Foolhardy trotó hacia el montón de comida sin pensárselo dos veces y cogió una naranja. Estaba dando cuenta de ella cuando notó que había alguien a su lado y se giró. Era un potro gris con las crines oscuras. Trató de hacer memoria y lo recordó. Ella le había atizado un cabezazo en el hocico y todavía tenía la marca del golpe. Foolhardy frunció el cejo.

– ¿Qué quieres?

– Acompañarte.

– ¿Por qué? ¿Qué ocurre? ¿Acaso no te fías de mí y te han mandado a vigilarme? ¿O quieres vengarte? Te aseguro que puedo pegar coces mucho más fuertes que esas.

El poni rió.

– Me gustas. Solo es eso.

Foolhardy había tomado aire para responder algo hiriente y se quedó con él en los pulmones, sin saber a qué palabras dedicarlo. Lo dejó escapar despacio y observó con curiosidad al poni.

– ¿En serio?

– Sí.

– Oh, vaya, vale... Pues tú no me caes nada bien. Me tiraste al suelo.

– Tú me diste un cabezazo.

– ¡Me estaba defendiendo!

– Yo cumplía órdenes.

Se habían ido aproximando, hasta que apenas unos centímetros separaron sus miradas desafiantes. Ambos se quedaron quietos, tensos, con el silencio espesando como una amenaza. Cejos fruncidos y miradas fijas. Ninguno parecía dispuesto a perder ese duelo de voluntades.

– ¿Te enseño el resto del asentamiento? –preguntó el poni.

– Vale – respondió Foolhardy.

Ambos parecieron darse una tregua y Foolhardy caminó hasta al lado del poni, dispuesta a ser guiada.

– Mi nombre es Night Wind.

– El mío Foolhardy.

– Ya lo sabía.

– Como intentes cualquier jugarreta te arrepentirás.

Ivy se instaló cerca del fuego, silenciosa y perceptiva. Grauj ocupó el espacio a su lado tratando de pasar desapercibida.

"Ojos hacia la oscuridad"

Ivy miró a su derecha, en el límite del asentamiento, una poni vigilaba la negrura más allá del campamento. Tenía una boleadora atada en bandolera, y una pequeña alforja donde llevaba el cuchillo. Todos alli llevaban cuchillos.

"La rivalidad es hermana del deseo"

Al otro lado del fuego, Foolhardy y un poni gris caminaban hacia alguna zona indeterminada del campamento.

"Traidora a nuestra raza"

Había miradas sesgadas hacia Grauj. Los había que no la aceptaban. Aquel no era un lugar acogedor para ella.

Hicieron llegar dos boles de sopa de verdura hasta ellas. Grauj sopesó el suyo indecisa. Finalmente, lo probó y para su desasosiego encontró el contenido muy apetecible.

Foolhardy y Nightwind caminaron por los límites del campamento. El poni fue saludando con un gesto de la cabeza a varios ponis que salieron de la oscuridad a su paso y los observaron pasar con gesto serio.

– ¿Quiénes son? ¿Por qué están aquí?

– Vigilan los límites del campamento, por si hay un asalto nocturno.

– ¿Asalto? ¿A qué te refieres?

– Los lobos invernales no suelen atacar en esta época del año, se mueven más al norte, pero nunca se sabe.

– ¿Lobos?

Night Wind se detuvo y la miró.

– Lobos... Ya sabes... Surgen en manada de la oscuridad, atrapan a los débiles, los destrozan con sus dientes y los devoran. Así murió mi madre.

Foolhardy sacudió la cabeza.

– Yo... yo... no...

– ¿No tenéis lobos en Ecuestria?

– No de este tipo no. Pero ahora entiendo por qué os pusisteis tan nerviosos al creer que Grauj era una loba...

– ¿Acaso no lo es? – su tono sonó mucho más helado de lo necesario.

– ¿A qué te refieres?

– Tengo ojos, sé lo que veo. Es una poni que huele, se comporta y actúa como una loba. ¿Qué les prometió a los lobos invernales a cambio de perdonar su vida?

Foolhardy abrió mucho los ojos.

– ¿Qué quieres decir?

– Que nadie de aquí confiará en ella.

Foolhardy frunció el cejo.

– Eres un cretino, un desconfiado y un desagradable.

– ¿Ah, sí? – se volvió hacia Foolhardy –. Si tan desagradable te resulto, ¿qué haces conmigo en mitad de la noche y a solas?

De no haber tenido el pelaje rojo, Foolhardy habría enrojecido.

– Además eres un creído.

– Y tú eres una poni mimada que nunca ha perdido a nadie de su familia en las fauces de un lobo invernal, se nota.

Foolhardy bajó la mirada.

– Oh, lo siento.

Un instante más tarde volvió a alzarla.

– ¿Cómo detectáis los lobos invernales? ¿Cómo os defendéis?

– Vigilamos el olor en el viento y los movimientos alrededor del campamento. Generalmente usamos boleadoras para atrapar las patas de los lobos invernales cuando cargan. Eso nos da tiempo a huir.

Foolhardy adoptó un gesto reflexivo.

– Creo que ese sistema es muy mejorable. Pero además he traído conmigo una de las últimas máquinas que inventé (*), con unas simples modificaciones puede ayudaros. Ven, vamos a por mis herramientas.

– A sus órdenes, señora.

Foolhardy rió.

– Señora...

(*) Ver fanfic Los Peligros de la Civilización (último capítulo).

––––––

Junto al fuego, Grauj sintió que sus ojos se cerraban y el lugar empezó a desdibujarse ante ella. El humo se alabeó y entonces lo vio... Una cascada que caía de lo alto de un pico. Había arbustos llenos de frambuesas y otras bayas que crecían alrededor. La cima de la montaña formaba un balcón natural muy difícil de franquear. Había varios puentes que salvaban los desniveles, imposibles de superar de otra manera.

–¡Sweetie!

Grauj se volvió. Una poni gris, con las crines doradas la llamaba y Grauj avanzó hacia ella. La poni la acarició y Grauj abrió los ojos frente al fuego del asentamiento poni.

– ¿Mamá? –murmuró.

Estaba tendida en el suelo. Sobre ella se inclinaba Ivy.

– Grauj, ¿estás bien? –preguntó Ivy–. Te has desmayado.

– He visto... he soñado...

– ¿Qué has visto?

– A una poni, creo que era mi mad... mi otra madre.

Grauj se incorporó lentamente, todavía confusa.

– ¿Cómo era?

– Hermosa, cariñosa, dulce...

Una lágrima rodó por su mejilla, pero Ivy alzó la mirada hacia Silver Path, algo más lejos. Las observaba a ambas.

"Sopa para recordar"

Ivy frunció el cejo.

– Creo que Silver Path se ha encargado de que tomes una dosis de su hierba del recuerdo con la sopa.

Grauj alzó la mirada alarmada.

– ¿Por qué?

– No lo sé.

Ivy centró su atención en la vieja poni... El geranius itineris también.

"Dejará de ser una loba... Jamás volverá con los lobos..."

Ivy frunció el cejo, Silver Path era enemiga de Grauj, y la destruiría de una manera o de otra.

– Grauj, no tomes nada más de lo que te ofrezcan aquí. Usa nuestras provisiones.

La poni gris la observó, notando una alarma en su tono.

– Qué es l...

En ese momento un grito las sacó de su conversación.

– ¡Cuidado!

Apenas tuvieron tiempo de alzar la vista. Un compendio de cuerdas lanzabas a gran velocidad cayó sobre la corpulenta poni beige, líder de los combatientes, y la derribó. Hubo una alarma entre los ponis. Varios corrieron a ayudar a su líder, otros tomaron sus armas. Foolhardy surgió de la oscuridad al galope gritando.

– ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Lo siento! Culpa mía.

Ivy se puso en pie seguida por Grauj.

– ¿Qué es esto Follhardy?

La poni pelirroja sacó pecho.

– Ahora lo veréis.

Night Wind llegó hasta ellos empujando un extraño armatoste de madera. Ivy y Foolhardy reconocieron parte de la catapulta en él.

– ¿Has mejorado la catapulta portátil?

– Mejor aún, la he convertido en un lanzaredes antilobos.

La poni beige se estaba poniendo en pie, tras haberla liberado de la red el resto de ponis.

– ¿Dices que eso puede atrapar a un lobo invernal? –preguntó.

– Sinceramente, no lo sé. Pero creo que puede lanzar más lejos y con más precisión que vuestras boleadoras si lo calibráis y además – Foolhardy trotó hacia la oscuridad y volvió arrastrando otro artilugio...– Este cacharro puede detectar olores si le dais una muestra. Lo usé hace tiempo para seguir rastros. Pero lo acabo de modificar. Os servirá para detectar a los lobos invernales y poder huir.

Hubo varios murmullos entre los ponis y luego alguien avanzó interesado.

– Tenemos el olor de los lobos invernales en esa poni, podemos darle una muestra.

Grauj frunció el cejo, pero no se resistió cuando Foolhardy le arrancó unas pocas crines y las dejó dentro del embudo de la máquina.

– Os enseñaré cómo usarlo –dijo orgullosa Foolhardy.

Silver Path había salido de su tienda y observaba las máquinas con gesto de aprobación.

––––––

El día siguiente amaneció soleado y tranquilo. Ivy, Foolhardy Grauj abandonaron el asentamiento poco después rumbo a River Hills.

Las tres ponis caminaron por las llanuras hacia el noreste, bordeando el gran río, remontando su curso. A su izquierda, la cordillera flanqueaba el paisaje, imponente. En algunas cimas brillaban manchas blancas de nieve.

Había silencio entre ellas. Grauj iba al frente, Ivy la seguía de cerca, y un poco por detrás de ellas caminaba Foolhardy. Su petate de trastos bastante más aligerado.

"Rabia... Destruir..."

Ivy sabía que la tormenta estallaría en cualquier momento.

–Veo, veo – dijo Foolhardy...

"Río"

– Río – contestó Ivy.

– Jo, no vale. Siempre sabes lo que voy a decir antes de que te dé ni una pista. ¿Podrías pedirle a tu geranio que deje de hablarte por un momento?

Grauj se detuvo y se volvió hacia ellas. Ambas pararon y Ivy sintió que se le helaba la sangre.

– ¿Qué pasa Grauj? ¿Te has equivocado de camino? –preguntó Foolhardy.

La poni gris le clavó una mirada peligrosa.

– Les has regalado, a ellos, una máquina capaz de atrapar a un lobo invernal.

– Si, y la verdad es que parece que les gustó.

– Usaste mi pelaje para tu otra máquina, para detectar a los lobos.

– Soy un genio, ¿verdad?

Foolhardy no veía el peligro.

– Les has dado armas para destruir a uno de los míos y has usado mi propio pelaje para ello. ¡Cómo te atreves!

Foolhardy hizo un gesto para restarle importancia.

– Oye, haber dicho que no.

– ¡Si llego a decir que no, me habrían arrebatado mi pelaje a la fuerza! Estaba rodeada de enemigos –su tono se mezclaba con un gruñido bajo, era puro veneno–. Creía que eras mi amiga. No solo me has traicionado, sino que me has humillado y me has obligado a traicionar a los míos.

– A ver, los que tú llamas "míos" son lobos invernales que se dedican a comerse ponis. Los lobos invernales devoraron a la madre de Night Wind.

– Los lobos invernales necesitamos cazar para vivir.

– Grauj –dijo Foolhardy–, tú no lo necesitas. Eres una poni.

Grauj cargó contra Foolhardy y Ivy lanzó un chillidito de terror. La poni pelirroja no se esperaba el ataque. Grauj la derribó, la aferró con sus patas delanteras y mordió su cuello. Foolhardy gritó debatiéndose y Grauj cerró la presa resuelta.

– Basta, por favor –suplicó Ivy.

Pero Grauj no soltó a Foolhardy y ambas rodaron por el suelo. Hubo un forcejeo. Foolhardy trataba de ponerse en pie para huir y Grauj se aferraba a ella clavando sus dientes. En uno de los giros, logró empujar a Grauj con las patas traseras lejos de ella. Foolhardy rodó por el suelo alejándose y Grauj se puso en pie. La loba escupió un trozo de pelaje pelirrojo. Foolhardy notó que algo resbalaba por su cuello. Era sangre.

– ¡Oh, cielos! ¡Oh, cielos!

Grauj volvió a cargar contra una Foolhardy paralizada por el terror, alzando las pezuñas para golpear.

– Por favor, parad –murmuró Ivy, al tiempo que se colaba en la trifulca para mediar.

Los cascos de Grauj golpearon un pelaje blanco en lugar de a Foolhardy. La pegaso lanzó un quejido.

Grauj bajó las patas al suelo avergonzada, agachó la cabeza y retrocedió.

– Lo siento, Ivy.

– ¡Estás loca! ¡Estás loca! – murmuró Foolhardy con los ojos desorbitados.

Grauj se había agachado contra el suelo y bajaba la mirada y la cola ante Ivy. La pegaso no hizo un solo gesto de dolor, pero cojeó levente cuando se resituó entre mabas.

– Foolhardy, ve al río a lavarte esa herida. Yo iré en un momento. Grauj, ayúdame a buscar una hierba que te voy a indicar.

Un rato más tarde, Ivy se encargó de la herida de Foolhardy junto al agua. La limpió, curó y aplicó un emplasto de hierbas cicatrizantes. La poni pelirroja bajaba la mirada.

– Metí mucho la pata, ¿verdad? –murmuró.

Ivy dio los últimos toques a su trabajo.

– Sí.

Foolhardy agachó la cabeza y las lágrimas brillaron en sus ojos.

– Soy un desastre, debería haberme quedado en casa.

– Grauj te perdonará, pero necesitará cierto tiempo.

Se pusieron en pie y volvieron al encuentro de Grauj. Ella las esperaba en la pradera. Sin mediar palabra se puso en marcha y las dos ponis la siguieron.

Esa noche, Grauj desapareció en la oscuridad mientras ellas montaban el campamento. Un rato más tarde, la oyeron aullar y otro aullido le respondió unos minutos después desde más lejos. Sin percatarse, Foolhardy se acercó a Ivy, buscando su protección.

– ¿Crees que estará llamando a su manada para devorarme?

– No.

– ¿Entonces qué hace?

– Recordarse a sí misma que es una loba.

Un rato más tarde, Grauj regresó al campamento. Llevaba en la boca un conejo muerto ensangrentado. Se sentó ante ellas y procedió a despedazarlo a mordiscos. Foolhardy sintió que se le revolvían las tripas con una sensación a medio camino entre el miedo y la náusea.

– ¿Hablabas con alguien antes, Grauj? –preguntó Ivy, indiferente.

– Sí. Mandaba mensaje a mi madre. Está a dos aullidos de distancia.

Ivy la observó con interés.

– ¿Tenéis un sistema de comunicaciones?

– Sí. Aullamos para comunicarnos y pasamos el aullido al siguiente lobo. De mayor quiero ser aulladora profesional.

– Creo que lo haces muy bien.

Foolhardy tragó saliva al ver a Grauj arrancar una pata del conejo y hacer crujir los huesos mientras la masticaba. La loba le dirigió una mirada directa mientras lo hacía y Foolhardy entendió el mensaje que le daba: "Soy una loba invernal, no volverás a olvidarlo".