Tres semanas antes...
Habían dejado atrás las colinas gemelas. Ante ellas se extendía una gran llanura de hierba dura, más allá se alzaba la cordillera.
La primera noche que pasaron en la llanura, un fuerte viento se levantó. En el interior de la tienda de las tres ponis el farol que las alumbraba se balanceaba, inclinando sus sombras. Ivy preparó té. Las tres agradecieron algo caliente, pero la falta de unas tazas de porcelana en las que servirlo fue una carencia casi tan fuerte como si les hubiese faltado el azúcar. Una taza de porcelana significaba que no corría el riesgo de romperse, pero ahora estaban muy lejos de casa. El viento aulló en el exterior mientras las tres ponis sorbían sus tés lentamente.
– ¿Este viento es normal, Grauj? –preguntó Foolhardy.
– Sí.
– Este sitio es muy... muy...
Foolhardy no lograba encontrar las palabras.
– Despiadado -concluyó Ivy.
Foolhardy se encogió bajo su manta.
– ¿Cómo podéis vivir aquí? No sabéis cuándo va a hacer frío, cuándo habrá una tormenta, nadie controla el clima, los animales son... no tienen mente. Es una locura completa, esto es un caos.
Grauj alzó la cabeza y estiró las orejas escuchando el exterior.
– Es mi hogar.
Foolhardy se encogió un poco más.
– Echo de menos mi taller.
Ivy se arrastró hacia ella y le pasó un ala sobre el lomo para consolarla. Foolhardy se había deshecho de sus trenzas al descubrir que las crines le abrigaban el cuello.
– Creo que es la primera vez que te enfrentas a algo así y que lo estás haciendo muy bien.
– ¿Tú crees?
Ivy asintió.
– Tu idea de usar la grasa para evitar las picaduras de las ortigas funcionó.
– ¡Cierto! ¡Soy genial!
– Menos mal que estás con nosotras o no tendríamos tienda.
Foolhardy alzó la mirada hacia la estructura plegable.
– Creo que puedo mejorarla.
Grauj observó la maniobra de Ivy. La pegasa era capaz de curar heridas que no se veían, sólo con palabras. Hablaba para calmar y para dirigir los pensamientos hacia un lugar seguro. Era un tipo de poder invisible.
– Dormid, yo vigilaré – dijo Grauj.
Ivy asintió.
– Despiértame cuándo necesites descansar.
Ivy también era capaz de percibir cosas con algo que no eran los ojos ni las orejas. ¿Era probable que la planta que llevaba sobre la cabeza realmente le hablase? Grauj había decidido que no se cuestionaría nada.
El día siguiente amaneció tranquilo y soleado. Las tres ponis desmontaron la tienda y se repartieron el peso de los enseres. Habían logrado reducir la carga al mínimo pero, aún así, cada una de ellas acarreaba un gran bulto. Foolhardy había demostrado ser la más recia de las tres y llevaba la tienda.
Caminaron a lo largo del día. Por la tarde, Grauj se detuvo, alzó el hocico y olfateó el aire.
– ¿Qué ocurre Grauj?
– Ponis –dijo ella–. Varios, muchos. Un asentamiento.
– Estupendo –exclamó Foolhardy–. Vamos a preguntarles si son tu familia.
Grauj gruñó.
– No son mi familia, soy una loba invernal.
Ivy le hizo un gesto a Foolhardy para que callase.
– Eres una loba, pero vienes con nosotras. Es probable que podamos hablar con ellos y que nos indiquen dónde buscar tus otros orígenes.
Grauj asintió.
– Soy una loba – murmuró para sí misma...
El asentamiento poni estaba formado por varias construcciones de tela y madera. Parecían tiendas de campaña cónicas. Entre ellas vieron movimiento. Al acercarse, salieron a su encuentro. Un grupo de ponis caminaba hacia ellas. Los tonos apagados dominaban en sus pelajes. Ocres, grises, blancos... Todos llevaban marcas en la cara de color azul que parecía pintura. Sus crines eran largas, y no las recogían. Algunos llevaban pequeños adornos en ellas. Foolhardy se adelantó, confiada.
– Hola a todo poni. ¿Qué tal?
Fue cuando echaron a correr hacia ella. Ivy le gritó demasiado tarde.
– ¡Foolhardy, cuidado!
El primer poni cargó contra Foolhardy y la derribó sin contemplaciones. Ivy corrió para ayudarla sin pensarlo. Cuando uno de los ponis se le enfrentó, Ivy lanzó un chillidito y se elevó aleteando. Otro de los ponis lanzó una boleadora que se enredó en las alas de Ivy y le golpearon en la cabeza. Aturdida, cayó al suelo.
Grauj vio al resto de los ponis enemigos desplegándose para evitar su huida. Estaba en la peor situación posible. Su manada de ponis había caído en un instante, sus asaltantes la superaban en número. Podía huir, pero eso significaba abandonar a Ivy y Foolhardy. Grauj se quedó quieta y encaró a sus atacantes.
Fue lanzada al suelo sin contemplaciones. Ella no peleó pero, aún así, recibió varios golpes. La poni que la había derribado la aprisionó bajo sus cascos delanteros, impidiéndola levantarse. Era una hembra de color beige, muy corpulenta. Grauj no tenía ninguna posibilidad contra ella, pero tampoco iba a intentarlo.
– ¡Loba invernal! –dijo con los dientes apretados.
Otro poni sacó una cuerda y ató concienzudamente las patas de Grauj. Ivy y Foolhardy ya habían sido puestas en pie. Sus patas atadas para evitar que huyesen pero pudiesen caminar a pasos cortos. Foolhardy se debatió contra los ponis que pretendían controlarla. Logró zafarse y le propinó un cabezazo en el hocico a uno de ellos, un macho de un tono gris muy claro y crines oscuras. No protestó pero el golpe lo echó hacia atrás.
Los ponis hicieron un prudente círculo ante la furia de Foolhardy, que mantenía una pose desafiante.
– ¡Como alguien se acerque pienso partirle los dientes de un cabezazo! –gritó.
El macho gris rió, pestañeando todavía por el dolor.
– Lo siento, pero nuestra líder ha dicho que le traigamos a la loba y sus acompañantes.
– ¿Y os ordena también que nos tratéis así?
Grauj, en el suelo, no se movía ni un milímetro bajo las patas de la poni beige.
– Sólo nos pidió que la llevásemos ante su presencia. No nos especificó cómo.
– Entonces un: "Oye, podrías acompañarnos, por favor... gracias" habría bastado.
– No lo dudo, pero – el poni hizo un extraño movimiento hacia las patas de Foolhardy y la poni cayó al suelo de nuevo. Cuando trató de levantarse él pisó las cuerdas que la ataban–... Tenemos que mantener las tradiciones– concluyó y para más guasa le guiñó un ojo.
