?
El hombre asintió con profundo temor. Zoro salió del lugar y comenzó a buscar los lugares donde según él podía ser útil en la villa.
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Robin se despertó luego de otro de esos inquietantes sueños. Miró su mano derecha, segura de que en su sueño había sujetado algo firmemente. Se incorporó. Los primeros rayos de sol se asomaban por su persiana.
Se fue a la cocina y preparó un café. Lo bebió con unas galletas mientras mantenía su vista al frente, perdida en algún punto de la pared mientras trataba, de nuevo, de recordar y ordenar sus sueños, rindiéndose tras sólo unos pocos minutos. Decidió que tenía que terminar su trabajo pronto, o por lo menos avanzar bastante durante ese día. Eran aproximadamente las 7 de la mañana.
Fue a su escritorio y encendió su computadora. Tomó los libros que necesitaba y abrió el documento donde había estado anotando sus observaciones.
Era algo simple, pero fastidioso. El análisis de un libro para el cual además tenía que aportar una crítica. Para estar bien segura debía de consultar las fuentes del autor; el volumen se trataba de una investigación exhaustiva sobre un descubrimiento arqueológico reciente, que a ella por lo menos le había llevado (según creía recordar) un par de meses seguir desde un principio. Por un momento, no pudo recordar casi nada de lo que ella misma había escrito en su análisis, lo cual le causó una gran contrariedad. De modo que gastó la primera media hora familiarizándose de nuevo con su propio trabajo y con los textos que tenía que leer.
El día frente a esa computadora y los libros fue…largo. Largo y fastidioso.
Y seguía sin poder concentrarse aunque lo intentaba con todas sus fuerzas. Perdió el hilo en varias ocasiones. Cometió errores imperdonables que se la pasó también un buen rato corrigiendo.
Logró avanzar bastante de todas maneras. Para las dos o tres de la tarde, se puso de pie, se estiró y se preparó de comer algo rápido.
Instintivamente, miró por la ventana y recordó lo ocurrido el día anterior con ese hombre llamado Zoro. Se preguntó si volvería a verlo. Se preguntó qué lo había llevado a ese lugar la tarde anterior, ¿cómo habría terminado así? No era cosa de todos los días. ¿Habría llegado a casa a salvo? ¿Estaría bien en esos momentos?
Cuando terminó de comer dejó los trastos en el fregadero y se recostó para tomar una siesta. El día estaba justo como el anterior; hacía un calor pegajoso y molesto que ella no conseguía quitarse de encima.
Se quedó solo con una camiseta de tirantes y un pantalón corto. Entreabrió la ventana y se dejó caer en un sillón. Estaba cansada…No, cansada no era la palabra. Estaba fastidiada y realmente no sabía si era por la sensación de ahogamiento que le daba el calor de la tarde, la saturación mental que le proporcionaban las largas horas de un trabajo que al menos por el momento le parecía extremadamente aburrido, o la perturbación ocasionada por esos sueños que no le dejaban en paz.
Se quedó dormida por largo rato, sin sueños esta vez.
Cuando despertó, su camiseta estaba húmeda por el sudor. Se incorporó casi de golpe. Estaba oscuro ya. Tomó una toalla y algo de ropa deportiva; decidió que saldría un rato a caminar. Tomó una ducha rápida y se vistió, contenta de que al menos ya estaba oscuro y la temperatura había descendido bastante; estaba perfecta.
Bajó por las escaleras y salió a la calle. Caminó a lo largo de varias calles con los audífonos en los oídos escuchando música que la mantuviera relajada, y luego de un rato, llegó a un parque que le era conocido. Se detuvo un momento al llegar. Miró a su alrededor. No había mucha gente…y todos ellos parecían tan ajenos a ella.
Cerró los ojos y recordó que en ese lugar ella no tenía amigos; apenas conocidos…la gente…de su trabajo, cuando los veía. No quiso dejarse confundir por una repentina oleada de melancolía que llegó a ella. Se estiró un poco y tomó algo de agua de la botella que había llevado en una mochila. Decidió que trotaría alrededor del parque, veinte minutos eran más que suficientes; quizás dos vueltas al terreno, considerando que era bastante extenso. Sujetó su cabello en una coleta y se dispuso a ignorar cualquier otra cosa que ocurriera a su alrededor.
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Para cuando cayó la tarde, Zoro se la había pasado cortando cosas por aquí y por allá, cargando madera, e incluso haciendo de niñera por un rato (lo cual fue de su completo desagrado, como siempre).
Le propusieron que tomara una habitación en una posada cercana al hospital, pero se negó rotundamente. Decidió que no aceptaría nada más de esa gente. No se sentía cómodo entre ellos y no era por su falta de dinero para pagarles la ayuda prestada, ya que estaba trabajando para ello, sino porque a pesar de que habían sido amables desde un principio, algo lo inquietaba, algo no le permitía estar en paz con ellos.
De modo que se alejó. Buscó un claro en el bosque que estaba detrás de la villa e hizo lo que hacía mucho no hacía por su propia cuenta; sobrevivir. Hacía mucho que no hacía una fogata ni cazaba animales para comer él solo.
Pensó en sus amigos. Se preguntó qué estarían haciendo en ese momento. Los buscarían, eso era seguro, pero, ¿Podrían encontrarlos? En cuanto Robin estuviera mejor, decidirían juntos qué hacer.
Respiró profundo y miró la fogata arder frente a sus ojos. Sintió sueño. Sintió un sopor muy agradable. Sintió ganas de ir a la playa y nadar. Y entre otras cosas, sintió unos pasos acercándose a dónde él estaba. Miró el sol ocultarse atrás de los árboles y justo en ese momento sintió una mano sujetarse de su hombro.
-Zoro- pronunció ella a modo de saludo mientras se sentaba a su lado- ¿cómo te encuentras?
-Eso debería preguntarte yo a ti- protestó un poco sin dejar de mirar a la fogata; el anochecer llegaba cada vez más rápido.
-La fiebre bajó hace un rato- explicó la arqueóloga-dicen que aunque me encuentro mejor, quizás sea bueno que pase la noche en el hospital para asegurarse. Me dejaron salir un momento para traerte de cenar.
Y acto seguido le mostró un par de platos de comida que habían preparado para él, así como un par de botellas.
-No gracias. Tengo mi propia comida…como antes.
Robin sonrió.
-No termino de entender por qué no quieres aceptar la amabilidad de estas personas. Son neutrales, después de todo.
Zoro se encogió de hombros y acercó su mano al fuego, tomando un pescado que había conseguido un rato antes, que ahora estaba listo para comerse y despedía un aroma delicioso. Se lo ofreció a Robin y tomó otro para él.
Comieron un poco de lo que había conseguido él, un poco de la comida que les había dado la gente de la villa y bebieron el contenido de las botellas. No era nada con alcohol, pero eran bebidas frescas y tenían un sabor muy agradable y a Zoro le cayó bastante bien.
-Deberías tomar la habitación que te ofrecieron- dijo la arqueóloga mirándole con cierta seriedad cuando ya casi habían terminado.
-No es necesario- contestó él de una forma bastante terca, y lo sabía, pero simplemente no se le ocurría cómo podría explicarle a Robin lo que estaba sintiendo en ese momento. La arqueóloga asimismo, parecía no estar consciente de lo que pasaba… era extraño que no hubiera mencionado nada de sus amigos, de la tormenta que habían pasado el día anterior, de la manera en que habían terminado atrapados entre las olas y cómo habían llegado a aquél lugar. Este pensamiento confundió a Zoro profundamente, pero de la misma forma no se atrevió a decirle ni a preguntarle absolutamente nada.
-Hará frío más tarde- le contestó ella sin hacer caso a la expresión turbada que tenía Zoro en su rostro en esos instantes. Quizás ni siquiera lo había volteado a ver, eso él no lo sabía-, y sigues lastimado, ¿No? No deberías exponerte de ese modo. Es un poco…irresponsable de tu parte, ¿No crees?
-Mira quién lo dice. Tú haces cosas peores siempre que puedes.
-No suelo arriesgar mi integridad física sin un motivo de peso- se defendió la hermosa mujer con una sonrisa de esas que sacaban a Zoro por completo de su centro.
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Robin siguió trotando alrededor del parque a pesar de que habían pasado los veinte minutos que se había establecido. Había algo en su interior que la impulsó a seguir; una especie de inquietud que le pedía que continuara, que se arriesgara a más, lo cual hizo sin dudar.
Ya había oscurecido casi por completo y en el parque las lámparas daban algo de amabilidad al ambiente, sin embargo esto no impedía que diera algo de miedo. Las personas que estaban allí habían comenzado a irse; Robin casi hubiera jurado que se habían esfumado poco a poco ante sus ojos.
En un descanso que hizo, se dio cuenta de que el lugar estaba desierto ya. La música en sus audífonos no había dejado de sonar pero al quitárselos una sensación de vacío muy profunda inundó el ambiente que la rodeaba.
Se dijo que podía dar una vuelta más alrededor del parque, pero sería rápida, ya que el vacío mezclado con la inquietud comenzaba a darle una sensación de vértigo que hacía mucho que recordaba haber sentido por última vez.
Siguió caminando, con la mirada perdida y tratando de apurarse, pero al mismo tiempo poniendo profunda atención a la música.
Por eso mismo, casi se le sale el corazón por la boca cuando vio parado frente a ella un hombre, con el que casi choca de frente. Detuvo su marcha abruptamente al verlo ahí en pie sin moverse y tuvo la tentación de correr hacia el lado contrario; no tenía cómo defenderse en caso de que él quisiera hacerle algún daño.
Pero entonces lo vio mejor. Se le hizo conocido, más bien, lo reconoció casi en seguida.
-¿Zoro?- preguntó en cuando pudo recuperar el aliento. Entre la oscuridad, pudo verle un poco mejor el rostro. Él la miraba con la misma sorpresa con la que ella debía estar mirándole en ese momento. Dio un par de pasos hacia atrás, como si estuviera a punto de huir, pero ella lo detuvo sujetándole de la muñeca. Él rehuyó al contacto en seguida, pero a Robin no le molestó; lo comprendió- No te preocupes. Lo lamento…lamento si te asusté.
Zoro la miró, aun frunciendo el ceño.
-Yo…
Pero guardó silencio sin decir nada. Ella no sabía si lo que él tenía era miedo o inquietud igual que ella, decidió no forzar la situación. Por alguna razón, algo le dijo que tenía que estar con él en ese momento. Él no estaba bien. Ella podía sentirlo.
-Acompáñame…- propuso, sonriendo lo más sinceramente que pudo- tomemos un café. Hay un lugar aquí cerca.
Apagó su mp3 y comenzó a caminar con Zoro a su lado. Se sintió tranquila de que él no se negara.
Luego de caminar un par de minutos llegaron a un pequeño local en una esquina, la única luz que se veía a varios edificios a la redonda. Entraron sin haberse dirigido una palabra más.
Había un par de personas en una mesa, en total silencio. Había un radio encendido donde sonaban canciones bastante pasadas de moda, pero en general el lugar estaba bien iluminado y transmitía esa tranquilidad impersonal que cualquiera prefiere cuando sólo quiere tomar un café rápido antes de irse a la oficina por las mañanas.
Robin se acercó a la barra y un hombre se acercó a atenderla.
-Dos capuchinos, por favor- pidió con una de sus más bellas sonrisas. El hombre, gris e indiferente, no contestó nada pero preparó su orden justo enfrente de sus ojos. Le dio los dos cafés y dos galletas también, en una bandeja. Ella le pagó y tomó la bandeja del mostrador- quédese con el cambio.
Robin se acercó a una de las mesas y se sentó. Zoro se sentó frente a ella, pero no hizo amago de moverse más ni parecía tener intención alguna de decirle nada.
-Toma tu café- le sonrió. Zoro lo tomó pero no bebió en seguida y Robin se encontró en la misma situación que el día anterior.
No estaba dispuesta a pasar por la misma incomodidad de nuevo. Sólo quería ser gentil pero al parecer su amabilidad ahí salía sobrando, así que después de pensarlo un poco se puso de pie y tomó su café y, luego de despedirse lo más amablemente que pudo considerando la contrariedad que sentía, salió del lugar.
Miró el vaso térmico en el que le habían servido su café y se molestó con el tipo que la había atendido por haber sido tan indiferente. También se molestó con Zoro por empeñarse en sumarse a todo ese escenario gris y aburrido que rodeaba la vida en ese lugar tan fastidioso y horrible.
Caminó y en poco tiempo se vio de nuevo a sí misma en el parque donde había estado corriendo. Encontró una banca bajo una lámpara y ahí tomó asiento sin importarle ya que el lugar estuviera vacío o fuera peligroso. Se puso los audífonos de nuevo, cerró sus ojos y bebió lentamente su café.
Pasaron alrededor de cinco minutos. El café seguía algo caliente, de modo que no se lo tomó rápido.
Iba a levantarse para irse a casa, cuando percibió que alguien se sentaba a lado de ella. Ella no levantó la vista, pero de un momento a otro, vio la galleta frente a sus ojos, sujeta por esos dedos morenos que el día anterior, junto con el resto del cuerpo del joven, habían llamado su atención.
-La dejaste en el café.
Robin lo miró. Había escuchado su voz por encima de la canción que estaba oyendo. Él también traía su café y bebía con lentitud, no la miraba, y tenía la vista francamente perdida en el infinito, igual que ella momentos antes. Pero seguía blandiendo la galleta frente a ella.
Robin se quitó los audífonos y se los guardó en el bolsillo. Tomó la galleta de su mano y llamó su atención, un poco, la palma de su mano…creyó ver algo, pero no estaba segura, así que decidió ignorar eso por el momento. No le dijo nada.
-Gracias- y acto seguido, le dio una mordida a la galleta y bebió otro trago a su café.
Él también siguió bebiendo. Después de un rato, bajó el vaso y lo dejó descansar sobre la banca.
-Lamento todo lo de antes. No soy bueno para expresarme.
-Eso puedo verlo.
-N…no me desagradas…en lo absoluto.
-Es bueno saberlo.
Si la cosa ya estaba mal, con esto sólo se puso peor. A Robin le hizo bastante gracia, pero supo que Zoro se avergonzó ligeramente de lo que acaba de decir. Al parecer no sabía cómo remediarlo y parecía que se trababa al querer hablar y explicarse.
Finalmente optó por guardar silencio de nuevo. Después de un rato, volvió a hablar.
-Vivo…lejos de aquí. Solo quería caminar. Ni siquiera recordaba dónde vivías tú.
-Oh, es a un par de calles hacia allá- le indicó señalando hacia la derecha.
-Sí. Me pareció familiar esta tarde pero no estaba seguro.
Robin guardó silencio y él también. Extrañamente, ya no era tan incómodo. Fue entonces que ella prestó de nuevo especial atención a sus manos y sin previo aviso, le tomó la mano derecha y examinó la palma sin mostrar incomodidad alguna, ansiosa por comprobar si lo que había visto momentos antes era cierto. Sabía que era una invasión hacia el, al parecer, muy extenso espacio vital de su nuevo "amigo", pero no le importó en lo absoluto.
-Tienes la misma marca- expresó con una sonrisa ahora de oreja a oreja, que no logró sino perturbarlo más de lo que estaba. Ella extendió su mano derecha hacia él y le mostró la palma también- ¿ves? Exactamente la misma.
Zoro miró la mano de Robin un poco temeroso de lo que ella quisiera probar con aquello, pero ella solo le sonrió más extensamente todavía.
-Estas líneas- comenzó a explicarle ella- normalmente señalan como se puede doblar nuestra mano. ¿Ves? Sin embargo, tú y yo tenemos esta línea también. Pero, ¿es una cicatriz o solo una simple línea? No podemos doblar la mano en la dirección que marca, simplemente no se puede.
La marca de la que Robin hablaba era una línea que iba desde la base del pulgar, atravesando toda la palma hasta la base del meñique. La tenía desde que podía recordar y sólo en la mano derecha, igual que Zoro, como comprobó luego de haberle revisado ambas manos luchando contra su incomodidad, que a ella le parecía bastante tierna después de todo.
Al final había conseguido eliminar un poco ese factor. Zoro al parecer se resignó a soportar las sonrisas que le hacían sonrojar exageradamente y también se vio obligado a pensar con respecto a la marca que tenía en su mano.
-No sé de dónde salió- contestó cuando Robin le preguntó de nuevo- a mí también me parecía rara y terminé por pensar que sólo era una línea, poco común pero da lo mismo, ¿No?
-Supongo que tienes razón- sonrió ella de nuevo, dejando su mano. Al menos había conseguido que hablara como un ser humano normal.
No consiguió sacarle una sonrisa, pero se portó...bien.
-Debería irme ya- ella se puso de pie bastante contenta con el resultado de todo aquello- mañana quiero despertar temprano para avanzar en un trabajo que estoy haciendo.
Debían ser cerca de las 9 o las 10 de la noche. No supo cómo fue que se había hecho tan tarde.
-Yo también… debo trabajar mañana- contestó él.
-Trabajo para el museo de la ciudad- explicó ella con una sonrisa- en la sección de arqueología. Últimamente me he dedicado más a hacer análisis de algunos libros, así que hago la mayor parte del trabajo en casa desde hace algunos meses.
Caminaron hacia afuera del parque y él caminó con ella tomando el rumbo hacia su edificio. No se había ofrecido a acompañarla ni había preguntado si ella quería esa compañía, pero ella tampoco le dijo nada al respecto. Llegaron a la entrada del edificio.
-¿Dónde vives? Si está muy lejos puedo llevarte en mi auto. De todos modos te tomaste la molestia de acompañarme hasta aquí.
Él negó con la cabeza. Robin sonrió de nuevo y se despidió haciéndole un gesto con la mano, casi dándolo por caso perdido.
-Trabajo en la universidad.
Ella se detuvo. Había caminado apenas un par de pasos dentro del oscuro recibidor del edificio, no había un alma a los alrededores salvo ella y Zoro. Volteó. El moreno se había asomado por la puerta solo para decirle eso.
-¿Te dejarás ver de nuevo?
Él se encogió de hombros.
-Bien. Buenas noches.
-Buenas noches.
Para cuando Robin llegó a su departamento, sentía muchas ganas de reír. Estaba contenta. Extrañamente…aunque fuera tan cerrado y tan difícil Zoro era interesante y tentador. Una intelectual como ella simplemente no se iba a quedar con las ganas de conocerlo bien. No sabía cuándo lo iba a volver a ver…pero por algún motivo tuvo la sensación de que sería pronto. Si la casualidad no quería juntarlos de nuevo…sería él quien vendría. Después de todo, ya sabía dónde estaba su casa.
Era todo un caso ese hombre, Zoro.
Zoro, Zoro, Zoro…
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-Ayer fuiste imprudente- contestó Zoro luego de darle otro trago a su bebida, ahora deseando con todo su corazón que fuera cerveza. Robin se encogió de hombros.
-Fue un simple accidente. También pudo pasarte a ti.
Pero él se había preocupado más por ella y eso era lo que Robin no parecía entender en ese momento; lo que a Zoro tenía tan inquieto no era lo que pudiera pasar con él sino lo que pudiera pasar con ella. Y a Robin eso no parecía importarle, o por lo menos hasta el momento no lo había demostrado.
-Mañana…cuando me den oficialmente de alta- sonrió- buscaremos un modo de encontrar a los demás, o al menos de informarles nuestro paradero.
Zoro se encogió de hombros tal como lo había hecho ella, sin contestarle nada.
Robin recogió los trastes sucios y los puso en una pila para llevarlos con ella.
-¿Quieres que pida una manta para ti en el hospital?
Zoro negó con la cabeza.
-Con la fogata basta. Hace calor esta noche.
Robin ya se había puesto de pie y unas manos le ayudaban a llevarse los platos y las botellas. Pero antes de irse, volvió al lado de Zoro y se acuclilló hasta su altura. Zoro volteó un poco hacia ella.
-Muchas gracias por salvarme ayer- dijo ahora en voz baja, como si estuviera apenada, como si le fuera difícil. Pero al mismo tiempo, lo hizo sonar tan sencillo…- Debí ser más cuidadosa, lo lamento mucho. Siento que estemos en esta situación por mi culpa, pero haré todo lo que pueda por compensarte, ¿de acuerdo? Mañana buscaremos qué hacer.
Zoro se encogió de hombros. Robin se puso de pie y se alejó rumbo al hospital.
¿era eso lo que esperaba de ella? No estaba seguro, pero al menos al parecer estaba consciente de todo lo que estaba pasando… ¿y cómo no iba a estarlo? Era Robin después de todo. Pero, ¿qué era esa inquietud que no dejaba a Zoro estar en paz?
No podía definirlo y eso lo tenía bastante confundido. Decidió no pensar más en ello, al menos por esa noche.
Pero…un segundo…ella había dicho que ¿trataría de compensarle?
¿En qué estaría pensando la mujer?
De pronto se preguntó a sí mismo por qué no había aprovechado la situación para poner en claro algo que quería hacer desde hacía mucho tiempo, y no tenía el valor. La intimidad había sido perfecta, imposible lograr algo así en el Sunny. Pero se resignó. La oportunidad había pasado ya.
Miró hacia arriba, observó las estrellas y, antes de recostarse para poder dormir, se preguntó qué más tendría que hacer por la mañana para pagar a la gente de esa isla todo lo que habían hecho por ellos…sobre todo por Robin.
Robin, Robin, Robin…
Continuará.
Y pues…sí. Creo que por el momento no tengo mucho que comentar. Realmente…me muero por ponerle más romance a esto pero por el momento iremos poco a poco.
Gracias por leer, y ya saben, comentarios, sugerencias, preguntas, etc…todo es bienvenido.
Nos leemos pronto!
Aoshika October
