Hola! Perdón por no publicar antes, he tenido unos días pésimos pero me di tiempo para terminar esto. Cuando pueda contesto los reviews. Espero que les guste, háganme saber qué les pareció :D
Disc. Los personajes de One piece no me pertenecen, solo las tramas de esta historia.
Advertencias: Lemon.
Resumen: No sé quién eres. No sé de dónde vienes, ni a dónde vas. Pero al mismo tiempo te conozco. Y por algún motivo, solo quiero… deseo que sepas quien soy.
Iris
Capítulo 5: You're the closest to heaven that I'll ever be
Robin comenzó a recuperar la consciencia después de un profundo sueño, al sentir su pecho ligero, liberado de la sensación aplastante…de la cabeza de Zoro sobre ella. Abrió los ojos lenta y pesadamente mientras sus pulmones absorbían todo el aire del que se habían visto privados. Miró a un lado. Zoro se había sentado en la orilla de la cama, y su mano derecha se deslizaba por sobre las heridas que tenía en el brazo izquierdo.
Robin estiró su brazo y tomó el reloj despertador que tenía en la mesa de noche. Forzó la vista para ver bien la hora. Faltaban diez minutos para las cinco de la mañana.
-¿Zoro?- le llamó en voz baja. Él volteó un poco hacia ella.
-Debo irme.
-¿A dónde?
-A casa a asearme y por ropa limpia. Debo ir a trabajar, ¿recuerdas?
Robin se detuvo en seco. Claro, debía de haberlo pensado. De pronto se sintió tonta, esperó que en su voz no se hubiera notado la alarma que había sentido en ese momento, y es que luego de pensarlo, tenía lógica.
-Claro. Claro, lo siento.
-No te preocupes. Vuelve a dormir.
Robin asintió.
-Volveré en la tarde.
Robin sonrió sin poderlo evitar. Sintió algo muy lindo en el pecho, un calor especial, una tranquilidad repentina aún dentro de ese mar de incertidumbre del que no había conseguido salir del todo. Se irguió hacia él, que no se había levantado de la cama, y le dio un beso en la mejilla. Zoro volteó y le correspondió con un beso rápido en los labios.
Se puso de pie y caminó para salir de la habitación. Robin se quedó acostada pero no permaneció allí mucho tiempo. Se levantó de golpe y corrió hacia la ventana.
Vio salir del estacionamiento un auto de color negro. Supuso que era de él, y entonces se percató de que no le había preguntado cómo había llegado allí para empezar, o cómo se iría a su casa.
Se regresó a su cama, y trató de dormir un poco más.
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Cuando Zoro bajó al restaurante a desayunar, Robin ya estaba sentada en una mesa tomando café y comiendo unas galletas mientras leía un libro que el día anterior le habían prestado Mary y Morton.
Pidió un desayuno y se acercó a sentarse junto a ella. Robin levantó la mirada apenas lo suficiente para evidenciar que se había percatado de su presencia y después volvió su vista al libro. Le sirvieron a Zoro su desayuno y él comenzó a comer sin pronunciar palabra.
Pudieron haber dicho muchas cosas de lo ocurrido la noche anterior, pero Zoro por lo menos se lo guardó porque no sentía que fuera algo apropiado. Seguramente Robin tampoco lo sacaría nunca a colación, y si ya todo estaba mejor entonces no valía la pena arriesgarse a crear algún nuevo problema entre ambos.
-Hoy no vendré a comer- anunció ella sin despegar los ojos del libro. Zoro se encogió de hombros, pero no dijo nada. Ella continuó;- Unas mujeres me invitaron hoy a la escuela a cuidar a los niños, va a haber un pequeño festival o algo así. Probablemente tampoco llegue a cenar. Solo te aviso para que no te preocupes de más y te midas en cuanto a tus reacciones hacia esta gente.
-Gracias, es bueno saberlo- le contestó él, con un deje de ironía en la voz. Ella le hizo una pequeña sonrisa y se levantó de la silla donde estaba sentada sin decir nada más. Salió del restaurante y dejó allí a Zoro, que no demostró gran reacción a parte de encogerse ligeramente de hombros.
Zoro terminó de desayunar y volvió a la posada, y como le había prometido la noche anterior, ayudó al dueño a arreglar la puerta de la habitación que habían asignado a Robin y a darle algo de mantenimiento al resto de las instalaciones.
Terminaron en la tarde, justo a la hora de comer. Tal y como le había dicho, Robin no apareció.
Una vez que terminó con su comida, Zoro caminó por la villa, y tuvo que dar un par de vueltas antes de encontrar el establecimiento de atención a turistas.
Cuando entró, Morton y Mary caminaban de un lado a otro acomodando los carteles y haciendo limpieza. Se veían muy animados y felices, hasta que percibieron la presencia de Zoro con ellos.
-Bu…buenas tardes, Roronoa san- saludó Morton un poco tembloroso. Zoro se acercó y tomó asiento aun cuando ninguno de los dos lo había invitado.
-Necesito hacerles un par de preguntas y quiero que me contesten con la verdad.
Morton asintió y Mary se sujetó de su brazo sin dejar de ver a Zoro con un profundo temor.
-Adelante, Roronoa san- contestó Morton encogiéndose un poco contra su esposa. Zoro los observó con severidad.
-¿Cuándo se supone que sale el barco a la isla donde llega el correo?
Morton tragó saliva y volteó hacia la barra. Se acercó y rebuscó entre unos papeles.
-Ah… dependiendo del clima, entre tres días y una semana más.
Zoro se recargó un poco en la silla que había tomado. Cruzó los brazos sobre su pecho. Cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia atrás. Morton y Mary no dijeron nada hasta que él volvió a alzar la cabeza hacia ellos y abrió los ojos de par en par.
-¿Dónde está el puerto?- preguntó mientras los miraba fijamente. Mary fue quien reunió coraje y habló esta vez.
-E…está del lado norte de la isla…
-No he tenido oportunidad de verlo. Y tampoco he visto actividad de ese lado de la isla.
-¿Está insinuando algo, Roronoa san?
-No- contestó entonces el peliverde con toda tranquilidad- nada en absoluto.
-No hay actividad precisamente porque estamos incomunicados- trató de justificar Morton, pero al levantar Zoro la mirada hacia él de nuevo, guardó silencio.
-Ya les he dicho que no estoy insinuando nada- se puso de pie con toda calma, se rascó la cabeza y divagó un poco con los posters y las imágenes pegadas en las paredes-; sin embargo no tengo motivos tampoco para confiar plenamente en ninguno de ustedes.
Ni tampoco motivo alguno para contarles sus ideas, sus motivos ni sus intenciones. Volteó a verlos una vez más e inclinó la cabeza en señal de despedida.
Después de todo, en cierto modo Robin tenía algo de razón y él no tenía verdaderos motivos para ponerse en contra de esas personas mientras todo marchara como hasta ese momento.
Salió de la oficina y se preguntó si valdría la pena ir a revisar el puerto, pero decidió no hacerlo y en su lugar, buscó un lugar apartado donde pudiera entrenar por un rato sin ser interrumpido.
Entonces cuando se encontró solo, fue que tuvo que hacerse de nuevo todas esas preguntas. ¿Qué clase de pesadilla tendría Robin la noche anterior? ¿Qué tenía que ver con él?
-Pensó en verle el lado bueno al asunto. Quizás, después de todo, Robin también estaba sintiendo la misma desconfianza que él sentía con respecto a ese lugar y a esas personas. No era que le alegrara que ella tuviera esas pesadillas, pero al menos podía tratar de interpretarlas como una buena señal con respecto a su nakama.
No le gustaba la idea de que ella pareciera habituarse a estar allí. Tal como le había dicho, aunque ella quisiera quedarse él la sacaría y la regresaría al Sunny, pero siempre quedaría eso, esa duda, ese problema de que ella realmente quisiera quedarse.
No, no era momento de estar pensando en esas cosas…solo era cuestión de unos días para encontrar a sus nakamas y seguir con sus vidas, lo que estaban viviendo en el momento no era sino algo transicional y eso seguramente la arqueóloga lo veía tan claramente como él.
En la noche, cuando sintió hambre, decidió volver al restaurante a cenar. Cuando llegó, ella ya estaba allí, sentada. Zoro pidió que le sirvieran de cenar y se sentó junto a ella.
-Buenas noches- le sonrió ella- ¿cómo te fue hoy?
Zoro la miró con cierta gravedad. Eso sonaba tan natural…como si fuera la situación más normal del mundo que ellos estuvieran allí trabajando para esa gente en lugar de estar en el Sunny con sus nakamas, como si llevaran toda la vida allí y aquello fuera lo habitual…
¿Por qué era esa la sensación que le daba su comportamiento? ¿De verdad estaba ella tan tranquila y tan habituada, o solo era que él se estaba poniendo paranoico?
Al final ni siquiera contestó a su pregunta y Robin no volvió a preguntar. Comieron en total silencio y al terminar se quedaron sentados ante la mesa, ambos con los ojos pegados al plato como si fuera lo más interesante que podían ver en esos momentos. Finalmente, ella levantó la vista hacia Zoro y sonrió una vez más.
-¿Te parece si caminamos un poco?
Zoro no contestó, pero se levantó de su silla y la siguió.
Tal como la otra noche, la aldea mostraba cierta vida nocturna, como si hubiera una fiesta. Los niños corrían y jugaban, había puestos de comida y gente caminando por las calles y conversando, había música y luces.
Quizás esa gente realmente era feliz. ¿Por qué le era tan difícil simplemente confiar en ellos?
Entonces vio a Robin, quien de nuevo le parecía demasiado habituada a todo ese ambiente.
Lanzó un pequeño suspiro y decidió hablar.
Iban caminando hombro con hombro, lentamente. Ella no le estaba prestando demasiada atención, hasta que Zoro la llamó por su nombre.
-¿Qué ocurre, Zoro?
-Quería preguntarte qué cosa fue lo de ayer. ¿Qué clase de sueño tuviste?
Robin detuvo su caminar y quedaron parados a media calle. La gente pasaba a su lado tratando de esquivarlos. Ella lo había volteado a ver de manera interrogante. Luego se encogió de hombros y siguió caminando, con Zoro atrás de ella tratando de llevarle el paso, lo cual era bastante difícil porque se había juntado gente alrededor de ellos y era muy difícil caminar sin empujarlos o terminar siendo grosero con ellos. Pero se las arregló, ya que Robin estaba muy tranquila y tenía la sensación de que se molestaría con él si les decía cualquier cosa a esas personas.
Llegaron a un lugar donde había unas bancas. Robin se sentó, y Zoro se sentó a su lado, esperando por si había algo qué decir de parte de ella pero Robin se quedó en el mismo silencio hermético de antes. Miró hacia el cielo y él también se mantuvo en silencio un rato, pero decidió volverle a preguntar.
-Robin…
-No fue nada- contestó ella rápidamente antes de que él pudiese reformular la pregunta-, sólo fue una…una pesadilla. Me asusté, es todo.
-No es normal- le dijo entonces Zoro en un tono insistente, necesitaba respuestas, en verdad-. Nunca te había escuchado gritar así.
¿Y por qué precisamente su nombre? Se moría por preguntarle eso pero no sabía cómo meterlo a la plática sin sentirse extraño (y vulnerable) haciéndolo.
-Te confieso que ni siquiera recuerdo exactamente qué fue lo que soñé. Ni siquiera sé por qué grité tu nombre- ella sonrió entonces y volteó para mirarle, con esa misma tranquilidad que a veces lo hacía sentir bien y a veces lo desesperaba de más-. Quizás porque recordé que estabas cerca y que querías cuidarme.
Zoro se sonrojó furiosamente ante estas últimas palabras por parte de Robin. Volteó la cabeza para desentenderse, pero ella le tomó de un brazo y él tuvo que volver a voltear hacia ella.
-Robin…
Robin le puso la mano en los labios para que no dijera nada más. Zoro obedeció. Su estómago se encogió cuando ella le abrazó del cuello y se acercó. Ambos cerraron los ojos y pegaron poco a poco sus frentes. Zoro le sujetó de la cintura.
-Robin…
-Shh…-Robin cerró un poco más su agarre alrededor de su cuello- ¿Realmente necesitas decir algo?
Zoro lo pensó, pero nada vino a su mente. Negó con su cabeza, sabiendo que Robin sentiría el movimiento y comprendería aunque tenía los ojos cerrados como él.
-¿Tienes ganas de pensar, y quizás de discutir?
Zoro volvió a mover la cabeza de manera negativa.
-Entonces déjalo así.
Como si de un accidente se tratara, sus labios hicieron un pequeño roce. Se separaron por un segundo y volvieron a juntarse, esta vez con un toque más largo. Se separaron de nuevo, y la tercera vez se juntaron, se acariciaron lentamente y se quedaron sellados por varios segundos.
Zoro sintió cada músculo de su cuerpo contraerse gracias a esa sola deliciosa acción, pero sobre todo, por el hecho de estar besando a Robin, de tenerla en sus brazos, de estar juntos. ¿Significaría lo mismo para ella? Tenía que ser valiente, tenía qué decírselo.
No quiso acabar con el momento. Dejó que durara lo que tuviera que durar y ninguno de los dos quiso deshacer el contacto en seguida. Lo alargaron por un momento más y disfrutaron acariciándose de nuevo, incluso él se atrevió a acariciar posesivamente su espalda con una mano, y con la otra bajar lentamente por su cadera y una de sus piernas. Al sentir esto, ella se aferró de él con más fuerza y el beso se intensificó.
Abrieron los ojos al separarse. Zoro miró con detenimiento los ojos débiles, las mejillas enrojecidas y la boca entreabierta de su nakama, con los labios brillantes, y ardiendo de humedad luego del alargado beso.
Tuvo una terrible necesidad de abrazarla de nuevo con aún más fuerza y apoderarse de sus labios antes de que Robin pudiera decir cualquier cosa. De pronto ella trataba de separarlo, parecía asustada, quizás por su brusquedad repentina, pero terminó por ceder y corresponder al beso ahora apasionado y profundo que Zoro le daba.
La jaló más todavía hacia sí, y no supo cómo o porqué terminó sentándola sobre sus piernas.
No se encontraban en un lugar transitado sino al contrario, bastante solitario, de modo que no causaron ningún tipo de escándalo, como hubiera sido de esperarse.
Robin se separó de él poco a poco. Le tomó la cara y lo miró con detenimiento por un instante, durante el cual Zoro trató de descifrar qué estaba pasando por su cabeza. Un momento después, ella le soltó, pero pegó su frente de nuevo a la de él mientras se dejaba envolver en otro abrazo, tal era la necesidad de Zoro de tenerla que no podía soltarla aunque quisiera hacerlo.
-Debo... quiero ir a dormir- le dijo después de un momento, mientras ponía una mano en el pecho de Zoro para separarse de él un poco.
-Robin, yo…
-Estoy cansada Zoro- se levantó de sus piernas y comenzó a caminar, con él siguiéndola de cerca. Entraron a la posada y se mantuvieron en silencio hasta llegar a las habitaciones. Antes de entrar en la suya, Robin se dio la vuelta hacia él. No lo miró directamente, pero tomó su mano y la acarició.
Zoro se acercó un poco más a ella. Robin le abrazó.
Zoro no supo por qué de pronto la sintió tan frágil y vulnerable como la noche anterior que la tenía llorando en sus brazos luego de la pesadilla. La abrazó de vuelta y no la dejó ir. Besó su sien. Le acarició la espalda.
-No te irás, ¿cierto, Zoro?
Su voz sonaba tranquila, pero cierto tinte de temor podía sentirse.
La abrazó aún con más fuerza y repitió el beso, ahora en la frente igual que la noche anterior, con la única intención de mantenerla tranquila.
-¿Soñaste que me iba?- preguntó finalmente, siendo vencido por la curiosidad pero sin muchas esperanzas. Ella asintió, cosa que provocó un estallido en su interior. ¿Era eso tan grave como para que se hubiera puesto así?- No me iré-, contestó finalmente- al menos, no sin ti.
La respuesta pareció satisfacer a Robin, quien le soltó lentamente y le hizo una media sonrisa antes de entrar en su habitación. Zoro la miró hasta que cerró la puerta, y entró a su habitación sin saber…qué sentir…qué pensar…
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Robin se levantó de su cama y miró el reloj. Eran las nueve de la mañana.
Había dormido relativamente bien, al menos se sentía descansada.
Debido a las malas jugadas que su mente y su imaginación le estaban jugando últimamente, se vio tentada a pensar que lo ocurrido con Zoro la noche anterior no había sido sino producto de su imaginación. Pero sus sábanas…tenían unas pocas manchas de sangre, y algo se sentía en ellas – y en toda la cama – que hacían pensar que realmente alguien había estado allí con ella. Se sentía cierto hueco, cierto peso sobre el colchón que no dejaba lugar a ninguna duda; Zoro había estado allí, con ella.
Se encaminó al baño y se dio una larga ducha con agua tibia. Había amanecido una mañana no tan cálida, para variar, y eso le hacía tener buen humor. Cuando salió se puso ropa cómoda y se mentalizó para trabajar un rato, un poco para no pensar en Zoro…no porque no quisiera, sino porque no quería pasarse las horas muertas construyendo castillos en el aire o al contrario, llenándose de miedos, alucinaciones o paranoias que solo hicieran más extraña la de por sí extraña relación que había comenzado con él.
En eso estaba pensando cuando salió de su cuarto a buscar a la cocina algo para almorzar. Iba entrando, cuando vio sobre la mesa una nota escrita en una servilleta a toda carrera. La pluma que ella usaba para anotar direcciones y recordatorios, que solía estar en la mesa del teléfono, estaba junto a la servilleta.
La tomó y la leyó. Eran números telefónicos. Uno de ellos era de casa, otro de teléfono móvil y un tercero decía que era de la universidad. Finalmente, había una dirección, y reconoció la calle allí escrita como una de las más cercanas a la playa.
Sonrió. Apreció las letras firmes y un poco descuidadas sobre el papel, sin una anotación extra, ni algún cuidado especial ni algo que permitiera identificar a quien la escribió más que lo que ella ya sabía. Sonrió.
No era el tipo de detalle romántico que una mujer espera ver. No era un ramo de rosas o una caja de chocolates y mucho menos un poema o una dedicatoria, pero era… ¿podía pensar que era una manera de demostrar que le tenía confianza? Robin quiso pensar que así era.
Llevó la servilleta a su cuarto y la guardó en un cajón con mucho cuidado. Posteriormente siguió con los planes que tenía para ese día en específico.
Desayunó con una tranquilidad extraña e inusual. Más tarde comenzó a concentrarse en el trabajo.
Pasaron las horas lentas frente a la computadora y sus libros. Aburrimiento, tedio. Pero quería pensar que todo ese trabajo duro tendría su recompensa más tarde, cuando Zoro llegaba.
No esperaba nada perfecto, ni mucho menos que fuera caballeroso o el príncipe azul que muchas mujeres de corto entendimiento sueñan. Simplemente deseaba verlo y saber que él creía en ella, y que él pensaba que podían estar juntos.
Sonrió ante este pensamiento aún en frente de su computadora. Se separó un poco, estiró los brazos y echó la cabeza hacia atrás.
Después de un rato se puso de pie y se estiró un poco. Miró el reloj. Eran las 4 de la tarde.
Fue a la cocina y comió algo rápido. Cuando terminó, fue a su cuarto y se recostó para tomar una siesta. Si bien era cierto que hacía un poco menos de calor que otros días, el ambiente era bastante soporífero. No tuvo problemas en quedarse dormida.
Se despertó al escuchar unos golpes firmes en la puerta del departamento. Un poco adormilada todavía, se puso de pie y caminó hasta allí. Abrió la puerta y la imagen que vio entonces era de esperarse, pero no por eso dejó de sorprenderla.
Zoro estaba de pie ante la puerta. A diferencia de los otros días, estaba vestido con inesperada propiedad; pantalones de vestir, una camisa blanca y corbata.
Ella le sonrió.
-Hola. ¿Qué tal tu día?
Zoro se encogió de hombros e hizo una pequeña sonrisa de vuelta mientras ella le dejaba pasar. Iba a invitarlo a comer algo, pero él no la dejó hablar.
-¿Tienes algún plan para el fin de semana?
La pregunta la tomó desprevenida. No contestó al momento, trató de hacer memoria, preguntándose si tenía algún compromiso, pero en realidad no era así. Negó con la cabeza y Zoro, aunque nervioso, mostró cierta satisfacción de saber esto.
-Emmhh…entonces…me preguntaba si quisieras venir conmigo.
-¿A dónde?
Él apretó los labios y comenzó a rascarse la nuca. Cada vez se veía más sonrojado.
-¡Es una sorpresa!- dijo finalmente en un tono bastante brusco, tratando de mostrar, quizás dominación, quizás algún tipo de dureza, pero con ello, Robin solo rio un poco y se acercó para darle un beso en la mejilla.
-Está bien- le dijo en tono tranquilizador-, no importa, puedo ir contigo a donde quieras.
Zoro miró hacia el piso, ya no se veía tan nervioso pero seguía sin poder levantar la cara hacia ella sin sonrojarse. Robin seguía sonriéndole.
-Deberías…deberías llevar algo de ropa… volveremos el domingo en la noche.
Robin sintió su corazón latir con mucha fuerza, probablemente nunca en la vida se había sentido así. Sin embargo, para no hacer sentir a Zoro incómodo y sobre todo para que no se sonrojara más y terminara explotando, lo disimuló lo mejor que pudo.
-¿Por qué no vas a la cocina a tomar algo mientras preparo mis cosas?- le preguntó con resolución. Zoro asintió y ella se dirigió a su cuarto.
Primero se cambió de ropa. Se puso unos pantalones negros que le quedaban como una segunda piel, y una blusa blanca con un lindo escote. Se puso algo de perfume y apenas un poco de brillo labial.
Guardó en una pequeña maleta un par de cambios de ropa y sus cosas de uso personal. Cuando terminó, cerró la maleta y vio a su alrededor un momento para asegurarse de que traía con ella lo que habitualmente usaba.
Salió de su habitación y se encontró con Zoro sentado en la cocina bebiendo un simple vaso de agua fría. Él volteó a verla en cuanto ella se paró en la puerta con su pequeña maleta en la mano. Se acercó y se la quitó para llevarla él.
Salieron del departamento luego de que Robin se asegurara de que todo estaba en orden. Cerró la puerta con llave.
Bajaron al pequeño estacionamiento y caminaron hasta un auto color negro. Justo era el que ella había visto salir en la mañana.
Zoro le abrió la puerta e incluso metió la maleta en la parte trasera del auto, sobre los asientos. Él tomó su lugar frente al volante y lo echó a andar.
Ya estaba atardeciendo. Atravesaron la ciudad y avanzaron por la avenida costera. Podían ver la playa desde ahí, pero evidentemente no era ese el lugar a donde Zoro la llevaba.
-¿saldremos de la ciudad?- preguntó ella entonces- sé que es una sorpresa pero al menos podrías decirme eso.
-En teoría, no saldremos- accedió Zoro sin despegar sus ojos del camino, y no agregó nada más.
De vez en cuando, Robin volteaba y lo observaba fijamente. Su piel morena lucía tentadora bajo los rayos dorados del atardecer. Sus ojos intensos fijos en el camino y sus labios cerrados, tan suaves. Su expresión de concentración y fortaleza… le daban tantas ganas de besarlo y abrazarlo. Seguía sin comprender qué la hacía amarlo de esa manera, pero no lo podía evitar. Tal vez tampoco debía de comprenderlo. Quizás debía limitarse a sentir.
Sin poderlo evitar, dejó que su mano se acercara y le acariciara la mejilla. Zoro la miró de reojo un momento. Ella lo siguió observando fijamente y durante todo el camino ninguno de los dos dijo nada.
Zoro se salió de la carretera y tomó un camino que se adentraba en una zona boscosa. Ya no podía verse la playa o la ciudad por ninguna parte. Se internaron entre los árboles y finalmente Zoro detuvo el auto.
Robin miró a través de la ventanilla y entonces pudo ver que se habían detenido frente a una pequeña cabaña, y no se pudo mover; estaba bastante conmovida.
-¿Te gusta?- preguntó él sin mirarla. Robin notó como sus mejillas volvían a colorearse poco a poco.
-Sí- le contestó, y cada vez era más difícil ocultar la emoción que sentía.
-Si te…si te parece demasiado podemos regresar…es decir…
-¿Qué más da?- preguntó ella ahora para tranquilizarlo- ya dormimos juntos. Creo que lo que sea que pase ahora será porque tenía que pasar, ¿No es cierto?
Después de un momento de mantenerse inmóvil e indeciso, Zoro finalmente salió del auto y le dio la vuelta para abrirle a Robin la puerta.
-Vamos- dijo entonces, ofreciéndole la mano. Robin lo sujetó y se acercaron a la entrada de la cabaña.
Mientras Zoro sacaba las llaves para abrir la puerta, Robin miró a su alrededor. Los árboles le daban a ese pequeño lugar una sensación de lejanía, de estar completamente separados del resto del mundo. Era extraño, pero no sentía más el calor aplastante de los últimos días, es más, desde la noche anterior no lo sentía tanto. Ahora en cambio se percibían algunos rayos de sol, pero eran ya débiles y la oscuridad que cubría poco a poco el cielo traía consigo una corriente de aire frío que a la primera oportunidad le erizó la piel.
Zoro volteó a verla al notar su estremecimiento y ella se encogió de hombros.
-Es muy bello este lugar. Pero no he traído un suéter.
-Encenderé la chimenea- y justo en ese momento abrió la puerta y entraron.
Por dentro había una especie de estancia, con un único sillón enfrente de la chimenea antes mencionada por él. A la izquierda había una puerta a través de la cual podía divisarse una cocina, y una escalera que daba a un segundo piso.
Zoro se adelantó y sacó un encendedor de su bolsillo. Encendió una lámpara aquí y allá, ya que la oscuridad poco a poco se volvía más densa. La iluminación le dio un poco más de calidez al ambiente.
-No hay servicio de energía eléctrica en esta zona- explicó. Posteriormente, se acercó a la chimenea y comenzó a encenderla.
Robin mientras tanto, dio una vuelta por la estancia, tocando las paredes y mirando la impersonalidad del lugar. Llamó su atención el destello de las llamas cuando Zoro consiguió encender la chimenea y también el calor que despedían, que contrariamente al que estaba acostumbrada, era tranquilizador, agradable y reconfortante.
Se acercó mientras Zoro se ponía de pie y ninguno de los dos despegó sus ojos de las llamas. Notó entonces que entre la chimenea y el sillón había una alfombra.
-Haré algo de cenar- ofreció él de pronto- ¿tienes hambre?
-Algo.
-Bien. Espérame aquí.
Robin tomó asiento en el sillón mientras miraba la chimenea. Escuchó a Zoro trabajar en la cocina un rato y le sorprendió pensar en que supiera cocinar, pero tenía sentido siendo un hombre que vivía solo.
Después de un rato él se acercó a ella. Había preparado unos bocadillos fritos y los había puesto en una pequeña bandeja.
-Lo siento- se disculpó- no soy muy bueno en esto. Siempre como cosas rápidas y no tengo muy buen gusto.
-No te preocupes- tomó un bocadillo y lo probó- no está mal- y posteriormente se rio de su expresión apenada y de sus mejillas permanentemente rojas. Al final, él también dejó ver una pequeña sonrisa.
Pasó un rato y terminaron de comer y de beber un poco de jugo. Zoro llevó de vuelta las cosas a la cocina y Robin se quedó allí sentada.
Cuando regresó, se quedó de pie mirándola, al parecer, sin saber qué más hacer, qué sería correcto hacer.
-¿ocurre algo?
Zoro se encogió de hombros y negó con la cabeza. Se acercó lentamente a ella y se sentó a su lado. Robin adelantó su mano y le acarició su mejilla.
-No te preocupes. Si quieres mañana cocino yo.
Zoro no cambió mucho su expresión pero se relajó ligeramente. Robin subió los pies al sillón y se acercó un poco más a él.
Le besó. Poco a poco fue abrazándole el cuello y acercándose cada vez más a él. Zoro la abrazó y la dejó sentarse entre sus piernas.
Poco a poco se recostaron, enredando sus extremidades en el sillón, abrazando de una forma cada vez más cercana sus cuerpos.
-Nos vamos a caer- le dijo ella al oído en cuanto pudo acercarse lo suficiente.
Zoro la sujetó con fuerza y se fue deslizando desde el sillón hasta la alfombra, posicionándose con extremo cuidado sobre ella.
Robin tuvo que pensar que parecía perfecto. Era más que perfecto, como sacado de una novela romántica; la cabaña, el frío, las lámparas, la chimenea, la alfombra en el piso, la noche cerrada.
Todo parecía hecho a propósito y quizás por lo mismo le costaba creer que fuera real.
Mas el peso del cuerpo de Zoro sobre el de ella lo volvió real otra vez. Cada vez que se restregaba contra ella, respirando su cuello con fuerza para percibir su aroma, ella se erizaba y sentía una oleada extraña de calor dentro de su cuerpo, algo que nunca había sentido antes, como si hubiera estado escondido en su interior. Se sintió al borde de algo extraño y repentino, peligroso y quizás demasiado fuerte de sobrellevar.
Zoro la miró desde arriba un momento. Robin trató una vez más de explorar dentro de esos ojos negros, pero como antes, sus intentos fueron completamente inútiles. Aspiró su aroma de metal y de agua salada y deslizó sus manos por el cabello corto y suave. Le acarició la cara de un movimiento rápido y observó en toda su expresión una gran duda.
Rio de una forma ligeramente traviesa y se apoyó en los brazos para incorporarse un poco. Decidió que quizás debía calmar la tensión un poco, tomárselo con más calma.
-Dime… ¿qué haces en un lugar como este?- preguntó como si nada estuviera pasando. Zoro se enderezó un poco hacia atrás y finalmente se sentaron frente a frente, en el piso. A Robin le hizo gracia que solo esa reacción de su parte consiguiera cambiar por completo el ánimo de la situación. Zoro no dejaba de parecer algo nervioso e inseguro, pero seguía presentando reacciones un tanto bruscas y molestas. Ahora estaba rascándose la nuca, apretando los dientes y con las mejillas cada vez más rojas. Ella esperó hasta que Zoro soltó un pequeño suspiro y miró hacia el piso.
-Yo…solo vengo algunas veces…cuando necesito pensar.
-Pensé que para eso ibas a la playa.
Zoro no levantó la vista pero Robin alcanzó a ver la insinuación de una sonrisa en su rostro.
-Estar aquí es mejor. Es aún más lejano.
-Comprendo. ¿Y solo te quedas aquí adentro, sin hacer nada?
-No…a veces salgo a hacer ejercicio al bosque…
Robin sonrió y se puso de pie.
-Vamos afuera entonces.
Desde donde estaba sentado, Zoro la miró y frunció un poco el ceño, pero ella le extendió la mano y él la sujetó.
-Espera un momento.
Zoro subió corriendo las escaleras, y bajó un momento después. Traía con él una chaqueta negra; se la puso a Robin en los hombros y fue entonces que ella recordó que afuera estaban haciendo frío.
Apenas abrieron la puerta, sintió el aire helado tensándole la piel. Sin embargo no dijo nada. Se quedaron parados en la puerta, mirando hacia afuera.
Había algo de luna, y por lo tanto, el bosque no lucía muy oscuro. Fue entonces que Robin pudo apreciarlo mejor, los árboles eran altísimos y espesos, pero había suficiente separación entre ellos para caminar.
Robin entonces, una vez más, tomó la mano de Zoro y la apretó cariñosamente para comenzar a adentrarse en los árboles. No se escuchaba ni un ruido, solamente sus pasos triturando algunas hojas y ramas.
-Es precioso- comentó ella luego de unos minutos- no pensé que hubiera un lugar así cerca de casa. Tú sabes…la vida en la ciudad puede ser muy monótona.
-Sí.
Continuaron caminando y de pronto Robin sintió que él le daba un jalón para dar la vuelta, pero ella se esforzó en continuar hacia adelante y finalmente a Zoro no le quedó más remedio que continuar. Llegaron a una reja.
Era raro que estuviera allí. Tenía unos dos metros de alto, y al ver hacia los lados, Robin no pudo encontrar sus límites.
Volteó a ver a Zoro con gesto interrogante, pero él se encogió de hombros.
-¿Sabes qué hay más allá?
-No. Nunca he llegado más lejos.
Robin miró hacia arriba. De un momento a otro, una gran curiosidad se apoderó de ella. Como si algo más allá de la reja estuviera esperando por ella.
Como lo que sentía al ver el mar. Alguien del otro lado gritaba su nombre con desesperación y ella necesitaba responder.
Con ese único pensamiento y deseo en mente, se sujetó de la reja. Subió uno de sus pies y lo afianzó a uno de los huecos, y se impulsó para ir más arriba.
La chaqueta había caído de sus hombros cuando ella levantó los brazos, pero no lo notó hasta que una oleada de aire frío pegó en sus brazos y le tensó los dedos de las manos, todo su cuerpo entonces quedó literalmente congelado contra la reja.
Los brazos de Zoro alrededor de su cintura la regresaron al suelo, y él le puso la chaqueta en los hombros y la sujetó, mirándole con notoria ansiedad.
-¡…mujer!- Robin reaccionó al escuchar esto. Sus ojos habían quedado pegados en la reja, y al escuchar la voz de Zoro escuchó un sonido cortado, como si antes de esa palabra le hubiera dicho otra cosa. Sacudió la cabeza y parpadeó varias veces.
Fue entonces que Zoro la abrazó con fuerza. Robin, un poco confundida, levantó lentamente los brazos y lo rodeó con ellos.
-Llevaba un buen rato llamándote. ¿Qué estabas haciendo?
Su voz sonaba severa. Pero al mismo tiempo, dejaba notar una gran preocupación. Sin embargo, ella no supo qué contestarle…prefirió no hacerlo.
Se dejó abrazar y no habló. Si él podía hacerlo, ¿Por qué ella no?
-Volvamos. Está haciendo más frío y comienza a haber neblina.
Dicho esto, la tomó de la mano firmemente y comenzó a caminar.
Viéndolo desde atrás, Robin se dio cuenta de que quizás, para un hombre como Zoro, compartir ese tipo de momentos, e incluso llevarla a un lugar tan especial como parecía ser ese, era un gran salto. Se sintió aliviada. Cada vez había más cosas que la hacían pensar que Zoro la amaba como ella lo amaba a él, de esa manera tan inexplicable y repentina.
Lo detuvo de un momento a otro, y él volteó, un poco confundido.
Robin extendió sus brazos hacia él. Abrazó su cuello y se acercó a su cara, sonriendo mientras observaba el gesto sorprendido en su rostro. Luego de recorrerlo rápidamente con la mirada, le besó largamente, siendo correspondida en seguida.
-Todo está bien. No te preocupes por mí- le dijo cuándo dejaron el beso por un momento. En lugar de contestar, Zoro buscó sus labios de nuevo. Se separaron una vez más y Robin levantó una mano para acariciarle la cara- dime… ¿te gustó dormir juntos anoche?- le preguntó resueltamente, y con una sonrisa juguetona en el rostro.
Zoro asintió.
-¿Lo haremos de nuevo?
Él asintió una vez más y Robin fue quien tomó la iniciativa esta vez. Lo tomó de la mano con gran determinación y comenzaron a caminar de regreso a la cabaña.
La neblina era cada vez más densa, pero en poco tiempo Robin pudo ver el resplandor de la chimenea colándose por las ventanas de la pequeña construcción. Llegaron en pocos minutos.
Caminaron hacia el interior aún tomados de la mano. Zoro la soltó.
-Adelántate si quieres. Apagaré la chimenea. Hay una lámpara en la habitación- y le dio el encendedor con el que había prendido las otras lámparas.
Robin lo tomó y subió las escaleras.
Había dos puertas, una daba a una especie de armario, y la otra era la de la habitación. No era muy grande pero era acogedora. Estaba un poco desordenada, pero la cama estaba hecha y en general parecía que todo estaba limpio. Había una ventana que permitía ver el bosque.
Robin se acercó y miró el auto de Zoro estacionado abajo, y entonces recordó que no había bajado su maleta. Pero…no importaba por el momento, ya se ocuparía de eso en la mañana.
Encendió la lámpara.
Pasaron varios minutos y Zoro no subía. Extrañada, Robin se sentó mirando hacia la puerta, y pasaron un par de minutos antes de que se abriera y Zoro entrara con la mirada baja, y la viera, al parecer ligeramente avergonzado.
-Me equivoqué de puerta.
Robin se llevó una mano a la boca, pero no a tiempo para contener la risa que salió de ella, irritando a Zoro en el proceso.
-Lo siento- le dijo, aun limpiándose una lagrimilla que quería escurrir por la orilla de su ojo. Zoro se acercó y se sentó junto a ella en la cama.
Robin lo miró y notó su nerviosismo, y tenía razón, ella también estaba algo nerviosa.
La noche anterior, quizás había sido la debilidad que él mostraba, o esa desconexión que parecía tener con el mundo, pero daba la impresión de que no estaba del todo consciente cuando aceptó dormir con ella.
Y ella…pues estaba algo aturdida por la impresión de verle llegar a su casa en ese estado.
Pero ahora ambos estaban completamente despiertos y conscientes, o al menos eso parecía. Robin se dirigió hacia él y comenzó a quitarle la corbata, que de todos modos él había aflojado al máximo casi desde el principio.
-Hoy me toca arriba- susurró mientras soltaba los primeros botones de la camisa. Zoro sonrió, ya menos tenso. Se fue recargando hacia atrás, y en el proceso la jaló hacia él, para que quedara recostada encima como quería.
Robin terminó de desabotonar la camisa, y al abrirla, se sorprendió de ver las heridas sobre su pecho.
Zoro se incorporó un poco para que pudiera quitarle la camisa por completo. Al hacerlo, las heridas en sus brazos quedaron también descubiertas. Por algún motivo, ella tenía la sensación de que ya no tenían por qué estar allí. Verlas la tomó desprevenida, y Zoro debió notar algún cambio en su rostro, porque la miraba fijamente como si esperara cualquier comentario o pregunta de su parte. Ella miró su rostro y sonrió.
-¿Te duele alguna?
Zoro negó con la cabeza, pero entonces Robin recordó una especialmente profunda que estaba en su hombro.
Así como estaba sentada sobre él, le acarició esa herida con la yema de su dedo medio, y percibió que Zoro contraía un poco el rostro. Buscó otra en su pecho y repitió el proceso, igual con una en su estómago, en sus antebrazos, y cada vez Zoro dejaba asomar un poco más de incomodidad en su expresión. Robin se inclinó entonces, y una por una, besó todas esas heridas, terminando con la que estaba más abajo, cerca del ombligo. Desde la primera vez que lo vio, ese cuerpo perfecto de hombre le pareció atractivo, deseable. Pero ahora adquiría para ella un nuevo significado; no solo era objeto de su deseo, ahora todo él era su amor, su vida. Al terminar con la última de las heridas se acercó a su boca y lo besó, pero de una manera tan dominante que se sorprendió de sí misma. Zoro abrió los labios y permitió que hiciera todo lo que quisiera con ellos. La abrazó con una suavidad contrastante con la habitual brusquedad que mostraba habitualmente mientras ella lo besaba y acariciaba su torso a manos llenas.
Robin se separó de él lentamente y enderezó su cuerpo. Aún con la respiración algo difícil, comenzó a desabotonar su propia blusa, pero solo los dos primeros botones antes de que Zoro la soltara y terminara de hacerlo él mismo. Robin le sujetó las muñecas, sin detenerlo, más bien buscando sostenerse para no caer ante las caricias. Él le abrió la blusa con cuidado y comenzó acariciando su abdomen, subiendo cada vez un poco más. Robin se sacó la blusa, extasiada con las caricias. Cerró los ojos, para ahuyentar un poco el nerviosismo y poderse quitar el sostén sin ponerse a temblar, como parecía que iba a ocurrir de un momento a otro. Lo hizo con lentitud, y cuando abrió los ojos se percató de que Zoro veía su cara fijamente. Sus manos se habían quedado en la cintura, pero una de ellas, la derecha, subió poco a poco por su piel. Robin fue echando la cabeza hacia atrás, sintiendo un éxtasis intenso. La mano pasó por entre sus senos y llegó a su cuello, el cual sujetó con delicadeza mientras ella dejaba caer completamente la cabeza. Con la misma lentitud, la mano volvió a bajar, solo para ser sustituida un momento después por los labios, ya que Zoro se había incorporado hacia ella. Comenzó por besar su hombro izquierdo, para luego subir por su cuello expuesto con enloquecedora lentitud.
-Es mi turno.
Antes de que Robin pudiera procesar las palabras, sintió que daba vueltas. Él la hizo recostar en la cama, pero no se acostó sobre ella, sino que mantuvo su cuerpo a un lado.
-Quiero verte- le dijo, como explicándole lo que estaba haciendo. Siguió acariciándola suavemente, y después de un par de minutos, comenzó a besarla de nuevo.
Bajó por su pecho y comenzó con uno de sus senos. Lamió el pezón con delicadeza, pausadamente, y Robin pudo sentir claramente el momento en que se endureció por completo dentro de su boca. Gimió un poco, pero no le avergonzó. Nadie más que Zoro podía escucharla allí, en ese lugar tan lejano y solitario. Y quería regalarle todo de ella, quería demostrarle, incluso con el más mínimo sonido, que todo en ella podía tomarlo cuando y como quisiera.
Y quizás él entendió.
Comenzó a besar su otro seno, y Robin dejó escapar otro gemido. Pronto, las manos de Zoro bajaron por su estómago y comenzaron a desabrochar sus pantalones.
Una vez que lo hizo, los bajó poco a poco por sus piernas. Sus besos entonces fueron bajando también, pasaron por su estómago y siguieron por su vientre bajo mientras más iba bajándole los pantalones.
Finalmente se los quitó por completo y continuó con sus besos mientras le acariciaba las piernas. Le quitó las bragas con cuidado y dejó de besarla, para incorporarse y mirarla.
Robin no podía contener su respiración. Estaba consciente de lo vulnerable que debía de verse, desnuda, con los ojos entrecerrados y apenas reponiéndose un poco de la oleada de emociones que arrasaba con ella desde adentro. Pero aun así no despegó sus ojos de los de él, de esos ojos tan profundos y penetrantes.
Robin lo vio entonces acercarse a ella, y cerró los ojos cuando notó que él lo hizo para besarla. Sujetó sus brazos con las manos, con desesperación. En el proceso, él acarició con la mano derecha su cara, su cuello, bajó por sus pechos y siguió bajando mientras la besaba. Robin sintió entonces la mano acariciar sus piernas. Por instinto, las abrió un poco, y fue entonces que él acercó más su mano y acarició su sexo externamente.
Robin apretó las manos en los brazos morenos de Zoro, mientras uno de sus gemidos se ahogaba en el beso. Los dedos se fueron abriendo paso poco a poco en su interior mientras ella luchaba por mantenerse un poco más serena. Su espalda se arqueaba poco a poco y todo su cuerpo luchaba por dejarse llevar por las sensaciones que las manos de Zoro le estaban provocando. Separó los labios de los de él con un movimiento un tanto brusco y repentino y sus muslos se cerraron con fuerza sobre la mano de Zoro. Abrió los ojos y observó de nuevo los de él, tranquilos, pacientes. Se relajó poco a poco.
Zoro sacó los dedos de su interior y de nuevo se dedicó a besarla. Todo atisbo de nervios o de confusión había desaparecido de ambos, que ahora estaban demasiado abstraídos en ese rito de adoración mutua como para preocuparse por cualquier cosa que no fuera la persona con quien estaban en ese instante.
Robin se estaba perdiendo completamente en el beso, tan largo, tan profundo que apenas podía pensar. Pero no quería pensar, así que simplemente siguió dejándose llevar. Acariciándolo, aferrándose a él, como si fuera a caer a alguna parte, a algún abismo. Una de sus manos se deslizó entre ambos cuerpos, y sin estar plenamente en control de sus acciones, acarició el miembro de Zoro por encima de la ropa. Fue turno de él de soltar un gemido que lo hizo cortar el beso; Robin comprendió que llevaba un buen rato conteniéndose, contrario a lo que ella había hecho todo el tiempo. Sonrió mientras lo veía terminar de desnudarse frente a ella. Pero cuando se acercó, no lo dejó tomar el control otra vez.
Se incorporó y lo besó en los labios profundamente. Dejó que sus pieles entraran en contacto y siguió con sus caricias.
Lo fue guiando lentamente hasta hacerlo sentar, recargado contra la cabecera.
-Te dije que yo iba arriba- le sonrió para comenzar a besarlo otra vez. Se sujetó de sus hombros y sintió claramente las manos enormes aferrarse a sus muslos mientras ella se movía encima de él. Robin se abrazó de su cuello y cortó el beso. Pegó su frente a la de él y lo miró a los ojos.
-Quiero ser tuya- susurró mientras se dejaba caer poco a poco sobre él. Mientras más bajaba, más fuerte era el agarre de las manos de Zoro en sus piernas y más ansiosos los besos que daba en su cuello, más pronunciado era el arco que formaba su espalda y mayor la sensibilidad de su piel al contacto de la piel ardiente de su amante.
Cuando sintió por completo el miembro en su interior, buscó los labios de Zoro con desesperación desmedida. Se dieron otro beso largo y placentero mientras comenzaban a mover las caderas, al principio de manera desacompasada, pero poco a poco encontrando un ritmo perfecto para ambos. Cada golpe en su interior la hacía ver explosiones frente a sus ojos cerrados. Su piel dolía, se sentía húmeda, sensible y vulnerable.
Pero no le importaba, porque estaba entregándose al hombre que amaba.
La luz de la lámpara se había ido debilitando, y ahora ofrecía apenas un pequeño haz. Pero más que suficiente para que la sombra de los amantes se imprimiera nítida contra la pared. Afuera la niebla era tan densa que no se veía nada más allá.
Robin no notó nada de esto. Su cuerpo se movía ahora sin que ella tuviera control, Zoro embestía en su interior con fuerza y al mismo tiempo con ternura. La besaba, la acariciaba. La hacía tocar el cielo como nunca antes había sentido antes. Realmente no lo recordaba. Pero no quería recordar. Quería vivir el momento allí con él.
Estaban solos, alejados del mundo, haciendo el amor a la luz de una lámpara que se apagaría en cualquier momento. Y no podía ser más perfecto para ella.
Los últimos movimientos fueron lentos. Se miraron a los ojos, se acariciaron. Ambos lo sintieron.
-Robin…Robin yo….voy a…
Ella asintió, disfrutando de cómo sonaba su voz diciendo su nombre y no llamándola "mujer", pero sobre todo con esa voz, tan masculina, tan perfecta y hundida en el placer.
-Hazlo…- dijo en cuanto los latidos de su corazón le dejaron hablar. Apenas consiguió besarlo, tal era su temblor, su debilidad. Y como si de una orden se tratara, casi en seguida sintió el líquido salir de él, quemando su interior. Le araño la espalda y el beso se transformó en una mordida salvaje en ambas bocas cuando ella sintió el orgasmo sacudir y estremecer cada fibra de su cuerpo. Un grito salió de su garganta sin que pudiera controlarlo y luego se quedó quieta, un instinto la obligaba a estar así diciéndole que la sensación sería más larga si lo hacía. Segundos después dejó caer su cuerpo contra el de Zoro, quien a su vez estaba recargado contra la cabecera de la cama tratando de recuperar el aliento.
Robin escondió la cara en el cuello de Zoro y percibió la humedad de su piel, aunque no sabía si era sudor o su propia saliva dejada ahí en cada uno de sus besos.
El corazón de Zoro latía con fuerza contra el suyo. Se abrazaban buscando recuperarse de tantas sensaciones juntas, y mientras tanto se dedicaron a mirarse, a besarse suavemente y a acariciarse suavemente, con ternura.
Zoro la ayudó a recostarse y salió de su interior con cuidado. Se recostó junto a ella en la cama y se cubrieron. Se abrazaron despacio.
Pasaron los minutos y Robin dormitaba. Pero abrió sus ojos y miró que él tenía los ojos abiertos de par en par, y le pareció extraño.
-¿Ocurre algo?
Zoro se encogió de hombros.
-A veces tengo problemas para dormir.
Robin torció un poco los labios, pero luego una idea vino a su cabeza.
Se acostó sobre él y dejó su rostro frente al suyo. Le dio un beso ligero en los labios y se alejó lo suficiente para que él mirara su expresión serena y alegre.
-Para empezar, te dije que yo iría arriba- él hizo una sonrisa ladeada que hizo saber a Robin que iba por buen camino- ahora…trata de relajarte. Deberías comenzar por cerrar los ojos- dijo con cierta ironía- abiertos así nunca conseguirás conciliar el sueño.
Sorprendentemente obediente, Zoro cerró los ojos. Robin sintió un vuelco en su estómago, lucía tan tierno que parecía imposible. Se dejó llevar y le besó los párpados, por lo que él abrió los ojos de golpe.
-No te preocupes- le susurró- yo me quedaré despierta un poco más. Te besaré hasta que te duermas.
Zoro parpadeó un par de veces, como si le dijera que estaba de acuerdo y finalmente cerró sus ojos una vez más. Robin le besó la cara despacio. Luego el cuello y los hombros.
En algún momento no se pudo contener más.
La lámpara se apagó por completo, y Robin vio en la oscuridad el rostro de su amante, sereno, perfecto.
Le besó en los labios despacio.
-Te amo- susurró. Lo volvió a besar, convencido de que estaba dormido. Pero entones sintió los labios moviéndose contra los suyos.
Se dejó llevar.
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Zoro se encontró a sí mismo, almorzando solo, al día siguiente, de nuevo en ese restaurante que no le gustaba, perteneciente a la posada que tampoco le gustaba en una villa que le gustaba muchísimo menos. ¿Dónde estaba Robin? ¿Después de lo de la otra noche se hacía la desaparecida y ya? Eso no iba con ella y le daba desconfianza.
En eso estaba pensando cuando un hombre entró en el local. No tardó en reconocerlo. Lo había visto un par de veces, de lejos, era el alcalde.
Le dio un trago a su cerveza y no levantó la vista cuando llegó a su mesa.
-Buenos días, Roronoa san- le dijo extendiéndole la mano. Ahora Zoro sí levantó la vista hacia él, más que nada para evitar contestar al saludo; que se dignara a aceptar su presencia debía bastar (y sobrar).
El alcalde se aclaró la garganta y se sentó sin que Zoro lo invitara. Pidió una copa y él lo miró con seriedad. Que se fuera pronto, más le valía.
-Roronoa san, sé el tipo de hombre que es usted así que me evitaré protocolos e iré al grano. Me han dado muy buenas referencias de usted y su compañera, así que hemos decidido darles una casa donde puedan quedarse mientras estén aquí.
Zoro ni se molestó en levantar la vista de su botella.
-No será necesario porque nos iremos lo más pronto posible.
-Eso no lo sabe. Ya le han dicho los problemas que tenemos aquí. Su pronta partida es algo muy…dudoso.
-Si lo que intenta es amenazarme, debería saber que no va a funcionar.
-Por favor, señor, ¿con qué interés? Han demostrado ser personas trabajadoras y honradas y nosotros solo queremos corresponder adecuadamente. Como ya le dije, podría pasar mucho tiempo antes de que puedan dejar la isla. No comprendo por qué no acepta nuestras atenciones para con usted y su amiga.
-No acepto porque de ser necesario me llevaré a mi nakama nadando- contestó calmadamente pero recalcando la palabra "nakama" dado su precioso significado- Pero no nos quedaremos en esta jodida isla, ¿comprende?
El alcalde frunció el ceño. Se puso de pie.
-Pues su compañera no mostró tanta oposición. De hecho, hace un rato fue ella misma a conocer la casa y le fascinó.
Zoro se quedó viendo la botella.
La apretó con su mano con tal fuerza que el vidrio se partió en mil pedazos. Su mano derecha comenzó a gotear de sangre mezclada con cerveza mientras él salía corriendo del restaurante, dejando ahí al alcalde y a una asustada mesera mirando hacia la puerta.
Corrió por la aldea. Mientras su mano seguía goteando, buscó a Robin con la mirada.
Le había dicho que no se iría. Y no lo iba a hacer…no sin ella.
Continuará…
Díganme que les pareció :D a mí me gustó mucho escribirlo
Nos leemos pronto (espero, lo intentaré)
Besos
Aoshika October
