Buenas tardes. Aquí está el nuevo capítulo de Iris. Ya estamos en la recta final, creo que el siguiente capítulo ya será el último que publique. Muchas gracias por pasar a leer y comentar, y por animarme en general a continuar escribiendo. Espero que el capítulo sea de su agrado.
Disc. One Piece y sus personajes son propiedad del gran mangaka Oda sama (*-*) yo solo escribo este fic por diversión para mí y para quien lo lea.
Resumen: No sé quién eres. No sé de dónde vienes, ni a dónde vas. Pero al mismo tiempo te conozco. Y por algún motivo, solo quiero…deseo que sepas quien soy.
Iris
Capítulo 11: You bleed to know you're alive
Una mañana más, y Robin se levantó cubriéndose la cara de un molesto rayo de sol que le daba directamente en los ojos y que no le permitió seguir durmiendo, y que además generó en su habitación una sensación de calor mucho más grande, quizás la peor de todas las que podía recordar.
Había pasado una semana. Una semana larga, nebulosa, fragmentada, llena de lagunas, de pesos muertos, de silencio, de tranquilidad, de sedentarismo, de aburrimiento, de indiferencia, de tedio, de negligencia, de descuido…
Pero sobretodo, fue una semana vacía, una semana digna de olvidarse.
Si no había estado trabajando en el análisis que estaba haciendo, para terminarlo antes de irse, estaba preparando su documentación para salir del país. En cada una de las actividades a realizar, se había esforzado por mantenerse a sí misma al margen, en no pensar, en mantener todos y cada uno de sus sentimientos encerrados. Podía sonreír. Podía actuar como si estuviera bien. Podía aparentar profesionalismo, compromiso y decisión. Podía dar esa cara al mundo las veces que fueran necesarias, se sentía tranquila al hacerlo, era totalmente natural. Si cualquiera de esas personas – seres grises, fantasmas- pudiera haber visto lo que realmente había dentro de ella, probablemente nadie hubiera creído que esa mujer era la misma que sonreía y se ganaba la confianza y la aprobación de cualquiera con unas cuantas palabras o miradas.
A pesar de que sentía que debía estar contenta con el viaje, todo dentro de su corazón y su cerebro seguía siendo un caos. Estaba cansada, pero aun así no permitía que ninguno de los pensamientos ni emociones que amenazaban por derrumbarla cada vez que necesitara ponerse de pie consiguiera poseerla y dominarla.
Y durante el día le salía bastante bien. Ponerse la máscara, esa máscara hermosa y sonriente, detrás de la cual estaba escondido su verdadero rostro.
Un rostro estragado por los días de difícil actuación qué sostener, por la angustia y por las pocas lágrimas que se había permitido derramar aún a costa de la dignidad y el respeto que tenía para consigo misma.
Porque en la noche era algo totalmente distinto. En la noche se quitaba la máscara antes de dormir, y su verdadero rostro tomaba posesión y aunque luchara contra él, se contraía en una mueca que le decía de que un momento a otro se iba a soltar a llorar como una niña, como una tonta.
Se abrazaba de su almohada y contraía su cuerpo hacia ella, tan maltrechos habían quedado todos y cada uno de sus sentimientos que no era capaz de contenerlos por completo. Su estómago se encogía, sus piernas se ponían rígidas y ella gemía con una angustia increíble. Y sí, llegaron a escaparse alguna vez un par de lágrimas. Pero ella las secaba con rapidez, no podía permitirse caer aún más bajo.
Era únicamente en las noches, encerrada en su habitación, que ella podía dejar todo aquello salir. Permitirse ser ella misma, la que sentía, la que podía llorar, y no la otra, la que aparentaba felicidad y perfección, la que otros admiraban.
Y le dolía más aún pensar que precisamente había pensado que solamente en las noches él le pertenecía de verdad. Le dolía pensar que sólo le pertenecía su cuerpo, su instinto, su necesidad, pero nunca, jamás en todo ese tiempo, le perteneció el verdadero Zoro.
Y ese era el punto en la noche en el cual podía permitirse a sí misma llamarle por su nombre, -porque ahí tenía permitido cualquier cosa-, y no contenerse de llamarlo, de gritarle aunque fuera solo dentro de su mente, ahí dentro era capaz de rememorarlo, de darle forma a todos y cada uno de los rincones de su cuerpo, recordar las noches que pasaron juntos, recordar que le perteneció, y que ella también le había pertenecido. Y era allí, donde podía recordar su aroma, el tacto de su piel, su voz, su mirada, su preocupación, y preguntarse una y mil veces si era real, si era posible que estuviera sucediendo algo así, si realmente estaba pasando el que un hombre diera muestras tan inequívocas de un sentimiento tan profundo y bello y que poco después lo declinara con tanta facilidad, como si fuera lo más sencillo borrarlo y olvidarlo, como si eso fuera a deshacer todos los problemas que según él tenía.
¿Qué cosa podía estar pasando con ella para que él pensara que lo mejor era terminar la "relación"? ¿Era verdad, o solo una excusa exótica para terminar sin que ella opusiera resistencia? ¿Valía la pena seguir pensando en ello, mantener alguna esperanza?
Se dijo a sí misma, una y mil veces, que no. Que lo dejara ya, y que no se hiciera aún más daño del que sentía porque ya estaba haciendo estragos en toda su persona, en cada detalle, en cada parte de ella.
Pero no podía evitar quedarse despierta casi toda la noche en ese mismo estado de confusión.
De modo que esa mañana no fue muy diferente de las anteriores, a excepción de que tenía todo el día para afinar detalles y descansar, ya que a las 3 de la mañana del día siguiente debía tomar el avión.
Se levantó, al principio únicamente para cerrar de una vez la maldita persiana, para evitar que el sol siguiera dándole en la cara de ese modo tan molesto. Se quedó de pie entonces frente a la persiana cerrada y respiró profundamente antes de darse la vuelta y entrar al baño.
Se desnudó sin estar muy consciente de sí misma o de sus movimientos. Entró en la regadera y se aseó de manera maquinal. Salió de allí y se vistió. Se acercó a la cama y se preguntó si realmente faltaba mucho que hacer para partir.
Tenía los boletos y su pasaporte listos dentro de un sobre, que a su vez estaba dentro del bolso de mano del cual no pensaba separarse en absoluto desde el momento en que saliera del departamento. En cuanto a su departamento y su auto, el museo se haría cargo de ellos.
No le importaba en realidad lo que pasara con esas cosas. Que los vendieran y le mandaran el dinero después estaba bien. Después de todo, prácticamente estaba empezando una nueva vida y lo único realmente indispensable para ella ya lo tenía empaquetado y listo para hacer el viaje intercontinental. En realidad, una vez que se fuera, pensaba nunca volver a esa ciudad si no era necesario que lo hiciera. Si por cuestiones de trabajo alguna vez debía regresar, entonces lo haría, pero ella sabía bien que no había nada que la retuviera allí, en absoluto.
Revisó por última vez el pequeño inventario que había hecho con sus maletas. Fue a la cocina y bebió un vaso de leche.
En realidad, después de "aquello", su apetito había disminuido considerablemente, supuso que debido a algún tipo de depresión que estaba atravesando en ese momento. Pero ¿qué importaba? en esos instantes, lo único que realmente debía importarle era el viaje que iba a hacer, la nueva vida que iba a tener y todo lo que eso implicaba.
Desistió de poner música, siempre era salir de una trampa para meterse en otra. Tampoco quería leer, sorpresivamente, pero quizás era porque sabía que era completamente inútil, leyera lo que leyera, nada iba a cambiar la situación, nada la iba a reanimar.
No comprendía. Por más que se esforzaba en entender por las noches, y olvidar por las mañanas, no conseguía comprender por qué Zoro se había ido de esa forma, dejando atrás lo que habían construido juntos, quizás pequeño, breve y débil, pero de ellos. Se negaba a creer que había sido una aventura para él, una anécdota graciosa que contarle a alguien en las noches de borrachera. Se negaba a creer que en realidad el hombre fuerte, fiero y honorable que había conocido fuera un canalla capaz de usar a una mujer y sus sentimientos de una manera tan ruin.
Pero entonces se repetía a si misma que quizás se había buscado esa situación. Él mismo se lo había dicho; se había entregado con una facilidad y disposición que casi caía en lo vergonzoso, y se lo tenía que repetir a sí misma, preguntárselo en voz alta si era necesario, ¿de verdad se había enamorado de ese hombre, así nada más? ¿Le había bastado verse apenas un par de veces para decidir que quería sus besos, y que estaba enamorada de él? Y peor aún, ni siquiera detenerse a pensarlo con la cabeza fría, ni siquiera darse un tiempo antes de volcar todo lo que era ella hacia él.
Pero había sido inevitable, completamente. A estas alturas, le costaba creer que hubiera sido real. Quería creer que todo había sido un sueño. Y es que a la vez, había sido tan real que en ese momento le costaba convencerse a sí misma de no pensar en ello.
Entre otras cosas, había perdido la costumbre de dormir pequeñas siestas cuando el calor se volvía demasiado pesado, pero ese día en específico decidió hacer una excepción. Había pasado casi todo el día vagando, pensando, torturándose un poco a pesar del juramento hecho a sí misma de no ponerse en esa situación. De modo que un poco después del mediodía volvió a su cama y se tiró en el colchón con toda la intención de dormir un buen rato.
Pensó en poner una alarma que la despertara en un par de horas, pero el pensamiento se mezcló con otros de su mente que confundida se acercaba al sueño, por lo cual no lo hizo.
Despertó después de ese par de horas planeado, pero no como lo hubiera querido. Estaba exaltada, el corazón le latía a mil por hora, estaba sudando y sus manos temblaban. Había tenido otra de esas pesadillas.
Las pesadillas habían parecido abandonarla desde la noche en que Zoro se fue. Pero ahora comprobaba que no era tan sencillo y la trama seguía tal y como había sido siempre. Ella corría por el mismo bosque en llamas, el mismo aparato ruidoso hacia escándalo en su mano, se escuchaba la misma voz de mujer llamándola por su nombre pidiendo que contestara, el mismo miedo y la misma sensación de ahogamiento estaban presentes. Entonces ella continuaba mientras alrededor todo se volvía oscuro y del incendio solo quedaba el calor asfixiante. Luego veía a Zoro a lo lejos, tirado en el suelo, inconsciente, y ella trataba, con todas sus fuerzas, de alcanzarle corriendo, pero tropezaba, o simplemente el camino hacia él se hacía más extenso. Y ella continuaba corriendo, gritando, llamándole, pero ni ella conseguía acercarse ni él parecía despertar.
De último momento, las llamas se interpusieron en su camino y se abalanzaron hacia él. Por más que corrió, no pudo hacer nada, solo escuchar los gritos mezclados de Zoro con los de la mujer que gritaba su nombre por aquél infernal aparato y el rugido de una tormenta que de pronto empezaba a caer y apagar el fuego.
Lo que venía después era ver a su alrededor, y comprobar que ella estaba sola, y que Zoro estaba muerto.
Se contuvo de llorar. Solo era eso, un sueño, una pesadilla, nada real. Probablemente, eran sus sentimientos reprimidos que estaban ahora tratando de hacer algún tipo de presencia en ella.
Sí, por supuesto, eso debía de ser.
Tenía que arreglar sus últimas cosas antes de tomar el avión en la madrugada. Bajó las maletas que viajarían con ella hacia el auto y las guardó en la cajuela. Lo demás se lo enviarían después por paquetería.
Tomó una comida congelada, la metió al microondas y la comió sin demasiadas ganas, pues tampoco tenía ánimos para cocinar. Siguieron pasando las horas, y ella no tenía nada qué hacer o en qué refugiarse para no seguir pensando en aquello.
En algún momento de esa agobiante espera, se preguntó si podría. Se preguntó si tendría el valor, la fuerza de tomar su automóvil a las dos y media de la madrugada, conducir hasta el aeropuerto y tomar su asiento en un avión, más aún, mantener la cordura durante todo el recorrido, llegar a un país donde todo era distinto y empezar una nueva vida tratando de borrar la anterior.
Pero como con todo lo demás, alejó las dudas de su pensamiento, trató de mantenerse neutra, indiferente al caos que todo aquello significaba para su de por si frágil estado de ánimo y de cordura.
Terminó de recorrer la casa de punta a punta para asegurarse de haber empacado todo lo que se iba a llevar con ella y no haber olvidado nada. Una vez que lo comprobó, bebió algo de leche tibia y comió unas galletas.
Había anochecido sin que se diera cuenta, y estaba bien, mientras más rápido pasara el tiempo mejor para ella. Entró a su habitación y programó su despertador a las 2 de la mañana. Eran las 9, no estaba mal, cinco horas era bastante tiempo aunque claro, tendría que descontar el tiempo que tardara en quedarse dormida y las veces que se despertara en medio de su sueño, preguntándose de nuevo qué tanto de lo que estaba pasando dentro de su mente era real.
Antes de acostarse, decidió abrir la ventana una vez más. Al correr la persiana, miró hacia afuera, y lo que vio en la calle la dejó sin habla.
La escena se repetía y había un hombre allí, caminando en zigzag, tambaleándose, con la ropa rasgada, herido de pies a cabeza.
¿Zoro?
Robin se sostuvo del marco de la ventana cuando vio a ese hombre tratando de mantenerse en pie por un poco más de tiempo, sin éxito, pues cayó de cara contra el asfalto sin meter ni las manos. Ella se alejó de la ventana de un salto y salió del departamento. En un suspiro bajó las escaleras y corrió hacia afuera, hacia la calle.
Nada. La calle estaba completamente vacía, no había nadie allí. Caminó un poco, miró hacia todos lados y no había ni rastros de él. Se quedó parada donde estaba, percibiendo únicamente el silencio de la noche, perturbador silencio en la noche cerrada y vacía. De pronto sintió como si el corazón le latiera muy fuerte.
-Zoro- murmuró de manera por demás dudosa, pensando que quizás lo había imaginado todo, que ahora su mente le jugaba bromas de muy mal gusto, cuando más tranquila necesitaba estar.
El ruido de un poderoso trueno llamó su atención. Volteó hacia el cielo, las nubes se habían acumulado y comenzaba a relampaguear.
Un nuevo relámpago cruzó el cielo, iluminándolo por momentos, seguido de un trueno ensordecedor que hizo que todo a su alrededor pareciera vibrar, temblar de miedo.
Como si una chispa encendiera algún mecanismo dentro de su cabeza, Robin regresó al edificio con la misma velocidad con la que había salido. Subió las escaleras corriendo a toda la potencia que le permitían sus piernas, y abrió la puerta de su departamento con un empujón tan fuerte que casi cae dentro, movida por su propia fuerza.
Corrió a su habitación y empezó a rebuscar entre las cosas que había aún en su cómoda, hasta que encontró, algo maltrecha por sus intentos de ignorarla cada vez que abría ese cajón, la servilleta en la cual Zoro le había apuntado los teléfonos y la dirección de su casa.
La tomó, y se decidió. A pesar de que la mano con que la sostenía comenzaba a temblar, se acercó a la mesa del teléfono, dispuesta a marcar. Al levantar el auricular, le sorprendió descubrir que no había línea telefónica. Colgó y volvió a levantar el auricular pero el resultado fue el mismo, no podía hacer ninguna llamada.
Se quedó unos minutos mirando la servilleta.
De pronto, otro relámpago iluminó la estancia, y un trueno hizo que todo temblara, que retumbara como si hubiera un terremoto. En ese momento todas las luces del departamento se apagaron, no había electricidad. Robin volteó hacia la ventana, y observó que a lo lejos se veían aún más relámpagos, sin embargo la ciudad entera estaba a oscuras, y fue como si todos estos acontecimientos juntos activaran algo de nuevo dentro ella.
Robin reaccionó. Corrió a su habitación de nuevo y buscó con la vista las llaves de su auto.
Cerró el departamento rápidamente y volvió a correr escaleras abajo, llegó al estacionamiento y se montó en su automóvil. Lo echó a andar y encendió la lámpara interior. Leyó la dirección una vez más y aceleró.
No solo su calle estaba vacía. Todas las calles y avenidas por las que tenía que pasar estaban completamente desiertas. Los semáforos estaban apagados. El silencio era profundo, estremecedor, y solo se veía perturbado por la llegada de algún otro trueno.
Se sintió agobiada por tal quietud. Le dio la impresión de estar completamente sola en el mundo, y con más razón aceleró y ubicó el lugar donde creía que conseguiría encontrar a Zoro.
No pasó mucho tiempo antes de que entrara en esa calle. Sin embargo, si su calle parecía desierta, aquella era aún peor. Los pocos edificios que había, no era que estuvieran simplemente vacíos sino completamente abandonados. Robin se estacionó frente al que, según la servilleta, era en donde vivía Zoro.
Era como un caparazón vacío. Las ventanas estaban desnudas, adentro se podía ver la acumulación de basura y escombro, no había puertas, y alrededor, lo que hubiera podido ser un pequeño jardín, no era sino un terreno lleno de maleza podrida.
Robin salió del auto y miró a su alrededor. Todas las casas, los edificios, estaban igual.
No podía ser cierto. No podía ser verdad. Zoro no podía haber jugado con ella. No podría haberla engañado. ¿o sí? No. Zoro no era un canalla. Zoro no había jugado con ella. ¡No! ¡No podía ser cierto! ¡Zoro no era ese tipo de hombre! ¡Zoro la había amado de verdad, no la había engañado! ¡Debía haberse equivocado de dirección! ¡Zoro no la hubiera aceptado a su lado solo para jugar con ella! ¡No la habría salvado en la playa, no hubiera dormido a su lado con tanta tranquilidad, no le hubiera abierto su corazón! ¡Alguien como Zoro no podía cometer una traición así!
Alguien como Zoro simplemente no hubiera compartido cosas con ella como lo había hecho. Porque le había sido difícil, sobretodo algo como llevarle a esa cabaña.
Se recargó contra su auto y se llevó una mano a la cabeza. Se sujetó la frente como si necesitara mantener en su lugar mientras sentía que sus ojos temblaban, amenazando con desbordarse de un momento a otro. En este punto, Robin miró a su alrededor una vez más y de nuevo sintió su corazón palpitar dentro de su cuerpo con muchísima fuerza. La cabaña. Tenía que ir allí, tenía que encontrarlo, tenía que ir a ese lugar, seguro él la esperaba en ese sitio.
Se subió al auto de nuevo y tuvo que respirar profundo y calmarse. Se sujetó del volante y nuevamente vinieron a su mente todas esas dudas y preguntas. ¿Podía hacerlo?¿tenía el valor? Pero aún más importante, ¿valía la pena? Decidió que sí. Finalmente, echó a andar el auto nuevamente, acelerando lo más posible.
Atravesó lo que quedaba de ciudad, más decidida que nunca. Las lágrimas no volverían más, ella no estaba para esas cosas, ella no era así, ella siempre había sido fuerte, irrompible, de hierro. Aceleró conforme veía que los edificios se acababan y se alejaba más y más, las nubes, los relámpagos inundaban el cielo y el sonido de los truenos penetraban dentro del automóvil, sin embargo nada de eso le importaba en lo absoluto.
Se internó en la carretera y un poco más adelante pudo ver el letrero:
Usted está saliendo de….
Pero antes de llegar a él, encontró el camino por el cual debía salir e internarse en una zona boscosa. Se ubicó lo mejor que pudo mientras recordaba, mientras deseaba haber puesto más atención al camino que a la luz del sol bañando la cara de su compañero y a la emoción de estar allí con él.
No sin esfuerzo pudo finalmente abrirse paso entre los árboles y distinguir en el suelo por el cual avanzaba la rodada que el auto negro había hecho seguramente miles de veces. Lo siguió hasta que entre los árboles pudo distinguir la construcción que apenas podía apreciar debido a la noche.
Se acercó lo más que pudo y se estacionó; la maleza lo cubría todo. Bajó del auto, y lo que vio ante ella la desgarró por dentro.
La cabaña estaba arruinada. Parecía que hubiera estado vacía por años; se veían plantas creciendo dentro de ella, en la oscuridad, las ventanas no tenían vidrios, la madera estaba podrida, llena de musgos, de hongos y probablemente de animales. Las orillas de las ventanas y de la puerta se veían carbonizadas, y despedía un olor mezcla de cenizas, humedad y vacío prolongado. Todo esto llegó hacia ella causando un impacto por demás fuerte, ¿era acaso el mismo lugar donde había estado apenas hacía un mes? asustada, dio un paso hacia atrás; simplemente no conseguía creerlo.
Se vio tentada a subirse al auto y regresar. No sabía si podía más con eso, ¿qué más podía hacer? No había más lugares donde buscar ni a donde ir. No podía llamar a ningún lado pues su teléfono móvil tampoco tenía servicio.
Mientras miraba la cabaña, otro impulso surgió de quién sabe dónde y se abrió paso entre la maleza, firmemente, hasta llegar a la puerta.
Sujetó el pomo con ambas manos, con mucha fuerza, y trató de darle vuelta. Pensó que en ese estado la madera sería débil y podría romperla con facilidad y entrar a la pequeña construcción, sin embargo no lo consiguió por más que trató de forzarla. Tomó impulso, e intentó derribarla chocando su cuerpo contra ella, pero tampoco tenía tanto peso para conseguir aquello. Continuó intentando y deseó tener con ella alguna herramienta que le permitiera abrirla o romperla pero ella nunca usaba esas cosas. Pensó en meterse por las ventanas, pero los espacios eran demasiado pequeños para su cuerpo y la madera era igualmente dura como para abrirlos más.
Desearía cuando menos poder meter su brazo lo suficiente para poder sujetar el pomo por dentro y quitar el seguro que mantenía la puerta cerrada pero ni eso podía hacer. Volvió a intentar forzar el pomo, dándole vueltas, jalándolo, empujándolo con todas sus fuerzas mientras pensaba en alguna manera más eficaz de abrirlo, cuando de un momento a otro, la puerta cedió, como si alguien la hubiera abierto desde dentro.
Ella separó sus manos rápidamente, sorprendida y asustada a partes iguales. Claramente había sentido el pomo girar en su mano como si alguien del otro lado la estuviera dejando pasar.
-¿Zoro?- preguntó con cierta esperanza, pero su llamado no recibió respuesta. Respiró profundamente y empujó la puerta para poder entrar.
A medida que la abría, un resplandor fue creciendo dentro de la estancia principal. Cuando se asomó, se sorprendió de encontrarse con la chimenea encendida y el lugar exactamente igual a como estaba cuando ella había ido allí con Zoro. Sin cerrar la puerta miró las ventanas, cada una tenía sus vidrios y estaba en perfectas condiciones. Volvió a asomarse hacia afuera.
La maleza había desaparecido, todo alrededor de la cabaña estaba limpio, cuidado, como antes. No había rastros de carbonización en la puerta y afuera estaba haciendo frío, como antes.
El automóvil de Zoro estaba estacionado frente a la puerta.
Robin entró de nuevo a la casa sin saber qué hacer, ¿se estaba volviendo loca?
No pudo cuestionárselo mucho tiempo pues fue interrumpida por unos pasos que bajaban las escaleras. Ella se quedó de pie donde estaba, esperando, lista para correr y huir si era necesario.
Lo primero que vio fue una mano apoyada contra la pared y poco a poco la silueta iba tomando forma. Un poco encorvado, la miró. Robin se acercó un par de pasos para comprobar lo que ya sabía. Estaba aún más herido que de costumbre. Una de sus piernas era la más afectada en esta ocasión. Pero él la miraba, y podría jurar que hasta se le había escapado una sonrisa al verla. Bajaba las escaleras con muchas dificultades, su ropa estaba hecha jirones, todo su cuerpo estaba lleno de moretones y rasguños. Ella dio un paso más hacia él y él bajó otro escalón, pero su rodilla se dobló y Robin apenas consiguió acercarse y sujetarlo para impedir que cayera de bruces al suelo.
Lo sujetó. Cuando él consiguió reponerse un poco, lo ayudó a caminar hasta el sillón, donde lo ayudó a acomodarse.
-Zoro…- le llamó, pero él no contestó. Se veía demasiado débil. Ella se levantó en busca de cosas con qué curarle, pero se detuvo cuando sintió que él le sujetaba del brazo. Sintió claramente la humedad en la palma de su mano y enseguida percibió el olor a sangre.
-No lo necesito- su voz sonaba, aunque difícil, firme.
-Pero…
-No.
Robin lo miró un momento y se hincó a su lado, esperando a que hablara. Él miraba ahora hacia el techo, no se quejaba, pero ella no soportaba verlo así.
-¿Por qué estás aquí?
No supo qué contestar, y descubrió, avergonzada, que en realidad no tenía ninguna razón, ningún motivo de fuerza para haber ido hasta allí a buscarlo. Solo un presentimiento. Una corazonada. Él no debía saberlo. No debía enterarse de que todo este tiempo había estado pensando en él, sería demasiado vergonzoso para ella admitirlo. Aunque, quizás, no le sería demasiado complicado adivinarlo por sí mismo. Después de todo, el que ella estuviera allí ya era un hecho bastante debelador por sí solo.
Aunque él hizo esa pregunta, no esperó la respuesta. Levantó su mano derecha y la miró. Sangraba. Robin tuvo el impulso de tomarla y buscar la manera de curarle, pero no se animó porque la negativa anterior de él había sido muy firme.
-¿Me harías un favor?
Esta nueva pregunta la exaltó. Enderezó la espalda y le miró con atención, tratando de mantenerse tranquila.
-Eh…el que quieras.
-No les digas a los demás que me viste así.
Luego de decir esto, hizo una media sonrisa burlona, como si tratara de quitarle gravedad al asunto. Robin no entendió a lo que se refería.
¿A los demás? Ellos no tenían ningún amigo en común, hasta donde ella sabía. Y en su rostro debió apreciarse su confusión, pues en seguida el gesto que había hecho Zoro cambió a un fruncimiento de ceño y a una observación detallada de su rostro.
-Creí…creí que te habías dado cuenta ya.
-¿De qué hablas?- preguntó ansiosa, pues comenzaba a desesperarle esa plática que no estaba llegando a nada, que para ser en serio la confundía demasiado y para ser en broma era demasiado pesada para soportarla por más tiempo.
Comprendió, sin embargo, que él no estaba bromeando por la manera en que se esforzó aún más por moverse pero sin conseguir levantarse, que era lo que al parecer quería. Ella lo sujetó de los brazos, intentando mantenerlo tranquilo y en su lugar pero aun así él se notaba casi tan confundido como lo estaba ella.
-Mujer.
Robin esperó a que continuara. Él no parecía querer que le respondiera algo en específico, pareció conformarse porque ella mostrara atención hacia lo que sea que tuviera qué decir.
-¿No tienes que tomar un avión en la madrugada?
Robin se sorprendió de que lo supiera. Asintió.
-Entonces, ¿qué haces aquí?
-Yo…no, no lo sé- admitió- por algún motivo, sentí que tenía que buscarte y yo… ¿cómo sabes lo del avión?
Zoro volteó a verla y sonrió.
-Yo también tendría que tomarlo, ¿sabes?
Robin se llevó una mano a los labios, tratando de evitar cualquier expresión que quisiera salir de su boca. No sabía qué pensar, qué sentir, qué decir.
-Pero…
-Decidí no hacerlo. Y creí que estabas aquí por la misma razón que yo.
En este punto, hizo un gesto de dolor y se sujetó la pierna. Robin trató de ayudarlo, pero él la apartó. No pudo más.
-¡Déjame ayudarte!- pidió, ahora con desesperación, dejando que las emociones que nunca dejaba salir hicieran presencia. Sin embargo, Zoro se mantuvo firme y le impidió tocarle.
-Robin, escucha- ella trató de ponerse de pie para buscar algo con qué curarle, pero sintió como la volvía a jalar del brazo, ahora con muchísima fuerza, mas ella luchaba por mantenerse en pie-, Robin… ¡Mírame!
Cuando ella volteó, no sin mucho pesar, pudo notar que él había hecho un esfuerzo supremo por incorporarse y que cuando consiguió que ella se diera la vuelta y volviera a su lado, se dejó caer hacia atrás nuevamente.
Robin volvió a hincarse a su lado y esperó.
-Mujer…piensa un poco y dime. El día que nos conocimos, cuando me encontraste herido en la calle. ¿Qué habías hecho el día anterior?
Robin se desconcertó ante la pregunta, pero a pesar de que solo conseguía confundirla más, decidió tratar de contestarle. La situación de por sí era de locos.
Como había advertido muchas veces antes, acceder a ese momento en su vida era como tratar de entrar en un banco de niebla. No podía sacar nada en claro, por lo tanto, no pudo contestarle nada a Zoro. Y seguro él lo notó, porque preguntó algo más.
-¿Y el día anterior a ese? ¿Y toda la semana anterior a esa?
Robin rebuscó entre los rincones de su memoria, pero no consiguió encontrar el recuerdo por ningún lado. Trató de pensar, trató de hilar todo pero no lo consiguió.
-¿Cómo llegaste a vivir en ese departamento? ¿Cómo conseguiste ese empleo? ¿Dónde estudiaste para ser arqueóloga?
No tenía respuesta a ninguna de esas preguntas y esto la desconcertó. Repasando todo, se dio cuenta de que no tenía idea alguna de su vida. Que esa necesidad de evitar evocar los recuerdos de la vida antes de conocer a Zoro, no era porque hubiera sido triste o sombría o gris, sino que simplemente no era capaz de hacerlo.
No tenía idea de quién era, de donde venía ni a donde iba. No tenía la menor idea de qué estaba haciendo en ese lugar y pronto descubrió, junto con un enorme hueco en el estómago, que quizás contrario a lo que había pensado antes, ella sabía más de Zoro que de sí misma.
De modo que no contestó, pero no había necesidad de que lo hiciera porque su rostro revelaba, aun si ella no quisiera que así fuera, el profundo desconcierto que se había apoderado de su ser. Zoro siguió.
-¿Dónde creciste?
Esta pregunta pareció tocar un punto extraño en el interior de su cerebro.
-O…Oha…- se escuchó decir, pero no pudo terminar porque la palabra se quedó a medias en su mente. Zoro la miraba y parecía querer sonreír, una nueva expresión se mantenía en su rostro, como si estuviera aliviado.
-¿Te suena el nombre de un barco? "Thousand Sunny Go"
Robin quedó sin habla. Claro que le sonaba.
-Luffy…
Ahora Zoro hizo una sonrisa completa, llena de alivio, de satisfacción, como nunca antes lo había visto sonreírle.
-Parece que comienzas a comprender, mujer- hizo un nuevo gesto de dolor, pero Robin no consiguió moverse. Demasiadas cosas comenzaban a moverse dentro de ella, demasiadas ideas, demasiados recuerdos. Él siguió hablando, parecía que cada vez le costaba más trabajo-; ¿Qué me dices de Nami, o de Chopper?
Robin respiró profundo. Era como si una serie de barreras puestas sobre sus memorias se fueran rompiendo en pedazos, una a una, liberándola de esa prisión de neblina en la que se encontraba.
-Sanji…Franky…Brook…Ussop…
Los nombres volvieron a su mente y poco a poco pudo darles rostro. Zoro había perdido la sonrisa, parecía que le dolía demasiado.
-Yo…yo…-
-Nico Robin. Arqueóloga, la última de un lugar llamado…
-Ohara- completó ella.
-Buscada por los marines y el gobierno mundial desde los ocho años.
Robin no comprendió. Tantas revelaciones, tantas cosas buscando regresar a ella al mismo tiempo, temía que su cabeza fuera a explotar, comenzaba a dolerle mucho, demasiado como para soportarlo por más tiempo.
De pronto el dolor cesó.
-Zoro…Zoro…- le miró. Se veía débil.
-Me niego a tomar ese maldito avión- declaró él, con la fuerza que le quedaba- no pienso renunciar a quien soy, ni a la vida que conozco para empezar una nueva. No he hecho todo lo que quiero hacer…
-Pero…
-Vamos mujer. Haz un último esfuerzo. Dime, ¿dónde estás?
A Robin se le llenaron los ojos de lágrimas. ¿Eso era? ¿Por eso habían estado allí? Estaban… ¿muertos? Aunque este pensamiento la perturbó hasta lo más hondo de su alma, se esforzó por contestar la pregunta, y se descubrió a si misma escarbando en sus pesadillas. Fue entonces que lo comprendió. Miró al suelo, porque si veía sus ojos era como si todo se bloqueara.
-Te estábamos buscando- explicó, sin poder entender ella misma cómo las palabras salían de su boca pues no estaba segura de lo que estaba diciendo- yo entré…a la isla- hacía pausas para pensar mientras su mente le regresaba poco a poco la información- y hubo explosiones… los árboles se incendiaron y yo…seguí corriendo pero una explosión me arrojó contra una piedra y creo que…
Lo miró ahora. Zoro asintió.
-No estamos muertos- explicó- no me preguntes cómo lo sé, sólo lo sé.
Robin lo miró y se le acercó lentamente. Necesitó sentirlo cerca. Pegó su rostro al de él, respirando el mismo aire por varios segundos. No se atrevió a besarle, aunque se moría de ganas de hacerlo. De pronto todo lo que había a su alrededor se había venido abajo, demostrándole la realidad, su realidad.
En ese lugar….no había sido feliz. Amaba a Zoro. Lo sabía, por eso se había sentido tan atraída desde la vez que lo encontró en la calle. Ella le amaba desde antes de que ambos cayeran del Sunny, desde antes de que llegaran a esa isla y se metieran en tantos problemas. Pero no había sido feliz allí porque aun estando con él, todo estaba mal. Ahora lo comprendía. Ahora entendía el vacío, la indiferencia.
Seguía confundida. La respiración de Zoro contra la suya se volvía cada vez más pausada.
-No sé qué hacer- le dijo. Zoro abrió los ojos y miró los suyos, tan cerca.
-Tenemos qué despertar. Yo…no puedo hacerlo por mí mismo. No puedo ni moverme.
-Zoro…
-Por favor, mujer, despiértame.
-No sé, ¿cómo puedo yo hacer eso?
Zoro comenzó a agitarse. Robin se estremeció al percibir lo fría que se estaba poniendo su piel, lo mucho que comenzaba a sudar, lo ´rápido que subía y bajaba su pecho. Tocó su corazón, latía con una velocidad alarmante.
-¡Zoro!
-No hagas ese maldito viaje…- pidió él. Había cerrado los ojos, pero los volvió a abrir cuando Robin se alejó de su rostro para poder mirarlo mejor y pensar en un modo de ayudarle a estabilizarse. Sus palabras la desnivelaron, la hicieron tambalearse-: despierta tú primero.
Después de decir esto, cerró los ojos. Aunque en su pecho su corazón aún latía con fuerza, Robin lo miró poco a poco hacerse transparente, suave, volátil.
-No….no, ¡No!- pidió con desesperación, pero no pudo hacer nada. El cuerpo de su nakama se desvaneció ante sus ojos.
Robin se levantó de golpe y dio un paso atrás, asustada. La cabaña y todo a su alrededor comenzó a recobrar el aspecto que ella vio cuando llegó allí un rato antes.
Volteó y se dio cuenta de que la puerta la había abierto ella misma. Una de sus manos, florecida con su poder de la Hana-Hana no Mi, sujetaba el pomo de la puerta, específicamente, sostenía firmemente el seguro.
Robin se concentró y recordó cómo hacerla desaparecer.
Todo había regresado a ella, pero necesitaba asentarlo, ponerle orden. Se decidió. Se mantuvo firme. Necesitaba tener tranquilidad, coraje. Necesitaba tener valor para enfrentar la situación que se le presentaba. Tenía que hacer lo que fuera. ¡No podía fallarle a Zoro!
No ahora. Lo había hecho antes y lo sabía. No iba a volver a fallar.
Corrió para salir de la cabaña en ruinas y se lanzó con todas sus fuerzas hacia su automóvil, preguntándose ahora qué demonios era ese aparato y cómo había aprendido a manejarlo.
Lo echó a andar, pero al encender los faros una nueva visión la congeló.
La reja. La reja alcanzaba la cabaña. La partía en dos. Y cada vez se veía más alta.
Se quedó ahí un segundo, petrificada, pero enseguida aceleró, para salir de allí.
Llegó a la carretera y comprobó que más allá del letrero que marcaba el final de la ciudad, un enorme banco de niebla lo cubría todo.
Aceleró aún más al comprobar que no había ningún transporte a parte del suyo. ¿A dónde debía ir? ¿Qué debía hacer? ¿Cómo podía despertar?
Entonces, una idea nueva llegó su mente. El mar la llamaba.
Un nuevo rayo hirió el cielo oscuro y a su mente volvieron las escenas de cómo Zoro la había rescatado en la tormenta. Cómo había tomado su mano para evitar que saliera volando del Sunny. Como la había abrazado con una fuerza descomunal para no perderla en la tormenta.
Recordó el momento exacto donde sus cuerpos se habían separado, y ella se perdió entre el agua sintiendo el miedo terrible de morir sola.
Recordó unos brazos rodeándola, protegiéndola. Recordó despertar recostada en una playa, recordó como trató de acercarse a él sin lograrlo, ansiosa por agradecerle, por abrazarlo, por decirle lo mucho que le amaba, completamente segura de que moriría allí.
Recordó lo ocurrido en la isla y lo mucho que lamentaba tantas confusiones, discusiones y problemas que habían surgido entre ellos. Recordó su desconcierto al saber que él había sido llevado a Suplicium, su convicción de rescatarle, su miedo, y a la vez la decisión al escalar la reja, dispuesta a llegar al otro lado y encontrarle.
Recordó que al sujetarse de la orilla de ella para lanzarse al otro lado, se había lastimado la mano derecha con el metal.
Miró su mano. Sangraba.
Aceleró.
La ciudad a su alrededor lucía vacía y abandonada, más que nunca, y daba miedo. Pero no tenía tiempo de pensar en eso. Nada debía importarle ya más que lo que tenía que hacer.
Llegó a la playa pero no pudo avanzar mucho con el transporte. Bajó y miró hacia el mar. Estaba embravecido, la tormenta se acercaba cada vez más, el aire azotaba todo, las nubes lucían negras, los relámpagos iluminaban el cielo con furia y los truenos provocaban un temblor en la tierra que parecía querer destruirlo todo.
Robin avanzó por la arena mojada. Se quitó los zapatos y comenzó a correr por la playa preguntándose qué debía hacer. La lluvia comenzó a caer furiosa, empapándola. A su mente volvió el momento exacto en que su mano resbaló de la barandilla del Sunny, y cuando, estando en Suplicium, tropezó una y otra vez mientras corría.
Aumentó la fuerza con la que corría por la arena, y finalmente supo a dónde iba. Se dirigía al viejo muelle donde había visto a Zoro aquella vez.
Continuó sin bajar el ritmo, segura, pero asustada por lo que creía que debía hacer. Llegó al muelle, hasta la orilla, y una vez más, con el camino terminado en sus pies, miró con detenimiento el mar, tan familiar y a la vez tan extraño.
-¡Robin!- escuchó otra vez, y al levantar su mano vio en ella el Den den Mushi que le había quitado a Franky. La voz que oía, que la había asustado, despierta y en sueños, era la de Nami.
El mar la llamaba. En alguna parte de ese mar, el Thousand Sunny la esperaba y en ella sus amigos. Esperaban que volviera, con Zoro.
Entonces recordó sus palabras.
Por favor, mujer, despiértame. Despierta tú primero.
Las olas iban y venían sin control. Parecía que se podrían tragar cualquier cosa sin dejar rastro alguno.
¿Estaban muertos? ¿Por qué había desaparecido Zoro?
¿Debía hacer lo que creía que debía hacer?
Zoro había desaparecido. Ella estaba sola, y aunque él dijera lo contrario, ni siquiera estaba segura de seguir viva. De lo único que estaba segura, era que el mar la llamaba. Nada perdía.
Robin respiró profundamente. Dio varios pasos hacia atrás, tomando impulso.
Corrió hacia enfrente y en cuanto sus pies tocaron la última orilla del muelle, brincó.
Ni en el último instante se arrepintió.
Se perdió entre las aguas.
Continuará
Espero que nadie me asesine, jaja
En serio, una amiga siempre me trata de asesinar cuando escribo este tipo de cosas ._. ideas de ella, supongo.
Espero que la cosa no les parezca demasiado…extraña. ¿qué puedo decir en mi defensa? Amo este tipo de temas, magia, fantasmas, otras vidas, etc. Experimentar con esto en las historias que escribo es apasionante :)
Muchas muchas gracias por seguir leyendo mis fics y por dejar review, espero que este capítulo haya sido de su agrado, la verdad costó su trabajo escribirlo pero le dediqué buen tiempo a diferencia de otras veces, quizás por eso no me atrasé tanto.
Un saludo. Espero que me comenten qué les pareció, se acepta de todo, dudas, preguntas, saludos, sugerencias, crítica constructiva en general.
Nos leemos pronto.
¡Besos!
Aoshika October
